domingo, 5 de mayo de 2024

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 126

LECCIÓN 126

Todo lo que doy es a mí mismo a quien se lo doy.

1. La idea de hoy, que es completamente ajena al ego y a la manera de pensar del mundo, es de suma importancia para la inversión de pensamiento al que este curso dará lugar. 2Si creyeses lo que la idea de hoy afirma, no te resultaría difícil perdonar com­pletamente, tendrías certeza con respecto a tu objetivo y no ten­drías ninguna duda acerca de tu rumbo. 3Entenderías los medios a través de los cuales se alcanza la salvación, y no vacilarías en emplearlos ahora mismo.

2. Examinemos lo que crees en lugar de esta idea. 2Te parece que los demás están separados de ti, que son capaces de adoptar com­portamientos que no tienen repercusión alguna sobre tus pensa­mientos; y que los que tú adoptas no tienen repercusión alguna sobre los de ellos. 3Tus actitudes, por lo tanto, no tienen ningún efecto sobre ellos, y sus súplicas de ayuda no guardan relación alguna con las tuyas. 4Crees además que ellos pueden pecar sin que ello afecte la percepción que tienes de ti mismo, mientras que tú puedes juzgar sus pecados y mantenerte a salvo de cualquier condenación y en paz.

3. Cuando "perdonas" un pecado, no ganas nada con ello directa­mente. 2Es una ofrenda de caridad a alguien que no se la merece, a fin de demostrar simplemente que tú eres mejor y que te encuen­tras en un plano superior a él. 3Él no se ha ganado la limosna de tu tolerancia -que tú le concedes sabiendo que no es digno de tal dádiva- ya que sus pecados lo han situado muy por debajo de una verdadera igualdad contigo. 4No tiene derecho a tu perdón, el cual supone un regalo para él, pero no para ti.

4. De este modo, el perdón es básicamente algo falso: un capricho caritativo, benévolo tal vez, pero inmerecido; una dádiva que a veces se concede y a veces se niega. 2Puesto que es inmerecido, es justo no otorgarlo, pero no es justo que tú tengas que sufrir por haberte negado a concederlo. 3El pecado que perdonas no es tu pecado. 4Alguien que se encuentra separado de ti lo cometió. 5Y si tú entonces eres magnánimo con él y le concedes lo que no se merece, la dádiva es algo tan ajeno a ti como lo fue su pecado.

5. Si esto fuese verdad, el perdón no tendría ningún fundamento sobre el que basarse con certeza y seguridad. 2Sería una excentri­cidad, según la cual algunas veces decides conceder indulgente­mente un indulto inmerecido. 3Conservarías, no obstante, el derecho a no eximir al pecador de la justa retribución por su pecado. 4¿Crees que el Señor de los Cielos iba a permitir que la salvación del mundo dependiera de esto?  5¿No sería acaso Su interés por ti ciertamente ínfimo, si permitiese que tu salvación dependiese de un capricho?

6. No entiendes lo que es el perdón. 2Tal como lo ves, no es sino un freno al ataque abierto que no requiere corrección alguna en tu mente. 3Tal como lo percibes, no te puede brindar paz. 4No constituye un medio por el que liberarte de aquello que ves en otro, pero no en ti mismo. 5No tiene poder alguno para restaurar en tu conciencia tu unidad con él. 6Eso no es lo que Dios dispuso para ti.

7. Al no haberle concedido al Padre el regalo que Él te pide, no puedes reconocer Sus regalos; y crees que Él no te los ha dado. 2Sin embargo, ¿te pediría Él un regalo que no fuese para ti? 3¿Podría acaso quedar satisfecho con gestos vacíos y considerar que tales míseros regalos son dignos de Su Hijo? 4La salvación es un regalo mucho mejor que eso. 5Y el verdadero perdón, que es el medio por el que se alcanza la salvación, no puede sino sanar a la mente que da, pues dar es recibir. 6Lo que no se ha recibido, no se ha dado, pero lo que se ha dado tiene que haberse recibido.

