jueves, 9 de octubre de 2025

Capítulo 24. III. Cómo perdonar el deseo de ser especial (2ª parte).

 III. Cómo perdonar el deseo de ser especial (2ª parte).

3. No eres tú el que es tan vulnerable y susceptible de ser atacado que basta una palabra, un leve susurro que no te plazca, una circunstancia adversa o un evento que no hayas previsto para trastornar todo tu mundo y precipitarlo al caos. 2La verdad no es algo frágil, 3y las ilusiones no pueden afectarla ni cambiarla en absoluto. 4Pero ser especial no es lo que es verdad acerca de ti. 5Pues cualquier cosa puede hacerle perder el equilibrio. 6Lo que descansa sobre lo que no es nada jamás podrá ser estable. 7Por muy grande y desmesurado que parezca, se tambaleará, dará vueltas y revoloteará con la más tenue brisa.

El deseo de ser especial nos hace débiles y vulnerables, lo que sin duda se convierte en un obstáculo para lograr alcanzar la felicidad y la paz. 

Tómate tu tiempo y analiza cómo te sientes cuando tus expectativas, tus deseos, tus planes sufren un contratiempo que te impide satisfacerlos tal y como te imaginaste. Te estás viendo. Notas cómo la ira se apodera de tus pensamientos y la cólera envenena el aire que trata de salir por tu boca cuando intentas expresar la frustración que sientes. Percibes cómo una fuerza desmedida que permanecía dormida en tu interior se apodera de tu cuerpo y te insta a reaccionar ante la vivencia que tu mente te está mostrando. No entiendes nada y juzgas al mundo que te rodea condenándolo como la causa culpable de que tus deseos se hayan visto contrariados al no poder cumplir su objetivo. No aceptas lo ocurrido e intentarás forzar la situación en una demostración de que tienes el poder de cambiar las cosas. Tienes una cosa muy clara. El culpable pagará las consecuencias que se han desencadenado en tu vida y que te han hecho sufrir.

Lo que acabo de describir puede formar parte del guion de cualquier experiencia de nuestras vidas. La causa siempre es la misma: el deseo de ser especial, de creernos diferentes a los demás y, evidentemente, superiores. A pesar de ello, el efecto que ocasiona el deseo de ser especial siempre nos muestra nuestra debilidad y nuestra fragilidad, pues ponemos el logro de la felicidad y de la paz en manos de la ilusión, de lo que no es verdad. ¿Acaso lo efímero puede aportarnos un ápice de paz?

4. Sin cimientos nada es seguro. 2¿Habría dejado Dios a Su Hijo en un estado en el que la seguridad no significase nada? 3¡De ninguna manera! aSu Hijo permanece a salvo, descansando en Él. 4Tu deseo de ser especial es lo que se ve atacado por todo lo que camina o respira, se arrastra o se desliza, o simplemente vive. 5Nada está a salvo de su ataque, y ello no está a salvo de nada. 6Jamás habrá de perdonar, pues esto es lo que es: un voto secreto de que lo que Dios quiere para ti nunca se dé y de que te opon­drás a Su Voluntad para siempre. 7No es posible tampoco que ambas voluntades puedan jamás ser la misma, mientras tu deseo de ser especial se alce como una llameante espada de muerte entre ellas, haciendo que sean enemigas.

¿Elegirías el deseo de ser especial como un cimiento sólido y seguro para levantar los pilares donde albergar tu hogar? Ya hemos visto, en el punto anterior, cómo el deseo de ser especial nos conduce a situaciones en las que la frustración por no conseguir nuestras expectativas nos hace sentir vulnerables y débiles, lo que alimentará aún más, si cabe, el deseo de ser superiores. Esta es la razón por la que el complejo de superioridad desencadena una profunda frustración. En realidad, lo que busca es deshacerse del sentimiento de debilidad que siente cuando se deja llevar por el deseo de ser especial.

