sábado, 3 de junio de 2017

Principio 41: El contenido perceptual de los milagros es la plenitud.

PRINCIPIO 41

El contenido perceptual de los milagros es la plenitud. De ahí que puedan corregir o redimir la errada percepción de carencia.


El Principio 41 nos ofrece la oportunidad de afrontar el análisis de uno de los temas que más nos suele inquietar, el de la dualidad abundancia-escasez.

Kenneth Wapnick, sobre este particular nos refiere lo siguiente:

“El principio básico del ego es el principio de escasez, que falta algo porque hemos excluido a Dios. De ahí es que procede la culpa, del pensamiento de que hay una carencia, que hace al ego y, por lo tanto, al cuerpo real. Vemos a la gente y a nosotros mismos carentes; el milagro refleja para nosotros la integridad que es nuestra verdadera Identidad. "Integridad" puede equipararse con abundancia, la negación del principio de escasez del ego. "Abundancia" no significa nada material, una asociación que se hace frecuentemente con lo que se llama Consciencia de Prosperidad.

En la Consciencia de Prosperidad, se piensa típicamente que la abundancia del espíritu puede traducirse en forma material: si pienso abundancia, recibiré abundancia. No cabe duda de que nuestros pensamientos sí influyen en lo que nos rodea. Fue así que se hizo el mundo para empezar. Pero eso no lo convierte en un principio espiritual. Desde la perspectiva del Curso, ese es el error aquí. Nuestras mentes sí afectan al mundo, pero esto es sólo una aseveración sobre el poder de la mente. Es un fenómeno psíquico, no espiritual. Lo que lo hace espiritual, como hemos visto, es entregarle ese poder al Espíritu Santo. Sin Su ayuda y orientación simplemente continuaríamos escogiendo de acuerdo con las necesidades de nuestro ego, arraigándonos más aún en este mundo de ilusión.

Así que, el milagro no nos da cosas materiales. El milagro sencillamente deshace las defensas que se fundamentaron en nuestra creencia en la escasez y la cual refuerza este principio de carencia. Este proceso regresa nuestra mente a su original y vigente estado de ser uno con Dios, poseedores de todo lo que Dios nos otorgó en la creación: dicha, unidad, libertad, felicidad, etc”.
Este Principio asemeja la percepción del milagro con el estado de “plenitud” y con ello nos está revelando, que la experiencia que nos aporta el milagro nos lleva a recordar nuestro verdadero estado espiritual. La Plenitud es el estado que compartimos con nuestro Creador.
Un Curso de Milagro nos dice: ¿Qué mejor vocación puede haber para cualquier parte del Reino que la de restituirlo a la per­fecta integración que le devuelve la plenitud?

La unidad que existe entre el Crea­dor y la creación constituye nuestra plenitud, nuestra cordura y nuestro poder ilimitado. Este poder ilimitado es el regalo que Dios nos hace por­que eso es lo que somos. Si separamos nuestra mente de dicho poder, no podremos sino percibir la fuerza más grande del universo como si fuese débil, ya que no creeremos formar parte de ella.

Nuestra plenitud es ilimitada por­que el estado de ser es infinito. El egoísmo es cosa del ego, pero la plenitud del Ser pertenece al ámbito del espí­ritu porque así es como Dios lo creó.

El Reino se extiende para siempre porque está en la Mente de Dios. No conocemos nuestro propio gozo porque no conocemos la plenitud de nuestro propio Ser. Si excluimos cualquier parte del Reino no podremos gozar de plenitud. Una mente dividida no puede percibir su lle­nura, y necesita que el milagro de su plenitud alboree en ella y la cure. Esto vuelve a despertar la plenitud en dicha mente; y al aceptar dicha plenitud se reincorpora al Reino. Cuando apreciamos por completo la llenura de Ser de nuestra mente, el egoísmo se vuelve imposible y la extensión inevitable. Por eso es por lo que el Reino goza de perfecta paz. El espíritu está cumpliendo su función, y sólo el pleno cumplimiento produce paz.

Es evidente, que cuando hablamos en estos términos de “plenitud”, de “abundancia”, no nos estamos refiriendo a riqueza material. El mundo físico es fruto de la mente separada, de la mente dividida y esa mente, como hemos visto, no puede percibir llenura. Podemos ser ricos en posesiones materiales y ello no significa que gocemos de paz y plenitud.

La creación es plena, y la señal de la plenitud es la santidad. Los milagros son afirmaciones de Filiación, que es un estado de com­pleción y abundancia. (T.1.V.5-6)

Para poder actuar de todo corazón tenemos que ser feliz.

Nos refiere el Curso, que si el miedo y el amor no pueden coexistir, y si es imposible estar completamente atemorizado y seguir viviendo, el único estado de plenitud posible es el del amor. No existe diferencia alguna entre el amor y la dicha. Por lo tanto, el único estado de plenitud posi­ble es el de absoluta dicha. Curar o hacer feliz es, por lo tanto, lo mismo que integrar y unificar. Por eso es por lo que no importa a qué parte de la Filiación se le ofrece la curación o qué parte la lleva a cabo. Todas las partes se benefician, y se benefician por igual.

La plenitud es indi­visible, pero no podremos saber de la plenitud que gozamos hasta que no la veamos por todas partes.  De igual modo, no podremos entender lo que es la Plenitud a menos que nosotros mismos seamos plenos.

Alcanzaremos la plenitud a medida que restauremos la plenitud de otros, pues dar a un hermano lo que realmente desea es ofrecérnoslo a nosotros mismo, ya que nuestro padre dispone que comprendamos que nuestro hermano y nosotros somos lo mismo.
           
Nos revela el Curso, con relación al principio de escasez, que los que atacan no saben que son benditos. Atacan porque creen que les falta algo. Desde este punto de vista, las Enseñanzas nos hace una recomendación: “Comparte tu abundancia libre­mente y enseña a tus hermanos a conocer la suya. No compartas sus ilusiones de escasez, pues, de lo contrario, te percibirás a ti mismo como alguien necesitado”.

Consciente de que el tema que estamos tratando, la abundancia-plenitud y las escasez-separación, ocupa mucho de nuestros pensamientos hasta convertirse en una de las asignaturas pendientes en nuestras vidas, me gustaría compartir dos testimonios extraídos de dos autores practicantes de las Enseñanzas de Un Curso de Milagros, cuyo contenido nos ayudará a enfocar, de un modo más cercano, el tema que estamos analizando.

El primero de esos testimonios es el aportado por Marianne Williamson en su obra “Volver al amor” de UCDM:

EL DINERO
«La dicha no cuesta nada.»

Haz lo que te guste, lo que haga que tu corazón cante. Y nunca lo hagas por dinero. No trabajes para ganar dinero; trabaja para difundir la alegría. Busca primero el reino de los Cielos, y el Maseratti llegará cuando sea el momento.

Dios no tiene conciencia de pobreza. No quiere que lleves una vida aburrida ni que tu trabajo te harte. No tiene nada en contra de las cosas de este mundo. "El dinero no es malo; simplemente no es nada." Como todo lo demás, se lo puede usar con fines sagrados o impíos.

Una vez tuve una pequeña librería. Un día entró un hombre que me dijo que me enseñaría a ganar dinero. -Cada persona que entra por esa puerta- me explicó es un comprador en potencia. Y eso es lo que usted tiene que decirse para sus adentros cada vez que un cliente entre en la tienda: «Comprador en potencia, comprador en potencia».

