X. El fin de la injusticia (5ª parte).
5. Crees que tu hermano es injusto contigo porque crees que uno de vosotros tiene que ser injusto para que el otro pueda ser inocente. 2Y en ese juego percibes el único propósito que le adscribes a tu relación. 3Y eso es lo que le quieres añadir al propósito que ya se le ha asignado. 4El propósito del Espíritu Santo es que
Este punto nos muestra con gran claridad cómo el ego convierte la relación en un juego de culpabilidad. Creemos que nuestro hermano es injusto con nosotros porque, en el fondo, sostenemos la idea de que uno de los dos tiene que ser culpable para que el otro pueda ser inocente. Si él es injusto, yo soy la víctima inocente. Si yo soy inocente, él debe cargar con la culpa. Ésta es la lógica del ego.
Pero el Curso nos dice que esa lógica es precisamente lo que hemos añadido al propósito de la relación. La relación ya tenía un propósito asignado por el Espíritu Santo: que la Presencia de nuestros santos Invitados nos sea conocida. Es decir, que en la relación podamos reconocer la presencia del Amor, de la Verdad, de Dios y de Su Hijo.
El ego quiere añadir otro propósito: demostrar quién tiene razón, quién es culpable, quién ha sido injusto y quién merece ser declarado inocente. Pero el Espíritu Santo no comparte ese juego. Su propósito no necesita añadidos, porque es total.
Mensaje central del punto:
- Creemos que nuestro hermano es injusto porque creemos que uno debe ser culpable para que el otro sea inocente.
- Ése es el propósito que el ego asigna a la relación.
- El ego convierte la relación en un juego de culpabilidad.
- Pero la relación ya tiene un propósito dado por el Espíritu Santo.
- Ese propósito es que la Presencia de los santos Invitados sea conocida.
- No se le puede añadir ni quitar nada a ese propósito.
- El mundo no tiene otro propósito que servir al reconocimiento de esa Presencia.
- Cuando privamos al mundo de ese propósito, nos privamos también a nosotros mismos de propósito.
- Toda injusticia que creemos recibir del mundo procede de haber negado la función que el Espíritu Santo ve en él.
- Así se le niega justicia a toda cosa viviente.
Claves de comprensión:
- El ego necesita culpables para fabricar inocencia privada.
- Si mi inocencia depende de tu culpa, entonces la relación se convierte en tribunal.
- En ese tribunal siempre se busca una sentencia: alguien tiene razón y alguien está equivocado.
- Pero el propósito de la relación no es juzgar, sino revelar la Presencia.
- El Espíritu Santo no usa la relación para decidir quién es culpable.
- La usa para mostrar que la inocencia es compartida.
- Cuando añado al propósito santo mi deseo de tener razón, oscurezco su función.
- Cuando quiero quitarle al mundo su función de perdón, lo dejo sin significado.
- Entonces el mundo parece injusto, vacío, amenazante y carente de propósito.
- Pero no es el mundo quien me ha privado de propósito; soy yo quien lo he privado a él del propósito que el Espíritu Santo le había dado.
- La justicia consiste en devolver al mundo su verdadera función.
Aplicación práctica en la vida cotidiana:
Observa cuándo conviertes una relación en un juego de culpabilidad:
- “Si él se equivocó, yo soy inocente”.
- “Si yo tengo razón, él tiene que estar equivocado”.
- “Necesito que reconozca que fue injusto conmigo”.
- “No puedo soltar esto hasta que quede claro quién tuvo la culpa”.
- “Mi paz depende de que el otro vea su error”.
- “Esta relación sirve para demostrar lo que me hizo”.
- “Alguien tiene que cargar con la culpa”.
Entonces pregúntate:
→ “¿Qué propósito estoy dando a esta relación?”
→ “¿La estoy usando para conocer la Presencia de Dios o para demostrar culpabilidad?”
→ “¿Estoy intentando añadir al propósito del Espíritu Santo mi deseo de tener razón?”
→ “¿Estoy privando al mundo de la función que el Espíritu Santo ve en él?”
→ “¿Estoy dispuesto a devolverle a esta relación su propósito santo?”
→ “¿Puedo permitir que esta situación sirva al perdón y no al juicio?”
Este punto no nos pide negar los errores ni las dificultades de la relación. Nos pide mirar para qué estamos usando la relación. La misma situación puede ser utilizada por el ego para reforzar la culpa o por el Espíritu Santo para revelar la inocencia. La forma puede ser la misma, pero el propósito cambia todo.
Si uso la relación para probar que fui tratado injustamente, me quedo atrapado en el juego de la culpabilidad. Si la entrego al Espíritu Santo, se convierte en medio para reconocer la Presencia de los santos Invitados.
Preguntas para la reflexión personal:
- ¿Qué propósito estoy dando a mis relaciones?
- ¿Busco conocer la Presencia o demostrar que alguien fue injusto?
- ¿Necesito que alguien sea culpable para sentirme inocente?
- ¿Qué estoy intentando añadir al propósito del Espíritu Santo?
- ¿Estoy dispuesto a dejar de usar el mundo como prueba de injusticia?
- ¿Puedo devolverle al mundo la función que el Espíritu Santo ve en él?
- ¿Estoy dispuesto a ver cada relación como una oportunidad para reconocer la Presencia?
- ¿Qué cambiaría en mí si dejara de jugar al juego de la culpabilidad?
Conclusión
El mundo no tiene otro propósito que ayudarnos a reconocer la Presencia de nuestros santos Invitados.
Cuando olvidamos esto, usamos las relaciones para acusar, defendernos, demostrar injusticia o reclamar inocencia a costa de otro. Y entonces todo parece perder sentido. El mundo se vuelve injusto porque lo hemos privado de su verdadera función.
El Curso nos dice algo muy profundo: toda injusticia que el mundo parece cometer contra nosotros, nosotros la hemos cometido contra el mundo al negarle el propósito que el Espíritu Santo ve en él. No se trata de culparnos, sino de devolvernos el poder de elegir de nuevo. Si el mundo parece no tener sentido, es porque le hemos dado un propósito que no puede ofrecer paz.
El ego quiere que la relación sirva para decidir quién es culpable.
El Espíritu Santo quiere que sirva para revelar la Presencia.
El ego quiere apropiarse de la inocencia.
El Espíritu Santo muestra que la inocencia es compartida.
El ego ve injusticia.
El Espíritu Santo ve función santa.
La justicia se restaura cuando dejamos de añadir nuestros propósitos al propósito de Dios. Entonces la relación deja de ser tribunal y se convierte en templo. El mundo deja de ser acusador y recupera su función: llevarnos al reconocimiento de la Presencia.
Frase inspiradora: “No usaré mi relación para demostrar culpa; la entregaré al propósito que revela la Presencia.”

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