sábado, 10 de febrero de 2024

Principio 39: El milagro elimina el error porque el Espíritu Santo lo identifica como falso o irreal.

PRINCIPIO 39

El milagro elimina el error porque el Espíritu Santo lo identifica como falso o irreal. Esto es lo mismo que decir que al percibirse la luz la oscuridad desaparece automáticamente.



El estudio de este nuevo Principio, nos permite dar continuidad a la labor emprendida en la anterior entrega en la que tuvimos ocasión de conocer, con más detalle, el papel protagonista del Espíritu Santo.

Con el Principio 39, el Espíritu Santo nos revela una de Sus principales cualidades, la de permitirnos identificar, a la luz de la razón, el significado ilusorio e irreal del error.

A raíz de este enunciado, me he propuesto dedicar este análisis a la idea del error, pues considero que su causa se encuentra tan arraigada en el código de nuestros pensamientos que ha dado lugar a que nuestra realidad se sustente bajo la identidad de la ilusión.

Pasemos a entresacar los pasajes que nos comparte el Texto del Curso con relación a esta cuestión:

"Sigue estando en tus manos elegir unirte a la verdad o a la ilusión. Pero recuerda que elegir una es abandonar la otra. Dota­rás de belleza y realidad a la que elijas porque tu elección depende de cuál valoras más. La chispa de belleza o el velo de fealdad, el mundo real o el de la culpabilidad y el miedo, la verdad o la ilusión, la libertad o la esclavitud, es todo lo mismo. Pues no puedes elegir más que entre Dios o el ego. Todo sistema de pen­samiento o bien es verdadero o bien falso, y todos sus atributos se derivan naturalmente de lo que es. Únicamente los Pensamientos de Dios son verdaderos. 8 todo lo que se deriva de ellos procede de lo que son, y es tan verdadero como la santa Fuente de donde procedieron"  (T-17.III.9:1-8).

Me encanta la siguiente aportación. "En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:

El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.
Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.
Cree esto y serás libre. Sólo Dios puede establecer esta solución, y esta fe es Su don" (T-1.VI.5:3-10).

Por lo tanto, tenemos que tener presente que, "el primer paso hacia la libertad comprende separar lo falso de lo verdadero. Éste es un proceso de separación en el sentido cons­tructivo de la palabra, y refleja el verdadero significado del Apo­calipsis. Al final cada cual contemplará sus propias creaciones y elegirá conservar sólo lo bueno, tal como Dios Mismo contempló lo que había creado y vio que era bueno. A partir de ahí, la mente podrá comenzar a contemplar sus propias creaciones con amor por razón del mérito que tienen. Al mismo tiempo, la mente repudiará inevitablemente sus creaciones falsas que, en ausencia de la creencia que las originó, dejarán de existir" (T-2.VIII.4:1-5).

"El Espíritu Santo separa lo verdadero de lo falso en tu mente, y te enseña a juzgar cada pensamiento que dejas que se adentre en ella a la luz de lo que Dios puso allí" (T-6.V.C.1:2).

"Él tiene el poder de ver lo que has ocultado y reconocer en ello la Voluntad de Dios. Gracias a este reconocimiento, Él puede hacer que la Voluntad de Dios sea real para ti porque Él está en tu mente, y, por lo tanto, Él es tu realidad" (T-9.I.4:2-3).

"La verdad y lo falso no pueden coexistir en nuestra mente sin dividirla. Si no pueden coexistir en paz, y si lo que queremos es estar en paz, tenemos que abandonar por completo y para siempre la idea de con­flicto. Esto requiere que nos mantengamos alerta mientras no nos demos ­cuenta de lo que es verdad. Mientras sigamos creyendo que dos sistemas de pensamiento completamente contradictorios pueden compartir la verdad, es obvio que tenemos que mantenernos alerta" (T-7.VI.8:8-11). 

El ego, lo recordamos, "está completamente comprometido a lo falso, y lo que percibe es lo opuesto a lo que percibe el Espíritu Santo, así como al conocimiento de Dios" (T-7.CI.9:8).

La Expiación, lo recordamos igualmente, "conlleva una re-evaluación de todo lo que tenemos en gran estima, pues es el medio a través del cual el Espíritu Santo puede separar lo falso de lo verdadero, lo cual hemos acep­tado en nuestra mente sin hacer ninguna distinción entre ambos" (T-13.IX.4:1).

Como bien nos enseña el Curso, "nuestra tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de nosotros que hemos levantado con­tra él. No es necesario que busquemos lo que es verdad, pero sí es necesario que busquemos todo lo que es falso. Toda ilusión es una ilusión de miedo, sea cual fuere la forma en que se manifieste. Y el intento de escapar de una ilusión refugiándonos en otra no puede sino fracasar. Si buscamos amor fuera de nosotros, podemos estar seguros de que estamos percibiendo odio en nuestro interior y de que ello nos da miedo. Pero la paz nunca procederá de la ilusión de amor, sino sólo de la realidad de éste" (T-16.IV.6:1-6).

Nos estamos adentrando poco a poco en el mundo ilusorio del error. La afirmación: “toda ilusión es una ilusión de miedo”, nos lleva a establecer una estrecha relación entre el error y el miedo. Ambos se alimentan de la misma causa, del mismo pensamiento original el cual dio lugar a un estado irreal e ilusorio al que, sin embargo, la mente le otorgó el poder de la realidad.

Repasemos cuál fue esa “causa” tan poderosa que dio lugar al error original y al miedo.

"La única carencia que realmente necesitas corregir es tu sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubieses distorsionado tu percepción de la verdad, percibiéndote así a ti mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya te habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que te vas integrando te vuelves uno, y tus necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto" (T-1.VI.2:1-5) .

"La idea de un orden de necesidades, que proviene del error original de que uno puede estar separado de Dios, requiere corrección en su propio nivel antes de que pueda corregirse el error de percibir niveles. No podemos comportarnos con eficacia mientras operemos en diferentes niveles. Sin embargo, mientras lo hagamos, la corrección debe proceder verticalmente, desde abajo hacia arriba. Esto es así porque creemos que vivimos en el espacio, donde conceptos como "arriba" y "abajo" tienen sentido. En última instancia, ni el espacio ni el tiempo tienen ningún sentido. Ambos son meramente creencias" (T-1.VI.3:1-6).

Por lo tanto, podemos determinar que, "todo miedo se reduce, en última instancia, a la básica percep­ción errónea de que tienes la capacidad de usurpar el poder de Dios. Por supuesto, no puedes hacer eso, ni jamás pudiste ha­berlo hecho. En esto se basa el que puedas escaparte del miedo. Te liberas cuando aceptas la Expiación, lo cual te permite darte cuenta de que en realidad tus errores nunca ocurrieron" (T-2.I.4:1-4).

"El primer paso correctivo para deshacer el error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo. Dite a ti mismo que de alguna manera tienes que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en ti. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación"  (T-2.VI.7:1-8).
Con lo anterior hemos descrito los pasos que podemos elegir para deshacernos del error. A continuación expondré unas aportaciones extraídas del Capítulo 12 del Curso, titulado “El Programa de Estudios del Espíritu Santo”, donde podremos ampliar información sobre los recursos que tenemos a nuestra disposición para tratar la ilusión del error.

