viernes, 3 de febrero de 2017

Principio 21: Los milagros son expresiones naturales de perdón.

PRINCIPIO 21

Los milagros son expresiones naturales de perdón. Por medio de los milagros aceptas el perdón de Dios al extendérselo a otros.


Los términos "milagro", "perdón", "curación", "Expiación", “Salvación” son palabras distintas para describir el mismo proceso. El Curso utiliza esta variedad de expresiones para hacernos comprender, por distintas vías los senderos que han de conducirnos a ejecutar el Plan de Salvación que Dios nos ha dispuesto.

En anteriores entregas, hemos visto que el origen del pensamiento llamado ego, ha dado lugar a la ilusión de la separación, y como dicho acto ha sido erróneamente interpretado como el “pecado original” y el inicio de la búsqueda del castigo como único correctivo que vendrá a aliviar nuestra culpa.

Hoy tendremos la oportunidad de desarrollar la idea angular del Curso del Milagros, el perdón. Pongámonos manos a la obra.

¿Qué función tiene el perdón? En realidad no tiene ninguna, ni hace nada, pues es desconocido en el Cielo. Es sólo en el mundo de la ilusión donde se le necesita y donde tiene una formidable función que desempeñar.

Sinceramente, debo reconocer, que las lecciones sobre el “perdón” son mi debilidad, me fascinan.

En el apartado del Texto dedicado a los “Principios especiales de los obradores de milagros”, se nos enseña una de las principales claves sobre el perdón, al señalar que el perdón es un gesto vacío a menos que conlleve corrección, pues sin ella, lo que hace es básicamente juzgar, en vez de sanar. El perdón que procede de una orientación milagrosa tan sólo ofrece corrección. No posee elementos de juicio en absoluto.

El perdón es lo que sana la percepción de la separación. Es necesario que percibamos correctamente a nuestro hermano debido a que las mentes han elegido considerarse a sí mismas como entidades separadas. En eso radica su poder milagroso.

En el plan de perdón del Espíritu Santo, se nos revela que perdonar es pasar por alto. Ello quiere decir, que debemos mirar más allá del error, no dejando que nuestra percepción se fije en él, pues, de lo contrario, creeremos lo que nuestra percepción nos muestre. El ego tiene también un plan de perdón, pero a diferencia del que nos regala el Espíritu Santo,  su plan consiste en que primero veas el error claramente, y en que luego lo pases por alto. Mas ¿cómo íbamos a poder pasar por alto aquello a lo que hemos otor­gado realidad?
Perdonar a través del Espíritu Santo consiste simplemente en mirar más allá del error desde un princi­pio, haciendo que, de esta manera, nunca sea real. Lo que no tiene efectos no existe, y para el Espíritu Santo los efectos del error son inexistentes: Mediante la cancelación progresiva y sistemática de los efectos de todos los errores, en todas partes y con respecto a todo, el Espíritu Santo enseña que el ego no existe y lo demuestra.
Los milagros son simplemente la señal de que estamos dispuestos a seguir el plan de salvación del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nos ense­ñará a recordar que el perdón no conlleva ninguna clase de pér­dida, sino que, por el contrario, es nuestra salvación. Y nos enseñará asimismo que perdonando completamente, es decir, reconociendo que no hay nada que necesite ser perdonado, quedamos completamente absueltos.

El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. Su realidad es eternamente inmaculada. La traición que cree haber cometido sólo tuvo lugar en ilusiones, y todos sus "pecados" no son sino el producto de su propia imaginación. No necesitamos perdón, pues los que son totalmente puros jamás han pecado.

El perdón es la única función que tiene sentido en el tiempo y sólo el perdón ofrece milagros, pues deshace el error de la ilusión y de la separación. El perdón es lo que nos libera totalmente del tiempo lo que nos permite aprender que el pasado ya pasó. Lo que no se ha perdonado es una voz que llama desde un pasado que ya pasó para siempre. lo único que lo considera real es el deseo de que lo que ya pasó pueda volver a ser real y verse aquí y ahora, en lugar de lo que realmente se encuentra aquí y ahora.

Mientras que decidamos conservar las consecuencias de la culpabilidad, nuestra mente no estará sana y los que no han sanado no pueden perdonar. Nadie puede perdonar un pecado que considere real. En este sentido, no podemos confundir el perdón con la piedad, la cual trata de perdonar lo que cree que es verdad. Como bien enseña el Curso, no se puede devolver bondad por maldad, pues el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: "Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado". Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposi­ble, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa.

El que perdona se cura. Y en su curación radica la prueba de que hemos perdonado verdaderamente y de que no guarda traza alguna de condenación que todavía pudiese uti­lizar contra sí mismo o contra cualquier cosa viviente. El perdón no es real a menos que nos brinde curación a ambos, a nuestro her­mano y a nosotros. El sueño de curación reside en el perdón, que nos muestra que nunca hemos pecado.

El pensamiento del perdón, es ampliamente tratado en las Lecciones del Libro de Ejercicios. Me tomaré la libertad de compartir algunas de ellas, a riesgo de no mencionarlas todas, pues no se pretende en este análisis otro objetivo que señalar referencias que nos ayuden a profundizar en ellas.

LECCIÓN 46
Dios es el Amor en el que perdono.

1. Dios no perdona porque nunca ha condenado. 2primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario. 3El per­dón es la mayor necesidad de este mundo, y esto se debe a que es un mundo de ilusiones. 4Aquellos que perdonan se liberan a sí mismos de las ilusiones, mientras que los que se ruegan a hacerlo se atan a ellas. 5De la misma manera en que sólo te condenas a ti mismo, de igual modo, sólo te perdonas a ti mismo.
2. Pero si bien Dios no perdona, Su Amor es, no obstante, la base del perdón. 2El miedo condena y el amor perdona. 3El perdón, pues, des-hace lo que el miedo ha producido, y lleva de nuevo a la mente a la conciencia de Dios. 4Por esta razón, al perdón puede llamársele verdaderamente salvación. 5Es el medio a través del cual desaparecen las ilusiones…


LECCIÓN 62
Perdonar es mi función por ser la luz del mundo.


