miércoles, 1 de marzo de 2017

Principio 26:Los milagros representan tu liberación del miedo.

PRINCIPIO 26

Los milagros representan tu liberación del miedo. "Expiar" significa "des-hacer." Deshacer el miedo es un aspecto esencial del poder expiatorio de los milagros.



Cuando analizamos el Principio 22, adelantábamos que dedicaríamos un capítulo al estudio del miedo, y lo prometido es deuda.

En la entrega anterior, en el análisis del Principio 25, decíamos que cuando tenemos miedo, estamos reconociendo que estamos necesitados de la Expiación. Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación.

Pasemos a desmenuzar el significado del miedo, lo que nos llevará a comprender su origen y los efectos a los que da lugar en nuestras vidas. El párrafo anterior nos aporta una primera pista, al indicarnos que el miedo es la consecuencia de una elección. Es muy importante tomar consciencia de este matiz, pues nos permite reconocer, que el miedo no es algo que nos viene de afuera, no es algo que nos ataca y del cual debamos defendernos, tan solo es una elección. Yo añadiría que es una libre elección.

En la Introducción del Curso, podemos leer: Lo opuesto al amor es el miedo, pero aquello que todo lo abarca no puede tener opuestos”. Esta afirmación nos hace una primera presentación de lo que es el miedo, indicándonos que el miedo no puede pertenecer al Creador, pues Él no tiene opuestos, lo que nos lleva a pensar que el miedo es una fabricación de la mente del Hijo de Dios, surgiendo como una proyección de su mente dual, lo que dio lugar a los opuestos amor-miedo, o lo que es lo mismo, la materialización de la separación y el surgimiento del ego.

Tenemos pues, que el miedo es la fabricación del Hijo de Dios, el cual cometió el error de creer que podía usurpar el poder de Dios. Todo miedo se reduce, en última instancia, a esa básica percep­ción errónea.

Sólo nuestra mente puede producir miedo y sólo nuestra mente puede llevarnos a comprender que el miedo no es real, es una ilusión.

Como hemos adelantado, Dios no es el autor del miedo. El autor del miedo somos nosotros que hemos elegido crear en forma diferente a como crea Él. Esa elección, nos hace tener miedo de la Voluntad de Dios porque hemos usado la mente, que Él creó a semejanza de la Suya Propia, para crear falsa­mente. La mente sólo puede crear falsamente cuando creemos que no somos libres.

En esa falsa creencia se encuentran los mayores conflictos que alberga la mente humana. Dichos conflictos, traducidos en miedos, se dan cita en el inconsciente, donde se ocultan celosamente y desde donde se proyectan dando lugar a todo tipo de comportamientos dementes y condenatorios.

De hecho, los que creen en la separación tienen un miedo básico a las represalias y al abandono. Creen en el ataque y en el rechazo, de modo que eso es lo que perciben, lo que enseñan y lo que apren­den. Estas ideas descabelladas son claramente el resultado de la disociación y la proyección.

Podemos decir que el origen del miedo es una elección errónea y esta creencia ha pasado a formar parte del inconsciente colectivo de la humanidad. Cada vez que tenemos miedo es porque hemos tomado una decisión equivo­cada y esa es la razón por la que nos sentimos responsable de ello.

Si la causa del miedo es mental, es obvio que para superarlo tendremos que cambiar de mentalidad, no de comportamiento, y eso es cuestión de que estemos dispuestos a hacerlo. La corrección debe llevarse a cabo únicamente en el nivel en que es posible el cambio. El cambio no tiene ningún sentido en el nivel de las formas en los que se manifiesta el miedo,  donde no puede producir resultados.

El miedo es siempre un signo de tensión que surge cuando hay conflicto entre lo que deseamos y lo que hacemos. Asimismo, la presencia del miedo indica que hemos elevado pensa­mientos corporales al nivel de la mente.