Lo sentí como el consejo de un explotador. Me estaba aconsejando que considerase a los demás como peones en mi propio juego. Recé y recibí las siguientes palabras: «Tu tienda es una iglesia». Desde el punto de vista esotérico, iglesia alude a la reunión de almas. No es un fenómeno del plano exterior, sino más bien del interior. La gente no acude a tu tienda o tu empresa para que tú consigas algo. Esas personas te son enviadas para que puedas darles amor.

Después de la oración y de haber sentido realmente que mi tienda era una iglesia, entendí que mi único trabajo era amar a la gente que venía a ella. Y fue lo que hice: cada vez que veía entrar a un cliente, lo bendecía en silencio. No todos me compraban un libro cada vez que entraban, pero la gente empezó a considerar que yo era su librera. Los clientes sentían la atracción de una atmósfera de paz. Aunque la gente no sepa exactamente de qué se trata, percibe cuándo se está irradiando amor en su dirección.

Yo me quedo atónita cuando me encuentro con dependientes groseros, que se comportan como si al dejarte estar en la tienda te hicieran un favor. La rudeza es destructiva para la trama emocional del mundo. En el lugar donde yo crecí, la gente no va a una tienda que irradia esa clase de energía, porque uno no se siente bien allí. Cuando nuestro objetivo es hacer dinero, la creatividad se desvirtúa. Si yo creyera que el dinero es el objetivo final de mi enseñanza, tendría que pensar más en lo que le gustaría oír a la gente y menos en lo que yo siento que es importante que diga. Mi energía quedaría contaminada por mis esfuerzos para conseguir venderles mi conferencia y que volvieran otra vez trayendo a sus amigos. Pero si el propósito de mi trabajo es canalizar el amor de Dios, entonces sólo estoy ahí para abrir el corazón, el cerebro y la boca.

Cuando no trabajamos más que por el dinero, nuestra motivación se centra en obtener y no en dar. La transformación milagrosa significa pasar de una mentalidad de ventas a una mentalidad de servicio. Mientras no realizamos este cambio, funcionamos desde el ego y nos concentramos en las cosas de este mundo y no en el amor. Esta idolatría nos arroja a un territorio emocional extraño, en el que siempre tenemos miedo. Tenemos miedo tanto del éxito como del fracaso. Si nos acercamos al éxito, lo tememos; si nos aproximamos al fracaso, también lo tememos. El problema no está en el éxito ni en el fracaso, sino en la presencia del miedo, y en su inevitabilidad allí donde el amor está ausente.

Como todo lo demás, el dinero puede ser sagrado o impío, según cuál sea el fin a que lo destine la mente. Tendemos a hacer con él lo mismo que hacemos con el sexo: lo deseamos, pero juzgamos el deseo. Entonces es el juicio lo que deforma el deseo, convirtiéndolo en una expresión desagradable. Como nos avergüenza admitir que deseamos esas cosas, fingimos de una manera insidiosa que no es así; por ejemplo, condenamos nuestros deseos incluso en el momento en que nos entregamos a ellos. Y, por lo tanto, la falta de pureza está en nosotros, no en el dinero ni en la sexualidad, que no son más que pantallas sobre las que proyectamos nuestro sentimiento de culpabilidad.

Así como la mente temerosa es la fuente de la promiscuidad, y no el sexo, que sólo es el medio por el cual ésta se expresa, tampoco el dinero es la fuente de la codicia, sino sólo una de las maneras de expresarse que ésta tiene. La fuente de la codicia es la mente. Tanto al dinero como a la sexualidad se los puede usar con fines sagrados o impíos. Como con la energía nuclear, el problema no está en la energía, sino en cómo se la aplica.

Nuestro concepto de la riqueza es, en realidad, una estratagema del ego para asegurarse de que nunca lleguemos a tener nada. Una vez conducía por un barrio de Houston habitado por personas muy ricas, y pensé: «Esta gente trabaja para las grandes empresas multinacionales que oprimen al Tercer Mundo». Entonces, yo misma me detuve: «¿Cómo puedo saber de qué manera se ganan la vida todas estas personas y qué es lo que hacen con su dinero?». Mi actitud enjuiciadora, disfrazada de conciencia política, era en realidad el intento de mi ego de asegurarse de que nunca tuviera dinero. Lo que mentalmente no permitimos a los demás, nos lo negamos a nosotros mismos. Lo que bendecimos en los demás, lo atraemos hacia nosotros.

Cuando era una muchacha, tenía la creencia de que al ser pobre estaba, de alguna manera, demostrando mi solidaridad con los más necesitados. Ahora veo que detrás de aquella idea se escondía mi miedo de fracasar si intentaba hacerme rica. Al final me di cuenta de que los pobres no tenían tanta necesidad de mi simpatía como de dinero en efectivo. No hay nada de puro ni de espiritual en la pobreza. Hay personas necesitadas que son muy santas, pero no lo son porque sean pobres. He conocido a gente rica sumamente espiritual, y a gente pobre que no lo era en absoluto.

La Biblia dice que es más difícil para un rico entrar en el reino de los Cielos que para un camello pasar por el ojo de una aguja. Eso se debe a que el apego al dinero hace que nos apartemos del amor. Pero el imperativo moral no es rechazar el dinero en nuestra vida. El reto consiste en espiritualizar nuestra relación con él, teniendo claro que su único fin es sanar al mundo. En una sociedad iluminada, los ricos no tendrán necesariamente menos dinero, sino que los pobres tendrán mucho más. El problema, contrariamente a la forma en que lo percibe el ego, no es simplemente de distribución de la riqueza, sino de la conciencia que la acompaña. El dinero no escasea ni es un recurso finito. No somos pobres porque los ricos sean ricos, sino porque no trabajamos con amor.

Tenemos que recordar que nuestro dinero es el dinero de Dios; aceptemos tener todo lo que Él quiera que tengamos para poder hacer lo que Él quiere que hagamos. Dios quiere que tengamos la base material necesaria para conseguir nuestra mayor felicidad. El ego intenta convencernos de que Dios exige sacrificios, y de que la vida de servicio ha de ser una vida de pobreza, pero no es así. "Nuestro objetivo aquí en la Tierra es ser felices, y la función del Espíritu Santo es ayudarnos a lograrlo. Él nos conduce a la abundancia material que necesitamos para avanzar alegremente en el mundo, sin esclavizarnos a ella.

Hay mucho trabajo por hacer para sanar al mundo, y parte de él cuesta dinero. Con frecuencia el Espíritu Santo nos envía dinero para que podamos llevar a cabo tareas que Él quiere ver cumplidas en Su nombre. Una actitud responsable hacia el dinero es estar abiertos para recibir lo que venga, y confiar en que nunca nos faltará.

Al pedir milagros, pedimos al Espíritu Santo que elimine los obstáculos que impiden que recibamos dinero, obstáculos que toman la forma de ideas como: el dinero es impuro, si tenemos dinero es que somos codiciosos, los ricos son malos, o yo no debería ganar más dinero del que ganan o ganaron mis padres. Tener dinero significa que podemos dar trabajo a otras personas y sanar al mundo. Lo que le sucede a una sociedad cuando el dinero deja de circular no es nada agradable.

Uno de los principios que hay que recordar en lo que se refiere al dinero es la importancia que tiene pagar por los servicios que otras personas nos prestan. Si negamos a alguien su derecho a ganarse la vida, lo mismo nos negamos a nosotros. Lo que demos recibiremos, y lo que no queramos dar nos será negado. Y para el universo no hay diferencia alguna entre robar a una gran multinacional y robar a una arrugada y simpática ancianita.