1. Tu perdón es lo que lleva a este mundo de tinieblas a la luz. 2Tu perdón es lo que te permite reconocer la luz en la que ves. 3El perdón es la demostración de que tú eres la luz del mundo. 4Mediante tu perdón vuelves a recordar la verdad acerca de ti. 5En tu perdón, por lo tanto, reside tu salvación.
2. Las ilusiones que tienes acerca de ti y acerca del mundo son una y la misma. 2Por eso es por lo que todo perdón es un regalo que te haces a ti mismo. 3Tu meta es descubrir quién eres, al haber negado tu Identidad atacando a la creación y a su Creador. 4Ahora estás aprendiendo a recordar la verdad. 5Para ello, el ataque tiene que ser reemplazado por el perdón, de manera que los pensa­mientos de vida puedan reemplazar a los pensamientos de muerte.
3. Recuerda que en todo ataque apelas a tu propia debilidad, mientras que cada vez que perdonas apelas a la fortaleza de Cristo en ti. 2¿Te vas dando cuenta, pues, de lo que el perdón hará por ti? 3Eliminará de tu mente toda sensación de debilidad, de tensión y de fatiga. 4Arrasará con todo vestigio de temor, culpabilidad y dolor. 5Reinstaurará en tu conciencia la invulnerabilidad y el poder que Dios le confirió a Su Hijo…


Lección 99
La salvación es mi única función aquí.


1. La salvación y el perdón son lo mismo. 2Ambas cosas implican que algo anda mal, algo de lo cual es necesario que se nos salve y se nos perdone; algo impropio que necesita corrección; algo aparte o diferente de la Voluntad de Dios. 3Ambos términos, por lo tanto, implican algo totalmente imposible, pero que, sin embargo, ha ocurrido, dando lugar a un estado de aparente con­flicto entre lo que es y lo que nunca podría ser…

LECCIÓN 121
El perdón es la llave de la felicidad.

1. He aquí la respuesta a tu búsqueda de paz. 2He aquí lo que le dará significado a un mundo que no parece tener sentido. 3He aquí la senda que conduce a la seguridad en medio de aparentes peligros que parecen acecharte en cada recodo del camino y soca­var todas tus esperanzas de poder hallar alguna vez paz y tran­quilidad. 4Con esta idea todas tus preguntas quedan contestadas; con esta idea queda asegurado de una vez por todas el fin de la incertidumbre.
2. La mente que no perdona vive atemorizada, y no le da margen al amor para ser lo que es ni para que pueda desplegar sus alas en paz y remontarse por encima de la confusión del mundo. 2La mente que no perdona está triste, sin esperanzas de poder hallar alivio o liberarse del dolor. 3Sufre y mora en la aflicción, mero­deando en las tinieblas sin poder ver nada, convencida, no obs­tante, de que el peligro la acecha allí.
3. La mente que no perdona vive atormentada por la duda, con­fundida con respecto a sí misma, así como con respecto a todo lo que ve, atemorizada y airada. La mente que no perdona es débil y presumida, tan temerosa de seguir adelante como de quedarse donde está, de despertar como de irse a dormir. Tiene miedo tam­bién de cada sonido que oye, pero todavía más del silencio; la oscuridad la aterra, mas la proximidad de la luz la aterra todavía más. 2¿Qué puede percibir la mente que no perdona sino su pro­pia condenación? 3¿Qué puede contemplar sino la prueba de que todos sus pecados son reales?
4. La mente que no perdona no ve errores, sino pecados. 2Con­templa el mundo con ojos invidentes y da alaridos al ver sus pro­pias proyecciones alzarse para arremeter contra la miserable parodia que es su vida. 3Desea vivir, sin embargo, anhela estar muerta. 4Desea el perdón, sin embargo, ha perdido toda espe­ranza. 5Desea escapar, sin embargo, no puede ni siquiera conce­birlo, pues ve pecado por doquier.
5. La mente que no perdona vive desesperada, sin la menor espe­ranza de que el futuro pueda ofrecerle nada que no sea desespe­ración. 2Ve sus juicios con respecto al mundo, no obstante, como algo irreversible, sin darse cuenta de que se ha condenado a sí misma a esta desesperación. 3No cree que pueda cambiar, pues lo que ve da testimonio de que sus juicios son acertados. 4No pre­gunta, pues cree saber. 5No cuestiona, convencida de que tiene razón.
6. El perdón es algo que se adquiere. 2No es algo inherente a la mente, la cual no puede pecar. 3Del mismo modo en que el pecado es una idea que te enseñaste a ti mismo, así el perdón es algo que tiene que aprender, no de ti mismo, sino del Maestro que repre­senta tu otro Ser. 4A través de Él aprendes a perdonar al ser que crees haber hecho, y dejas que desaparezca. 5Así es como le devuelves tu mente en su totalidad a Aquel que es tu Ser y que jamás puede pecar.
7. Cada mente que no perdona te brinda una oportunidad más de enseñarle a la tuya cómo perdonarse a sí misma. 2Cada una de ellas está esperando a liberarse del infierno a través de ti, y se dirige a ti implorando el Cielo aquí y ahora. 3No tiene esperan­zas, pero tú te conviertes en su esperanza. 4Y al convertirte en su esperanza, te vuelves la tuya propia. 5La mente que no perdona tiene que aprender, mediante tu perdón, que se ha salvado del infierno. 6Y a medida que enseñes salvación, aprenderás lo que es. 7Sin embargo, todo cuanto enseñes y todo cuanto aprendas no procederá de ti, sino del Maestro que se te dio para que te mos­trase el camino.

LECCIÓN 122
El perdón me ofrece todo lo que deseo.

¿Qué podrías desear que el perdón no pudiese ofrecerte? 2¿Deseas paz? 3El perdón te la ofrece. 4¿Deseas ser feliz, tener una mente serena, certeza de propósito y una sensación de belleza y de ser valioso que transciende el mundo? 5¿Deseas cuidados y seguridad, y disponer siempre del calor de una protección segura? 6¿Deseas una quietud que no pueda ser perturbada, una mansedumbre eternamente invulnerable, una profunda y perma­nente sensación de bienestar, así como un descanso tan perfecto que nada jamás pueda interrumpirlo?
2. El perdón te ofrece todo eso y más. 2El perdón pone un deste­llo de luz en tus ojos al despertar, y te infunde júbilo con el que hacer frente al día. 3Acaricia tu frente mientras duermes, y reposa sobre tus párpados para que no tengas sueños de miedo o de maldad, de malicia o de ataque. 4cuando despiertas de nuevo, te ofrece otro día de felicidad y de paz. 5El perdón te ofrece todo esto y más…


LECCIÓN 192


Tengo una función que Dios quiere que desempeñe.


