domingo, 26 de febrero de 2017

Principio 25: Los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación.

PRINCIPIO 25

Los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación. La Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo.


Este Principio hace referencia, por primera vez en el Curso, al término Expiación y nos lo presenta como la meta hacia la que nos conduce nuestros actos de perdón. Como bien determina más adelante el Curso con relación a la Expiación, es la lección final.

Antes de adentrarnos en su desarrollo, creo necesario hacer un inciso para analizar una cuestión que, en la fase inicial del estudio, preocupa a los estudiantes, especialmente a aquellos que han adquirido una educación religiosa.

Expiación es la acción y efecto de expiar. Este verbo hace referencia a purificarse de las culpas mediante algún sacrificio, a cumplir con una pena impuesta por las autoridades o a padecer ciertos trabajos a causa de malas acciones.
En el ámbito de la religión, la expiación es una forma de satisfacción de un pecado, a través de la cual el sujeto queda absuelto de la culpa al cargar con su pena. El pecado es tomado como un obstáculo entre el hombre y Dios, y la expiación es aquello que permite eliminar dicha obstáculo para volver a clarificar la relación.
La teología explica que la expiación demuestra que Dios es benevolente (ofrece un camino al pecador) y justo (demanda un castigo por el pecado). Quien se somete a la expiación, limpia su pecado, accede al perdón de la culpa y se libera del castigo.
Dentro del ámbito religioso, tenemos que subrayar que también existe lo que se conoce como la expiación de Jesucristo. Se trata de un término que se utiliza para dejar patente el sacrificio que llevó a cabo esta figura con el claro objetivo de poder salvar a la humanidad de los pecados. En concreto, lo que hizo fue sufrir en su piel no sólo la tortura de una crucifixión sino también su propia muerte.

La anterior definición del término expiación, nos dibuja el perfil del ego, el cual trata de desvanecer la culpabilidad otorgándole primero realidad, y luego expiando por ella.

Otro error que recoge la definición aceptada por el ego de la expiación y que se encuentra inscrito en el inconsciente colectivo de la humanidad, es que la crucifixión estableció la Expiación. Un Curso de Milagros nos enseña que fue la resurrección la que lo hizo. Dejaremos este maravilloso tema para otra ocasión. Ahora expondremos las ideas que nos ofrece el Curso sobre la Expiación, ya que como tendremos ocasión de comprobar, se convierte en la piedra angular de las lecciones que debemos aprender.

La Expiación no existiría si no hubiese necesidad de ella. Si como hemos adelantado, la Expiación es la lección final, la consecuencia de haber sido capaces de perdonar todos nuestros errores, debemos decir, igualmente, que dicha labor no puede ser completada por nosotros mismos. No desaparecerán de nuestra mente sin la Expiación, remedio éste que no es obra nuestra.

El Curso nos indica, que el milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. De este modo, se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que son simplemente una falta de amor.

La falta de amor, da lugar al miedo y todo miedo se reduce, en última instancia, a la básica percep­ción errónea de que tenemos la capacidad de usurpar el poder de Dios. Por supuesto, no podemos hacer eso, ni jamás pudimos ha­berlo hecho. En esto se basa el que podamos escaparnos del miedo. Nos liberamos cuando aceptamos la Expiación, lo cual nos permite darnos cuenta de que en realidad nuestros errores nunca ocurrieron.

Nuestra identificación con el miedo, con el temor a Dios, nos lleva a proyectar un mundo fuera de nosotros al cual culpar y atacar al recordarnos que hemos desobedecido a nuestro Padre. Ese ataque, en realidad,  es un mecanismo de defensa fabricado por el ego, para no ser consciente de su propia culpa, de su creencia en el pecado.

“La Expiación es la única defensa que no puede usarse destruc­tivamente porque no es un recurso que hayamos inven­tado. El principio de la Expiación estaba en vigor mucho antes de que ésta comenzara. El principio era el amor y la Expiación fue un acto de amor. Antes de la separación los actos eran innecesa­rios porque no existía la creencia en el tiempo ni en el espacio. Fue sólo después de la separación cuando se planearon la Expia­ción y las condiciones necesarias para su cumplimiento. Se nece­sitó entonces una defensa tan espléndida que fuese imposible usarla indebidamente, aunque fuese posible rechazarla. Su rechazo, no obstante, no podía convertirla en un arma de ataque, que es la característica intrínseca de otras defensas. La Expia­ción, pues, resulta ser la única defensa que no es una espada de dos filos. Tan sólo puede sanar.
La Expiación se instituyó dentro de la creencia en el tiempo y en el espacio para fijar un límite a la necesidad de la creencia misma, y, en última instancia, para completar el aprendizaje. La Expiación es la lección final”. (T-2.II.4-5:2)

Hemos interpuesto un obstáculo entre la Expia­ción y nosotros. Nadie puede tolerar el miedo si lo reconociese, aunque en nuestro trastornado estado mental no le tenemos miedo al miedo. No es nuestro deseo de atacar lo que realmente nos asusta. Nuestra hostilidad no nos perturba seriamente. La mantenemos oculta porque tenemos aún más miedo de lo que encubre. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tenemos miedo. Lo que verdaderamente nos aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tenemos miedo. Pues este recuerdo nos restituiría instantáneamente al lugar donde nos corresponde estar, del cual nos hemos querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tenemos al amor.

