viernes, 10 de marzo de 2017

Principio 30. "...los milagros reconocen el espíritu..."

PRINCIPIO 30

Dado que los milagros reconocen el espíritu, ajustan los niveles de percepción y los muestran en su debido lugar. Esto sitúa al espíritu en el centro, desde donde puede comunicarse directamente.

Es imposible no creer en lo que ves, pero es igualmente imposible ver lo que no crees. La percepción se construye sobre la base de la experiencia, y la experiencia conduce a las creencias. La percepción no se estabiliza hasta que las creencias se cimientan. De hecho, pues, lo que ves es lo que crees.
Compartiendo una de las ideas desarrollada en el Curso de Milagros, diremos que la única carencia que realmente necesitamos corregir es nuestra sensación de estar separados de Dios.

Pero, ¿por qué surgió esa sensación de separación?

De hecho, esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubiésemos distorsionado la percepción de la verdad, lo cual nos llevó a percibirnos como alguien necesi­tado.

En el Capítulo I del Texto, en el apartado VII, dedicado a las “distorsiones de los impulsos milagrosos”, podemos leer lo siguiente:

“Tus percepciones distorsionadas producen una densa envol­tura alrededor de los impulsos milagrosos, dificultándoles el que lleguen a tu conciencia. La confusión de los impulsos milagrosos con los impulsos físicos es una de las distorsiones básicas de la percepción. Los impulsos físicos son impulsos milagrosos mal canalizados. Todo placer real procede de hacer la Voluntad de Dios. Esto es así porque no hacer Su Voluntad es una negación del Ser. La negación del Ser da lugar a ilusiones, mientras que la corrección del error nos libera del mismo. No te engañes a ti mismo creyendo que puedes relacionarte en paz con Dios o con tus hermanos a través de algo externo.

Criatura de Dios, fuiste creado para crear lo bueno, lo hermoso y lo santo. No te olvides de eso. El Amor de Dios, por un breve período de tiempo, todavía tiene que expresarse de un cuerpo a otro, ya que la visión es aún muy tenue. El mejor uso que puedes hacer del cuerpo es utilizarlo para que te ayude a ampliar tu percepción, de forma que puedas alcanzar la verdadera visión de la que el ojo físico es incapaz.  Aprender a hacer esto es la única utilidad real del cuerpo”. 

Para entrar en materia no está nada mal. Tendremos que ahondar en la idea de la “percepción”, pues como hemos adelantado, se nos representa como el resultado al que ha dado lugar la orientación de nuestra mente dando lugar a un estado de confusión entre niveles o lo que es lo mismo, la dualidad espíritu-cuerpo.

¿Cómo se origina la percepción?

La proyección da lugar a la percepción. Debemos conocer, que la capacidad de extenderse es un aspecto fundamental de Dios que Él le dio a Su Hijo. En el acto de la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Volun­tad de crear que Él posee. Fuimos creados plenos y perfectos. Al ser creados a  semejanza de Dios hemos heredado su capacidad creativa. Ningún Hijo de Dios puede perder esa facultad, ya que es inherente a lo que él es, pero podemos usarla de forma inadecuada al proyectar. El uso inadecuado de la extensión -la proyección- tiene lugar cuando creemos  que existe en nosotros alguna carencia o vacuidad, y que podemos suplirla con nuestras propias ideas, en lugar de con la verdad.

Nuestra condición divina nos faculta para que el mundo que vemos se componga de aquello con lo que lo hemos dotado, lo que significa que, es importante para nosotros. Es el testimonio de nuestro estado mental, la imagen externa de una condición interna.

Podemos leer en el Curso, que “tal como el hombre piense, así percibirá”.  En este sentido, la percepción es un resultado, no una causa.

Debemos dedicar una especial atención a lo que acabamos de explicar, ya que la proyección de nuestros pensamientos nos desvelará aquello que se encuentra en nuestra mente, es decir, si emitimos juicios condenatorios sobre el mundo, preguntémonos dónde nos estamos condenando; si contemplamos desastres y catástrofes, preguntémonos dónde se encuentra el caos en nuestro interior. En definitiva, lo que veamos dará testimonio de nuestra elección y nos permitirá reconocer cuál de ellas elegimos. El mundo que vemos tan sólo nos muestra cuánta dicha nos hemos permitido ver en nosotros y aceptar como nuestra. Si esta afirmación es verdad, el poder de dar dicha tiene entonces que encontrarse en nosotros.

La percepción, que es intrínsecamente enjuiciadora, comenzó sólo después de la separa­ción. Desde entonces nadie ha estado seguro de nada. Desde que se produjo la separación ha habido una gran confu­sión entre las palabras "crear" y "fabricar”. La diferencia está en que cuando fabricamos algo, lo hacemos como resultado de una sensación específica de carencia o de necesidad.

Es esencial hacer una clara distinción entre lo que se crea y lo que se fabrica. Toda forma de curación se basa en esta correc­ción fundamental de percepción de niveles.
El poder del milagro para ajustar niveles genera la percep­ción correcta que da lugar a la curación. Hasta que eso no ocurra será imposible entender lo que es la curación. El perdón es un gesto vacío a menos que conlleve corrección. Sin ella, lo que hace es básicamente juzgar, en vez de sanar.

