Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Cómo aplicar UCDM cuando tenemos un jefe difícil?
Tener un jefe difícil puede convertir el trabajo en una fuente constante de tensión. Puede ser una persona autoritaria, imprevisible, crítica, controladora, poco empática, exigente en exceso o incapaz de reconocer el esfuerzo de los demás. A veces no hace falta que ocurra nada especialmente grave; basta con saber que tendremos que verlo para sentir cómo nuestro cuerpo se tensa y nuestra mente empieza a prepararse: “A ver con qué viene hoy”, “Seguro que vuelve a criticarme”, “Nunca hago nada bien para él”, “No lo soporto”. Y cuando esto se repite cada día, el problema ya no ocupa solo las horas de trabajo. Nos lo llevamos a casa, seguimos pensando en lo que dijo, imaginamos lo que deberíamos haber contestado y empezamos a temer incluso el día siguiente. Desde Un Curso de Milagros, el primer paso no consiste en decirnos que nuestro jefe “no es difícil” ni en obligarnos a sentir amor por alguien que nos produce rechazo. Consiste en observar con honestidad qué está ocurriendo en nuestra mente cada vez que nos relacionamos con él.
Supongamos que nuestro jefe hace una crítica delante de otros compañeros. Quizá lo haga de una manera poco respetuosa. El hecho puede ser real y podemos reconocerlo. Pero después la mente añade toda una historia: “Quiere humillarme”, “Me tiene manía”, “Nunca me valora”, “Quiere que me vaya”, “Soy un inútil”. Aquí podemos aplicar una de las prácticas más sencillas del Curso: separar el hecho de la interpretación. ¿Qué ha ocurrido realmente? ¿Qué estoy añadiendo yo? Esto no significa que nuestra interpretación sea necesariamente equivocada, pero sí nos ayuda a reconocer que la mente suele ir mucho más lejos que los hechos. Quizá hubo una crítica inadecuada, pero de ahí hemos pasado en segundos a imaginar que nuestra carrera profesional está amenazada o que no valemos para nuestro trabajo.
Una pregunta útil puede ser: “¿Qué estoy sintiendo que este jefe pone en peligro?” Tal vez nuestra seguridad económica. Quizá nuestra autoestima. Puede que necesitemos sentirnos reconocidos y su falta de valoración nos duela profundamente. Tal vez nos recuerde a otras figuras de autoridad ante las que nos sentíamos pequeños o incapaces. A veces un jefe difícil no activa únicamente el problema actual; toca heridas antiguas relacionadas con la crítica, el miedo a equivocarnos o la necesidad de aprobación. Reconocerlo puede ayudarnos a comprender por qué reaccionamos con tanta intensidad.
Desde UCDM, también podemos observar cuánto poder hemos entregado a esa persona. Si un comentario suyo determina todo nuestro día, si su aprobación decide cuánto valemos y si su mal humor se convierte automáticamente en nuestro mal humor, quizá hemos colocado demasiada paz en sus manos. Podemos preguntarnos: “¿Estoy permitiendo que la manera en que esta persona me trate decida completamente cómo voy a sentirme conmigo mismo?” El Curso no nos pide negar el impacto de las relaciones, pero sí recordar que nuestra identidad no puede quedar finalmente definida por la opinión de alguien.
Esto puede resultar especialmente difícil cuando dependemos económicamente del trabajo. No es lo mismo decir “no me importa lo que piense” cuando podemos marcharnos mañana que cuando necesitamos ese salario. Por eso la práctica del Curso no consiste en adoptar una falsa indiferencia. Podemos reconocer: “Necesito este trabajo y me preocupa perderlo.” Pero después podemos intentar no convertir ese miedo en una catástrofe continua. Quizá pensemos: “Si mi jefe está descontento, me despedirán; si me despiden, no encontraré nada; si no encuentro nada, mi vida se vendrá abajo.” En pocos segundos hemos recorrido meses imaginarios. Podemos volver al presente y preguntarnos: “¿Qué está ocurriendo realmente hoy?”