1. La santa Voluntad de tu Padre es que tú lo completes, y que tu Ser sea Su Hijo sagrado, por siempre puro como Él, creado del Amor y en él, preservado, extendiendo amor y creando en su Nombre, por siempre uno con Dios y con tu Ser. 2Mas ¿qué sen­tido puede tener tal función en un mundo de envidia, odio y ataque?
2. Tienes, por lo tanto, una función en el mundo de acuerdo a sus propias normas. 2Pues, ¿quién podría entender un lenguaje que está mucho más allá de lo que buenamente puede entender? 3El perdón es tu función aquí. 4No es algo que Dios haya creado, ya que es el medio por el que se puede erradicar lo que no es verdad. 5Pues, ¿qué necesidad tiene el Cielo de perdón? 6En la tierra, no obstante, tienes necesidad de los medios que te ayudan a abando­nar las ilusiones. 7La creación aguarda tu regreso simplemente para ser reconocida, no para ser íntegra.
3. Lo que la creación es no puede ni siquiera concebirse en el mundo. 2No tiene sentido aquí. 3El perdón es lo que más se le asemeja aquí en la tierra. 4Pues al haber nacido en el Cielo, carece de forma. 5Dios, sin embargo, creó a Uno con el poder de traducir a formas lo que no tiene forma en absoluto. 6Lo que Él hace es forjar sueños, pero de una clase tan similar al acto de despertar que la luz del día ya refulge en ellos, y los ojos que ya empiezan a abrirse contemplan los felices panoramas que esos sueños les ofrecen.

¿Qué es el perdón?

1. El perdón reconoce que lo que pensaste que tu hermano te había hecho en realidad nunca ocurrió. 2El perdón no perdona pecados, otorgándoles así realidad. 3Simplemente ve que no hubo pecado. 4Y desde este punto de vista todos tus pecados quedan perdonados. 5¿Qué es el pecado sino una idea falsa acerca del Hijo de Dios? 6El perdón ve simplemente la falsedad de dicha idea y, por lo tanto, la descarta. 7Lo que entonces queda libre para ocupar su lugar es la Voluntad de Dios.
2. Un pensamiento que no perdona es aquel que emite un juicio que no pone en duda a pesar de que es falso. 2La mente se ha cerrado y no puede liberarse. 3Dicho pensamiento protege la pro­yección, apretando aún más sus cadenas de manera que las dis­torsiones resulten más sutiles y turbias; menos susceptibles de ser puestas en duda y más alejadas de la razón. 4¿Qué puede interponerse entre una proyección fija y el objetivo que ésta ha elegido como su deseada meta?
3. Un pensamiento que no perdona hace muchas cosas. 2Persigue su objetivo frenéticamente, retorciendo y volcando todo aquello que cree que se interpone en su camino. 3Su propósito es distor­sionar, lo cual es también el medio por el que procura alcanzar ese propósito. 4Se dedica con furia a arrasar la realidad, sin ningún miramiento por nada que parezca contradecir su punto de vista.
4. El perdón, en cambio, es tranquilo y sosegado, y no hace nada. 2No ofende ningún aspecto de la realidad ni busca tergiversarla para que adquiera apariencias que a él le gusten. 3Simplemente observa, espera y no juzga. 4El que no perdona se ve obligado a juzgar, pues tiene que justificar el no haber perdonado. 5Pero aquel que ha de perdonarse a sí mismo debe aprender a darle la bienvenida a la verdad exactamente como ésta es.
5. No hagas nada, pues, y deja que el perdón te muestre lo que debes hacer a través de Aquel que es tu Guía, tu Salvador y Pro­tector, Quien, lleno de esperanza, está seguro de que finalmente triunfarás. 2Él ya te ha perdonado, pues ésa es la función que Dios le encomendó. 3Ahora tú debes compartir Su función y per­donar a aquel que Él ha salvado, cuya inocencia Él ve y a quien honra como el Hijo de Dios.

“El perdón es la morada de los milagros. Los ojos de Cristo se los ofrecen a todos los que Él contempla con misericordia y con amor. La percepción queda corregida ante Su vista, y aquello cuyo propósito era maldecir tiene ahora el de bendecir. Cada azucena de perdón le ofrece al mundo el silencioso milagro del amor. cada una de ellas se deposita ante la Palabra de Dios, en el altar universal al Creador y a la creación, a la luz de la perfecta pureza y de la dicha infinita”. (L-pII.13.3:5)


"Hermano, perdóname ahora. Vengo a llevarte a casa conmigo. Y según avanzamos, el mundo se une a nosotros en nuestro camino a Dios". (L-pII.342.1:3)

jueves, 2 de febrero de 2017

Principio 20: Los milagros despiertan nuevamente la consciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad.

PRINCIPIO 20

Los milagros despiertan nuevamente la consciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad. Este reconocimiento es lo que le confiere al milagro su poder curativo.


El dolor es dormir; el júbilo, despertar.

Los milagros, al despertar nuestra consciencia y revelarnos el Ser que Somos, realmente, lo que está haciendo es indicarnos que el camino que ha de conducirnos al Estado de júbilo-despertar es perdonar.

Esta idea se desarrolla en el Libro de Ejercicios, concretamente en la Lección 198:

“El perdón desvanece todos los demás sueños, y aunque en sí es un sueño, no da lugar a más sueños. Todas las ilusiones, salvo ésta, no pueden sino multiplicarse de mil en mil. Pero con ésta, a todas las demás les llega su fin. El perdón representa el fin de todos los sueños, ya que es el sueño del despertar. No es en sí la verdad. No obstante, apunta hacia donde ésta se encuentra, y provee dirección con la certeza de Dios Mismo. Es un sueño en el que el Hijo de Dios despierta a su Ser y a su Padre, sabiendo que Ambos son uno”. (L.pI.198.3)

Así lo expresa Kenneth Wapnick al referirse a este Principio: “Ahí está, otra vez, la misma idea, de que la verdad y la santidad no se encuentran en el cuerpo, se encuentran en nuestras mentes. Cuando nuestras mentes se sanen totalmente recordaremos que la verdad está en nuestra Identidad como espíritu”.