“La percepción entraña selectivi­dad a todo nivel. Es un proceso continuo de aceptación y rechazo, de organización y reorganización, de substitución y cam­bio. Evaluar es un aspecto esencial de la percepción, ya que para poder seleccionar es necesario juzgar.
¿Qué le ocurre a la percepción en ausencia de juicios, o de nada que no sea perfecta igualdad? Percibir se vuelve imposible. La verdad sólo se puede conocer. Toda ella es igualmente verdadera, y, conocer cualquier parte de ella es conocerla en su totalidad. Únicamente la percepción entraña una conciencia parcial. El conocimiento transciende las leyes que gobiernan la percepción porque un conocimiento parcial es imposible. El conocimiento es uno y no tiene partes separadas”.  (T-3.V.7:8)

¿Se puede sanar la percepción sabiendo que es un error de la mente?

Ya en el punto anterior adelantábamos que la curación se basa en una corrección de percepción de niveles y es el poder del milagro el que genera la percepción correcta que da lugar a la curación. De ello se deduce, que podemos hablar de percepción errónea y de percepción verdadera. La primera juzga y la segunda sana.

El perdón es lo que sana la percepción de la separación. Es necesario que percibamos correctamente a nuestro hermano debido a que las mentes han elegido considerarse a sí mismas como entidades separadas.
La percepción se basa en un estado de separación, así que cada vez que de alguna manera percibimos, tendremos necesidad de curación.

¿Cómo debemos entender la percepción verdadera?

La per­cepción verdadera, o percepción inocente, significa que nunca percibimos falsamente y que siempre vemos correctamente. Dicho de una manera más llana, significa que nunca vemos lo que no existe y siempre vemos lo que sí existe.

La percepción es temporal. Al ser un atributo de la creencia en el espacio y en el tiempo, es susceptible de producir miedo o amor. Las percepciones falsas producen miedo y las verdaderas fomentan el amor, mas ninguna de ellas brinda certeza porque toda percepción está sujeta a cambios. Por eso es por lo que la percepción no es conocimiento. La verdadera percepción es la base del conocimiento, pero gozar de conocimiento es la afir­mación de la verdad y esto se encuentra allende cualquier percep­ción.
El milagro, al ser una manera de percibir, no es conocimiento. El primer paso en el proceso de deshacer lo ilusorio es cuestionarlo. El milagro -la res­puesta correcta- lo corrige.
La forma en que percibimos en cualquier momento dado determina nuestro comportamiento, y las acciones sólo pueden ocurrir en el tiempo.

“No se puede hacer demasiado hincapié en el hecho de que corregir la percepción es simplemente un expediente temporal. Dicha corrección es necesaria únicamente porque la percepción falsa es un obstáculo para el conocimiento, mientras que la per­cepción fidedigna es un trampolín hacia él. El valor de la percep­ción correcta reside en la conclusión inevitable de que toda percepción es innecesaria. Esto elimina el obstáculo por com­pleto. Te preguntarás cómo puede ser posible esto mientras parezca que vives en este mundo. Esa es una pregunta razonable. No obstante, tienes que asegurarte de que realmente la entiendes. ¿Quién es el "tú" que vive en este mundo? El espíritu es inmor­tal, y la inmortalidad es un estado permanente. El espíritu es tan verdadero ahora como siempre lo fue y lo será siempre, ya que no entraña cambios de ninguna clase. No es un continuo, ni se puede entender tampoco comparándolo con un opuesto. El conocimiento nunca admite comparaciones. En eso estriba su diferencia principal con respecto a cualquier otra cosa que la mente pueda comprender”. (Cap 4.II.11:13)

La percepción no es conocimiento, pero puede ser transferida al conocimiento, o cru­zar hasta él.  Esta labor de transferencia no la podemos realizar por nosotros mismos, necesitamos ayuda para ello.
Los pensamientos se originan en la mente del pensador, y desde ahí se extienden hacia afuera. Esto es tan cierto del Pensa­miento de Dios como del nuestro. Puesto que nuestra mente está divi­dida, podemos percibir y también pensar. No obstante, la percepción no puede eludir las leyes básicas de la mente. Percibimos desde nuestra mente y proyectamos nuestras percepciones al exterior. Aunque la percepción es irreal, el Espíritu Santo puede usarla provechosamente por el .hecho de que nosotros la concebimos. Él puede inspirarnos­ cualquier percepción y canalizarla hacia Dios.
La fuerza de la percepción correcta es tan grande que pone a la mente en armonía con la Mente de Dios, pues se encuentra al servicio de Su Voz, la cual mora en todos vosotros.

Debemos  tener presente de que somos nosotros los que hemos inventado la percepción, y ésta perdurará mientras la sigamos deseando.

Compartir nuestra percepción con el Espíritu Santo nos enseña a reconocer lo que vemos. Es el reconocimiento de que ninguna cosa que vemos significa nada por sí sola. Ver con Él nos mostrará que todo significado, inclu­yendo el nuestro, no procede de una visión doble, sino de la dulce fusión de todas las cosas en un solo significado, una sola emoción y un solo propósito Dios tiene un solo Propósito, y lo comparte con nosotros. La única visión que el Espíritu Santo nos ofrece brindará esta unicidad a nuestra mente con una claridad y una luminosidad tan intensas que por nada del mundo dejaríamos de aceptar lo que Dios quiere que tengamos.