Tal vez hoy solo haya una conversación difícil. O una crítica. O una tarea urgente. Podemos ocuparnos de eso. Si existe un problema real con nuestro rendimiento, podemos revisarlo. Si necesitamos mejorar algo, hacerlo. Si consideramos que la crítica es injusta, podemos pedir una conversación. Pero no necesitamos resolver mentalmente toda nuestra vida profesional en un solo día.
También puede ayudarnos distinguir entre corregir y atacar. A veces un jefe difícil nos habla de una manera que consideramos injusta y sentimos un fuerte impulso de responder en el mismo tono. “Pues ahora va a saber lo que pienso.” Pero si respondemos desde el ataque, quizá terminemos agravando el conflicto. Podemos utilizar una pausa interior: “No quiero que mi enfado decida por mí lo que voy a decir.” Después podemos responder con firmeza sin necesidad de humillar. “Entiendo la crítica, pero prefiero que este tipo de comentarios los hablemos en privado.” “Puedo revisar este trabajo, pero necesito que me concrete qué espera de mí.” “Quiero resolverlo, pero no me ayuda que me hable de esa manera.” La firmeza no contradice el Curso. Podemos poner límites sin convertir la conversación en una batalla.
Ésta es una idea importante porque aplicar UCDM en el trabajo no significa convertirnos en empleados pasivos que aceptan cualquier cosa. Si existe acoso, humillación, discriminación o una conducta laboral grave, podemos documentarla, pedir ayuda, acudir a recursos humanos, representación laboral o buscar asesoramiento profesional. La práctica espiritual no sustituye las acciones necesarias. La pregunta sigue siendo: ¿desde qué estado mental quiero actuar? Podemos defender nuestros derechos sin alimentar continuamente el deseo de destruir al otro.
Otra dificultad frecuente es pasar horas hablando del jefe con nuestros compañeros. A veces compartir lo ocurrido puede ayudarnos, pero también puede convertirse en un círculo continuo de quejas. Cada conversación añade nuevos motivos para enfadarnos. Uno recuerda algo, otro añade otra historia, y al final salimos más alterados que antes. Podemos preguntarnos: “¿Esta conversación me ayuda a resolver algo o solo está reforzando mi resentimiento?” No necesitamos fingir que todo está bien, pero quizá podamos limitar el tiempo que dedicamos a alimentar mentalmente aquello que ya nos hace sufrir.
También podemos observar qué imagen hemos construido de esa persona. “Es un tirano.” “Es un narcisista.” “Es una mala persona.” Tal vez su comportamiento sea realmente muy difícil, pero cuando reducimos a alguien por completo a una etiqueta dejamos de ver cualquier otra posibilidad. Desde UCDM podemos intentar separar nuevamente conducta e identidad. Podemos pensar: “Esta persona está actuando de una manera que me resulta muy difícil” en lugar de “esta persona es únicamente eso”. El pequeño cambio no justifica la conducta, pero suaviza nuestra condena.
Podemos incluso considerar que detrás de una forma autoritaria de dirigir puede haber miedo, inseguridad, necesidad de control o presión. No necesitamos conocer su historia ni convertirnos en terapeutas de nuestro jefe. Basta con recordar que quien ataca muchas veces está defendiendo algo. Esto puede ayudarnos a pasar de una visión completamente enemiga a una más amplia: “No me gusta cómo actúa, pero quizá también está reaccionando desde sus propios miedos.” Esa percepción puede reducir parte de nuestra carga emocional.
Otra pregunta práctica puede ser: “¿Qué depende de mí y qué no depende de mí?” No depende de nosotros que nuestro jefe sea más amable, que reconozca nuestro esfuerzo o que cambie su personalidad. Sí puede depender de nosotros cómo organizamos nuestro trabajo, cómo comunicamos los problemas, qué límites establecemos, qué documentación guardamos, cómo buscamos apoyo y si consideramos necesario empezar a buscar otra opción profesional. Cuando separamos ambas cosas, dejamos de gastar tanta energía intentando cambiar mentalmente a quien no podemos controlar.
A veces la aplicación más sana del Curso no consiste en aprender a soportar mejor un ambiente tóxico, sino en reconocer que necesitamos cambiar de trabajo. UCDM no nos pide permanecer donde sufrimos para demostrar que sabemos perdonar. Podemos marcharnos sin odio. Podemos buscar otra oportunidad sin convertir a nuestro jefe en la causa absoluta de nuestra vida. Podemos decir: “Este entorno no me hace bien y quiero buscar otra cosa.” Eso puede ser una decisión clara y responsable.