Este Principio nos ofrece la oportunidad de profundizar en la idea de sueño y despertar. Vamos a dedicar las siguientes líneas a recoger lo que el Curso tiene que aportar sobre este particular.

Habrá que remontarse a los “inicios” para rescatar el significado del Estado llamado “El jardín del Edén” -la condición que existía antes de la separa­ción- era un estado mental en el que no se necesitaba nada.
Nos refiere los Textos Sagrados que cuando Adán prestó oídos a "las mentiras de la serpiente", lo único que oyó fueron falsedades. Algo que no se recoge en dicho Texto, es que no tenemos la obligación de continuar cre­yendo lo que no es verdad, a no ser que así lo elijamos.

Es importante que sepamos, que la realidad a la que nos invitó “la serpiente” puede literalmente desaparecer en un abrir y cerrar de ojos por­que no es más que una percepción falsa. Lo que se ve en sueños parece ser muy real. La Biblia nos refiere que sobre Adán se abatió un sueño profundo, mas no se hace mención en ninguna parte a que haya despertado. El mundo no ha experimentado todavía ningún despertar o renacimiento com­pleto. Un renacer así es imposible mientras sigamos proyectando o creando falsamente. No obstante, la capacidad de extender tal como Dios nos extendió Su Espíritu permanece todavía dentro de nosotros. En realidad, ésta es nuestra única alternativa, pues se nos dio el libre albedrío para que nos deleitáramos creando lo perfecto.

Me pregunto, ¿por qué el Hijo de Dios eligió soñar a estar despierto?

Me abordan, otras muchas reflexiones. En el mundo de la ilusión, utilizamos el sueño como un periodo para descansar. Sin embargo, Un Curso de Milagros nos indica que el descanso no se deriva de dormir sino de despertar.

El Texto del Curso dedica un Capítulo en el que habla de las base del sueño y que considero importante para comprender el significado del estado que estamos analizando.

¿No es acaso cierto que de los sueños surge un mundo que parece ser muy real? Mas examina lo que es ese mundo. Obvia­mente no es el mundo que viste antes de irte a dormir. Es más bien una distorsión de él, urdida exclusivamente en torno a lo que tú hubieses preferido que ocurriese. En él eres "libre" para reconstruir lo que parecía atacarte, y convertirlo en un tributo a tu ego, que se indignó por el "ataque". Ése no sería tu deseo a menos que no te identificases a ti mismo con el ego, que siempre se ve a sí mismo, y, por lo tanto, a ti, como sometido a un cons­tante ataque y sumamente vulnerable a él.

Los sueños son caóticos porque están regidos por tus deseos conflictivos, y así, lo que es verdad les trae sin cuidado. Son el mejor ejemplo de cómo se puede utilizar la percepción para sus­tituir a la verdad por ilusiones. Al despertar no los tomas en serio, pues el hecho de que la realidad se viola tan radicalmente en ellos resulta evidente. Sin embargo, son una manera de ver el mundo y de cambiarlo para que se adapte mejor al ego. Son ejemplos impresionantes, tanto de la incapacidad del ego para tolerar la realidad, como del hecho de que tú estás dispuesto a cambiar la realidad para beneficiarlo a él.

La diferencia entre lo que ves en sueños y lo que ves al desper­tar no te resulta inquietante. Reconoces que lo que ves al desper­tar se desvanece en los sueños. Al despertar, no obstante, no esperas que haya desaparecido. En los sueños eres tú quien determina todo. Las personas se convierten en lo que tú quieres que sean y hacen lo que tú les ordenas. No se te impone ningún límite en cuanto a las sustituciones que puedes llevar a cabo. Por algún tiempo parece como si se te hubiese dado el mundo para que hicieses de él lo que se te antojase. No te das cuenta de que lo estás atacando y tratando de subyugarlo para que se avenga a tus deseos.

Los sueños son desahogos emocionales en el nivel de la percep­ción en los que literalmente profieres a gritos: "¡Quiero que las cosas sean así!" Y aparentemente lo consigues. Mas los sueños son inseparables de su fuente. La ira y el miedo los envuelven, y en cualquier instante la ilusión de satisfacción puede ser invadida por la ilusión de terror. Pues el sueño de que tienes la capacidad de controlar la realidad y de sustituirla por un mundo que pre­fieres es aterrante. Tus intentos de eliminar la realidad son aterra­dores, pero no estás dispuesto a aceptar esto. Por lo tanto, lo sustituyes con la fantasía de que la realidad es lo que es aterra­dor, y no lo que tú quieres hacer de ella. Y de este modo la culpa­bilidad se vuelve real.

Los sueños te muestran que tienes el poder de construir un mundo a tu gusto, y que por el hecho de desearlo lo ves. mien­tras lo ves no dudas de que sea real. Mas he ahí un mundo, que aunque claramente existe sólo en tu mente, parece estar afuera. No reaccionas ante él como si tú mismo lo hubieses construido, ni te das cuenta de que las emociones que el sueño suscita no pueden sino proceder de ti. Los personajes del sueño y sus accio­nes parecen dar lugar al sueño. No te das cuenta de que eres tú el que los hace actuar por ti, ya que, si fueses tú el que actuase, la culpa no recaería sobre ellos, y la ilusión de satisfacción desapare­cería. Estos hechos no son ambiguos en los sueños. Pareces des­pertar, y el sueño desaparece. Pero lo que no reconoces es que lo que dio origen al sueño no desapareció con él. Tu deseo de cons­truir otro mundo que no es real sigue vivo en ti. Y pareces des­pertar a lo que no es sino otra forma de ese mismo mundo que viste en tus sueños. Estás soñando continuamente. Lo único que es diferente entre los sueños que tienes cuando duermes y los que tienes cuando estás despierto es la forma que adoptan, y eso es todo. Su contenido es el mismo. Constituyen tu protesta contra la realidad, y tu idea fija y demente de que la puedes cambiar. En los sueños que tienes mientras estás despierto, la relación especial ocupa un lugar especial. Es el medio con el que tratas de que los sueños que tienes mientras duermes se hagan realidad. De esto no puedes despertar. La relación especial representa tu resolución de mantenerte aferrado a la irrealidad, y de impedirte a ti mismo despertar. mientras le otorgues más valor a estar dormido que a estar despierto, no querrás despertar”. (T.18.II.1:5)

El aprendizaje que verdaderamente corrige comienza siempre con el despertar del espíritu y con el rechazo de la fe en la visión física. Sin embargo, esto frecuentemente entraña temor, ya que tienes miedo de lo que tu visión espiritual te mostraría.

