viernes, 28 de febrero de 2025

Capítulo 18. IX. Los dos mundos (2ª parte).

 IX. Los dos mundos (2ª parte).

4. El círculo de temor yace justo debajo del nivel que los ojos del cuerpo perciben, y aparenta ser la base sobre la que el mundo descansa. 2Ahí se encuentran todas las ilusiones, todos los pensa­mientos distorsionados, todos los ataques dementes, la furia, la venganza y la traición que se concibieron con el propósito de conservar la culpabilidad, de modo que el mundo pudiese alzarse desde ella y mantenerla oculta. 3Su sombra se eleva hasta la superficie lo suficiente como para conservar sus manifestacio­nes más externas en la oscuridad, y para causarles desespera­ción y mantenerlas en la soledad y en la más profunda tristeza. 4Su intensidad, no obstante, está velada tras pesados cortinajes, y se mantiene aparte de lo que se concibió para ocultarla. 5El cuerpo es incapaz de ver esto, pues surgió de ello para ofrecerle protección, la cual depende de que eso no se vea. 6Los ojos del cuerpo nunca lo verán. 7Pero verán lo que dicta.

El Ser Espiritual que somos, el Hijo de Dios, ha sido creado a imagen y semejanza de Su Creador, con quien comparte el vínculo eterno de la Unidad. Su esencia es Luz y Amor y su identidad es verdadera y real. Por tal motivo no está sujeto al cambio. Es inalterable e inmutable. Perfecto como Su Padre es Perfecto. Su poder es semejante al de Su Padre, pues así ha sido creado.

El uso de ese "poder" lo hace libre para crear, pero también lo hace libre para fabricar, es decir, para imaginar una ficticia realidad sujeta a las leyes de la temporalidad y el cambio.

Ese acto de imaginación le lleva a creer imágenes ilusorias de sí mismo. Sucumbir a la "tentación" del deseo (simbolizada por la tentadora serpiente) le llevó a ver de otra manera, lo que propició una visión basada en su imaginación que le llevó a la creencia de que fue "expulsado" del "paraíso" (símbolo de la unidad). Dicha creencia dio lugar al miedo y a la culpa. En esa visión distorsionada dejó de sintonizar la frecuencia de luz para entrar en un estado de soñoliencia del que aún no ha despertado.

El peso de la culpa, junto al miedo, nubla la visión verdadera y lo mantiene prisionero de la percepción errada. La mente dejó de servir al Amor para ser sierva del miedo.

5. El cuerpo seguirá siendo el mensajero de la culpabilidad y actuará tal como ella le dicte mientras tú sigas creyendo que la culpabilidad es real. 2Pues la supuesta realidad de la culpabili­dad es la ilusión que hace que ésta parezca ser algo denso, opaco e impenetrable, y la verdadera base del sistema de pensamiento del ego. 3Su delgadez y transparencia no se vuelven evidentes hasta que ves la luz que yace tras ella. 4Y ahí, ante la luz, la ves como el frágil velo que es.

Sentirse culpable por haber transgredido la Voluntad de Dios dio lugar a pensamientos de temor y a ver a su Creador como un ser vengativo y despiadado. Ocultar lo que interpretó como su pecado le llevó igualmente a ocultar su culpa. Ese temor es una sombra que cobija en su mente y que, cuando es analizada desde la luz de la verdad, se difumina, pues no es más que el fruto de un acto imaginativo de lo que nunca ocurrió.

La pregunta que debemos hacernos es simple de entender y de contestar: ¿Qué padre que crea a su hijo en un acto de amor lo castigaría por sus errores? El castigo nunca puede ser un acto de amor, así como las tinieblas no pueden ser confundidas con la luz. ¿No es más inteligente pensar que ese padre mostrará su rostro amoroso para invitar a su hijo a ver de otra manera aquello que ha malinterpretado? Siendo así, ¿cómo vamos a continuar culpándonos y culpando a Dios de nuestras desgracias?

