sábado, 20 de enero de 2024

Principio 20: Los milagros despiertan nuevamente la consciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad.

PRINCIPIO 20

Los milagros despiertan nuevamente la consciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad. Este reconocimiento es lo que le confiere al milagro su poder curativo.


El dolor es dormir; el júbilo, despertar.

Los milagros, al despertar nuestra consciencia y revelarnos el Ser que Somos, realmente, lo que está haciendo es indicarnos que el camino que ha de conducirnos al Estado de júbilo-despertar es perdonar.

Esta idea se desarrolla en el Libro de Ejercicios, concretamente en la Lección 198:

“El perdón desvanece todos los demás sueños, y aunque en sí es un sueño, no da lugar a más sueños. Todas las ilusiones, salvo ésta, no pueden sino multiplicarse de mil en mil. Pero con ésta, a todas las demás les llega su fin. El perdón representa el fin de todos los sueños, ya que es el sueño del despertar. No es en sí la verdad. No obstante, apunta hacia donde ésta se encuentra, y provee dirección con la certeza de Dios Mismo. Es un sueño en el que el Hijo de Dios despierta a su Ser y a su Padre, sabiendo que Ambos son uno”. (L-pI.198.3:1-7))

Así lo expresa Kenneth Wapnick al referirse a este Principio: “Ahí está, otra vez, la misma idea, de que la verdad y la santidad no se encuentran en el cuerpo, se encuentran en nuestras mentes. Cuando nuestras mentes se sanen totalmente recordaremos que la verdad está en nuestra Identidad como espíritu”.

Este Principio nos ofrece la oportunidad de profundizar en la idea del sueño y del despertar. Vamos a dedicar las siguientes líneas a recoger lo que el Curso tiene que aportar sobre este particular.

Habrá que remontarse a los “inicios” para rescatar el significado del Estado llamado El jardín del Edén -la condición que existía antes de la separa­ción- era un estado mental en el que no se necesitaba nada" (T-2.I.3:1).
Nos refiere el Curso que, "cuando Adán dio oídos a "las mentiras de la serpiente", lo único que oyó fueron falsedades. Tú no tienes por qué continuar cre­yendo lo que no es verdad, a no ser que así lo elijas(T-2.I.3:2-3).

Es importante que sepamos, que la realidad a la que nos invitó “la serpiente”, "puede literalmente desaparecer en un abrir y cerrar de ojos por­que no es más que una percepción falsa. Lo que se ve en sueños parece ser muy real. La Biblia nos refiere que sobre Adán se abatió un sueño profundo, mas no se hace mención en ninguna parte a que haya despertado. El mundo no ha experimentado todavía ningún despertar o renacimiento com­pleto. Un renacer así es imposible mientras sigamos proyectando o creando falsamente. No obstante, la capacidad de extender tal como Dios nos extendió Su Espíritu permanece todavía dentro de nosotros. En realidad, ésta es nuestra única alternativa, pues se nos dio el libre albedrío para que nos deleitáramos creando lo perfecto" (T-2.I.3:4-10).

Me pregunto, ¿por qué el Hijo de Dios eligió soñar a estar despierto?

Me abordan, otras muchas reflexiones. En el mundo de la ilusión, utilizamos el sueño como un periodo para descansar. Sin embargo, Un Curso de Milagros nos indica que el descanso no se deriva de dormir sino de despertar.

El Texto del Curso dedica un Capítulo en el que habla de las base del sueño y que considero importante para comprender el significado del estado que estamos analizando.

¿No es acaso cierto que de los sueños surge un mundo que parece ser muy real? Mas examina lo que es ese mundo. Obvia­mente no es el mundo que viste antes de irte a dormir. Es más bien una distorsión de él, urdida exclusivamente en torno a lo que tú hubieses preferido que ocurriese. En él eres "libre" para reconstruir lo que parecía atacarte, y convertirlo en un tributo a tu ego, que se indignó por el "ataque". Ése no sería tu deseo a menos que no te identificases a ti mismo con el ego, que siempre se ve a sí mismo, y, por lo tanto, a ti, como sometido a un cons­tante ataque y sumamente vulnerable a él" (T-18.II.1:1-6).

"Los sueños son caóticos porque están regidos por tus deseos conflictivos, y así, lo que es verdad les trae sin cuidado. Son el mejor ejemplo de cómo se puede utilizar la percepción para sus­tituir a la verdad por ilusiones. Al despertar no los tomas en serio, pues el hecho de que la realidad se viola tan radicalmente en ellos resulta evidente. Sin embargo, son una manera de ver el mundo y de cambiarlo para que se adapte mejor al ego. Son ejemplos impresionantes, tanto de la incapacidad del ego para tolerar la realidad, como del hecho de que tú estás dispuesto a cambiar la realidad para beneficiarlo a él" (T-18.II.2:1-5).

"La diferencia entre lo que ves en sueños y lo que ves al desper­tar no te resulta inquietante. Reconoces que lo que ves al desper­tar se desvanece en los sueños. Al despertar, no obstante, no esperas que haya desaparecido. En los sueños eres tú quien determina todo. Las personas se convierten en lo que tú quieres que sean y hacen lo que tú les ordenas. No se te impone ningún límite en cuanto a las sustituciones que puedes llevar a cabo. Por algún tiempo parece como si se te hubiese dado el mundo para que hicieses de él lo que se te antojase. No te das cuenta de que lo estás atacando y tratando de subyugarlo para que se avenga a tus deseos" (T-18.II.3:1-8).

"Los sueños son desahogos emocionales en el nivel de la percep­ción en los que literalmente profieres a gritos: "¡Quiero que las cosas sean así!" Y aparentemente lo consigues. Mas los sueños son inseparables de su fuente. La ira y el miedo los envuelven, y en cualquier instante la ilusión de satisfacción puede ser invadida por la ilusión de terror. Pues el sueño de que tienes la capacidad de controlar la realidad y de sustituirla por un mundo que pre­fieres es aterrante. Tus intentos de eliminar la realidad son aterra­dores, pero no estás dispuesto a aceptar esto. Por lo tanto, lo sustituyes con la fantasía de que la realidad es lo que es aterra­dor, y no lo que tú quieres hacer de ella. Y de este modo la culpa­bilidad se vuelve real" (T-18.II.4:1-8).