Se te ha dicho que no le otorgues realidad al error, y la manera de hacer esto es muy simple. Si deseas creer en el error, tienes que otorgarle realidad porque el error en sí no es real. Mas la verdad es real por derecho propio, y para creer en ella no tienes que hacer nada. Comprende que no reaccionas a nada directa­mente, sino a tu propia interpretación de ello. Tu interpretación, por lo tanto, se convierte en la justificación de tus reacciones. Por  eso es por lo que analizar los motivos de otros es peligroso. Si decides que alguien está realmente tratando de atacarte, abando­narte o esclavizarte, reaccionarás como si realmente lo hubiese hecho, al haberle otorgado realidad a su error. Interpretar el error es conferirle poder, y una vez que haces eso pasas por alto la verdad" (T-12.I.1:1-8).

"Tú que crees que Dios es miedo tan sólo llevaste a cabo una sustitución. Ésta ha adoptado muchas formas porque fue la sustitución de la verdad por la ilusión, la de la plenitud por la fragmentación. Dicha sustitución a su vez ha sido tan desmenu­zada y subdividida, y dividida de nuevo una y otra vez, que ahora resulta casi imposible percibir que una vez fue una sola y que todavía sigue siendo lo que siempre fue. Ese único error, que llevó a la verdad a la ilusión, a lo infinito a lo temporal, y a la vida a la muerte, fue el único que jamás cometiste. Todo tu mundo se basa en él. Todo lo que ves lo refleja, y todas las relaciones espe­ciales que jamás entablaste proceden de él" (T-18:I.4:1-6).

"Tal vez te sorprenda oír cuán diferente es la realidad de eso que ves. No te das cuenta de la magnitud de ese único error. Fue tan inmenso y tan absolutamente increíble que de él no pudo sino sur­gir un mundo totalmente irreal. ¿Qué otra cosa si no podía haber surgido de él? medida que empieces a examinar sus aspectos fragmentados te darás cuenta de que son bastante temibles. Pero nada que hayas visto puede ni remotamente empezar a mostrarte la enormidad del error original, el cual pareció expulsarte del Cielo, fragmentar el conocimiento convirtiéndolo en inútiles añi­cos de percepciones desunidas y forzarte a llevar a cabo más sus­tituciones" (T-18.I.5:1-6).

"Ésa fue la primera proyección del error al exterior. El mundo surgió para ocultarlo, y se convirtió en la pantalla sobre la que se proyectó, la cual se interpuso entre la verdad y tú. Pues la ver­dad se extiende hacia adentro, donde la idea de que es posible perder no tiene sentido y lo único que es concebible es un mayor aumento. ¿Crees que es realmente extraño que de esa proyec­ción del error surgiese un mundo en el que todo está invertido y al revés? Eso fue inevitable. Pues si se llevase la verdad ante esto, ésta sólo podría permanecer recogida en calma, sin tomar parte en la absurda proyección mediante la cual este mundo fue construido. No llames pecado a esa proyección sino locura, pues eso es lo que fue y lo que sigue siendo. Tampoco la revistas de culpabilidad, pues la culpabilidad implica que realmente ocu­rrió. Pero sobre todo, no le tengas miedo"  (T-18.I.6:1-9).

"Cuando te parezca ver alguna forma distorsionada del error original tratando de atemorizarte, di únicamente: "Dios es Amor y el miedo no forma parte de Él", y desaparecerá. La verdad te salvará, pues no te ha abandonado para irse al mundo demente y así apartarse de ti. En tu interior se encuentra la cordura; la demencia, fuera de ti. Pero tú crees que es al revés: que la verdad se encuentra afuera y el error y la culpabilidad adentro” (T-18.I.7:1-5).

Para finalizar este interesante análisis, quisiera dedicar un espacio a la idea del pecado, ese concepto equivocado acuñado para dar significado al “pensamiento original”.

“Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado. Pero el pecado, de ser posible, sería irreversible. La creencia en el pecado está necesariamente basada en la firme convicción de que son las mentes, y no los cuerpos, que las atacan. Y así, la mente es culpable y lo será siempre, a menos que una mente que no sea parte de ella pueda darle la absolución. El pecado exige castigo del mismo modo en que el error exige corrección, y la creencia de que el castigo es corrección es claramente una locura" (T-19.II.1:1-6).

"El pecado no es un error, pues el pecado comporta una arrogancia que la idea del error no posee. Pecar supondría violar la realidad y lograrlo. El pecado es la proclamación de que el ataque es real y que la culpabilidad está justificada. Da por sentado que el Hijo de Dios es culpable y que, por lo tanto, ha conseguido perder su inocencia y también convertirse a sí mismo en algo que Dios no creó. De este modo, la creación se ve como algo que no es eterno, y la Voluntad de Dios como susceptible de ser atacada y derrotada. El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego. Pues debido a él, Dios Mismo cambia y se le priva de Su Plenitud” (T.19.II.2:1-7).

"Todo error es necesariamente una petición de amor. ¿Qué es, entonces, el pecado? ¿Qué otra cosa podría ser, sino una equivocación que queremos mantener oculta, una peti­ción de ayuda que no queremos que sea oída, y que, por lo tanto, se queda sin contestar?" (T-19.III.4:7-9).

"Es tan esencial que reconozcas que tú has fabricado el mundo que ves, como que reconozcas que tú no te creaste a ti mismo. Pues se trata del mismo error. Nada que tu Creador no haya crea­do puede ejercer influencia alguna sobre ti. Y si crees que lo que hiciste puede dictarte lo que debes ver y sentir, y tienes fe en que puede hacerlo, estás negando a tu Creador y creyendo que tú te hiciste a ti mismo. Pues si crees que el mundo que construiste tiene el poder de hacer de ti lo que se le antoje, estás confun­diendo Padre e Hijo, Fuente y efecto" (T-21.II.11:1-5).

"Sólo los errores varían de forma, y a eso se debe que puedan engañar. Tú puedes cambiar la forma porque ésta no es verdad. Y no puede ser la realidad precisamente porque puede cambiar. La razón te diría que si la forma no es la realidad tiene que ser entonces una ilusión, y que no se puede ver porque no existe. Y si la ves debes estar equivocado, pues estás viendo lo que no puede ser real como si lo fuera. Lo que no puede ver más allá de lo que no existe no puede sino ser percepción distorsionada, y no puede por menos que percibir a las ilusiones como si fuesen la verdad" (T-22.III.7:1-6).

Y para finalizar:

“El error no puede amenazar realmente a la verdad, la cual siem­pre puede resistirlo. En realidad, sólo el error es vulnerable. Eres libre de establecer tu reino donde mejor te parezca, pero no pue­des sino elegir acertadamente si recuerdas esto:

El espíritu está eternamente en estado de gracia.
Tu realidad es únicamente espíritu.
Por lo tanto, estás eternamente en estado de gracia" (T-1.III.5:1-6).

viernes, 9 de febrero de 2024

Principio 38: "El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros..." - 2ª Parte y Final -

PRINCIPIO 38

El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros. El reconoce las creaciones de Dios así como tus ilusiones. Separa lo verdadero de lo falso mediante Su capacidad para percibir totalmente en vez de selectivamente.