En el Capítulo XI del Curso, podemos leer:


Ha habido mucha con­fusión con respecto a lo que significa la percepción, debido a que la palabra se usa con el significado de "conciencia" y también con el de "interpretación de la conciencia". No obstante, no puedes ser consciente sin interpretar, pues lo que percibes es tu propia interpretación.
Este curso es muy claro. Si no lo ves así, es porque estás haciendo interpretaciones contra él, y, por lo tanto, no crees lo que dice. puesto que lo que crees determina tu percepción, no per­cibes el significado del curso y, consecuentemente, no lo aceptas. Con todo, diferentes experiencias conducen a diferentes creen­cias, y a través de éstas, a diferentes percepciones. Pues las per­cepciones se aprenden mediante creencias, y la experiencia ciertamente enseña. Te estoy conduciendo a una nueva clase de experiencia que cada vez estarás menos dispuesto a negar: Aprender de Cristo es fácil, pues percibir con Él no entraña nin­gún esfuerzo. Sus percepciones son tu conciencia natural, y lo único que te fatiga son las distorsiones que introduces en ésta. Deja que sea el Cristo en ti Quien interprete por ti, y no trates de limitar lo que ves con creencias pueriles indignas del Hijo de Dios. Pues hasta que Cristo no sea aceptado completamente, el Hijo de Dios se considerará a sí mismo huérfano”.

¿Se puede percibir el mundo real?

Para dar respuesta a esta cuestión, expondremos parte del contenido recogido en el apartado VII, del Capítulo XI del Curso de Milagros “La condición de la realidad”:

El mundo que tú percibes no pudo haber sido creado por el Padre, pues el mundo no es tal como tú lo ves. Dios creó única­mente lo eterno, y todo lo que tú ves es perecedero. Por lo tanto, tiene que haber otro mundo que no estás viendo. La Biblia habla de un nuevo Cielo y de una nueva tierra, mas esto no puede ser cierto en un sentido literal, pues lo que es eterno no puede volver a ser creado. Percibir de manera diferente es sencillamente perci­bir de nuevo, lo cual implica que antes, o en el ínterin, no estabas percibiendo en absoluto. ¿Cuál es entonces el mundo que le espera a tu percepción cuando finalmente lo veas?
Todo pensamiento amoroso que el Hijo de Dios jamás haya tenido es eterno. Los pensamientos amorosos que su mente per­cibe en este mundo constituyen la única realidad de éste. Siguen siendo percepciones porque él todavía cree estar separado. Mas son eternos porque son amorosos. al ser amorosos son semejantes al Padre, y, por lo tanto, no pueden morir. El mundo real ciertamente se puede percibir. Lo único que ello requiere es que estés dispuesto a no percibir nada más. Pues si percibes tanto el bien como el mal, estarás aceptando lo falso y lo verdadero, y no estarás distinguiendo claramente entre ellos.
El ego tal vez vea algo bueno, pero nunca ve sólo lo bueno. Esa es la razón de que sus percepciones sean tan variables. No rechaza la bondad por completo, pues eso sería inaceptable para ti. Pero siempre añade a lo real algo que no es real, confundiendo así la ilusión con la realidad. Pues las percepciones no pueden ser parcialmente verdaderas. Si crees tanto en la verdad como en la ilusión, no podrás saber cuál de ellas es cierta. Para establecer tu propia autonomía trataste de crear de manera diferente de como crea tu Padre, creyendo que lo que hiciste podía ser distinto de Él. No obstante, todo lo que es verdad es como Él. Percibir única­mente el mundo real te conducirá al Cielo real, ya que te capaci­tará para comprenderlo”.
Soy responsable de lo que veo. Elijo los sentimientos que experimento y decido el objetivo que quiero alcanzar.Y todo lo que parece sucederme yo mismo lo he pedido, y se me concede tal como lo pedí.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Principio 29: Los milagros alaban a Dios a través de ti.

PRINCIPIO 29

Los milagros alaban a Dios a través de ti. Lo alaban al honrar a Sus creaciones, afirmando así la perfección de las mismas. Curan porque niegan la identificación con el cuerpo y afirman la identificación con el espíritu.


Debo reconocer, que siempre me he preguntado ¿cuál sería la manera más acertada de dirigirme a Dios? Reconozco que actualmente, en este sentido, soy poco ortodoxo, si bien en otras ocasiones he practicado el ritual. A medida en que mi mente se va sanando y mi visión sustituye la separación por la unidad, mi “diálogo” con Él va perdiendo formulismo y se torna más directo. Deja de ser una búsqueda externa para convertirse en un encuentro íntimo y universal.

El Principio que hoy abordamos, nos ofrece la oportunidad de analizar este aspecto en la forma de la alabanza. Veamos qué nos aporta Un Curso de Milagros sobre este particular:

La Biblia afirma repetidamente que debes alabar a Dios. Esto no quiere decir que debas decirle cuán maravilloso es. Dios no tiene un ego con el que aceptar tal alabanza, ni percepción con qué juzgarla. Pero a menos que desempeñes el papel que te corresponde en la creación, Su gozo no será total porque el tuyo no lo es. Él ciertamente sabe esto. Lo sabe en Su Propio Ser y en la experiencia que Su Ser tiene de la experiencia del Hijo. El constante fluir de Su Amor se obstruye cuando Sus canales están cerrados, y se siente solo cuando las mentes que Él creó no se comunican plenamente con Él”. (T-4.VII.6:7)

De lo anterior, podemos deducir, que la mejor manera de elevar nuestras alabanzas a Dios es desempeñar el papel que nos corresponde en la creación. Como bien expresa la Lección 99 del Libro de Ejercicios, la Salvación es mi única función aquí. La Salvación y el perdón son lo mismo.

