miércoles, 9 de julio de 2025

Capítulo 21. VI. La razón en contraposición a la locura (2ª parte).

VI. La razón en contraposición a la locura (2ª parte) .

3. Nadie puede pensar por separado, tal como Dios no piensa sin Su Hijo. 2Eso sería posible únicamente si los dos morasen en cuer­pos. 3Tampoco podría ninguna mente pensar por separado a menos que el cuerpo fuese la mente. 4Pues únicamente los cuerpos pueden estar separados, y, por lo tanto, ser irreales. 5La morada de la demencia no puede ser la morada de la razón. 6Pero es fácil abandonar dicha morada si ves la razón. 7No puedes abandonar la demencia trasladándote a otro lugar. 8La abandonas simplemente aceptando la razón en el lugar que antes ocupaba la locura. 9La locura y la razón ven las mismas cosas, pero es indudable que las contemplan de modo diferente.

Lo contrario al ejercicio de la razón es el ejercicio de la locura, o lo que es lo mismo, elegir la creencia en que podemos existir separados de nuestra fuente creadora, separados de Dios.

Cuando el ego percibe el cuerpo, se identifica con él y le otorga la plena autoría de su existencia, lo que significa que es su única realidad. La capacidad de pensar es trasladada de la mente al cuerpo, lo que lo convierte en el causante de todo cuanto experimenta, incluido el de identificarlo como el único causante de su naturaleza pecadora.

Los estudios más recientes en física cuántica nos aportan una información que abre nuestra mente a un nuevo paradigma en el que la razón recupera su papel estelar y nos permite corregir los errores a los que hemos rendido culto, confundiéndolo con los ropajes imaginarios del pecado.

La razón nos lleva a recuperar el poder de la mente y sobre todo a reorientar el ejercicio de su uso, enseñándonos que podemos elegir crear a imagen y semejanza de nuestro Creador, es decir, utilizando la fuerza creadora del amor.

4. La locura es un ataque contra la razón que la expulsa de la mente, y ocupa su lugar. 2La razón no ataca, sino que, callada­mente, ocupa el lugar de la locura y la reemplaza si los dementes deciden escucharla. 3Pero los dementes no conocen su propia voluntad, pues creen ver el cuerpo, y permiten que su propia locura les diga que éste es real. 4La razón sería incapaz de eso. 5si tú defiendes el cuerpo en contra de tu razón, no entenderás lo que es cuerpo ni lo que eres tú.

Podemos renombrar la locura y llamarla sinrazón, pues en verdad los pensamientos a los que da lugar la locura son pensamientos que carecen de razón. Es la carencia de la razón, es decir, es la carencia de amor, lo que propicia que nuestros pensamientos nos lleven a creer en la separación. Si nuestro poder mental nos muestra un mundo diferente al de Dios, nos lleva a creer que lo real es lo que estamos percibiendo, que otro mundo puede sustituir al anterior, pues así lo estamos percibiendo. Sin embargo, en esta ecuación estamos olvidando algo esencial: estamos olvidando que los fabricantes de ese mundo somos nosotros mismos, al elegir ver lo que deseamos ver.

Si el deseo de ser especial es lo que moviliza nuestra voluntad creadora, lo que estamos haciendo es hacer real ese deseo especial, lo que nos muestra un mundo individual, manifestándose a través de cuerpos separados con los cuales nos identificamos. Lo tangible sustituye a lo invisible. El cuerpo adquiere el protagonismo de la mente y del espíritu. El miedo sustituye al amor y la sinrazón ocupa el lugar de la razón.

martes, 8 de julio de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 189

LECCIÓN 189

Siento el Amor de Dios dentro de mí ahora.

1. Hay una luz en ti que el mundo no puede percibir. 2con sus ojos no la podrás ver, pues estás cegado por él. 3No obstante, tienes ojos con los que poder verla. 4Está ahí para que la contem­ples. 5No se puso en ti para que se mantuviese oculta de tu vista. 6Esta luz es un reflejo del pensamiento con el que practicamos ahora. 7Sentir el Amor de Dios dentro de ti es ver el mundo reno­vado, radiante de Inocencia, lleno de esperanza y bendecido con perfecta caridad y amor.

2. ¿Quién podría sentir temor en un mundo así?  2Dicho mundo te da la bienvenida, se regocija de que hayas venido y te canta ala­banzas mientras te mantiene a salvo de cualquier peligro o dolor: 3Te ofrece un hogar cálido y tranquilo en el que permanecer por un tiempo. 4Te bendice a lo largo del día, y te cuida durante la noche, cual silencioso guardián de tu sueño santo. 5Ve en ti la salvación, y protege la luz que mora en ti, en la que ve la suya propia. 6Te ofrece sus flores y su nieve como muestra de agrade­cimiento por tu benevolencia.

3. Éste es el mundo que el Amor de Dios revela. 2Es tan diferente del mundo que ves a través de los enturbiados ojos de la malicia y del miedo, que uno desmiente al otro. 3Sólo uno de ellos puede percibirse en absoluto. 4El otro no tiene ningún significado.  5aquellos que ven surgir del ataque un mundo de odio listo para vengarse, asesinar y destruir, les resulta inconcebible la idea de un mundo en el que el perdón resplandece sobre todas las cosas y la paz ofrece su dulce luz a todo el mundo.

4. Sin embargo, el mundo del odio es igualmente invisible inconcebible para aquellos que sienten dentro de sí el Amor de Dios. 2Su mundo refleja la quietud y la paz que refulge en ellos; la tranquilidad y la inocencia que ven a su alrededor; la dicha con la que miran hacia afuera desde los inagotables manantiales de dicha en su interior. 3Contemplan lo que han sentido dentro de sí, y ven su inequívoco reflejo por todas partes.

5. ¿Cuál de ellos quieres ver? 2Eres libre de elegir. 3Mas debes conocer la ley que rige toda visión y no dejar que tu mente se olvide de ella: contemplarás aquello que sientas en tu interior. 4Si el odio encuentra acogida en tu corazón, percibirás un mundo temible, atenazado cruelmente por las huesudas y afiladas garras de la muerte. 5Mas si sientes el Amor de Dios dentro de ti, con­templarás un mundo de misericordia y de amor.

6. Hoy pasamos de largo las ilusiones, según intentamos llegar hasta lo que es verdad en nosotros y sentir su infinita ternura, su Amor que sabe que somos tan perfectos como él mismo, y su visión, el don que su Amor nos ofrece. 2Hoy aprenderemos el camino, 3el cual es tan seguro como el Amor mismo, al que nos conduce. 4Pues su sencillez nos protege de las trampas que las descabelladas complicaciones del aparente razonar del mundo tienen como propósito ocultar.

7. Haz simplemente esto: permanece muy quedo y deja a un lado todos los pensamientos acerca de lo que tú eres y de lo que Dios es; todos los conceptos que hayas aprendido acerca del mundo; todas las imágenes que tienes acerca de ti mismo. 2Vacía tu mente de todo lo que ella piensa que es verdadero o falso, bueno o malo; de todo pensamiento que considere digno, así como de todas las ideas de las que se siente avergonzada. 3No conserves nada. 4No traigas contigo ni un solo pensamiento que el pasado te haya enseñado, ni ninguna creencia que, sea cual sea su proce­dencia, hayas aprendido con anterioridad. 5Olvídate de este mundo, olvídate de este curso y, con las manos completamente vacías, ve a tu Dios.

