viernes, 6 de junio de 2025

Capítulo 21. I. La canción olvidada (1ª parte).

I. La canción olvidada (1ª parte).

1. No te olvides nunca de que el mundo que "ven" los ciegos tiene que ser imaginario, pues desconocen el verdadero aspecto del mundo. 2Tienen que inferir lo que se puede ver basándose en datos que son siempre indirectos y reformular sus deducciones según tropiezan y se caen debido a lo que no reconocieron, o bien pasar sin sufrir daño alguno a través de puertas abiertas que ellos creían cerradas. 3Y lo mismo ocurre contigo. 4Tú no ves. 5Las indicaciones en las que te basas para llegar a tus conclusiones son erróneas, y por eso tropiezas y te caes encima de las piedras que no viste, sin darte cuenta de que puedes atravesar las puertas que, aunque creías que estaban cerradas, se encuentran abiertas para los ojos que no ven, esperando a darte la bienvenida.

Desde que nacemos se nos enseña que la capacidad de ver es una capacidad sensorial exclusiva del cuerpo físico. Esta enseñanza forma parte del sistema de pensamiento del ego, el cual sigue su fuente, lo que significa que se sustenta en el error original de la creencia en la separación. Dicha creencia es la causa que ha dado lugar a la identificación con el ego, cuyo símbolo identificativo es el cuerpo material.

Por lo tanto, ver o no ver es una función atribuida a esa falsa creencia.

Jesús nos muestra una puerta abierta a través de la cual nos brinda una enseñanza nueva: la verdadera visión de lo que realmente somos se encuentra en la mente y no en el cuerpo. Cuando la mente sirve a la luz, está sirviendo al Ser Espiritual que somos. Cuando la mente sirve a la oscuridad, está sirviendo a la falsa identidad del ego. La visión verdadera nos permite reconocer el lazo de amor que nos mantiene unidos junto a la Obra Creadora de Dios, la Filiación.

La visión sensorial o falsa visión nos muestra la presencia de cuerpos separados y nos lleva a juzgar el mundo como un agente que pone en peligro nuestra seguridad y que nos incita al ataque en un intento de poner fin a esa amenaza continua.

2. ¡Qué descabellado es tratar de juzgar aquello que simplemente se podría ver! 2No es necesario imaginar qué aspecto debe tener el mundo. 3Antes de que lo puedas reconocer como lo que es, tienes que verlo. 4Se te puede mostrar qué puertas están abiertas, para que así puedas ver dónde radica la seguridad, qué camino conduce las tinieblas y cuál a la luz. 5Los juicios siempre te darán indicaciones falsas, pero la visión te muestra por dónde ir. 6¿Por qué tratar de adivinarlo?

El juicio es el resultado de querer ver el mundo a nuestra manera, llevándonos a interpretarlo tal y como deseamos que sea. Cuando nuestra voluntad se alia con el deseo de ser especial, con el deseo de ser los artífices de nuestras creaciones, lo que realmente estamos haciendo es proclamar nuestra emancipación del Creador. Los efectos que ocasiona dicha elección son la pérdida de la verdadera visión que nos mantiene unidos a la Fuente que nos ha creado y a Su Creación. El amor es sustituido por la creencia en la separación, la cual dio origen al pecado, a la culpa y al dolor.

El juicio puso fin al Conocimiento directo con Dios. 

jueves, 5 de junio de 2025

Capítulo 21. Razón y Percepción: Introducción

 Capítulo 21

RAZÓN Y PERCEPCIÓN

 

Introducción.

1. La proyección da lugar a la percepción. 2El mundo que ves se compone de aquello con lo que tú lo dotaste. aNada más. 3Pero si bien no es nada más, tampoco es menos. 4Por lo tanto, es importante para ti. 5Es el testimonio de tu estado mental, la imagen externa de una condición interna. 6Tal como el hombre piense, así percibirá. 7No trates, por lo tanto, de cambiar el mundo, sino elige más bien cambiar de mentalidad acerca de él. 8La percepción es un resultado, no una causa. 9Por eso es por lo que el concepto de grados de dificultad en los milagros no tiene sentido. 10Todo lo que se contempla a través de la visión es sano y santo. 11Nada que se perciba sin ella tiene significado. 12Y donde no hay significado, hay caos.