¿Cómo nos enseña el Espíritu Santo?

En el Capítulo 6 del Texto, el punto V nos habla de las Lecciones del Espíritu Santo. Entresacaré alguno de sus párrafos más interesantes de cara a la cuestión planteada:

Como cualquier buen maestro, el Espíritu Santo sabe más de lo que tú sabes ahora, y sólo te enseña para que llegues a ser igual que Él. Tú te enseñaste mal a ti mismo al creer lo que no era cierto. No creíste en tu propia perfección. ¿Iba acaso Dios a ense­ñarte que habías fabricado una mente dividida, cuando Él sabe que tu mente es íntegra? Lo que Dios sí sabe es que Sus canales de comunicación no están abiertos a Él, lo cual le impide impartir­les Su gozo y, así, saber que Sus Hijos son completamente dicho­sos. El dar de Su gozo es un proceso continuo, no en el tiempo sino en la eternidad. La extensión de Dios, aunque no Su comple­ción, se obstruye cuando la Filiación no se comunica con Él cual una sola. Así que Dios pensó: "Mis Hijos duermen y hay que despertarlos" (T-6.V.1:1-8).

"El Espíritu Santo nunca hace una relación detallada de los erro­res porque Su intención no es asustar a los niños, y los que carecen de sabiduría son niños. Siempre responde, no obstante, a su lla­mada, y el hecho de que ellos puedan contar con Él los hace sen­tirse más seguros. Los niños ciertamente confunden las fantasías con la realidad, y se asustan porque no pueden distinguir la dife­rencia que hay entre ellas. El Espíritu Santo no hace distinción alguna entre diferentes clases de sueños. Simplemente los hace desaparecer con Su luz. Su luz es siempre la llamada a despertar, no importa lo que hayas estado soñando. No hay nada duradero en los sueños, y el Espíritu Santo, que refulge con la Luz de Dios Mismo, sólo habla en nombre de lo que perdura eternamente" (T-6.V.4:1-7).

"El objetivo del ego es tan unificado como el del Espíritu Santo, y por ello sus respectivos objetivos jamás podrán reconciliarse en modo alguno ni desde ningún punto de vista. El ego siempre trata de dividir y separar. El Espíritu Santo, de unificar y curar. A medida que curas, eres curado, ya que el Espíritu Santo no ve grados de dificultad en la curación. Curar es la manera de desva­necer la creencia de que existen diferencias; al ser la única manera de percibir a la Filiación como una sola entidad. Esta percepción, por lo tanto, está en armonía con las leyes de Dios; aun cuando tiene lugar en un estado mental que no está en armonía con el Suyo. La fuerza de la percepción correcta es tan grande que pone a la mente en armonía con la Mente de Dios, pues se encuentra al servicio de Su Voz, la cual mora en todos vosotros" (T-7.IV.5:1-7).

"La mente, no obstante, puede tejer ilusiones, y si lo hace creerá en ellas porque creyendo en ellas fue como las tejió" (T-7.VI.5:5).

"El Espíritu Santo desvanece las ilusiones sin atacarlas, ya que no puede percibirlas en absoluto. Por consiguiente, no existen para Él. Resuelve el aparente conflicto que éstas engendran, per­cibiendo cualquier conflicto como algo sin sentido. He dicho anteriormente que el Espíritu Santo percibe el conflicto exactamente como es, y el conflicto no tiene sentido.5El Espíritu Santo no quiere que entiendas el conflicto, quiere, no obstante, que te des cuenta de que puesto que el conflicto no tiene sentido, no es comprensible. Como ya dije anteriormente, el entendimiento suscita aprecio, y el aprecio suscita amor. El amor es lo único que se puede entender, ya que sólo el amor es real, y, por lo tanto, sólo el amor tiene sentido" (T-7.VI.6:1-7).

"El Espíritu Santo te enseñará a percibir más allá de tus creencias porque la verdad está más allá de cualquier creencia, y la percep­ción del Espíritu Santo es verdadera. Te puedes olvidar del ego por completo en cualquier momento que así lo elijas porque el ego es una creencia completamente inverosímil, y nadie puede seguir abrigando una creencia que él mismo haya juzgado como increí­ble" (T-7.VIII.6:1-2).
  
"Las enseñanzas del Espíritu Santo apuntan en una sola direc­ción y tienen un solo objetivo. Su dirección es la libertad y Su objetivo es Dios. El Espíritu Santo, no obstante, no puede conce­bir a Dios sin ti porque no es la Voluntad de Dios estar sin ti" (T-8.II.6:1-3).


¿Cómo debemos corregir los errores?

"La vigilancia que el ego ejerce en relación con los errores de otros egos no es la clase de vigilancia que el Espíritu Santo quiere que mantengamos. Los egos critican basándose en el tipo de "lógica" de que son partidarios. Entienden esa clase de lógica porque para ellos tiene sentido. Para el Espíritu Santo, no obstante, no tiene ningún sentido" (T-9.III.1:1-4).

"Para el ego lo caritativo, lo correcto y lo apropiado es señalar­les a otros sus errores y tratar de "corregirlos". Esto tiene per­fecto sentido para él porque no tiene idea de lo que son los errores ni de lo que es la corrección. Los errores pertenecen al ámbito del ego, y la corrección de los mismos estriba en el rechazo del ego. Cuando corriges a un hermano le estás diciendo que está equivocado. Puede que en ese momento lo que esté diciendo no tenga sentido, y es indudable que si está hablando desde su ego no lo tiene. Tu tarea, sin embargo, sigue siendo decirle que tiene razón. No tienes que decírselo verbal­mente si está diciendo tonterías. Necesita corrección en otro nivel porque su error se encuentra en otro nivel. Sigue teniendo razón porque es un Hijo de Dios. Su ego, por otra parte, está siempre equivocado, no importa lo que diga o lo que haga" (T-9.III.2:1-10).

"Si le señalas a tu hermano los errores de su ego, tienes forzosa­mente que estar viendo a través del tuyo porque el Espíritu Santo no percibe sus errores. Esto tiene que ser verdad, toda vez que no existe comunicación entre el ego y el Espíritu Santo. Lo que el ego está diciendo no tiene sentido, y el Espíritu Santo no intenta com­prender nada que proceda de él. Puesto que no lo entiende, tam­poco lo juzga, pues sabe que nada que el ego haga tiene sentido" (T-9.III.3:1-4).

"Reaccionar ante cualquier error, por muy levemente que sea, significa que no se está escuchando al Espíritu Santo. Él simple­mente pasa por alto todos los errores, y si tú les das importancia, es que no lo estás oyendo a Él. Si no lo oyes, es que estás escu­chando al ego, y mostrándote tan insensato como el hermano cuyos errores percibes. Esto no puede ser corrección. como resultado de ello, no sólo se quedan sus errores sin corregir, sino que renuncias a la posibilidad de poder corregir los tuyos" (T-9.III.4:1-6).