Como hemos dicho, anteriormente, el uso incorrecto de la mente nos ha llevado a tener miedo de la Voluntad de Dios. Ese uso erróneo de la mente se ha traducido en los Textos Sagrados como un acto pecaminoso, el cual puso fin al estado de unicidad compartido por el Hijo de Dios y su Creador. Lo que se ha interpretado como “pecado”, como la violación de las Leyes de Dios, tuvo como consecuencia la creencia en la expulsión del Edén, de la Tierra Paradisiaca dispuesta por Dios para su Hijo, y lo que es lo más importante, nace el temor hacia el Creador, al creernos merecedores de su justicia vengativa.

Tener miedo de la Voluntad de Dios es una de las creencias más extrañas que la mente humana jamás haya podido concebir. Esto no habría podido ocurrir no ser que la mente hubiese estado ya tan profundamente dividida que le hubiese sido posible tener miedo de lo que ella misma es. La realidad sólo puede ser una "amenaza" para lo ilusorio, ya que lo único que la realidad puede defender es la verdad. El hecho mismo de que percibas la Volun­tad de Dios -que es lo que tú eres- como algo temible, demues­tra que tienes miedo de lo que eres. Por lo tanto, no es de la Voluntad de Dios de lo que tienes miedo, sino de la tuya”. (T-9.I.1:5)

Si advertimos la falsa creencia a la que dio lugar la elección del Hijo de Dios, descubriremos la identidad del ego, el representante de la mente dual, de la mente errónea. El ego pasó a ocupar el lugar de Dios y se erigió en  nuestra nueva identidad. Es del ego y no de Dios del que verdaderamente tenemos miedo.

Debemos reconocer que lo que menos quiere el ego es que nos demos cuenta de que le tenemos miedo. Pues si el ego pudiese producir miedo, menoscabaría nuestra independencia y debilitaría nuestro poder. Sin embargo, su único argumento para que le seamos leales es que él puede darnos poder. Si no fuera por esta creencia no le escucharíamos en absoluto. ¿Cómo iba a poder, entonces, seguir existiendo si nos diésemos cuenta de que al aceptarlo nos estamos empequeñeciendo y privándonos de poder?

El ego puede permitirnos, y de hecho lo hace, que nos consideremos altanero, incrédulo, frívolo, distante, superficial, insensible, des­pegado e incluso desesperado, pero no permite que nos demos cuenta de que realmente tenemos miedo. Minimizar el miedo, pero no deshacerlo, es el empeño constante del ego, y es una capacidad para la cual demuestra ciertamente gran ingenio. ¿Cómo iba a poder predicar separación a menos que la reforzase con miedo?, y, ¿seguiríamos escuchándole si reconociésemos que eso es lo que está haciendo?

La más seria amenaza para el ego es, pues, que nos demos cuenta de que cualquier cosa que parezca separarnos de Dios es única­mente miedo, sea cual sea la forma en que se manifieste e inde­pendientemente de cómo el ego desee que lo experimentemos. Su sueño de autonomía se estremece hasta su raíz cuando cobramos conciencia de esto. Pues si bien podemos tolerar una falsa idea de independencia, no aceptaríamos el costo en miedo que ello supone una vez que lo reconociésemos. Pero ése es su costo, y el ego no puede reducirlo. Si pasamos por alto el amor estamos pasándonos por alto a nosotros mismo, y no podremos sino tener miedo de la irrealidad porque nos habremos negado nosotros mismo. Al creer que nuestro ataque contra la verdad ha tenido éxito, creeremos que el ataque tiene poder. Dicho llanamente, pues, nos hemos vuelto temerosos de nosotros mismos. Y nadie quiere encontrar lo que cree que le destruiría.
Si se pudiese lograr el objetivo de autonomía del ego, el propó­sito de Dios podría ser truncado, y eso es imposible. Solamente aprendiendo lo que es el miedo podemos por fin aprender a distin­guir lo posible de lo imposible y lo falso de lo verdadero.

Sí, hemos mencionado que la elección del Hijo de Dios, fue interpretado, erróneamente, como un ataque contra la verdad. La cuestión que cabe plantearse es, ¿cómo corregir ese error?