Si analizamos el aprendizaje que nos aporta el proceso creativo de Dios, podemos tener una visión correcta y verdadera del poder de la mente y comprenderemos el mecanismo por el cual se produce la proyección.

La frase “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” aparece en la Biblia en el libro de Génesis 1:27.

En el texto del Curso, se recoge lo siguiente con relación a esta frase: "La afirmación "Dios creó al hombre a imagen y semejanza pro­pia" necesita ser reinterpretada. 2"Imagen" puede entenderse como "pensamiento", y "semejanza" como "de una calidad semejante." 3Dios efectivamente creó al espíritu en Su Propio Pensa­miento y de una calidad semejante a la Suya Propia. 4No hay nada más" (T.3.V.7:1-4).

Aceptar esta interpretación nos lleva a conocer el proceso de crear. Si la creación de Dios es parte de Sí Mismo, en Su Propio Pensamiento y de una calidad semejante a la Suya Propia, nuestras creaciones serán semejantes a las Suyas y tendrán su mismo sello, esto es, serán verdaderas y eternas. Su calidad está garantizada por la esencia del Amor y aporta la visión interna de la Unidad. 

Cuando la voluntad se dirige hacia la visión de Si Mismo, a la visión interna de lo que se Es, da lugar a creaciones que son extensiones del Ser. Cuando la voluntad, que goza de libre albedrío, se dirige en otra dirección inspirada por el deseo, se produce un desajuste en la visión y en vez de visionar nuestro interior, elegimos ver en otra dirección, lo que produce una alteración en lo creado. Esa alteración se conoce como proyección. Ya no es una extensión semejante a lo que vemos en nuestro interior. Ya no es una extensión del amor-unidad, ahora responde a la fuerza llamada deseo que nos lleva a ver de otra manera, es decir, a sustituir la unidad por un pensamiento separado que da lugar a la percepción, abandonando de este modo la visión del Conocimiento de lo que somos.

5La percepción, por otra parte, no puede tener lugar sin la creencia en "más" y en "menos". 6La percepción entraña selectivi­dad a todo nivel. 7Es un proceso continuo de aceptación y rechazo, de organización y reorganización, de sustitución y cam­bio. 8Evaluar es un aspecto esencial de la percepción, ya que para poder seleccionar es necesario juzgar" (T.3.V.7:5-48).

La percepción es el efecto de utilizar nuestra mente al servicio de una voluntad que sirve al deseo. Dicho de otro modo, la percepción es el efecto de la proyección de nuestra creencia en la separación.

2. La condenación es un juicio que emites acerca de ti mismo, y eso es lo que proyectas sobre el mundo. 2Si lo ves como algo condenado, lo único que verás es lo que tú has hecho para herir al Hijo de Dios. 3Si contemplas desastres y catástrofes, es que has tratado de crucificarlo. 4Si ves santidad y esperanza, es que te has unido a la Voluntad de Dios para liberarlo. 5Estas son las únicas alternativas que tienes ante ti. 6lo que veas dará testimonio de tu elección y te permitirá reconocer cuál de ellas elegiste. 7El mundo que ves tan sólo te muestra cuánta dicha te has permitido ver en ti y aceptar como tuya. 8Y si ése es su significado, el poder de dar dicha tiene entonces que encontrarse en ti.

No podemos menospreciar el poder de la mente. Cuando sirve al deseo de ser especial, da lugar a un mundo que lleva ese mismo sello, es decir, es a nuestra imagen y semejanza, de nuestro mismo pensamiento y de la misma calidad. El deseo de ser especial da lugar a la proyección y a la percepción, donde el Ser Espiritual es sustituido por el cuerpo físico.

Las consecuencias de sentirnos especiales nos llevaron a la creencia en el pecado y en la culpa. La pérdida de la inocencia desencadenó el deseo profundo y necesario de redimirnos de nuestros pecados. De este modo, el sacrificio y el dolor se convierten en los fervientes servidores de nuestra salvación.

