viernes, 14 de marzo de 2025

Capítulo 19. II. El pecado en contraposición al error (2ª parte).

II. El pecado en contraposición al error (2ª parte).

3. El Hijo de Dios puede estar equivocado, engañarse a sí mismo e incluso usar el poder de su mente contra sí mismo. 2Pero no puede pecar. 3No puede hacer nada que en modo alguno altere su realidad, o que haga que realmente sea culpable. 4Eso es lo que el pecado quisiera hacer, pues ése es su propósito. 5Mas a pesar de toda la salvaje demencia inherente a la idea del pecado, éste sigue siendo imposible. 6Pues el costo del pecado es la muerte, y ¿podría acaso perecer lo que es inmortal.

El error se puede corregir, el pecado no, pues si se pudiera corregir, cambiaría su condición, es decir, dejaría de ser pecado y pasaría a ser un error. Al considerar el pecado como real, como una verdad, damos fe de que no es un error. Si el significado del pecado es haber creado un mundo separado de Dios, lo cual ha dado lugar a la identidad del ego-cuerpo, el corregir ese pensamiento erróneo supondría la negación del ego, pues su identidad no sería real, sino un error que, al corregirse, daría lugar a la visión verdadera de lo que somos: seres espirituales que gozan de la unidad de las mentes.

4. Uno de los principales dogmas de la descabellada religión del ego es que el pecado no es un error sino la verdad, y que la ino­cencia es la que pretende engañarnos. 2La pureza se considera arrogancia, y la aceptación de nuestro ser como algo pecaminoso se percibe como santidad. 3Y es esta doctrina la que sustituye a la realidad del Hijo de Dios tal como su Padre lo creó, y tal como dispuso que fuese para siempre. 4¿Es esto humildad? 5¿O es más bien un intento de desgajar a la creación de la verdad, y de mante­nerla aparte?

La idea del pecado, de la separación, ha dado lugar a un sistema de pensamiento que lo ve todo al revés. El mundo fabricado por este sistema de pensamiento es demente y en él prevalece el culto al dolor y al sufrimiento, que a la fidelidad al amor y a la paz. Cuando lo analizamos desde esta perspectiva, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que nuestra voluntad elija el miedo al amor? ¿Cómo es posible elegir el ataque a la paz? ¿Cómo es posible que veneremos al dios de la enfermedad por encima del Dios de la Dicha? 

Tan solo un pensamiento tan poderoso y arrogante como el que nos lleva a creer en el pecado puede convencernos para que nuestra elección haga que la balanza se incline a favor de la ilusión en vez de la verdad.

5. El ego siempre considerará injustificable cualquier intento de reinterpretar el pecado como un error. 2La idea del pecado es absolutamente sacrosanta en su sistema de pensamiento, y sólo puede abordarse con respeto y temor reverente. 3Es el concepto más "sagrado" del sistema del ego: bello y poderoso, completa­mente cierto, y protegido a toda costa por cada una de las defen­sas que el ego tiene a su disposición. 4Pues en el pecado radica su "mejor" defensa, a la que todas las demás sirven. 5El pecado es su armadura, su protección y el propósito fundamental de la rela­ción especial tal como el ego la interpreta.

Todo el sistema de pensamiento del ego se basa en la creencia de que somos "hijos del pecado". Nuestra mirada se orienta hacia el exterior, donde tiene lugar la percepción de un mundo donde las partes se encuentran separadas. Las interpretamos diferentes unas de otras y el significado que les otorgamos las hace, para nuestro razonamiento, realmente distintas y diferentes.

La percepción externa nos lleva a ver a los demás como las dianas propicias donde dirigir los dardos de nuestras proyecciones. El otro se convierte en nuestro punto de mira, donde vemos proyectado el contenido de nuestros pensamientos ocultos. Se convierten en el aliado perfecto para argumentar a favor de la defensa de nuestro sistema de pensamiento, el cual nos hace defensores de la creencia en la separación. Así, tenemos la excusa perfecta para atacarles, justificando dicho ataque como un acto para defender nuestros intereses. De este modo, el pecado y la culpa, que forman parte de nuestros pensamientos, son proyectados sobre los demás y nos convertimos en jueces y verdugos del mundo.

jueves, 13 de marzo de 2025

Capítulo 19. II. El pecado en contraposición al error (1ª parte).