"Los sueños te muestran que tienes el poder de construir un mundo a tu gusto, y que por el hecho de desearlo lo ves. mien­tras lo ves no dudas de que sea real. Mas he ahí un mundo, que aunque claramente existe sólo en tu mente, parece estar afuera. No reaccionas ante él como si tú mismo lo hubieses construido, ni te das cuenta de que las emociones que el sueño suscita no pueden sino proceder de ti. Los personajes del sueño y sus accio­nes parecen dar lugar al sueño. No te das cuenta de que eres tú el que los hace actuar por ti, ya que, si fueses tú el que actuase, la culpa no recaería sobre ellos, y la ilusión de satisfacción desapare­cería. Estos hechos no son ambiguos en los sueños. Pareces des­pertar, y el sueño desaparece. Pero lo que no reconoces es que lo que dio origen al sueño no desapareció con él. Tu deseo de cons­truir otro mundo que no es real sigue vivo en ti. Y pareces des­pertar a lo que no es sino otra forma de ese mismo mundo que viste en tus sueños. Estás soñando continuamente. Lo único que es diferente entre los sueños que tienes cuando duermes y los que tienes cuando estás despierto es la forma que adoptan, y eso es todo. Su contenido es el mismo. Constituyen tu protesta contra la realidad, y tu idea fija y demente de que la puedes cambiar. En los sueños que tienes mientras estás despierto, la relación especial ocupa un lugar especial. Es el medio con el que tratas de que los sueños que tienes mientras duermes se hagan realidad. De esto no puedes despertar. La relación especial representa tu resolución de mantenerte aferrado a la irrealidad, y de impedirte a ti mismo despertar. mientras le otorgues más valor a estar dormido que a estar despierto, no querrás despertar” (T-18.II.5:1-20).

"El aprendizaje que verdaderamente corrige comienza siempre con el despertar del espíritu y con el rechazo de la fe en la visión física. Sin embargo, esto frecuentemente entraña temor, ya que tienes miedo de lo que tu visión espiritual te mostraría" (T-2.V.7:1-2).

Debemos reconocer que somos el soñador del mundo de los sueños. "Todo lo que aterrorizó al Hijo de Dios y le hizo pensar que había perdido su inocencia, repudiado a su Padre y entrado en guerra consigo mismo no es más que un sueño fútil. Mas ese sueño es tan temible y tan real en apariencia, que él no podría despertar a la realidad sin verse inundado por el frío sudor del terror y sin dar gritos de pánico, a menos que un sueño más dulce precediese su despertar y permi­tiese que su mente se calmara para poder acoger -no temer- la Voz que con amor lo llama a despertar; un sueño más dulce, en el que su sufrimiento cesa y en el que su hermano es su amigo. Dios dispuso que su despertar fuese dulce y jubiloso, y le pro­porcionó los medios para que pudiese despertar sin miedo" (T-27.VII.13:3-5).

Esa Voz dispuesta a despertarnos con amor es el Espíritu Santo, el cual, siempre práctico en Su sabiduría, acepta nuestros sueños y los emplea en beneficio de nuestro despertar.

¿Cómo actúa el Espíritu Santo dentro del sueño para ayudarnos a despertar?

La respuesta a esta cuestión viene recogida en el punto V del capítulo 6 del Curso, el cual trata sobre las lecciones del Espíritu Santo:

Como cualquier buen maestro, el Espíritu Santo sabe más de lo que tú sabes ahora, y sólo te enseña para que llegues a ser igual que Él. Tú te enseñaste mal a ti mismo al creer lo que no era cierto. No creíste en tu propia perfección. ¿Iba acaso Dios a ense­ñarte que habías fabricado una mente dividida, cuando Él sabe que tu mente es íntegra? Lo que Dios sí sabe es que Sus canales de comunicación no están abiertos a Él, lo cual le impide impartir­les Su gozo y, así, saber que Sus Hijos son completamente dicho­sos. El dar de Su gozo es un proceso continuo, no en el tiempo sino en la eternidad. La extensión de Dios, aunque no Su comple­ción, se obstruye cuando la Filiación no se comunica con Él cual una sola. Así que Dios pensó: "Mis Hijos duermen y hay que despertarlos" (T-6.V.1:1-8).

"¿Qué podría despertar más dulcemente a un niño que una tierna voz que no lo asusta sino que simplemente le recuerda que la noche ya pasó y que la luz ha llegado? No se le dice que las pesadillas que lo estaban aterrorizando tanto no eran reales, pues los niños creen en la magia. Simplemente se le asegura que ahora está salvo. Más tarde se le enseña a distinguir la diferencia entre estar dormido y estar despierto, para que entienda que no tiene que tener miedo de los sueños. Y así, cuando vuelva a tener pesa­dillas, él mismo invocará la luz para desvanecerlas" (T-6.V.2:1-5).

"Un buen maestro enseña mediante un enfoque positivo, no mediante uno negativo. No hace hincapié en lo que tienes que evitar para escapar de lo que te puede hacer daño, sino en lo que tienes que aprender para ser feliz. Piensa en el miedo y en la confusión que un niño experimentaría si le dijeran: "No hagas eso porque es muy peligroso y te puede hacer daño, pero si haces esto otro, no te harás daño, estarás a salvo y no tendrás miedo". Defi­nitivamente es mucho mejor usar tan solo tres palabras: "¡Haz sólo esto!" Esta simple afirmación es perfectamente inequívoca y muy fácil de entender y de recordar" (T-6.V.3:1-5).

"El Espíritu Santo nunca hace una relación detallada de los erro­res porque Su intención no es asustar a los niños, y los que carecen de sabiduría son niños. Siempre responde, no obstante, a su lla­mada, y el hecho de que ellos puedan contar con Él los hace sen­tirse más seguros. Los niños ciertamente confunden las fantasías con la realidad, y se asustan porque no pueden distinguir la dife­rencia que hay entre ellas. El Espíritu Santo no hace distinción alguna entre diferentes clases de sueños. Simplemente los hace desaparecer con Su luz. Su luz es siempre la llamada a despertar, no importa lo que hayas estado soñando. No hay nada duradero en los sueños, y el Espíritu Santo, que refulge con la Luz de Dios Mismo, sólo habla en nombre de lo que perdura eternamente”. (T-6.V.4:1-7))

"Toda clase de enfermedad, e incluso la muerte, son expresiones físicas del miedo a despertar. Son intentos de reforzar el sueño debido al miedo a despertar" (T-8.IX.3:2-3).

"Dormir es aislarse; desper­tar, unirse" (T-8.IX.3:6).