Debemos reconocer que somos el soñador del mundo de los sueños. Todo lo que aterrorizó al Hijo de Dios y le hizo pensar que había perdido su inocencia, repudiado a su Padre y entrado en guerra consigo mismo no es más que un sueño fútil. Mas ese sueño es tan temible y tan real en apariencia, que él no podría despertar a la realidad sin verse inundado por el frío sudor del terror y sin dar gritos de pánico, a menos que un sueño más dulce precediese su despertar y permi­tiese que su mente se calmara para poder acoger -no temer- la Voz que con amor lo llama a despertar; un sueño más dulce, en el que su sufrimiento cesa y en el que su hermano es su amigo. Dios dispuso que su despertar fuese dulce y jubiloso, y le pro­porcionó los medios para que pudiese despertar sin miedo.

Esa Voz dispuesta a despertarnos con amor es el Espíritu Santo, el cual, siempre práctico en Su sabiduría, acepta nuestros sueños y los emplea en beneficio de nuestro despertar.

¿Cómo actúa el Espíritu Santo dentro del sueño para ayudarnos a despertar?

La respuesta a esta cuestión viene recogida en el punto V del capítulo 6 del Curso, el cual trata sobre las lecciones del Espíritu Santo:

“Como cualquier buen maestro, el Espíritu Santo sabe más de lo que tú sabes ahora, y sólo te enseña para que llegues a ser igual que Él. Tú te enseñaste mal a ti mismo al creer lo que no era cierto. No creíste en tu propia perfección. ¿Iba acaso Dios a ense­ñarte que habías fabricado una mente dividida, cuando Él sabe que tu mente es íntegra? Lo que Dios sí sabe es que Sus canales de comunicación no están abiertos a Él, lo cual le impide impartir­les Su gozo y, así, saber que Sus Hijos son completamente dicho­sos. El dar de Su gozo es un proceso continuo, no en el tiempo sino en la eternidad. La extensión de Dios, aunque no Su comple­ción, se obstruye cuando la Filiación no se comunica con Él cual una sola. Así que Dios pensó: "Mis Hijos duermen y hay que despertarlos".
¿Qué podría despertar más dulcemente a un niño que una tierna voz que no lo asusta sino que simplemente le recuerda que la noche ya pasó y que la luz ha llegado? No se le dice que las pesadillas que lo estaban aterrorizando tanto no eran reales, pues los niños creen en la magia. Simplemente se le asegura que ahora está salvo. Más tarde se le enseña a distinguir la diferencia entre estar dormido y estar despierto, para que entienda que no tiene que tener miedo de los sueños. Y así, cuando vuelva a tener pesa­dillas, él mismo invocará la luz para desvanecerlas.
Un buen maestro enseña mediante un enfoque positivo, no mediante uno negativo. No hace hincapié en lo que tienes que evitar para escapar de lo que te puede hacer daño, sino en lo que tienes que aprender para ser feliz. Piensa en el miedo y en la confusión que un niño experimentaría si le dijeran: "No hagas eso porque es muy peligroso y te puede hacer daño, pero si haces esto otro, no te harás daño, estarás a salvo y no tendrás miedo". Defi­nitivamente es mucho mejor usar tan solo tres palabras: "¡Haz sólo esto!" Esta simple afirmación es perfectamente inequívoca y muy fácil de entender y de recordar.
El Espíritu Santo nunca hace una relación detallada de los erro­res porque Su intención no es asustar a los niños, y los que carecen de sabiduría son niños. Siempre responde, no obstante, a su lla­mada, y el hecho de que ellos puedan contar con Él los hace sen­tirse más seguros. Los niños ciertamente confunden las fantasías con la realidad, y se asustan porque no pueden distinguir la dife­rencia que hay entre ellas. El Espíritu Santo no hace distinción alguna entre diferentes clases de sueños. Simplemente los hace desaparecer con Su luz. Su luz es siempre la llamada a despertar, no importa lo que hayas estado soñando. No hay nada duradero en los sueños, y el Espíritu Santo, que refulge con la Luz de Dios Mismo, sólo habla en nombre de lo que perdura eternamente”. (T.6.V.1:4)

Toda clase de enfermedad, e incluso la muerte, son expresiones físicas del miedo a despertar. Son intentos de reforzar el sueño debido al miedo a despertar.
Dormir es aislarse; desper­tar, unirse.

La manera en que nos despertamos indica cómo usamos el tiempo que pasamos durmiendo. ¿A quién se lo ofrecimos? ¿Bajo qué maestro lo pusimos? Siempre que nos despertamos desanimados es que no se lo ofrecimos al Espíritu Santo. Sólo cuando nos despertamos felices utilizamos el tiempo que pasamos durmiendo en armonía con Su propósito. Podemos descansar en paz debido únicamente a que estamos despiertos.

La curación es la liberación del miedo a despertar, y la substi­tución de ese miedo por la decisión de despertar. La decisión de despertar refleja la voluntad de amar, puesto que toda curación supone la sustitución del miedo por el amor. (T.8.IX.3:2)

¿Hasta cuándo tendremos que permanecer dormidos?

Cuando hacemos alusión al estado del “sueño”, lo que realmente estamos diciendo es que el Hijo de Dios ha olvidado Su Origen y ha creído sustituirlo por otra identidad. Por lo tanto, despertará cuando recuerde su verdadera identidad.

Recordaremos todo en el instante en que lo deseemos de todo cora­zón, pues si desear de todo corazón es crear, nuestra voluntad habrá dispuesto el fin de la separación, y simultáneamente le habremos devuelto nuestra mente a nuestro Creador y a nuestras creaciones. Al conocerlos, ya no tendremos deseos de dormir, sino sólo el deseo de despertar y regocijarnos. Soñar será imposible porque sólo desearemos la verdad, y al ser ésa por fin nuestra voluntad, dispondremos de ella.