6. Esta barrera tan aparentemente sólida, y ese falso suelo que parece una roca, es como un banco de nubes negras que flotan muy cerca de la superficie, dando la impresión de ser una sólida muralla ante el sol. 2Su apariencia impenetrable no es más que una ilusión. 3Cede mansamente ante las cumbres que se elevan por encima de ella, y no tiene ningún poder para detener a nadie que quiera ascender por encima de ella y ver el sol. 4Esta apa­rente muralla no es lo suficientemente fuerte como para detener la caída de un botón o para sostener una pluma. 5Nada puede descansar sobre ella, pues no es sino una base ilusoria. 6Trata de tocarla y desaparece; intenta asirla y tus manos no agarran nada.

En este punto, Jesús pone especial énfasis en hacernos comprender que la ilusión de la culpa y el miedo es un pensamiento muy frágil, a pesar de su rocosa apariencia cuando lo imaginamos desde el temor y la vergüenza.

Podemos comprobar la fragilidad del miedo cuando lo llevamos ante la presencia del amor. Así como la oscuridad se difumina y desaparece cuando encendemos la luz, el miedo nos muestra su verdadera esencia cuando lo miramos desde el amor. El amor es nuestra esencia verdadera y se convierte en nuestra fortaleza cuando lo expandimos a través de nuestra mente, compartiéndolo con los demás.

jueves, 27 de febrero de 2025

Capítulo 18. IX. Los dos mundos (1ª parte).

 IX. Los dos mundos (1ª parte).

1.   Se te ha dicho que lleves la oscuridad a la luz, y la culpabili­dad a la santidad. 2Se te ha dicho también que el error tiene que ser corregido allí donde se originó. 3Lo que el Espíritu Santo necesita, por lo tanto, es esa diminuta parte de ti, el insignificante pensamiento que parece estar separado y desconectado. 4El resto está completamente al cuidado de Dios y no necesita guía. 5Pero ese pensamiento descabellado e ilusorio necesita ayuda porque, en su demencia, cree que él es el Hijo de Dios, completo en sí mismo y omnipotente, único gobernante del reino que estableció aparte para forzarlo, mediante la locura, a la obediencia y a la esclavitud. 6Ésa es la pequeña parte que crees haberle robado al Cielo. 7¡Devuélvesela! 8El Cielo no la ha perdido, pero tú has per­dido de vista al Cielo. 9Deja que el Espíritu Santo la saque del desolado reino donde tú la confinaste, rodeada de tinieblas, pro­tegida por el ataque y reforzada por el odio. 10Dentro de sus barricadas todavía se encuentra un diminuto segmento del Hijo de Dios, completo y santo, sereno y ajeno a lo que tú crees que le rodea.

El pensamiento sigue a su fuente. La fuente de donde emana toda creación es la Voluntad, el Amor y la Inteligencia. Esos tres Principios no están separados, sino que forman la unidad de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Todo pensamiento creador sigue la estela de esos tres Principios. Esos tres Principios se manifiestan bajo la Ley del Libre Albedrío, pues están más allá de cualquier límite imaginable.

La unidad de la que gozan esos tres Principios establece la dirección correcta para expandir la creación. La Voluntad debe unirse al Amor para crear inteligentemente, es decir, para crear desde la Unidad. Cuando la voluntad no se une al amor, la mente nos muestra una visión distorsionada de la unidad, lo que se traduce en una visión carente de amor y, por lo tanto, una visión ilusoria de la verdad.

La dirección del uso de la voluntad nos lleva, bien a crear la verdad o bien a fabricar la ilusión. La diferencia entre ambas radica en que, mientras la verdad es eterna, la ilusión es temporal, o lo que es lo mismo, es irreal.

Este punto nos invita con su enseñanza a que redirijamos nuestra voluntad y la pongamos al servicio del amor. Con ello estaríamos haciendo la Voluntad de nuestro Padre, es decir, estaríamos creando desde la unidad.

