viernes, 30 de mayo de 2025

Capítulo 20. VIII. La visión de la impecabilidad (1ª parte).

VIII. La visión de la impecabilidad (1ª parte).

1.  Al principio, la visión te llegará en forma de atisbos, pero eso bastará para mostrarte lo que se te concede a ti que ves a tu her­mano libre de pecado. 2La verdad se restituye en ti al tú desearla, tal como la perdiste al desear otra cosa. 3Abre las puertas del santo lugar que cerraste al haber valorado ésa "otra cosa", y lo que nunca estuvo perdido regresará calladamente. 4Ha sido sal­vaguardado para ti. 5La visión no sería necesaria si no se hubiese concebido la idea de juzgar. 6Desea ahora que ésta sea eliminada completamente y así se hará.

Recuerdo una película en la que el protagonista era invidente desde nacimiento y su mayor deseo era poder ver. Había aprendido a sobrevivir desarrollando el resto de sus sentidos físicos y a identificar las cosas y a las personas a través de ellos y de las descripciones que los demás le aportaban. Su intenso deseo le llevó a buscar un remedio para su estado y le propusieron someterse a una intervención quirúrgica. El resultado de la intervención fue todo un éxito y el invidente recuperó la visión, la cual al principio era un poco borrosa, pero iría mejorando su nitidez con el paso del tiempo. El hecho de haber recuperado la visión no significó que reconociese las cosas al verlas, pues aún no identificaba el objeto con la imagen que su mente había creado. No le resultó fácil aquel cambio de percepción y en ocasiones cerraba los ojos para identificar mejor la situación que se le mostraba.

La visión de la luz, de lo que realmente somos, nos llegará en forma de atisbos y ello significará que hemos cambiado el modo de ver las cosas. Allí donde antes todo era oscuridad, la luz comienza a disipar las tinieblas. Allí donde antes veíamos separación, comenzamos a ver unidad. Allí donde antes veíamos la opción de atacar para proteger nuestras posesiones, ahora vemos la oportunidad de dar y de compartir lo que somos de manera totalmente desinteresada.

La clave de este cambio se halla en el deseo y con esta afirmación se desvela cuál fue la fuerza que nos llevó a ver un mundo distinto al de Dios. Cuando la voluntad se une al deseo, se produce el misterio de la creación, al igual que ocurre cuando el esperma se une al óvulo o cuando la semilla se introduce en la tierra. Voluntad y deseo pueden servir a la unidad o a la separación. Cuando servimos al amor, cuando nuestro deseo es extender el amor, estamos creando eternidad. Cuando sirve a la individualidad, cuando nuestro deseo es la autosatisfacción, estamos fabricando la ilusión y la temporalidad.

2. ¿Deseas conocer tu Identidad? 2¿No intercambiarías gustosa­mente tus dudas por la certeza? 3¿No estarías dispuesto a estar libre de toda aflicción y aprender de nuevo lo que es la dicha? 4Tu relación santa te ofrece todo esto. 5Tal como se te dio, así también se te darán sus efectos. 6Y del mismo modo en que no fuiste tú quien concibió su santo propósito, tampoco fuiste tú quien concibió los medios para lograr su feliz desenlace. 7Regocíjate de poder disponer de lo que es tuyo sólo con pedirlo, y no pienses que tienes que ser tú quien debe concebir los medios o el fin. 8Todo ello se te da a ti que quieres ver a tu hermano libre de pecado. 9Todo ello se te da, y sólo espera a que desees recibirlo. 10La visión se le otorga libremente a todo aquel que pide ver.

La visión de la separación es el efecto de haberla deseado. La separación es sinónimo de división, al igual que la unión es sinónimo de unicidad. El pensamiento sigue a su fuente o, lo que es lo mismo, y si hemos decidido ver separación, es porque nuestra mente ha deseado la división.

La naturaleza del mundo de Dios es la paz, la dicha y la luz. En su reino gobierna la ley del amor. Ver de manera diferente ese mundo responde al deseo de ver de manera distinta a la de Dios. Responde al deseo de regirse por leyes donde no impere el amor. La naturaleza del mundo del ego es la discordia, la escasez y la oscuridad.