“Cuando despiertes, verás la verdad a tu alrededor y dentro de ti, y ya no creerás en los sueños porque éstos dejarán de ser reales para ti. El Reino, en cambio, y todo lo que allí has creado, será sumamente real para ti porque es hermoso y verdadero”. (T.6.IV.6:8)

Doy fin a esta introducción sobre el sueño y el despertar, con estas hermosas palabras:

“Acepta el sueño que Él te dio en lugar del tuyo. No es difícil cambiar un sueño una vez que se ha identificado al soñador. Des­cansa en el Espíritu Santo, y permite que Sus dulces sueños reem­placen a los que soñaste aterrorizado, temiéndole a la muerte. El Espíritu Santo te brinda sueños de perdón, en los que la elección no es entre quién es el asesino y quién la víctima. Los sueños que Él te ofrece no son de asesinatos ni de muerte. El sueño de culpa­bilidad está desapareciendo de tu vista, aunque tus ojos están cerrados. Una sonrisa ha venido a iluminar tu rostro durmiente. Duermes apaciblemente ahora, pues éstos son sueños felices”. (T.27.VII.14:8)

miércoles, 1 de febrero de 2017

Principio 19: Los milagros hacen que las mentes sean una en Dios.

PRINCIPIO 19

Los milagros hacen que las mentes sean una en Dios. Se basan en la cooperación porque la Filiación es la suma de todo lo que Dios creó. Los milagros reflejan, por lo tanto, las leyes de la eternidad, no las del tiempo.


Para el ego, el milagro es algo antinatural debido a que no entiende cómo es posible que mentes separadas puedan influenciarse unas a otras. Pero las mentes no pueden estar separadas. De ahí que los milagros siem­pre cambian nuestra mente, en verdad no hay ninguna otra.

A lo largo del estudio del Curso de Milagros, tendremos que tratar, inevitablemente, el tema de la unidad y de la mente. No obstante y a título de introducción, me gustaría aprovechar el contenido de este Principio para realizar un acercamiento a dichos temas.

Ya que vamos a hablar sobre la unidad, me gustaría comenzar aludiendo al origen de la separación.

La capacidad de extenderse es un aspecto fundamental de Dios que Él le dio a Su Hijo. En la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Volun­tad de crear que Él posee. No sólo fuiste plenamente creado, sino que fuiste creado perfecto. No existe vacuidad en ti. Debido a la semejanza que guardas con tu Creador eres creativo. Ningún Hijo de Dios puede perder esa facultad, ya que es inherente a lo que él es, pero puede usarla de forma inadecuada al proyectar. El uso inadecuado de la extensión -la proyección- tiene lugar cuando crees que existe en ti alguna carencia o vacuidad, y que puedes suplirla con tus propias ideas, en lugar de con la verdad. Este proceso comprende los siguientes pasos":
  • Primero: Crees que tu mente puede cambiar lo que Dios creó.
  • Segundo: Crees que lo que es perfecto puede volverse imper­fecto o deficiente.
  • Tercero: Crees que puedes distorsionar las creaciones de Dios, incluido tú.
  • Cuarto: Crees que puedes ser tu propio creador y que estás a cargo de la dirección de tu propia creación. (T.2.I.1)

Se entiende, que el uso incorrecto de la capacidad creadora (hemos heredado las Cualidades de nuestro Creador), es decir, la proyección (acto que nos induce hacia lo exterior) se produce cuando existe en nosotros alguna carencia. Pero, ¿qué carencia podría tener el Hijo de Dios, gozando de la Plenitud Divina al ser una Extensión de la Mente de Dios?

Esa carencia hay que entenderla como el intenso deseo de experimentar la individualidad, es decir, el propio aprendizaje. Es por lo que el Texto nos dice que el error se consume cuando creemos que podemos suplir esa carencia con ideas propias, en lugar de con la verdad.

Podemos decir, que estamos ante la elección. No hay otra elección. Tan sólo esa. La Esencia de origen mental, decide “imitar a su creador”, pero lo hace fuera del Seno de donde ha sido Emanada. A partir de ese “pensamiento único” dio comienzo la proyección y la posterior identificación con lo fabricado: imágenes que dieron lugar al aprendizaje a través de la percepción (aparición del ego y de su vehículo, el cuerpo).

¿Qué consecuencias tiene la separación?: La sustitución del Amor por el miedo.

Nos dice el Curso, que antes de la separación la mente era invulnerable al miedo, ya que el miedo no existía. Tanto la separación como el miedo son creaciones fal­sas que tienen que deshacerse a fin de que se pueda restaurar el templo y abrir el altar para que reciba la Expiación.

Tenemos miedo de la Voluntad de Dios porque hemos usado nuestra mente, que Él creó a semejanza de la Suya Propia, para crear falsa­mente. La mente sólo puede crear falsamente cuando cree que no es libre. Una mente "aprisionada" no es libre porque está poseí­da, o refrenada, por sí misma. Está, por lo tanto, limitada, y la voluntad no es libre de afirmarse a sí misma. Ser uno es ser de una misma mente o voluntad. Cuando la Voluntad de la Filiación y la del Padre son una, la perfecta armonía entre ellas es el Cielo.

La mente puede hacer que la creencia en la separación sea muy real y aterradora. A esta creencia es lo que se conoce por el "diablo". Es una idea poderosa, dinámica y destructiva que está en clara oposición a Dios debido a que literalmente niega Su Paternidad.

Tal vez te estés preguntando por qué elegimos el miedo en vez del amor.
La respuesta a esta cuestión responde a que sólo nuestra mente puede producir miedo y esta situación se produce cada vez que está en conflicto con res­pecto a lo que quiere, lo cual inevitablemente produce tensión, ya que existen discrepancias entre lo que quiere y lo que hace al res­pecto. Eso sólo puede corregirse aceptando un objetivo unificado.

Hemos dicho que la proyección es un acto erróneo de la mente. Pues bien, el primer paso correctivo para deshacer ese error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo. De alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría tenido lugar. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.