El universo apoyará siempre nuestra integridad. A veces nuestras deudas son tan grandes o confusas que, aunque tengamos la mejor de las intenciones, la carga y la culpa resultan abrumadoras, y simplemente amontonamos las facturas en el fondo de un cajón y tratamos de olvidarlas. O cambiamos de número de teléfono. El universo no nos apoyará en eso. Una gran persona no es alguien que nunca se cae, sino alguien que, cuando se cae, hace lo necesario para ponerse de nuevo en pie. Como siempre, de lo que se trata es de pedir un milagro. En general, nadie va a la cárcel en nuestro país por tener deudas. Una vez más, como dice Un curso de milagros, «Todo el mundo tiene derecho a los milagros, pero antes es necesario una purificación». La pureza de corazón hace que progresemos rápidamente. Si tienes deudas, por grandes que sean, escribe una carta a las empresas o personas a quienes debes dinero, reconoce el problema, discúlpate si es necesario y hazles saber que les ofreces un plan de pagos, efectivo a partir de ese momento. Envíales algo de dinero con la carta, y no te prepares para el fracaso. Si puedes pagarles quince mil pesetas al mes, perfecto. O págales cinco mil, si no llegas a más. Pero no te olvides de pagar regularmente y con puntualidad. No importa si la deuda es de cinco millones de pesetas. El Curso afirma que «no hay grados de dificultad en los milagros». No importa la forma que asuma un problema ni su magnitud; un milagro puede resolverlo. ¿Qué significa esto? Que en cualquier momento podemos volver a empezar. No importa cuál sea el problema; si mentalmente tomamos una actitud respetuosa, el universo siempre nos ayudará a solucionar el desastre y empezar de nuevo. Arrepentirse significa volver a pensar. En cualquier aspecto de nuestra vida, el universo nos apoyará en la misma medida en que lo apoyemos.

La mayoría de nosotros arrastramos algún lastre con respecto al dinero, que puede ir desde una necesidad inadecuada de tenerlo a un concepto inadecuado de lo que es. De niños, muchos recibimos intensos mensajes sobre el dinero. De palabra o con hechos, nos enseñaron que es de suma importancia, o que no es espiritual, o que es difícil de ganar, o que es la raíz de todo mal. Muchos tenemos miedo de que los demás no nos quieran si no tenemos dinero, o si tenemos demasiado. Se trata de un ámbito en el que, individual o colectivamente, necesitamos una sanación radical de nuestros hábitos mentales.

Recemos: «Dios amado, en Tus manos pongo todos mis pensamientos sobre el dinero, todas mis deudas, toda mi riqueza. Abre mi mente para que reciba abundante mente. Por mi mediación, canaliza Tu abundancia de una manera que sirva al mundo. Amén».

El segundo de los testimonios lo he extraído de la obra escrita por Gary Renard, “La desaparición del universo”:

Una tarde lluviosa de Agosto de 1998 me encontraba en casa cuando Arten y Pursah se presentaron en su visita número trece. Pursah, sonriendo, abrió el debate.

Pursah: Hola, Gary. Es un gusto verte, como siempre. Nos alegra que hayas ido a ver a Ken.
Evidentemente podrías aprender de él sin tener que ir a verle, pero es divertido que hayas ido.

Gary: Puedes estar segura, y también fue muy agradable conocerle personalmente. Me sorprendió lo divertido que es para ser un erudito intelectual.

Pursah: Una de las mejores herramientas del Espíritu Santo es la risa, hermano mío. Si te tomas el mundo demasiado en serio, te comerá.

Gary: Sí, ojalá me acordara de reírme un poco más a menudo. Aún retraso el perdón algunas veces. Estoy seguro de que sabéis de qué quiero hablar hoy. Me gustaría mejorar mi capacidad de recibir guía, y aprecio mucho que me consintáis mis actuales intereses.

Pursah: Todo es parte del plan. Vamos a hablar de una guía que no es de este mundo. Hoy no nos quedaremos mucho tiempo, de modo que vayamos al grano. Has leído el folleto “La Canción de Oración”, ¿no es así?

Gary: Claro. Es una de mis lecturas favoritas.

Pursah: Entonces hablemos de qué es la verdadera oración y de cómo puedes obtener beneficios secundarios de ella cuando no tratas de conseguirlos.

Gary: ¿Puedo plantearte una pregunta rápida?

Arten: Sólo venimos a servir.

Gary: Bien, he estado pensando en la devoción de los verdaderos mensajeros espirituales, desde San Francisco de Asís hasta la Madre Teresa, y hace que me pregunte si verdaderamente merezco ser un mensajero de Dios. A veces no soy muy devoto, ¿sabes?

Arten: Esto es algo que has de recordar siempre; la prueba de tu devoción es tu perdón. Ahora estás muy acostumbrado a perdonar, y olvidas que antes no era algo natural para ti. Cada vez que perdonas, piensa en ello como si fuera un regalo que te haces a ti mismo y a Dios. Te irá bien.

Gary: Gracias, lo intentaré. Pero también siento que no tengo el impulso necesario para escribir nuestro libro, o para ir por ahí intentando ser un portavoz del Curso. No tengo buena voz.

Arten: No tienes que hacer eso si lo no deseas, pero, si eliges hacerlo, recuerda esto: Moisés no tenía buena voz; Hitler, sí. Lo importante es el mensaje, no la forma que adopte. Si lo intentas, podrías llevarte una sorpresa. Simplemente recuerda que te estás hablando a ti mismo. No hay nadie allí fuera, y puedes recordar este hecho en cualquier momento que lo desees. Y en cuanto al impulso, tanto si se trata del impulso de hacer el amor como del impulso de trabajar, la gente lo tiene porque temen la muerte. Tienen un plazo dado, por así decirlo. En el caso de un haragán como tú, el miedo a la muerte adopta otras formas. Cuando surja, recuerda lo erróneo que es tu miedo a la muerte y tu miedo a Dios.

Gary: En realidad, siento ese miedo respecto a no poder vivir en Hawai. Creo que lo he deseado más de lo que creía.

Arten: En primer lugar, no deberías sentirte culpable por desear vivir allí, ¿por qué no ibas a poder hacerlo? Todo el mundo tiene que vivir en alguna parte. Es una simple preferencia. ¿Por qué darle tanta importancia? Las ballenas son lo suficientemente inteligentes para ir allí en invierno. ¿Por qué no debería hacerlo un Piscis tan majo como tú?

Gary: Aún no tengo los medios para quedarme allí una larga temporada.

Arten: Eso es porque has estado poniendo el carro por delante del caballo. Por suerte para ti, hoy vamos a hablar de cómo poner el caballo por delante del carro.