Cuando tenemos miedo, estamos reconociendo que estamos necesitados de la Expiación. Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación. La necesidad del remedio inspiró su estableci­miento. Mientras nos limitemos a reconocer únicamente la necesidad del remedio, seguiremos teniendo miedo. Sin embargo, tan pronto como aceptemos el remedio, habremos des-hecho el miedo. Así es como tiene lugar la verdadera curación.

La Expiación deshace todos los erro­res, y de esta forma extirpa las raíces del temor. Unirse a la Expiación es la manera de escapar del miedo. El Espíritu Santo te ayudará a reinterpretar todo lo que percibes como temible, y te enseñará que sólo lo que es amoroso es cierto.

Tanto la Expiación como el Espíritu Santo adquirieron protagonismo, como medió de protección, al producirse la separación. Antes de eso no había necesidad de curación, pues nadie estaba desconsolado. La Voz del Espíritu Santo es la Lla­mada a la Expiación, es decir, a la restitución de la integridad de la mente. Cuando la Expiación se complete y toda la Filiación sane, dejará de haber una llamada a retornar. El Espíritu Santo es la Mente de la Expiación. Representa un estado mental lo suficien­temente próximo a la Mentalidad-Uno como para que la transfe­rencia a ella sea finalmente posible.

El Espíritu Santo expía en todos nosotros des-haciendo y de esta manera nos libera de la carga que le hemos impuesto a nuestra mente. Al seguir al Espíritu Santo se nos conduce de regreso a Dios, que es donde nos corresponde estar.

El papel del Espíritu Santo y la Expiación es esencial en el estudio que estamos realizando. Un Curso de Milagros, dedica un Capítulo en el que profundiza sobre el Plan de perdón del Espíritu Santo.

La Expiación es para todos porque es la forma de desvanecer la creencia de que algo pueda ser únicamente para ti. Perdonar es pasar por alto. Mira entonces más allá del error, y no dejes que tu percepción se fije en él, pues, de lo contrario, creerás lo que tu percepción te muestre. Acepta como verdadero sólo lo que tu hermano es, si quieres conocerte a ti mismo. Percibe lo que él no es, y no podrás saber lo que eres porque lo estarás viendo falsa­mente. Recuerda siempre que tu Identidad es una Identidad compartida, y que en eso reside Su realidad.

Tienes un papel que desempeñar en la Expiación, pero el plan de la Expiación en sí está más allá de ti. No sabes cómo pasar por alto los errores pues, de lo contrario, no los cometerías. Creer que no los cometes, o que los puedes corregir sin un Guía cuyo propósito es corregirlos, no sería más que otro error. Y si no sigues a ese Guía, tus errores no podrán ser corregidos. El plan no lo elaboraste tú debido a las limitadas ideas que tienes acerca de lo que eres. De esta sensación de limitación es de donde emanan todos los errores. La forma de deshacerlos, por lo tanto, no procede de ti, sino que es para ti.

La Expiación es una lección acerca de cómo compartir, que se te da porque te has olvidado de cómo hacerlo. El Espíritu Santo simplemente te recuerda el uso natural de tus capacidades. Al reinterpretar la capacidad de atacar como la capacidad de com­partir, Él transforma lo que tú inventaste en lo que Dios creó. Si quieres, alcanzar esto por medio de Él, no puedes contemplar tus capacidades a través de los ojos del ego, o las juzgarás como él lo hace. El daño que puedan ocasionar reside en el juicio del ego. El beneficio que puedan aportar reside en el juicio del Espíritu Santo”. (T-9.IV.1-3:6)

¡Uauu! ¡Qué maravilla! Perdonad esta licencia.

Tenemos un papel que desempeñar en la Expiación, nos revela el punto anterior. Dicho papel ha de llevarnos a aceptar la inocencia de nuestro hermano, de esta manera estaremos viendo la Expiación en él. Al proclamarla en él hacemos que sea nuestra. Podemos decir, que su inocencia es nuestra Expiación.

Todo el mundo tiene un papel especial en la Expiación, pero el mensaje que se le da a cada uno de ellos es siempre el mismo: El Hijo de Dios es inocente.

Nos enseña el Curso, que “la única responsabilidad del obrador de milagros es aceptar la Expia­ción para sí mismo. Esto significa que reconoces que la mente es el único nivel creativo, y que la Expiación puede sanar sus errores. Una vez que hayas aceptado esto, tu mente podrá solamente sanar”.

Con relación a la curación, el milagro es el medio, la Expiación el principio y la curación el resultado. Hablar de "una curación milagrosa" es combinar impropiamente dos órdenes de realidad diferentes. Una curación no es un milagro. La Expiación -el último milagro- es un remedio, y cualquier clase de curación es su resultado. Es irrelevante a qué clase de error se aplique la Expiación. Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, debemos estar libres de todo miedo. Un paso importante en el plan de la Expiación es deshacer el error en todos los niveles.