2. No te mantengas separado, pues Aquel que sí lo rodea te ha brindado la unión, y ha llevado tu minúscula ofrenda de oscuri­dad a la luz eterna. 2¿Cómo se logra eso? 3Muy fácilmente, pues está basado en lo que ese mísero reino realmente es. 4El árido desierto, las tinieblas y la falta de vida, sólo se ven a través de los ojos del cuerpo. 5La desolada visión que éstos te ofrecen está dis­torsionada, y los mensajes que te transmiten a ti que la inventaste para poner límites a tu conciencia son insignificantes y limitados, y están tan fragmentados que no tienen sentido.

Identificamos la visión como la capacidad que tienen los ojos físicos para percibir lo externo. Sin embargo, la verdadera visión no se encuentra en la capacidad de nuestros ojos físicos, sino en nuestra mente. Es posible que esta afirmación nos invite a reflexionar sobre esta cuestión. Si lo hacemos y ponemos en práctica su mensaje, no tendremos más remedio que confirmar su certeza.

Observemos cualquier objeto que se encuentre ante nuestros ojos. Elijo un objeto para desarrollar este ejercicio. En estos momentos, estoy frente a la pantalla del ordenador. Lo sé porque mis ojos me lo están mostrando y no he podido confundirlo con otro objeto, como por ejemplo la taza de café que se encuentra justamente a su lado. No tengo dudas, nos diremos, pues sé distinguir lo que mis ojos me están mostrando. Pienso que la pantalla es una pantalla y que la taza es una taza porque me lo muestran mis ojos. Sin embargo, el significado de ambos objetos es identificable porque en mi mente se encuentra la información adquirida en un pasado sobre sus significados. ¿Pero podemos decir que el verdadero significado de esos objetos es el que nosotros pensamos que es?

Si elegimos ver al otro desde nuestra visión corporal, lo que haremos será decidir verlo como nosotros creemos que es, no como en realidad es. Lo juzgamos por su apariencia externa y decidimos proyectar sobre él toda la culpabilidad que atesoramos en nuestro interior y que no estamos dispuestos a aceptar. De este modo, el cuerpo se convierte en la barrera que ponemos entre nosotros y la salvación, la cual tan solo puede ser real cuando decidimos ver a nuestros hermanos desde la unidad.

3. Parece como si desde el mundo de los cuerpos, al que la demencia dio lugar, se le devolvieran a la mente que lo concibió mensajes descabellados. 2esos mensajes dan testimonio de dicho mundo, y lo proclaman real. 3Pues tú enviaste a esos mensajeros para que te trajesen esos mensajes. 4De lo único que dichos mensa­jes te hablan es de cosas externas. 5No hay mensaje que hable de lo que está subyacente, pues el cuerpo no podría hablar de ello. 6Sus ojos no lo pueden percibir; sus sentidos siguen siendo completa­mente inconscientes de ello y su lengua no puede transmitir sus mensajes. 7Pero Dios puede llevarte hasta allí, si estás dispuesto a seguir al Espíritu Santo a través del aparente terror, confiando en que Él no te abandonará ni te dejará allí. 8Pues Su propósito no es atemorizarte, aunque el tuyo lo sea. 9Te sientes seriamente tentado de abandonar al Espíritu Santo al primer roce con el anillo de temor, pero Él te conducirá sano y salvo a través del temor y más allá de él.

El término "demencia" que utiliza Jesús en este apartado, así como en otros del Curso, puede ser interpretado por muchos de nosotros como inapropiado al pensar que se está realizando un juicio en los términos propios del ego. Si así lo estamos interpretando, deberíamos sopesar que el significado etimológico de dicho término procede del latín dementis, que se traduce en "el que se sale de su mente", o lo que es lo mismo, que no utiliza su mente bajo el Principio de la Inteligencia Divina, la cual expresa la verdad de la unidad.