El ego o la creencia en la separación basa sus estrategias en el ataque, pues de este modo intenta salvaguardar su seguridad y se protege del miedo de ser asimismo atacado y de su oculto sentimiento de debilidad y vulnerabilidad. Es lógico pensar que el mundo exterior refleje el contenido de su mente y todo cuanto perciba lleve el sello del ataque y del miedo.

miércoles, 8 de octubre de 2025

Capítulo 24. III. Cómo perdonar el deseo de ser especial (1ª parte).

III. Cómo perdonar el deseo de ser especial (1ª parte).

1. El perdón pone fin al deseo de ser especial. 2Lo único que se puede perdonar son las ilusiones, que entonces desaparecen. 3El perdón es lo que te libera de todas las ilusiones, y por eso es por lo que es imposible perdonar sólo parcialmente. 4Nadie que se aferra a una sola ilusión puede considerarse a sí mismo libre de pecado, pues en tal caso aún está afirmando que un error acerca de sí mismo es hermoso. 5Y de este modo, lo califica de "imper­donable" y lo convierte en un pecado. 6¿Cómo iba a poder enton­ces conceder perdón de manera total cuando aún no lo quiere aceptar para sí mismo? 7Pues es seguro que lo recibiría completa­mente en el instante en que así lo concediese. 8Y de esta manera, la culpabilidad que mantiene oculta desaparecería, al él mismo haberla perdonado.

Jesús nos enseña en este punto una hermosa lección sobre el perdón, al cual le otorga el mismo poder que al amor, cuando nos dice que es "imposible perdonar sólo parcialmente". ¿Cómo debemos entender esto? Lo haremos cuando aceptemos que es imposible amar parcialmente, es decir, amar selectivamente diciéndonos que podemos amar a unos y a otros no. El amor incondicional, el amor de Dios, no tiene límites. El amor es eterno y, si lo empleamos de manera temporal, ya no es verdadero amor.

El ego y su sistema de pensamiento se alimentan de la creencia en la separación. Su visión es fragmentaria y su mente es analítica y selectiva, lo que le lleva a creer en multitud de errores y problemas, distintos unos de otros.

Un Curso de Milagros nos enseña que tan sólo hay un error, el de haber sustituido la verdad por la ilusión. Esta es la razón principal por la cual no hay grados de dificultad en los milagros.

Jesús nos dice que el perdón nos libera de todas las ilusiones, pues el perdón es integral y, cuando se manifiesta, lo hace abarcando todos los errores que el ego cree tener. El perdón, al igual que el amor, cuando se aplica correctamente, no perdona selectivamente, sino que lo hace desde la visión de la unidad y de un modo total.

2. Cualquier forma de especialismo que aún valores, la has con­vertido en un pecado. 2Se alza inviolable, y la defiendes acérri­mamente con toda tu endeble fuerza contra la Voluntad de Dios. 3Y así, se alza contra ti, como enemiga tuya, no de Dios. 4De este modo, parece escindirte de Dios y hacer que estés separado de Él en cuanto que defensor de ella. 5Prefieres proteger lo que Dios no creó. 6Sin embargo, este ídolo que parece conferirte poder, en rea­lidad te lo ha arrebatado. 7Pues le has dado el patrimonio de tu hermano, dejando a éste solo y condenado, y quedando tú hun­dido en el pecado y en el sufrimiento junto con él ante el ídolo que no puede salvaros.

El especialismo, al ser el motor central del sistema de pensamiento del ego, participa de la creencia de que los errores son igualmente especiales y de este modo llega a la conclusión de que su fuente es distinta una de otra. Defendiendo esa creencia, el ego alimenta el único error que no reconocen como tal, el de la visión de la separación.

Si el único error que cometió el Hijo de Dios fue sustituir la verdad de la unidad por la ilusión de la separación, entonces podemos reconocer que en verdad no existió ningún error, pues lo ilusorio no es nada, no existe.