Al percibir la separación, dejamos de percibir la unidad de las mentes y nuestra percepción descubrió al otro fuera de nosotros. Sentimos miedo y el miedo sustituyó al amor, lo que ocasionó que nos identificáramos con el personaje percibido, con los ropajes físicos que aparentemente nos ofrecían una identidad. Caímos en un pesado sueño en el que nuestra conciencia olvidó lo que éramos realmente para adquirir una falsa identidad. Pero ese estado de conciencia no significa la muerte de nuestro verdadero ser, sino su olvido. Si el deseo individualista fue la causa que nos llevó a ese estado, será el deseo de unión el que nos permitirá recordar lo que somos y, en ese proceso de salvación, el otro, nuestro hermano, juega un papel estelar, sirviéndonos como espejos en el que podremos reconocernos.

jueves, 29 de mayo de 2025

Capítulo 20. VII. La correspondencia entre medios y fin (3ª parte).

 VII. La correspondencia entre medios y fin (3ª parte).

8. El cuerpo no se puede ver, excepto a través de juicios. 2Ver el cuerpo es señal de que te falta visión y de que has negado los medios que el Espíritu Santo te ofrece para que sirvas a Su pro­pósito. 3¿Cómo podría lograr su objetivo una relación santa si se vale de los medios del pecado? 4Tú te enseñaste a ti mismo a juzgar; mas tener visión es algo que se aprende de Aquel que quiere anular lo que has aprendido. 5Su visión no puede ver el cuerpo porque no puede ver el pecado. 6Y de esta manera, te conduce a la realidad. 7Tu santo hermano -a quien verlo de este modo supone tu liberación- no es una ilusión. 8No intentes verlo en la oscuridad, pues lo que te imagines acerca de él parecerá real en ella. 9Cerraste los ojos para excluirlo. 10Tal fue tu propó­sito, y mientras ese propósito parezca tener sentido, los medios para su consecución se considerarán dignos de ser vistos, y, por lo tanto, no verás.

El cuerpo es un símbolo de identidad. La identificación es una creencia y pone de manifiesto aquello que vemos. Si lo que vemos es lo que deseamos, podemos concluir que nuestra identidad es fruto de lo que deseamos. Considero importante esta introducción para ayudarnos a comprender el contenido de este punto, sobre todo en lo concerniente a la afirmación de que el cuerpo no se puede ver, excepto a través de juicios.

Desde mi punto de vista, hasta ahora, entiendo que el cuerpo no es real porque es temporal y está regido por las leyes del cambio. Sabemos que lo que es real es verdad y que la verdad es eterna y no cambia. Por lo tanto, cuando se dice que el cuerpo no es real, responde a las anteriores consideraciones.

Cuando se nos afirma que el cuerpo no se puede ver, excepto a través de juicios, lo que está poniendo de manifiesto es el significado esotérico del término ver. Cuando utilizamos dicho término desde el punto de vista del sistema de pensamiento del ego, su significado se asocia a una capacidad perceptiva de la visión y del resto de los sentidos físicos, no tan solo de los ojos. Un invidente puede ver el cuerpo a través del resto de los sentidos. Basado en este sistema de pensamiento, el que da lugar a la percepción, el juicio se nos muestra como el principal agente que nos lleva a ver el cuerpo, es decir, a ser conscientes de su percepción como símbolo de la creencia en la separación. Juzgar es el deseo de que las cosas sean diferentes a como realmente son. Cuando nuestra voluntad eligió ver un mundo diferente al de Dios, lo que estaba haciendo la mente es emitir un juicio de separación inspirado en el deseo de ver de forma independiente al de nuestro Creador, lo cual nos llevó a ver lo que deseamos, el mundo físico.

Pero esa no es la verdadera visión. Esa visión del ego procede de la oscuridad y en la oscuridad no se puede ver. La visión procede de la luz. Podemos decir que la luz y la visión van unidas. Desde la visión, desde la luz, se tiene acceso a la realidad, a la verdad, a la unidad. Desde esa visión, el cuerpo-separación-juicio no se puede ver, porque en ese plano tan solo se manifiesta lo esencial y verdadero.

9. Tu pregunta no debería ser: "¿Cómo puedo ver a mi hermano sin su cuerpo?" 2sino, "¿Deseo realmente verlo como alguien incapaz de pecar?" 3Y al preguntar esto, no te olvides de que en el hecho de que él es incapaz de pecar radica tu liberación del miedo. 4La salvación es la meta del Espíritu Santo. 5El medio es la visión. 6Pues lo que contemplan los que ven está libre de pecado. 7Nadie que ama puede juzgar, y, por lo tanto, lo que ve está libre de toda condena. 8Y lo que él ve no es obra suya, sino que le fue dado para que lo viese, tal como se le dio la visión que le permi­tió ver.

