miércoles, 1 de febrero de 2017

Principio 19: Los milagros hacen que las mentes sean una en Dios.

PRINCIPIO 19

Los milagros hacen que las mentes sean una en Dios. Se basan en la cooperación porque la Filiación es la suma de todo lo que Dios creó. Los milagros reflejan, por lo tanto, las leyes de la eternidad, no las del tiempo.


Para el ego, el milagro es algo antinatural debido a que no entiende cómo es posible que mentes separadas puedan influenciarse unas a otras. Pero las mentes no pueden estar separadas. De ahí que los milagros siem­pre cambian nuestra mente, en verdad no hay ninguna otra.

A lo largo del estudio del Curso de Milagros, tendremos que tratar, inevitablemente, el tema de la unidad y de la mente. No obstante y a título de introducción, me gustaría aprovechar el contenido de este Principio para realizar un acercamiento a dichos temas.

Ya que vamos a hablar sobre la unidad, me gustaría comenzar aludiendo al origen de la separación.

La capacidad de extenderse es un aspecto fundamental de Dios que Él le dio a Su Hijo. En la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Volun­tad de crear que Él posee. No sólo fuiste plenamente creado, sino que fuiste creado perfecto. No existe vacuidad en ti. Debido a la semejanza que guardas con tu Creador eres creativo. Ningún Hijo de Dios puede perder esa facultad, ya que es inherente a lo que él es, pero puede usarla de forma inadecuada al proyectar. El uso inadecuado de la extensión -la proyección- tiene lugar cuando crees que existe en ti alguna carencia o vacuidad, y que puedes suplirla con tus propias ideas, en lugar de con la verdad. Este proceso comprende los siguientes pasos":
  • Primero: Crees que tu mente puede cambiar lo que Dios creó.
  • Segundo: Crees que lo que es perfecto puede volverse imper­fecto o deficiente.
  • Tercero: Crees que puedes distorsionar las creaciones de Dios, incluido tú.
  • Cuarto: Crees que puedes ser tu propio creador y que estás a cargo de la dirección de tu propia creación. (T.2.I.1)

Se entiende, que el uso incorrecto de la capacidad creadora (hemos heredado las Cualidades de nuestro Creador), es decir, la proyección (acto que nos induce hacia lo exterior) se produce cuando existe en nosotros alguna carencia. Pero, ¿qué carencia podría tener el Hijo de Dios, gozando de la Plenitud Divina al ser una Extensión de la Mente de Dios?

Esa carencia hay que entenderla como el intenso deseo de experimentar la individualidad, es decir, el propio aprendizaje. Es por lo que el Texto nos dice que el error se consume cuando creemos que podemos suplir esa carencia con ideas propias, en lugar de con la verdad.

Podemos decir, que estamos ante la elección. No hay otra elección. Tan sólo esa. La Esencia de origen mental, decide “imitar a su creador”, pero lo hace fuera del Seno de donde ha sido Emanada. A partir de ese “pensamiento único” dio comienzo la proyección y la posterior identificación con lo fabricado: imágenes que dieron lugar al aprendizaje a través de la percepción (aparición del ego y de su vehículo, el cuerpo).

¿Qué consecuencias tiene la separación?: La sustitución del Amor por el miedo.

Nos dice el Curso, que antes de la separación la mente era invulnerable al miedo, ya que el miedo no existía. Tanto la separación como el miedo son creaciones fal­sas que tienen que deshacerse a fin de que se pueda restaurar el templo y abrir el altar para que reciba la Expiación.

Tenemos miedo de la Voluntad de Dios porque hemos usado nuestra mente, que Él creó a semejanza de la Suya Propia, para crear falsa­mente. La mente sólo puede crear falsamente cuando cree que no es libre. Una mente "aprisionada" no es libre porque está poseí­da, o refrenada, por sí misma. Está, por lo tanto, limitada, y la voluntad no es libre de afirmarse a sí misma. Ser uno es ser de una misma mente o voluntad. Cuando la Voluntad de la Filiación y la del Padre son una, la perfecta armonía entre ellas es el Cielo.

La mente puede hacer que la creencia en la separación sea muy real y aterradora. A esta creencia es lo que se conoce por el "diablo". Es una idea poderosa, dinámica y destructiva que está en clara oposición a Dios debido a que literalmente niega Su Paternidad.