La condenación forma parte de nuestro sistema de pensamiento dado que es lo que nos estamos aplicando interiormente, entendiéndola como la vía que ha de ganar el perdón de Dios.

Al formar parte de nuestros pensamientos, de nuestra visión, la proyectaremos y la percibiremos, recibiendo del mundo exterior el juicio de nuestros actos y su condenación como el único camino para alcanzar la salvación.

El plato del dolor y el sufrimiento está servido y todos comeremos de él.

El Curso que estamos estudiando es una invitación a cambiar nuestra manera de ver las cosas y a recordar nuestra verdadera identidad. Tenemos que ejercitar y entrenar nuestra mente para que sirva a una voluntad dirigida correctamente hacia la visión de la unidad. Tan solo así podremos andar el camino que ha de conducirnos a la salvación. 

miércoles, 4 de junio de 2025

Capítulo 20. VIII. La visión de la impecabilidad (4ª parte).

VIII. La visión de la impecabilidad (4ª parte).

9. Sólo dos propósitos son posibles: 2el pecado y la santidad. 3No existe nada entremedias, y el que elijas determinará lo que veas. 4Pues lo que ves simplemente demuestra cómo has elegido alcan­zar tu objetivo. 5Las alucinaciones sirven para alcanzar el objetivo de la locura. 6Son el medio a través del cual el mundo externo, proyectado desde adentro, se ajusta al pecado y parece dar fe de su realidad. 7Aún sigue siendo cierto, no obstante, que no hay nada afuera. 8Sin embargo, es sobre esta nada donde se lanzan todas las proyecciones. 9Pues es la proyección la que le confiere a la "nada" todo el significado que parece tener.

Si nuestra visión no estuviese alterada por el deseo de ser especial, no creeríamos en la separación, en la división, con lo cual gozaríamos de la auténtica visión en la unicidad. Esta visión nos lleva a reconocer la semejanza existente con todos nuestros hermanos y con nuestro Creador. Esa unicidad se complace en la igualdad y, al no existir percepción separada, se visualiza tal como es, es decir, como una sola mente, donde lo externo carece de significado, no existe. Ese es el estado de la mente santa. Ese es el estado que rige las leyes del Cielo. Ese es el estado verdadero de lo que somos, de la Filiación.

Cualquier otra visión que no sea la descrita anteriormente no gozará de la fortaleza de la verdad. Responderá a una visión ilusoria e irreal, que inventa personajes externos que personifiquen las diferentes tendencias que habitan en el interior de una mente dividida: pecado, culpa, miedo, odio, soledad, necesidad, sufrimiento, dolor, muerte…

10. Lo que carece de significado no puede ser percibido. 2Y el sig­nificado siempre busca dentro de sí para encontrar significado, y luego mira hacia afuera. 3Todo el significado que tú le confieres al mundo externo tiene que reflejar, por lo tanto, lo que viste dentro de ti, o mejor dicho, si es que realmente viste o simplemente emi­tiste un juicio en contra de lo que viste. 4La visión es el medio a través del cual el Espíritu Santo transforma tus pesadillas en sue­ños felices y reemplaza tus dementes alucinaciones -que te muestran las terribles consecuencias de pecados imaginarios- ­por plácidos y reconfortantes paisajes. 5Estos plácidos paisajes y sonidos se ven con agrado y se oyen con alegría. 6Son Sus susti­tutos para todos los aterradores panoramas y pavorosos sonidos que el propósito del ego le trajo a tu horrorizada conciencia. 7Ellos te alejan del pecado y te recuerdan que no es la realidad lo que te asusta, y que los errores que cometiste se pueden corregir.

Así es. Cuando la visión de lo que somos no siente el deseo de ser especial, lo que vemos nos hace uno con la visión del resto de la filiación. Desde esa visión se comparte el amor y se extiende a través de nuestras creaciones que serán eternas y portadoras de las leyes de la verdad.