También puede ocurrir lo contrario: quizá no podamos marcharnos todavía. En ese caso podemos convertir cada encuentro en una práctica concreta. Antes de entrar en una reunión podemos detenernos y decir interiormente: “Ayúdame a no anticipar el ataque. Ayúdame a escuchar lo que realmente se diga. Ayúdame a responder desde la claridad.” Si el jefe vuelve a actuar de manera difícil, podremos practicar en ese momento. No necesitamos conseguir una serenidad perfecta. Basta con reducir un poco el automatismo.
Cuando aparezca una crítica, podemos preguntarnos: “¿Hay algo útil aquí que pueda aprender?” Quizá la forma sea desagradable, pero parte del contenido sea cierto. Si es así, podemos utilizarlo. El ego suele rechazar toda la crítica porque viene de alguien a quien no soportamos. Pero quizá podamos separar el mensaje del mensajero. “No me gusta cómo me lo ha dicho, pero hay algo que puedo mejorar.” Esto nos devuelve capacidad de elección.
Si la crítica es claramente injusta, también podemos reconocerlo sin necesidad de entrar en una lucha mental interminable. “No estoy de acuerdo.” Podemos pedir datos, explicar nuestra posición o dejar constancia. Pero después quizá no necesitemos seguir ensayando la discusión durante toda la noche. Podemos decir: “Ya hice lo que podía hacer. No quiero continuar la reunión dentro de mi cabeza.”
Otra situación frecuente aparece cuando vemos que el jefe trata mejor a otros compañeros. Podemos sentir injusticia, celos o falta de reconocimiento. “A él sí le felicita.” “A mí nunca.” Podemos observar cuánto depende nuestra autoestima de esa comparación. Una pregunta útil puede ser: “¿Necesito que mi jefe reconozca mi valor para que mi trabajo tenga valor?” Claro que el reconocimiento es agradable y puede ser importante profesionalmente, pero una cosa es desearlo y otra convertirlo en la única prueba de nuestra valía.
Podemos aprender también a darnos nosotros una evaluación más equilibrada. ¿Estoy haciendo bien mi trabajo? ¿Qué puedo mejorar? ¿Qué capacidades tengo? ¿Qué errores puedo corregir? Esa mirada puede ser más útil que vivir pendientes del gesto del jefe cada mañana.
Cuando sintamos que la situación nos supera, podemos utilizar algunas preguntas: ¿Qué ha ocurrido realmente? ¿Qué estoy interpretando? ¿Qué siento que está en peligro? ¿Estoy reaccionando al presente o también a antiguas heridas con la autoridad? ¿Hay algo concreto que pueda hacer? ¿Necesito poner un límite? ¿Estoy intentando resolver o vengarme? ¿Puedo dejar de medir mi valor por la aprobación de esta persona? ¿Hay algo que deba aprender de la situación? ¿Necesito empezar a considerar otro camino profesional?
No tenemos que convertirnos en personas que nunca se irritan con su jefe. Habrá días en que saldremos enfadados. Tal vez reaccionemos mal alguna vez. Podemos corregir y volver a practicar. La meta no es soportarlo todo con una sonrisa espiritual. Es aprender a no entregar toda nuestra mente al conflicto.
Quizá antes de entrar al trabajo podamos decirnos: “No puedo decidir cómo se comportará esta persona hoy, pero sí puedo pedir ayuda para decidir cómo quiero responder. No necesito convertirla en mi enemigo para protegerme. Puedo actuar con claridad, poner límites, aprender lo que tenga que aprender y conservar mi dignidad sin alimentar continuamente el ataque.”
Y quizá ésa sea una de las formas más prácticas de aplicar Un Curso de Milagros cuando tenemos un jefe difícil: comprender que no siempre podemos elegir con quién trabajamos ni cómo nos tratarán, pero sí podemos ir aprendiendo a no permitir que la conducta de otra persona se convierta automáticamente en la dueña de nuestra paz, de nuestro valor y de nuestra manera de responder.


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