Cuando nuestra mente se conecta con la Voz que habla por Dios, con el Espíritu Santo, y aceptamos la Expiación, la visión de la verdad es recordada y se reconoce que no hemos abandonado nunca nuestra Fuente y que nuestra impecabilidad está intacta en la Mente de Dios. Esa visión es la que en el mundo del sueño nos lleva a reconocer en el uso del perdón la corrección del error imaginario que creímos cometer y al que consideramos como pecado.

Jesús nos dice en este punto que el especialismo nos conduce a la creencia en el pecado.

martes, 7 de octubre de 2025

Capítulo 24. II. La perfidia de creerse especial (7ª parte).

II. La perfidia de creerse especial (7ª parte).

13. La esperanza de ser especial hace que parezca posible que Dios hizo al cuerpo para que fuese la prisión que mantiene a Su Hijo separado de El. 2Pues el especialismo requiere un lugar especial donde Dios no pueda entrar y un escondite donde a lo único que se le da la bienvenida es a tu insignificante yo. 3Nada es sagrado aquí, excepto tú y sólo tú, un ente aparte y separado de todos tus hermanos; a salvo de cualquier intrusión de la cordura en las ilu­siones; a salvo de Dios, pero destinado al conflicto eterno. 4He aquí las puertas del infierno tras las cuales tú mismo te encerraste, para gobernar en la demencia y en la soledad tu reino especial, separado de Dios y alejado de la verdad y de la salvación.

El especialismo, para sobrevivir, para asegurar y garantizar su existencia, necesita mantener alejada a la verdad o, lo que es lo mismo, negar a Dios en su expresión amorosa y en su lugar rendir culto al Dios temerario y vengativo dispuesto a castigar a su hijo por haberle desobedecido.

Para lograr esa seguridad, el ego a veces está dispuesto a adoptar ropajes aparentemente espirituales, aunque se niega a cambiar su sistema de creencias en el que la Divinidad muestra su rostro más "especial", el de castigar al pecador y el de salvar a sus devotos seguidores. Sin embargo, cuando esa pantomima es descubierta por la mirada de la razón, se evidencia que todo responde al deseo de ser especial. En este contexto, el ego espiritual lo que pretende es sentirse el elegido por Dios para salvar a la humanidad de sus pecados, no importándole ser la mano ejecutora que dará cumplimiento a la sentencia de culpabilidad del pecador.

Una mirada reflexiva sobre la influencia que ejercen las religiones sobre la humanidad nos descubre cómo, detrás de la máscara del culto a un falso Dios, se ocultan creencias que responden al deseo de ser especial.

14. La llave que tú tiraste Dios se la dio a tu hermano, cuyas santas manos quieren ofrecértela cuando estés listo para aceptar el plan de Dios para tu salvación en vez del tuyo. 2¿Cómo puedes llegar a estar listo, salvo reconociendo toda tu abyecta desdicha y dándote cuenta de que tu plan ha fracasado y de que jamás te aportará ninguna clase de paz o felicidad? 3Ésta es la desesperación por la que ahora estás pasando, pero no es más que una ilusión de deses­peración. 4La muerte de tu especialismo no es tu muerte, sino tu despertar a la vida eterna. 5No haces sino emerger de una ilusión de lo que eres a la aceptación de ti mismo tal como Dios te creó.

La llave que nos abre las puertas de la salvación no puede ser un camino de dolor y sufrimiento, tal y como lo ha entendido el sistema de pensamiento del ego. No hay que condenarse, ni castigarse, para corregir el error al que hemos llamado pecado.

Pecar genera culpabilidad y la culpa exige redención y castigo. Elegir erróneamente nos ofrece la oportunidad de elegir desde la rectitud, aportándonos la experiencia correcta. Pero para llevar a cabo ese cambio en nuestros pensamientos, debemos aceptar que el acto que nos ha llevado a la creencia en el pecado es una elección de nuestra mente y no una acción del cuerpo al que hemos culpado de ser el causante de nuestra debilidad. Dicha culpa nos ha llevado a maltratarlo, creyendo que con ese acto purificador redimiríamos nuestra culpa.