"La manera en que te despiertas indica cómo usaste el tiempo que pasaste durmiendo. 2¿A quién se lo ofreciste? 3¿Bajo que maestro lo pusiste? 4Siempre que te despiertas desanimado es que no se lo ofreciste al Espíritu Santo. 5Sólo cuando te despiertas feliz utilizaste el tiempo que pasaste durmiendo en armonía con Su propósito. 6Dormir puede ciertamente "drogarte" si lo usas inde­bidamente en favor de la enfermedad. 7Dormir no es una forma de muerte de la misma manera en que la muerte no es una forma de inconsciencia. 8La inconsciencia total es imposible. 9Puedes descansar en paz debido únicamente a que estás despierto" (T-8.IX.4:1-8).

"La curación es la liberación del miedo a despertar, y la substi­tución de ese miedo por la decisión de despertar. La decisión de despertar refleja la voluntad de amar, puesto que toda curación supone la sustitución del miedo por el amor" (T.8.IX.5:1-2).

¿Hasta cuándo tendremos que permanecer dormidos?

Cuando hacemos alusión al estado del “sueño”, lo que realmente estamos diciendo es que el Hijo de Dios ha olvidado Su Origen y ha creído sustituirlo por otra identidad. Por lo tanto, despertará cuando recuerde su verdadera identidad.

Recordaremos todo en el instante en que lo deseemos de todo cora­zón, pues si desear de todo corazón es crear, nuestra voluntad habrá dispuesto el fin de la separación, y simultáneamente le habremos devuelto nuestra mente a nuestro Creador y a nuestras creaciones. Al conocerlos, ya no tendremos deseos de dormir, sino sólo el deseo de despertar y regocijarnos. Soñar será imposible porque sólo desearemos la verdad, y al ser ésa por fin nuestra voluntad, dispondremos de ella.

“Cuando despiertes, verás la verdad a tu alrededor y dentro de ti, y ya no creerás en los sueños porque éstos dejarán de ser reales para ti. El Reino, en cambio, y todo lo que allí has creado, será sumamente real para ti porque es hermoso y verdadero”. (T-6.IV.6:7-8)

Doy fin a esta introducción sobre el sueño y el despertar, con esta hermosa cita:

“Acepta el sueño que Él te dio en lugar del tuyo. No es difícil cambiar un sueño una vez que se ha identificado al soñador. Des­cansa en el Espíritu Santo, y permite que Sus dulces sueños reem­placen a los que soñaste aterrorizado, temiéndole a la muerte. El Espíritu Santo te brinda sueños de perdón, en los que la elección no es entre quién es el asesino y quién la víctima. Los sueños que Él te ofrece no son de asesinatos ni de muerte. El sueño de culpa­bilidad está desapareciendo de tu vista, aunque tus ojos están cerrados. Una sonrisa ha venido a iluminar tu rostro durmiente. Duermes apaciblemente ahora, pues éstos son sueños felices” (T-27.VII.14:1-8).

viernes, 19 de enero de 2024

Principio 19: Los milagros hacen que las mentes sean una en Dios.

PRINCIPIO 19

Los milagros hacen que las mentes sean una en Dios. Se basan en la cooperación porque la Filiación es la suma de todo lo que Dios creó. Los milagros reflejan, por lo tanto, las leyes de la eternidad, no las del tiempo.



Para el ego, el milagro es algo antinatural debido a que no entiende cómo es posible que mentes separadas puedan influenciarse unas a otras. Pero las mentes no pueden estar separadas. De ahí que los milagros siem­pre cambian nuestra mente, en verdad no hay ninguna otra.

A lo largo del estudio del Curso de Milagros, tendremos que tratar, inevitablemente, el tema de la unidad y de la mente. No obstante y a título de introducción, me gustaría aprovechar el contenido de este Principio para realizar un acercamiento a dichos temas.

Ya que vamos a hablar sobre la unidad, me gustaría comenzar aludiendo al origen de la separación.

La capacidad de extenderse es un aspecto fundamental de Dios que Él le dio a Su Hijo. En la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Volun­tad de crear que Él posee. No sólo fuiste plenamente creado, sino que fuiste creado perfecto. No existe vacuidad en ti. Debido a la semejanza que guardas con tu Creador eres creativo. Ningún Hijo de Dios puede perder esa facultad, ya que es inherente a lo que él es, pero puede usarla de forma inadecuada al proyectar. El uso inadecuado de la extensión -la proyección- tiene lugar cuando crees que existe en ti alguna carencia o vacuidad, y que puedes suplirla con tus propias ideas, en lugar de con la verdad. Este proceso comprende los siguientes pasos":
  • Primero: Crees que tu mente puede cambiar lo que Dios creó.
  • Segundo: Crees que lo que es perfecto puede volverse imper­fecto o deficiente.
  • Tercero: Crees que puedes distorsionar las creaciones de Dios, incluido tú.
  • Cuarto: Crees que puedes ser tu propio creador y que estás a cargo de la dirección de tu propia creación. (T-2.I.1:1-12)
Se entiende, que el uso incorrecto de la capacidad creadora (hemos heredado los Atributos de nuestro Creador), es decir, la proyección (acto que nos induce a dirigir nuestra atención hacia lo exterior), se produce cuando existe en nosotros alguna carencia. Pero, ¿qué carencia podría tener el Hijo de Dios, gozando de la Plenitud Divina al ser una Extensión de la Mente de Dios?

Esa carencia hay que entenderla como el intenso deseo de experimentar la individualidad, es decir, el propio aprendizaje. Es por lo que el Texto nos dice que el error se consuma cuando creemos que podemos suplir esa carencia con ideas propias, en lugar de con la verdad.

Podemos decir, que estamos ante la elección. No hay otra elección. Tan sólo esa. La Esencia de origen mental, decide “imitar a su creador”, pero lo hace fuera del Seno de donde ha sido Emanada. A partir de ese “pensamiento único”, dio comienzo la proyección y la posterior identificación con lo fabricado: imágenes que dieron lugar al aprendizaje a través de la percepción (aparición del ego y de su vehículo, el cuerpo).

¿Qué consecuencias tiene la separación?: La sustitución del Amor por el miedo.

Nos dice el Curso que, "antes de la separación la mente era invulnerable al miedo, ya que el miedo no existía. Tanto la separación como el miedo son creaciones fal­sas que tienen que deshacerse a fin de que se pueda restaurar el templo y abrir el altar para que reciba la Expiación"  (T-2.III.2:2-3).

"Tienes miedo de la Voluntad de Dios, porque hemos usado nuestra mente, que Él creó a semejanza de la Suya Propia, para crear falsa­mente. La mente sólo puede crear falsamente cuando cree que no es libre. Una mente "aprisionada" no es libre porque está poseí­da, o refrenada, por sí misma. Está, por lo tanto, limitada, y la voluntad no es libre de afirmarse a sí misma. Ser uno es ser de una misma mente o voluntad. Cuando la Voluntad de la Filiación y la del Padre son una, la perfecta armonía entre ellas es el Cielo"  (T-3.II.4:1-6).