El valor de la Expiación no reside en la manera en que ésta se expresa. De hecho, si se usa acertadamente, será expresada ine­vitablemente en la forma que le resulte más beneficiosa a aquel que la va a recibir. Esto quiere decir que para que un milagro sea lo más eficaz posible, tiene que ser expresado en un idioma que el que lo ha de recibir pueda entender sin miedo. Eso no signi­fica que ése sea necesariamente el más alto nivel de comunica­ción de que dicha persona es capaz. Significa, no obstante, que ése es el más alto nivel de comunicación de que es capaz ahora. El propósito del milagro es elevar el nivel de comunicación, no reducirlo mediante un aumento del miedo.

¿Cómo debemos solicitar la Expiación?

Antes de pasar a dar una respuesta a esta cuestión, me gustaría aportar algunas pistas que nos servirán de orientación sobre este tema.

Reaccionar ante cualquier error, por muy levemente que sea, significa que no se está escuchando al Espíritu Santo. Él simple­mente pasa por alto todos los errores, y si nosotros le damos importancia, es que no lo estamos oyendo a Él. Si no lo oímos, es que estamos escuchando al ego, y mostrándonos tan insensato como el hermano cuyos errores percibimos. Esto no puede ser corrección. como resultado de ello, no sólo se quedan sus errores sin corregir, sino que renunciamos a la posibilidad de poder corregir los nuestros.

Cuando un hermano se comporta de forma demente sólo lo podemos sanar percibiendo cordura en él. Si percibimos sus errores y los aceptamos, estamos aceptando los nuestros. Si queremos entregarle nuestros errores al Espíritu Santo, tenemos que hacer lo mismo con los suyos. A menos que ésta se convierta en la única manera en que lidiamos con todos los errores; no podremos entender cómo se deshacen.
No nos podemos corregir a nosotros mismo. ¿Cómo íbamos a poder entonces corregir a otro?
Nuestra función no es cambiar a nuestro hermano, sino simplemente acep­tarlo tal como es. Percibir errores en alguien, y reaccionar ante ellos como si fueran reales, es hacer que sean reales para nosotros.
Los errores que nuestro hermano comete no es él quien los comete, tal como no somos nosotros  quienes cometemos los nuestros. Si consideramos reales sus errores, nos estaremos atacando a nosotros mismo. Cualquier intento que hagamos por corregir a un hermano significa que creemos que podemos corregir, y eso no es otra cosa que la arrogancia del ego. La corrección le corresponde a Dios, Quien no conoce la arrogancia.

Aquí todos estamos unidos en la Expiación, y no hay nada más en este mundo que pueda unirnos. Así es como desaparecerá el mundo de la separación, y como se restablecerá la plena comunicación entre Padre e Hijo.

Otras de las referencias del Curso, nos revela: “La Expiación no te hace santo. Fuiste creado santo. La Expia­ción lleva simplemente lo que no es santo ante la santidad, o, en otras palabras, lo que inventaste ante lo que eres”.

“La Expiación te enseña cómo escapar para siempre de todo lo que te has enseñado a ti mismo en el pasado, al mostrarte única­mente lo que eres ahora”.

Retomando la cuestión que nos habíamos planteado, respondemos a cómo podemos solicitar la Expiación:

Nuestro papel consiste simplemente en hacer que nuestro pensamiento retorne al punto en que se cometió el error, y en entregárselo allí a la Expiación en paz. Repitamos para nuestros aden­tros lo que sigue a continuación tan sinceramente como podamos, recordando que el Espíritu Santo responderá de lleno a nuestra más leve invitación:

Debo haber decidido equivocadamente porque no estoy en paz.
Yo mismo tomé esa decisión, por lo tanto, puedo tomar otra.
Quiero tomar otra decisión porque deseo estar en paz.
No me siento culpable porque el Espíritu Santo, si se lo permito  anulará todas las consecuencias de mi decisión equivocada.
Elijo permitírselo, al dejar que Él decida en favor de Dios por mí.


El título de este Principio nos advierte que la Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo. Desde este punto de vista, la creencia en la separación forma parte del tiempo pasado, identificándose como el origen, la causa que ha dado lugar al mundo de la ilusión y a la hegemonía del ego.

La Expiación es el medio a través del cual puedes liberarte del pasado, ya que desvanece los erro­res que cometiste en él, haciendo de este modo innecesario el que sigas volviendo sobre tus pasos sin avanzar hacia tu retorno. En este sentido la Expiación ahorra tiempo, pero al igual que el milagro al que sirve, no lo abole. Mientras siga habiendo necesidad de Expiación, seguirá habiendo necesidad de tiempo. Pero la Expiación, en cuanto que plan que ya se ha completado, tiene una relación única con el tiempo. Hasta que la Expiación no se complete, sus diversas fases evolucionarán en el tiempo, pero la Expiación en su totalidad se encuentra al final del tiempo. En ese punto el puente de retorno ya se ha construido.

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