8. ¿No es acaso Él Quien sabe cómo llegar a ti? 2Tú no necesitas saber cómo llegar a Él. 3Tu papel consiste simplemente en permitir que todos los obstáculos que has interpuesto entre el Hijo y Dios el Padre sean eliminados silenciosamente para siempre. 4Dios hará lo que le corresponde hacer en gozosa e inmediata respuesta. 5Pide y recibirás. 6Mas no vengas con exigencias, ni le señales el camino por donde Él debe aparecer ante ti. 7La manera de llegar a Él es simplemente dejando que Él sea lo que es. 8Pues de esa forma se proclama también tu realidad.

9. Así pues, hoy no elegiremos el camino por el que vamos a Él. 2Pero sí elegimos dejar que Él venga a nosotros. 3con esta deci­sión descansamos. 4Su Amor se abrirá paso por su cuenta en nues­tros corazones serenos y en nuestras mentes abiertas. 5Es induda­ble que lo que no ha sido negado se encuentra ahí, si es que es verdad y puede alcanzarse. 6Dios conoce a Su Hijo y sabe cómo llegar a él. 7No necesita que Su Hijo le muestre el camino. 8tra­vés de cada puerta abierta Su Amor refulge hacia afuera desde su hogar interno e ilumina al mundo con inocencia.

10. Padre, no sabemos cómo llegar a Ti. 2Pero te hemos llamado y Tú nos has contestado. 3No interferiremos. 4Los caminos de la salvación no son nuestros, pues te pertenecen a Ti. 5es a Ti a donde vamos para encontrarlos. 6Nuestras manos están abiertas para recibir Tus dones. 7No tenemos ningún pensamiento que no pensemos contigo, ni abrigamos creencia alguna con respecto a lo que somos o a Quién nos creó. 8Tuyo es el camino que queremos hallar y seguir. 9Y sólo pedimos que Tu Volun­tad, que también es la nuestra, se haga en nosotros y en el mundo, para que éste pase a formar parte del Cielo. 10Amén.


¿Qué me enseña esta lección?

¡Qué hermosa lección!  Me libero de mis pensamientos de miedo, de mis sentimientos de culpabilidad, de la necesidad de sufrir para poder así redimir mis “pecados”.  Me libero del castigo y del dolor.  Me libero del sacrificio, pues no veo débito en mi alma.  Me libero de la enfermedad, pues lo que es puro e inocente no puede enfermar.

Me libero de todas mis creencias.  Me libero de todos y cada uno de los ropajes con los que he cubierto mi identidad.  Me libero de mis emociones, aquellas que he considerado puras y aquellas a las que he condenado como impuras.

Me libero de mi pasado y me libero de mi futuro.

Hago realidad el presente.  Hago realidad el ahora, este instante santo y veo mi inocencia, mi perfección. Me veo lleno de luz.  Me siento impregnado del Amor de Dios.  Soy Uno con mi Creador. Soy Uno con mis hermanos de filiación.

Estoy en mi Hogar. Gozo de la Paz y la Dicha, de la Plenitud y la Abundancia que Dios dispone para Su Creación.


Ejemplo-Guía:  "Suelta todas las creencias; suelta todos tus deseos; suelta todas tus pertenencias; suelta la visión del mundo y déjate llevar: vive".

¿Miedo? ¿Es ese el estado que percibes?

¿Inseguridad? Las creencias, las buenas y las malas, nos aportaban ese espacio seguro donde experimentar la vida.

¿Soledad? Al sentir que no nos guía, no nos mueve ningún deseo.

¿Necesidad? Al desprenderte de todo cuanto te ataba.

¿Y a eso le llamamos vivir? Como bien refiere Emilio Carrillo, ese estado tiene otro nombre más apropiado: sobrevivir.  La vida no tiene desgaste, pues la vivimos desde la aceptación, desde el amor, desde el disfrute, desde la felicidad y la alegría, desde el desapego y el desprendimiento.

El sobrevivir es ataque, es miedo, es rivalidad, es competencia, es victimismo, es sufrimiento y sacrificio, es tristeza y pérdida, es dolor y castigo, es apego y estancamiento.

¡Qué hermosa invitación nos hace esta lección! Es tanta su sencillez, que a los ojos del cuerpo les cuesta verla. Se nos presenta como una prueba científica para que comprobemos, a través de la experiencia, de la percepción verdadera, la certeza de que la Luz de Dios se encuentra en nuestro interior.

La conclusión será fácil de valorar. Si el Amor de Dios no estuviese en nuestro interior, si no formase parte de nuestra condición divina, andaríamos a ciegas y nuestra vida sería un caos. Pero esto no ocurrirá, sino todo lo contrario. Nuestra vida pasará del desorden, fruto de la demencia, a un estado donde gozaremos del placer que experimentaremos al disfrutar de la presencia de Dios en nosotros.

¿Qué ocurrirá? Tendremos que ser como niños, ver con los ojos nuevos de un niño, sentir con la inocencia pura de un niño, preguntar desde la curiosidad ávida de un niño.

Esto significa que los valores que hasta ahora nos habían guiado ahora dejan de tener sentido.  Esto significa que los juicios que antes emitíamos para distinguir lo bueno de lo malo ahora deben enmudecer.  Esto significa que el orden de prioridades que establecíamos y de donde surgían nuestras necesidades ahora debe acallarse.

¿Entonces, qué...? Vive. Míralo todo con ojos nuevos y limpios. Vive y deja a la vida que te guíe, pues te llevará allí donde debas estar y te invitará a hacer lo que debas hacer.


Vive con intensidad, con alegría, con aceptación. Ya no hay nada bueno ni malo. Ya no hay dioses a los que adorar, ni infiernos a los que temer.  Tan solo vive, y con cada respiración recibe el aliento de Dios, y al expirar, agradece el haberte hecho consciente de la Luz que refulge en tu interior. Agradece el Amor que te dispensa y compártelo.

Reflexión: ¿Qué mundo quieres ver? Eres libre de elegir.

Capítulo 21. VI. La razón en contraposición a la locura (1ª parte).

VI. La razón en contraposición a la locura (1ª parte).

1. La razón no puede ver pecados, pero sí puede ver errores, y propicia su corrección. 2No les otorga valor, pero sí otorga valor a su corrección. 3La razón te diría también que cuando crees estar pecando, estás de hecho pidiendo ayuda. 4No obstante, si no aceptas la ayuda que estás pidiendo, tampoco creerás que puedes darla. 5De modo que no la darás, y así no renunciarás a esa creen­cia. 6Pues cualquier clase de error que no haya sido corregido, te engaña con respecto al poder que reside en ti para llevar a cabo la corrección. 7Si dicho poder puede llevar a cabo la corrección, y tú no se lo permites, te estás negando la corrección a ti mismo así como a tu hermano. 8Y si él comparte contigo esta misma creen­cia, ambos creeréis estar condenados. 9Puedes evitarle esto a él y evitártelo a ti, 10pues la razón no facilitaría la corrección única­mente en ti.

El ejercicio de la razón, ya lo hemos dicho, es una cualidad de la inteligencia, uno de los atributos de la Mente Divina y de la cual somos portadores al haber sido creados a imagen y semejanza de Dios. La cualidad de la inteligencia nos es suministrada por el Espíritu Santo. Su Mente Recta es la fuente de donde emana la razón. Es por el ejercicio de la razón que alcanzamos a ver la realidad de las cosas tal y como han sido creadas.