Por lo tanto, el término demente no es un juicio condenatorio del uso de la mente, sino la comprensión del uso de la voluntad en una dirección errónea que la conduce al encuentro con una realidad imaginada que da lugar a la creencia en la separación.

El pensamiento es demente cuando nos lleva a la creencia en la separación o, lo que es lo mismo, cuando nos lleva a identificarnos con el cuerpo y con la conciencia perceptiva. 

miércoles, 26 de febrero de 2025

Capítulo 18. VIII. El pequeño jardín (4ª parte).

VIII. El pequeño jardín (4ª parte).

10Sal a su encuentro, pues traen a tu Ser consigo. 2condúcelos dulcemente a tu plácido jardín, y recibe allí su bendición. 3De este modo, tu jardín crecerá y se extenderá a través del desierto, y no dejará afuera ni un solo mísero reino excluido del amor, dejándote a ti adentro. 4Y tú te reconocerás a ti mismo, y verás tu pequeño jardín transformarse dulcemente en el Reino de los Cielos con todo el amor de su Creador resplandeciendo sobre él.

Cuando miremos al exterior, no percibamos al otro separado de nosotros, diferente a nosotros; no lo juzguemos como a un adversario que pretende apoderarse de aquello que poseemos. Por encima de todo, verlo de otra manera, sin juicios, y pídele al Espíritu Santo que te muestre su verdadero significado, su verdadero propósito, su verdadera identidad. Piensa que no puede ser distinto a ti. No te dejes confundir por las diferencias de su ropaje físico cuando lo ves como un cuerpo. Que tu mirada perciba los rayos de luz que une tu mente a la suya. Comprobarás que esa luz se une asimismo a la Fuente Creadora de la cual procedemos. Dale la bienvenida desde tu corazón y el amor que emana de este hará el resto.

11. El instante santo es la invitación que le haces al amor para que entre en tu desolado y pesaroso reino y lo transforme en un jar­dín de paz y de bienvenida. 2La respuesta del amor no se hace esperar. 3Llegará porque tú viniste sin el cuerpo y no interpusiste barrera alguna que pudiese obstaculizar su feliz llegada. 4En el instante santo, le pides al amor únicamente lo que él ofrece a todos, ni más ni menos. 5al pedirlo todo, recibirás todo. 6tu radiante Ser elevará el ínfimo aspecto que trataste de ocultar del Cielo, directamente hasta éste. 7Ninguna parte del amor puede invocar al todo en vano. 8Ningún Hijo de Dios se encuentra excluido de Su Paternidad.

El feliz y glorioso encuentro que se produce en el instante santo es una expresión de júbilo en el que el amor triunfa sobre el miedo; donde la unidad transforma la creencia en la separación; donde la relación especial se libera de la culpa y se consolida en una relación santa; donde lo real sustituye a lo ilusorio; donde lo eterno trasciende lo temporal y donde todas las lenguas se unifican en una sola.

12. Puedes estar seguro de esto: el amor ha entrado a formar parte de tu relación especial, y ha entrado de lleno en respuesta a tu vacilante solicitud. 2Tú no te das cuenta de que ha llegado porque aún no has levantado todas las barreras que construiste contra tu hermano. 3Y ninguno de vosotros será capaz de darle la bienve­nida al amor por separado. 4Es tan imposible que tú puedas conocer a Dios solo como que Él pueda conocerte a ti sin tu her­mano. 5Mas juntos no podríais dejar de ser conscientes del amor, del mismo modo en que el amor no podría no conoceros ni dejar de reconocerse a sí mismo en vosotros.

Toda relación especial tendrá un final feliz, pues el amor siempre vence al miedo y a la culpa. Ese final dará lugar a la relación santa en la cual se recuerda el pacto de amor que la humanidad selló en el Cielo en nombre de la Unidad. 

Como bien recoge este punto, el amor es cosa de dos, entendiendo con ello que el amor no se alcanza por separado. Igualmente, la ausencia de amor hará imposible que podamos conocer por nuestra cuenta la naturaleza de Dios, tan imposible como que Él pueda conocerte a ti sin tu hermano.