II. El pecado en contraposición al error (1ª parte).

1. Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. 2Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado. 3Pero el pecado, de ser posible, sería irreversible. 4La creencia en el pecado está necesariamente basada en la firme convicción de que son las mentes, y no los cuerpos, que las atacan. 5Y así, la mente es culpable y lo será siempre, a menos que una mente que no sea parte de ella pueda darle la absolución. 6El pecado exige castigo del mismo modo en que el error exige corrección, y la creencia de que el castigo es corrección es claramente una locura.

Preparémonos para recibir un regalo de Jesús que nos alegrará la existencia. Este regalo es la Luz que nos permitirá entender, por un lado, las razones por las que el sistema de pensamiento del ego es tan poderoso y se encuentra tan arraigado en nuestra actual conciencia, y por otro, nos ofrece la visión correcta que nos permitirá sustituir el demente sistema de pensamiento del ego por la Verdad.

Toda la información recogida en este apartado trata sobre la causa que ha dado origen a la perdición del Hijo de Dios, llevándole a sustituir el amor por el miedo. Todos los argumentos que utiliza Jesús tienen como objetivo iluminar nuestra mente con la verdad. ¿Qué verdad? La única que nos abre las puertas del Cielo; la única que nos revela nuestra verdadera identidad; la única verdad que nos hace libres; la única verdad que nos despierta del sueño en el que se encuentra nuestra conciencia.

El empleo de la voluntad del Hijo de Dios le ha llevado a dirigir su mirada en una dirección diferente a la elegida por Dios. Si Dios ha creado desde la Unidad, Su Hijo ha creado desde la separación, es decir, en su visión creadora se ha separado de la Fuente de la que ha emanado y este acto ha sido interpretado como una transgresión de las Leyes de Dios, como un pecado, pues de este modo aniquila a su creador y se erige como el autor de su realidad.


Esta visión, esta interpretación, adquiere un especial significado en la conciencia del Hijo de Dios. Cree poder aniquilar a Su Hacedor y cree que ese acto le permite erigirse como su propio creador. La visión del mundo que ha fabricado adquiere una identidad propia, cuya principal característica radica en que se encuentra separada de cualquier otra identidad. Es distinta y especial a lo conocido anteriormente y su percepción la lleva a concebirse como la única realidad posible.

Jesús, calma nuestra ansiedad en este punto, diciéndonos que lo que hemos llamado "pecado" no es más que un error fruto del desconocimiento de lo que somos. Lo que Dios ha creado es inalterable y perfecto. Si bien Su Hijo, dotado de sus mismos poderes creadores, puede equivocarse, ello no significa que tenga el poder de autodestruirse, el poder de poner fin a la verdad utilizando pensamientos irreales e ilusorios cuya realidad fabricada está sujeta a las leyes de la temporalidad.

2. El pecado no es un error, pues el pecado comporta una arrogancia que la idea del error no posee. 2Pecar supondría violar la realidad y lograrlo. 3El pecado es la proclamación de que el ataque es real y que la culpabilidad está justificada. 4Da por sentado que el Hijo de Dios es culpable y que, por lo tanto, ha conseguido perder su inocencia y también convertirse a sí mismo en algo que Dios no creó. 5De este modo, la creación se ve como algo que no es eterno, y la Voluntad de Dios como susceptible de ser atacada y derrotada. 6El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego. 7Pues debido a él, Dios Mismo cambia y se le priva de Su Plenitud.