La creencia en la separación nos ha llevado a percibir de manera incorrecta su significado. El deseo de ser especial, el deseo de individualidad, de ver las cosas de otra manera, ha dado lugar a la creencia en el pecado. Esta creencia es la fuente que ha dado origen al sistema de pensamiento del ego y que condiciona todo nuestro comportamiento, el cual rinde culto a ese error original. Del pecado surge un mundo condenado que nos exige ser liberado a través del castigo, del sufrimiento y del dolor. La redención de dicho pecado exige sacrificio.

Nos dice Jesús en el inicio de este punto que la razón no puede ver pecados, pero sí errores. El pecado no puede ser visto por la Mente Recta porque no cree en él. Si la razón viese el pecado, ello significaría que nuestra naturaleza y la de Dios no son santas.

La razón nos muestra el verdadero significado del acto que nos ha llevado a creer en el pecado y lo hace enseñándonos el poder de nuestra mente. Nos muestra que aquello que vemos es una elección. Nos enseña que el pensamiento sigue a su fuente. Nos hace conscientes de que la voluntad es el impulso motor que nos lleva a crear la realidad que vemos. En este sentido, si nuestra voluntad se alía al deseo de ser especial, estaremos creando una realidad ilusoria, pues el deseo de individualismo nos ocultará la verdad de la que procedemos y de la que formamos parte Una. El especialismo fabrica una realidad que carece de la esencia de la eternidad y toda realidad que responda a esa carencia será falsa, será temporal.

Cuando nuestra mente sintonice con la frecuencia del Espíritu Santo, esto es, cuando permita que la razón ilumine nuestros pensamientos, percibiremos correctamente y reconoceremos que nuestra creencia en el pecado no es más que un error que puede corregirse cambiando nuestra manera de ver las cosas, esto es, cambiando la dirección de nuestra voluntad a la hora de crear la realidad que deseamos ver.

2. No puedes aceptar o rechazar la corrección sin incluir a tu her­mano. 2El pecado mantendría que sí puedes. 3Mas la razón te dice que no puedes considerar a tu hermano o a ti mismo como un pecador y seguir percibiéndolo a él o percibiéndote a ti mismo como inocente. 4¿Quién que se considere a sí mismo culpable podría ver un mundo libre de pecado? 5¿Y quién puede ver un mundo pecaminoso y considerarse al mismo tiempo ajeno a ese mundo? 6El pecado mantendría que tú y tu hermano no podéis sino estar separados. 7Pero la razón te dice que esto tiene que ser un error. 8Pues si estáis unidos, ¿cómo ibais a poder tener pensamientos privados? 9¿Y cómo podría ser que los pensamientos que se adentran en lo que sólo parece ser tuyo no tuviesen ningún efecto en lo que sí es tuyo? 10Si las mentes están unidas, eso es imposible.

Si nuestra mente sirve a la razón, a la Mente Recta, nuestros actos creadores están al servicio del amor y sus efectos son eternos. Cuando la razón ocupa nuestra mente, estamos utilizando la Mente de Dios para crear, y cuando nuestra voluntad trabaja al unísono con la de Dios, lo hace, igualmente, al unísono con el resto de la Filiación. En ese nivel de conciencia no existe la visión individual. En el Cielo todo es Uno. 

Tan solo la creencia en el pecado puede aceptar que la salvación puede alcanzarse de manera individual, negando la posibilidad de que las mentes estén unidas y admitiendo que podamos tener pensamientos privados. Esta línea de pensamiento afronta la redención del pecado como un sacrificio personal que debemos llevar a cabo de manera individual. No es la gracia del otro la que debemos ganar, sino la de Dios, el cual es el único que nos puede liberar de nuestras culpas. Este pensamiento es tan demente como el sistema de pensamiento que lo sustenta, pues el orgullo y el deseo de ser especial son tan grandes que nos impiden reconocer que el otro pueda ser igual que nosotros y tener el mismo punto de vista. El ego se cree el centro del mundo y no admite que los demás le roben ese protagonismo. 

lunes, 7 de julio de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 188

LECCIÓN 188

La paz de Dios refulge en mí ahora.

1. ¿Por qué esperar al Cielo? Los que buscan la luz están simple­mente cubriéndose los ojos. 3La luz ya está en ellos. 4La ilumina­ción es simplemente un reconocimiento, no un cambio. 5La luz es algo ajeno al mundo, y tú en quien mora la luz eres asimismo un extraño aquí. 6La luz vino contigo desde tu hogar natal, y permaneció contigo, pues es tuya. 7Es lo único que trajiste contigo de Aquel que es tu Fuente. 8Refulge en ti porque ilumina tu hogar, y te conduce de vuelta al lugar de donde vino y donde finalmente estás en tu hogar.

2. Esta luz no se puede perder. 2¿Por qué esperar a encontrarla en el futuro, o creer que se ha perdido o que nunca existió? 3Es tan fácil contemplarla que los argumentos que demuestran que no puede existir se vuelven irrisorios. 4¿Quién podría negar la pre­sencia de lo que contempla en sí mismo? 5No es difícil mirar en nuestro interior, pues ahí nace toda visión. 6Lo que se ve, ya sea en sueños o procedente de una Fuente más verdadera, no es más que una sombra de lo que se ve a través de la visión interna. 7Ahí comienza la percepción y ahí termina. 8No tiene otra fuente que ésta.

3. La paz de Dios refulge en ti ahora, y desde tu corazón se extiende por todo el mundo. 2Se detiene a acariciar cada cosa viviente, y le deja una bendición que ha de perdurar para siempre. 3Lo que da no puede sino ser eterno. 4EIimina todo pensamiento de lo efímero y de lo que carece de valor. 5Renueva todos los cora­zones fatigados e ilumina todo lo que ve según pasa de largo. Todos sus dones se le dan a todo el mundo, y todo el mundo se une para darte las gracias a ti que das y a ti que has recibido.

4. El resplandor de tu mente le recuerda al mundo lo que ha olvi­dado, y éste a su vez, restituye esa memoria en ti. 2Desde ti la salvación irradia dones inconmensurables, que se dan y se devuelven. 3A ti que das el regalo, Dios Mismo te da las gracias. 4Y la luz que refulge en ti se vuelve aún más brillante con Su bendi­ción, sumándose así a los regalos que tienes para ofrecérselos al mundo.

5. La paz de Dios jamás se puede contener. 2El que la reconoce dentro de sí tiene que darla. 3los medios a través de los que puede hacerlo residen en su entendimiento. 4Puede perdonar por­que reconoció la verdad en él. 5La paz de Dios refulge en ti ahora, así como en toda cosa viviente. 6En la quietud la paz de Dios se reconoce universalmente. 7Pues lo que tu visión interna contem­pla es tu percepción del universo.

6. Siéntate en silencio y cierra los ojos. 2La luz en tu interior es suficiente. 3Sólo ella puede concederte el don de la visión. 4Ciérrate al mundo exterior, y dale alas a tus pensamientos para que lleguen hasta la paz que yace dentro de ti. 5Ellos conocen el camino. 6Pues los pensamientos honestos, que no están mancillados por el sueño de cosas mundanas externas a ti, se convierten en los santos mensajeros de Dios Mismo.

