lunes, 3 de agosto de 2026

Capítulo 27: I. El cuadro de la crucifixión (11ª parte).

Capítulo 27

LA CURACIÓN DEL SUEÑO

 

I. El cuadro de la crucifixión (11ª parte). 

11. La manera más fácil de dejar que esto se logre es simplemente ésta: no permitas que el cuerpo tenga ningún propósito proce­dente del pasado, cuando estabas seguro de que sabías que su propósito era fomentar la culpabilidad. 2Pues esto -afirma tu imagen enfermiza- es un símbolo duradero de lo que el cuerpo representa. 3Y ello impide que se le pueda conferir una perspec­tiva diferente, un propósito distinto. 4Tú no sabes cuál es su pro­pósito. 4No hiciste sino darle la ilusión de un propósito a una cosa que concebiste para ocultar de ti mismo tu función. 6Esta cosa sin propósito no puede ocultar la función que el Espíritu Santo te encomendó. 7Deja, pues, que el propósito del cuerpo y tu función se reconcilien finalmente y se consideren la misma cosa. 

La instrucción es sencilla, pero radical: no permitas que el cuerpo tenga ningún propósito procedente del pasado. El pasado, desde la mente del ego, le había asignado al cuerpo una función muy concreta: fomentar la culpabilidad. El cuerpo era usado como prueba de ataque, enfermedad, sacrificio, injusticia, dolor y reproche. Era el testigo que decía: “Mira lo que el pecado ha hecho”.

El Curso nos muestra que esa imagen enfermiza afirma ser un símbolo duradero de lo que el cuerpo representa. Es decir, el ego quiere que el cuerpo quede fijado a una interpretación antigua: “Esto es vulnerabilidad, esto es dolor, esto es culpa, esto es muerte”. Y mientras esa imagen se conserve, impide que el cuerpo reciba una perspectiva nueva y un propósito distinto.

Por eso el texto introduce una frase de humildad decisiva: “Tú no sabes cuál es su propósito.” Esta aceptación deshace la arrogancia del ego. Creíamos saber para qué era el cuerpo: para defendernos, para acusar, para buscar placer, para probar enfermedad, para mostrar valor o fragilidad. Pero el Curso nos dice que sólo le dimos una ilusión de propósito a algo que fabricamos para ocultar nuestra verdadera función.

Mensaje central del punto.

  • No debemos asignar al cuerpo un propósito procedente del pasado.
  • El pasado lo usaba para fomentar culpabilidad.
  • La imagen enfermiza afirma que el cuerpo es símbolo duradero de culpa y sufrimiento.
  • Esa interpretación impide que reciba una perspectiva diferente.
  • No sabemos cuál es el verdadero propósito del cuerpo.
  • El cuerpo fue concebido como una cosa sin propósito propio.
  • El ego lo fabricó para ocultar nuestra función.
  • Pero lo que no tiene propósito real no puede ocultar la función que el Espíritu Santo nos dio.
  • El propósito del cuerpo y nuestra función deben reconciliarse.
  • Cuando esto ocurre, el cuerpo se convierte en medio de curación.

Claves de comprensión.

El cuerpo no tiene significado propio. Ésta es una idea central. El ego quiere que creamos que el cuerpo ya trae inscrito un propósito: sobrevivir, sufrir, defenderse, enfermar, agradar, competir o morir. Pero el Curso dice que todo eso es una interpretación añadida.

El cuerpo, en sí mismo, no sabe para qué es. No tiene propósito intrínseco. La mente es quien se lo da. Si la mente sirve al ego, el cuerpo se convierte en testigo de culpa. Si la mente sirve al Espíritu Santo, el cuerpo puede convertirse en instrumento de comunicación, perdón y sanación.

La frase Tú no sabes cuál es su propósito no es una reprimenda. Es una liberación. Mientras crea saber para qué es el cuerpo, seguiré arrastrando propósitos antiguos. Pero cuando acepto que no sé, dejo espacio para que el Espíritu Santo le dé una función nueva.

El cuerpo ya no puede ocultar tu función.

El ego fabricó el cuerpo para ocultar la función que el Espíritu Santo te encomendó. Es decir, para que te identificaras con una forma separada y olvidaras tu función de perdonar, sanar y extender amor. Pero el Curso afirma que esa cosa sin propósito no puede ocultar la función dada por el Espíritu Santo.

Esto es muy esperanzador. Aunque hayamos usado el cuerpo como símbolo de culpa durante mucho tiempo, no puede impedir la función verdadera. Puede parecer que la oculta, pero no tiene poder real para cancelarla. En cuanto se le retira el propósito del pasado, queda disponible para servir a la curación.

Aplicación práctica:

Podemos observar cuándo damos al cuerpo un propósito procedente del pasado:

  • “Mi cuerpo demuestra lo que sufrí.”
  • “Mi enfermedad prueba que fui herido.”
  • “Mi apariencia determina mi valor.”
  • “Mi cansancio justifica mi resentimiento.”
  • “Mi dolor habla de lo que otros me hicieron.”
  • “Mi historia corporal demuestra quién soy.”
  • “Este cuerpo tiene que protegerme del ataque.”

Ante estos pensamientos, la práctica sería decir: “No sé cuál es el propósito del cuerpo. No quiero darle un propósito procedente del pasado. Espíritu Santo, úsalo para la función que Tú me diste.”

Esto no implica descuidar el cuerpo ni negar sus necesidades prácticas. Podemos cuidarlo, atenderlo, descansar, acudir al médico y vivir con responsabilidad. Lo que cambia es el propósito interior: ya no lo usamos como prueba de culpa ni como argumento contra nadie.

Preguntas para la reflexión personal

  • ¿Qué propósito del pasado sigo dando al cuerpo?
  • ¿Lo uso como prueba de sufrimiento, ataque o sacrificio?
  • ¿Mi imagen corporal está cargada de acusación o reproche?
  • ¿Estoy dispuesto a reconocer que no sé cuál es su verdadero propósito?
  • ¿Qué función intento ocultar mediante mi identificación con el cuerpo?
  • ¿Puedo permitir que el cuerpo deje de servir a la culpa?
  • ¿Estoy dispuesto a que el propósito del cuerpo y mi función se reconcilien?
  • ¿Cómo sería vivir el cuerpo como medio de perdón y no como prueba de separación?

Conclusión

Este punto nos ofrece una práctica sencilla para liberar al cuerpo de la crucifixión: no darle ningún propósito procedente del pasado.

  • El pasado lo usaba para acusar.
  • El pasado lo usaba para demostrar culpa.
  • El pasado lo usaba para justificar sufrimiento.
  • El pasado lo usaba para ocultar nuestra función.

Pero ahora el cuerpo puede quedar vacío de esos usos antiguos. Y en ese vacío, el Espíritu Santo puede darle un propósito nuevo.

No sabemos para qué es el cuerpo. Eso, lejos de ser un problema, es el comienzo de la liberación. Porque cuando dejo de creer que sé, dejo de imponerle al cuerpo una función de culpa. Entonces el cuerpo y mi función pueden reconciliarse. Ya no hay conflicto entre lo que soy llamado a hacer y el medio que todavía percibo en el sueño.

El cuerpo deja de ocultar la función y empieza a servirla.
Deja de acusar y empieza a comunicar.
Deja de representar el pasado y empieza a expresar curación.

Frase inspiradora:  “No daré al cuerpo un propósito nacido del pasado; permitiré que sirva a la función de sanar que el Espíritu Santo me encomendó.”

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