jueves, 5 de mayo de 2016

El origen del miedo: "La muerte y la separación"


"La muerte -hasta la de un contenido psíquico-, es  angustia y dolor  para el "profano", es  alegría  y liberación  para el sabio" (La Triple Vía del Fuego. Raphael).

No  pude  evitar  sentir una  profunda desilusión la primera vez que leí estas  líneas, pues  inmediatamente ­herido en  mi  vanidad, me vi engrosando el pelotón de los "profanos", de los ignorantes, cuando mi  único afán era  conquistar la eterna Verdad.
Sin embargo, ese  descubrimiento por  muy doloroso que  fuese  para  mi  frágil  naturaleza humana, me hizo  comprender lo que valoré  como una  imperiosa necesidad de liberación: Tenía que hacer  algo,  y pronto, para evitar  el sufrimiento, el dolor  que  se despertaba en mi cuando afrontaba mentalmente la terrible idea  de la muerte.
Formar parte de  una  humanidad  "ignorante"  y acongojada ante la  arraigada creencia de  que  con  la muerte llegamos al final  absoluto de nuestra existencia, me dio el valor  necesario para lanzarme a la búsqueda de argumentos que calmasen mi ansiedad por conocer la  Verdad, o  tal  vez,  para  liberarme de  mis  oscuros temores y así del sufrimiento.
Dejándome llevar  por la llamada interna que  me invitaba  a  dar  sentido  a  la  Existencia,  pronto  me enfrenté  a  uno   de  los   más   peligrosos   y  conocidos enemigos del hombre: el miedo.
Alguien  ha escrito que el miedo a la muerte es la raíz,   la  causa,   el  origen   que   da  lugar   a  todas   las variantes  conocidas de miedos. Al menos  ya tenía "algo" de  donde  partir, una  primera  "pista"  donde basar  mis investigaciones.

¿Por qué sentimos miedo? Debía  dar  respuesta a esta  cuestión, pues hasta  ese momento lo único que tenía claro,  era la importancia que tenía para  mi y, de igual modo,  para el resto de mis compañeros de ruta,  el vencer  el tortuoso sentimiento del miedo,  pues así, venceríamos a la muerte.

Describir el significado del  miedo  es  una  tarea inútil e innecesaria. Todos  podríamos ilustrar  con nuestra propia vida las múltiples expresiones con las que suele expresarse, y sin embargo, a pesar de esa diversidad de rostros, podríamos  estar  de acuerdo en que su efecto más común se resume  en el profundo desequilibrio que produce en  nuestro interior y como  consecuencia de ello, en nuestras reacciones.
Mi búsqueda -en el propósito de encontrarme con el génesis  del miedo-, me llevó a indagar en los textos sagrados y en  otros escritos  donde  se recogen  verdades transitorias sobre la existencia. Gracias a este "viaje" por el ilustrativo mundo del conocimiento, tuve  acceso  a elocuentes  y fascinantes pensamientos, como  los que a continuación expongo:

"El   temor   del  Señor   es  el  principio de  la Sabiduría. Los insensatos desprecian la Sabiduría y la Doctrina". (Salomón. Proverbios, 1-7).
¡Cuánta confusión para  una  mente frágil  y profana como  la que acostumbra a juzgar las  palabras con    un    total    desconocimiento   de   su   etimología profunda y sagrada!.