7. Éstos son los pensamientos que piensas con Él. 2Ellos recono­cen su hogar 3y apuntan con absoluta certeza hacia su Fuente, donde Dios el Padre y el Hijo son uno. 4La paz de Dios refulge sobre ellos, pero ellos no pueden sino permanecer contigo tam­bién, pues nacieron en tu mente, tal como tu mente nació en la de Dios. 5Te conducen de regreso a la paz, desde donde vinieron con el sólo propósito de recordarte cómo regresar.

8. Ellos acatan la Voz de tu Padre cuando tú te niegas a escuchar. 2te instan dulcemente a que aceptes Su Palabra acerca de lo que eres en lugar de fantasías y sombras. 3Te recuerdan que eres el co-creador de todas las cosas que viven. 4Así como la paz de Dios refulge en ti, refulge también en ellas.

9. El propósito de nuestras prácticas de hoy es acercarnos a la luz que mora en nosotros. 2Tomamos rienda de nuestros pensamien­tos errantes y dulcemente los conducimos de regreso allí donde pueden armonizarse con los pensamientos que compartimos con Dios. 3No vamos a permitir que sigan descarriados. 4Dejaremos que la luz que mora en nuestras mentes los guíe de regreso a su hogar. 5Los hemos traicionado al haberles ordenado que se apar­tasen de nosotros. 6Pero ahora les pedimos que regresen y los purificamos de cualquier anhelo extraño o deseo confuso. 7Y así, les restituimos la santidad que es su herencia.

10. De esta forma, nuestras mentes quedan restauradas junto con ellos, y reconocemos que la paz de Dios refulge todavía en no­sotros, y que se extiende desde nosotros hasta todas las cosas vivientes que comparten nuestra vida. 2Las perdonamos a todas, y absolvemos al mundo entero de lo que pensábamos que nos había hecho. 3Pues somos nosotros quienes construimos el mundo como queremos que sea. 4Ahora elegimos que sea inocente, libre de pecado y receptivo a la salvación. 5sobre él vertemos nuestra bendición salvadora, según decimos:

6La paz de Dios refulge en mí ahora. 7Que todas las cosas refuljan sobre mí en esa paz, y que yo las bendiga con la luz que mora en mí.


¿Qué me enseña esta lección?

El Hijo de Dios es Hijo de la Luz, pues su procedencia es una emanación del Principio ígneo del Padre, el Principio Inteligible que ha de permitirnos Ser Uno con nuestro Creador y con el resto de Su Creación.

Sí, la Luz se convierte en el lazo que nos mantiene unidos a nuestro Hacedor. Esa Luz es nuestra verdadera esencia, eterna y perfecta.

La proyección de la mente en el plano de manifestación física propició la identificación con el mundo de donde emana la percepción como principal vía de aprendizaje. La percepción tuvo lugar gracias a la capacidad desarrollada de los sentidos: la vista, el tacto, el gusto, el olfato y el oído. La realidad procedente por la vía sensorial llevó a la mente a servir a la creencia adquirida de la separación.

La Luz de la que somos verdaderamente portadores quedó relegada a un segundo plano. La visión de un mundo separado y desigual propició la errónea creencia de que el cuerpo era nuestra única identidad. La verdad pasó a un nivel oculto e interno.

Pero esa Luz, nuestra única y verdadera identidad, nos guía desde nuestro interior. Su voz se hace oír cuando conseguimos apaciguar nuestra mente y acallar nuestros instintos.

Hacer que su voz sea la única voz por la que dirigimos nuestras vidas es el propósito que nos llevará a encontrar la salvación, la inocencia.



Ejemplo-Guía: "Cuando amamos, estamos eligiendo desde la luz; cuando odiamos, estamos eligiendo desde la oscuridad".

Se hace inevitable conocer cuál es el significado de la Luz, si queremos comprender la enseñanza que nos aporta esta Lección.

La Traducción convencional de la Biblia, en el Libro del Génesis, concretamente en la descripción del Trabajo del Primer Día de la Creación, nos revela lo siguiente
“Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la faz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas. Dijo Dios: “Haya luz” y hubo luz. Y vio Dios que era buena y la separó de las tinieblas; y a la Luz llamó día y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero”.
No voy a entrar en excesivos detalles de la interpretación de dichos "trabajos", pues no es este el propósito que nos anima, pero sí me gustaría hacer referencia a la palabra hebrea que se emplea para describir el término "luz". Dicha palabra es "Aur", que significa "fuego" y "luz" y cuya traducción es el "Principio de Entendimiento".

La capacidad de entender es propia de la mente y no es casual que este principio aparezca relacionado en el Primer Día de la Creación. Podemos decir que somos una emanación de la Mente de nuestro Creador, o lo que es lo mismo, podemos decir que somos una emanación de la Luz de nuestro Creador.

Ese principio arroja otro significado que es interesante mencionar. El acto volitivo que se describe en la descripción de los trabajos realizados por el Creador en el Primer Día de la Creación lleva implícito el despliegue del principio más elevado con el que Dios nos ha dotado, el principio de la Voluntad. Este principio se traduce con el don del libre albedrío. Si nos damos cuenta, está en sintonía con la Luz y con la Mente. Es decir, es desde la Mente, desde el uso que demos a nuestra voluntad, a nuestra Luz, que nos convertiremos en creadores o fabricadores. Si nuestra voluntad sirve a la luz, estaremos creando; si sirve a las tinieblas, estaremos fabricando.

La Luz, el Principio del Entendimiento, nos permitirá encontrar el hilo conductor que ha de llevarnos hasta nuestro Hogar. Hablar de Luz y de Unidad es lo mismo, por lo que diremos que una de las señales que ha de indicarnos si estamos sirviendo a la Luz nos la aportará el alcance de nuestra Voluntad, de nuestra visión: unidad o separación.
La oscuridad es ausencia de luz, ausencia de entendimiento. Cuando entendemos, estamos en condición de comprender lo que somos. Estamos en condición de ver la realidad y de negar la ilusión.

Compartir la luz que refulge en nuestro interior, por ser el principio del Ser Espiritual, es compartir el entendimiento que ha de permitirnos no dar significado al mundo de la ilusión, al mundo perecedero de la materia.

Existen en la actualidad avances científicos que vienen a confirmar el proceso que estamos describiendo, con el ánimo de comprender, arrojar luz sobre la dinámica creadora narrada en los textos sagrados.

Uno de estos estudios científicos es el aportado por el investigador alemán Fritz Albert Popp, profesor de Física en la Universidad de Marburgo (República Federal de Alemania). Dicho estudio aporta una nueva luz sobre un tema que apasiona tanto a médicos como a biólogos y físicos: la emisión de radiación luminosa por parte de las células animales y vegetales. El doctor Popp ha constatado recientemente la existencia de este proceso natural de los seres vivos, calificado de hipótesis hasta ahora, y ha puesto de manifiesto la importancia que ello supone para el tratamiento de numerosas enfermedades; entre ellas, el cáncer.

Según sus conclusiones, las células sanas no emiten ondas luminosas de forma caótica, sino rítmica y coherentemente (entendiendo por coherencia un parámetro indicador de la validez del intercambio de información en una comunicación), característica de los rayos láser. Ello supone un nuevo punto de vista para el concepto de enfermedad, puesto que las células sanas han demostrado ser excelentes acumuladores de fotones y poseen mayor capacidad para conservar su energía que cualquier otro acumulador técnicamente realizable. 