"Cuando un hermano se comporta de forma demente sólo lo puedes sanar percibiendo cordura en él. Si percibes sus errores y los aceptas, estás aceptando los tuyos. Si quieres entregarle tus errores al Espíritu Santo, tienes que hacer lo mismo con los suyos. A menos que ésta se convierta en la única manera en que lidias con todos los errores, no podrás entender cómo se deshacen. ¿Qué diferencia hay entre esto y decirte que lo que enseñas es lo que aprendes? Tu hermano tiene tanta razón como tú, y si crees que está equivocado te estás condenando a ti mismo" (T-9.III.5:1-6).

"Tú no te puedes corregir a ti mismo. ¿Cómo ibas a poder entonces corregir a otro? Puedes, no obstante, verlo verdaderamente, puesto que te es posible verte a ti mismo verdaderamente. Tu función no es cambiar a tu hermano, sino simplemente acep­tarlo tal como es. Sus errores no proceden de la verdad que mora en él, y sólo lo que es verdad en él es verdad en ti. Sus errores no pueden cambiar esto, ni tener efecto alguno sobre la verdad que mora en ti. Percibir errores en alguien, y reaccionar ante ellos como si fueran reales, es hacer que sean reales para ti. No podrás evitar pagar las consecuencias de esto, no porque se te vaya a castigar, sino porque estarás siguiendo al guía equivocado, y, por lo tanto, te extraviarás" (T-9.III.6:1-8).

"Los errores que tu hermano comete no es él quien los comete, tal como no eres tú quien comete los tuyos. Considera reales sus errores, y te habrás atacado a ti mismo. Si quieres encontrar tu camino y seguirlo, ve sólo la verdad a tu lado, pues camináis juntos. El Espíritu Santo en ti os perdona todo a ti y a él. Sus errores le son perdonados junto con los tuyos. La Expiación, al igual que el amor, no opera aisladamente. La Expiación no puede operar aisladamente porque procede del amor. Cualquier intento que hagas por corregir a un hermano significa que crees que puedes corregir, y eso no es otra cosa que la arrogancia del ego. La corrección le corresponde a Dios, Quien no conoce la arrogancia" (T-9.III.7:1-9).

"El Espíritu Santo lo perdona todo porque Dios lo creó todo. No trates de asumir Su función, o te olvidarás de la tuya. Acepta únicamente la función de sanar mientras estés en el tiempo por­que para eso es el tiempo. Dios te encomendó la función de crear en la eternidad. No necesitas aprender cómo crear, pero necesitas aprender a desearlo. Todo aprendizaje se estableció con ese pro­pósito. Así es como el Espíritu Santo utiliza una capacidad que tú inventaste, pero que no necesitas. iPonla a Su disposición! Tú no sabes cómo usarla. ÉI te enseñará cómo verte a ti mismo sin con­denación, según aprendas a contemplar, todas las cosas de esa manera. La condenación dejará entonces de ser real para ti, y todos tus errores te serán perdonados” (T-9.III.8:1-11).

¿Cómo debemos perdonar?

"La Expiación es para todos porque es la forma de desvanecer la creencia de que algo pueda ser únicamente para ti. Perdonar es pasar por alto. Mira entonces más allá del error, y no dejes que tu percepción se fije en él, pues, de lo contrario, creerás lo que tu percepción te muestre. Acepta como verdadero sólo lo que tu hermano es, si quieres conocerte a ti mismo. Percibe lo que él no es, y no podrás saber lo que eres porque lo estarás viendo falsa­mente. Recuerda siempre que tu Identidad es una Identidad compartida, y que en eso reside Su realidad" (T-9.IV.1:1-6).

"Perdonar a través del Espíritu Santo consiste simplemente en mirar más allá del error desde un princi­pio, haciendo que, de esta manera, nunca sea real para ti. No dejes que ninguna creencia que afirme que el error es real se infil­tre en tu mente, o creerás también que para poder ser perdonado tienes que deshacer lo que tú mismo, has hecho. Lo que no tiene efectos no existe, y para el Espíritu Santo los efectos del error son inexistentes: Mediante la cancelación progresiva y sistemática de los efectos de todos los errores, en todas partes y con respecto a todo, el Espíritu Santo enseña que el ego no existe y lo demuestra" (T9.IV.5:3-6).

jueves, 8 de febrero de 2024

Principio 38: "El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros..." - 1ª Parte -

PRINCIPIO 38

El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros. El reconoce las creaciones de Dios así como tus ilusiones. Separa lo verdadero de lo falso mediante Su capacidad para percibir totalmente en vez de selectivamente.


Me atrevería a decir, que este punto nos presenta al verdadero protagonista de Un Curso de Milagros, pues como bien recoge este Principio, el Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros.

Cuando se adquiere una visión conjunta de lo expuesto en el Texto, la consideración manifestada en el párrafo anterior se convierte en una certeza. En el desarrollo del Curso se nos hace referencia, a través de nuestro Hermano Mayor Jesús, de las características del ego y de las características del Espíritu Santo. Mientras que el primero no es real, el segundo, se nos presenta como el mediador entre la comunicación superior y la inferior, y mantiene abierto para la revelación el canal directo de Dios.
Por lo tanto, volviendo al atrevimiento inicial, considero que el protagonista real y verdadero del Curso es el Espíritu Santo.

Dicho esto, pasemos a analizar en este espacio, algunas de las muchas características que se nos detalla en el Curso con relación al Espíritu Santo (E.S).

El Principio 38 nos informa en su título que, “El reconoce las creaciones de Dios así como tus ilusiones”.

Kenneth Wapnick, en su obra “Los 50 Principios de los Milagros” nos dice en relación a este punto que,  el Espíritu Santo es un "bateador ambidextro" y, como dice el Curso más adelante, "la única parte de la Santísima Trinidad que tiene una función simbólica" (T-5.I.4:1). Esto quiere decir que El puede funcionar en un mundo de símbolos. No hay símbolos en el Cielo, únicamente en este mundo.

Expongo a continuación, las cuestiones que le plantean los estudiantes a Ken con relación a este Principio. Lo considero verdaderamente interesante:

P: Si la separación es ilusoria, y el Espíritu Santo cobra existencia para resolver eso, ¿no es Él una ilusión?

R: No, porque lo creó Dios. No obstante es una buena pregunta. La respuesta del Curso es que, "cuando la separación se sane totalmente y ya no se necesite el Espíritu Santo, Este existirá aún porque Dios lo creó. Y luego el Curso añade que El regresa al Cielo y bendice nuestras creaciones" (T-5.I.5:7).

P: Pero parece como si a El lo hubiesen creado para resolver un problema que no existe.

R: Eso es correcto, y porque El fue creado por Dios, lo cual significa realmente que El es sólo una extensión de Dios, una vez Dios Lo crea, El no puede desaparecer. Su función es ilusoria, puesto que consiste en corregir un problema que es inherentemente ilusorio, lo cual implica que esta función también tiene que ser una ilusión, como lo es la forma en la cual experimentamos el contenido de Su Amor.

P: Pero El es uno de nosotros...