Conocer que la causa de nuestras acciones se encuentra en nuestras creencias nos ofrece la llave que nos abre las puertas de la salvación, pues siempre podremos elegir el momento para cambiar de forma de pensar y poner a nuestra mente al servicio del guía correcto para corregir los errores.   

lunes, 6 de octubre de 2025

Capítulo 24. II. La perfidia de creerse especial (6ª parte).

 II. La perfidia de creerse especial (6ª parte).

11. Tú le perteneces a tu hermano, pues a él no se le negó ninguna parte del amor. 2¿Cómo iba a ser que tú perdieses por ser él ínte­gro? 3Lo que se le ha dado a él es lo que hace que tú seas íntegro, y lo que hace que él sea íntegro también. 4El Amor de Dios te dio a ti tu hermano, y a ti a él porque el Padre se dio a Sí Mismo. 5Lo que es igual a Dios es uno con El. 6Y ahora que finalmente tienes la esperanza de paz a la vista, sólo el deseo de ser especial podría hacer que el hecho innegable de que tú y tu Padre sois uno pare­ciese ser todo menos el Cielo.

Nuestra mente dividida y errada oculta una de las formas más celosamente protegidas del miedo. Me estoy refiriendo al miedo a no ser nada. De la fuente de este miedo surge, inevitablemente, el miedo a la muerte, el miedo a desaparecer y dejar de tener una identidad perceptible.

El miedo a no ser nada nos lleva a entregarnos a una causa agotadora, la que nos permita reconocernos como "alguien". Dicho de otro modo, si no somos nada, entonces no habremos cumplido nuestro deseo de ser especial, habremos fracasado en nuestro principal objetivo. Así que para asegurarnos de que nuestro deseo especial triunfa, tendremos que garantizar que somos alguien y no cualquier alguien, sino el más poderoso.

El miedo a no ser nada, ni alguien, responde al vacío y a la necesidad con la que se ha identificado su mente. Esa mente se cree separada de la "fuente de la abundancia" y en su lugar imagina que para alcanzar sus objetivos es preciso rodearse de medios que le permitan conseguir su fin. De este modo, el mundo exterior se presenta como el campo abonado donde recolectar la cosecha ajena. Pero ocurre que el otro también participa de la misma creencia, la de la escasez, y dado que el mundo ilusorio está regido por la temporalidad, nada es estable y duradero, ni el propio cuerpo con el que identifica. Por lo tanto, lo que siembra le ofrece frutos efímeros que lo inspirarán a conservarlo desplegando muchos esfuerzos. Resulta más fácil apoderarse de lo ajeno, aunque sea efímero, que emplearse en las labores de siembra, mantenimiento y recolección.

En el terreno psicológico, el miedo a no ser nada nos lleva a apoderarnos de la identidad del otro. Este miedo, negado por el ego, favorece el exceso de protagonismos en el desarrollo de la personalidad, dando lugar a personajes que pasan a la historia por sus complejos de superioridad.

12. El deseo de ser especial es el sello de la traición impreso sobre el regalo del amor. 2Todo lo que apoya sus propósitos no tiene otro objetivo que el de matar. 3Todo regalo que lleve impreso su sello no ofrece otra cosa que traición al que lo da y al que lo recibe. 4Ni una sola mirada de los ojos que él ciega deja de con­templar escenas de muerte. 5Todo aquel que cree en su poder no hace sino transigir y hacer concesiones para establecer al pecado como substituto del amor y servirle con gran lealtad. 6Y toda rela­ción que tenga el propósito del pecado en gran estima no hace sino aferrarse al asesinato como arma de seguridad y como el protector supremo de todas las ilusiones contra la "amenaza" del amor.