Su punto de vista viene a indicarnos que cuanto más evolucionado, más sano (estado de coherencia), menos luz irradia exteriormente y más luz concentra; cuanto menos evolución, enfermedad (falta de coherencia), más luz irradia exteriormente.

Reflexión: ¿Dónde buscas la paz de Dios?

Capítulo 21. V. La función de la razón (5ª parte).

V. La función de la razón (5ª parte).

9. La parte de la mente donde reside la razón se consagró, de acuerdo con tu voluntad en unión con la de tu Padre, al des-hacimiento de la demencia. 2Ahí el propósito del Espíritu Santo se aceptó y consumó simultáneamente. 3La razón le es ajena a la demencia, y aquellos que hacen uso de ella han adquirido un medio que no puede dedicarse al pecado. 4El conocimiento está mucho más allá de lo que se puede lograr. 5Pero la razón puede servir para abrir las puertas que tú le cerraste.

La sede del Espíritu Santo es el Mundo de Dios. No es una parte separada de Él. Si lo fuese, su razón nos haría ver como verdadero el pensamiento de la división. El Espíritu Santo es la Voz que nos hace consciente y presente la Fuente de la cual hemos sido emanados.

Hemos sido creados a imagen y semejanza de nuestro Creador; por lo tanto, si el Espíritu Santo es Su Voz, también se encontrará en nosotros mismos y Su cualidad formará parte de nosotros, es decir, la Inteligencia Creadora, la razón, se encuentra entre nuestros atributos divinos, lo que es una garantía de que la luz, el principio inteligible, forma parte de nuestro Ser y nos iluminará la mente cuando así lo elijamos conscientemente.

Tal vez no seamos conscientes de la importancia de lo que acabamos de afirmar. Pero si logramos que se convierta en nuestra fe, tendremos la certeza del poder inmenso que tenemos al conocer que todo lo que percibimos, de manera ilusoria o correctamente, lo hemos creado nosotros. Si acertamos con la elección, o lo que es lo mismo, si elegimos el amor, podremos crear un mundo de paz y de felicidad, pues esa paz y esa felicidad forman parte de nuestra voluntad, de lo que somos y siempre seremos.

10Ya estás muy cerca de esto. 2Tu fe y tus creencias han cambiado y has hecho la pregunta que el ego nunca haría. 3¿No te dice tu razón ahora que la pregunta debe haber emanado de algo que tú no conoces, pero que aún así debe ser parte de ti? 4La fe y la creencia, apoyadas por la razón, producen forzosamente un cambio en tu percepción. 5Y con este cambio se le hace sitio a la visión. 6La visión se extiende más allá de sí misma, tal como lo hacen el propósito al que sirve, así como todos los medios para su consecución.

Ya estamos preparados. Ahora sabemos que el mundo que percibimos y con el que nos encontramos identificados es el fruto de nuestra semilla, es decir, lo hemos fabricado nosotros al elegir ver a nuestra manera, al desear ser especial, al poner nuestra voluntad al servicio de ese deseo. No pasa nada. Tan solo hemos utilizado nuestros atributos creadores de una forma inadecuada. El error no se encuentra en haber utilizado ese potencial creador. Si Dios nos ha dotado de ese poder, es para que lo utilicemos tal y como nos ha creado. El error se encuentra en que hemos creído que somos lo que hemos creado, olvidando lo que sí somos realmente.

Al fabricarnos un cuerpo, nos hemos dicho: esto es lo que somos. Le hemos otorgado todo el poder de nuestra identidad al cuerpo y lo hemos nombrado el amo de nuestra existencia. Nuestra mente perdió su autoría y se la otorgamos al envoltorio material que nos aportaba una personalidad tangible y real para nuestra conciencia. La mente fue delegada al olvido y en su lugar decidimos rendir culto al dios de los sentidos.

Pero la verdadera visión se extiende más allá de sí misma. Recuperar la hegemonía de la mente sobre el cuerpo nos llevará a percibir correctamente. Para alcanzar ese estado del ser, debemos permitir que el Espíritu Santo tome las riendas de nuestra voluntad y nos abra los ojos a la verdad haciendo uso del ejercicio de la razón. Tan solo así lograremos dar la función que le pertenece a cada aspecto de nuestra identidad. Al cuerpo, la función corporal, es decir, la de actuar como el canal de comunicación que a través de los sentidos nos mostrará la correcta consciencia del ser y al Ser, la función de crear eternidad expandiendo la fuerza del amor.

domingo, 6 de julio de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 187

LECCIÓN 187

Bendigo al mundo porque me bendigo a mí mismo.

1. Nadie puede dar lo que no tiene. 2De hecho, dar es la prueba de que se tiene. 3Hemos hecho mención de esto anteriormente. 4Mas no es eso lo que hace que sea difícil de creer. 5Nadie duda de que primero se debe poseer lo que se quiere dar. 6Es en la segunda parte de la afirmación donde el mundo y la percepción verdadera difieren. 7Si has tenido y has dado, el mundo afirma que has perdido lo que poseías. 8La verdad mantiene que dar incrementa lo que posees.

2. ¿Cómo va a ser posible esto? 2Pues es seguro que si das una cosa finita tus ojos físicos dejarán de percibirla como tuya. 3No obstante, hemos aprendido que las cosas sólo representan los pen­samientos que dan lugar a ellas. 4Y no careces de pruebas de que cuando compartes tus ideas, las refuerzas en tu propia mente. 5Tal vez la forma en que el pensamiento parece manifestarse cambie al darse. 6No obstante, éste tiene que retornar al que lo da. 7Y la forma que adopte no puede ser menos aceptable. 8Tiene que ser más.

3. Las ideas tienen primero que pertenecerte antes de que las pue­das dar. 2si has de salvar al mundo, tienes que primero aceptar la salvación para ti mismo. 3Mas no creerás que ésta se ha consu­mado en ti hasta que no veas los milagros que les brinda a todos aquellos a quienes contemples. 4Con esto, la idea de dar se clari­fica y cobra significado. 5Ahora puedes percibir que al dar, tu cau­dal aumenta.

4. Protege todas las cosas que valoras dándolas, y así te asegura­rás de no perderlas nunca. 2con ello queda demostrado que lo que no creías tener te pertenece. 3Mas no le atribuyas valor a su forma. 4Pues ésta cambiará, y con el tiempo no será reconocible por mucho que trates de conservarla. 5Ninguna forma perdura. 6El pensamiento tras la forma de todo es lo que es inmutable.

5. Da gustosamente, 2pues con ello sólo puedes beneficiarte. 3El pensamiento sigue vivo y su fuerza aumenta a medida que se refuerza al darse. 4Los pensamientos se extienden al compartirse, pues no se pueden perder. 5No hay un dador y un receptor en el sentido en el que el mundo los concibe. 6Hay un dador que con­serva lo que da, y otro que también habrá de dar. 7Y ambos ganarán en este intercambio, pues cada uno de ellos dispondrá del pensamiento en la forma que le resulte más útil. 8Lo que aparen­temente pierde es siempre algo que valorará menos que aquello que con toda seguridad le será devuelto.