Pursah: Una de las cosas que tienes que entender es que eres inocente, independientemente de lo que parezca ocurrir en tu vida. Algunas personas se sienten culpables por ser pobres y otras se sienten culpables por ser ricas. ¿No crees que has sido ambas cosas, rico y pobre, en tus numerosos sueños de vida? Sin embargo, ninguna de las dos cosas es verdad. ¡Sólo es un sueño! Como hemos sugerido, si tienes bien incorporadas las bases del sistema de pensamiento del Curso, deberías ser capaz de aplicar lo aprendido a cualquier cosa. Por ejemplo, cuando tengas un profundo deseo de algo, debes estar pensando que eres un cuerpo, o que de algún modo estás separado de Dios.
¿De qué otro modo podrías desear algo? Si eres un espíritu, o si estás unido a Dios, no necesitas nada.
Si recuerdas que no eres un cuerpo, entonces puedes dar un paso atrás y ver que tu deseo no tiene valor.
Una vez más, no estamos hablando de renunciar a todos los bienes materiales; estamos hablando de tu manera de mirarlos. Si necesitas algo -y tendría que faltarte para que lo necesitaras-, puedes recordar que tan sólo es un sustituto de Dios, y que tú único problema es tu sensación de separación de Él. Estás teniendo un sueño de escasez, pero no es verdad. En lugar de hacer que algo a nivel de la forma sea más importante que cualquier otra cosa, puedes recordar que en realidad todo es la misma nada.
Cristo no necesita nada. Si necesitas algo, estás partiendo de un lugar de debilidad, pero si no necesitas nada, puedes venir desde la fuerza de Cristo.

Gary: ¿Y qué pasa si simplemente me gusta Hawai y lo elijo porque es precioso?

Pursah: Un modo de hacerlo es considerar que la belleza que ves, o incluso la belleza en la que piensas, es un símbolo de tu abundancia como Cristo. De ese modo, si llueve el día de tu cumpleaños y no puedes salir a ver la belleza, ésta sigue estando allí, donde siempre ha estado, en tu mente.

Arten: En tu caso, la carencia emerge en forma de problemas económicos. Eso es resultado de tu culpabilidad inconsciente. No te sientas mal por ello. Tu culpabilidad inconsciente podría expresarse de formas mucho peores. Por ejemplo, es preferible tener tus dificultades que tener graves problemas de salud y muchas otras cosas con las que la gente tiene que enfrentarse. Sabes perdonar; tienes una presión sanguínea perfecta y pareces muchos años más joven de lo que eres. Cuenta tus bendiciones y siéntete agradecido de que la mayoría de tus lecciones sean suaves, y de que tu perdón está haciendo que despiertes a la conciencia de lo que verdaderamente eres.

Gary: Tengo una idea bastante precisa de cómo orar y estar con Dios, pero no sé si comprendo esta idea del beneficio secundario.

Arten: De acuerdo. La repasaremos brevemente y después nos iremos para que puedas practicar. Con la práctica se consigue la perfección.
Míralo de este modo. Si el universo ilusorio está en perpetuo cambio y Dios es inmutable y eterno, ¿en cuál de ellos preferirías tener tu origen? Tu problema de escasez, que es un símbolo del pensamiento de separación, queda ampliado por el hecho de que estás poniendo tu fe en algo con lo que no puedes contar. Si consideras que tu fuente de abastecimiento es algo de este mundo, por ejemplo, tu carrera profesional, un trabajo específico o tus propias habilidades, entonces, cuando algo cambia -como siempre lo hace en este mundo-, podrías quedarte en desventaja. Un origen ilusorio puede perderse.
Pero, ¿qué pasa si tu Fuente de origen no puede cambiar ni fallar? Entonces estás poniendo tu fe donde está justificado que la pongas. Ahora puedes ver tus profesiones transitorias y tus iniciativas y empeños como simples herramientas que son expresiones simbólicas de tu abastecimiento constante. Ahora tu Fuente se convierte en un pozo sin fondo donde puedes acudir para obtener guía, que siempre se presentará como algún tipo de inspiración. Si se te rompe la herramienta, no pasa nada. No tienes que permanecer atado a ella porque no es tu Fuente de origen. Si tu Fuente es constante, entonces una herramienta puede ser sustituida rápida y cómodamente por otra a través de una ocurrencia muy natural: la inspiración. Puedes relajarte sabiendo que no puedes perder tu Fuente.

Gary: Ya he experimentado parte de lo que estás diciendo, pero podrías ser un poco más explícito respecto a cómo es este proceso.

Pursah: Sí. La instrucción de J en La Canción de Oración es muy específica, pero la unión con Dios es abstracta. Más adelante, generalmente cuando menos te lo esperas, te llegará una respuesta a tus problemas surgida de la nada, por así decirlo, como un efecto secundario de haberte unido a Dios.
Aunque ya lo has leído, voy a repetirte parte de lo que dice esta joya:

El secreto de la verdadera oración es olvidarte de las cosas que crees que necesitas. Pedir lo específico es muy parecido a mirar el pecado y después perdonarlo. Del mismo modo, en la oración pasas por alto tus necesidades específicas tal como las ves, y las dejas en manos de
Dios. Allí, ellas se convierten en tus regalos para Él, porque Le dicen que no tienes otro Dios más que Él; ningún Amor más que el Suyo.

Como ejemplo, cuando meditas, podrías visualizarte tomando la mano de J o del Espíritu Santo y yendo hacia Dios. Entonces podrías pensar en ti mismo dejando tus problemas, objetivos e ídolos ante Su altar como regalos. Quizás diga a Dios cuánto lo quieres y lo agradecido que te sientes por estar completamente a su cuidado, por siempre seguro y totalmente amparado. Entonces te quedas en silencio. Mantienes la actitud de que Dios te creó para ser como Él y para estar eternamente con Él.
Ahora puedes olvidarte de todo, unirte al Amor de Dios y perderte en alegre comunión con Él.
Un par de días después, podrías estar comiendo un bocadillo o trabajando en el ordenador, y de repente te impacta, llega a ti una idea inspirada. La palabra, inspirada, como sabes, significa “en espíritu”. Al unirte al espíritu has recibido la respuesta. La gente siempre busca que Dios responda a sus plegarias.
Si supieran algo más de cómo han de rezar, también sabrían cómo viene la respuesta. Sus respuestas no vienen en forma de respuestas físicas, vienen a la mente en forma de guía; una idea inspirada, que el folleto describe como un eco del Amor de Dios.

(...) La forma de respuesta, si está dada por Dios, encajará con tu necesidad tal como tú la ves.
Esto es meramente un eco de la respuesta de Su Voz. El verdadero sonido siempre es una canción de acción de gracias y de amor.

Ésa es la clave: unirse a Dios en Amor y gratitud. Te olvidas de todo lo demás y te pierdes en Su Amor. Eso es lo que significa llenarse del espíritu. Ésa es la Canción de Oración. El eco es un beneficio añadido, pero no el propósito de la oración. Simplemente es algo que ocurre de manera natural cuando te unes a Dios y Le amas.
No puedes, entonces, pedir el eco. La canción es el regalo. Junto con ella vienen los sobretonos, las armonías, los ecos, pero todos estos son secundarios.

Gary: ¿Sería posible que pasara algo en el mundo que respondiera a mi necesidad tal como yo la veo?

Pursah: Las respuestas de Dios son internas, no externas. Si algo aparece en el mundo es un símbolo. No pienses que Dios actúa en el mundo, porque no lo hace. Los resultados de seguir su guía pueden mostrarse en el mundo como símbolos de seguridad o abundancia.

Arten: Ahora puedes operar desde una posición de fuerza en lugar de debilidad. Tal vez descubras que tienes más paciencia y te relajas más en tu trabajo, consiguiendo así una mayor eficacia. Vaciando tu mente de los deseos que percibes en ella cuando vas a Dios, puedes experimentar Su Amor. Al retornar al mundo donde piensas que estás, puedes recordar con más regularidad el lugar donde verdaderamente estás: con Dios. A veces verás de manera muy clara y natural lo que deberías hacer en el mundo para resolver tus problemas, o, si tienes que afrontar una decisión importante, en qué sentido debes decidir. La prueba más contundente de la validez de este método será que funciona. A medida que aceptes los regalos de tu Padre, recuerda que estás eternamente con Él.

