jueves, 19 de febrero de 2026

¿Pongo mis problemas en manos de Dios… o le exijo cómo debe responder? Reflexión desde la Lección 50.

¿Pongo mis problemas en manos de Dios… o le exijo cómo debe responder? Reflexión desde la Lección 50.

La Lección 50 afirma: “El Amor de Dios es mi sustento”.

A primera vista parece una idea reconfortante. Pero cuando la llevamos a la vida cotidiana, surge una pregunta incómoda: ¿Realmente pongo mis problemas en manos de Dios… o solo le pido que haga lo que yo quiero?

Porque hay una diferencia enorme entre entregar y dirigir.

Muchas veces creemos que estamos confiando en Dios cuando en realidad estamos diciendo:

  • “Que esto salga como espero”.
  • “Que esta persona cambie”.
  • “Que el diagnóstico no sea grave”.
  • “Que se resuelva según mi plan”.

En apariencia hemos “entregado” el problema. Pero internamente seguimos sosteniendo el control del resultado.

No hemos entregado la situación. Hemos entregado una condición.

¿Qué significa realmente poner algo en manos de Dios?

Desde la visión de Un Curso de Milagros, poner un problema en manos de Dios no significa desentenderse, dejar de actuar, negar la dificultad o suprimir la emoción.

Significa algo más profundo: dejar de decidir de antemano cuál debe ser la solución. Es soltar la exigencia. Es permitir que la respuesta no coincida con nuestras expectativas.

El verdadero problema no es la situación.

La Lección 50 nos recuerda que el Amor de Dios es nuestro sustento y eso implica que nuestra seguridad no depende del resultado, nuestra paz no depende del desenlace y nuestro valor no depende de lo que ocurra.

El verdadero problema nunca es la circunstancia externa. Es la creencia de que algo fuera puede quitarnos lo que somos.

Y cuando creemos eso, exigimos a Dios que lo “arregle”.

Exigir es miedo disfrazado de oración.

Cuando le pedimos a Dios una solución específica, muchas veces lo hacemos desde el miedo a perder, miedo a fracasar, miedo a sufrir, miedo a no controlar.

No estamos confiando. Estamos intentando asegurarnos.

La entrega auténtica no dice: “Haz esto”. Dice: “Muéstrame cómo ver esto”.

Y eso cambia completamente la experiencia.

La diferencia entre pedir y confiar.

El Curso no prohíbe pedir ayuda. Al contrario, invita constantemente a pedir guía.

Pero hay dos formas de pedir:

🔹 Desde el ego: “Resuelve esto como yo creo que debe resolverse”.

🔹 Desde la confianza: “Enséñame cuál es la respuesta que trae paz, aunque no sea la que esperaba”.

En la primera hay tensión. En la segunda hay apertura.

Aplicación práctica:

Imagina un conflicto laboral, un problema de salud o una dificultad familiar.

Puedes decir: “Dios, haz que esto desaparezca”.

O puedes decir: “Dios, ayúdame a no perder la paz en medio de esto”.

La primera oración busca cambiar el mundo. La segunda permite que cambie la mente. Y cuando la mente cambia, la experiencia cambia.

La Lección 50 nos invita a reconocer algo radical: No dependes del desenlace para estar sostenido.

El Amor de Dios no es una recompensa cuando todo sale bien. Es la base que permanece incluso cuando nada sale como esperabas.

Cuando esta idea comienza a asentarse, la necesidad de exigir disminuye. No porque los problemas desaparezcan, sino porque dejan de definir tu estabilidad interior.

Poner nuestros problemas en manos de Dios no es un acto dramático. Es un gesto interior muy sencillo:

Soltar la exigencia de que la realidad obedezca nuestros planes. Y permitir que la paz sea el criterio, no el resultado.

Porque cuando confiamos de verdad, dejamos de decirle a Dios cómo debe responder… y empezamos a escuchar.

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