6. Nunca olvides que sólo te das a ti mismo. 2El que entiende el significado de dar, no puede por menos que reírse de la idea del sacrificio. 3Tampoco puede dejar de reconocer las múltiples for­mas en que se puede manifestar el sacrificio. 4Se ríe asimismo del dolor y de la pérdida, de la enfermedad y de la aflicción, de la pobreza, del hambre y de la muerte. 5Reconoce que el sacrificio sigue siendo la única idea que yace tras todo esto, y con su dulce risa todo ello sana.

7. Una vez que una ilusión se reconoce como tal, desaparece. 2Niégate a aceptar el sufrimiento, y eliminarás el pensamiento de sufrimiento. 3Cuando eliges ver todo sufrimiento como lo que es, tu bendición desciende sobre todo aquel que sufre. 4El pensa­miento de sacrificio da lugar a todas las formas que el sufrimiento aparenta adoptar. 5Mas el sacrificio es una idea tan demente que la cordura la descarta de inmediato.

8. Jamás creas que puedes hacer sacrificio alguno. 2No hay cabida para el sacrificio en lo que tiene valor. 3Si surge tal pensa­miento, su sola presencia demuestra que se ha cometido un error, el cual es necesario corregir. 4Tu bendición lo corregirá. 5Habién­dosete dado a ti primero, ahora es tuya para que tú a tu vez la des. 6Ninguna forma de sacrificio o de sufrimiento puede preva­lecer por mucho tiempo ante la faz de uno que se ha perdonado y bendecido a sí mismo.

9. Las azucenas que te ofrece tu hermano se depositan ante tu altar, junto con las que tú le ofreces a él. 2¿Quién podría tener miedo de contemplar una santidad tan hermosa? 3La gran ilusión del temor a Dios queda reducida a la nada ante la pureza que aquí has de contemplar. 4No tengas miedo de mirar. 5La bendición que has de contemplar eliminará todo pensamiento de forma, y en su lugar dejará allí para siempre el regalo perfecto, el cual aumentará eternamente, será por siempre tuyo y será por siempre dado.

10. Ahora somos uno en pensamiento, pues el miedo ha desapare­cido. 2Y aquí, ante el altar a un solo Dios, a un solo Padre, a un solo Creador y a un solo Pensamiento, nos alzamos juntos como el único Hijo de Dios. 3No estamos separados de Aquel que es nuestra Fuente ni distanciados de los hermanos que forman parte de nuestro único Ser, Cuya inocencia nos ha unido a todos cual uno solo, sino que nos alzamos en gloriosa bendición y damos tal como hemos recibido. 4Tenemos el Nombre de Dios en nuestros labios. 5Y cuando miramos en nuestro interior, vemos brillar la pureza del Cielo en nuestro reflejo del Amor de nuestro Padre.

11. Ahora somos bendecidos y ahora bendecimos al mundo. 2Que­remos extender lo que hemos contemplado porque queremos verlo en todas partes. 3Queremos verlo refulgir con la gracia de Dios en todos nuestros hermanos. 4No queremos que se le niegue a nada de lo que vemos. 5Y para cerciorarnos de que esta santa visión es nuestra, se la ofrecemos a todo lo que vemos. 6Pues allí donde la veamos, nos será devuelta en forma de azucenas que podremos depositar sobre nuestro altar, convirtiéndolo así en un hogar para la Inocencia Misma, la cual mora en nosotros y nos ofrece Su Santidad para que sea nuestra.


¿Qué me enseña esta lección?

¿Acaso se puede dar lo que no se tiene? 

La falsa creencia del ego en la necesidad encuentra su origen en pensar que cuando se da, se pierde lo que damos. Esta visión refuerza la idea de la separación, y en la medida en que intentamos conservar lo que tenemos, nos sentimos más separados. 

Cuando doy lo que tengo, lo que verdaderamente estoy haciendo es extendiendo mi ser, y a este acto se le conoce como crear. Cada vez que creamos, nuestra propia creación se encargará de retornarnos sus frutos. No podemos olvidar que la energía, el pensamiento, siempre sigue a su fuente. 

Cuando mi visión me lleva a ver la Unidad, es decir, cuando soy Uno con todos mis hermanos, el acto de dar al otro significa realmente que me estoy dando a mí mismo. 

Cada acto de dar o de crear me hace abundante, pues cuanto más doy, más tengo. 

Si cada uno de mis pensamientos los impregno de gratitud y los bendigo, al compartirlo con el mundo, esa gratitud y bendición se verá multiplicada y todo a nuestro alrededor gozará de esa plenitud.


Ejemplo-Guía: "La ilusión de perder, aquello que damos"

¡Dios!, qué lección. Me ha llenado tanto, que no he podido evitar compartir con vosotros esta sensación. Es como si en su enseñanza hubiese reconocido un mensaje esencial que ha de acercarme un poco más hacia la meta, la única meta, formar parte del Plan de Salvación dispuesto por nuestro Padre para su Hijo.

En mi sueño, las vivencias de generosidad se convierten en un proceso de aprendizaje al que le presto mucha atención. Esto es así porque a lo largo de mi vida me he identificado falsamente con una creencia comúnmente compartida, la de la necesidad y la escasez. Esta creencia nos lleva a ser muy cautelosos con aquello que poseemos en el terreno material, pues pensamos que, si damos lo que tenemos, lo perderemos.

En este sentido, y si establecemos una línea de reflexión sobre esa creencia errónea, siempre he tenido una visión de mí generosa en otros campos. Por ejemplo, en compartir mis conocimientos. En este sentido, he de confesar que incluso he tenido que suavizar el tono juicioso que condena a aquellos que ponen precio a lo que difunden.

Es evidente que se trataba de un conflicto interno muy sutil. Ese conflicto me estaba describiendo una realidad bien distinta a la opinión que me llevaba a considerarme una persona desprendida a la hora de dar mis conocimientos. Es una contradicción el tener la capacidad para dar y, en cambio, emitir un juicio condenatorio al modo en cómo se da. Es como si le pudiéramos poner una condición al hecho de dar.

Hoy mi visión es diferente. Hoy sé que es dando como únicamente puedes conservar lo que tienes. Pero lo más importante, y que va más allá del hecho en sí mismo de dar, es que, en verdad, no podemos dejar de ser lo que somos cuando descubrimos esa verdad. Es decir, cuando tienes la humilde certeza de que eres Hijo de Dios, entonces el Amor se convierte en nuestra única condición. Todos nuestros actos son la manifestación de ese Amor. El Amor es dar y recibir.

¿Cuál es el límite a la hora de dar? Si nos hacemos esta pregunta, no habremos comprendido el mensaje anterior. El Amor no se habrá convertido en nuestra condición, pues el Amor no tiene límites. ¿Acaso Dios puede tener límites?

Podemos plantearnos esta cuestión desde otro punto de vista.   El Amor no pertenece a este mundo. Si así fuese, no estaríamos debatiendo este tema. No existirían la división, la separación, el dolor, el sufrimiento, la necesidad, el sacrificio, la enfermedad, la muerte. Pero, siendo nuestra esencia verdadera, podemos recordar su verdadero significado: la Unidad. Desde ese recuerdo, dentro del escenario del sueño en el que permanecemos, podemos elegir experimentar el sueño del Amor, y para hacerlo, desplegamos su reflejo dentro del mundo de la ilusión, el perdón. Esa es nuestra función en el Plan de Salvación, perdonar. Como no podemos dar lo que no tenemos, debemos perdonarnos a nosotros mismos, y de este modo lo conservaremos como un estado que se expandirá a nuestro alrededor.