Como nos indica el Curso, reconocer el miedo no es suficiente para poder escaparse de él, aunque sí es necesario para demostrar la necesidad de escapar.

Desde la mente errónea no podremos conseguir esa corrección. Debemos recurrir a la Voz que habla por Dios, el Espíritu Santo para que transforme el miedo en verdad.

“Si se te dejase con el miedo, una vez que lo hubieses reconocido, habrías dado un paso que te alejaría de la realidad en vez de acercarte a ella. No obstante, hemos señalado repetidamente la necesidad de reconocer el miedo y de confrontarlo cara a cara como un paso crucial en el proceso de desvanecer al ego. Considera entonces lo mucho que te va a servir la interpretación que hace el Espíritu Santo de los motivos de los demás. Al haberte enseñado a aceptar únicamente los pensamientos de amor de otros y a con­siderar todo lo demás como una petición de ayuda, te ha ense­ñado que el miedo en sí es una petición de ayuda. Esto es lo que realmente quiere decir reconocer el miedo. Si tú no lo proteges, el Espíritu Santo lo reinterpretará. En esto radica el valor prin­cipal de Aprender a percibir el ataque como una petición de amor. Ya hemos aprendido que el miedo y el ataque están inevitable­mente interrelacionados. Si el ataque es lo único que da miedo, y consideras al ataque como la petición de ayuda que real­mente es, te darás cuenta de la irrealidad del miedo. Pues el miedo, es una súplica de amor, en la que se reconoce inconsciente­mente lo que ha sido negado.

El miedo es un síntoma de tu profunda sensación de pérdida. Si al percibirlo en  otros aprendes a subsanar esa sensación de pérdida, se elimina la causa básica del miedo. De esa manera, te enseñas a ti mismo que no hay miedo en ti. Los medios para erradicarlo se encuentran en ti, y has demostrado esto al dárselos a otros. El miedo y el amor son las únicas emociones que eres capaz de experimentar. Una es falsa, pues procede de la nega­ción, y la negación depende, para poder existir, de que se crea en lo que se ha negado. Al interpretar correctamente el miedo como una afirmación categórica de la creencia subyacente que enmascara, estás socavando la utilidad que le has atribuido al hacer que sea inútil. Las defensas que son inservibles se abandonan auto­máticamente. Si haces que lo que el miedo oculta pase a ocupar una posición inequívocamente preeminente, el miedo deja de ser relevante. Habrás negado que puede ocultar al amor, lo cual era su único propósito. El velo que habías puesto sobre la faz del amor habrá desaparecido”. (T-12.I.8:9)

Tenemos más miedo de Dios que del ego, y el amor no puede entrar donde no se le da la bienvenida. Pero el odio sí que puede, pues entra por su propia voluntad sin que le importe la nuestra.

Hemos hecho referencia a una cuestión que no nos puede pasar inadvertida. Decíamos que nadie toleraría el miedo si lo reconociese. Sobre este particular, el Curso añade: Pero en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo. No te gusta, pero tu deseo de atacar no es lo que realmente te asusta. Tu hostilidad no te perturba seriamente. La mantienes oculta porque tienes aún más miedo de lo que encubre. Podrías examinar incluso la piedra angular más tenebrosa del ego sin miedo si no creyeses que, sin el ego, encontrarías dentro de ti algo de lo que todavía tienes más miedo. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tienes miedo. Lo que verdaderamente te aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tienes miedo. Pues este recuerdo te restituiría instantáneamente al lugar donde te corresponde estar, del cual te has querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tienes al amor. Estarías dispuesto incluso a examinar tu salvaje deseo de dar muerte al Hijo de Dios, si pensases que eso te podría salvar del amor. Pues éste deseo causó la separación, y lo has protegido porque no quie­res que ésta cese. Te das cuenta de que al despejar la tenebrosa nube que lo oculta el amor por tu Padre te impulsaría a contestar Su llamada y a llegar al Cielo de un salto. Crees que el ataque es la salvación porque el ataque impide que eso ocurra. Pues subya­cente a los cimientos del ego, y mucho más fuerte de lo que éste jamás pueda ser, se encuentra tu intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por ti. Esto es lo que realmente quieres ocultar.
Honestamente, ¿no te es más difícil decir "te quiero” que "te odio"? Asocias el amor con la debilidad y el odio con la fuerza, y te parece que tu verdadero poder es realmente tu debilidad. Pues no podrías dejar de responder jubilosamente a la llamada del amor si la oyeses, y el mundo que creíste haber construido desaparecería. El Espíritu Santo, pues, parece estar atacando tu fuerza, ya que tú prefieres excluir a Dios. Mas Su Voluntad no es ser excluido”. (T-13.III.1:3)