En cambio, cuando nuestra visión de lo que somos siente el deseo de ser especial, lo que vemos en nuestro interior son partes separadas que conforman nuestra personalidad. Esa visión nos muestra los diferentes rostros de nuestra personalidad especial, los cuales ya hemos descrito en el punto anterior. Una vez que tenemos identificados esos rostros y los aceptamos como parte de nuestra realidad, los proyectamos hacia afuera y son considerados como partes esenciales que forman parte del mundo que percibimos.

Si al mirar en tu interior te juzgas un pecador, querrás ocultarlo a los demás para que no perciban tu debilidad. Para evitarlo, decides proyectar afuera tu visión y para ello decides juzgar a los demás, en los cuales has creído ver tu propio pecado. Te dirás, ¿qué mejor modo de ponerle fin a ese pecado que condenarlo y castigarlo? Y de este modo, establecemos leyes y comportamientos que son considerados como salvadores para poner fin a la semilla del miedo que nos corroe.

11. Cuando hayas contemplado lo que parecía infundir terror y lo hayas visto transformarse en paisajes de paz y hermosura, cuando hayas presenciado escenas de violencia y de muerte y las hayas visto convertirse en serenos panoramas de jardines bajo cielos despejados, con aguas diáfanas, portadoras de vida, que corren felizmente por ellos en arroyuelos danzantes que nunca se secan, ¿qué necesidad habrá de persuadirte para que aceptes el don de la visión? 2una vez que la visión se haya alcanzado, ¿quién podría rehusar lo que necesariamente ha de venir des­pués? 3Piensa sólo en esto por un instante: puedes contemplar la santidad que Dios le dio a Su Hijo. 4Y nunca jamás tendrás que pensar que hay algo más que puedas ver.

Nuestro actual estado de conciencia se compara con el de un sueño, donde lo percibido nos muestra una situación ilusoria e irreal. Cuando soñamos podemos tener sueños felices o terroríficas pesadillas. Cuando tenemos sueños felices, al despertar nos inunda una sensación de bienestar que nos mantiene eufórico y feliz. En cambio, cuando el contenido del sueño ha sido una pesadilla, al despertar, el sentimiento de pánico vivido por nuestra mente aún nos mantiene sumidos en un profundo temor.

Jesús utiliza este símil para enseñarnos los efectos que tendrá sobre nuestra conciencia el hecho de elegir tener sueños felices o, en su lugar, continuar siendo los protagonistas de los guiones propios de las pesadillas. Lo importante de este mensaje es que tenemos la opción de elegir qué tipo de sueño tener. Ello es posible dado que somos los soñadores del sueño. No podemos culpar al mundo exterior del contenido de nuestros sueños, pues estos tan solo reflejan nuestros deseos.

Elijamos, pues, tener sueños felices.

martes, 3 de junio de 2025

Capítulo 20. VIII. La visión de la impecabilidad (3ª parte).

VIII. La visión de la impecabilidad (3ª parte).

6. Todo lo que se contempla a través de la visión cae suavemente en su sitio, de acuerdo con las leyes que Su serena y certera mirada le brinda. 2La finalidad de todo lo que Él contempla es siempre indudable: 3Pues servirá a Su propósito, que se verá sin ajuste alguno y perfectamente adaptado al mismo: 4Bajo Su bon­dadosa mirada, lo destructivo se vuelve benigno y el pecado se convierte en una bendición. 5¿Qué poder tienen los ojos del cuerpo para corregir lo que perciben? 6Los ojos del cuerpo se ajustan al pecado, pues son incapaces de pasarlo por alto en nin­guna de sus formas, al verlo por todas partes y en todas las cosas. 7Mira a través de sus ojos, y todo quedará condenado ante ti. 8Y jamás podrás ver todo lo que te podría salvar. 9Tu santa relación, la fuente de tu salvación, queda desprovista de todo significado, y su más santo propósito desposeído de los medios para su con­secución.

Si elegimos ser un cuerpo, nos condenamos al error y nuestra visión será proyectada sobre los demás, percibiendo lo irreal en ellos, lo cual condicionará todo nuestro comportamiento y nuestros juicios.