13.  Has llegado al final de una jornada ancestral, y aún no te has dado cuenta de que ya concluyó. 2Todavía estás exhausto, y el polvo del desierto aún parece empañar tus ojos y cegarte. 3Pero Aquel a Quien has dado la bienvenida ha venido a ti y quiere darte la bienvenida. 4Ha estado esperando mucho tiempo para hacer eso. 5Recíbela de Él ahora, pues Su Voluntad es que lo conozcas. 6Sólo un pequeño muro de polvo se interpone todavía entre tu hermano y tú. 7Sóplalo ligeramente con gran alborozo y verás cómo desaparece. 8Y entrad en el jardín que el amor ha preparado para vosotros dos. 

Tengo la sensación de que he llegado al final de una larga jornada, en la que he permanecido perdido, desorientado, buscando metas inalcanzables, no porque no tuviese fuerzas para ello, sino porque no eran reales. Me siento muy cansado, agotado y deshecho. El miedo consume la energía y juzgar consume la luz del pensamiento. He olvidado mi procedencia y he viajado por todos los confines de la tierra buscando mi origen, mi identidad, mi verdadero hogar.

Toda jornada tiene su final y todo sueño su despertar. Hoy lo sé, porque tengo la certeza de que he llegado al final del camino. Hoy sé que el camino soy yo mismo y que la verdad que buscaba se encuentra en mi interior. 

Hoy me enfrento al juicio final, porque sé que será el final de los juicios. Hoy descubro que no hay nada ni nadie a quien culpar, pues no hay pecado que purgar, ni condenar.

Hoy me libero del miedo, pues al mirar fuera de mí me reconozco en la mente de mi hermano y juntos hemos recordado el pacto de amor que nos une a la Fuente que nos ha creado.

Te doy la bienvenida, hermano, a mi pequeño jardín. En él podremos celebrar nuestra unión en honor a la Unicidad que reina en el Cielo. 

martes, 25 de febrero de 2025

Capítulo 18. VIII. El pequeño jardín (3ª parte).

VIII. El pequeño jardín (3ª parte).

7. No aceptes ese nimio y aislado aspecto como tu identidad. 2El sol y el océano no son nada en comparación con lo que tú eres. 3El rayo refulge sólo a la luz del sol, y la ola ondula mientras des­cansa sobre el océano. 4Pero ni en el sol ni en el océano se encuen­tra el poder que mora en ti. 5¿Preferirías permanecer dentro de tu mísero reino, y seguir siendo un triste rey, un amargado gober­nante de todo lo que contempla, que aunque no ve nada está dispuesto a dar la vida por ello? 6Este pequeño yo no es tu reino. 7Elevado como un arco muy por encima de él y rodeándolo con amor se encuentra la gloriosa totalidad, la cual ofrece toda su felicidad y profunda satisfacción a todas sus partes. 8El pequeño aspecto que piensas haber aislado no es una excepción.

La densidad propia del mundo tridimensional, del mundo temporal y perceptivo, hace que sea limitado y que muestre un mundo separado. En la medida en que decidamos por encima de todo ver las cosas de otra manera, estamos pidiendo al Espíritu Santo que nos ofrezca la Expiación y nos permita corregir el error que nos lleva a percibir bajo la creencia en la separación.

Ese propósito de ver las cosas de otra manera es la disposición necesaria para que nuestro verdadero Ser tome las riendas de nuestra existencia, propiciando que la verdadera visión de la grandiosidad del Espíritu nos muestre la Luz con la que ha sido creado. Esa Luz no tiene límites y nos mantiene unidos en la Obra Creadora del Padre, la Filiación.