“Todo el mundo experimenta miedo. Sin embargo, no se reque­riría más que una pequeña dosis de recto pensar para que uno pudiese darse cuenta de por qué se produce. Son muy pocos los que aprecian el verdadero poder de la mente, y nadie permanece totalmente consciente de él todo el tiempo. No obstante, si espe­ras librarte del miedo hay algunas cosas que debes comprender, y comprender plenamente. La mente es muy poderosa y jamás pierde su fuerza creativa. Nunca duerme. Está creando conti­nuamente. Es difícil reconocer la oleada de poder que resulta de la combinación de pensamiento y creencia, la cual puede literalmente mover montañas. A primera vista parece arrogante creer que posees tal poder, mas no es ésa la verdadera razón de que no lo creas. Prefieres creer que tus pensamientos no pueden ejercer ninguna influencia real porque de hecho tienes miedo de ellos. Eso puede mitigar la conciencia de culpabilidad, pero a costa de percibir a la mente como impotente. Si crees que lo que piensas no tiene ningún efecto, puede que dejes de tenerle miedo, pero es bastante improbable que le tengas respeto. No hay pensamien­tos fútiles. Todo pensamiento produce forma en algún nivel”. (T.2.VI.9)

Decíamos que el proceso correctivo nos lleva hasta la Expiación. Bien, el milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. Así se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que, como hemos dicho, son simplemente una falta de amor.
Si una mente percibe sin amor, percibe tan sólo un armazón vacío y no se da cuenta del espíritu que mora adentro. Pero la Expiación restituye el espíritu al lugar que le corresponde. La mente que sirve al espíritu es invulnerable. Tendremos ocasión de dedicar un capítulo exclusivo al tema de la Expiación.

Los milagros se dan en la mente que está lista para ellos. Dicha mente, al estar unida, se extiende a todos aun cuando el que obra milagros no se dé cuenta de ello. La naturaleza impersonal del milagro se debe a que la Expiación en sí es una, lo cual une a todo lo creado con su Creador.

Un Curso de Milagros nos recomienda que no dejemos de vigilar a nuestra mente, ya que de otro modo no podrías ser de ayuda al Espíritu Santo. Obrar milagros requiere el que uno se dé cuenta plenamente del poder de los pensamientos a fin de evitar las creaciones falsas.

La proyección dio lugar a la conciencia -el nivel de la percepción-, la primera divi­sión que se introdujo en la mente después de la separación, con­virtiendo a la mente de esta manera en un instrumento preceptor en vez de en un instrumento creador. La conciencia ha sido correctamente identificada como perteneciente al ámbito del ego. El ego es un intento erróneo de la mente de percibirnos tal como deseamos ser, en vez de como realmente somos. Sin embargo, sólo podemos conocernos a nosotros mismos como realmente somos, ya que de eso es de lo único que podemos estar seguros. Todo lo demás es cuestionable.

Siguiendo con las recomendaciones mencionadas, el Curso nos invita a que nos cuidemos de las tentaciones del ego y de sus engaños. En verdad, no tiene nada que ofrecernos. Añade, que cuando hayamos abandonado el des-ánimo voluntario, veremos cómo nuestra mente puede concentrarse, trascender toda fatiga y sanar. El Curso reconoce que no nos mantenemos lo suficientemente alerta contra las exigencias del ego como para poder librarnos de ellas. Eso no tiene por qué ser así.
El hábito de colaborar con Dios y Sus creaciones se adquiere fácilmente si nos negamos diligentemente a dejar que nuestra mente diva­gue.

“Lo que es lo mismo no puede ser diferente, y lo que es uno no puede tener partes separadas”.

martes, 31 de enero de 2017

Principio 18: El milagro es un servicio.

PRINCIPIO 18

 El milagro es un servicio. Es el máximo servicio que le puedes prestar a otro. Es una manera de amar al prójimo como a ti mismo, en la que reconoces simultáneamente tu propia valía y la de él.

Existe una Regla de Oro, de la cual, el Curso de Milagros nos dice es la norma del comportamiento apropiado. La Regla de Oro nos pide que nos comportemos con los demás como quisiéramos que ellos se comportasen con nosotros. Esta Regla nos recuerda, que respondemos a lo que percibimos y tal como percibimos así nos comportamos. Por lo tanto, la percepción que tenemos de nosotros mismos, así como la que tenemos de los demás debe ser fidedigna.
Si nuestra percepción es incorrecta no podremos comportarnos de manera apropiada.

Desde la visión de la Unidad, en la que formamos parte de una misma familia, la percepción que tengamos con nosotros mismos y con los demás, condicionará el modo en cómo nos vamos a comportarnos con ambos, es decir, con nosotros mismos y con los demás.

Si en cambio nuestra visión es de separación, cuando atacamos el error que vemos en el otro, en verdad, nos estaremos haciendo daño a nosotros mismos. Como bien expresa el Curso, no podemos conocer a nuestro hermano, si lo atacamos. Atacamos aquello que consideramos extraño, y si atacamos a nuestro hermano, lo estamos considerando un extraño y no podremos conocerle, lo que está poniendo de manifiesto que, realmente, no nos conocemos a nosotros mismos.

Este Principio nos ofrece la oportunidad de profundizar sobre la idea que hemos expuesto de inicio, el milagro es una manera de amar al prójimo como a nosotros mismos.

Podemos partir diciendo, que la separación es la fuente de la culpabili­dad, y cuando recurrimos a ella para salvarnos, en verdad lo que estamos proclamando es nuestra creencia de que estamos solo. De ello se deduce que estar solo es ser culpable, pues al sentir que estamos solo, lo que estamos haciendo es negar la Unidad entre Padre e Hijo.

Sin embargo, no hay diferen­cias entre los Hijos de Dios y todo les pertenece a todos por igual. Arrebatarle algo a uno de ellos es desposeerlos a todos. Mas bendecir a uno de ellos, es bendecirlos a todos cual uno solo.