(...) Dios sólo responde para la eternidad. Pero, aún así, todas las pequeñas respuestas están contenidas en esto.

Pursah: Ahora te vamos a dejar, pero sólo en la forma. Cuando desaparezcamos, queremos que te unas con Dios, y nosotros estaremos allí. Cuando vas a Dios no estás tratando de conseguir nada, simplemente Le amas. Al hacerlo, te das cuenta de que eres amado por Él, ahora y por toda la eternidad.

(...) En la verdadera plegaria, sólo oyes la canción. Todo el resto es mero añadido. Has buscado primero el Reino del Cielo, y todo lo demás se te ha dado por añadidura.

viernes, 2 de junio de 2017

Principio 40: "El milagro reconoce que todo el mundo es tu hermano así como mi hermano también".

PRINCIPIO 40

El milagro reconoce que todo el mundo es tu hermano así como mi hermano también. Es una manera de percibir la marca universal de Dios.

Personalmente, tengo claro que mi encuentro con Un Curso de Milagros responde a mi voluntad de encontrar la verdad. Reconozco que ese impulso, inicialmente, estaba orientado exclusivamente al campo del intelecto, sin embargo, hoy, esa búsqueda ha visto ampliada su horizonte situándome en un marco más amplio, si cabe, el que me brinda la oportunidad de poner de manifiesto la Esencia de mi Ser.

Un Curso de Milagros es un curso de entrenamiento mental. Gracias a Él, hoy soy consciente de que soy el único soñador de mis sueños; soy consciente de lo que soy, un Ser Espiritual emanado de la Mente Creadora de mi Padre; soy consciente de que, potencialmente, soy un Dios en formación. Tal vez te estés preguntando, ¿cómo es posible de que sea consciente de estas cosas si la conciencia se adquiere por la vía de la percepción y esta vía es la puerta de la ilusión?

Sí, soy consciente de que estoy soñando y de que soy el soñador. Es precisamente ese estado el que me permite distinguir entre la voz de los sentidos y la Voz de mi Padre, la que me inspira el Espíritu Santo. Esa Voz, me permite conocer cuál es la Voluntad de mi Creador y orienta mi percepción hacia el tono más elevado al que podemos aspirar dentro del sueño, donde vivimos sumidos en la ilusión de la separación. Esa Voz me habla de Unidad y me revela el único camino que ha de conducirnos a las puertas del Cielo. Esa senda es la que nos conduce a reconocer el Principio de Filiación: Todo el mundo es tu hermano.

Tal vez ahora entiendas mejor, la razón por la cual no he podido conformarme tan sólo con ver satisfecha mi afán de saber teórico, si a la vez no conseguía andar ese camino que ha de permitirme experimentar mi Ser: Ser Uno con mis Hermanos.

Si has reconocido este estado anímico, es señal de que te encuentras recorriendo esa senda. Si una cosa tengo claro es, que por muchos caminos que andemos en busca del saber espiritual, si éstos no nos señalan que el camino debemos recorrerlo sin olvidarnos de nuestra Filiación, por mucho que avancemos, al final de trayecto, nos encontraremos con un rótulo que nos indica: “Esta es la Regla de Oro, que te comportes con los demás como tú quisieras que ellos se comportasen contigo”.

Con todo ello, el Principio que hoy abordamos nos ofrece la oportunidad de tratar el tema de la Filiación, para mí de una gran trascendencia, si queremos conocernos a nosotros mismos y a nuestro Creador.

El Curso nos aporta mucha información que nos ayudará a conocer el por qué es tan importante conocer el papel del prójimo.

Dado que tú y tu prójimo sois miembros de una misma familia en la que gozáis de igual rango, tal como te percibas a ti mismo y tal como lo percibas a él así te comportarás contigo mismo y con él. Debes mirar desde la percepción de tu propia santidad a la santidad de los demás.

El Hijo de Dios será siempre indivisible: De la misma manera en que somos uno solo en Dios, así también aprendemos cual uno solo en Él. El Maestro de Dios se asemeja tanto a Su Creador como el Hijo al Padre, y, a través de Su Maestro, Dios proclama Su Unicidad y la de Su Hijo. Escucha en silencio, y no le levantes la voz. Pues Él enseña el milagro de la unicidad, y ante Su lección la división desaparece. Enseña como Él aquí, y recordarás que siempre has creado como tu Padre. El milagro de la creación nunca ha cesado, pues lleva impreso sobre sí el sello sagrado de la inmortalidad. Esto es lo que la Voluntad de Dios dispone para toda la creación, y toda la creación se une para disponer lo mismo”. (T.14.XI.11)

He querido exponer esa afirmación al principio, pues nos deja claro de que el Hijo de Dios será siempre indivisible. Sin embargo, un uso incorrecto de la Mente le llevó a creer lo contrario a esa afirmación. Esa otra manera de ver las cosas, le lleva a fabricar un estado de división que dio lugar a la creencia en la separación.

Como bien expresa el Curso, “si creemos estar privados de algo, nuestra percepción se distorsiona y cuando esto ocurre, toda la familia de Dios, la Filiación, sufre su deterioro en sus relaciones”. Todos los milagros son afirmaciones de Filiación, que es un estado de compleción y abundancia.

En el sentido expuesto en la introducción a este estudio, podríamos decir, que la única meta del que se ha decidido por el camino de los milagros es restaurar completamente la Filiación.

La siguiente aportación nos aclarará el sentido de unicidad de la Filiación:

Debe observarse con especial atención que Dios tiene solamente un Hijo. Si todas las creaciones de Dios son Hijos Suyos, cada una de ellas tiene que ser parte integral de toda la Filiación. La Filia­ción, en su unicidad, transciende la suma de sus partes. Este hecho, no obstante, queda velado mientras falte una sola de ellas. Por eso es por lo que, en última instancia, el conflicto no se puede resolver hasta que todas las partes de la Filiación hayan retor­nado. Sólo entonces podrá comprenderse lo que, en el verdadero sentido de la palabra, significa la plenitud. Cualquier parte de la Filiación puede creer, en el error o en la incompleción si así lo elige. Sin embargo, si lo hace, estará creyendo en la existencia de algo que no existe. Lo que corrige este error es la Expiación”.

Cuando la Voluntad de la Filiación y la del Padre son una, la perfecta armonía entre ellas es el Cielo. Cuando la Expiación se complete y toda la Filiación sane, dejará de haber una llamada a retornar. Pero lo que Dios crea es eterno. El Espíritu Santo permanecerá con los Hijos de Dios para bendecir las creaciones de éstos y mantenerlas en la luz de la dicha.

En verdad, no podemos comprendernos a nosotros mismos separados de los demás. Ello se debe a que individualmente, separado del legítimo lugar que ocupamos en la Filiación, no significamos nada, y el legítimo lugar de la Filiación es Dios.

Creo importante que conozcamos lo que sigue: Dios creó a la Filiación y nosotros la expandimos. Tenemos el poder de acrecentar el Reino, aunque no de acrecentar a su Creador. Reivindicamos ese poder cuando nos mantenemos alerta sólo en favor de Dios y de Su Reino. Al aceptar que tenemos ese poder, aprendemos a recordar lo que somos.

Tampoco podemos obviar la siguiente afirmación:

“Aunque sólo podemos amar a la Filiación como una sola, la podemos percibir como fragmentada. Mas es imposible ver algo en alguna parte de ella y no atribuírselo a toda ella. Por eso es por lo que los ataques no son nunca parciales y por lo que hay que renunciar a ellos completamente. Si no se renuncia a ellos completamente, no se renuncia a ellos en absoluto”.