El temor del ego a la Voluntad de Dios, viene acompañado de un sentimiento corrosivo para la mente recta, me estoy refiriendo a la culpabilidad.
La atracción de la culpabilidad hace que se le tenga miedo al amor, pues el amor nunca se fijaría en la culpabilidad en absoluto. La naturaleza del amor es contemplar solamente la verdad ­-donde se ve a sí mismo- y fundirse con ella en santa unión y en compleción. De la misma forma en que el amor no puede sino mirar más allá del miedo, así el miedo no puede ver el amor. Pues en el amor reside el fin de la culpabilidad tan inequívocamente como que el miedo depende de ella. El amor sólo se siente atraí­do por el amor. Al pasar por alto completamente a la culpabili­dad, el amor no ve el miedo. Al estar totalmente desprovisto de ataque es imposible que pueda temer. El miedo se siente atraído por lo que el amor no ve, y ambos creen que lo que el otro ve, no existe. El miedo contempla la culpabilidad con la misma devo­ción con la que el amor se contempla a sí mismo. Y cada uno de ellos envía sus mensajeros, que retornan con mensajes escritos en el mismo lenguaje que se utilizó al enviarlos.

El Curso dedica el Capítulo 28 al “Des-hacimiento del miedo” y nos refiere sobre este particular:

Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe. Con su partida desaparecieron sus consecuen­cias, pues se quedaron sin causa. ¿Por qué querrías conservarla en tu memoria, a no ser que deseases sus efectos? Recordar es un proceso tan selectivo como percibir, al ser su tiempo pasado. Es percibir el pasado como si estuviese ocurriendo ahora y aún se pudiese ver. La memoria, al igual que la percepción, es una facultad que tú inventaste para que ocupase el lugar de lo que Dios te dio en tu creación. Y al igual que todas las cosas que inventaste, se puede emplear para otros fines y como un medio para obtener algo distinto. Se puede utilizar para sanar y no para herir, si ése es tu deseo”.

Tenerle miedo a Dios es tenerle miedo a la vida, no a la muerte.


¿Qué verías si no tuvieses miedo de la muerte? ¿Qué sentirías y pensarías si la muerte no te atrajese? Simplemente recordarías a tu Padre. Recordarías al Creador de la vida, la Fuente de todo lo que vive, al Padre del universo y del universo de los universos, así como de todo lo que se encuentra más allá de ellos. con­forme esta memoria surja en tu mente, la paz tendrá todavía que superar el obstáculo final, tras el cual se consuma la salvación y al Hijo de Dios se le restituye completamente la cordura. Pues ahí acaba tu mundo. (T-19.IV.D)


Con relación a la curación y el miedo, el Curso nos refiere: “Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, tú mismo debes estar libre de todo miedo. No entiendes lo que es la curación debido a tu propio miedo”.

La curación es la liberación del miedo a despertar, y la substi­tución de ese miedo por la decisión de despertar. La decisión de despertar refleja la voluntad de amar, puesto que toda curación supone la sustitución del miedo por el amor.