R: No, El no es uno de nosotros. Nosotros somos parte de la Segunda Persona de la Trinidad -Cristo- y el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Trinidad. En otro nivel, por supuesto, la Trinidad es Una. Sin embargo, Un curso en milagros sí habla de Niveles de la Trinidad. Esto es más que una excelente distinción teológica. Es importante corregir la idea de que la Voz del Espíritu Santo es la nuestra. Esto es similar a la creencia de que nosotros somos Dios, que el Curso claramente plantea que no lo somos (T-7.I.1-3). Creer que la Voz de Dios es la nuestra, por no decir que somos el Mismo Dios, es precisamente otra expresión de la creencia básica de la separación que en primer lugar nos metió en dificultades.

P: Usted utilizó otra clase de ejemplo. Dijo que Dios envió al Espíritu Santo al sueño; El no es parte del sueño, pero vino al mismo para hablarnos desde ahí.

R: La pregunta es aún, "¿Qué sucederá cuando termine el sueño? Es una de esas cosas que nadie puede entender en forma alguna. Yo sólo puedo decirle lo que Un curso en milagros dice al respecto. Pero la idea es que el Espíritu Santo tiene un pie en la realidad, en el Cielo, y otro en el sueño (si damos por sentado que El tiene dos pies). El está en el sueño pero no es parte del mismo. Está en nuestras mentes separadas y obra en ellas; no obstante, también está en contacto con la Mente de Cristo. Es como un intermediario.
Dios, por supuesto, ni siquiera se ha enterado del sueño, o del mundo de la ilusión. Una analogía puede ser la de un padre que contempla a su hijo que duerme por la noche y lo ve cómo se revuelve en forma agitada, obviamente tiene una pesadilla. El padre no sabe qué sueña el niño, puesto que todo ocurre fuera de la mente de aquel, pero sí sabe que el niño sufre y es claro que quiere aliviar el dolor de su hijo. Dios se encuentra en una situación similar. Por lo tanto, Se extiende a Sí Mismo hacia el sueño, y hasta la mente de Su Hijo que duerme. El "Espíritu Santo" es el nombre que Un curso en milagros le da a esa extensión, la Voz por Dios. Y en ese sueño El nos dice: "Hermano, escoge otra vez. Puedes contemplar tu sueño de manera diferente." Y así, El cierne lo que en verdad no llena nuestra necesidad; i.e., las relaciones especiales. Nos ayuda a unificar nuestra percepción, a ver todas las cosas como lecciones que Dios quiere que aprendamos. Eso es lo que quiere decir "El separa lo verdadero de lo falso," y "percibir totalmente en vez de selectivamente." Ese fue el punto que presenté antes, que El ve todos los aspectos de una situación. Nosotros vemos una situación sólo en términos de nuestras necesidades específicas. El reconoce todas las situaciones como oportunidades para sanar a todas las personas que estén involucradas.

Retomamos de nuevo el tema, y lo hago con un intento de dar respuesta a la siguiente pregunta, que tal vez compartas: ¿dónde se encuentra el Espíritu Santo en nosotros?

La respuesta nos la da Jesús: “El Espíritu Santo se encuentra en tu mente recta, tal como se encontraba en la mía” (T-5.I.3:3). El Espíritu Santo se encuentra en ti en un sentido muy literal. Suya es la Voz que te llama a retornar a donde estabas antes y a donde estarás de nuevo. Aun en este mundo es posible oír sólo esa Voz y ninguna otra” (T-5.II.3:7-9).

"El Espíritu Santo mora en la parte de la mente que yace entre el ego y el espíritu, mediando siempre entre ellos en favor del espíritu. Para el ego eso es ser parcial, y reacciona como si algo estuviese contra él. Para el espí­ritu eso es la verdad porque el espíritu conoce su propia llenura y no puede concebir que haya alguna parte de la que él esté excluido" (T-7.IX.1:5-7).

Debemos tener presente que, "el Espíritu Santo, al igual que el ego, es una elección que uno hace. Ambos constituyen las únicas alternativas que la mente puede aceptar y obedecer. El Espíritu Santo y el ego son las únicas opciones que tenemos. Dios creó Una de ellas, y, por lo tanto, no puedes deshacerla. La otra la inventamos nosotros, y, por lo tanto, sí podemos. Sólo lo que Dios crea es irreversible e inmuta­ble. Lo que nosotros hemos fabricado siempre se puede cambiar porque cuando no pensamos como Dios, en realidad no estamos pensando en absoluto. Las ideas ilusorias no son pensamientos reales, si bien podemos creer en ellas. Pero eso es un error. La función del pen­samiento procede de Dios y reside en Dios. Puesto que formamos parte de Su Pensamiento, no podemos pensar separados de El" (T-5.V.6:7-16).

El Espí­ritu Santo es la respuesta de Dios al ego. "Todo lo que el Espíritu Santo te recuerda está en directa oposición a las nociones del ego, pues las percepciones verdaderas y las falsas se oponen entre sí. La tarea del Espíritu Santo es deshacer lo que el ego ha hecho. Lo deshace en el mismo nivel en que el ego opera, pues, de otro modo, la mente sería incapaz de comprender el cambio" (T-5.III.5:4-6).

"El Espíritu Santo es el mediador entre las interpretaciones del ego y el conocimiento del espíritu. Su capacidad para utilizar símbolos le permite actuar con las creencias del ego en el propio lenguaje de éste. Su capacidad para mirar más allá de los símbolos hacia la eternidad le permite entender las leyes de Dios, en nombre de las cuales habla. Puede, por consiguiente, llevar a cabo la función de reinterpretar lo que el ego forja, no mediante la destrucción, sino mediante el entendimiento. El entendimiento es luz, y la luz conduce al conocimiento. El Espíritu Santo se encuentra en la luz porque Él está en nosotros que somos luz, pero des­conocemos esto. La tarea del Espíritu Santo consiste, pues, en rein­terpretarnos en nombre de Dios" (T-5.III.7:1-7).

"El ego construyó el mundo tal como lo percibe, pero el Espíritu Santo -el reinterprete de lo que el ego construyó- ve el mundo como un recurso de enseñanza para llevarnos a nuestro hogar. El Espí­ritu, Santo tiene que percibir el tiempo y re-interpretarlo como eterno. Tiene que llevar a cabo Su labor mediante el uso de opuestos porque tiene que operar para una mente y con una mente que está en oposición" (T-5.III.7:1-3).

"El Espíritu Santo está siempre en comunión con Dios, y forma parte de ti. Él es tu Guía a la salvación porque recuerda lo pasado y lo que ha de venir, y lo trae al presente. Él mantiene ese regocijo en tu mente con gran ternura, y sólo te pide que lo incrementes com­partiéndolo en Nombre de Dios de modo que Su júbilo se incre­mente en ti"  (T-5.III.11:8-10).

Nos refiere, igualmente, este Principio que el E.S, separa lo verdadero de lo falso mediante Su capacidad para percibir totalmente en vez de selectivamente.