8El amor no sabe nada de cuerpos y se extiende a todo lo que ha sido creado como él mismo. 2Su absoluta falta de límites es su significado. 3Es completamente imparcial en su dar, y abarca todo únicamente a fin de conservar y mantener intacto lo que desea dar. 4¡Cuán poco te ofrece tu mísero reino! 5¿No es allí, entonces, donde le deberías pedir al amor que entre? 6Contempla el desier­to -árido y estéril, calcinado y triste- que constituye tu mísero reino. 7Y reconoce la vida y la alegría que el amor le llevaría pro­cedente de donde él viene y adonde quiere retornar contigo.

El amor no sabe nada de cuerpos porque su realidad es la unicidad, mientras que el cuerpo es el símbolo de la separación. Cuando las enseñanzas del Curso nos dicen que el cuerpo no existe, no es real, lo que nos está describiendo es el verdadero significado de los términos "existir" y "real"; este es que no cambian, que son eternos, a diferencia del cuerpo que está sujeto a las leyes del ego, a las leyes de la temporalidad.

Poner nuestra atención en el cuerpo es como construir un edificio cuyos pilares son efímeros y pretender que perdure en el tiempo, cuando está llamado a su destrucción.

Pongamos toda nuestra atención en el amor y nuestros pensamientos relucirán como rayos de luz que, en unión con otras luces, crearán un mundo resplandeciente, donde todos juntos gozaremos de la Paz, de la Dicha y de la Felicidad que Dios comparte con Su Hijo.

9. El Pensamiento de Dios rodea tu mísero reino y espera ante la barrera que construiste, deseoso de entrar y de derramar su luz sobre el terreno yermo. 2¡Mira cómo brota la vida por todas par­tes! 3El desierto se convierte en un jardín lleno de verdor, fértil y plácido, ofreciendo descanso a todos los que se han extraviado y vagan en el polvo. 4Ofréceles este lugar de refugio, que el amor preparó para ellos allí donde antes había un desierto. 5Y todo aquel a quien le des la bienvenida te brindará el amor del Cielo. 6Entran de uno en uno en ese santo lugar, pero no se marchan solos, que fue como vinieron. 7El amor que trajeron consigo les acompañará siempre, al igual que a ti. 8Y bajo su beneficencia tu pequeño jardín crecerá y acogerá a todos los que tienen sed de agua viva, pero están demasiado exhaustos para poder seguir adelante solos.

El cuerpo está sediento de deseos y pasiones. Por muchos intentos de satisfacer esa inagotable sed, no consigue saciarla, pues el poder del deseo es insaciable cuando su único propósito es servir al egoísmo y a la soledad. El deseo confunde el amor con la necesidad de ser amado. El deseo no sabe cómo dar, tan solo busca recibir. Lo que no entiende es que para recibir hay que dar y que cada uno da lo que tiene, es decir, si no das, no recibes y si no sabes lo que tienes, no das, por lo que tampoco recibirás.

Pero cuando nos saciamos con las aguas vivas, símbolo de la fuerza eterna del amor, entonces sabremos lo que tenemos, pues lo que tenemos es lo que somos. Conociendo lo que somos, amor, daremos amor y ese acto de expansión nos permitirá conservar lo que damos, pues si damos lo que somos, jamás lo perderemos.

lunes, 24 de febrero de 2025

Capítulo 18. VIII. El pequeño jardín (2ª parte).

 VIII. El pequeño jardín (2ª parte).

4. Mas ni el sol ni el océano se dan cuenta de toda esta absurda e insensata actividad. 2Ellos sencillamente continúan existiendo, sin saber que son temidos y odiados por un ínfimo fragmento de sí mismos. 3Aun así, no han perdido conciencia de ese segmento, pues éste no podría subsistir separado de ellos. 4lo que piensa que es, no cambia en modo alguno su total dependencia de ellos para su propia existencia, 5toda vez que ésta radica en ellos. 6Sin el sol el rayo desaparecería, y sin el océano la ola sería inconcebi­ble.

El pensamiento errado ha dado lugar a la creencia en la separación y a la identidad de la dimensión temporal, cuyo emblema principal es el cuerpo. El cuerpo atiende a las leyes del sistema de pensamiento del ego, lo que le lleva a negar que su identidad no sea otra que la que percibe, negando cualquier otra posibilidad, como por ejemplo que sea el efecto de un pensamiento errado.