"La mente puede hacer que la creencia en la separación sea muy real y aterradora. A esta creencia es lo que se conoce por el "diablo". Es una idea poderosa, dinámica y destructiva que está en clara oposición a Dios debido a que literalmente niega Su Paternidad"  (T-3.VII.5:1-2).

Tal vez te estés preguntando, ¿por qué elegimos el miedo en vez del amor?

La respuesta a esta cuestión responde a que sólo nuestra mente puede producir miedo y esta situación se produce cada vez que está en conflicto con res­pecto a lo que quiere, lo cual, inevitablemente, produce tensión, ya que existen discrepancias entre lo que quiere y lo que hace al res­pecto. Eso sólo puede corregirse aceptando un objetivo unificado.

Hemos dicho que la proyección es un acto erróneo de la mente. Pues bien, "el primer paso correctivo para deshacer ese error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo. De alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría tenido lugar. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación"  (T-2.VI.7:1-8) .

“Todo el mundo experimenta miedo. Sin embargo, no se reque­riría más que una pequeña dosis de recto pensar para que uno pudiese darse cuenta de por qué se produce. Son muy pocos los que aprecian el verdadero poder de la mente, y nadie permanece totalmente consciente de él todo el tiempo. No obstante, si espe­ras librarte del miedo hay algunas cosas que debes comprender, y comprender plenamente. La mente es muy poderosa y jamás pierde su fuerza creativa. Nunca duerme. Está creando conti­nuamente. Es difícil reconocer la oleada de poder que resulta de la combinación de pensamiento y creencia, la cual puede literalmente mover montañas. A primera vista parece arrogante creer que posees tal poder, mas no es ésa la verdadera razón de que no lo creas. Prefieres creer que tus pensamientos no pueden ejercer ninguna influencia real porque de hecho tienes miedo de ellos. Eso puede mitigar la conciencia de culpabilidad, pero a costa de percibir a la mente como impotente. Si crees que lo que piensas no tiene ningún efecto, puede que dejes de tenerle miedo, pero es bastante improbable que le tengas respeto. No hay pensamien­tos fútiles. Todo pensamiento produce forma en algún nivel” (T-2.VI.9:1-14).

Decíamos que el proceso correctivo nos lleva hasta la Expiación. Bien, "el milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. Así se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que, como hemos dicho, son simplemente una falta de amor" (T-1.IV.2:6-7).

"Si una mente percibe sin amor, percibe tan sólo un armazón vacío y no se da cuenta del espíritu que mora adentro. Pero la Expiación restituye el espíritu al lugar que le corresponde. La mente que sirve al espíritu es invulnerable" (T-1.IV.2:9-11). Tendremos ocasión de dedicar un capítulo exclusivo al tema de la Expiación.

"Los milagros se dan en la mente que está lista para ellos. Dicha mente, al estar unida, se extiende a todos aun cuando el que obra milagros no se dé cuenta de ello. La naturaleza impersonal del milagro se debe a que la Expiación en sí es una, lo cual une a todo lo creado con su Creador" (T-1.III.7:1-3).

Un Curso de Milagros nos recomienda que no dejemos de vigilar a nuestra mente, ya que de otro modo no podría ser de ayuda al Espíritu Santo. "Obrar milagros requiere el que uno se dé cuenta plenamente del poder de los pensamientos a fin de evitar las creaciones falsas" (T-2.VII.2:2).

La proyección dio lugar a "la conciencia -el nivel de la percepción-, la primera divi­sión que se introdujo en la mente después de la separación, con­virtiendo a la mente de esta manera en un instrumento preceptor en vez de en un instrumento creador. La conciencia ha sido correctamente identificada como perteneciente al ámbito del ego. El ego es un intento erróneo de la mente de percibirnos tal como deseamos ser, en vez de como realmente somos. Sin embargo, sólo podemos conocernos a nosotros mismos como realmente somos, ya que de eso es de lo único que podemos estar seguros. Todo lo demás es cuestionable"  (T-3.IV.2:1-5).

Siguiendo con las recomendaciones mencionadas, el Curso nos invita a que nos cuidemos de las tentaciones del ego y de sus engaños. "En verdad, no tiene nada que ofrecernos. Añade, que cuando hayamos abandonado el des-ánimo voluntario, veremos cómo nuestra mente puede concentrarse, trascender toda fatiga y sanar. El Curso reconoce que no nos mantenemos lo suficientemente alerta contra las exigencias del ego como para poder librarnos de ellas. Eso no tiene por qué ser así" (T-4.IV.6:2-5).

"El hábito de colaborar con Dios y Sus creaciones se adquiere fácilmente si nos negamos diligentemente a dejar que nuestra mente diva­gue"  (T-4.IV.7:1).

“Lo que es lo mismo no puede ser diferente, y lo que es uno no puede tener partes separadas” (T-25.I.7:7).

jueves, 18 de enero de 2024

Principio 18: El milagro es un servicio.

PRINCIPIO 18

 El milagro es un servicio. Es el máximo servicio que le puedes prestar a otro. Es una manera de amar al prójimo como a ti mismo, en la que reconoces simultáneamente tu propia valía y la de él.

Existe una Regla de Oro, de la cual, el Curso de Milagros nos dice es la norma del comportamiento apropiado. La Regla de Oro nos pide que nos comportemos con los demás como quisiéramos que ellos se comportasen con nosotros. Esta Regla nos recuerda, que respondemos a lo que percibimos y tal como percibimos así nos comportamos. Por lo tanto, la percepción que tenemos de nosotros mismos, así como la que tenemos de los demás debe ser fidedigna.
Si nuestra percepción es incorrecta no podremos comportarnos de manera apropiada.

Desde la visión de la Unidad, en la que formamos parte de una misma familia, la percepción que tengamos con nosotros mismos y con los demás, condicionará el modo en cómo nos vamos a comportar con ambos, es decir, con nosotros mismos y con los demás.

Si en cambio nuestra visión es de separación, cuando atacamos el error que vemos en el otro, en verdad, nos estaremos haciendo daño a nosotros mismos. Como bien expresa el Curso, no podemos conocer a nuestro hermano, si lo atacamos.

Atacamos aquello que consideramos extraño, y si atacamos a nuestro hermano, lo estamos considerando un extraño y no podremos conocerle, lo que está poniendo de manifiesto que, realmente, no nos conocemos a nosotros mismos.