Cada pensamiento amoroso que cualquier parte de la Filiación abriga es patrimonio de todas sus partes.

Enseñar a toda la Filiación sin hacer excepciones demuestra que percibimos su plenitud y que hemos aprendido que es una. Ahora tenemos que estar alerta para mantener su unicidad en nuestra mente por­que si dejamos que nos asalte la duda, perderemos la conciencia de su plenitud y seremos incapaces de enseñarla.

He aquí una de las claves que nos ayudará a conocer cuál es el estado de nuestra consciencia. Si en nuestra mente albergamos pensamientos que nos lleva a creer que no existe unicidad entre los hombres, entonces estaremos reconociendo que aún servimos a la idea de la necesidad y de la escasez, a la idea de la incompleción o lo que es lo mismo, estamos negando nuestra plenitud.

Considero esta visión esencial para despertar del sueño, para alcanzar ese estado de iluminación que ha de situarnos en las puertas del Cielo.

Nos indica Jesús a través del Curso: “A medida que te acercas a un hermano te acercas a mí, y a medida que te alejas de él, la distancia entre tú y yo aumenta. La salvación es una empresa de colaboración. No la pueden emprender con éxito aquellos que se desvinculan de la Filiación porque al hacer eso se desvinculan de mí. Dios acudirá a ti sólo en la medida en que se Lo ofrezcas a tus hermanos. Aprende primero de ellos, y estarás listo para oír a Dios. Eso se debe a que el Amor sólo tiene una función”. (T.4.VI.8.1-6)

¿Cómo debemos comportarnos con respecto a un hermano?

En este sentido, el Texto del Curso es claro en sus aportaciones. Nos revela, que siempre que le negamos la bendición a un hermano nos sentimos desposeídos, ya que la negación es tan total como el amor. Negar parte de la Filiación es tan imposible como lo es amarla sólo en parte. No es posible tampoco amarla totalmente sólo a veces. No podemos estar, totalmente comprometido sólo en algunas ocasiones.

Cuando un hermano actúa insensatamente, nos está ofreciendo una oportunidad para recibir nuestra bendición. Su necesidad es la nuestra. Realmente, necesitamos la bendición que podamos darle. No hay manera de que podamos disponer de ella excepto dándola. Ésa es la ley de Dios, la cual no hace excepciones. Carecemos de aquello que negamos, no porque haya carencia de ello, sino porque se lo hemos negado a otro, y, por lo tanto, no somos conscientes de ello en nosotros.  Nos recuerda el Curso, que “lo que crees ser determina tus reacciones, y lo que deseas ser es lo que crees que eres”. Lo que deseamos ser, entonces, determina forzosamente todas nuestras reacciones.

Si deseas ser una identidad separada de tu hermano, tus reacciones serán de ataque. Si en cambio, tu deseo es poner de manifiesto tu unicidad, tu hermano se convierte en el camino que ha de conducirte de vuelta a tu verdadero hogar, el Cielo.

Somos la voluntad unida de la Filiación, cuya plenitud es para todos. Comenzamos nuestra jornada de regreso, juntos, y, según avanzamos juntos, congregamos a nuestros hermanos. Cada aumento de nuestra fuerza se lo ofrecemos a todos, para que ellos puedan también superar su debilidad y añadir su fuerza a la nuestra. Dios nos espera a todos con los Brazos abiertos, y nos dará la bienvenida.

Nunca olvides que la Filiación es tu salvación, pues la Filiación es tu Ser. Al ser la creación de Dios, es tuya, y al pertenecerte a ti, es Suya. Tu Ser no necesita salvación, pero tu mente necesita aprender lo que es la salvación. No se te salva de nada, sino que se te salva para la gloria. La gloria es tu herencia, que tu Creador te dio para que la extendieras. No obstante, si odias cualquier parte de tu Ser pierdes todo tu entendimiento porque estás con­templando lo que Dios creó como lo que eres, sin amor. Y puesto que lo que Él creó forma parte de Él, le estás negando el lugar que le corresponde en Su Propio altar”. (T.11.1.1-7)

Y, ¿Cómo debemos amar?

No podemos entablar ninguna relación real con ninguno de los Hijos de Dios a menos que los amemos a todos, y que los amemos por igual. El amor no hace excepciones. Si otorgamos amor a una sola parte de la Filiación exclusivamente, estaremos sembrando culpabilidad en todas nuestras relaciones y haciendo que sean irreales. Sólo podemos amar tal como Dios ama. No intentemos amar de forma diferente de como Él lo hace, pues no hay amor aparte del Suyo. Hasta que no reconozcamos que esto es verdad, no tendremos idea de lo que es el amor. Nadie que condena a un hermano puede considerarse inocente o que mora en la paz de Dios. Si es inocente y está en paz, pero no lo ve, se está engañando, y ello significa que no se ha contemplado a sí mismo.

Un mensaje alentador: “En ti no hay separación, y no hay sustituto que pueda mante­nerte separado de tu hermano. Tu realidad fue la creación de Dios, la cual no tiene sustituto. Estáis tan firmemente unidos en la verdad, que sólo Dios mora allí. Él jamás aceptaría otra cosa en lugar de vosotros. Él os ama a los dos por igual y cual uno solo. tal como Él os ama, así sois. Vosotros no estáis unidos en ilusiones, sino en un Pensamiento tan santo y tan perfecto que las ilusiones no pueden permanecer allí para mancillar el santo lugar donde os encontráis unidos. Dios está contigo, hermano mío. Unámonos en Él en paz y con gratitud, y aceptemos Su regalo como nuestra más santa y perfecta realidad, la cual compartimos con Él.
El Cielo le es restituido a toda la Filiación a través de tu rela­ción, pues en ella reside la Filiación, íntegra y hermosa, y a salvo en tu amor. El Cielo ha entrado silenciosamente, pues todas las ilusiones han sido llevadas dulcemente ante la verdad en ti, y el amor ha refulgido sobre ti, bendiciendo tu relación con la ver­dad. Dios y toda Su creación han entrado a formar parte de ella juntos. ¡Cuán santa y hermosa es vuestra relación, la cual la ver­dad ilumina! El Cielo la contempla y se regocija que lo hayas dejado venir a ti. Y Dios Mismo se alegra de que tu relación siga siendo tal como fue creada. El universo que se encuentra dentro de ti se une a ti junto con tu hermano. Y el Cielo contempla con amor aquello que está unido en él, junto con su Creador”.

Para finalizar este análisis, os dejo dos referencias extraídas del Libro de Ejercicios, concretamente las detalladas en la Lección 181: “Confío en mis hermanos, que son uno conmigo” y en la Lección 288: “Que me olvide hoy del pasado de mi hermano”. Recordémoslas.

LECCIÓN 181
Confío en mis hermanos, que son uno conmigo.

Confiar en tus hermanos es esencial para establecer y sustentar tu fe en tu propia capacidad para trascender tus dudas y tu falta de absoluta convicción en ti mismo. Cuando atacas a un her­mano, proclamas que está limitado por lo que tú has percibido en él. No estás viendo más allá de sus errores. Por el contrario, éstos se exageran, convirtiéndose en obstáculos que te impiden tener conciencia del Ser que se encuentra más allá de tus propios erro­res, así como de sus aparentes pecados y de los tuyos.