He de confesar,  que mi búsqueda hubiese podido quedar abortada en  ese mismo instante si no  hubiese evitado caer  en  la  tentación de interpretar ese pasaje como  la gran  mayoría ha hecho. El sabio Salomón, a quien  se  le  ha  reconocido como  su  autor, no  tuvo intención, en  ningún  momento, de  enseñarnos una verdad  basada  en el miedo. "Temer al Señor", no  debe llevarnos a  adquirir la  creencia de  que  el logro  de la sabiduría nos exige "tener  miedo de Dios,  nuestro creador". Sería absurdo pensar  en estos  términos. Por lo tanto,  debemos  dar  un  nuevo  enfoque a la expresión "temer   a Dios”;  me   atrevería   a  sugerir  esta otra: "conocer  a Dios", y no es una  interpretación gratuita y sin  fundamentos, todo  lo contrario, para  llegar  a esta afirmación tendremos que adentrarnos en el saber ancestral  de la Doctrina Cabalística, en cuya enseñanza podremos acercarnos al Conocimiento de la Obra Divina, al sentido oculto del génesis  de la creación.
Si tomamos la Biblia  y la abrimos en su primer capítulo, el dedicado  a los orígenes de la creación, descubriremos que  el  término  temor, se  utiliza   por primera vez en el punto 3, el que  nos  narra el acto  del "pecado  original, su castigo  y redención".

9  Entonces el  Señor Dios  llamó  a  Adán  y díjole: ¿Dónde estás?  10 El cual respondió: He oído tu  voz en  el  paraíso y   he temido  y  llenándome de vergüenza  porque estoy  desnudo, y así me he escondido. 11  Replicóle:  Pues ¿quién  te  ha  hecho advertir que estás desnudo, sino el haber comido del fruto  de  que  yo  te  había  vedado  que  comieses?. (Génesis 3, 9-11).
No  deja  de  ser  significativo y  trascendente, el hecho de que hayamos tenido que viajar en  el tiempo, hasta el mismísimo origen  de la humanidad consciente e individualizada, para  comprender por qué  se encuentra tan arraigada en nuestras creencias el miedo a la muerte.

Existe  una  situación original y anterior a la que se describe  en  el  pasaje  bíblico  descrito,   que  arrojará mucha luz a este escrito:

8  Había  plantado el Señor  Dios  desde  el principio un jardín delicioso, en que colocó al hombre que había formado 9 y en donde  el Señor  Dios  había hecho  nacer  de  la  tierra   misma   toda   suerte   de árboles  hermosos a la vista,  y de  frutos  suaves  al paladar:  y también  el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y del mal...
15   Tomó, pues,  el Señor Dios  al hombre,   y púsole en el paraíso de delicias, para que la cultivase y guardase. 16 Diole también este  precepto diciendo: Come si  quieres del fruto de  todos los  árboles  del paraíso:  17 Más del fruto del árbol de la ciencia  del bien  y del  mal  no  comas, porque  en  cualquier día que  comieres de  él,  infaliblemente morirás..." (Génesis 2, 8-17).

25    Y  ambos, a   saber, Adán  y  su   esposa, estaban desnudos y no sentían por ello rubor ninguno". (Génesis 2, 25)
Todos,  en   alguna  u  otra   ocasión,  habremos anhelado en  nuestra imaginación encontrarnos en ese estadio paradisiaco donde el hombre primigenio gozaba de  plena   armonía  y  bienestar.  El  estado   Adamita, representa -entre otras muchas cosas-,  el tránsito de la humanidad por  una   fase  importante y  crítica   de  su evolución, ya que supone el paso hacia  la conquista  de la individualización. El  paraíso  es sin duda  la alusión a ese marco que  Dios,  nuestro creador,  había  dispuesto dentro  de  Su  Propia Conciencia y  en  la  cual   nos hallábamos fundidos. Toda  cuanto nos rodeaba, jardín, animales, así como los árboles  del "Saber y de la Vida", estaban a nuestra disposición, porque en  verdad formaban parte de nuestra propia  Esencia, de nuestra Divinidad.  No  olvidemos,  que   Dios   nos   creó  a  su Imagen y Semejanza.

Podríamos interpretar los conceptos, jardín­-animales-árboles, como  algo  físico si así lo queremos, sin  embargo, la intuición nos  revela que se nos está describiendo,  alegóricamente,  las  Fuerzas Creadoras con   las  que  la  Divinidad  daba  "forma"   a  su  Obra: Jardín-Cuerpo Vital; Animales-Cuerpo Emocional; Arboles-Cuerpo Mental.
A  partir de  estas   deducciones,  todo   parece   ir adquiriendo un nuevo   sentido.  La   luz   va  iluminando progresivamente, “zonas" que anteriormente permanecían en la más profunda oscuridad.