El deseo de ser especial responde a la necesidad de rellenar el vacío que ha dejado en nuestra mente la sustitución del amor por el miedo. Ya hemos hecho referencia al miedo mejor guardado del sistema de pensamiento del ego, el miedo a no ser nada, lo que se ha traducido en el miedo a la muerte y a desaparecer tras ella.

De este modo, el deseo de ser especial es el principal pensamiento que nos lleva a atentar contra la realidad de la vida, ya que es una apuesta por reconocer la muerte como una parte real de la existencia. Dando muestra de la afirmación "nadie puede dar lo que no tiene", el ego no puede ser portador de vida en el sentido verdadero de su significado, ya que si así fuese, estaría admitiendo que es un pensamiento ilusorio, pues su sistema de creencias se fundamenta en la temporalidad de la existencia.

viernes, 3 de octubre de 2025

Capítulo 24. II. La perfidia de creerse especial (5ª parte).

II. La perfidia de creerse especial (5ª parte).

9. Has llegado muy lejos por el camino de la verdad, demasiado lejos como para titubear ahora. 2Un paso más, y todo vestigio del temor a Dios quedará disuelto en el amor. 3El deseo de ser espe­cial de tu hermano y el tuyo son enemigos, y en su mutuo odio están comprometidos a matarse el uno al otro y a negar que son lo mismo. 4Mas no han sido ilusiones las que han llegado hasta este último obstáculo, el cual parece hacer que Dios y Su Cielo estén tan lejos que no se pueden alcanzar. 5Aquí en este santo lugar se alza la verdad esperando para recibirte a ti y a tu her­mano en silenciosa bendición y en una paz tan real y abarcadora que nada queda excluido. 6No traigas ninguna de las ilusiones que abrigas acerca de ti mismo a este lugar, al que vienes lleno de esperanza y honestidad.

Tengo la sensación, basada en la propia experiencia, de que el proceso que hemos llamado "despertar" no es un camino fácil. Se dice de él que se asemeja a un camino de rosas, en el que, para alcanzar la belleza de su flor, hay que recorrer un trayecto de espinas.

Nadie aprende por cuenta ajena. Este dicho se confirma en la realidad que nos muestra el mundo perceptivo. Para la mente dividida, la que hace realidad el mundo ilusorio de la percepción, la salvación se nos antoja como una larga travesía en la que debemos recorrer todo tipo de vicisitudes plagadas de sufrimiento. Es el agotamiento hasta la saciedad lo que nos hace aborrecer aquello que hemos devorado con tanto ardor y pasión. Cuando el deseo de ser especial se haya satisfecho por completo, cuando el dolor haya sido tan intenso que ya no podamos seguir creyendo en el camino elegido, en el guía idolatrado, entonces se percibirá una tenue luz en nuestro horizonte, anunciando que existe la esperanza de un nuevo camino, de elegir un nuevo guía, el cual sí sabrá guiarnos hacia la "tierra prometida", donde nos reencontraremos con nuestra verdadera Identidad, con nuestra naturaleza divina, inocente y pura.

Muchos ya hemos vislumbrado en nuestro horizonte esa tenue luz. Ahora tan sólo nos resta tomar una nueva elección que nos lleve a abandonar las antiguas creencias que nos han mantenido prisioneros de la cárcel del olvido y en la que hemos servido a un falso guía.

10. He aquí el que te puede salvar de tu deseo de ser especial. 2Él tiene tanta necesidad de que lo aceptes como parte de ti, como tú de que él te acepte a ti. 3Eres tan semejante a Dios como Dios lo es a Sí Mismo. 4Dios no es especial, pues Él no se quedaría con nin­guna parte de lo que Él es sólo para Sí, negándosela a Su Hijo y reservándola sólo para Sí Mismo. 5Y esto es lo que tú temes, pues si Él no es especial, entonces Su Voluntad dispuso que Su Hijo fuese como Él, y, por lo tanto, tu hermano no puede sino ser como tú. 6Él no es especial, pero lo tiene todo, incluyéndote a ti. 7Dale sólo lo que ya es suyo, y recuerda que Dios Se dio a Sí Mismo a ambos con el mismo amor, para que ambos pudierais compartir el universo con Él, Quien dispuso que el amor jamás pudiese ser dividido ni mantenerse separado de lo que es y ha de ser para siempre.