Si continuamos desarrollando el contenido del Curso, nos encontramos con la siguiente reflexión:

Dios es alabado cada vez que una mente aprende a ser comple­tamente servicial. Esto, sin embargo, es imposible, a menos que también aprenda a ser completamente inofensiva, pues ambas creencias tienen que coexistir. Los que son verdaderamente servi­ciales son a su vez invulnerables porque no protegen a sus egos, y, por lo tanto, nada puede hacerles daño. Su espíritu servicial es la manera en que alaban a Dios, y Él les devolverá las alabanzas que le hagan porque ellos son como Él, y pueden regocijarse juntos. Dios se extiende hasta ellos y a través de ellos, y cunde una gran alegría por todo el Reino. Cada mente que ha sido transformada contribuye a aumentar esta alegría al estar individualmente dis­puesta a compartirla. Los verdaderamente serviciales son los obradores de milagros de Dios, a quienes yo dirijo hasta que este­mos todos unidos en el júbilo del Reino. Yo te dirigiré allí donde puedas ser verdaderamente servicial, y a quien pueda seguir mi dirección a través de ti”. (T-4.VII.8:8)

La capacidad de servicio está estrechamente vinculada con el desapego y con la mente correcta, pues dicha mente nos permite ver la realidad de lo que somos, lo que nos lleva a abandonar la identificación con el cuerpo, principal baluarte del ego.
La actitud servicial, es una actitud amorosa y exenta de juicio condenatorio. Dicha condición favorece el estado de purificación previo a la experiencia espiritual de la resurrección.

Nos enseña el Curso, que el Creador no puede ser alabado sin Su Hijo, pues Ambos comparten la gloria y a Ambos se les glorifica juntos. Es la aceptación de la compleción de la Filiación lo que no hace compartir la gloria con el Creador.

Esta afirmación, nos plantea una importante reflexión: ¿Cómo amamos al resto de la Filiación?

No puedes amar sólo a algunas partes de la realidad y al mismo tiempo entender el significado del amor. Si amases de manera distinta de como ama Dios, Quien no sabe lo que es el amor espe­cial, ¿cómo ibas a poder entender lo que es el amor? Creer que las relaciones especiales, con un amor especial, pueden ofrecerte la sal­vación, es creer que la separación es la salvación. Pues la salva­ción radica en la perfecta igualdad de la Expiación. ¿Cómo puedes pensar que ciertos aspectos especiales de la Filiación pue­den ofrecerte más que otros? El pasado te ha enseñado esto. Mas el instante santo te enseña que eso, no es así.

Todas las relaciones especiales contienen elementos de miedo en ellas debido a la culpabilidad. Por eso es por lo que están sujetas a tantos cambios y variaciones. No se basan exclusiva­mente en el amor inmutable. Y allí donde el miedo ha hecho acto de presencia no se puede contar con el amor, pues ha dejado de ser perfecto”. (T-15.V.3-4:4)

No entraremos a analizar en profundizar el significado que encierra la “relación especial”, pues considero que este tema nos invita a dedicarle un capítulo en exclusividad, pero me gustaría reseñar una idea que considero esencial: “Creer que las relaciones especiales, con un amor especial, pueden ofrecerte la sal­vación, es creer que la separación es la salvación”. Ahí lo dejo.

Más allá de la débil atracción que la relación de amor especial ejerce, y empañada siempre por ella, se encuentra la poderosa atracción que el Padre ejerce sobre Su Hijo. Ningún otro amor puede satisfacerte porque no hay ningún otro amor. Ése es el único amor que se da plenamente y que es plenamente correspondido. Puesto que goza de plenitud, no pide nada. 5Puesto que es totalmente puro, todos los que se unen a él lo tienen todo. Esto no es así en ninguna relación que el ego entabla. Pues toda relación que el ego entabla es siempre especial”. (T-15.VII.1:7)

Nos indica el Curso, que la relación de amor especial es el arma principal del ego para impedir que lleguemos al Cielo. En la relación especial -nacida del deseo oculto de que Dios nos ame con un amor especial- es donde triunfa el odio del ego. Pues la relación especial es la renuncia al Amor de Dios y el intento de asegurar para uno mismo la condición de ser especial que Él nos negó. Es esencial para la supervivencia del ego que creamos que el especialismo no es el infierno, sino el Cielo. Pues el ego jamás querría que viésemos que lo único que la separación con­lleva son pérdidas, al ser la única condición en la que el Cielo no puede existir.

En el título del Principio que estamos estudiando, se recoge: "Curan porque niegan la identificación con el cuerpo y afirman la identificación con el espíritu." Esta idea es igual a la que expone el Principio 17, “Los milagros trascienden el cuerpo”. Decíamos al desarrollar este Principio: “Lo primero que tenemos que saber, es que Dios no creó el cuerpo porque el cuerpo es destructible, y, por consiguiente, no forma parte del Reino. Sin embargo, el cuerpo es el símbolo de lo que creemos ser. Al ser un  mecanismo de separación, podemos decir que no existe. A pesar de ello, el  Espíritu Santo, en la función que tiene encomendada dentro del sueño, utiliza nuestra creencia y logra que el cuerpo se  utilice como un recurso de aprendi­zaje.  El cuerpo no es real pero la mente sí lo es. La mente puede curar al cuerpo, pero el cuerpo no puede curar a la mente, lo que nos lleva a determinar que la mente tiene que ser más fuerte que el cuerpo. Nos revela el Curso que todo milagro es una demostración de esto”.

Existe una preocupación muy común en los estudiantes de Un Curso de Milagros, cuando tienen que asimilar la idea de que el cuerpo no es real. Se cuestionan cómo deben actuar cuando la vida los lleve a situaciones en las que el sufrimiento, el dolor, la enfermedad, se hacen patentes. Si el cuerpo no es real, ¿dejamos de ser insensibles a estas cuestiones?