Me quedo con la afirmación de que "nadie que ama puede juzgar", pues si estamos libres de juicio no podremos condenar al no ver el pecado. No ver el pecado significa que no vemos la separación, que no hemos elegido ver un mundo diferente al de nuestro Creador. En nuestra inocencia, en nuestra visión de impecabilidad, reside nuestra voluntad por ver la salvación como el propósito, el fin que nos une a todos nuestros hermanos.

La visión Crística es el medio que Jesús y el Espíritu Santo nos dispensan para que logremos la salvación. 

miércoles, 28 de mayo de 2025

Capítulo 20. VII. La correspondencia entre medios y fin (2ª parte).

VII. La correspondencia entre medios y fin (2ª parte).

3. Para alcanzar el objetivo, el Espíritu Santo pide en verdad muy poco. 2Y pide igualmente poco para proporcionar los medios. 3Los medios son secundarios con respecto al objetivo. 4Cuando dudas, es porque el propósito te atemoriza, no los medios. 5Recuerda esto, pues, de lo contrario, cometerás el error de creer que los medios son difíciles. 6Sin embargo, ¿cómo van a ser difíciles cuan­do son algo que simplemente se te proporciona? 7Los medios ga­rantizan el objetivo y concuerdan perfectamente con él. 8Antes de que los examinemos más detenidamente, recuerda que si piensas que son imposibles, tu deseo de lograr el objetivo se ve menosca­bado. 9Pues si es posible alcanzar un objetivo, los medios para lograrlo tienen que ser posibles también.

Tal vez hayamos visto la relación existente entre el fin y los medios. Tal vez hayamos tomado conciencia de que el fin y los medios forman parte de una unidad, como lo hacen la causa y el efecto. Si nuestro fin es la salvación, no utilizaremos el cuerpo físico como el medio para encontrarla, pues la visión del cuerpo nos vincula con la creencia en la separación, lo que significa que cuando vemos a nuestros hermanos no lograremos ver la unidad existente de nuestras mentes. Se requiere una visión basada en la realidad de lo que somos. Se requiere ver la luz que somos e identificarnos con la verdad de la que somos portadores al haber sido creados por Dios. Somos seres espirituales dotados del poder de la voluntad, del amor y de la inteligencia. Desde esa visión de unidad, el otro se convierte en el medio a través del cual lograremos andar el camino que nos conducirá hasta la salvación.

4. Es imposible ver a tu hermano libre de pecado y al mismo tiempo verlo como si fuese un cuerpo. 2¿No es esto perfectamente consistente con el objetivo de la santidad? 3Pues la santidad es simplemente el resultado de dejar que se nos libere de todos los efectos del pecado, de modo que podamos reconocer lo que siem­pre ha sido verdad. 4Es imposible ver un cuerpo libre de pecado, pues la santidad es algo positivo y el cuerpo es simplemente neu­tral. 5No es pecaminoso, pero tampoco es impecable . 6Y como realmente no es nada, no se le puede revestir significativamente con los atributos de Cristo o del ego. 7Tanto una cosa como la otra sería un error, pues en, ambos casos se le estarían adjudicando atributos a algo que no los puede poseer. 8Y ambos errores ten­drían que ser corregidos en aras de la verdad.

No podemos malinterpretar lo que hemos dicho en el punto anterior cuando hemos hecho referencia al cuerpo. Si nuestra mente juzga al cuerpo, lo que estará haciendo es reconocer que el cuerpo es real. El cuerpo es neutro. Es la mente la que tiene el poder sobre el cuerpo y lo utiliza para llevar al plano de la experiencia el contenido de nuestras creencias. Esa es la base de la percepción. Podemos percibir correctamente o de manera incorrecta. Podemos utilizar el cuerpo y las experiencias que él materializa como fuente de aprendizaje para comprender lo que realmente somos. Pero nunca podemos creer que nuestra identidad verdadera es corporal, negando nuestra esencia real.