Esa  humanidad Adamita se encontraba en  una permanente comunicación con  la Divinidad. Su evolución,  hasta  ese momento, le ha llevado a gozar  de la Plenitud Divina. Es el fruto de la creación de Dios, y por lo tanto, un  Dios  en formación que debe cultivar sus  poderes para desarrollar todas sus potencialidades creadoras.  Hasta  esa  "hora"   no   se  ha   visto   en   la necesidad de "Temer a Dios",  no  se ha  despertado en Él,  el sentimiento de vergüenza por permanecer "desnudo". Así vemos como el versículo 25 del punto 2, nos describe  la ausencia del rubor.

Llegado este momento, debemos afrontar el gran paso, lo que significaría un cambio importantísimo en la  situación descrita como  paradisiaca. Todo era hermoso, sin  embargo, existía   una   prescripción, un mandato, una  ley a respetar, "no comer  del árbol  de la ciencia del bien y del mal", o lo que es lo mismo, según hemos apuntado, "no  hagas  uso  del cuerpo mental... porque  en   cualquier  día  que  comieres  de  él, infaliblemente morirás".
¿Acaso la humanidad Adamita no  estaba  aún preparada  para hacer  uso de la mente? ¿Acaso utilizar la mente, el cuerpo  creador por excelencia, significaba violar   las  leyes  divinas? ¿Qué  ocurrió, cuando Eva come  de la  manzana -fruto prohibido- y da de comer igualmente a su compañero Adán?

La respuesta a esta  última cuestión nos  abre un prometedor camino. En  efecto,  todos  conocemos las consecuencias de aquel acto “pecaminoso”,  o  mejor dicho,  todos  nos  hemos "tragado" literalmente, lo que el génesis  nos  narra que  ocurrió, y hasta tal  punto ha sido así, que se ha inscrito profundamente en  nuestras creencias, y desde aquellos días arrastramos el error  de que  nos  encontramos "separados"  de nuestro creador; que aquellos venturosos y deliciosos días paradisiacos ya nunca volverán,   incluso  dudamos, si  realmente existieron  o todo  forma parte  de un  cuento destinado a calmar el miedo de los "niños".

Nadie nos obliga  a seguir  pensando que Dios abandonó a  su  creación -el  hombre- castigándole  por haberle  desobedecido, por  no  "temerle".  Y yo  me pregunto, ¿qué padre basaría su enseñanza en el miedo, en  el terror?, ¿qué  padre  no  perdonaría a su hijo,  por muy grave que fuese su falta? Y sigo cuestionándome, cosas que parecen lógica a mi razón, si un padre, vulgar y corriente, sin que nadie le haya dicho  jamás que es un "Dios", perdona  a su hijo cuando éste por su ignorancia ha cometido algún  error,  ¿cómo podemos  admitir que nuestro  creador, que  verdaderamente sí  es  un   Dios Sabio  y Perfecto,  nos haya sentenciado con el más duro de los castigo, con  la muerte?
Creo que  se hace  necesario un  replanteamiento profundo de nuestras creencias más  arraigadas y que se esconden  en lo más  recóndito de nuestro inconsciente, pues se hace   urgente  recuperar  el hilo  de la Verdad  que hace tiempo perdimos y que,  sin  duda,  nos devolverá la plena  conciencia de quiénes somos.