¿Qué es la curación sino el acto de despejar todo lo que obstacu­liza el conocimiento? ¿Y de qué otra manera puede uno disipar las ilusiones, excepto examinándolas directamente sin proteger­las? No tengas miedo, por lo tanto, pues lo que estarás viendo es la fuente del miedo, y estás comenzando a darte cuenta de que el miedo no es real. Te das cuenta también de que sus efectos se pueden desvanecer sólo con que niegues su realidad. El siguiente paso es, obviamente, reconocer que lo que no tiene efectos no existe. Ninguna ley opera en el vacío, y lo que no lleva a ninguna parte no ha ocurrido. Si la realidad se reconoce por su extensión, lo que no conduce a ninguna parte no puede ser real. No tengas miedo de mirar al miedo, pues no puede ser visto. La claridad, por definición, desvanece la confusión, y cuando se mira a la oscuridad a través de la luz, ésta no puede por menos que disiparla.

Iniciamos este análisis describiendo que el miedo tiene como única causa la elección errónea de la mente. Bien, para poner punto y final, al mismo, diremos que el primer paso correctivo para deshacer ese error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo.  Debemos decirnos a nosotros mismo que de alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en nosotros. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.

En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:

El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.
Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.



domingo, 26 de febrero de 2017

Principio 25: Los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación.

PRINCIPIO 25

Los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación. La Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo.


Este Principio hace referencia, por primera vez en el Curso, al término Expiación y nos lo presenta como la meta hacia la que nos conduce nuestros actos de perdón. Como bien determina más adelante el Curso con relación a la Expiación, es la lección final.

Antes de adentrarnos en su desarrollo, creo necesario hacer un inciso para analizar una cuestión que, en la fase inicial del estudio, preocupa a los estudiantes, especialmente a aquellos que han adquirido una educación religiosa.

Expiación es la acción y efecto de expiar. Este verbo hace referencia a purificarse de las culpas mediante algún sacrificio, a cumplir con una pena impuesta por las autoridades o a padecer ciertos trabajos a causa de malas acciones.
En el ámbito de la religión, la expiación es una forma de satisfacción de un pecado, a través de la cual el sujeto queda absuelto de la culpa al cargar con su pena. El pecado es tomado como un obstáculo entre el hombre y Dios, y la expiación es aquello que permite eliminar dicha obstáculo para volver a clarificar la relación.
La teología explica que la expiación demuestra que Dios es benevolente (ofrece un camino al pecador) y justo (demanda un castigo por el pecado). Quien se somete a la expiación, limpia su pecado, accede al perdón de la culpa y se libera del castigo.
Dentro del ámbito religioso, tenemos que subrayar que también existe lo que se conoce como la expiación de Jesucristo. Se trata de un término que se utiliza para dejar patente el sacrificio que llevó a cabo esta figura con el claro objetivo de poder salvar a la humanidad de los pecados. En concreto, lo que hizo fue sufrir en su piel no sólo la tortura de una crucifixión sino también su propia muerte.

La anterior definición del término expiación, nos dibuja el perfil del ego, el cual trata de desvanecer la culpabilidad otorgándole primero realidad, y luego expiando por ella.

Otro error que recoge la definición aceptada por el ego de la expiación y que se encuentra inscrito en el inconsciente colectivo de la humanidad, es que la crucifixión estableció la Expiación. Un Curso de Milagros nos enseña que fue la resurrección la que lo hizo. Dejaremos este maravilloso tema para otra ocasión. Ahora expondremos las ideas que nos ofrece el Curso sobre la Expiación, ya que como tendremos ocasión de comprobar, se convierte en la piedra angular de las lecciones que debemos aprender.

La Expiación no existiría si no hubiese necesidad de ella. Si como hemos adelantado, la Expiación es la lección final, la consecuencia de haber sido capaces de perdonar todos nuestros errores, debemos decir, igualmente, que dicha labor no puede ser completada por nosotros mismos. No desaparecerán de nuestra mente sin la Expiación, remedio éste que no es obra nuestra.

El Curso nos indica, que el milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. De este modo, se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que son simplemente una falta de amor.

La falta de amor, da lugar al miedo y todo miedo se reduce, en última instancia, a la básica percep­ción errónea de que tenemos la capacidad de usurpar el poder de Dios. Por supuesto, no podemos hacer eso, ni jamás pudimos ha­berlo hecho. En esto se basa el que podamos escaparnos del miedo. Nos liberamos cuando aceptamos la Expiación, lo cual nos permite darnos cuenta de que en realidad nuestros errores nunca ocurrieron.