Este Principio nos ofrece la oportunidad de profundizar sobre la idea que hemos expuesto de inicio, el milagro es una manera de amar al prójimo como a nosotros mismos.

Podemos partir diciendo, que la separación es la fuente de la culpabili­dad, y cuando recurrimos a ella para salvarnos, en verdad lo que estamos proclamando es nuestra creencia de que estamos solo. De ello se deduce que estar solo es ser culpable, pues al sentir que estamos solo, lo que estamos haciendo es negar la Unidad entre Padre e Hijo.

Sin embargo, no hay diferen­cias entre los Hijos de Dios y todo les pertenece a todos por igual. Arrebatarle algo a uno de ellos es desposeerlos a todos. Mas bendecir a uno de ellos, es bendecirlos a todos cual uno solo.

En el capítulo V del Curso, concretamente en su introducción nos revela la capacidad de expansión que tiene la luz cuando es manifestada a través del pensamiento amoroso:

Todo pensamiento benévolo que cualquiera de tus hermanos abrigue en cualquier parte del mundo te bendice. Deberías que­rer bendecirles a tu vez, como muestra de agradecimiento. No tienes que conocerlos personalmente ni ellos a ti. La luz es tan potente que irradia a través de toda la Filiación, la cual da gracias al Padre por irradiar Su dicha sobre ella. Únicamente los santos Hijos de Dios son canales dignos de Su hermosa dicha porque sólo ellos son lo suficientemente hermosos como para conservarla compartiéndola. Es imposible que un Hijo de Dios pueda amar a su prójimo de manera diferente de como se ama sí mismo. De ahí que la plegaria del sanador sea":

"Permíteme conocer a este hermano como me conozco a mí mismo" (T-5.In.3:1-8).

Mientras dure la percepción, debemos agradecer el hecho de que nuestro hermano sea el espejo en el que vemos reflejada la imagen que tenemos de nosotros mismos. La percepción perdurará hasta que la Filiación reconozca que es íntegra.  Nosotros inventamos la percepción, y ésta perdurará mientras la sigamos deseando.

Sabemos por las enseñanzas del Curso, que es imposible apreciar la realidad parcialmente. En verdad, se ha dicho que no podemos servir a dos amos a la vez.
No podemos negar parte de la Filiación sólo en parte. Es tan imposible como lo es amarla sólo en parte. No es posible tampoco amarla totalmente sólo a veces. No podemos estar, totalmente comprometido sólo en algunas ocasiones. Si le negamos la bendición a un hermano, nos sentiremos desposeídos. Nos estaremos negando la bendición a nosotros mismos, o lo que es lo mismo, nos estaríamos condenando.

Cuando un hermano actúa insensatamente, te está ofreciendo una oportunidad para que lo bendigas. Su necesidad es la tuya. Tú necesitas la bendición que puedes darle. No hay manera de que tú puedas disponer de ella excepto dándola. Ésa es la ley de Dios, la cual no hace excepciones. Careces de aquello que niegas, no porque haya carencia de ello, sino porque se lo has negado a otro, y, por lo tanto, no eres consciente de ello en ti. Lo que crees ser determina tus reacciones, y lo que deseas ser es lo que crees que eres. Lo que deseas ser, entonces, determina forzosamente todas tus reacciones”. (T.8.VII.2:1-7)

Si aceptamos la percepción variable que nuestro hermano tiene de sí mismo, estaremos aceptando que su mente dividida es la nuestra, y no aceptaremos nuestra pro­pia curación sin la suya.

Debemos reforzar nuestra mente con la visión de que compartimos el mundo real de la misma manera en que compartimos el Cielo, y la curación de nuestro hermano es nuestra curación.

Si percibimos que un hermano nos ha ofendido debemos arrancar la ofensa de nuestra mente. Si lo que percibimos nos ofende, nos ofendemos a nosotros mismos y condenamos al Hijo de Dios a quien Dios no condena.

En estas ocasiones, el Curso nos dice: “deja que el Espíritu Santo elimine todas las ofensas que el Hijo de Dios comete contra sí mismo y no percibas a nadie si no es a través de Su consejo, pues Él quiere salvarte de toda condenación. Acepta Su poder sanador y extiéndelo a todos los que Él te envíe, pues Su Voluntad es sanar al Hijo de Dios, con respecto al cual Él no se engaña” (T-11.VIII.12:4-5).

"No podemos entablar ninguna relación real con ninguno de los Hijos de Dios, a menos que los amemos a todos, y que los amemos por igual. El amor no hace excepciones. Si otorgas tu amor a una sola parte de la Filiación exclusivamente, estarás sembrando culpabilidad en todas tus relaciones y haciendo que sean irreales. Sólo puedes amar tal como Dios ama. No intentes amar de forma diferente de como Él lo hace, pues no hay amor aparte del Suyo. Hasta que no reconozcamos que esto es verdad, no tendremos idea de lo que es el amor. Nadie que condena a un hermano puede considerarse inocente o que mora en la paz de Dios. Si es inocente y está en paz, pero no lo ve, se está engañando, y ello significa que no se ha contemplado a sí mismo" (T-13.X.11:2-8).

“No es un sueño amar a tu hermano como a ti mismo, ni tu relación santa es tampoco un sueño. Lo único que aún le queda del mundo de los sueños es que todavía es una relación especial. Mas le es muy útil al Espíritu Santo, Quien tiene una función especial aquí. Tu relación se convertirá en el sueño feliz a través del cual Él podrá derramar Su alegría sobre miles y miles de personas que creen que el amor es miedo y no felicidad. Deja que Él lleve a cabo la función que Él le asignó a tu relación al aceptarla en tu nombre, y no habrá nada que no contribuya a ella para que se convierta en lo que Él quiere que sea” (T-18.V.5:1-6).

¿Cómo podemos hacer del milagro un servicio para la Filiación?

Los milagros son simplemente la transformación de la negación en verdad. Si amarse uno a sí mismo significa curarse uno a sí mismo, los que están enfermos no se aman a sí mismos. Por lo tanto, están pidiendo el amor que los podría sanar, pero que se están negando a sí mismos. Si supiesen la verdad acerca de sí mismos no podrían estar enfermos. La tarea del obrador de mila­gros es, por lo tanto, negar la negación de la verdad. Los enfermos deben curarse a sí mismos, pues la verdad mora en ellos. Mas al haberla nublado, la luz de otra mente necesita brillar sobre la suya porque dicha luz es suya.

