lunes, 15 de agosto de 2016

La Religión del Padre: "Las Bienaventuranzas" 1ª parte

Con el propósito de hablar sobre la Religión del Padre, de definir su significado, hemos dedicado una serie de capítulos al término “Reino de los Cielos o Reino del Padre”. Aquellos que hayáis seguido el contenido de dichos escritos, estaréis en condiciones de conocer las afirmaciones que hemos compartido sobre este tema.

Bien, siguiendo con la iniciativa marcada de ir describiendo aspectos relacionados con la Religión del Padre, hoy nos adentraremos en un contexto que considero puramente mágico, poético y revelador, me estoy refiriendo a las “Bienaventuranzas”.

¿Por qué dirigimos nuestra atención a este apartado de las Enseñanzas Sagradas? Sencillamente, porque el primero de los “trabajos” que llevó a cabo Jesús en su labor evangelizadora, tras emprender el “reclutamiento” de sus más fieles discípulos, los Apóstoles, fue “predicar el evangelio del Reino”.
El Reino del Padre fue revelado por primera vez ampliamente en el llamado Sermón de la Montaña. Nos describe la crónica sagrada que, viendo la multitud, Jesús tomó a sus discípulos y subió a la montaña (Mateo 5). En el lenguaje de los símbolos, el acto de subir a la montaña significa elevarse espiritualmente, abandonar el plano de lo multitudinario para entrar en contacto con las instancias más elevadas que hay en uno mismo.

Pero antes de adentrarnos a analizar cada una de las bienaventuranzas, preguntémonos:

¿Qué son las Bienaventuranzas?

Bienaventuranza (también llamada macarismo) es en la Biblia un género literario con más de un centenar de ejemplos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Tiene antecedentes en escritos de otros pueblos, en especial de Egipto. Se recurre a este género para expresar una «felicitación» a las personas que, por tener una dada cualidad o mantener una forma de conducta grata, están ligadas con “el Dios que da la vida”.

Cuando en la Biblia se proclama una «bienaventuranza» o su opuesto, no se busca pronunciar ni una «bendición» que proporcione la felicidad, ni una «maldición» que produzca la infelicidad, sino exhortar, sobre la base de la propia experiencia de felicidad, a seguir los caminos que conducen a ella. Sin embargo, este género literario experimentó una evolución lenta a través del Antiguo y del Nuevo Testamento, que fue de los bienes meramente terrenales a los llamados “bienes eternos”.

Dentro del elevado número de sentencias que constituyen este género literario, quizá las más célebres sean las ocho con que comienza Jesús de Nazaret el sermón del monte (Mateo 5:3-11).

Las bienaventuranzas son una síntesis de los principios que constituyen el ideal de la vida cristiana.

Esta página del evangelio de San Mateo expresa admirablemente toda la elevación de la perfección cristiana a la que Jesús llama a todos los hombres. El Sermón de la Montaña es un compendio de la doctrina cristiana; es la solemne promulgación de la nueva ley, otorgada para perfeccionar la ley mosaica y enmendar erróneas interpretaciones: “No penséis que he venido a abrogar la Ley o los profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla”. (Mt. 5, 17).

Desde el Sermón de la Montaña hasta el discurso de la Última Cena, Jesús enseñó a sus discípulos a manifestar un amor paternal en lugar de un amor fraternal. El amor fraternal consiste en amar al prójimo como a sí mismo, lo que sería una aplicación adecuada de la “regla de oro”. Pero el afecto paternal exige que améis a vuestros compañeros mortales como Jesús os ama.
Jesús ama a la humanidad con un afecto doble. Vivió en la tierra bajo una doble personalidad, humana y divina. Como Hijo de Dios, ama al hombre con un amor paternal, es el Creador del hombre, su Padre en el universo. Como Hijo del Hombre, Jesús ama a los mortales como un hermano, fue realmente un hombre entre los hombres.
Jesús no esperaba que sus discípulos consiguieran una manifestación imposible de amor fraternal, pero sí contaba con que se esforzarían tanto por parecerse a Dios, por ser perfectos como el Padre que está en los cielos es perfecto, que podrían empezar a considerar a los hombres como Dios considera a sus criaturas, y así podrían empezar a amar a los hombres como Dios los ama, a manifestar los principios de un afecto paternal. En el transcurso de estas exhortaciones a los doce apóstoles, Jesús trató de revelar este nuevo concepto de amor paternal, tal como está relacionado con ciertas actitudes emocionales involucradas cuando se efectúan numerosos ajustes sociales al entorno.

El Maestro inició este importante discurso llamando la atención sobre cuatro actitudes de fe, como preludio a la descripción posterior de sus cuatro reacciones trascendentales y supremas de amor paternal, en contraste con las limitaciones del simple amor fraternal.

Primero habló de los que eran pobres de espíritu, de los que tenían hambre de rectitud, de los que perseveraban en la mansedumbre y de los limpios de corazón.
Se podría esperar que estos mortales que disciernen el espíritu alcanzarían los niveles suficientes de desinterés divino como para ser capaces de intentar el extraordinario ejercicio del afecto paternal; que, incluso en la aflicción, estarían facultados para mostrar misericordia, promover la paz y soportar las persecuciones.
Y que a lo largo de todas estas penosas situaciones, amarían con un amor paternal incluso a una humanidad poco amable. El afecto de un padre puede alcanzar unos niveles de devoción que trascienden inmensamente el afecto de un hermano.