5. El cuerpo es el medio a través del cual el ego trata de hacer que la relación no santa parezca real. 2El instante no santo es el tiempo de los cuerpos. 3Y su propósito aquí es el pecado. 4Mas éste no se puede alcanzar salvo en fantasías, y, por lo tanto, la ilusión de que un hermano es un cuerpo está en perfecta consonancia con el propósito de lo que no es santo. 5Debido a esta correspon­dencia, los medios no se ponen en duda mientras se siga atribuyendo valor a la finalidad. 6La visión se amolda a lo que se desea, pues la visión siempre sigue al deseo. 7Y si lo que ves es el cuerpo, es que has optado por los juicios en vez de por la visión. 8Pues la visión, al igual que las relaciones, no admite grados. 9O ves o no, ves.

La salvación como objetivo, como fin, en el mundo actual en que imperan las leyes del sistema de pensamiento del ego, no puede utilizar el cuerpo físico para lograrlo, salvo que lo espiritualice. ¿Qué quiero expresar con ello? Que debemos reconocer que la única función del cuerpo, al ser neutro, es servir a la mente. Si nuestra mente sirve al amor, al ser espiritual que somos, entonces el cuerpo puede ser utilizado para establecer relaciones santas donde no se busca satisfacer la naturaleza instintiva, sino poner de manifiesto que el amor es cosa de dos, es decir, el amor hay que compartirlo con el otro y en ese intercambio se alcanza la salvación, pues en ese amor no hay cabida para el miedo.

Si nuestra mente sirve al ego, a la creencia en la separación, el cuerpo se utilizará para reafirmar dicha creencia y el otro será percibido como nuestro enemigo, al que debo atacar para garantizar mi propia seguridad material.

6. Todo aquel que ve el cuerpo de un hermano ha juzgado a su hermano y no lo ve. 2No es que realmente lo vea como un peca­dor, es que sencillamente no lo ve. 3En la penumbra del pecado su hermano es invisible. 4Ahí sólo puede ser imaginado, y es ahí donde las fantasías que tienes acerca de él no se comparan con su realidad. 5Ahí es donde las ilusiones se mantienen separadas de la realidad. 6Ahí las ilusiones nunca se llevan ante la verdad y siempre se mantienen ocultas de ella. 7Y ahí, en la oscuridad, es donde te imaginas que la realidad de tu hermano es un cuerpo, el cual ha entablado relaciones no santas con otros cuerpos y sirve a la causa del pecado por un instante antes de morir.

Si viésemos la luz que somos. Si viésemos nuestra verdadera identidad espiritual, estaríamos en condiciones de compartir esa visión con los demás, lo que nos permitiría ver la luz y la realidad que se manifiesta a través del otro. Esa visión amorosa no mostraría la relación de hermandad que nos une a la Filiación.

En cambio, cuando miramos y vemos con los ojos del cuerpo, la densidad del plano físico no nos permite ver nuestra esencia real; tan solo percibe el envoltorio material que está regido bajo las leyes de la temporalidad. Desde esa visión pensamos que conocemos a nuestros hermanos cuando, en realidad, lo que conocemos de él es lo que pensamos que es, es decir, lo juzgamos y le aportamos el significado de lo que interpretamos. Es evidente que lo que piensa que es habla más de su propia visión que de su contenido real. Bajo estas leyes están basadas todas las relaciones humanas; por tal motivo, se les denomina relaciones no santas.

7. Existe ciertamente una clara diferencia entre este vano imagi­nar y la visión. 2La diferencia no estriba en ellos, sino en su pro­pósito. 3Ambos son únicamente medios, y cada uno de ellos es adecuado para el fin para el que se emplea. 4Ninguno de los dos puede servir para el propósito del otro, pues cada uno de ellos es en sí la elección de un propósito, empleado para propiciarlo. 5Cada uno de ellos carece de sentido, sin el fin para el que fue concebido, y, aparte de su propósito, no tiene valor propio. 6Los medios parecen reales debido al valor que se le adjudica al obje­tivo. 7los juicios carecen de valor a menos que el objetivo sea el pecado.

Una relación es santa cuando nuestro fin es la salvación y para ello utilizamos los medios que sirven a nuestra santidad. No es el cuerpo el que nos permite llevar a cabo esa relación santa, sino nuestra mente recta, la que nos ha llevado a percibir correctamente lo que somos y nos ha permitido ver la luz que somos y que emana desde nuestro interior, permitiéndonos reconocerla en cada ser.