Nuestra identificación con el miedo, con el temor a Dios, nos lleva a proyectar un mundo fuera de nosotros al cual culpar y atacar al recordarnos que hemos desobedecido a nuestro Padre. Ese ataque, en realidad,  es un mecanismo de defensa fabricado por el ego, para no ser consciente de su propia culpa, de su creencia en el pecado.

“La Expiación es la única defensa que no puede usarse destruc­tivamente porque no es un recurso que hayamos inven­tado. El principio de la Expiación estaba en vigor mucho antes de que ésta comenzara. El principio era el amor y la Expiación fue un acto de amor. Antes de la separación los actos eran innecesa­rios porque no existía la creencia en el tiempo ni en el espacio. Fue sólo después de la separación cuando se planearon la Expia­ción y las condiciones necesarias para su cumplimiento. Se nece­sitó entonces una defensa tan espléndida que fuese imposible usarla indebidamente, aunque fuese posible rechazarla. Su rechazo, no obstante, no podía convertirla en un arma de ataque, que es la característica intrínseca de otras defensas. La Expia­ción, pues, resulta ser la única defensa que no es una espada de dos filos. Tan sólo puede sanar.
La Expiación se instituyó dentro de la creencia en el tiempo y en el espacio para fijar un límite a la necesidad de la creencia misma, y, en última instancia, para completar el aprendizaje. La Expiación es la lección final”. (T-2.II.4-5:2)

Hemos interpuesto un obstáculo entre la Expia­ción y nosotros. Nadie puede tolerar el miedo si lo reconociese, aunque en nuestro trastornado estado mental no le tenemos miedo al miedo. No es nuestro deseo de atacar lo que realmente nos asusta. Nuestra hostilidad no nos perturba seriamente. La mantenemos oculta porque tenemos aún más miedo de lo que encubre. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tenemos miedo. Lo que verdaderamente nos aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tenemos miedo. Pues este recuerdo nos restituiría instantáneamente al lugar donde nos corresponde estar, del cual nos hemos querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tenemos al amor.

Cuando tenemos miedo, estamos reconociendo que estamos necesitados de la Expiación. Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación. La necesidad del remedio inspiró su estableci­miento. Mientras nos limitemos a reconocer únicamente la necesidad del remedio, seguiremos teniendo miedo. Sin embargo, tan pronto como aceptemos el remedio, habremos des-hecho el miedo. Así es como tiene lugar la verdadera curación.

La Expiación deshace todos los erro­res, y de esta forma extirpa las raíces del temor. Unirse a la Expiación es la manera de escapar del miedo. El Espíritu Santo te ayudará a reinterpretar todo lo que percibes como temible, y te enseñará que sólo lo que es amoroso es cierto.

Tanto la Expiación como el Espíritu Santo adquirieron protagonismo, como medió de protección, al producirse la separación. Antes de eso no había necesidad de curación, pues nadie estaba desconsolado. La Voz del Espíritu Santo es la Lla­mada a la Expiación, es decir, a la restitución de la integridad de la mente. Cuando la Expiación se complete y toda la Filiación sane, dejará de haber una llamada a retornar. El Espíritu Santo es la Mente de la Expiación. Representa un estado mental lo suficien­temente próximo a la Mentalidad-Uno como para que la transfe­rencia a ella sea finalmente posible.

El Espíritu Santo expía en todos nosotros des-haciendo y de esta manera nos libera de la carga que le hemos impuesto a nuestra mente. Al seguir al Espíritu Santo se nos conduce de regreso a Dios, que es donde nos corresponde estar.

El papel del Espíritu Santo y la Expiación es esencial en el estudio que estamos realizando. Un Curso de Milagros, dedica un Capítulo en el que profundiza sobre el Plan de perdón del Espíritu Santo.