En el capítulo V del Curso, concretamente en su introducción nos revela la capacidad de expansión que tiene la luz cuando es manifestada a través del pensamiento amoroso:

Todo pensamiento benévolo que cualquiera de tus hermanos abrigue en cualquier parte del mundo te bendice. Deberías que­rer bendecirles a tu vez, como muestra de agradecimiento. No tienes que conocerlos personalmente ni ellos a ti. La luz es tan potente que irradia a través de toda la Filiación, la cual da gracias al Padre por irradiar Su dicha sobre ella. Únicamente los santos Hijos de Dios son canales dignos de Su hermosa dicha porque sólo ellos son lo suficientemente hermosos como para conservarla compartiéndola. Es imposible que un Hijo de Dios pueda amar a su prójimo de manera diferente de como se ama sí mismo. De ahí que la plegaria del sanador sea:

Permíteme conocer a este hermano como me conozco a mí mismo.

Mientras dure la percepción, debemos agradecer el hecho de que nuestro hermano sea el espejo en el que vemos reflejada la imagen que tenemos de nosotros mismos. La percepción perdurará hasta que la Filiación reconozca que es íntegra.  Nosotros inventamos la percepción, y ésta perdurará mientras la sigamos deseando.

Sabemos por las enseñanzas del Curso, que es imposible apreciar la realidad parcialmente. En verdad, se ha dicho que no podemos servir a dos amos a la vez.
No podemos negar parte de la Filiación sólo en parte. Es tan imposible como lo es amarla sólo en parte. No es posible tampoco amarla totalmente sólo a veces. No podemos estar, totalmente comprometido sólo en algunas ocasiones. Si le negamos la bendición a un hermano, nos sentiremos desposeídos. Nos estaremos negando la bendición a nosotros mismos o lo que es lo mismo, nos estaríamos condenando.

Cuando un hermano actúa insensatamente, te está ofreciendo una oportunidad para que lo bendigas. Su necesidad es la tuya. Tú necesitas la bendición que puedes darle. No hay manera de que tú puedas disponer de ella excepto dándola. Ésa es la ley de Dios, la cual no hace excepciones. Careces de aquello que niegas, no porque haya carencia de ello, sino porque se lo has negado a otro, y, por lo tanto, no eres consciente de ello en ti. Lo que crees ser determina tus reacciones, y lo que deseas ser es lo que crees que eres. Lo que deseas ser, entonces, determina forzosamente todas tus reacciones”. (T.8.VII.2)

Si aceptamos la percepción variable que nuestro hermano tiene de sí mismo, estaremos aceptando que su mente dividida es la nuestra, y no aceptaremos nuestra pro­pia curación sin la suya.

Debemos reforzar nuestra mente con la visión de que compartimos el mundo real de la misma manera en que compartimos el Cielo, y la curación de nuestro hermano es nuestra curación.

Si percibimos que un hermano nos ha ofendido debemos arrancar la ofensa de nuestra mente. Si lo que percibimos nos ofende, nos ofendemos a nosotros mismos y condenamos al Hijo de Dios a quien Dios no condena.

En estas ocasiones, el Curso nos dice: “deja que el Espíritu Santo elimine todas las ofensas que el Hijo de Dios comete contra sí mismo y no percibas a nadie si no es a través de Su consejo, pues Él quiere salvarte de toda condenación. Acepta Su poder sanador y extiéndelo a todos los que Él te envíe, pues Su Voluntad es sanar al Hijo de Dios, con respecto al cual Él no se engaña”.

No podemos entablar ninguna relación real con ninguno de los Hijos de Dios a menos que los amemos a todos, y que los amemos por igual. El amor no hace excepciones. Si otorgas tu amor a una sola parte de la Filiación exclusivamente, estarás sembrando culpabilidad en todas tus relaciones y haciendo que sean irreales. Sólo puedes amar tal como Dios ama. No intentes amar de forma diferente de como Él lo hace, pues no hay amor aparte del Suyo. Hasta que no reconozcamos que esto es verdad, no tendremos idea de lo que es el amor. Nadie que condena a un hermano puede considerarse inocente o que mora en la paz de Dios. Si es inocente y está en paz, pero no lo ve, se está engañando, y ello significa que no se ha contemplado a sí mismo.

“No es un sueño amar a tu hermano como a ti mismo, ni tu relación santa es tampoco un sueño. Lo único que aún le queda del mundo de los sueños es que todavía es una relación especial. Mas le es muy útil al Espíritu Santo, Quien tiene una función especial aquí. Tu relación se convertirá en el sueño feliz a través del cual Él podrá derramar Su alegría sobre miles y miles de personas que creen que el amor es miedo y no felicidad. Deja que Él lleve a cabo la función que Él le asignó a tu relación al aceptarla en tu nombre, y no habrá nada que no contribuya a ella para que se convierta en lo que Él quiere que sea”. (T.18.V.5)

¿Cómo podemos hacer del milagro un servicio para la Filiación?

Los milagros son simplemente la transformación de la negación en verdad. Si amarse uno a sí mismo significa curarse uno a sí mismo, los que están enfermos no se aman a sí mismos. Por lo tanto, están pidiendo el amor que los podría sanar, pero que se están negando a sí mismos. Si supiesen la verdad acerca de sí mismos no podrían estar enfermos. La tarea del obrador de mila­gros es, por lo tanto, negar la negación de la verdad. Los enfermos deben curarse a sí mismos, pues la verdad mora en ellos. Mas al haberla nublado, la luz de otra mente necesita brillar sobre la suya porque dicha luz es suya.
La luz brilla en todos ellos con igual intensidad independien­temente de cuán densa sea la niebla que la oculta. Si no le otor­gas a la niebla ningún poder para ocultar la luz, no tiene ninguno. Pues sólo tiene poder si el Hijo de Dios se lo confiere. Y debe ser él mismo quien le retire ese poder, recordando que todo poder es de Dios. Tú puedes recordar esto por toda la Filia­ción. No permitas que tu hermano se olvide, pues su olvido es también él tuyo. Pero cuando tú lo recuerdas, lo estás recordando por él también porque a Dios no se le recuerda solo. Esto es lo que has olvidado. Percibir la curación de tu hermano como tu propia curación es, por lo tanto, la manera de recordar a Dios. Pues te olvidaste de tus hermanos y de Dios, y la Respuesta de Dios a tu olvido no es sino la manera de recordar.

No percibas en la enfermedad más que una súplica de amor, y ofrécele a tu hermano lo que él cree que no se puede ofrecer sí mismo. (T.12.II.1:3)