VIII. El pequeño jardín (3ª parte).
7. No aceptes ese nimio y aislado aspecto como tu identidad. 2El sol y el océano no son nada en comparación con lo que tú eres. 3El rayo refulge sólo a la luz del sol, y la ola ondula mientras descansa sobre el océano. 4Pero ni en el sol ni en el océano se encuentra el poder que mora en ti. 5¿Preferirías permanecer dentro de tu mísero reino, y seguir siendo un triste rey, un amargado gobernante de todo lo que contempla, que aunque no ve nada está dispuesto a dar la vida por ello? 6Este pequeño yo no es tu reino. 7Elevado como un arco muy por encima de él y rodeándolo con amor se encuentra la gloriosa totalidad, la cual ofrece toda su felicidad y profunda satisfacción a todas sus partes. 8El pequeño aspecto que piensas haber aislado no es una excepción.
Ese propósito de ver las cosas de otra manera es la disposición necesaria para que nuestro verdadero Ser tome las riendas de nuestra existencia, propiciando que la verdadera visión de la grandiosidad del Espíritu nos muestre la Luz con la que ha sido creado. Esa Luz no tiene límites y nos mantiene unidos en la Obra Creadora del Padre, la Filiación.
8. El amor no sabe nada de cuerpos y se extiende a todo lo que ha sido creado como él mismo. 2Su absoluta falta de límites es su significado. 3Es completamente imparcial en su dar, y abarca todo únicamente a fin de conservar y mantener intacto lo que desea dar. 4¡Cuán poco te ofrece tu mísero reino! 5¿No es allí, entonces, donde le deberías pedir al amor que entre? 6Contempla el desierto -árido y estéril, calcinado y triste- que constituye tu mísero reino. 7Y reconoce la vida y la alegría que el amor le llevaría procedente de donde él viene y adonde quiere retornar contigo.
El amor no sabe nada de cuerpos porque su realidad es la unicidad, mientras que el cuerpo es el símbolo de la separación. Cuando las enseñanzas del Curso nos dicen que el cuerpo no existe, no es real, lo que nos está describiendo es el verdadero significado de los términos "existir" y "real"; este es que no cambian, que son eternos, a diferencia del cuerpo que está sujeto a las leyes del ego, a las leyes de la temporalidad.
Poner nuestra atención en el cuerpo es como construir un edificio cuyos pilares son efímeros y pretender que perdure en el tiempo, cuando está llamado a su destrucción.
Pongamos toda nuestra atención en el amor y nuestros pensamientos relucirán como rayos de luz que, en unión con otras luces, crearán un mundo resplandeciente, donde todos juntos gozaremos de la Paz, de la Dicha y de la Felicidad que Dios comparte con Su Hijo.
El cuerpo está sediento de deseos y pasiones. Por muchos intentos de satisfacer esa inagotable sed, no consigue saciarla, pues el poder del deseo es insaciable cuando su único propósito es servir al egoísmo y a la soledad. El deseo confunde el amor con la necesidad de ser amado. El deseo no sabe cómo dar, tan solo busca recibir. Lo que no entiende es que para recibir hay que dar y que cada uno da lo que tiene, es decir, si no das, no recibes y si no sabes lo que tienes, no das, por lo que tampoco recibirás.
Pero cuando nos saciamos con las aguas vivas, símbolo de la fuerza eterna del amor, entonces sabremos lo que tenemos, pues lo que tenemos es lo que somos. Conociendo lo que somos, amor, daremos amor y ese acto de expansión nos permitirá conservar lo que damos, pues si damos lo que somos, jamás lo perderemos.
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