Si deseamos la paz, no podemos seguir alimentando nuestro odio. Si deseamos la felicidad y la dicha, no podemos seguir juzgándonos y condenándonos. Si deseamos el amor, no podemos seguir teniendo miedo y limitándonos.

Cuando te sientas atacado, no lo juzgues como una amenaza del otro hacia ti, sino como una visión errada de su propia identidad, la cual le lleva a sentir miedo a perder lo que tiene. Tu fe verdadera, la que te lleva a reconocer lo que realmente eres, es tu fortaleza, no tu debilidad, y esa fortaleza, cuando te sientas atacado, te llevará a no juzgar la debilidad del otro, sino a reconocerla en él y a serle de espejo para que él pueda reconocer, a su vez, su verdadera identidad.

Cuando juzgamos, es a nosotros mismos a quienes estamos juzgando. Cuando amamos, es a nosotros mismos a quienes amamos. Cuando salvamos a los demás, es a nosotros mismos a los que estamos salvando.

7. Los juicios no son sino juguetes, caprichos, instrumentos insen­satos para jugar al juego fútil de la muerte en tu imaginación: 2La visión, en cambio, enmienda todas las cosas y las pone dulce­mente bajo el tierno dominio de las leyes del Cielo. 3¿Qué pasaría si reconocieses que este mundo es tan sólo una alucinación? 4¿O si realmente entendieses que fuiste tú quien lo inventó? 5¿Y qué pasaría si te dieses cuenta de que los que parecen deambular por él, para pecar y morir, atacar, asesinar y destruirse a sí mismos son totalmente irreales? 6¿Podrías tener fe en lo que ves si acepta­ses esto? 7¿Y lo verías?

Sí. Seguramente, al igual que a mí, el contenido de este punto te ha llevado a entrar en estado de shock. No es una propuesta imaginaria la que nos presenta Jesús con sus preguntas. Nos está conduciendo a un punto de inflexión necesario para que se produzca nuestro despertar. Está invitándonos a mirar allí donde nuestro ego no quiere que miremos. Nos está brindando la oportunidad de poner fin a nuestra fe errada en el cuerpo y en la identidad en la que creemos.

Pero seguro que superarás ese primer impacto que ha dejado nuestras mentes confusas e indecisas, al obligarla a mirar la verdad de frente y a quedar desnuda ante ella. Sí, el error ha quedado al descubierto y ahora podemos corregirlo y poner fin a nuestra demencia. Si no somos un cuerpo separado, tenemos que ser "algo" que nos mantenga unidos. O estamos separados o estamos unidos. Las dos cosas no pueden ser a la vez, salvo para el ego, que desde la separación se miente a sí mismo creyendo que va a encontrar la unión utilizando el cuerpo del otro, para lo cual establece una relación especial, no santa.

Ya tenemos la información necesaria para conocer que la unión es el estado natural de las mentes. Que esto sea así se lo debemos a nuestro Creador, que nos creó a Su imagen y semejanza. Desde Su Mente extendió la fuerza de Su Amor dando lugar a Su Creación, al Hijo de Dios. Por lo tanto, la Filiación es Una, lo que significa que la Mente es Una. Si somos Uno y nuestra fe se fortalece en esa certeza, nuestra visión no puede ser diferente a la Visión de Cristo que se complace en la visión de la unicidad.

Ya estamos preparados para responder a las preguntas de Jesús y para salir del estado de shock en el que se encontraba nuestra mente.

8Las alucinaciones desaparecen cuando se reconocen como lo que son. 2Ésa es la cura y el remedio: 3No creas en ellas, y desapa­recen. 4Lo único que necesitas reconocer es que todo ello es tu propia fabricación. 5Una vez que aceptas este simple hecho y recuperas el poder que les habías otorgado, te liberas de ellas. 6Pero de esto no hay duda: las alucinaciones tienen un propósito, y cuando dejan de tenerlo, desaparecen. 7La pregunta, por lo tanto, no es nunca si las deseas o no, sino si deseas el propósito que apoyan. 8Este mundo parece tener muchos propósitos, todos ellos diferentes entre sí y con diferentes valores. 9Sin embargo, son todos el mismo. 10Una vez más, no hay grados, sino sólo una aparente jerarquía de valores.