La Expiación es para todos porque es la forma de desvanecer la creencia de que algo pueda ser únicamente para ti. Perdonar es pasar por alto. Mira entonces más allá del error, y no dejes que tu percepción se fije en él, pues, de lo contrario, creerás lo que tu percepción te muestre. Acepta como verdadero sólo lo que tu hermano es, si quieres conocerte a ti mismo. Percibe lo que él no es, y no podrás saber lo que eres porque lo estarás viendo falsa­mente. Recuerda siempre que tu Identidad es una Identidad compartida, y que en eso reside Su realidad.

Tienes un papel que desempeñar en la Expiación, pero el plan de la Expiación en sí está más allá de ti. No sabes cómo pasar por alto los errores pues, de lo contrario, no los cometerías. Creer que no los cometes, o que los puedes corregir sin un Guía cuyo propósito es corregirlos, no sería más que otro error. Y si no sigues a ese Guía, tus errores no podrán ser corregidos. El plan no lo elaboraste tú debido a las limitadas ideas que tienes acerca de lo que eres. De esta sensación de limitación es de donde emanan todos los errores. La forma de deshacerlos, por lo tanto, no procede de ti, sino que es para ti.

La Expiación es una lección acerca de cómo compartir, que se te da porque te has olvidado de cómo hacerlo. El Espíritu Santo simplemente te recuerda el uso natural de tus capacidades. Al reinterpretar la capacidad de atacar como la capacidad de com­partir, Él transforma lo que tú inventaste en lo que Dios creó. Si quieres, alcanzar esto por medio de Él, no puedes contemplar tus capacidades a través de los ojos del ego, o las juzgarás como él lo hace. El daño que puedan ocasionar reside en el juicio del ego. El beneficio que puedan aportar reside en el juicio del Espíritu Santo”. (T-9.IV.1-3:6)

¡Uauu! ¡Qué maravilla! Perdonad esta licencia.

Tenemos un papel que desempeñar en la Expiación, nos revela el punto anterior. Dicho papel ha de llevarnos a aceptar la inocencia de nuestro hermano, de esta manera estaremos viendo la Expiación en él. Al proclamarla en él hacemos que sea nuestra. Podemos decir, que su inocencia es nuestra Expiación.

Todo el mundo tiene un papel especial en la Expiación, pero el mensaje que se le da a cada uno de ellos es siempre el mismo: El Hijo de Dios es inocente.

Nos enseña el Curso, que “la única responsabilidad del obrador de milagros es aceptar la Expia­ción para sí mismo. Esto significa que reconoces que la mente es el único nivel creativo, y que la Expiación puede sanar sus errores. Una vez que hayas aceptado esto, tu mente podrá solamente sanar”.

Con relación a la curación, el milagro es el medio, la Expiación el principio y la curación el resultado. Hablar de "una curación milagrosa" es combinar impropiamente dos órdenes de realidad diferentes. Una curación no es un milagro. La Expiación -el último milagro- es un remedio, y cualquier clase de curación es su resultado. Es irrelevante a qué clase de error se aplique la Expiación. Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, debemos estar libres de todo miedo. Un paso importante en el plan de la Expiación es deshacer el error en todos los niveles.

El valor de la Expiación no reside en la manera en que ésta se expresa. De hecho, si se usa acertadamente, será expresada ine­vitablemente en la forma que le resulte más beneficiosa a aquel que la va a recibir. Esto quiere decir que para que un milagro sea lo más eficaz posible, tiene que ser expresado en un idioma que el que lo ha de recibir pueda entender sin miedo. Eso no signi­fica que ése sea necesariamente el más alto nivel de comunica­ción de que dicha persona es capaz. Significa, no obstante, que ése es el más alto nivel de comunicación de que es capaz ahora. El propósito del milagro es elevar el nivel de comunicación, no reducirlo mediante un aumento del miedo.

¿Cómo debemos solicitar la Expiación?

Antes de pasar a dar una respuesta a esta cuestión, me gustaría aportar algunas pistas que nos servirán de orientación sobre este tema.