Comparto la respuesta que Kenneth Wapnick nos dejó sobre esta cuestión:

“Hay una manera de mirar que plantea el Curso, la cual es como una doble visión. Usted no niega lo que ven sus ojos; no niega que alguien sufra dolor físico o que alguien tenga una necesidad o lo que sea. Pero al mismo tiempo, usted también se percata de que lo que ve es un pedido de ayuda. Eso es lo que Un curso en milagros llama el Juicio del Espíritu Santo (T-12.I): que la enfermedad y el dolor o la ira y el ataque, lo que sea que haya hecho la persona, es realmente un pedido de ayuda y una expresión de que esa persona está identificada con su ego.

Usted le dice al Espíritu Santo o a Jesús o a quienquiera que usted sienta que le habla: ¿Qué quieres que haga? Si usted cree que empieza a sentirse perturbado por el problema de la persona, en cualquier nivel que sea, antes de pedirle a El qué debe hacer, debe pedirle ayuda para sanar su percepción. Eso es lo que quiere decir con "la única oración que tiene sentido es la del perdón" (T-3.V.6:3). Usted le pide primero que lo ayude a cambiar de la manera de mirar del ego a la manera de mirar de Él, y luego dice: "¿Qué quieres que haga? ¿Cuál sería mi más amorosa forma de actuar en este momento?" Y entonces lo lleva a cabo. Primero usted trata de percatarse de su propia interferencia. Repito, bien sea que la enfermedad de alguien suscite mucha compasión en usted, culpa, dolor, agravio, o que las características del comportamiento de alguien le causen mucha ira -es por eso que usted pide ayuda. Y entonces dice: "¿Qué sería lo más amoroso que puedo hacer? ¿Qué quieres que haga?" Cualesquiera palabras que quiera usar están bien, pero ciertamente usted no niega lo que ve. Esto no es un curso de negación. De hecho, el texto dice, en un pasaje que leí antes, que es casi imposible negar la experiencia física en este mundo. No sugiere que lo hagamos, porque la línea siguiente dice que ésta es una forma de negación particularmente inútil (T-2.IV 3:8-11)”.

lunes, 6 de marzo de 2017

Principio 28: Los milagros son una manera de ganar liberación del miedo.

PRINCIPIO 28

Los milagros son una manera de ganar liberación del miedo. La revelación produce un estado en el que el miedo ya ha sido abolido. Los milagros son, por lo tanto, un medio, y la revelación, un fin.


Ya tuvimos ocasión de analizar detenidamente el concepto del miedo, cuando vimos el Principio 26, cuyo título, lo recuerdo, enunciaba: “Los milagros representan tu liberación del miedo”. 

El Principio que abordamos hoy, ahonda una vez más en la misma idea, si bien, introduce un aspecto al que vamos a dedicar este estudio. Se trata del concepto revelación o lo que es lo mismo, la causa que produce un estado en el que el miedo ya ha sido abolido.

Veamos, qué nos aporta el Curso sobre la revelación:


“La revelación produce una suspensión completa, aunque tem­poral, de la duda y el miedo. Refleja la forma original de comuni­cación entre Dios y Sus creaciones, la cual entraña la sensación extremadamente personal de creación que a veces se busca en las relaciones físicas. La proximidad física no puede proporcionarla. Los milagros, en cambio, son genuinamente interpersonales y conducen a un auténtico acercamiento a los demás. La revelación te une directamente a Dios. Los milagros te unen directamente a tu hermano. Ni la revelación ni los milagros emanan de la con­ciencia, aunque ambos se experimentan en ella. La conciencia es el estado que induce a la acción, aunque no la inspira. Eres libre de creer lo que quieras, y tus actos dan testimonio de lo que crees.

La revelación es algo intensamente personal y no puede trans­mitirse de forma que tenga sentido. De ahí que cualquier intento de describirla con palabras sea inútil. La revelación induce sólo a la experiencia. Los milagros, por otra parte, inducen a la acción. Por ahora resultan más útiles debido a su naturaleza interpersonal. En esta fase del aprendizaje, obrar milagros es importante porque no se te puede forzar a que te liberes del miedo. La reve­lación es literalmente inefable porque es una experiencia de amor inefable.

La reverencia se debe reservar sólo para la revelación, a la que se puede aplicar perfecta y correctamente. No es una reacción apropiada hacia los milagros porque un estado de reverencia es un estado de veneración, lo cual implica que uno de rango infe­rior se encuentra ante su Creador. Tú eres una creación perfecta y deberías sentir reverencia solamente en presencia del Creador de la perfección. El milagro es, por lo tanto, un gesto de amor entre iguales. Los que son iguales no deben sentir reverencia los unos por los otros, pues la reverencia implica desigualdad. Por consi­guiente, no es una reacción apropiada hacia mí. Un hermano mayor merece respeto por su mayor experiencia, y obediencia por su mayor sabiduría. También merece ser amado por ser un her­mano, y devoción si es devoto. Es tan sólo mi devoción por ti lo que me hace merecedor de la tuya. No hay nada con respecto a mí que tú no puedas alcanzar. No tengo nada que no proceda de Dios. La diferencia entre nosotros por ahora estriba en que yo no tengo nada más. Esto me coloca en un estado que en ti es sólo latente.

"Nadie viene al Padre sino por mí" no significa que yo esté en modo alguno separado de ti o que sea diferente, excepto en el tiempo, y el tiempo no existe realmente. La afirmación tiene más sentido desde el punto de vista de un eje vertical que de uno horizontal. Tú estás debajo de mí y yo estoy debajo de Dios. En el proceso de "ascensión" yo estoy más arriba porque sin mí la distancia entre Dios y el hombre sería demasiado grande para que tú la pudieses salvar. Yo salvo esa distancia por ser tu her­mano mayor, por un lado, y por el otro, por ser un Hijo de Dios. La devoción que les profeso a mis hermanos es lo que me ha puesto a cargo de la Filiación, que completo porque formo parte de ella. Tal vez esto parezca contradecir la afirmación "Yo y el Padre somos uno"; pero esa afirmación consta de dos partes en reconocimiento de la mayor grandeza del Padre.