8. Hoy trataremos de entender la verdad según la cual el que da y el que recibe son uno. 2Vas a necesitar ayuda para poder entender esto, ya que es una idea completamente ajena a los pensamientos a los que estás acostumbrado. 3Mas la Ayuda que necesitas ya está aquí. 4Deposita tu fe en Él hoy, y pídele que esté contigo a la hora de practicar con la verdad. 5Y si sólo logras captar un pequeño atisbo de la liberación que reside en la idea que practicamos hoy, éste será ciertamente un día glorioso para el mundo.

9. Dedica hoy quince minutos en dos ocasiones a tratar de enten­der la idea de hoy. 2Esta idea es el pensamiento mediante el cual el perdón pasa a ocupar el lugar que le corresponde entre tus prioridades. 3Es el pensamiento que liberará a tu mente de cual­quier obstáculo que te impida comprender el significado del per­dón y lo valioso que es para ti.

10. Mientras permaneces en silencio, cierra los ojos al mundo que no comprende lo que es el perdón, y busca amparo en el sereno lugar en el que los pensamientos quedan transformados y donde las falsas creencias se abandonan. 2Repite la idea de hoy, y pide poder entender lo que realmente significa. 3Estáte dispuesto a dejarte enseñar. 4Alégrate de oír lo que te dice la Voz de la verdad y de la curación, y entenderás las palabras que Él te diga y recono­cerás que son tus propias palabras.

11. Tan a menudo como puedas hoy, recuérdate a ti mismo que tienes un objetivo, una meta que hace que éste sea un día de especial importancia para ti y para todos tus hermanos. 2No per­mitas que tu mente se olvide de este objetivo por mucho tiempo, sino que di para tus adentros:

3Todo lo que doy es a mí mismo a quien se lo doy.
4La Ayuda que necesito para comprender que esto es verdad, está conmigo ahora.
5Y confiaré en Él plenamente.

6Permanece luego en silencio por un momento y deja que tu mente sea receptiva a Su corrección y a Su Amor. 7Y creerás lo que le oigas decir, pues recibirás lo que Él te dé.
  

¿Qué me enseña esta lección? 

Esta lección es un inmenso paso hacia la Verdad que nos enseña que todos formamos parte de una misma Filiación. 

La acción de dar, está inspirada por el acto creador de nuestro Padre, el Cual, a través de un acto volitivo de expansión, creó de Sí Mismo, a su Hijo, la Humanidad. 

Tener la certeza de que cada uno de nuestros hermanos es una “Manifestación de Dios”, implica que no existe una relación de separación, sino de Unidad. Cuando estoy viendo a Dios a través de mi hermano, estoy realmente, reconociendo mi propia divinidad. 

Desde esta realidad, cada vez que doy a través de la relación, estoy dándome a mí mismo. Esta verdad, nos sitúa en un estado de consciencia que favorece la ejecución del Plan Divino de la Salvación. 

Esta acción está liberada del miedo a perder; del sentimiento de escasez y de necesidad. Manifiesta la condición natural de la abundancia, pues, nos expresamos desde la Grandeza, desde la Dicha y desde la Plenitud. 

Cuando damos estamos promoviendo la fuerza del Amor y la respuesta se hace inmediata llevándonos a recibir lo que hemos dado. Es muy importante ser consciente de esta Verdad, pues de este modo, el “otro” se convierte en un “maestro” que aportándonos lo que hemos dado, nos ayuda a conocernos íntegramente. 

Esta acción llevada a cabo con plena consciencia, nos hace ser consciente de nuestra capacidad creadora.


Ejemplo-Guía: "Mira a tu prójimo, y contesta, ¿qué ves?"

La respuesta, no exige mucha reflexión. Es aconsejable, incluso, que no le dediquemos mucho tiempo a la contestación. Es una invitación para que la mente inconsciente se exprese con plena libertad, sacando de nuestro interior lo que subyace oculto y no le permitimos que ocupe nuestra conciencia por juzgarlo inadecuado desde la perspectiva de nuestra moral.