La fe y el amor de estas beatitudes fortalecen el carácter moral y crean la felicidad. El miedo y la ira debilitan el carácter y destruyen la felicidad. Este sermón importante se inició con una nota de felicidad.

El Sermón de la Montaña iba dirigido exclusivamente a sus discípulos, que ahora eran ya doce. Algunos tenían ya cierta experiencia evangelizadora, otros aún no. Formaban ya un equipo unido aunque frecuentemente chocaran entre ellos por cuestiones de carácter, y Jesús ordenó que los doce se arrodillasen formando un círculo en torno a él y el Maestro puso sus manos sobre la cabeza de cada apóstol, empezando por Judas Iscariote y terminando por Andrés. Jesús pronunció una breve plegaria dirigida al Padre, suplicándole que amara y acompañara a los doce, como lo había amado y acompañado a él.

Los apóstoles permanecieron en silencio durante unos minutos, profundamente emocionados. Pedro fue el primero en levantar los ojos hacia su Maestro y el primero en abrazarlo. Sucesivamente abrazarían a Jesús uno a uno. La escena estaba rodeada de un gran silencio físico, pero quien hubiese tenido vista y oído espiritual hubiera apercibido una multitud de seres celestiales cantando y contemplando desde lo alto la escena sagrada en la cual el enviado divino traspasaba a los hombres la responsabilidad de la promulgación del Reino.

Los doce serían el fermento del mundo de Dios en la tierra y cada uno aportaría almas al Reino, incluso Judas, el traidor, porque muchos son los hombres de este mundo que necesitan pasar por la experiencia de la traición para que sus ojos sean abiertos.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5:3).

En las nueve Bienaventuranzas veremos enaltecidos los valores contrarios a los que la sociedad profana suele proclamar, enseñándonos así que el Reino Divino es la otra cara de la moneda de esta sociedad humana. En las ceremonias de iniciación de las escuelas herméticas, vemos que el candidato, antes de entrar en el templo, es despojado de los metales que lleva encima. Este gesto simbólico corresponde a estos primeros preceptos instituidos por Cristo ante los hombres que iban a ocuparse de los intereses del Padre en la tierra. Los valores del mundo de abajo, no tienen curso en el de arriba.

La primera Bienaventuranza iba dirigida a los pobres en espíritu y en ella vemos la dinámica de Hochmah. ¿Por qué de ellos serán los cielos? Porque en su estado evolutivo actual, el hombre puede captar tan sólo una pequeñísima parte de la sabiduría divina. Si, una vez en posesión de esa modesta parcela, el hombre ya se considera rico, se considera saciado de esa sabiduría y constituye con ella sus certidumbres, proclamando la verdad que esa parte del saber contiene, se estancará en ella y ya no le vendrán nuevas luces.
Por el contrario, el que adopta una actitud humilde respecto a sus conocimientos, el que dice, como el filósofo griego: “Yo sólo sé que no sé nada”, el que se encuentra en situación hambrienta espiritualmente hablando, ése atraerá la sabiduría hacia sus vacíos internos y el cielo se manifestará en él. Jesús expresaba pues una norma con esa primera Bienaventuranza, que puede anunciarse de la siguiente manera: No deis jamás como definitivos los conocimientos que poseéis; no los toméis jamás como posesiones personales que engalanan vuestra personalidad humana, como las joyas adornan el cuello de las cortesanas.

Al contrario, haced que vuestra sabiduría sea como el caminante, que abandona fácilmente las ciudades por las que transita porque nada hay en ellas que lo retenga. El pobre lo comparte todo con más facilidad que el rico porque tiene poco que compartir y es más fácil desprenderse de un pedazo de pan que partir en dos un lingote de oro para dar la mitad al amigo. No dejéis que los conocimientos espirituales se acumulen en vuestro interior hasta crear una situación de riqueza, porque entonces os será difícil compartirlos y os sentiréis propietarios de aquello que poseéis y querréis sacarle un provecho, una renta.

Os convertiréis así en hombres ricos en espíritu y el cielo ya no entrará en vosotros. Si, por el contrario, vais compartiendo lo recibido, el Reino de los Cielos irá llenando vuestros vacíos internos y la sabiduría transitará por vuestra alma como una película que no tiene fin.

Así pues, para permanecer en estado de pobreza, tenéis que dar lo que recibís antes de que se acumule y forme un tesoro. Tenéis que prodigar la enseñanza, ir por el mundo y evangelizar.

Para un niño, la felicidad es la satisfacción de un ansia inmediata de placer. El adulto está dispuesto a sembrar las semillas de la abnegación, con el fin de obtener las cosechas posteriores de una felicidad mayor. En los tiempos de Jesús y después de ellos, la felicidad ha sido asociada demasiado a menudo con la idea de poseer riquezas. En la historia del fariseo y del publicano que oraban en el templo, uno se sentía rico de espíritu, egotista; el otro se sentía “pobre de espíritu”, humilde.

Uno era autosuficiente; el otro era enseñable y buscaba la verdad. Los pobres de espíritu buscan metas de riqueza espiritual, buscan a Dios. Estos buscadores de la verdad no tienen que esperar sus recompensas en un futuro lejano; son recompensados ahora. Encuentran el reino de los cielos en su propio corazón, y experimentan esa felicidad ahora.

Fuentes consultadas: Wikipedia. Libro de Urantia. Curso de Interpretación Esotérica de los Evangelios (Kabaleb). Nacar-Colunga (Biblia)

Continuará...

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