Continúa Jesús advirtiéndonos que lo que llamamos pecado no es un error. No debemos subestimar el poder del significado que le hemos otorgado a la creencia en el pecado. Si lo hacemos, estaremos reconociendo que el cuerpo es real y que el espíritu es irreal; que el cuerpo es nuestra verdadera identidad y que el ser espiritual es una ilusión. 

El ego no puede aceptar la idea de que su causa sea un error, pues de serlo, podríamos corregir dicho error, lo que supondría el reconocimiento de que el ego es una identidad pasajera y falsa con la que nos hemos identificado erróneamente. En cambio, si la causa es la verdad, es decir, si somos hijos del pecado, entonces el sistema de pensamiento del ego se garantiza la fidelidad a su realidad, lo que le ha llevado a fabricar un mundo donde idolatran al dios del pecado y del sufrimiento.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Capítulo 19. LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ. I. La curación y la fe (5ª parte).

  Capítulo 19

LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ

 

I. La curación y la fe (5ª parte).

13. La gracia no se le otorga al cuerpo, sino a la mente. 2Y la mente que la recibe mira instantáneamente más allá del cuerpo, y ve el santo lugar donde fue curada. 3Ahí es donde se alza el altar en el que la gracia fue otorgada, y donde se encuentra. 4Ofrécele, pues, gracia y bendiciones a tu hermano, pues te encuentras en el mismo altar donde se os otorgó la gracia a ambos. 5Y dejad que la gracia os cure a la vez, para que podáis curar mediante la fe.

Todo cuanto procede del miedo tiene su origen en la creencia en la separación. Podemos decir que el cuerpo, el símbolo de la separación, procede del miedo. El ego-cuerpo representa el pensamiento en la escasez y en la necesidad, y la razón de ello radica en lo que hemos dicho anteriormente, en su pensamiento origen, en la creencia en la separación-miedo.

Cuando este punto nos dice que la gracia no se le otorga al cuerpo, sino a la mente, está confirmando lo expresado más arriba. Cuando la mente es bendecida por el amor y por la gracia divina, se expande para crear de acuerdo a las leyes del amor, es decir, sus creaciones serán eternas, pues expresan la unidad.

Dejemos, pues, que la gracia penetre en nuestras mentes y ello nos lleve a compartir esa visión de unidad con el resto de la humanidad.

14. En el instante santo tú y tu hermano os encontráis ante el altar que Dios se ha erigido a Sí Mismo y a vosotros dos. 2Dejad a un lado la falta de fe y venid a él juntos. 3En él veréis el milagro de vuestra relación tal como fue renovada por la fe. 4Y en él os daréis cuenta de que no hay nada que la fe no pueda perdonar. 5Ningún error puede obstruir su serena visión, la cual lleva el milagro de la curación con la misma facilidad a todos ellos. 6Pues lo que se les encomienda hacer a los mensajeros del amor, ellos lo hacen, y regresan con las buenas nuevas de haberlo consumado en ti y en tu hermano, que os encontráis unidos ante el altar desde donde ellos fueron enviados.

Hemos visto en el párrafo 12 cómo la fe puede ser intercambiada por el conocimiento, pues procede de la percepción del Espíritu Santo. Hemos visto, igualmente, como el regalo del Espíritu Santo, la Expiación, nos lleva a corregir el error que nos ha mantenido prisioneros de la creencia en la separación, permitiéndonos adquirir la visión Crística la cual compartimos con todos nuestros hermanos de Filiación.

En el instante santo, se producirá ese reencuentro sagrado con nuestros hermanos y juntos compartiremos nuestra fe en la unidad de nuestras mentes.

15. De la misma manera en que la falta de fe mantendría vuestros míseros reinos yermos y separados, así la fe ayudará al Espíritu Santo a preparar el terreno para el santísimo jardín en que Él quiere convertirlo. 2Pues la fe brinda paz, y así le pide a la verdad que entre y embellezca lo que ya fue preparado para la hermosura. 3La verdad sigue muy de cerca de la fe y a la paz, y completa el proceso de embellecimiento que ellas comienzan. 4Pues la fe sigue siendo una de las metas del aprendizaje, que deja de ser necesaria una vez que la lección se ha aprendido. 5La verdad, en cambio, jamás se ausentará.