Es una invitación a la sinceridad, a la honradez y a la integridad con nosotros mismos. 

Unos minutos de un día cualquiera:

“Acabo de despertarme y mis pensamientos no tardan en mostrarme el panorama laboral que me espera. Visualizo a mi jefe y sus acostumbradas exigencias y noto como mi rostro se deprime con tan solo pensar que tendré que enfrentarme, un día más, a lo que considero un trato injusto. Pienso que mi jefe está abusando de mi disposición servicial y colaboradora, y, está interpretando esa actitud de forma egoísta, pues todo el trabajo que nadie quiere, me lo endosa a mí. Mal empieza la mañana, y eso que aún no he llegado al trabajo.

Mientras conduzco, casi tengo un accidente con el coche. Un demente se ha saltado un stop y no he podido evitarlo, le he gritado y le he insultado. Se que no sirve para nada, pero me he quedado muy a gusto.

Ya en el trabajo, me cruzo con algunos compañeros y tengo dificultad para saludarlos. Cuando levanté la cabeza, mis sombríos pensamientos se animaron por un momento al contemplar la belleza de la nueva secretaria del departamento de administración. Todo fue un espejismo, mi conciencia no tardó en mandarme un par de juicios condenatorios que me dejaron más hecho polvo de lo que llegué”.

Aquí lo dejo. Aunque se trata de una ficción, podría ser un típico ejemplo de un día cualquiera. 

Yo mismo, me reconocería en esa secuencia, cuando aún mi conciencia estaba plenamente identificada con el mundo de percepción. Esa conciencia, respondía a los argumentos que me ofrecían el nivel sensorial. Aquello que soy capaz de percibir con los sentidos, es a lo que le otorgo credibilidad. Mi identidad, es totalmente individualizada y no comparte creencia alguna en la unidad, sino todo lo contrario, defiende a capa y espada la visión de la separación.

Mi esposa, mis hijos, mi familia, mi jefe, mis compañeros, mis amigos y enemigos, y el resto del mundo que me rodea, significan para mí el valor que yo les dé. Puedo amarlos u odiarlos; desearlos o ignorarlos. Lo único que me preocupa es lo que me pueden dar y quitar. Eso sí, mi felicidad depende de ello.

Cuando fui adquiriendo una mayor conciencia, paralelamente, se produjo en mí una nueva manera de ver las cosas. Ahora, el mundo que me rodea, lo veo como una proyección de mi mundo interior. En la medida en la que dejo de juzgar y condenar, las experiencias que me invitan a emitir juicios no se producen, y si lo hacen, no las veo, no les presto atención.

Es cierto, que, por el simple hecho de haber tomado una mayor consciencia, por el hecho de entregar mi mente a la no dualidad, al no juicio, de la noche a la mañana, no he logrado evitar que, por mi mente pasen tentaciones e impulsos que han formado parte de mis creencias durante muchos años. Pero existe una gran diferencia. Ahora tengo plena consciencia de que soy yo el que elijo como responder al pensamiento. Puedo dejarme seducir por él, o, puedo, simplemente, dejarle marchar, lo mismo que ha venido.

Con esta nueva consciencia, no permito que mi mente se recree con pensamientos sombríos nada más comenzar la mañana. En su lugar, mantengo una conversación con Dios y con Su Voz, el Espíritu Santo. En dicha conversación, me pongo a Su servicio y le entrego las decisiones que deba de dar a lo largo del día. Es una magnífica práctica para comenzar el día.

Si en el trayecto al trabajo, observo alguna imprudencia de algún conductor, no entro en juicios, simplemente, intento comprender y no prestarle atención.

Mi actitud con los compañeros es proactiva. Siempre estoy abierto a las anécdotas que se producen en mi relación con ellos, pues tengo claro que, de sus voces, de su interrelación, recibiré una lección gratuita de aprendizaje sobre mí mismo.