Esta afirmación nos lleva a analizar el papel que desempeña el Espíritu Santo en el Plan de Salvación diseñado por el Creador:

El Espíritu Santo es la Mente de Cristo, la cual es consciente del conocimiento que yace más allá de la percepción. El Espíritu Santo comenzó existir como medió de protección al producirse la separación, lo cual inspiró simultáneamente el principio de la Expiación. Antes de eso no había necesidad de curación, pues nadie estaba desconsolado. La Voz del Espíritu Santo es la Lla­mada a la Expiación, es decir, a la restitución de la integridad de la mente. Cuando la Expiación se complete y toda la Filiación sane, dejará de haber una llamada a retornar. Pero lo que Dios crea es eterno. El Espíritu Santo permanecerá con los Hijos de Dios para bendecir las creaciones de éstos y mantenerlas en la luz de la dicha"  (T-5.I.5:1-7).

"Dios honró incluso las creaciones falsas de sus Hijos porque ellos las habían hecho. Pero también bendijo a Sus Hijos con una manera de pensar que fuese capaz de elevar sus percepciones a tal altura, que casi pudieran llegar hasta Él. El Espíritu Santo es la Mente de la Expiación. Representa un estado mental lo suficien­temente próximo a la Mentalidad-Uno como para que la transfe­rencia a ella sea finalmente posible. La percepción no es conocimiento, pero puede ser transferida al conocimiento, o cru­zar hasta él. Tal vez sea más útil en este caso utilizar el significado literal de la palabra "transferida", o sea "transportada", puesto que el último paso es Dios Quien lo da" (T-5.I.6:1-6).

"El Espíritu Santo -la Inspiración que toda la Filiación com­parte- induce a una clase de percepción en la que muchos ele­mentos son como los del Reino de los Cielos:
En primer lugar, su universalidad es perfectamente inequí­voca, y nadie que la alcance podría pensar ni por un momento que compartirla signifique cualquier otra cosa que no sea ganar.
En segundo lugar, es una percepción que es incapaz de atacar, y, por lo tanto, es verdaderamente receptiva. 4Esto quiere decir que si bien no engendra conocimiento, tampoco lo obstruye en modo alguno.
Finalmente, señala al camino que lleva lo que está más allá de la curación qué trae consigo, y conduce a la mente más allá de su propia integración, hacia los senderos de la creación. En este punto es donde se producen suficientes cambios cuantitativos para producir un verdadero salto cualitativo”. (T.5.I.7:1-6))

Lo recogido en el punto anterior se completa con otra aportación extraída del Curso:

“El Espíritu Santo es la Respuesta de Dios a la separación; el medio a través del cual la Expiación cura hasta que la mente en su totalidad se reincorpore al proceso de creación” (T-5.II.2:5).

"El Espíritu Santo es el resplandor al que debemos permitir que desvanezca la idea de la oscuridad. Suya es la gloria ante la cual la disociación desaparece y el Reino de los Cielos pasa a ocupar el lugar que le corresponde: Antes de la separación no teníamos necesidad de dirección, pues disponíamos de conocimiento, tal como dispondremos de él de nuevo, pero como no disponemos de él ahora" (T-5.II.4:2-5) .

"La Voz del Espíritu Santo no da órdenes porque es incapaz de ser arrogante. No exige nada porque su deseo no es controlar. No vence porque no ataca. Su Voz es simplemente un recorda­torio. Es apremiante únicamente por razón de lo que nos recuerda. Le ofrece a nuestra mente el otro camino, permaneciendo serena aun en medio de cualquier confusión a la que podamos dar lugar. La Voz que habla por Dios es siempre serena porque habla de paz. La paz es más poderosa que la guerra porque sana. La guerra es división, no expansión. Nadie gana en la batalla. ¿Qué saca un hombre con ganar el mundo entero si con ello pierde su propia alma? Si le prestamos oídos a la voz que no debemos, perdemos de vista a nuestra alma. En realidad no podemos perderla, pero podemos no cono­cerla. Por lo tanto, nos parecerá que la hemos "perdido" hasta que elijamos correctamente"  (T-5.II.7:1-14).           

"El Espíritu Santo es tu Guía a la hora de elegir. Reside en la parte de tu mente que siempre habla en favor de la elección correcta porque habla por Dios. Él es el último nexo de comuni­cación que te queda con Dios, comunicación que puedes inte­rrumpir, pero no destruir. El Espíritu Santo es el vehículo mediante el cual la Voluntad de Dios se cumple así en la tierra como en el Cielo"  (T-5.II.8:1-4).

"La Voz del Espíritu Santo en ti es débil. Por eso es por lo que debes compartirla. Tiene que hacerse más fuerte antes de que puedas oírla. Es imposible que la oigas dentro de ti mientras siga siendo tan débil en tu mente. No es que de por sí sea débil, sino que está limitada por tu renuencia a oírla. Si cometes el error de buscar al Espíritu Santo únicamente en ti, tus pensa­mientos te asustarán, ya que al adoptar el punto de ista del ego, estarás emprendiendo un viaje que le es ajeno al ego utilizándolo a él de guía. 7Esto no puede sino producir miedo" (T-6.4:1-7).

"El Espíritu Santo extiende y el ego proyecta. Del mismo modo en que los objetivos de ambos son opuestos, así también lo son sus resultados" (T-6.II.4:3-4).

"La diferencia entre la proyección del ego y la extensión del Espíritu Santo es muy simple. El ego proyecta para excluir, y, por lo tanto, para engañar. El Espíritu Santo extiende al reconocerse a Sí Mismo en cada mente, y de esta manera las percibe a todas como una sola. Nada está en conflicto en esta percepción porque lo que el Espíritu Santo percibe es todo igual" (T-6.II.12:1-4).

"El Espíritu Santo comienza percibiendo tu perfección. Como sabe que esa perfección es algo que todos comparten, la reconoce en otros, y así la refuerza tanto en ti como en ellos. En vez de ira, esto suscita amor tanto en ellos como en ti porque establece el estado de inclusión. Puesto que percibe igualdad, el Espíritu Santo percibe en todos las mismas necesidades. Esto invita auto­máticamente a la Expiación porque la Expiación es la necesidad universal de este mundo. Percibirte a ti mismo de esta manera es la única forma de hallar felicidad en el mundo. Eso se debe a que es el reconocimiento de que tú no estás en este mundo, pues el mundo es un lugar infeliz"  (T-6.II.5:1-7).

"El Espíritu Santo hace uso del tiempo, pero no cree en, él. Puesto que Él procede de Dios, usa todo para el bien, pero no cree en lo que no es verdad" (T-6.II.10:1-2).

"Sólo el Espíritu Santo puede resolver conflictos porque sólo el Espíritu Santo está libre de conflictos. Él percibe única­mente lo que es verdad en nuestra mente, y lo extiende sólo a lo que es verdad en otras mentes" (T-6.II.11:8-9).

"El Espíritu Santo nos fue dado con perfecta imparcialidad, y a menos que lo reconozcamos imparcialmente no podremos reconocerlo en absoluto. El ego es legión, pero el Espíritu Santo es uno. No hay tinieblas en ninguna parte del Reino, y nuestro papel sólo consiste en impedir que las tinieblas moren en nuestra mente. Ésta armonía con la luz es ilimitada porque está en armonía con la luz del mundo. Cada uno de nosotros es la luz del mundo, y al unir nuestras mentes en esa luz proclamamos el Reino de Dios juntos y cual uno solo" (T-6.II.13:1-5).