Para mí esta lección es maravillosa. Una invitación a la liberación y al encuentro con la paz. Es desde la Fuente, desde el pensamiento, donde la voluntad de dar debe emanar. Es en esa Fuente donde nos fundimos con nuestro Creador. Desde esa Fuente, nada nos falta. Lo contrario, una visión de escasez, es una visión diferente de la Fuente.

Tenemos miedo a perder lo que damos, pues le damos valor a lo material, pensando que nuestra felicidad procede de esa fuente. Pero no es así. Tan solo tendremos que observar el deterioro de lo que tenemos en el plano de la forma para darnos cuenta de que poner nuestra felicidad en manos de estas posesiones no puede llevarnos a otro sitio que a la frustración. En verdad, es el pensamiento de apego a estas ilusiones lo que nos lleva a temer perder, cuando realmente esto es imposible, pues cada vez que damos al mundo, es a nuestro mundo al que damos, esto es, a nosotros mismos.

¿Te vas a privar de recibir lo que eres?

Reflexión: ¿Pierdes aquello que das?

sábado, 5 de julio de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 186

LECCIÓN 186

De mí depende la salvación del mundo.

1. Ésta es la afirmación que algún día habrá de erradicar de toda mente todo vestigio de arrogancia. 2Éste es el pensamiento de la verdadera humildad, que no te adjudica ninguna otra función, excepto la que se te ha encomendado. 3Dicho pensamiento supone tu aceptación del papel que te fue asignado, sin insistir en que se te asigne otro. 4No se detiene a considerar qué papel es el que es adecuado para ti. 5Tan sólo reconoce que la Voluntad de Dios se hace tanto en la tierra como en el Cielo. 6Une a todas las volunta­des de la tierra en el plan celestial para la salvación del mundo, y les restituye la paz del Cielo.

2. No nos opongamos a nuestra función. 2No fuimos nosotros quienes la establecimos.3No fue idea nuestra. 4Se nos han propor­cionado los medios para llevarla a cabo perfectamente. 5Lo único que se nos pide es que aceptemos nuestro papel con genuina humildad, y que no neguemos con un aire de falsa arrogancia que somos dignos de él. 6Poseemos la fuerza necesaria para hacer lo que se nos pide llevar a cabo. 7Nuestras mentes están perfecta­mente capacitadas para desempeñar el papel que nos asignó Uno que nos conoce bien.

3. Mientras no entiendas su significado, puede que la idea de hoy te parezca muy ardua. 2Lo único que dice es que tu Padre te recuerda todavía y te ofrece la perfecta confianza que tiene en ti, Su Hijo. 3No te pide que seas diferente de como eres en modo alguno. 4¿Qué otra cosa sino esto podría pedir la humildad? 5¿Y qué otra cosa sino esto podría negar la arrogancia? 6Hoy no deja­remos de cumplir nuestro cometido con la engañosa excusa de que es un insulto a la modestia. 7Es el orgullo el que se niega a responder a la Llamada del Propio Dios.

4. Hoy dejaremos a un lado todo vestigio de falsa humildad para poder escuchar la Voz de Dios revelarnos lo que desea que haga­mos. 2No pondremos en duda nuestra capacidad para llevar a cabo la función que Él nos ofrezca. 3Sólo estaremos seguros de que Él conoce nuestras fuerzas, nuestra sabiduría y nuestra santi­dad. 4si Él nos considera dignos, es que lo somos. 5Es sólo la arrogancia la que opina de otra manera.

5. Hay una manera, y sólo una, de liberarte del encarcelamiento al que te ha llevado tu plan de probar que lo falso es verdadero. 2Acepta en lugar de él el plan que tú no trazaste. 3No juzgues si eres o no merecedor de él. 4Si la Voz de Dios te asegura que la salvación necesita que tú desempeñes tu papel y que la totalidad depende de ti, ten por seguro que así es. 5Los arrogantes tienen que aferrarse a las palabras, temerosos de ir más allá de ellas y de experimentar lo que podría poner en entredicho su postura. 6Los humildes, en cambio, son libres para oír la Voz que les dice lo que son y lo que deben hacer.

6. La arrogancia forja una imagen de ti que no es real. 2Ésa es la imagen que se estremece y huye aterrorizada cuando la Voz que habla por Dios te asegura que posees la fuerza, la sabiduría y la santidad necesarias para ir más allá de toda imagen. 3Tú, a dife­rencia de la imagen de ti mismo, no eres débil. 4No eres ignorante ni impotente. 5El pecado no puede mancillar la verdad que mora en ti, ni la aflicción puede acercarse al santo hogar de Dios.

7. Esto es lo que te dice la Voz que habla por Dios. 2Y según Él te habla, la imagen se estremece e intenta atacar la amenaza que le resulta desconocida; al sentir que sus cimientos se derrumban. 3Abandónala. 4La salvación del mundo depende de ti, y no de ese pequeño montón de polvo. 5¿Qué podría esa imagen decirle al santo Hijo de Dios? 6¿Por qué tiene él que preocuparse por ella en absoluto?

8. Y así hallamos nuestra paz. 2Aceptaremos la función que Dios nos encomendó, pues toda ilusión descansa sobre la absurda creencia de que podemos inventar otra función para nosotros. 3Los papeles que nosotros mismos nos hemos auto-otorgado son inestables y parecen oscilar entre la aflicción y la dicha extática del amor y de amar. 4Podemos reír o llorar, recibir el día de buen grado o bien recibirlo con lágrimas. 5Nuestro propio ser parece cambiar según experimentamos múltiples cambios en nuestro estado de ánimo, y nuestras emociones nos remontan hacia lo alto o nos estrellan contra el suelo sumiéndonos en la desolación.

9. ¿Es éste el Hijo de Dios? 2¿Habría podido Él crear semejante inestabilidad y llamarla Su Hijo? 3Aquel que es inmutable com­parte Sus atributos con Su creación. 4Ninguna de las imágenes que Su Hijo aparenta forjar afecta lo que él es. 5Dichas imágenes revolotean por su mente como hojas arrastradas por el viento, que forman diseños fugaces y se desbandan para volverse a agrupar hasta finalmente dispersarse. 6como los espejismos que se ven en el desierto.

10. Estas imágenes insustanciales desaparecerán y dejarán tu mente libre y serena cuando aceptes la función que se te ha enco­mendado. 2Las imágenes que fabricas sólo dan lugar a metas con­flictivas, transitorias y vagas, inciertas y ambiguas. 3¿Quién podría mantener un esfuerzo constante o poner todas sus energías y empeño en metas como éstas? 4Las funciones que el mundo tiene en gran estima son tan inciertas, que aun las más sólidas cambian por lo menos diez veces por hora. 5¿Qué se puede esperar de metas como éstas?

11. Como bello contraste, tan seguro como el retorno del sol cada mañana para disipar la noche, tu verdadera función se perfila clara e inequívocamente. 2No hay duda acerca de su validez. 3Pues procede de Uno que no conoce el error y Cuya Voz está segura de Sus mensajes. 4Éstos nunca cambiarán ni estarán en conflicto. 5Todos ellos apuntan hacia un solo objetivo, el cual pue­des alcanzar. 6Puede que tu plan sea imposible, pero el de Dios jamás puede fracasar porque Él es su Fuente.