Las revelaciones son indirectamente inspiradas por mí debido a mi proximidad al Espíritu Santo y a que me mantengo alerta para cuando mis hermanos estén listos para recibir la revelación. De esta manera puedo obtener para ellos más de lo que ellos podrían obtener para sí mismos. El Espíritu Santo es el mediador entre la comunicación superior y la inferior, y mantiene abierto para la revelación el canal directo de Dios hacia ti. La revelación no es recíproca. Procede de Dios hacia ti, pero no de ti hacia Dios. El milagro reduce al mínimo la necesidad del tiempo. En el plano longitudinal u horizontal el reconocimiento de la igualdad de los miembros de la Filiación parece requerir un tiempo casi interminable. El milagro, no obstante, entraña un cambio súbito de la percepción horizontal a la vertical. Esto introduce un inter­valo del cual tanto el que da como el que recibe emergen mucho más adelantados en el tiempo de lo que habrían estado de otra manera. El milagro, pues, tiene la propiedad única de abolir el tiempo en la medida en que hace innecesario el intervalo de tiempo que abarca. No existe relación alguna entre el tiempo que un milagro tarda en llevarse a cabo y el tiempo que abarca. El milagro substituye a un aprendizaje que podría haber durado miles de años. Lo hace en virtud del reconocimiento implícito de la perfecta igualdad que existe entre el que da y el que recibe en la que se basa el milagro. El milagro acorta el tiempo al producir su colapso, eliminando de esta manera ciertos intervalos dentro del mismo. Hace esto, no obstante, dentro de la secuencia tem­poral más amplia”. (T-1.II.1:5)

La revelación puede, de vez en cuando, revelarnos cuál es el fin, pero para alcanzarlo, los medios son necesarios. El milagro o, lo que es lo  mismo, el des-hacimiento del error, es el medio que debemos utilizar para alcanzar tal fin.

El Curso nos enseña que Dios ha salvaguardado el reino para su Hijo, pero no puede compartir Su gozo con nosotros hasta que no conozcamos el reino con toda nuestra mente.
Como ya hemos advertido, la experiencia de la revelación es puramente personal, lo que la hace insuficiente porque es una comunicación de Dios hacia nosotros solamente.
Dios no tiene necesidad de que se le devuelva la revelación, lo cual sería claramente imposible, pero sí desea que se transmita a otros. Esto no se puede hacer con la revelación en sí, pues su contenido no puede ser expresado debido a que es algo sumamente personal para la mente que lo recibe. No obstante, dicha mente la podemos extender a otras men­tes, mediante las actitudes generadas por la sabiduría que se deriva de la revelación.

Sólo la mente sana puede experimentar una revelación de efectos duraderos porque la revelación es una experiencia de pura dicha.

“La revelación de que el Padre y el Hijo son uno alboreará en toda mente a su debido tiempo. Sin embargo, ese momento lo determina la mente misma, pues es algo que no se puede enseñar”. (L-158.2:8)

“La revelación produce una suspensión completa, aunque temporal, de la duda y el miedo. Refleja la forma original de comunicación entre Dios y Sus creaciones, la cual entraña la sensación extremada­mente personal de creación que a veces se busca en las relaciones físicas. La proximidad física no puede proporcionarla. Los milagros, en cambio, son genui­namente interpersonales y conducen a un auténtico acercamiento a los demás”.


domingo, 5 de marzo de 2017

Principio 27: Un milagro es una bendición universal de Dios...

PRINCIPIO 27
 Un milagro es una bendición universal de Dios a todos mis hermanos por mediación mía. Perdonar es el privilegio de los perdonados.

Este Principio, recoge dos aspectos que siempre me han fascinado y que ahora me ofrecen la oportunidad de analizarlos y de disfrutarlos. Me refiero a la “bendición” y a nuestro hermano en Cristo, Jesús.


Cuando adquirimos el hábito de bendecir, es señal de que aceptamos el papel que nos corresponde en el Plan de Dios para la Salvación. Nos indica este Principio, que el milagro es una bendición universal. No puede ser de otra manera. No podemos dispensar esa fuente de amor de manera discriminatoria, pues ello sería indicio de que estamos haciendo real la dualidad, la separación. La bendición debe ser siempre universal, pues nuestra condición, nuestro Estado es el de la Unidad.

La bendición de Dios mora en todos Sus Hijos, y en nuestra bendición de ellos radica la bendición que Dios nos da a nosotros.

Cuando un hermano actúa insensatamente, te está ofreciendo una oportunidad para que lo bendigas. Su necesidad es la tuya. Tú necesitas la bendición que puedes darle. No hay manera de que tú puedas disponer de ella excepto dándola. Ésa es la ley de Dios, la cual no hace excepciones. Careces de aquello que niegas, no porque haya carencia de ello, sino porque se lo has negado a otro, y, por lo tanto, no eres consciente de ello en ti. Lo que crees ser determina tus reacciones, y lo que deseas ser es lo que crees que eres. Lo que deseas ser, entonces, determina forzosamente todas tus reacciones.
No necesitas la bendición de Dios porque de ella ya dispones para siempre, pero sí necesitas la tuya propia”. (T-7.VII.2:3)

Cuanta sabiduría encierran esas hermosas palabras. Difícilmente podríamos enseñar con tanta sencillez y claridad, cuál debe ser nuestro comportamiento con el mundo.