La percepción tiene un enfoque. Eso es lo que hace que lo que ves sea consistente. Cambia de enfoque, y, lo que contemples, consecuentemente cambiará. Ahora se producirá un cambio en tu visión para apoyar la intención que ha reemplazado a la que antes tenías. Deja de concentrarte en los pecados de tu hermano, y experimentarás la paz que resulta de tener fe en la impecabilidad. El único apoyo que esta fe recibe procede de lo que ves en otros más allá de sus pecados. Pues sus errores, si te concentras en ellos, no son sino testigos de tus propios pecados. no podrás sino verlos, lo cual te impedirá ver la impecabilidad que se encuentra más allá de ellos.

No hay nadie que no sea mi hermano. He sido bendecido con la unidad de la que gozo con el universo y con Dios mi Padre, el único Creador de la totalidad que es mi Ser, el cual es eternamente uno conmigo.

LECCIÓN 288
Que me olvide hoy del pasado de mi hermano.

Éste es el pensamiento que me conduce a Ti y me lleva a mi meta. No puedo llegar hasta Ti sin mi hermano. Y para conocer mi Fuente, tengo primero que reconocer lo que Tú creaste uno conmigo. La mano de mi hermano es la que me conduce a Ti. Sus pecados están en el pasado junto con los míos, y me he salvado porque el pasado ya pasó. No permitas que lo siga abrigando en mi corazón, pues me desviaría del camino que me lleva a Ti. Mi hermano es mi salvador. No dejes que ataque al salvador que Tú me has dado. Por el contrario, déjame honrar a aquel que lleva tu Nombre, para así poder recordar que es el mío también.

Perdóname hoy. sabrás que me has perdonado si contem­plas a tu hermano en la luz de la santidad. Él no puede ser menos santo que yo, y tú no puedes ser más santo que él.

jueves, 1 de junio de 2017

Principio 39: El milagro elimina el error porque el Espíritu Santo lo identifica como falso o irreal.


PRINCIPIO 39


El milagro elimina el error porque el Espíritu Santo lo identifica como falso o irreal. Esto es lo mismo que decir que al percibirse la luz la oscuridad desaparece automáticamente.


El estudio de este nuevo Principio, nos permite dar continuidad a la labor emprendida en la anterior entrega en la que tuvimos ocasión de conocer, con más detalle, el papel protagonista del Espíritu Santo.

Con el Principio 39, el Espíritu Santo nos revela una de Sus principales cualidades, la de permitirnos identificar, a la luz de la Razón, el significado ilusorio e irreal del error.

A raíz de este enunciado, me he propuesto dedicar este análisis a la idea del error, pues considero que su causa se encuentra tan arraigada en el código de nuestros pensamientos que ha dado lugar a que nuestra realidad se sustente bajo la identidad de la ilusión.

Pasemos a entresacar los pasajes que nos comparte el Texto del Curso con relación a esta cuestión:

Está en nuestras manos elegir unirnos a la verdad o a la ilusión. Elegir una es abandonar la otra. Dota­remos de belleza y realidad a la que elijamos porque nuestra elección depende de cuál valoramos más. No podemos elegir más que entre Dios o el ego. Todo sistema de pen­samiento o bien es verdadero o bien falso, y todos sus atributos se derivan naturalmente de lo que es. Únicamente los Pensamientos de Dios son verdaderos. Y todo lo que se deriva de ellos procede de lo que son, y es tan verdadero como la santa Fuente de donde procedieron.

Me encanta la siguiente aportación. En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:


El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.
Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.
Cree esto y serás libre. Sólo Dios puede establecer esta solución, y esta fe es Su don.

Por lo tanto, tenemos que tener presente, que el primer paso hacia la libertad comprende separar lo falso de lo verdadero. Éste es un proceso de separación en el sentido cons­tructivo de la palabra, y refleja el verdadero significado del Apo­calipsis. Al final cada cual contemplará sus propias creaciones y elegirá conservar sólo lo bueno, tal como Dios Mismo contempló lo que había creado y vio que era bueno. A partir de ahí, la mente podrá comenzar a contemplar sus propias creaciones con amor por razón del mérito que tienen. Al mismo tiempo, la mente repudiará inevitablemente sus creaciones falsas que, en ausencia de la creencia que las originó, dejarán de existir.

El Espíritu Santo separa lo verdadero de lo falso en nuestra mente, y nos enseña a juzgar cada pensamiento que dejamos que se adentre en ella a la luz de lo que Dios puso allí. Él tiene el poder de ver lo que hemos ocultado y reconocer en ello la Voluntad de Dios. Gracias a este reconocimiento, Él puede hacer que la Voluntad de Dios sea real para nosotros porque Él está en nuestra mente, y, por lo tanto, Él es nuestra realidad.

La verdad y lo falso no pueden coexistir en nuestra mente sin dividirla. Si no pueden coexistir en paz, y si lo que queremos es estar en paz, tenemos que abandonar por completo y para siempre la idea de con­flicto. Esto requiere que nos mantengamos alerta mientras no nos demos ­cuenta de lo que es verdad. Mientras sigamos creyendo que dos sistemas de pensamiento completamente contradictorios pueden compartir la verdad, es obvio que tenemos que mantenernos alerta. 

El ego, lo recordamos, está completamente comprometido a lo falso, y lo que percibe es lo opuesto a lo que percibe el Espíritu Santo, así como al conocimiento de Dios.

La Expiación, lo recordamos igualmente, conlleva una re-evaluación de todo lo que tenemos en gran estima, pues es el medio a través del cual el Espíritu Santo puede separar lo falso de lo verdadero, lo cual hemos acep­tado en nuestra mente sin hacer ninguna distinción entre ambos.

Como bien nos enseña el Curso, nuestra tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de nosotros que hemos levantado con­tra él. No es necesario que busquemos lo que es verdad, pero sí es necesario que busquemos todo lo que es falso. Toda ilusión es una ilusión de miedo, sea cual fuere la forma en que se manifieste. Y el intento de escapar de una ilusión refugiándonos en otra no puede sino fracasar. Si buscamos amor fuera de nosotros, podemos estar seguros de que estamos percibiendo odio en nuestro interior y de que ello nos da miedo. Pero la paz nunca procederá de la ilusión de amor, sino sólo de la realidad de éste.

Nos estamos adentrando poco a poco en el mundo ilusorio del error. La afirmación: “toda ilusión es una ilusión de miedo”, nos lleva a establecer una estrecha relación entre el error y el miedo. Ambos se alimentan de la misma causa, del mismo pensamiento original el cual dio lugar a un estado irreal e ilusorio al que, sin embargo, la mente le otorgó el poder de la realidad.

Repasemos cuál fue esa “causa” tan poderosa que dio lugar al error original y al miedo.

La única carencia que realmente necesitamos corregir es la sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubiésemos distorsionado nuestra percepción de la verdad, percibiéndonos así a nosotros mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya nos habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que nos vamos integrando nos volvemos uno, y nuestras necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto.

La idea de un orden de necesidades, que proviene del error original de que uno puede estar separado de Dios, requiere corrección en su propio nivel antes de que pueda corregirse el error de percibir niveles. No podemos comportarnos con eficacia mientras operemos en diferentes niveles. Sin embargo, mientras lo hagamos, la corrección debe proceder verticalmente, desde abajo hacia arriba. Esto es así porque creemos que vivimos en el espacio, donde conceptos como "arriba" y "abajo" tienen sentido. En última instancia, ni el espacio ni el tiempo tienen ningún sentido. Ambos son meramente creencias.