Si Dios fuese especial, Su hijo también lo sería, lo que lo convertiría en el Padre del ego y el mundo físico, sujeto a las leyes de la temporalidad; sería real y sus verdades transitorias.

Si Dios fuese especial, sus creaciones serían caóticas y sus leyes dementes. 

Si Dios fuese especial, sus relaciones serían especiales y el miedo se establecería en ellas, haciendo imposible alcanzar la paz y la felicidad.

El recuerdo de Dios desde nuestro corazón nos inunda de paz y sosiego, pues reconocemos que ninguna mente infectada por el deseo de ser especial puede elevarnos hacia la morada del Cielo donde la visión de la unicidad nos funde con la Filiación. Si has recordado en algún instante santo esa visión del Cielo y de Dios, negarás que nuestro Creador albergue el deseo de ser especial.

Alegrémonos, hermano, pues el recuerdo de Dios abrirá nuestros ojos verdaderos a la visión crística, lo que nos permitirá reconocer que somos Uno en la Mente del Hacedor.

jueves, 2 de octubre de 2025

Capítulo 24. II. La perfidia de creerse especial (4ª parte).

 II. La perfidia de creerse especial (4ª parte).

7. Tú que has encadenado a tu salvador a tu deseo de ser especial y has otorgado a dicho deseo el lugar de aquel, recuerda esto: tu salvador no ha perdido la capacidad de perdonarte todos los pecados que tú crees haber interpuesto entre él y la función de salvarte que Dios le encomendó. 2Y tú no puedes cambiar su fun­ción, ni tampoco la verdad que mora en él y en ti. 3Pero ten por seguro que esta verdad es exactamente la misma en cada uno de vosotros. 4La verdad no transmite mensajes diferentes y sólo tiene un significado. 5Y es un significado que tú y tu hermano podéis entender y que os brinda liberación a ambos. 6He aquí a tu her­mano ofreciéndote la llave del Cielo que tiene en su mano. 7No permitas que el sueño de ser especial continúe interponiéndose entre vosotros. 8Lo que es uno está unido en la verdad.

El papel que representa la presencia de nuestro hermano en nuestra vida es el mismo que representamos nosotros en la suya, el de ofrecernos la llave que abrirá las puertas que nos conducen a la salvación. ¿Qué significa esto? ¿Cuál es esa llave tan poderosa?

Significa que el "otro" al que nosotros hacemos real no existe realmente, salvo en nuestra mente. Ese otro responde al contenido de nuestros pensamientos. Si al mirar en nuestro interior vemos pensamientos que nos llevan a condenarnos, los proyectaremos en el exterior y encontraremos a alguien que personifique, según nuestro juicio, el pecado por el cual nos hemos condenado. Como hemos sido incapaces de perdonarnos interiormente, decidimos purificarnos atacando la debilidad del otro y condenamos su comportamiento a través de cualquier forma de ataque.

El "otro", por lo tanto, ejerce el papel de ser nuestro espejo en el que poder mirar nuestro mundo interior y todas aquellas tendencias que tratamos de ocultar. Esa función de espejo nos ofrece la oportunidad de reconocer que no es el ataque la mejor forma de alcanzar la salvación, la paz, sino el perdón. De este modo, el "otro" nos ofrece la llave para abrir nuestra mente a una nueva visión en la que el juicio condenatorio cede su lugar al pensamiento amoroso del perdón.

Esa es la razón por la cual nuestro hermano tiene la llave de la salvación, una salvación que tan sólo será posible si la realizamos juntos, cogidos de la mano.