La luz brilla en todos ellos con igual intensidad independien­temente de cuán densa sea la niebla que la oculta. Si no le otor­gas a la niebla ningún poder para ocultar la luz, no tiene ninguno. Pues sólo tiene poder si el Hijo de Dios se lo confiere. Y debe ser él mismo quien le retire ese poder, recordando que todo poder es de Dios. Tú puedes recordar esto por toda la Filia­ción. No permitas que tu hermano se olvide, pues su olvido es también él tuyo. Pero cuando tú lo recuerdas, lo estás recordando por él también porque a Dios no se le recuerda solo. Esto es lo que has olvidado. Percibir la curación de tu hermano como tu propia curación es, por lo tanto, la manera de recordar a Dios. Pues te olvidaste de tus hermanos y de Dios, y la Respuesta de Dios a tu olvido no es sino la manera de recordar.

No percibas en la enfermedad más que una súplica de amor, y ofrécele a tu hermano lo que él cree que no se puede ofrecer sí mismo. (T-12.II.1:3)

miércoles, 17 de enero de 2024

Principio 17: Los milagros trascienden el cuerpo.

PRINCIPIO 17

Los milagros trascienden el cuerpo. Son cambios súbitos al dominio de lo invisible, más allá del nivel corporal. Por eso es por lo que curan.


La creencia de que somos un cuerpo necesita ser corregida, ya que es un error.

Me gustaría profundizar en esta idea y dedicar este artículo a la creencia egoica de que somos un cuerpo y sus consecuencias en nuestro proceso espiritual.

Lo primero que tenemos que saber, es que Dios no creó el cuerpo porque el cuerpo es destructible, y, por consiguiente, no forma parte del Reino. Sin embargo, el cuerpo es el símbolo de lo que creemos ser. Al ser un mecanismo de separación, podemos decir que no existe. A pesar de ello, el  Espíritu Santo, en la función que tiene encomendada dentro del sueño, utiliza nuestra creencia y logra que el cuerpo se  utilice como un recurso de aprendi­zaje.  El cuerpo no es real pero la mente sí lo es. La mente puede curar al cuerpo, pero el cuerpo no puede curar a la mente, lo que nos lleva a determinar que la mente tiene que ser más fuerte que el cuerpo. Nos revela el Curso que todo milagro es una demostración de esto.

La visión del ego le lleva a utilizar al cuerpo como un arma para atacar, para obtener placer y para vanagloriarse. En cambio, el Espíritu Santo ve el cuerpo solamente como un medio de comunicación, y puesto que comunicar es compartir, comunicar se vuelve un acto de comunión.

“El milagro es en gran medida como el cuerpo, en el sentido de que ambos son recursos de aprendizaje para facilitar un estado en el que finalmente se hacen innecesarios. Cuando se alcanza el estado original de comunicación directa con el espíritu, ni el cuerpo, ni el milagro, tienen objeto alguno. Pero mientras creas que estás en un cuerpo, puedes elegir entre canales de expresión sin amor o canales de expresión milagrosos" (T-1.V.1:1-3).

¿Qué uso debemos dar al cuerpo, a pesar de conocer que no es real, mientras que permanezcamos en el sueño?

Es importante tener una respuesta clara sobre este particular, pues como bien se recoge en el Libro de Ejercicios, Hay quienes odian al cuerpo y tratan de lastimarlo y humillarlo. Otros lo veneran y tratan de glorificarlo y exaltarlo. Pero mientras tu cuerpo siga siendo el centro del concepto que tienes de ti mismo, estarás atacando el plan de Dios para la salvación y abrigando resentimientos contra Él y contra Su creación, a fin de no oír la Voz de la verdad y acogerla como Amiga. El que has elegido como tu salvador ocupa Su lugar. Él es tu amigo; Dios, tu ene­migo" (L-pI.72.7:2-6).

Tanto el que odia al cuerpo como el que lo venera participa del mismo error, pues el cuerpo no puede proporcionarte ni paz ni desasosiego, ni alegría ni dolor. Es un medio, no un fin.

El mejor uso que podemos hacer del cuerpo es utilizarlo para que nos ayude a ampliar nuestra percepción, de forma que podamos alcanzar la verdadera visión de la que el ojo físico es incapaz. Aprender a hacer esto es la única utilidad real del cuerpo.

La Lección 199 del Libro de Ejercicios, nos anuncia que no podremos ser libres mientras nos percibamos como un cuerpo, pues ecuerpo es un límite. Nos refiere, que el que busca su libertad en un cuerpo la busca donde ésta no se puede hallar. La mente puede ser liberada cuando deja de verse a sí misma como que está den­tro de un cuerpo, firmemente atada a él y amparada por su pre­sencia.

Para el Espíritu Santo el cuerpo es únicamente un medio de comunicación.

El ego separa mediante el cuerpo. El Espíritu Santo llega a otros a través de él. No percibes a tus hermanos tal como el Espíritu Santo lo hace porque no crees que los cuerpos sean únicamente medios para unir mentes, y para unirlas con la tuya y con la mía. Esta interpretación del cuerpo te hará cambiar de parecer con respecto al valor de éste. El cuerpo, de por sí, no tiene ningún valor" (T-8.VII.2:3-7).

"Si usas el cuerpo para atacar, éste se convierte en algo perjudicial para ti. Si lo usas con el solo propósito de llegar hasta las mentes de aquellos que creen ser cuerpos para enseñarles a través del mismo cuerpo que eso no es verdad, entenderás el poder de la mente que reside en ti. Si usas el cuerpo con este fin, y sólo con este fin, no lo podrás usar para atacar. Cuando se usa con el propósito de unir se convierte en una hermosa lección de comu­nión, que tiene valor hasta que la comunión se consuma. Ésta es la forma en que Dios hace que lo que tú has limitado sea ilimitado. El Espíritu Santo no ve el cuerpo como lo ves tú porque sabe que la única realidad de cualquier cosa es el servicio que le presta a Dios en favor de la función que Él le asigna" ( T-8.VII.3:1-6).

"La comunicación pone fin a la separación. El ataque la fomenta. El cuerpo es feo o hermoso, violento o apacible, perju­dicial  o útil, dependiendo del uso que se haga de él. en el cuerpo de otro verás el uso que has hecho del tuyo. Si tu cuerpo se convierte en un medio que pones a disposición del Espíritu Santo para que Él lo use en nombre de la unión de la Filiación, no verás lo físico excepto como es. Úsalo para la verdad y lo verás correctamente. Úsalo incorrectamente y lo interpretarás mal, lo cual habrás hecho ya al usarlo incorrectamente. Interpreta cual­quier cosa sin el Espíritu Santo y desconfiarás de ello. Eso te conducirá al odio y al ataque, y hará que pierdas la paz”  (T-8.VII.4:1-9).