Por lo tanto, podemos determinar, que todo miedo se reduce, en última instancia, a la básica percep­ción errónea de que tenemos la capacidad de usurpar el poder de Dios. Por supuesto, no podemos hacer eso, ni jamás pudimos ha­berlo hecho. En esto se basa el que podamos escaparnos del miedo. Nos liberamos cuando aceptamos la Expiación, lo cual nos permite darnos cuenta de que en realidad nuestros errores nunca ocurrieron.

El primer paso correctivo para deshacer el error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo. De alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en nosotros. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.
Con lo anterior hemos descrito los pasos que podemos elegir para deshacernos del error. A continuación expondré unas aportaciones extraídas del Capítulo 12 del Curso, titulado “El Programa de Estudios del Espíritu Santo”, donde podremos ampliar información sobre los recursos que tenemos a nuestra disposición para tratar la ilusión del error.

Se te ha dicho que no le otorgues realidad al error, y la manera de hacer esto es muy simple. Si deseas creer en el error, tienes que otorgarle realidad porque el error en sí no es real. Mas la verdad es real por derecho propio, y para creer en ella no tienes que hacer nada. Comprende que no reaccionas a nada directa­mente, sino a tu propia interpretación de ello. Tu interpretación, por lo tanto, se convierte en la justificación de tus reacciones. Por  eso es por lo que analizar los motivos de otros es peligroso. Si decides que alguien está realmente tratando de atacarte, abando­narte o esclavizarte, reaccionarás como si realmente lo hubiese hecho, al haberle otorgado realidad a su error. Interpretar el error es conferirle poder, y una vez que haces eso pasas por alto la verdad.

Tú que crees que Dios es miedo tan sólo llevaste a cabo una sustitución. Ésta ha adoptado muchas formas porque fue la sustitución de la verdad por la ilusión, la de la plenitud por la fragmentación. Dicha sustitución a su vez ha sido tan desmenu­zada y subdividida, y dividida de nuevo una y otra vez, que ahora resulta casi imposible percibir que una vez fue una sola y que todavía sigue siendo lo que siempre fue. Ese único error, que llevó a la verdad a la ilusión, a lo infinito a lo temporal, y a la vida a la muerte, fue el único que jamás cometiste. Todo tu mundo se basa en él. Todo lo que ves lo refleja, y todas las relaciones espe­ciales que jamás entablaste proceden de él.

Tal vez te sorprenda oír cuán diferente es la realidad de eso que ves. No te das cuenta de la magnitud de ese único error. Fue tan inmenso y tan absolutamente increíble que de él no pudo sino sur­gir un mundo totalmente irreal. ¿Qué otra cosa si no podía haber surgido de él? medida que empieces a examinar sus aspectos fragmentados te darás cuenta de que son bastante temibles. Pero nada que hayas visto puede ni remotamente empezar a mostrarte la enormidad del error original, el cual pareció expulsarte del Cielo, fragmentar el conocimiento convirtiéndolo en inútiles añi­cos de percepciones desunidas y forzarte a llevar a cabo más sus­tituciones.

Ésa fue la primera proyección del error al exterior. El mundo surgió para ocultarlo, y se convirtió en la pantalla sobre la que se proyectó, la cual se interpuso entre la verdad y tú. Pues la ver­dad se extiende hacia adentro, donde la idea de que es posible perder no tiene sentido y lo único que es concebible es un mayor aumento. ¿Crees que es realmente extraño que de esa proyec­ción del error surgiese un mundo en el que todo está invertido y al revés? Eso fue inevitable. Pues si se llevase la verdad ante esto, ésta sólo podría permanecer recogida en calma, sin tomar parte en la absurda proyección mediante la cual este mundo fue construido. No llames pecado a esa proyección sino locura, pues eso es lo que fue y lo que sigue siendo. Tampoco la revistas de culpabilidad, pues la culpabilidad implica que realmente ocu­rrió. Pero sobre todo, no le tengas miedo.

Cuando te parezca ver alguna forma distorsionada del error original tratando de atemorizarte, di únicamente: "Dios es Amor y el miedo no forma parte de Él", y desaparecerá. La verdad te salvará, pues no te ha abandonado para irse al mundo demente y así apartarse de ti. En tu interior se encuentra la cordura; la demencia, fuera de ti. Pero tú crees que es al revés: que la verdad se encuentra afuera y el error y la culpabilidad adentro”. (T.12.I.1-7)

Para finalizar este interesante análisis, quisiera dedicar un espacio a la idea del pecado, ese concepto equivocado acuñado para dar significado al “pensamiento original”.

“Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado. Pero el pecado, de ser posible, sería irreversible. La creencia en el pecado está necesariamente basada en la firme convicción de que son las mentes, y no los cuerpos, que las atacan. Y así, la mente es culpable y lo será siempre, a menos que una mente que no sea parte de ella pueda darle la absolución. El pecado exige castigo del mismo modo en que el error exige corrección, y la creencia de que el castigo es corrección es claramente una locura.

El pecado no es un error, pues el pecado comporta una arrogancia que la idea del error no posee. Pecar supondría violar la realidad y lograrlo. El pecado es la proclamación de que el ataque es real y que la culpabilidad está justificada. Da por sentado que el Hijo de Dios es culpable y que, por lo tanto, ha conseguido perder su inocencia y también convertirse a sí mismo en algo que Dios no creó. De este modo, la creación se ve como algo que no es eterno, y la Voluntad de Dios como susceptible de ser atacada y derrotada. El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego. Pues debido a él, Dios Mismo cambia y se le priva de Su Plenitud”. (T.19.II.1-2)

Todo error es necesariamente una petición de amor. ¿Qué es, entonces, el pecado? ¿Qué otra cosa podría ser, sino una equivocación que queremos mantener oculta, una peti­ción de ayuda que no queremos que sea oída, y que, por lo tanto, se queda sin contestar?

Es tan esencial que reconozcamos que hemos fabricado el mundo que vemos, como que reconozcamos que no nos hemos creado a nosotros mismo. Pues se trata del mismo error. Nada que nuestro Creador no haya crea­do puede ejercer influencia alguna sobre nosotros. Y si creemos que lo que hicimos puede dictarnos lo que debemos ver y sentir, y tenemos fe en que puede hacerlo, estamos negando a nuestro Creador y creyendo que nos hemos hecho a nosotros mismo. Pues si creemos que el mundo que construimos tiene el poder de hacer de nosotros lo que se le antoje, estamos confun­diendo Padre e Hijo, Fuente y efecto.

Sólo los errores varían de forma, y a eso se debe que puedan engañar. Podemos cambiar la forma porque ésta no es verdad. Y no puede ser la realidad precisamente porque puede cambiar. La razón nos diría que si la forma no es la realidad tiene que ser entonces una ilusión, y que no se puede ver porque no existe. Y si la vemos debemos estar equivocados, pues estamos viendo lo que no puede ser real como si lo fuera. Lo que no podemos ver más allá de lo que no existe no puede sino ser percepción distorsionada, y no podemos por menos que percibir a las ilusiones como si fuesen la verdad.

Y para finalizar:

“El error no puede amenazar realmente a la verdad, la cual siem­pre puede resistirlo. En realidad, sólo el error es vulnerable. Eres libre de establecer tu reino donde mejor te parezca, pero no pue­des sino elegir acertadamente si recuerdas esto”:

El espíritu está eternamente en estado de gracia.
Tu realidad es únicamente espíritu.

Por lo tanto, estás eternamente en estado de gracia.