Tal vez te estés preguntando por qué elegimos el miedo en vez del amor.
La respuesta a esta cuestión responde a que sólo nuestra mente puede producir miedo y esta situación se produce cada vez que está en conflicto con res­pecto a lo que quiere, lo cual inevitablemente produce tensión, ya que existen discrepancias entre lo que quiere y lo que hace al res­pecto. Eso sólo puede corregirse aceptando un objetivo unificado.

Hemos dicho que la proyección es un acto erróneo de la mente. Pues bien, el primer paso correctivo para deshacer ese error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo. De alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría tenido lugar. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.

“Todo el mundo experimenta miedo. Sin embargo, no se reque­riría más que una pequeña dosis de recto pensar para que uno pudiese darse cuenta de por qué se produce. Son muy pocos los que aprecian el verdadero poder de la mente, y nadie permanece totalmente consciente de él todo el tiempo. No obstante, si espe­ras librarte del miedo hay algunas cosas que debes comprender, y comprender plenamente. La mente es muy poderosa y jamás pierde su fuerza creativa. Nunca duerme. Está creando conti­nuamente. Es difícil reconocer la oleada de poder que resulta de la combinación de pensamiento y creencia, la cual puede literalmente mover montañas. A primera vista parece arrogante creer que posees tal poder, mas no es ésa la verdadera razón de que no lo creas. Prefieres creer que tus pensamientos no pueden ejercer ninguna influencia real porque de hecho tienes miedo de ellos. Eso puede mitigar la conciencia de culpabilidad, pero a costa de percibir a la mente como impotente. Si crees que lo que piensas no tiene ningún efecto, puede que dejes de tenerle miedo, pero es bastante improbable que le tengas respeto. No hay pensamien­tos fútiles. Todo pensamiento produce forma en algún nivel”. (T.2.VI.9)

Decíamos que el proceso correctivo nos lleva hasta la Expiación. Bien, el milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. Así se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que, como hemos dicho, son simplemente una falta de amor.
Si una mente percibe sin amor, percibe tan sólo un armazón vacío y no se da cuenta del espíritu que mora adentro. Pero la Expiación restituye el espíritu al lugar que le corresponde. La mente que sirve al espíritu es invulnerable. Tendremos ocasión de dedicar un capítulo exclusivo al tema de la Expiación.

Los milagros se dan en la mente que está lista para ellos. Dicha mente, al estar unida, se extiende a todos aun cuando el que obra milagros no se dé cuenta de ello. La naturaleza impersonal del milagro se debe a que la Expiación en sí es una, lo cual une a todo lo creado con su Creador.

Un Curso de Milagros nos recomienda que no dejemos de vigilar a nuestra mente, ya que de otro modo no podrías ser de ayuda al Espíritu Santo. Obrar milagros requiere el que uno se dé cuenta plenamente del poder de los pensamientos a fin de evitar las creaciones falsas.

La proyección dio lugar a la conciencia -el nivel de la percepción-, la primera divi­sión que se introdujo en la mente después de la separación, con­virtiendo a la mente de esta manera en un instrumento preceptor en vez de en un instrumento creador. La conciencia ha sido correctamente identificada como perteneciente al ámbito del ego. El ego es un intento erróneo de la mente de percibirnos tal como deseamos ser, en vez de como realmente somos. Sin embargo, sólo podemos conocernos a nosotros mismos como realmente somos, ya que de eso es de lo único que podemos estar seguros. Todo lo demás es cuestionable.

Siguiendo con las recomendaciones mencionadas, el Curso nos invita a que nos cuidemos de las tentaciones del ego y de sus engaños. En verdad, no tiene nada que ofrecernos. Añade, que cuando hayamos abandonado el des-ánimo voluntario, veremos cómo nuestra mente puede concentrarse, trascender toda fatiga y sanar. El Curso reconoce que no nos mantenemos lo suficientemente alerta contra las exigencias del ego como para poder librarnos de ellas. Eso no tiene por qué ser así.
El hábito de colaborar con Dios y Sus creaciones se adquiere fácilmente si nos negamos diligentemente a dejar que nuestra mente diva­gue.

“Lo que es lo mismo no puede ser diferente, y lo que es uno no puede tener partes separadas”.

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