martes, 24 de febrero de 2026

VIII. La restitución de la justicia al amor (5ª parte).

VIII. La restitución de la justicia al amor (5ª parte).

5. ¿Cómo iba a ser eso justicia? 2Dios no sabe de eso. 3Pero sí sabe lo que es la justicia, y lo sabe muy bien. 4Pues Él es totalmente justo con todo el mundo. 5La venganza es algo ajeno a la Mente de Dios precisamente porque Él conoce la justicia. 6Ser justo es ser equitativo, no vengativo. 7Es imposible que la equidad y la ven­ganza puedan coexistir, pues cada una de ellas contradice a la otra y niega su realidad. 8No puedes compartir la justicia del Espíritu Santo mientras de alguna manera tu mente pueda conce­bir ser especial. 9Sin embargo, ¿sería Él justo si condenase a un pecador por los crímenes que éste no cometió aunque él crea que los cometió? 10¿Y adónde habría ido a parar la justicia si Él les exigiese a los que están obsesionados con la idea del castigo que, sin ninguna ayuda, la dejasen de lado y percibiesen que no es verdad?

Este párrafo responde de forma directa y definitiva a todo el sistema de justicia descrito en las partes anteriores. Comienza con una pregunta retórica que desmantela la lógica del sacrificio y del castigo: ¿Cómo iba a ser eso justicia?

La respuesta es inmediata y tajante: Dios no sabe de eso. No porque lo ignore, sino porque no forma parte de Su Mente. La venganza no es una versión defectuosa de la justicia divina; es algo completamente ajeno a ella.

Dios sí conoce la justicia —y la conoce perfectamente— porque Él es justo con todos por igual. Aquí se reafirma una idea clave: la justicia no es una respuesta al pecado, sino una expresión de igualdad ontológica.

Ser justo no es equilibrar daños ni castigar errores, sino ser equitativo. Y la equidad excluye la venganza de manera absoluta. No pueden coexistir porque se basan en premisas opuestas:

  • La equidad afirma la igualdad.
  • La venganza afirma la diferencia y la culpa.

El texto introduce entonces un punto crucial: la idea de especialismo. Mientras la mente pueda concebirse como especial —más inocente, más culpable, más merecedora, más castigable—, no puede compartir la justicia del Espíritu Santo. El especialismo es el último refugio de la injusticia.

Las dos preguntas finales son devastadoras en su lógica. Plantean el absurdo de un Dios que condenara por crímenes inexistentes solo porque alguien cree haberlos cometido. Eso no sería justicia, sería crueldad basada en ilusión.

Y aún más: ¿qué clase de justicia sería exigir a una mente obsesionada con el castigo que, sin ayuda, abandone esa obsesión y vea la verdad? Eso sería exigir claridad a la confusión, cordura a la locura, sin mediación alguna.

La justicia divina no abandona, no exige imposibles y no castiga ilusiones. Asiste, corrige y libera.

Mensaje central del punto:

  • La venganza no existe en Dios.
  • Dios conoce la justicia porque es equitativo con todos.
  • Justicia y venganza se excluyen mutuamente.
  • La equidad niega toda forma de especialismo.
  • No se puede castigar lo que no ocurrió.
  • Dios no exige que la mente se sane sola.
  • La justicia verdadera siempre incluye ayuda.

Claves de comprensión:

  • La justicia divina no responde al error, lo corrige.
  • La culpa creída no justifica condena.
  • El especialismo es incompatible con la equidad.
  • La venganza depende de la percepción de diferencia.
  • La ayuda es parte esencial de la justicia.
  • Dios no exige despertar sin guía.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Observa dónde asocias justicia con castigo “merecido”.
  • Detecta formas sutiles de sentirte especial (para bien o para mal).
  • Cuestiona la idea de que alguien deba “arreglárselas solo”.
  • Practica ofrecer ayuda en lugar de juicio, incluso internamente.
  • Recuerda que creer en la culpa no la hace real.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Dónde sigo creyendo que el castigo es justo?
  • ¿En qué aspectos me considero especial?
  • ¿Confundo equidad con severidad?
  • ¿Me exijo ver la verdad sin ayuda?
  • ¿Puedo aceptar una justicia que no condena ilusiones?

Conclusión:

Este párrafo sella la restitución de la justicia al amor mostrando que la venganza es incompatible con la realidad de Dios. La justicia divina no castiga errores inexistentes ni exige lucidez inmediata a una mente confundida.

La equidad verdadera elimina toda forma de especialismo y se expresa como ayuda constante, no como exigencia cruel. Dios no condena por creencias falsas ni abandona a quien aún cree en ellas.

La justicia del amor no corrige castigando, sino acompañando hasta que la ilusión se disuelve.

Frase inspiradora: “La justicia no castiga ilusiones; las disuelve con ayuda.”

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