Habíamos cerrado el punto anterior declarando nuestra disponibilidad para dar respuesta a las preguntas que nos planteaba Jesús y afirmando que habíamos logrado salir de nuestro estado de shock en el que había entrado nuestra mente.

Todo ello nos servía de introducción para compartir nuestra decisión de dejar de creer en el mundo ilusorio con el que estábamos identificados y que nos llevó a ver las alucinaciones que nuestros ojos percibían. Desde el sistema de pensamiento del ego, el mundo que creemos es real, el mundo físico, es atribuido a la acción creadora de Dios. Con lo cual estamos culpándole de todo el dolor y sufrimiento que experimentamos en él. Lo justificamos como un acto "vengativo" del creador, al interpretar que le hemos desobedecido, lo cual nos ha convertido en pecadores que han sido condenados a la muerte.

El velo que nos oculta la verdad impide a nuestra mente ver la realidad. Nos muestra un Dios imperfecto, pues la ira, el pecado, la condena no pueden formar parte de un Dios amoroso. 

Es hora de que decidamos de una vez por todas dejar de ver las alucinaciones con las que nuestra mente se identifica y reconozcamos que todos esos efectos responden a un solo hecho: el deseo de ver desde la individualidad y no desde la unicidad. Un mundo creado desde el miedo tan solo es posible cuando el miedo forma parte de nuestras creencias. Por ello, lo único que necesitamos reconocer es que todo ello es nuestra propia fabricación. 

lunes, 2 de junio de 2025

Capítulo 20. VIII. La visión de la impecabilidad (2ª parte).

VIII. La visión de la impecabilidad (2ª parte).

3. La impecabilidad de tu hermano se te muestra en una luz bri­llante, para que la veas con la visión del Espíritu Santo y para que te regocijes con ella junto con Él. 2Pues la paz vendrá a todos aquellos que la pidan de todo corazón y sean sinceros en cuanto al propósito que comparten con el Espíritu Santo, y de un mismo sentir con Él con respecto a lo que es la salvación. 3Estáte dis­puesto, pues, a ver a tu hermano libre de pecado, para que Cristo pueda aparecer ante tu vista y colmarte de felicidad. 4Y no le otorgues ningún valor al cuerpo de tu hermano, el cual no hace sino condenarlo a fantasías de lo que él es. 5Él desea ver su impe­cabilidad, tal como tú deseas ver la tuya. 6Bendice al Hijo de Dios en tu relación, y no veas en él lo que tú has hecho de él.

El verdadero estado del Ser es la luz y el amor. Dios nos ha creado a Su imagen y semejanza. Si Dios es luz y amor, Su Hijo también lo será. Desear la luz es crear, pues es expandir el amor. Desear la ausencia de luz es desear la oscuridad y desde ese estado no podremos reconocer lo que somos, propiciando que nos imaginemos una falsa identidad. Esa oscuridad nos producirá miedo y todo cuanto percibamos llevará su sello. Nos defendemos de todo aquello que sea percibido desde el miedo y nos cause miedo. Nos defenderemos de los demás, nos defenderemos de nuestro odio, nos defenderemos de nuestra pecaminosidad, nos defenderemos de nuestra culpa. Todos nuestros mecanismos de seguridad tratarán de protegernos de la creencia en haber fallado a nuestro Creador. Nos creemos desmerecedores de Su amor y buscamos el perdón de nuestra culpa deseando ser castigados. En definitiva, hemos fabricado un mundo demente donde la ausencia de amor da pie a la locura.

No desees por más tiempo la oscuridad, la separación, la división, el miedo, el odio y el dolor. Desea en cambio la luz, la unidad, el amor, la paz, la dicha, la impecabilidad. Crea un mundo acorde al deseo de la unidad y la Visión Crística nos ofrecerá ese mundo.