Este punto utiliza el símil del sol y el océano para hacernos comprender su similitud con el Ser Espiritual. En este sentido, el rayo de sol, así como la ola del océano, se comportan al igual que el cuerpo con respecto al pensamiento, pues todos ellos se creen separados de su origen.

5. Tal es la extraña situación en la que parecen hallarse aquellos que viven en un mundo habitado por cuerpos. 2Cada cuerpo parece ser el albergue de una mente separada, de un pensa­miento desconectado del resto, que vive solo y que de ningún modo está unido al Pensamiento mediante el cual fue creado. 3Cada diminuto fragmento parece ser autónomo, y necesitar a otros para algunas cosas, pero sin ser en modo alguno completa­mente dependiente para todo de su único Creador, ya que nece­sita la totalidad para poder tener algún significado, pues por sí solo no significa nada. 4Ni tampoco puede tener una vida aparte e independiente.

El origen de nuestra actual ignorancia, de nuestra identificación con el envoltorio material, con el cuerpo, es la creencia en la separación. Es lo que hemos llamado en lo descrito anteriormente como una desconexión de frecuencia lo que nos impide reconocer con nitidez el mensaje que transmite el Pensamiento Creador, llevándonos a imaginar el contenido de dicho mensaje, el cual no conseguimos interpretar con nitidez.

Nos decimos que creemos en Dios, pero lo invocamos tan solo para que medie a nuestro favor cuando pretendemos satisfacer nuestros deseos. Lo invocamos para que nos sane, para que nos aporte felicidad y paz, para que nuestro equipo de futbol gane a su rival, para triunfar en nuestras guerras y vencer a nuestros enemigos. Y así, hasta agotar el libro de nuestros dementes y egoístas deseos.

A Dios le adscribimos el poder para hacernos el bien y el mal. Lo concebimos como piadoso, pero al mismo tiempo vengativo. Es por ello que, en nuestra ignorancia, elevamos nuestras súplicas para que interfiera en favor de nuestra salvación y, en calidad de juez, condene a nuestro prójimo, el mismo que nos ataca y amenaza. 

También los erigimos como Dios Único y Verdadero, y le pedimos que asole con su magnanimidad la presencia de otros dioses que parecen competir con nuestra ideología.

Podemos decir que creemos más en que Dios está hecho a nuestra imagen y semejanza que en la verdadera realidad, que hemos sido creados a Su Imagen y Semejanza.

6. Al igual que el sol y el océano tu Ser continúa existiendo, sin darse cuenta de que ese minúsculo fragmento se considera a sí mismo ser tú. 2No es que esté ausente, pues no podría existir si estuviese separado, ni el todo del que forma parte estaría com­pleto sin él. 3No es un reino aparte, regido por la idea de que está separado del resto. 4Ni tampoco está rodeado de una cerca que le impide unirse al resto, o que lo mantiene separado de su Crea­dor. 5Este pequeño aspecto no es diferente de la totalidad, ya que hay continuidad entre ambos y es uno con ella. 6No vive una vida separada, pues su vida es la unicidad en la que su ser fue creado.

Así es. No somos conscientes de que, a pesar de nuestra demencial ignorancia, de nuestro total desconocimiento de lo que realmente somos, nuestra verdadera esencia está en conexión con la Fuente de la cual hemos emanado. Sin esa unión, la existencia no sería posible.

El despertar abrirá nuestros ojos a la realidad del Todo de la cual formamos parte. Nos hará conscientes de que todas las mentes son una con la de Dios y recordaremos la frecuencia con la que debemos conectar para sintonizar la Voz Una que nos hace ser la Filiación Divina. En ese estado de conciencia, la función del cuerpo ya no será necesaria y el nivel perceptivo dará lugar a un nivel diferente de manifestación.