8. Piensa en la hermosura que verás dentro de ti cuando lo consi­deres tu amigo. 2Él es enemigo de tu deseo de ser especial, pero amigo de lo que es real en ti. 3Ni uno solo de los ataques que pensaste haber lanzado contra él lo ha despojado del regalo que Dios quiere que él te dé. 4Su necesidad de dártelo es tan impe­riosa como la tuya de recibirlo. 5Permítele que te perdone tu deseo de ser especial, y que restaure la plenitud de tu mente y te haga uno con él. 6El está en espera de tu perdón, pero únicamente para poder devolvértelo a ti. 7No fue Dios Quien condenó a Su Hijo, sino tú, para salvar su especialismo y matar a su Ser.

Jesús nos narra el correcto proceder en las relaciones con nuestros hermanos, adaptando el mensaje al mundo del sueño que la mente está percibiendo. En su enseñanza nos deja muy claro que el "otro" no existe, no es real, sino la proyección de nuestros pensamientos guiada por el demente deseo de ser especial.

Por lo tanto, la hermosura a la que Jesús hace alusión en este punto se refiere a la luz y al amor que debemos reconocer en nuestro interior cuando seamos conscientes de nuestra mente. Esto viene a ratificar la afirmación de que no podemos dar lo que no tenemos. Si en nuestros pensamientos hay conflicto, lo proyectaremos al exterior, viendo y compartiendo el conflicto con el mundo que percibimos. Si en nuestra mente albergamos la paz, el deseo de ser especial desaparecerá. En su lugar veremos el reflejo del Cielo en el mundo percibido o, lo que es lo mismo, percibiremos correctamente nuestra identidad y la realidad formará parte de nuestras relaciones. Es decir, caminaremos junto a nuestros hermanos en serena paz.

Realmente, el papel que desempeña el "otro" en nuestro sueño es el de ayudarnos a despertar de él, protagonizando el guion que dicta nuestros pensamientos internos. Si en ellos existe el miedo, el otro nos incitará a enfrentarnos a una experiencia de miedo; si existe condena, odio, ira o rencor, el otro nos aportará la justa medida de esa dosis que necesitamos para comprender los efectos que causan dichos sentimientos. Así pues, la bendición que demos a nuestro hermano será la bendición que recibiremos.

miércoles, 1 de octubre de 2025

Capítulo 24. II. La perfidia de creerse especial (3ª parte).

 II. La perfidia de creerse especial (3ª parte).

5. Puedes defender tu especialismo, pero nunca oirás la Voz que habla en favor de Dios a su lado, 2pues hablan diferentes idiomas y llegan a oídos diferentes. 3Para todo aquel que se cree especial la verdad tiene un mensaje diferente, y un significado distinto. 4Sin embargo, ¿cómo podría ser que la verdad fuese diferente para cada persona? 5Los mensajes especiales que oyen los que se creen especiales les convencen de que ellos son diferentes y de que son algo aparte, cada uno con sus pecados especiales y "a salvo” del amor, el cual no ve su especialismo en absoluto. 6La visión de Cristo es su "enemigo", pues no ve aquello que ellos quieren ver y les mostraría que el especialismo que ellos creen ver es una ilusión.

El deseo de ser especial influye en nuestro sistema de pensamiento y creencias, lo que se traduce en que nuestro comportamiento responde fielmente a lo que dicta ese deseo. Así, establecemos relaciones que consideramos igualmente especiales y, si es cierto que inicialmente nos sentimos atraídos a establecer dichas relaciones llamados por la búsqueda del amor, en realidad lo que buscamos es satisfacer el profundo vacío que sentimos de ser amados de forma especial.