En cambio, una relación no es santa cuando nuestro fin es satisfacer la naturaleza instintiva y los deseos que fluyen de la personalidad egoica. En dicha relación, el cuerpo se convierte en el protagonista principal para cumplir el mandato principal de la mente errada, la cual sirve a la creencia en la separación y en el culto al miedo.

Cuando vemos desde la luz, estaremos preparados para establecer una relación santa.

Cuando vemos desde la oscuridad, percibimos y juzgamos el cuerpo como el medio que nos reafirma en nuestra falsa identidad. 

martes, 27 de mayo de 2025

Capítulo 20. VII. La correspondencia entre medios y fin (1ª parte).

VII. La correspondencia entre medios y fin (1ª parte).

1. Hemos hablado mucho acerca de las discrepancias que puede haber entre los medios y el fin, y de la necesidad de que éstos concuerden antes de que tu relación santa pueda brindarte únicamente dicha. 2Pero hemos dicho también que los medios para alcanzar el objetivo del  Espíritu Santo emanarán de la misma Fuente de donde procede Su propósito. 3En vista de lo simple y directo que es este curso, no hay nada en él que no sea consis­tente. 4Las aparentes inconsistencias, o las partes que te resultan más difíciles de entender, apuntan meramente a aquellas áreas donde todavía hay discrepancias entre los medios y el fin. 5esto produce un gran desasosiego. 6Mas esto no tiene porqué ser así. 7Este curso apenas requiere nada de ti. 8Es imposible imaginarse algo que pida tan poco o que pueda ofrecer más.

Es posible que el contenido de este apartado nos suponga una exigencia a nuestro actual sistema de pensamiento, el cual está muy arraigado en las leyes inventadas por el ego y que nos lleva a identificarnos con el mundo de la percepción y con la creencia en que somos lo que nuestros sentidos nos muestran, es decir, un cuerpo físico.

Con esta premisa, es lógico que demos prioridad a objetivos cuyo fin sea satisfacer los deseos del ego, o lo que es lo mismo, es lógico que persigamos metas que nos aporten la felicidad y el éxito que tanto añora nuestra identidad física. Desde pequeños nos educan para ser "personas de provecho", y con ello quieren decir que adquiramos una educación que nos permita desarrollar una profesión que nos realice como persona y que nos aporte un generoso salario para permitirnos gozar de un holgado bienestar. Es importante ser alguien en la vida y formar parte de un genuino grupo social que nos permita sentirnos importantes y poderosos. De este modo dedicamos nuestra vida a labrarnos ese porvenir, donde lo más importante es poseer abundantemente para garantizar nuestra seguridad y bienestar. En esa contienda siempre nos acompañan los mensajeros del ego; estos son el miedo y la creencia en la separación. Con lo cual, nuestra andadura por la vida nos resultará especialmente delicada y difícil, pues el temor a perder lo que hemos obtenido nos acompañará toda la vida y no nos permitirá alcanzar la felicidad que perseguimos.

En ese debate vital, no reparamos en utilizar los medios que sean necesarios para lograr el fin fijado. Pero nadie puede dar lo que no tiene. Si lo que tenemos es miedo, daremos miedo y lo haremos atacando el mundo que nos rodea, en un intento de asegurarnos de que en nuestra fortaleza está el éxito para evitar que el otro nos despoje de lo que tenemos.

A título de presentación, considero que es muy importante reflexionar sobre el tema que este punto nos presenta. ¿Cuál es nuestro fin y qué medios utilizamos para alcanzarlo?

2. El período de desasosiego que sigue al cambio súbito que se produce en una relación cuando su propósito pasa a ser la santidad en lugar del pecado, tal vez esté llegando a su fin. 2En la medida en que todavía experimentes desasosiego, en esa misma medida estarás negándote a poner los medios en manos de Aquel que cambió el propósito de la relación. 3Reconoces que deseas alcanzar el objetivo. 4¿Cómo no ibas a estar entonces igualmente dispuesto a aceptar los medios? 5Si no lo estás, admitamos que eres tú el que no es consistente. 6Todo objetivo se logra través de ciertos medios, y si deseas lograr un objetivo tienes que estar igualmente dispuesto a desear los medios. 7¿Cómo podría uno ser sincero y decir: "Deseo esto por encima de todo lo demás, pero no quiero aprender cuáles son los medios necesarios para lograrlo?"