Reaccionar ante cualquier error, por muy levemente que sea, significa que no se está escuchando al Espíritu Santo. Él simple­mente pasa por alto todos los errores, y si nosotros le damos importancia, es que no lo estamos oyendo a Él. Si no lo oímos, es que estamos escuchando al ego, y mostrándonos tan insensato como el hermano cuyos errores percibimos. Esto no puede ser corrección. como resultado de ello, no sólo se quedan sus errores sin corregir, sino que renunciamos a la posibilidad de poder corregir los nuestros.

Cuando un hermano se comporta de forma demente sólo lo podemos sanar percibiendo cordura en él. Si percibimos sus errores y los aceptamos, estamos aceptando los nuestros. Si queremos entregarle nuestros errores al Espíritu Santo, tenemos que hacer lo mismo con los suyos. A menos que ésta se convierta en la única manera en que lidiamos con todos los errores; no podremos entender cómo se deshacen.
No nos podemos corregir a nosotros mismo. ¿Cómo íbamos a poder entonces corregir a otro?
Nuestra función no es cambiar a nuestro hermano, sino simplemente acep­tarlo tal como es. Percibir errores en alguien, y reaccionar ante ellos como si fueran reales, es hacer que sean reales para nosotros.
Los errores que nuestro hermano comete no es él quien los comete, tal como no somos nosotros  quienes cometemos los nuestros. Si consideramos reales sus errores, nos estaremos atacando a nosotros mismo. Cualquier intento que hagamos por corregir a un hermano significa que creemos que podemos corregir, y eso no es otra cosa que la arrogancia del ego. La corrección le corresponde a Dios, Quien no conoce la arrogancia.

Aquí todos estamos unidos en la Expiación, y no hay nada más en este mundo que pueda unirnos. Así es como desaparecerá el mundo de la separación, y como se restablecerá la plena comunicación entre Padre e Hijo.

Otras de las referencias del Curso, nos revela: “La Expiación no te hace santo. Fuiste creado santo. La Expia­ción lleva simplemente lo que no es santo ante la santidad, o, en otras palabras, lo que inventaste ante lo que eres”.

“La Expiación te enseña cómo escapar para siempre de todo lo que te has enseñado a ti mismo en el pasado, al mostrarte única­mente lo que eres ahora”.

Retomando la cuestión que nos habíamos planteado, respondemos a cómo podemos solicitar la Expiación:

Nuestro papel consiste simplemente en hacer que nuestro pensamiento retorne al punto en que se cometió el error, y en entregárselo allí a la Expiación en paz. Repitamos para nuestros aden­tros lo que sigue a continuación tan sinceramente como podamos, recordando que el Espíritu Santo responderá de lleno a nuestra más leve invitación:

Debo haber decidido equivocadamente porque no estoy en paz.
Yo mismo tomé esa decisión, por lo tanto, puedo tomar otra.
Quiero tomar otra decisión porque deseo estar en paz.
No me siento culpable porque el Espíritu Santo, si se lo permito  anulará todas las consecuencias de mi decisión equivocada.
Elijo permitírselo, al dejar que Él decida en favor de Dios por mí.


El título de este Principio nos advierte que la Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo. Desde este punto de vista, la creencia en la separación forma parte del tiempo pasado, identificándose como el origen, la causa que ha dado lugar al mundo de la ilusión y a la hegemonía del ego.

La Expiación es el medio a través del cual puedes liberarte del pasado, ya que desvanece los erro­res que cometiste en él, haciendo de este modo innecesario el que sigas volviendo sobre tus pasos sin avanzar hacia tu retorno. En este sentido la Expiación ahorra tiempo, pero al igual que el milagro al que sirve, no lo abole. Mientras siga habiendo necesidad de Expiación, seguirá habiendo necesidad de tiempo. Pero la Expiación, en cuanto que plan que ya se ha completado, tiene una relación única con el tiempo. Hasta que la Expiación no se complete, sus diversas fases evolucionarán en el tiempo, pero la Expiación en su totalidad se encuentra al final del tiempo. En ese punto el puente de retorno ya se ha construido.