Si has experimentado una relación especial, sabrás reconocer que el miedo que sentimos por perder el amor del otro, indiferentemente de cómo se manifieste ese temor, se convierte en un obstáculo que no facilita la experiencia de la paz. Que esto sea así responde al propósito que realmente nos mueve a establecer dicha relación, el deseo de ser especial. Podemos alegar a nuestro favor que nuestra motivación era amar a la persona que hemos elegido para compartir nuestra relación. Sin embargo, todos nuestros gestos para alcanzar ese amor van dirigidos erróneamente. En verdad, lo que nos motiva es que el otro llene el vacío de amor que sentimos por tenerle miedo a amar incondicionalmente. Ese miedo se convierte en un filtro que condiciona la experiencia de amor, se convierte en una exigencia de ser amado como queremos que nos amen. Ese amor no es verdadero amor, pues el amor debe aportar libertad y no limitación.

Si elegimos oír la voz del especialismo, estaremos negando nuestra verdadera Identidad. Ignoraremos quiénes somos en realidad y ello nos llevará, igualmente, a desconocer la Identidad de los demás, a los que veremos no como nuestros aliados, sino como nuestros enemigos.

6. ¿Qué podrían ver en su lugar? 2Podrían ver el brillante fulgor del Hijo de Dios, tan semejante al de su Padre que el recuerdo de Éste alborearía de inmediato en sus mentes. 3Y con ese recuerdo el Hijo recordaría sus propias creaciones, que son tan semejantes a él como él es semejante a su Padre. 4Y el mundo que él cons­truyó, así como su deseo de ser especial junto con todos los peca­dos que en defensa de ese deseo albergó contra sí mismo, se desvanecerían a medida que su mente aceptase la verdad acerca de lo que él es y retornase para ocupar el lugar que aquellos ocupaban, 5Éste es el único "costo" de la verdad: jamás volverás a ver lo que nunca tuvo lugar ni a oír lo que no tiene sonido. 6¿Es acaso un sacrificio renunciar a lo que no es nada y recibir a cam­bio el Amor de Dios para siempre?

Jesús nos describe en este punto lo que experimentaremos si elegimos oír la Voz que habla por Dios, la Voz del Amor, en vez de la voz del ego.

Nos referíamos en el punto anterior a que la relación especial está inspirada por el deseo de ser especial. ¿Qué paz se puede experimentar si nuestros pensamientos son egoístas y buscan en el ataque salvaguardar nuestra propia seguridad? ¿Has conocido alguna vivencia en la que el ataque no engendre dolor y sufrimiento? Elegir como guía al ego y al deseo de ser especial nos conduce una y otra vez a la percepción de una realidad errónea, la cual se sustenta por la creencia de que somos seres separados del mundo que percibimos. El miedo al amor nos ha llevado a amar el miedo. No es un juego de palabras. Esa afirmación encierra el sentimiento que guía todos nuestros gestos. Si amamos incondicionalmente, el deseo de sentirnos especiales desaparece y con ello nuestra falsa identidad egoica. Así que para garantizar la seguridad de nuestra identidad decidimos tener miedo del amor y sustituirlo por el amor al miedo, pues es el único modo de sentir lo que hemos confundido con el verdadero amor, el deseo de ser especial.

Al sentir amor por el miedo, garantizamos la continuidad del sistema de pensamiento del ego y depositamos esa seguridad en el envoltorio con el que nos hemos identificado, el cuerpo físico. El cuerpo se convierte en la herramienta del ego a través de la cual expresa su amor por el miedo, creyendo que dicho cuerpo tiene el poder de generar miedo, cuando en verdad el miedo pertenece al nivel de la mente, que es quien verdaderamente lo hace real.

La visión que Jesús nos describe en este punto es la Visión Crística, la que nos permite vislumbrar el Cielo donde la esencia del amor nos permite experimentar la grandeza de la Unidad.

La Visión Crística nos permite recordar nuestra Identidad verdadera. La práctica de esa visión unificadora nos guiará a establecer la santidad en nuestras relaciones, las cuales se caracterizarán por el deseo de dar y compartir el amor de manera incondicional.