Lo de la belleza de las mujeres guapas, es lo que peor llevo. ¡Ja, ja, ja! Es una broma.
Ante esta experiencia, es importante no caer en condenas absurdas. Nos ayudará a reflexionar en la ilusión del cuerpo y en aprender a ver a los demás en su identidad espiritual.

En resumen, la cuestión radica en tomar consciencia de que el mundo de afuera lo fabricamos desde nuestra mente. Ese mundo ilusorio, nos invita permanentemente a integrarlo, en la medida que es el reflejo de nuestro mundo interno.

Recordemos lo que nos dice el Curso sobre la proyección:

"Cualquier división en la mente conlleva por fuerza el rechazo de una parte de ella misma, y eso es lo que es la creencia en la separación. La plenitud de Dios, que constituye Su paz, no puede ser apreciada salvo por una mente íntegra que reconozca la plenitud de la creación de Dios. Mediante ese reconocimiento, dicha mente conoce a su Creador. Exclusión y separación son sinónimos, al igual que separación y disociación. Dijimos ante­riormente que la separación fue y sigue siendo un acto de diso­ciación, y que una vez que tiene lugar, la proyección se convierte en su defensa principal, o, en otras palabras, el mecanismo que la mantiene vigente. La razón de ello, no obstante, puede que no sea tan obvia como piensas” (T-6.II.1:1-6).          

“Repudias lo que proyectas, por lo tanto, no crees que forma parte de ti. Te excluyes a ti mismo al juzgar que eres diferente de aquel sobre el que proyectas. Puesto que también has juzgado contra lo que proyectas, continúas atacándolo porque continúas manteniéndolo separado dé ti. Al hacer esto de manera incons­ciente, tratas de mantener fuera de tu conciencia el hecho de que te has atacado a ti mismo, y así te imaginas que te has puesto a salvo” (T-6.II.2:1-4). 

“La proyección, sin embargo, siempre te hará daño. La proyec­ción refuerza tu creencia de que tu propia mente está dividida, creencia ésta cuyo único propósito es mantener vigente la separa­ción. La proyección no es más que un mecanismo del ego para hacerte sentir diferente de tus hermanos y separado de ellos. El ego justifica esto basándose en el hecho de que ello te hace pare­cer "mejor" que tus hermanos, y de esta manera empaña tu igual­dad con ellos todavía más. La proyección y el ataque están inevitablemente relacionados, ya que la proyección es siempre un medio para justificar el ataque. Sin proyección no puede haber ira.  El ego utiliza la proyección con el solo propósito de destruir la percepción que tienes de ti mismo y de tus hermanos. El proceso comienza excluyendo algo que existe en ti, pero que repudias, y conduce directamente a que te excluyas a ti mismo de tus hermanos” (T-6.II.3:1-8). 

“Hemos aprendido, no obstante, que hay una alternativa a la proyección. Todas las capacidades del ego se pueden emplear para un propósito mejor, ya que sus capacidades las dirige la mente, que dispone de una Voz mejor. El Espíritu Santo extiende y el ego proyecta. Del mismo modo en que los objetivos de ambos son opuestos, así también lo son sus resultados” (T-6.II.4:1-4).

“El Espíritu Santo comienza percibiendo tu perfección. Como sabe que esa perfección es algo que todos comparten, la reconoce en otros, y así la refuerza tanto en ti como en ellos. En vez de ira, esto suscita amor tanto en ellos como en ti porque establece el estado de inclusión. Puesto que percibe igualdad, el Espíritu Santo percibe en todos, las mismas necesidades. Esto invita auto­máticamente a la Expiación porque la Expiación es la necesidad universal de este mundo. Percibirte a ti mismo de esta manera es la única forma de hallar felicidad en el mundo. Eso se debe a que es el reconocimiento de que tú no estás en este mundo, pues el mundo es un lugar infeliz" (T-6.II.6:1-6).


Reflexión: ¿Qué piensas de la siguiente afirmación?: Cuando juzgas y condenas el comportamiento de otros, es a ti a quien estás condenando.

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