Nos indica el Curso, que, en verdad somos bendito. Mas en este mundo no nos damos cuenta de ello.

“Si eres bendito y no lo sabes, necesitas aprender que cierta­mente lo eres. El conocimiento no es algo que se pueda enseñar, pero sus condiciones se tienen que adquirir, pues eso fue lo que desechaste. Puedes aprender a bendecir; pero no puedes dar lo que no tienes. Por lo tanto, si ofreces una bendición, primero te tiene que haber llegado a ti. tienes también que haberla aceptado como tuya, pues, de lo contrario, ¿cómo podrías darla? Por eso es por lo que los milagros dan testimonio de que eres bendito. Si perdonas completamente es porque has abandonado la culpa­bilidad, al haber aceptado la Expiación y haberte dado cuenta de que eres inocente. ¿Cómo ibas a percatarte de lo que se ha hecho por ti, sin tú saberlo, a menos que hicieses lo que no podrías sino hacer si se hubiese hecho por ti? (T-14.I.1:8)

Recurriré a continuación a uno de los libros que forma parte de Un Curso de Milagros, concretamente, el Manual del Maestro. Lo hago con la intención de compartir, dos capítulos en los cuales se hace referencia expresa al papel de Jesús-Cristo. Los transcribiré tal cual, pues considero que su contenido es una verdadera joya.

No necesitas ayuda para entrar en el Cielo, pues jamás te ausen­taste de él. Pero sí necesitas una ayuda que proceda de más allá de ti, pues te encuentras limitado por falsas creencias con res­pecto a tu Identidad, la cual sólo Dios estableció en la realidad. Los ayudantes que se te proveen varían de forma, aunque ante el altar son uno solo. Más allá de cada uno de ellos se encuentra un Pensamiento de Dios, y esto jamás ha de cambiar. Pero sus nombres difieren por un tiempo, puesto que el tiempo necesita símbolos, siendo de por sí irreal. Sus nombres son legión, pero no nos extenderemos más allá de los nombres que el curso en sí emplea. Dios no provee ayuda, pues no sabe de necesidades. Sin embargo, Él crea todos los Ayudantes que Su Hijo pueda necesitar, mientras éste siga creyendo que sus fantasías son rea­les. Dale gracias a Dios por ellos, pues son quienes te conducirán de regreso a tu hogar.

El nombre de Jesús es el nombre de uno que, siendo hombre, vio la faz de Cristo en todos sus hermanos y recordó a Dios. Al identificarse con Cristo, dejó de ser un hombre y se volvió uno con Dios. El hombre era una ilusión, pues parecía ser un ser separado que caminaba por su cuenta, dentro de un cuerpo que aparentemente mantenía a su ser separado de su Ser, como hacen todas las ilusiones. Pero ¿quién puede salvar a menos que, al ver las ilusiones, las identifique como lo que son? Jesús sigue siendo un Salvador porque vio lo falso y no lo aceptó como la verdad. Cristo necesitó su forma para poder presentarse ante los hom­bres y salvarlos de sus ilusiones.

En su completa identificación con el Cristo -el perfecto Hijo de Dios, Su única creación y Su felicidad, por siempre como Él y uno con Él- Jesús se convirtió en lo que todos vosotros no podéis sino ser. Mostró el camino para que le siguieras. Él te conduce de regreso a Dios porque vio el camino ante sí y lo siguió. Jesús hizo una clara distinción, todavía velada para ti, entre lo falso y lo verdadero. Te ofreció una demostración palpable de que es imposible matar al Hijo de Dios, y de que el pecado, la maldad, la malicia, el miedo o la muerte no pueden alterar su vida en modo alguno.

Todos tus pecados, por lo tanto, te han sido perdonados, ya que jamás tuvieron consecuencia alguna. así, no fueron más que sueños. Levántate con aquel que te mostró esto, ya que se lo debes por haber compartido contigo tus sueños para que pudie­ran ser disipados. todavía los comparte, para mantenerse en unión contigo.

¿Es él el Cristo? Por supuesto que sí, junto contigo. Su vida en la tierra no fue lo suficientemente larga como para poder ense­ñar la poderosa lección que aprendió por todos vosotros. Mas él permanecerá contigo para conducirte desde el infierno que tú hiciste hasta Dios. cuando unas tu voluntad a la suya, verás a través de su visión, pues los ojos de Cristo se comparten. Cami­nar con él es algo tan natural como caminar con un hermano al que conoces desde que naciste, pues eso es en verdad lo que él es. Se han hecho amargos ídolos de aquel que sólo quiere ser un hermano para el mundo. Perdónale tus fantasías, y comprende lo mucho que amarías a un hermano así. Pues él por fin le brin­dará descanso a tu mente y la llevará contigo ante tu Dios.

¿Es él el único Ayudante de Dios? ¡Por supuesto que no! Pues Cristo adoptará muchas formas con diferentes nombres hasta que se reconozca la unicidad de todas ellas. Mas para ti, Jesús es el portador del único mensaje de Cristo acerca del Amor de Dios. No tienes necesidad de ningún otro. Es posible leer sus palabras y beneficiarse de ellas sin aceptarle en tu vida. Mas él te ayudaría todavía más si compartieses con él tus penas y alegrías, y renun­ciases a ambas para hallar la paz de Dios. Con todo, lo que él quiere que aprendas más que nada sigue siendo la lección que vino a enseñar, la cual reza así:

La muerte no existe porque el Hijo de Dios es como su Padre. No puedes hacer nada que pueda alterar el Amor Eterno. Olvida tus sueños de pecado y de cul­pabilidad, y en su lugar ven conmigo a compartir la resurrección del Hijo de Dios. trae contigo todos aquellos que Él te ha enviado para que cuides de ellos como yo cuido de ti. (M.5.1:6)



¿JUEGA JESÚS UN PAPEL ESPECIAL EN LA CURACIÓN?