Seguir las enseñanzas del ego nos llevará a no tener escrúpulos a la hora de utilizar los medios para conseguir su objetivo. Si nos dejamos seducir por las voces del miedo, utilizaremos los medios que sean necesarios para conseguir que aquello que nos produce miedo desaparezca. Como el miedo se encuentra en nuestro interior, lo primero que haremos es atacarnos a nosotros mismos y el modo más empleado para hacerlo es no amarnos, lo que ocasiona que el odio sustituya a ese amor tan necesario para hacer de la vida un hermoso viaje. Siguiendo la dinámica de que damos lo que tenemos, lo que daremos a los demás será nuestro propio odio y miedo, y repetiremos ese intercambio convirtiendo nuestras vidas en un demencial pulso en el que siempre debe haber un vencedor y un vencido.

Y así hasta agotar las fuerzas que nos han llevado a creer que la felicidad nos la otorga el poseer cuanto más mejor. Si la felicidad no se encuentra en el deseo de tener, debe encontrarse en otro lugar, lo que nos llevará a buscar otro fin, otro objetivo, a ver las cosas de otra manera, a orientar el rumbo de nuestra nave hasta otras tierras con el propósito de comenzar a vivir realmente y no a sobrevivir. Esa nueva mirada nos llevará a cambiar nuestra visión interior, a cambiar nuestra mente y a ver la luz que somos en vez de ser servidores de la oscuridad. En esa nueva andadura, ya no invitaremos a los mensajeros del ego, ya no nos dejaremos seducir por los cánticos de sirena procedentes del mundo sensorial, sino que movilizaremos nuestra voluntad para ponerla al servicio de una nueva fe basada en la visión de la unidad y del amor. A partir de ese momento tomamos conciencia de que los medios son secundarios; lo importante es el fin. Ya no deseamos poseer, sino ser, y nuestro objetivo no será la perdición, sino la salvación.

lunes, 26 de mayo de 2025

Capítulo 20. VI. El templo del Espíritu Santo (4ª parte).

 VI. El templo del Espíritu Santo (4ª parte).

10La relación santa refleja la verdadera relación que el Hijo de Dios tiene con su Padre en la realidad. 2El Espíritu Santo mora dentro de ella con la certeza de que es eterna. 3Sus firmes cimien­tos están eternamente sostenidos por la verdad, y el amor brilla sobre ella con la dulce sonrisa y tierna bendición que le ofrece a lo que es suyo. 4Aquí el instante no santo se intercambia gustosa­mente por uno santo y de absoluta reciprocidad. 5He aquí tierna­mente despejado el camino que conduce a las verdaderas relaciones, por el que tú y tu hermano camináis juntos dejando atrás el cuerpo felizmente para descansar en los Eternos Brazos de Dios. 6Los Brazos del Amor están abiertos para recibirte y brin­darte paz eterna.

Cuando decidimos abandonar la fe que teníamos depositada en el sistema de pensamiento del ego y adoptamos la nueva fe en las enseñanzas que nos aporta el Espíritu Santo, se produce en nuestra mente una transformación y el contenido viejo de nuestras creencias en la separación y en el pecado da pie a que nuestros ojos se abran y nos permiten ver la inocencia que resplandece en el interior de cada uno de nuestros hermanos.

Hemos recordado nuestra pureza y hemos dejado de alimentar nuestros miedos, lo que nos lleva a sentirnos seguros en la nueva relación que se abre ante nuestros ojos. Ya no nos odiamos, ahora nos amamos. Ya no vemos oscuridad en nuestro interior, sino tan solo la radiante luz que nos lleva a expandirla a través de nuestros pensamientos amorosos hacia los demás.

Hemos abandonado nuestro interés por rendir culto a los ídolos de barro y, en su lugar, nos sentimos plenos cuando nuestra consciencia se funde en el altar de la verdad. Nos reconocemos Hijo de Dios y nos complacemos caminando junto a nuestros hermanos en una relación santa donde gozamos de una inmensa paz.