12. Haz lo que la Voz de Dios te indique. 2si te pide que hagas algo que parece imposible, recuerda Quién es el que te lo pide y quién el que quiere negarse. 3Luego considera esto: ¿Quién de los dos es más probable que esté en lo cierto, 4la Voz que habla por el Creador de todas las cosas y que las conoce exactamente como son, o la distorsionada imagen de ti mismo, que es inconsistente y está confundida, perpleja e insegura de todo? 5No permitas que su voz te dirija. 6Oye en su lugar una Voz que es inequívoca y que te habla de la función que te encomendó tu Creador, Quien te recuerda y te exhorta a que te acuerdes de Él ahora.

13. Su dulce Voz llama desde lo conocido a lo que no conoce. 2Él quiere consolarte, aunque no conoce el pesar. 3Él quiere hacer una restitución, si bien goza de absoluta plenitud. 3Él quiere hacerte un regalo, si bien sabe que ya lo tienes todo. 4Él tiene Pensamientos que satisfacen cualquier necesidad que Su Hijo perciba, si bien Él no las ve. 5Pues el Amor sólo puede dar, y lo que se da en Su Nombre se manifiesta en la forma más útil posible en un mundo de formas.

14. Ésas son las formas que jamás pueden engañar, ya que proce­den de la Amorfía Misma. 2El perdón es una forma terrenal de amor, que, como tal, no tiene forma en el Cielo. 3No obstante, lo que aquí se necesite, aquí se concederá. 4Valiéndote de esta forma puedes desempeñar tu función incluso aquí, si bien el amor sig­nificará mucho más para ti cuando se haya restaurado en ti el estado de amorfía. 5La salvación del mundo depende de ti que puedes perdonar. 6Ésa es tu función aquí.


¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña dos aspectos de especial valor en el proceso del despertar de la consciencia: la libertad y la voluntad. 

Si Dios fuese cruel y vengativo, tal y como lo ve el ego, ¿qué sentido tendría que no pudiese intervenir en nuestro destino para llevarnos de una manera obligatoria a la salvación? Es más, si hemos sido creados a Su Imagen y Semejanza, si hemos gozado de su Unidad, ¿cómo es que nos hemos podido escindir de ese Estado? 

La respuesta es obvia. Gozamos del Principio de la Libertad y del Principio de la Voluntad, y Dios respeta los Principios de Su Creación. No puede interferir en las decisiones que tomamos individualmente. Somos nosotros y tan sólo nosotros los que fabricamos el error o los que creamos la verdad. 

Desde este punto de vista, Dios es nuestro referente. Es la verdad en la que debemos inspirarnos. Nosotros, como padres en el mundo físico, pretendemos dejar esa huella en nuestros hijos. Nuestro ejemplo se convierte en lecciones que nuestro descendiente asimila e integra en su conciencia, llevándole a actuar, si así lo decide, de acuerdo a esos preceptos. 

De nuestra voluntad depende la salvación, y esto es así, pues ese ha sido el ejemplo que nos ha inspirado nuestro Padre. Él es todo Amor y ese Valor se convierte en el camino que ha de llevarnos a la Salvación. El Amor nos llevará a ver la Unidad que nos mantiene unidos y formando parte de la Filiación. El Amor nos liberará del miedo y nos abrirá las puertas donde el perdón sustituirá al castigo, dejando de ser el sufrimiento y el dolor los antídotos que calmarán nuestra sed de culpa. 

Para poder salvar al mundo, previamente tendremos que salvarnos a nosotros mismos, pues no podemos dar lo que no tenemos. La visión de la Unidad es nuestra propia salvación. Al compartir esa visión con nuestros hermanos, es como contribuiremos a la salvación del mundo.


Ejemplo-Guía: "Me creo un pecador y tan sólo alguien santo me puede salvar".


La falsa creencia de que Dios nos expulsó del Paraíso Terrenal, de que estamos separados de nuestra Fuente, de nuestro verdadero Hogar, nos lleva a tener una visión errónea de nosotros mismos. Nos juzgamos pecadores y merecedores de todos los castigos que la "divinidad" nos manda como prueba para que nos ganemos nuestra salvación. De este modo, el dolor es deseado, el sufrimiento es confundido con un acto de amor redentor y la felicidad es negada por pensar que no somos merecedores de ella.

Bajo esa visión, hemos instituido nuestra dualidad interna en los esquemas sociales. De este modo, proyectamos nuestra santidad en aquellas personas que consideramos dignas de ser llamadas santos, maestros de Dios, y asumimos el rol de pecadores, complaciéndonos en los dogmas y doctrinas promulgados por aquellos a los que hemos otorgado la condición de santos.

Fruto de nuestra ignorancia, elevamos nuestro error al nivel de la arrogancia, asumiendo que la función de la salvación tan sólo puede proceder de la santidad. Con ello, lo que estamos proclamando es nuestra condena a permanecer prisioneros del pecado y poniendo en manos de lo externo el camino que nos ha de llevar hasta la salvación. Siguiendo esa voz pecaminosa, nos lanzamos a la búsqueda de las condiciones que han de permitirnos encontrar a la persona, al santo, a la reliquia sagrada, al lugar mágico, que ha de liberarnos del pecado y aportarnos la salvación.

La lección de hoy nos enseña, una vez más, que somos tal y como Dios nos ha creado, impecables, amorosos y dotados de una inteligencia que ha de permitirnos reconocer nuestro origen, de reconocer que somos el Hijo de Dios. Esa visión, lejos de ser un sacrilegio, se convierte en nuestra verdad. Es una verdad basada en una evidencia lógica que toda mente pura puede comprender. Si Dios es Uno, su Pensamiento también lo es; si Dios es Amor, su Pensamiento también lo es; si Dios es Perfecto, Pleno y Abundante, su Pensamiento también lo es. ¿Acaso Su Hijo no es la emanación de Su Pensamiento? ¿Cómo puede ser el Hijo diferente al Padre?

Con la visión ilusoria de la separación, con la visión errónea de que somos un cuerpo, nos acompaña la falsa creencia de que no somos merecedores del Amor del Padre y ese desmerecimiento se ha inscrito en nuestro inconsciente colectivo, llevándonos a proyectar permanentemente un mundo basado en el código, en el programa de la redención por la vía del sufrimiento y del dolor.

Reflexionemos desde nuestro corazón. Como padre, ¿castigarías a tu hijo por hacer uso de los atributos, de los dones, con los que lo has creado? No sería más lógico que amorosamente le dijeras: "Hijo, despierta, tan sólo es un sueño. Tú no puedes crear algo contrario a lo que eres; tan sólo has creído que lo has hecho.

De mí depende la salvación del mundo. En verdad es el mundo que he fabricado y en el que me veo como un pecador, por haberlo fabricado. Tan solo yo puedo deshacer lo que he creído fabricar. En el sueño, he depositado ese poder en otros, pero ahora, consciente de lo que soy, tomo esa iniciativa y en cada sueño adopto el rol de soñador.

Comienzo la labor de salvación del mundo proclamando mi inocencia, mi impecabilidad, mi unidad con la Filiación. Dejo el juicio condenatorio y, en su lugar, me dejo llevar por la Voz del Espíritu Santo, la cual me guía con la certeza del programa que ha de llevarme de retorno al verdadero hogar.

En ese camino de retorno, tú, hermano, me acompañas.


Reflexión: La afirmación "somos Dios en formación", ¿te produce humildad o arrogancia?