Los dones de Dios rara vez pueden recibirse directamente. Aun los maestros de Dios más avanzados sucumben a las tenta­ciones de este mundo. ¿Sería justo entonces que se les negara la curación a sus alumnos por esa razón? La Biblia dice: "Pide en el Nombre de Jesucristo". ¿Es esto simplemente una invocación a la magia? Un nombre no cura, ni tampoco puede una invocación generar ningún poder especial. ¿Qué significado puede tener entonces apelar a Jesucristo? ¿Que confiere el invocar su Nombre? ¿Por qué forma parte de la curación pedir en su Nombre?

Hemos repetido en muchas ocasiones que alguien que haya aceptado perfectamente la Expiación para sí mismo puede sanar el mundo. En efecto, ya lo ha hecho. La tentación podrá volver a acosar a otros, pero nunca a Ése. Él se ha convertido en el Hijo de Dios resucitado. Ha vencido a la muerte al haber aceptado la Vida. Se ha reconocido a sí mismo tal como Dios lo creó, y al hacerlo, ha reconocido que toda cosa viviente forma parte de él. Ahora su poder es ilimitado porque es el Poder de Dios. De esta manera, su nombre se ha convertido en el Nombre de Dios, pues ya no se considera a sí mismo separado de Él.


¿Qué significa esto para ti? Significa que al recordar a Jesús estás recordando a Dios. Toda la relación del Hijo con el Padre radica en Jesús. Su papel en la Filiación es también el tuyo, y el hecho de que él completó su aprendizaje garantiza tu éxito. ¿Se encuentra él aún disponible para venir en tu ayuda? ¿Qué dijo él mismo al respecto? Recuerda sus promesas y pregúntate hones­tamente si sería posible que no las fuese a cumplir. ¿Puede Dios fallarle a Su Hijo? ¿Y puede quien es uno con Dios ser distinto de Él? El que transciende el cuerpo transciende también toda limi­tación. ¿Cómo no iba a estar disponible el más grande de los maestros para aquellos que lo siguen?

El Nombre de Jesucristo como tal no es más que un símbolo. Pero representa un amor que no es de este mundo. Es un sím­bolo que se puede usar sin riesgo para reemplazar a los innumera­bles nombres de todos los dioses a los que imploras. Constituye el símbolo resplandeciente de la Palabra de Dios, tan próximo a aquello que representa, que el ínfimo espacio que hay entre ellos desaparece en el momento en que se evoca su Nombre. Recordar el Nombre de Jesucristo es dar gracias por todos los dones que Dios te ha dado. la gratitud hacia Dios se convierte en la manera en que Él es recordado, pues el amor no puede estar muy lejos de una mente y un corazón agradecidos. Dios puede entonces entrar fácilmente porque éstas son las verdaderas condiciones que hacen posible tu retorno al hogar.

Jesús ha señalado el camino. ¿Por qué no habrías de estarle agradecido? Te ha pedido amor, mas sólo para él poder dártelo a ti. Tú no te amas a ti mismo. Pero para Jesús, tu hermosura es tan absoluta e inmaculada que ve en ella la imagen de su Padre. Tú te conviertes en el símbolo de su Padre aquí en la tierra. Él tiene sus esperanzas puestas en ti porque no ve límites en ti, ni mancha alguna que opaque tu hermosa perfección. La visión de Cristo resplandece en sus ojos con perfecta constancia. Él ha permanecido contigo. ¿No te gustaría aprender la lección de la sal­vación valiéndote de lo que él ya aprendió? ¿Para qué empezar de nuevo, cuando él ya recorrió la jornada por ti?

Nadie en la tierra puede entender plenamente lo que es el Cielo ni cuál es el verdadero significado de su Creador. Sin embargo, tenemos testigos. A ellos, es a quienes el que es sabio debe acudir. Han existido personas cuyo conocimiento sobre­pasó con mucho lo que nosotros podemos aprender. Y no quere­mos enseñar las limitaciones que nos hemos impuesto. Nadie que se haya convertido en un maestro de Dios verdadero y completamente dedicado se olvida de sus hermanos. Lo que les puede ofrecer, no obstante, se ve limitado por lo que él mismo ha aprendido. Dirígete entonces hacia uno que abandonó todo límite y fue más allá del alcance más elevado que el aprendizaje puede ofrecer. Él te llevará consigo, pues no llegó hasta allí solo. Estabas con él entonces, tal como lo estás ahora.

Este curso procede de él porque sus palabras llegan a ti en un lenguaje que puedes amar y comprender. ¿Puede haber otros maestros que señalen el camino a aquellos que hablan lenguas distintas y recurren a símbolos diferentes? Por supuesto que sí. ¿Dejaría Dios a uno solo de Sus Hijos sin una ayuda muy real en tiempos de tribulación, sin un salvador que lo representase? Aun así, necesitamos un programa de estudios polifacético, no porque el contenido sea diferente, sino porque los símbolos tie­nen que modificarse y cambiar para poder ajustarse a las diferen­tes necesidades. Jesús ha venido a responder a las tuyas. En él hallarás la Respuesta de Dios. Enseña, entonces, con él, pues él está contigo; él siempre está aquí". (M-23.1:7)