Es preciso que el cuerpo deje de atraernos y dejemos de prestarle ningún valor como medio de obtener algo, si queremos que nuestros pensamientos sean tan libres como los de Dios.

Debemos poner en manos del Espíritu Santo nuestra enseñanza en el uso del cuerpo. Debemos dejar de utilizar el cuerpo para fomentar la separación y el ataque y usarlo sólo como un medio de comunicación.

Alcanzado este punto, me gustaría transcribir lo que nos enseña el Libro de Ejercicios con relación a la idea que estamos tratando. Dedica un capítulo completo para explicar la visión de Un Curso de Milagros, con relación al cuerpo.

¿Qué es el cuerpo?

1. El cuerpo es una cerca que el Hijo de Dios se imagina haber erigido para separar partes de su Ser de otras partes. 2Cree vivir dentro de esa cerca, para morir a medida que ésta se deteriora y se desmorona. 3Pues cree estar a salvo del amor dentro de ella. 4Al identificarse con lo que considera es su seguridad, cree ser lo que ésta es. 5¿De qué otro modo, si no, podría estar seguro de que permanece dentro del cuerpo, y de que mantiene al amor afuera?
2. El cuerpo no perdurará. 2Sin embargo, para él eso supone una doble seguridad. 3Pues la temporalidad del Hijo de Dios es la "prueba” de que sus cercas funcionan y de que están llevando a cabo la tarea que su mente les asignó. 4Pues si su unidad aún permaneciese intacta, ¿quién podría atacar y quién podría ser ata­cado? 5¿Quién podría ser el vencedor? 6¿Quién la presa? 7¿Quién podría ser la víctima? 8¿Quién el asesino? 9Y si él no muriese, ¿qué "prueba" habría de que el eterno Hijo de Dios puede ser des­truido?
3. El cuerpo es un sueño. 2Al igual que otros sueños, a veces pa­rece reflejar felicidad, pero puede súbitamente revertir al miedo, la cuna de todos los sueños. 3Pues sólo el amor puede crear de verdad, y la verdad jamás puede temer. 4Hecho para ser temeroso, el cuerpo no puede sino cumplir el propósito que le fue asignado. 5Mas podemos cambiar el propósito que el cuerpo obedece si cambiamos de parecer con respecto a su finalidad.
4. El cuerpo es el medio a través del cual el Hijo de Dios recobra la cordura. 2Aunque el cuerpo fue concebido para condenarlo al infierno para siempre, el objetivo del Cielo ha substituido a la búsqueda del infierno. 3El Hijo de Dios busca la mano de su her­mano para ayudarlo a marchar por la misma senda que él. 4Ahora el cuerpo es santo. 5Ahora su propósito es sanar la misma mente para dar muerte a la cual fue concebido.
5. Te identificarás con lo que pienses que te ha de dar seguridad. 2Sea lo que sea, creerás que ello es lo que tú eres. 3Tu seguridad reside en la verdad, no en las mentiras. 4El amor es tu seguridad. 5El miedo no existe. 6Identifícate con el amor, y estarás a salvo. 7Identifícate con el amor, y estarás en tu morada. 8Identifícate con el amor, y hallarás tu Ser. (L-pII.5)

A diferencia como piensa el ego, el cuerpo no puede hacer nada por su cuenta. Si lo consideramos como un medio de herir, será herido, si lo consideramos un medio para sanar, sanará.

Ya que hacemos mención a la salud, trataremos algunas consideraciones relacionadas con este tema y el papel del cuerpo. Pero antes veamos cómo se originó el cuerpo desde el punto de vista del ego.

Fue la capacidad de percibir la que hizo que el cuerpo fuese posible, ya que para poder percibir algo, tenemos que tener algo con el cual percibirlo. La propia capacidad de percibir, llevó al ego a la creencia de que lo percibido era fruto de su creación. Desde este punto de vista, el ego llegó a la conclusión de que era el cuerpo que percibía.

El cuerpo es el hogar que el ego ha elegido para sí. Ésta es la única identificación con la que se siente seguro, ya que la vulnera­bilidad del cuerpo es su mejor argumento de que nuestro origen no puede proceder de Dios. Ésta es la creencia que el ego apoya ferviente­mente. Sin embargo, odia al cuerpo porque no lo considera lo suficientemente bueno como para ser su hogar.

Cuando este Principio nos dice que el milagro trasciende el cuerpo, está indicándonos que no es en el cuerpo donde se encuentra la causa del error que hay que rectificar, sino en la mente.

La enfermedad es el resultado de una confusión de niveles, pues siempre com­porta la creencia de que lo que está mal en un nivel puede afectar adversamente a otro. Los milagros es un medio de corregir la confusión de niveles, ya que todos los errores tienen que corregirse en el mismo nivel en que se originaron. Sólo la mente puede errar. El cuerpo sólo puede actuar equivo­cadamente cuando está respondiendo a un pensamiento falso. El cuerpo no puede crear y la creencia de que puede -error básico- ­da lugar a todos los síntomas físicos.

"La curación es el resultado de usar el cuerpo exclusivamente para los fines de la comunicación y nunca para la separación" (T-8.VII.10:1). No obstante, “cuando el ego te tiente a enfermar no le pidas al Espíritu Santo que cure al cuerpo; pues eso no sería sino aceptar la creencia del ego de que el cuerpo es el que necesita curación. Pídele, más bien, que te enseñe cómo percibir correctamente el cuerpo, pues lo único que puede estar distorsionado es la percepción. Sólo la percep­ción puede estar enferma porque sólo la percepción puede estar equivocada” (T-8.IX.1:5-7).

martes, 16 de enero de 2024

Principio 16: Los milagros son recursos de enseñanza para demostrar que dar es tan bienaventurado como recibir.

  PRINCIPIO 16

Los milagros son recursos de enseñanza para demostrar que dar es tan bienaventurado como recibir. Aumentan la fortaleza del que da y simultáneamente le dan fortaleza al que recibe.

Ya hemos tenido ocasión de reflexionar sobre la enseñanza de “dar y recibir”. En el Principio 9, veíamos cómo el milagro es una especie de intercambio, que brinda más amor tanto al que da como al que recibe.

Quiero aprovechar la oportunidad que nos ofrece este nuevo Principio para profundizar en la idea, controvertida e inusual desde el punto de vista del ego, de que cuando damos, recibimos.

La Lección 108 del Libro de Ejercicios, nos revela que Dar y recibir son en verdad lo mismo” y nos propone un ejercicio para que practiquemos y alcancemos la certeza de esa afirmación.