4. El Espíritu Santo garantiza que lo que Dios dispuso para ti y te concedió, será tuyo. 2Este es tu propósito ahora, y la visión que hace que sea posible sólo espera a que la recibas. 3Ya dispones de la visión que te permite no ver el cuerpo. 4Y al contemplar a tu hermano verás en él un altar a tu Padre tan santo como el Cielo, refulgiendo con radiante pureza y con el destello de las deslum­brantes azucenas que allí depositaste. 5¿Qué otra cosa podría tener más valor para ti? 6¿Por qué piensas que el cuerpo es un mejor hogar, un albergue más seguro para el Hijo de Dios? 7¿Por qué preferirías ver el cuerpo en vez de la verdad? 8¿Cómo es posible que esa máquina de destrucción sea lo que prefieres y lo que eliges para reemplazar el santo hogar que te ofrece el Espí­ritu Santo, y donde Él morará contigo?

Si decidimos identificarnos con el cuerpo, cuando miremos a nuestro hermano, es lo que veremos en él. Esa visión significa que hemos elegido juzgarlo como un pecador. Significa que nos hemos condenado interiormente y nuestra visión ha nublado nuestra mente, pensando que hay que purgar nuestros pecados, nuestra maldad, nuestra oscuridad para ser aceptados por Aquel al que le hemos otorgado el papel de nuestro Juez, a Dios. El odio que sentimos hacia nosotros mismos nos lleva a sentir odio por los demás. Nuestro afán de pureza nos lleva a condenar los pecados que percibimos en el otro. Nuestro propio autocastigo motivado por el deseo de redimir nuestra culpa nos lleva a castigar.

Mientras que decidamos ver en nuestros hermanos sus vestidos corporales, no podremos evitar juzgarlos e ignorar el lazo de amor que nos mantiene unidos a ellos. Si pretendemos salvarnos, si pretendemos recuperar nuestra verdadera identidad, no podremos hacerlo aportando significado a las ofensas percibidas por su cuerpo. Ello nos recordará que somos pecadores y lo atacaremos en un intento de recuperar la inocencia.

5. El cuerpo es el signo de la debilidad, de la vulnerabilidad y de la pérdida de poder. 2¿Qué ayuda te puede prestar un salvador así? 3¿Le pedirías ayuda a un desvalido en momentos de angustia y de necesidad? 4¿Es lo infinitamente pequeño la mejor alterna­tiva a la que recurrir en busca de fortaleza? 5Tus juicios parecerán debilitar a tu salvador. 6Mas eres tú quien tiene necesidad de su fortaleza. 7No hay problema, acontecimiento, situación o perple­jidad que la visión no pueda resolver. 8Todo queda redimido cuando se ve a través de la visión. 9Pues no es tu visión, y trae consigo las amadas leyes de Aquel cuya visión es.

Tenemos que hacer hincapié en la idea central que estamos analizando en los últimos puntos. No podemos menospreciar la fuerza que tiene el deseo. Ya hemos visto cómo el deseo nos ha llevado a creer en la separación en respuesta a que creemos aquello que deseamos. Una falsa fe o una fe errada fue depositada en nuestras creencias cuando elegimos la individualidad a la unicidad. Esa fe errada ha condicionado toda nuestra visión, llevándonos a percibir desde la oscuridad una identidad tan falsa como la fe que la ha propiciado.

En el cuerpo tan solo podemos encontrar debilidad, vulnerabilidad, dolor y muerte. A pesar de ello, seguimos pensando que ese cuerpo es lo que somos. El cuerpo se ha convertido en el velo que nos oculta la verdad, la realidad. Es preciso desgarrar ese velo e ir más allá de las limitaciones que nos muestra. Para lograrlo, tan solo debemos reorientar la fuerza del deseo y ponerla al servicio de nuestra voluntad de servir a la Voluntad de Dios. Esto significa tan solo una cosa. Elegir el amor por encima del miedo y ver nuestra impecabilidad, nuestra invulnerabilidad y nuestra fortaleza.