Continuará...

miércoles, 7 de febrero de 2024

Principio 37: Un milagro es una corrección que yo introduzco en el pensamiento falso...

PRINCIPIO 37

Un milagro es una corrección que yo introduzco en el pensamiento falso. Actúa como un catalizador, disolviendo la percepción errónea y reorganizándola debidamente. Esto te coloca bajo el principio de la Expiación, donde la percepción sana. Hasta que esto no ocurra no podrás conocer el Orden Divino.


Ya hemos tenido ocasión de analizar en otros Principios la idea de la “Percepción”. En esta ocasión, volveremos sobre este tema, pero comparándolo con la idea del “Conocimiento”.

Me gustaría comenzar este artículo con la aportación que nos hace Kenneth Wapnick con relación al Principio 37:

"Percepción errónea, es percibir un problema en el mundo, externo a nosotros. El milagro reorganiza la percepción porque la devuelve adonde realmente está el problema, en nuestras mentes. Jesús es quien introduce el milagro. Nuestra labor es sencillamente querer que él lo haga, pedir su ayuda para ver la situación como él la ve. Esta es la percepción verdadera. Jesús toma las falsas percepciones que nosotros hemos hecho reales -la enfermedad, el conflicto, la guerra, etc.- y las invierte de modo que lo veamos todo del mismo modo: todo el mundo, incluyéndonos a nosotros mismos, está pidiendo ayuda. Se escoge entonces el principio de la Expiación, que puede exponerse de nuevo como la negación de que la separación y la culpa son reales.
Otro término técnico que se usa consistentemente a través de Un curso en milagros es "conocimiento." Tal como lo usa el Curso, es sinónimo de Cielo. La contraparte del conocimiento, o lo opuesto al conocimiento, es la percepción, y casi siempre verán esos dos términos yuxtapuestos. El conocimiento trasciende la dicotomía sujeto-objeto, la cual es inherente a la percepción. Aun las "visiones santas" (como las que informan muchos místicos) son perceptuales y, por lo tanto, no duran”.

El Texto del Curso dedica un punto exclusivamente para hablarnos de la Percepción y el Conocimiento:

“(…)  la per­cepción tiene que ser corregida antes de que puedas llegar a saber nada. Saber es tener certeza. La incertidumbre significa que no sabes. El conocimiento es poder porque goza de certeza, y la certeza es fuerza" (T-3.III.1:2-5).

"Todas tus dificultades proceden del hecho de que no te recono­ces a ti mismo, ni reconoces a tu hermano, ni reconoces a Dios. Reconocer significa "conocer de nuevo", implicando que antes gozabas de conocimiento. Puedes ver de muchas maneras debido a que la percepción entraña interpretación, y eso quiere decir que no es íntegra ni consistente. El milagro, al ser una manera de percibir, no es conocimiento. Es la respuesta correcta a una pre­gunta, mas cuando sabes no preguntas. El primer paso en el proceso de deshacer lo ilusorio es cuestionarlo. El milagro -la res­puesta correcta- lo corrige. Dado que las percepciones cambian, su dependencia del tiempo es obvia. La forma en que percibes en cualquier momento dado determina tu comportamiento, y las acciones sólo pueden ocurrir en el tiempo. El conocimiento es intemporal porque la certeza es algo incuestionable. Cuando dejas de hacer preguntas es que ya has alcanzado el conocimiento" (T-3.III.2:1-11).

"La mente que cuestiona se percibe a sí misma en el tiempo, y, por lo tanto, busca respuestas para el futuro. La mente no recep­tiva, por el contrario, cree que el futuro va a ser igual que el presente. Eso da lugar a un estado de aparente estabilidad que es normalmente un intento de contrarrestar el miedo subyacente de que el futuro va a ser peor que el presente. Este miedo coarta enteramente la tendencia a cuestionar"  (T-3.III.3:1-4).

"La verdadera visión es la percepción natural de la visión espiri­tual, pero es todavía una corrección en vez de un hecho. La visión espiritual es simbólica, y, por lo tanto, no es un instrumento de conocimiento. Es, no obstante, un medio de percepción correcta, lo cual la sitúa dentro del propio ámbito del milagro. Una "visión de Dios" sería un milagro más que una revelación. El hecho en sí de que la percepción esté involucrada demuestra que la experien­cia no pertenece a la esfera del conocimiento. De ahí que las visio­nes, por muy santas que sean, son efímeras" (T-3.III.4:1-6).

"La Biblia te exhorta a que te conozcas a ti mismo, o, lo que es lo mismo, a que tengas certeza. La certeza es siempre algo propio de Dios. Cuando amas a alguien lo has percibido tal como es, y esto te permite conocerlo. Hasta que primero no lo percibas tal como es no lo podrás conocer. Mientras sigas cuestionando lo que él es, estarás implicando claramente que no conoces a Dios. La certeza no requiere acción. Cuando dices que estás actuando basándote en tu conocimiento, estás confundiendo el conoci­miento con la percepción. El conocimiento provee la fuerza para el pensamiento creativo, no para la acción recta. La percepción, el milagro y la acción están estrechamente vinculados. El cono­cimiento es el resultado de la revelación y genera sólo pensa­miento. La percepción, aun en su forma más espiritualizada, incluye al cuerpo. El conocimiento procede del altar interno y es intemporal porque goza de certeza. No es lo mismo percibir la verdad que conocerla"  (T-3.III.5:1-13).

"Una percepción correcta es necesaria antes de que Dios pueda comunicarse directamente con Sus altares, los cuales Él estableció en Sus Hijos. En dichos altares es donde Él puede comunicar Su certeza, y Su conocimiento inevitablemente brindará paz. Dios no es un extraño para Sus Hijos, ni Sus Hijos son extraños entre sí. El conocimiento precedió tanto a la percepción como al tiempo, y finalmente los reemplazará. Ése es el verdadero signi­ficado de "el Alfa y la Omega, el principio y el fin" y de "Antes de que Abraham naciese, era yo". La percepción puede y debe ser estabilizada, pero el conocimiento ya es estable. "Teme a Dios y observa Sus mandamientos" pasa a ser "Conoce a Dios y acepta Su certeza" (T-3.III.6:1-7)

"Si atacas el error que ves en otro, te harás daño a ti mismo. No puedes conocer a tu hermano si lo atacas. Los ataques siempre se lanzan contra extraños. Al percibir falsamente a tu hermano lo conviertes en un extraño, y, por lo tanto, no puedes conocerlo. Le tienes miedo porque lo has convertido en un extraño. Percíbelo correctamente para que lo puedas conocer. En la creación de Dios no hay extraños. Para poder crear como Él creó tan sólo puedes crear lo que conoces, y lo que, por lo tanto, aceptas como tuyo. Dios conoce a Sus Hijos con absoluta certeza. Los creó conociéndolos. Los reconoce perfectamente. Cuando ellos no se reconocen entre sí, no lo reconocen a Él”  (T-3.III.7:1-12).