En este punto, Jesús matiza el significado de la verdad, de la fe y de la paz. Si bien todos estos significados completan el proceso de embellecimiento del Jardín, donde nuestra consciencia será una con el resto de la Filiación y con Dios, la fe debe ser entendida como una de las metas del aprendizaje que dejará de ser necesaria una vez que se ha completado dicho aprendizaje. En cambio, la verdad es la meta de ese aprendizaje, por lo que no se ausentará jamás.

16. Dedícate, por lo tanto, a lo eterno, y aprende a no ser un obstáculo para ello ni a convertirlo en un esclavo del tiempo. 2Pues lo que crees hacerle a lo eterno te lo haces a ti mismo. 3Aquel a quien Dios creó como su Hijo no es esclavo de nada pues es Señor de todo, junto con su Creador. 4Puedes esclavizar a un cuerpo, pero las ideas son libres y no pueden ser aprisionadas o limitadas en modo alguno, excepto por la mente que las concibió. 5Pues esta permanece unida a su fuente que se convierte en su carcelero o en su libertador, según el objetivo que acepte para sí mismo.

Ya lo hemos visto: las ideas siguen a su fuente. La falta de fe dará lugar a una mente que sirve al error y a la ilusión. Mientras que la fe dará lugar a una mente que sirve a la verdad. 

La falta de fe nos llevará a rendir cuentas a una identidad falsa e irreal, como es la que aporta el cuerpo, el cual está sometido por las leyes de la temporalidad.

En cambio, la fe nos lleva a las puertas del Cielo, donde la Unidad de las Mentes es la realidad compartida por la Filiación.

martes, 11 de marzo de 2025

Capítulo 19. LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ. I. La curación y la fe (4ª parte).

  Capítulo 19

LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ

 

I. La curación y la fe (4ª parte).

9. Tener fe es sanar. 2Es la señal de que has aceptado la Expiación, y, por consiguiente, de que deseas compartirla. 3Mediante la fe, ofreces el regalo de liberación del pasado que recibiste. 4No te vales de nada que tu hermano haya hecho antes para condenarlo ahora. 5Eliges libremente pasar por alto sus errores, al mirar más allá de todas las barreras que hay entre tú y él y veros a los dos como uno solo. 6Y en esa unidad que contemplas, tu fe está plena­mente justificada. 7La falta de fe nunca está justificada. aLa fe, en cambio, siempre lo está.


Reconocer que somos Hijos de Dios nos lleva ineludiblemente a afirmar que tener fe es sanar. Nos hemos puesto en manos del Espíritu Santo, hemos sintonizado con su frecuencia y, ahora, oímos su Voz, que nos habla de su regalo, la Expiación.

Ante nuestros ojos se abre una nueva visión, la Crística. Elegimos libremente pasar por alto los errores que hemos percibido en nuestros hermanos y lo contemplamos en la unidad reforzando nuestra fe.

10.       La fe es lo opuesto al miedo, y forma parte del amor tal como el miedo forma parte del ataque. 2La fe es el reconocimiento de la unión. 3Es el benévolo reconocimiento de que cada hermano es un Hijo de tu amorosísimo Padre, amado por Él como lo eres tú, y, por lo tanto, amado por ti como si fueses tú mismo. 4Su Amor es lo que te une a tu hermano, y debido a Su Amor no desearías mantener a nadie excluido del tuyo. 5Cada hermano aparece tal como se le percibe en el instante santo, unido a ti en tu propósito de ser liberado de la culpabilidad. 6Al ver al Cristo en él, él sana porque contemplas en él lo que hace que tener fe en todos esté justificado eternamente.

La fe sirve al amor, pues la fe es el reconocimiento de la unión. Es el símbolo del abrazo que nos une a nuestros hermanos festejando con alegría el feliz reencuentro.