El uso de la mente, cuando no se dominan dichas energías y sí en cambio sirven  a cuerpos inferiores como el  de  las  emociones, nos   llevará a  precipitamos y  a actuar contrariamente a  las  leyes  divinas, es  decir,  a crear "edificaciones" que  por  carecer de  los  correctos cimientos, se derrumbarán.
El hombre Adamita, contaba en  el génesis  de su existencia material con  una serie  de vehículos-cuerpos, de  los  cuales, el más   joven  e inexperto era  el mental. Podemos decir,  que  se encontraba en  una etapa de su desarrollo semejante a la  fase  infantil, por  lo  que  no dominaba  el   arte  de   construir  con   la   mente. Su utilización inmadura le  llevó   a  querer  conquistar  el mundo   material,  y   en    ese    empeño  ha    quedado prisionero, pues aún  en nuestros días vemos  como se ha producido una total identificación con  el plano físico  y una  negación progresiva de los  planos espirituales, o lo que es lo mismo, de su  propia Esencia, de su verdadera Patria.

7 Formó,  pues,  el Señor Dios  al hombre  del lodo de la tierra, e inspirole  en el rostro un soplo o espíritu  de  vida, y  quedó hecho el hombre  viviente con alma racional  (Génesis 5, 7).
Ese hálito  de vida que Dios  sopló sobre su Obra, hace   alusión  al  Espíritu que  dirige  los  trabajos  del cuerpo material, del cuerpo  formado por el lodo  de la tierra. A partir de ese momento evolutivo,  el hombre adquiere un nuevo aspecto  anímico, el alma  racional, o lo  que  es lo  mismo, la  capacidad de crear  y adquirir experiencias haciendo uso del cuerpo  racional-mental.

El  resultado de  utilizar este  vehículo,  llevó a la humanidad a "morir", pero  no leamos en este termino el final  de la  existencia, interpretémoslo como  lo que realmente supuso, el  tránsito de un estado  de conciencia: el tránsito hacia  la individualidad, puesto que  hasta ese  momento, el  hombre tenía  conciencia colectiva, de ahí, que se haga referencia  a la humanidad con  un  sólo  nombre, bien Adán o Eva.
¡Qué difícil   nos   resulta  perder  el  temor a  la muerte!

Es  evidente que  así  sea  mientras sigamos creyendo que  la  vida  pertenece al  cuerpo  creado  con lodo,  y no  al verdadero dueño, a la divinidad que somos, al Espíritu. El vehículo físico es tan sólo un  ropaje transitorio con  el que  se manifiesta temporalmente el Espíritu en el plano material. Cuando el Programa de vida elegido por el verdadero Ser se agota, lo que ocurre no es más que un proceso  natural, el abandono del vehículo, permitiendo con  ello el desenvolvimiento en otros niveles de conciencia, en los planos más sutiles  al físico, conocidos  como Mundo Astral  y Mundo Mental.

Adán "temió"  al descubrir su  desnudez una  vez que  se  produjo el  "acto  pecador",   es  decir,  temió  al conocer su  nueva  identidad individual. Con  este  acto dio  comienzo el  principio del  temor, o  lo  que  es  lo mismo, el comienzo de una  andadura donde  el conocimiento de uno  mismo era totalmente necesario. La mente  se convierte en el vehículo que  nos llevó a la autoconciencia, y debe  ser  con  su  correcto uso,  que recuperaremos el verdadero  sentido de nuestro Ser.
"Conócete a ti mismo". Podríamos parafrasear este axioma espiritual, expresando: "Témete   a ti mismo", o lo que es lo mismo, respeta  las leyes que te han creado, pues en   ella descubrirás  la   Verdad, descubrirás a Dios,  y dejarás  de tener miedo  a lo irreal e ilusorio, a lo que hemos llamado muerte.

Ya no  me  siento angustiado; ya no siento dolor... ya no soy  un  profano. Ahora siento alegría, pues en este  viaje, algo viejo ha muerto en mí. Ahora me siento liberado, pues camino ligero de equipaje, nada me  ata, nada me  posee... Ahora soy un  ser sabio, pues  he recordado que  soy  esencia de Dios.
Gracias muerte por venir  a mí... pues tus alas me han elevado por encima del Abismo, me han permitido cruzar hacia el  umbral de  la verdadera Vida.