11. El cuerpo es el ídolo del ego, la creencia en el pecado hecha carne y luego proyectada afuera. 2Esto produce lo que parece ser una muralla de carne alrededor de la mente, que la mantiene prisionera en un diminuto confín de espacio y tiempo hasta que llegue la muerte, y disponiendo de un solo instante en el que suspirar, sufrir y morir en honor de su amo. 3Y este instante no santo es lo que parece ser la vida: un instante de desesperación, un pequeño islote de arena seca, desprovisto de agua y sepultado en el olvido. 4Aquí se detiene brevemente el Hijo de Dios para hacer su ofrenda a los ídolos de la muerte y luego fallecer. 5Sin embargo, aquí está más muerto que vivo. 6No obstante, es aquí también donde vuelve a elegir entre la idolatría y el amor. 7Aquí se le da a escoger entre pasar dicho instante rindiéndole culto al cuerpo, o permitir que se le libere de él. 8Aquí puede aceptar el instante santo que se le ofrece como sustituto del instante no santo que antes había elegido. 9aquí puede finalmente darse cuenta de que las relaciones son su salvación y no su ruina.

Me pregunto, ¿es posible vivir en este mundo y no sufrir? El contenido de cada una de las expresiones que Jesús nos traslada en la enseñanza parece juzgar y atacar la condición del cuerpo. No podemos caer en la tentación de interpretar sus palabras desde el lenguaje propio del ego. El representante del Amor de Dios en el mundo no puede negarse a sí mismo con mensajes que puedan ser interpretados como juicios condenatorios. 

El sufrimiento es un efecto de este mundo, cuando nuestra mente decide seguir las leyes inventadas por un pensamiento exento de amor y defensor de que la división y la separación son verdades absolutas e innegables. Sufrir es una realidad y nuestro cuerpo da fe de ello. El sufrimiento es, por tanto, un ídolo al que rinde culto nuestro cuerpo.

Tendremos que cambiar esa manera de ver las cosas. Tendremos que dejar de ver e interpretar lo que nos muestran nuestros ojos físicos, los cuales están condicionados por la falsa percepción o percepción errónea. Tendremos que llamar a la presencia del Espíritu Santo en nosotros y ofrecerle nuestra fe, es decir, elegir ver lo que realmente somos, un ser espiritual dotado con los principios que Dios nos ha heredado. Desde la visión Crística y desde la Mente Recta, el sufrimiento no es real, pues pertenece al cuerpo, no a la mente. Dios no puede sufrir, luego su Hijo tampoco puede hacerlo. El sufrimiento pertenece a la visión basada en la separación y en el pecado. El sufrimiento es imposible cuando se ama.

12. Tú que estás aprendiendo esto puede que aún tengas miedo, pero no estás inmovilizado. 2El instante santo tiene ahora para ti mucho más valor que su aparente contrapartida, y te has dado cuenta de que realmente sólo deseas uno de ellos. 3Este no es un período de tristeza. 4Tal vez de confusión, pero no de desaliento. 5Tienes una verdadera relación, la cual tiene significado. 6Es tan similar a tu verdadera relación con Dios, como lo son entre sí todas las cosas que gozan de igualdad. 7La idolatría pertenece al pasado y no tiene significado. 8Quizá aún le tienes un poco de miedo a tu hermano; quizá te acompaña todavía una sombra del temor a Dios. 9Mas ¿qué importancia tiene eso para aquellos a quienes se les ha concedido tener una verdadera relación que transciende el cuerpo? 10¿Y se les podría privar por mucho más tiempo de contemplar la faz de Cristo? 11¿Y podrían ellos seguir privándose a sí mismos por mucho más tiempo del recuerdo de la relación que tienen con su Padre y mantener la memoria de Su Amor fuera de su conciencia?

Sí, tal vez te hayas dado cuenta de dónde se encuentra la causa de esa desolación. Hemos preferido dar valor a nuestras acciones y olvidar, aunque haya sido un instante, que lo importante, lo verdaderamente importante, no es lo que hacemos, sino la elección que hacemos a nivel mental.

Si elegimos servir a la creencia en la separación, en el pecado y en el miedo, estaremos eligiendo servir al ego y al cuerpo.

Si elegimos servir a la creencia en la unidad, en la inocencia y en el amor, estaremos eligiendo servir a Jesús, al Espíritu Santo y a Dios.

¿A quién sirve nuestra mente? Esa es la cuestión que debemos tener clara y en la respuesta tendremos puesta nuestra fe. Si es en miedo, nos castigaremos. Si es en el amor, gozaremos de la paz y de la felicidad.