La fe nos lleva a celebrar la venida de Cristo a nuestra mente, aportándonos la visión de la unidad y el triunfo definitivo del amor sobre el miedo.

La fe tiene el poder de la luz, pues facilita la comprensión de lo que somos realmente. La fe mueve montañas, dice el refrán, y es así, sin dudas, pues esa montaña representa el obstáculo que nos impide tener una visión íntegra y completa de la realidad.

11. La fe es el regalo de Dios a través de Aquel que Él te ha dado. 2La falta de fe contempla al Hijo de Dios, y lo juzga indigno de perdón. 3Pero a través de los ojos de la fe, se ve que el Hijo de Dios ya ha sido perdonado y que está libre de toda culpa que él mismo se echó encima. 4La fe lo ve sólo como es ahora porque no se fija en el pasado para juzgarlo, sino que únicamente ve en él lo mismo que vería en ti. 5No ve a través de los ojos del cuerpo, ni recurre a cuerpos para darse validez a sí misma. 6La fe es el heraldo de la nueva percepción, enviada para congregar testigos que den testimonio de su llegada, y para devolverte sus mensajes.

Así es. La fe, el reconocimiento de la unión de las mentes, es el regalo que nos hace el Espíritu Santo. La Expiación es el reconocimiento de lo que somos, espíritus emanados de la Fuente de Dios donde se encuentra nuestro verdadero Hogar. La Expiación es la esencia correctora del error que nos mantiene prisioneros de la creencia en la separación y la vía que nos conduce a la salvación a través de la visión en la Unidad de la Filiación.

La fe se convierte en la puerta de acceso a la percepción verdadera, la cual nos lleva a reconocer en cada uno de nuestros hermanos la unidad de la Filiación.

12. La fe puede ser intercambiada por el conocimiento tan fácilmente como el mundo real. 2Pues la fe surge de la percepción del Espíritu Santo, y es señal de que compartes ésta con Él. 3La fe es un regalo que le ofrece al Hijo de Dios a través del Espíritu Santo, y es tan aceptable para el Padre como para el Hijo. 4Por lo tanto, te lo ofreces a ti mismo. 5Tu relación santa, con su nuevo propósito te ofrece fe para que se la des a tu hermano. 6Tu falta de fe os ha separado, y así, no ves tu salvación con él. 7La fe, no obstante, os une en la santidad que veis, no a través de los ojos del cuerpo, sino en la visión de Aquel que os unió, y en Quien estáis unidos.

La fe no ve al cuerpo como real, pues el cuerpo es el símbolo de la separación. Dicho de otro modo, la fe no ve en el hermano a alguien separado de nosotros, sino el vínculo de unión que nos hace uno con el Creador.

Es por esta razón que cuando damos a nuestro hermano nuestra fe, nos la estamos dando a nosotros mismos.

Es la falta de fe la que dio lugar a la creencia en el cuerpo, pues en su base se construyeron los pilares que han servido de sustento al error y a la ilusión: la creencia en la separación.

lunes, 10 de marzo de 2025

Capítulo 19. LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ. I. La curación y la fe (3ª parte).

 Capítulo 19

LA CONSECUCIÓN DE LA PAZ

 

I. La curación y la fe (3ª parte).

6. La transigencia que inevitablemente se hace es creer que el cuerpo, y no la mente, es el que tiene que ser curado. 2Pues este objetivo dividido ha otorgado la misma realidad a ambos, lo cual sería posible sólo si la mente estuviese limitada al cuerpo y divi­dida en pequeñas partes que aparentan ser íntegras, pero que no están conectadas entre sí. 3Esto no le hará daño al cuerpo, pero mantendrá intacto en la mente el sistema de pensamiento ilusorio. 4La mente, pues, es la que tiene necesidad de curación. 5en ella es donde se encuentra. 6Pues Dios no concedió la curación como algo aparte de la enfermedad, ni estableció el remedio donde la enfermedad no puede estar. 7La enfermedad y el remedio se encuentran en el mismo lugar, y cuando se ven uno al lado del otro, reconoces que todo intento de mantener a la verdad y a la ilusión en la mente, donde ambas necesariamente están, es estar dedicado a las ilusiones. aMas cuando éstas se llevan ante la ver­dad y se ve que desde cualquier punto de vista son completa­mente irreconciliables con ella, se abandonan.

