viernes, 13 de febrero de 2026

¿Somos la luz que ilumina el mundo? Reflexión desde la Lección 44

¿Somos la luz que ilumina el mundo?  Reflexión desde la Lección 44

En la Lección 44 leemos una afirmación poderosa: “Somos la luz del mundo.”

Una estudiante plantea una idea muy interesante: ¿Podría entenderse esto en el sentido de que no hay nada realmente “ahí fuera”, y que todo lo que vemos existe porque lo iluminamos con nuestra mente? ¿Hay mundo si no hay nadie que lo observe? ¿Somos nosotros quienes lo hacemos aparecer al ponerle luz?

La pregunta es profunda. Y merece una respuesta cuidadosa.

Un Curso de Milagros afirma algo muy claro: La percepción no es pasiva. El mundo que vemos depende del sistema de pensamiento que elegimos.

El Curso dice que el mundo es efecto, no causa. Es decir, lo que vemos no es independiente de la mente.

Pero aquí debemos matizar algo importante. No está diciendo que tu mente individual crea físicamente el planeta, que el mundo desaparece si no lo miras, ni que todo es una proyección privada tuya.

Eso sería una interpretación psicológica o filosófica, no la enseñanza del Curso.

El Curso habla de una mente única que cree estar fragmentada. El mundo surge de una creencia colectiva en la separación.

No es “mi mente personal” iluminando cosas aisladas. Es la mente que se cree separada, generando una experiencia perceptiva compartida.

¿Qué significa entonces “somos la luz del mundo”?

Aquí está la clave. La luz no significa que “hacemos existir” el mundo físico. Significa que damos significado a lo que percibimos.

Sin la mente, el mundo sería percepción sin interpretación. Pero el sufrimiento no viene de los objetos, viene del significado que les atribuimos.

Cuando el Curso dice que somos la luz del mundo, está diciendo que somos la fuente del significado; que somos quienes elegimos ver desde el miedo o desde el amor, y que somos quienes iluminamos la experiencia con un sistema de pensamiento u otro.

No iluminamos la materia. Iluminamos el sentido.

El ejemplo filosófico clásico —si un árbol cae y nadie lo oye, ¿hace ruido?— es interesante, pero el Curso no se centra en eso.

La pregunta más alineada con UCDM sería: Si un hecho ocurre, ¿tiene significado sin una mente que lo interprete?

Desde el Curso, el mundo como forma puede seguir su curso, pero el dolor, el miedo o el conflicto no están en el árbol, están en la interpretación.

Ahí es donde entra la “luz”.

¿Existe el mundo “ahí fuera”?

Desde el punto de vista absoluto del Curso, el mundo es una proyección de la creencia en la separación. No es creación de Dios. No es realidad eterna.

Pero mientras creemos en él, lo experimentamos como real.

Por eso el Curso no nos pide negar el mundo, sino reinterpretarlo.

La luz no crea la forma, transforma la percepción.

Este matiz es esencial. La luz de la que habla la Lección 44 no crea montañas, árboles o cuerpos. Cambia la forma de verlos.

Desde el ego, vemos amenaza, vemos pérdida, vemos ataque, vemos carencia.

Desde la luz, vemos oportunidad de perdón, vemos inocencia más allá de la conducta, vemos una petición de amor, vemos unidad detrás de la apariencia.

El mundo no desaparece. Cambia la experiencia.

Entonces, ¿tiene sentido lo que plantea la estudiante?

Sí… pero con precisión. Tiene sentido en cuanto a que el mundo no tiene significado por sí mismo, somos nosotros quienes lo iluminamos con interpretación, y la experiencia depende de la mente.

Pero no en el sentido de que la mente individual cree físicamente el universo, nada existe si no lo observamos, y que el mundo sea una ilusión privada personal.

El Curso habla de un sueño colectivo nacido de una mente que se creyó separada.

Podemos concluir diciendo que “Somos la luz del mundo” no significa que fabriquemos objetos. Significa que, sin la mente, no hay significado. Que, sin significado, no hay experiencia emocional. Y que el significado siempre es elegido.

La luz no hace que el mundo exista. Hace que el mundo sea interpretado de una u otra manera.

Y ahí está el poder transformador de la lección: No cambiar el mundo.  Cambiar la manera de verlo.

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