Dicha lección, nos indica que la verdadera visión depende de la idea expuesta. No está haciendo referencia a la visión que obtenemos con los ojos del cuerpo, está refiriéndose a un estado mental que se ha unificado en tal grado que la oscuridad no se puede percibir en absoluto.

La oscuridad representa el mundo fabricado por el ego, mientras que la luz es el estado natural con el que se expresa el Espíritu Santo. La oscuridad es sinónimo del error, de la ilusión y de todas las emociones derivadas del miedo: la culpa, la ira, el dolor, la tristeza, la necesidad, el conflicto, etc. La luz, en cambio, es sinónimo de la verdad, del principio inteligible, del conocimiento y de todas las emociones derivadas del amor: la impecabilidad, la felicidad, la alegría, la abundancia, le dicha, la paz, etc.

Oscuridad es igual a separación. Luz es igual a Unidad. Por lo tanto, cuando nuestra mente se vincula con la luz, su visión nos lleva al estado en el que no se pueden ver opuestos, y la visión, al haber sanado, tiene el poder de sanar.

“Ésta es la luz que extiende tu paz interior hasta otras mentes, para compartirla y regocijarse de que todas ellas sean una contigo y una consigo mismas. Esta es la luz que sana porque genera una sola percepción, basada en un solo marco de referencia, del que procede un solo significado" (L-pI.108.3:2-3).

"Ahí dar y recibir se ven como diferentes aspectos de un mismo Pensamiento, cuya verdad no depende de cuál de esos dos aspec­tos se vea primero, ni de cuál parezca estar en segundo lugar. Ahí se entiende que ambos ocurren simultáneamente, para que el Pensamiento conserve su integridad. Y este entendimiento es la base sobre la que se reconcilian todos los opuestos, ya que se perciben desde el mismo marco de referencia que unifica dicho Pensamiento” (L-pI.108.4:1-3).

A veces esta afirmación no es bien entendida, pues nos lleva al acto de dar pensando en lo que vamos a recibir, es decir, condicionamos el dar con el recibir, o lo que es lo mismo, somos nosotros los que damos valor a lo que recibimos y el que fija el precio de acuerdo con lo que da. Como bien expresa el Curso, “Creer que es posible obtener mucho a cambio de poco es creer que puedes regatear con Dios” (T-9.II.11:2).

Cuando damos, recibimos, pero recibir es aceptar, no tratar de obtener algo. Dice UCDM, que "es imposible no tener, pero es posible que no sepas que tienes" (T-9.II.11:6).

Cuando estamos dispuestos a dar, estamos reconociendo que tenemos, y solo así, estando dispuesto a dar, podemos reconocer lo que tenemos. Lo que damos, en definitiva, está estrechamente relacionado con el valor que le hemos adjudicado a lo que tenemos, pues ese es el valor exacto que le hemos adjudicado.

Esta reflexión debe llevarnos a cuestionarnos si realmente sabemos lo que tenemos y qué valor le estamos dando.

La visión del ego nos lleva a creer que dar, es perder. Por lo tanto, cuanto menos das, menos recibes. De esta manera, se identifica con la tribulación y prefiere adoptar el rol de víctima antes de ver las cosas de otra manera.

La visión del Espíritu Santo nos lleva a la unicidad de la mente y a la creencia de que dar y recibir es lo mismo. En verdad, cuando damos al “otro” estamos dándonos a nosotros mismos, pues la separación no es real. Debemos estar dispuestos a dar al Espíritu Santo, para poder recibir su bendición, pues en el acto de dar, estamos dando el valor de lo que deseamos por encima de todas las cosas. Dar al Espíritu Santo, es reconocerle en todo momento como nuestra única realidad.

Así lo expresa el Curso:

“Así pues, sólo puedes pedirle algo al Espíritu Santo dándole algo, y sólo puedes darle algo allí donde lo reconoces. Si recono­ces al Espíritu Santo en todos, imagínate cuánto le estarás pidiendo y cuánto habrás de recibir. Él no te negará nada porque tú no le habrás negado nada a Él, y de este modo podrás compartirlo todo. Ésta es la manera, y la única manera, de disponer de Su respuesta porque Su respuesta es lo único que puedes pedir y lo único que puedes desear” (T-9.II.12:1-4).

Anteriormente, hice alusión a una idea que es completamente ajena al ego y a la manera de pensar del mundo. Dicha idea se desarrolla más extensamente en la Lección 126, donde se nos enseña que "todo lo que doy es a mí mismo a quien se lo doy".

Para el ego esta idea es descabellada y la negará con total firmeza, pues aceptarla significaría que ha dejado de creer en la separación.
En cambio, adoptar esa idea en nuestras creencias, nos llevará a la comprensión plena de lo que es nuestra función principal en este mundo, el perdón. Cuando perdonamos, no lo hacemos porque hayamos percibido la culpa en el otro, sino porque vemos nuestra propia inocencia reflejada en los demás.

Debemos aprender a dar tal como hemos recibido. Preguntémonos, ¿qué hemos recibido?, y no tendremos dudas sobre lo que tenemos que dar.

Somos tal y como Dios nos ha creado. Se nos ha dado el conocimiento de que somos una mente y de que nos encontramos en una Mente. Se nos ha dado la visión de la impecabilidad y la certeza de que hemos sido creados del Amor. Esa es la visión que debemos compartir y así la conservaremos.

Para finalizar este análisis sobre el Principio 15, me gustaría aludir a la enseñanza recogida en la Lección 159: “Doy los milagros que he recibido”.

Es una verdad obvia, que nadie puede dar lo que no ha recibido, o lo que es lo mismo, existe una condición previa al dar, el recibir. Mientras que la visión del ego cree que para poseer una cosa tiene que conservarla, la visión espiritual nos enseña todo lo contrario, al dar es como se reconoce que hemos recibido y que aquello que tienes es tuyo.

Hemos dicho anteriormente, que somos tal y como Dios nos ha creado, Hijos del Amor. Por lo tanto, estamos en condiciones de afirmar que podemos expandir esa Fuerza que es nuestra. Dicho de otra manera, estamos llamados a dar y compartir todos los milagros, pues todos son expresiones del amor.

La visión de la unicidad, es la visión de Cristo. Dicha visión es un milagro. Como expresa dicha Lección, “la visión de Cristo es el milagro del que emanan todos los demás milagros. Es su fuente, y aunque permanece con cada milagro que das, sigue siendo tuya. Es el vínculo mediante el cual el que da y el que recibe se unen en el proceso de extensión aquí en la tierra, tal como son uno en el Cielo” (L-pI.159.4:1-3).