Creo, que antes de recibir esta información, tenía un concepto erróneo del Conocimiento. En verdad, lo que entendía como Conocimiento es, realmente, Percepción. Y es que mientras que permanezcamos en el “sueño”, el nivel más elevado de la verdad es la Percepción Verdadera.

Mientras que el Conocimiento pertenece al Cielo, la Percepción pertenece al mundo.

"La percepción siempre entraña algún uso inadecuado de la mente, puesto que la lleva a áreas de incertidumbre. La mente es muy activa. Cuando elige estar separada, elige percibir. Hasta ese momento su voluntad es únicamente gozar de conocimiento. Una vez que ha elegido percibir, no puede sino elegir ambigua­mente, y la única forma de escaparse de la ambigüedad es me­diante una percepción clara. La mente retorna a su verdadera función únicamente cuando su voluntad es gozar de conoci­miento. Esto la pone al servicio del espíritu, donde la percepción cambia. La mente elige dividirse a sí misma cuando elige inven­tar sus propios niveles. Pero no puede separarse completamente del espíritu, ya que de éste es de donde deriva todo su poder para fabricar o para crear. Aun en la creación falsa la mente está afirmando su Origen, pues, de otro modo, simplemente dejaría de existir. Esto último, no obstante, es imposible, ya que la mente le pertenece al espíritu que Dios creó, y que, por lo tanto, es eterno" (T-3.IV.5:1-11).

"El conocimiento no está sujeto a interpretaciones. Podemos tratar de "interpretar" el significado de algo, pero en eso siempre existe la posibilidad de equivocarnos porque se refiere a la percepción que se tiene del significado" (T-3.V.5:1-4).

"Cuando elegiste la percepción en vez del conocimiento, te colocaste en una posición en la que sólo percibiendo milagrosamente podíamos parecerte a tu Padre. Has perdido el conocimiento de que tú mismo eres un milagro de Dios" (T-3.V.6:6-7).

"La decisión de juzgar en vez de conocer es lo que nos hace perder la paz. Juzgar es el proceso en el que se basa la percep­ción, pero no el conocimiento" (T-3.VI.2:1-2).

"Corregir la percepción es simplemente un expediente temporal. Dicha corrección es necesaria únicamente porque la percepción falsa es un obstáculo para el conocimiento, mientras que la per­cepción fidedigna es un trampolín hacia él. El valor de la percep­ción correcta reside en la conclusión inevitable de que toda percepción es innecesaria. Esto elimina el obstáculo por com­pleto" (T-4.II.11:1-4).

Pero, ¿podemos vivir en este mundo sin percibir?

A este respecto, el Curso nos indica que, "es una pregunta razonable. No obstante, tenemos que asegurarnos de que realmente la entendemos. ¿Quién es el "tú" que vive en este mundo? El espíritu es inmor­tal, y la inmortalidad es un estado permanente. El espíritu es tan verdadero ahora como siempre lo fue y lo será siempre, ya que no entraña cambios de ninguna clase. No es un continuo, ni se puede entender tampoco comparándolo con un opuesto. El conocimiento nunca admite comparaciones. En eso estriba su diferencia principal con respecto a cualquier otra cosa que la mente pueda comprender" (T-4.II.11:6-13).

"La percepción no es conocimiento, pero puede ser transferida al conocimiento, o cru­zar hasta él" (T-5.I.6:5). 

"El Espíritu Santo -la Inspiración que toda la Filiación com­parte- induce a una clase de percepción en la que muchos ele­mentos son como los del Reino de los Cielos:

  • En primer lugar, su universalidad es perfectamente inequí­voca, y nadie que la alcance podría pensar ni por un momento que compartirla signifique cualquier otra cosa que no sea ganar.
  • En segundo lugar, es una percepción que es incapaz de atacar, y, por lo tanto, es verdaderamente receptiva. Esto quiere decir que si bien no engendra conocimiento, tampoco lo obstruye en modo alguno.
  • Finalmente, señala al camino que lleva lo que está más allá de la curación que trae consigo, y conduce a la mente más allá de su propia integración, hacia los senderos de la creación. En este punto es donde se producen suficientes cambios cuantitativos para producir un verdadero salto cualitativo" (T-5.I.7:1-6).
"La perfecta igualdad que el Espíritu Santo percibe es el reflejo de la perfecta igualdad-del conocimiento de Dios. La percepción del ego no tiene equivalente en Dios, pero el Espíritu Santo sigue siendo el puente entre la percepción y el conocimiento. Al per­mitirte usar la percepción de forma que refleje el conocimiento, éste finalmente podrá ser recordado" (T-6.II.7:1-3).

"Aunque la percepción es irreal, el Espíritu Santo puede usarla provechosamente por el hecho de que nosotros la concebimos. Él puede inspirar­ cualquier percepción y canalizarla hacia Dios" (T-6.II.9:6-7).

En el Capítulo 13, apartado VIII, el Curso nos habla del traslado de la percepción al conocimiento:

Toda curación es una liberación del pasado. Por eso es por lo que el Espíritu Santo es el único Sanador. Él enseña que el pasado no existe, hecho éste que pertenece a la esfera del conocimiento, y que, por lo tanto, es imposible que nadie en el mundo sepa. Sería ciertamente imposible permanecer en el mundo gozando de tal conocimiento. Pues la mente que sabe eso a ciencia cierta, sabe también que vive en la eternidad, y no utiliza la percepción en absoluto. Por lo tanto, no se detiene a pensar dónde está, ya que el concepto "dónde" no significa nada para ella. Sabe que está en todas partes, de la misma manera en que lo tiene todo, y para siempre" (T-13.VIII.1:1-7).

"La diferencia palpable que existe entre la percepción y el conocimiento resulta muy evidente si consideras esto: no hay nada  parcial con respecto al conocimiento. Cada uno de sus aspectos es total, y, por lo tanto, ningún aspecto está separado de otro. Tú eres un aspecto del conocimiento, al estar en la Mente de Dios, Quien te conoce. Todo conocimiento te pertenece, pues en ti reside todo conocimiento. La percepción, aun en su expresión más elevada, nunca es completa. Incluso la percepción del Espí­ritu Santo -la más perfecta que puede haber- no tiene signifi­cado en el Cielo. La percepción puede extenderse a todas partes bajo Su dirección, pues la visión de Cristo contempla todo en la luz. Pero no hay percepción; por muy santa que sea, que perdure eternamente"  (T-13.VIII.2:1-8).

"La percepción perfecta pues, tiene muchos elementos en común con el conocimiento, haciendo que sea posible su transfe­rencia él. El último paso, no obstante, lo tiene que dar Dios porque el último paso de tu redención, que parece estar en el futuro, Dios lo dio ya en tu creación. La separación no ha inte­rrumpido la creación. La creación no puede ser interrumpida. La separación no es más que una formulación equivocada de la realidad que no tiene consecuencia alguna. El milagro, que no tiene  ninguna función en el Cielo, es  necesario aquí. Todavía pueden verse aspectos de la realidad, los cuales reemplazarán a aspectos de la irrealidad. Los aspectos de la realidad se pueden ver en todo y en todas partes. Mas sólo Dios puede congregarlos a todos, al coronarlos cual uno solo con el don final de la eterni­dad" (T.13.VIII.3:1-9).