La enfermedad es la consecuencia de un pensamiento errado, el cual sirve a la creencia en la separación. Por lo tanto, podemos decir que la enfermedad es el efecto de la causa de la mala fe.

Si nuestra mente albergase tan solo pensamientos amorosos, los efectos de ello nos llevarían al estado de salud, pues el amor es la esencia con la que Dios nos ha creado y Dios no puede crear nada que no goce de plenitud.

Nos dice este punto que la enfermedad y el remedio se encuentran en el mismo lugar y que verlos uno al lado del otro nos lleva a reconocer que nos estamos identificando con lo ilusorio, pues lo estamos percibiendo en el cuerpo.

7. No hay conexión alguna entre la verdad y las ilusiones. 2Esto será así eternamente, por mucho que intentes que haya conexión entre ellas. 3Pero las ilusiones están siempre conectadas entre sí, tal como lo está la verdad. 4Tanto las ilusiones como la verdad gozan de cohesión interna y constituyen un sistema de pensa­miento completo en sí mismo, aunque totalmente desconectado del otro. 5Percibir esto es reconocer dónde se encuentra la separa­ción, y dónde debe subsanarse. 6El resultado de una idea no está nunca separado de su fuente. 7La idea de la separación dio lugar al cuerpo y permanece conectada a él, haciendo que éste enferme debido a la identificación de la mente con él. 8Tú crees que estás protegiendo al cuerpo, al ocultar esta conexión, ya que ocultarla parece mantener tu identificación a salvo del "ataque" de la ver­dad.

Este punto es muy interesante. Su importancia radica en que nos lleva a comprender la razón por la que nuestra fe falsa nos lleva a invocar a testigos que dan coherencia a la creencia de que el cuerpo es el que enferma y no nuestra mente.

A nuestro actual sistema de pensamiento, dirigido por las leyes del ego, le resulta evidente argumentar que nuestra verdadera identidad es el cuerpo y no la mente. Esto es así, sencillamente, porque su percepción de lo que es se basa en lo que ve y no en lo que no ve. Cuando se mira, ve un cuerpo y se dice: "Esto es lo que soy". Para confirmar qué es lo que ve y percibe, la enfermedad viene a ser su testigo principal y nos argumenta: lo ves, no hay dudas de que soy un cuerpo, pues es mi cuerpo el que refleja el dolor que siento.

El resultado de una idea, de la fe que albergamos, de nuestras creencias, no está nunca separado de su fuente. Fue la idea de la separación, la falsa fe, la que dio lugar al cuerpo y permanece conectada a él, haciendo que éste enferme debido a la identificación de la mente con él.

8¡Si sólo comprendieses cuánto daño le ha hecho a tu mente este extraño encubrimiento, y cuánta confusión te ha causado con res­pecto a tu identidad! 2No comprendes la magnitud de la devasta­ción que tu falta de fe ha ocasionado, pues la falta de fe es un ataque que parece estar justificado por sus resultados. 3Pues al negar la fe ves lo que no es digno de ella, y no puedes mirar más allá de esta barrera a lo que se encuentra unido a ti.

Cuando este punto hace referencia a la falta de fe, a su negación, lo que están diciendo es que la fe falsa, la mala fe, no es fe, y no lo es porque aquello que negamos -la fe verdadera- no existe para la creencia del ego basada en la separación. Es la negación de que somos seres espirituales, pues negamos creer en ello.

Si tenemos en cuenta las apreciaciones anteriores, podemos decir que tener fe es reconocer la verdad de lo que somos: Hijos de Dios.