lunes, 20 de febrero de 2017

Principio 22: Crees que lo que no puedes ver con los ojos del cuerpo no existe.

PRINCIPIO 22

Los milagros se asocian con el miedo debido únicamente a la creencia de que la oscuridad tiene la capacidad de ocultar. Crees que lo que no puedes ver con los ojos del cuerpo no existe. Esta creencia te lleva a negar la visión espiritual.


"Lo opuesto al amor es el miedo, pero aquello que todo lo abarca no puede tener opuestos”.

Esta frase tan esclarecedora, la encontramos en la introducción del Curso, como si nos quisiera advertir  de uno de los Principios sobre el cual debemos levantar nuestro “edificio”, que no es otro que el de la Verdad.

Dios no tiene opuesto. Dios es todo Amor. Pero Su Hijo, ha fabricado, ha proyectado otra realidad donde la unicidad de Su Padre se fragmenta, ilusoriamente, dando lugar a la dualidad, a la separación. Desde ese instante, la mente, puede servir al amor, es decir, a la luz o puede servir al miedo, es decir, a la oscuridad.

Bien, este Principio nos invita a profundizar en temas de gran calado, como son el miedo, la oscuridad y la proyección. A pesar de expresarse con nombres distintos, todos ellos se refieren a la misma idea original, la que se desprende de la falsa creencia en el “pecado”. En este sentido, podemos hacer uso de la siguiente afirmación:

“La oscuridad es falta de luz de la misma manera en que el pecado es falta de amor”.

Inicialmente, nos vamos a centrar en el análisis de la oscuridad y ello nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión: ¿podemos escapar de la oscuridad?

Sí, podemos hacerlo y el Curso nos describe a este respecto, lo siguiente:

“Escapar de la oscuridad comprende dos etapas: Primera, el reconocimiento de que la oscuridad no puede ocultar nada. Este paso generalmente da miedo. Segunda, el reconocimiento de que no hay nada que desees ocultar aunque pudieses hacerlo. Este paso te libera del miedo. Cuando ya no estés dispuesto a ocultar nada, no sólo estarás dispuesto a entrar en comunión, sino que entenderás también lo que es la dicha y la paz”. (T.1-IV.1:5)

Siempre que la luz irrumpe en la oscuridad, la oscuridad de­saparece. Sin embargo, es necesario recordar que nuestra creencia en la oscuridad y en la ocultación es la razón de que la luz no pueda pasar.

Somos el Reino de los Cielos, pero permitimos que la creencia en la oscuridad se infiltre en nuestra mente, por lo que ahora necesitamos una nueva luz. El Espíritu Santo es el resplandor al que debemos permitir que desvanezca la idea de la oscuridad.

El Espíritu Santo nos enseña que la luz no ataca a la oscuridad, pero la desvanece con su fulgor. Si la luz nos acompaña a todas partes, es decir, si permitimos que el Espíritu Santo ocupe nuestra mente, juntos, disiparemos la oscuridad.

La oscuridad es el mundo del ego, y si el mundo del ego no es real, deduciremos que la oscuridad tampoco es real. Por lo tanto, debemos preguntarnos ¿cómo podemos encontrar luz analizando la oscuridad? Si lo hacemos, estaremos haciendo real lo que no lo es.

Cuando una mente cree en la oscuridad y se niega a abando­narla, la luz no puede entrar. La verdad no lucha contra la igno­rancia, ni el amor ataca al miedo.

La falsa creencia en el “pecado”, ya lo hemos adelantado, es la causa primera o pensamiento original que ha dado lugar al miedo y con ello a la oscuridad. Uno de los efectos que ha originado el “pecado” es la culpa. Ese falso sentimiento, al igual que el miedo, permanece oculto y delegado a nuestra oscuridad, lo que en el terreno de la psicología se conoce como inconsciente. Desde este enfoque, el inconsciente se convierte en la fortaleza del ego, pues mientras que lo alimentemos con emociones derivadas de ese falso pensamiento original, miedo, culpa, ira, odio, temor, ataque, venganza, castigo, dolor, enfermedad, muerte, etc, asegurará su existencia y no le faltará su alimento favorito.

Una de las enseñanzas favoritas del ego, es que las defensas nos protegen y que la oscuridad puede ocultar. Esto, pues, aumenta el miedo de que si renunciamos a la oscuridad, nos exponemos completamente a la culpa y vamos a tener dificultades.

Kenneth Wapnick, en su análisis sobre este Principio nos dice lo siguiente:

“El propósito de todas nuestras defensas es protegernos de nuestra culpa. Lo que el ego jamás nos dice es que mientras más invirtamos en una defensa, más afirmamos, de hecho, que hay algo horrible dentro de nosotros. Si yo no tuviera esta culpa horrorosa, no tendría que molestarme con la defensa. Por lo tanto, mientras más invierta en tener una defensa contra mi culpa, a la cual le temo, más temeroso me voy a sentir porque el hecho de que tengo una defensa me dice: "Mejor te cuidas; hay algo dentro de ti que es vulnerable”.

El ego enseña que si nos desprendemos de nuestras defensas, se desatará el mismo infierno, literalmente. Los psicólogos caen en la misma trampa cuando enseñan que si usted no tiene defensas se pondrá psicótico. Es realmente lo contrario. Si usted no tiene defensas se sanará, no se volverá psicótico. Pero eso no quiere decir que usted despoje a la gente de sus defensas. El proceso tiene que ser muy suave y amoroso, y el terapeuta a menudo tiene que ser muy paciente. Para repetir, esto no significa que debamos despojarnos de todas las defensas. Lo que sí quiere decir es que si usted sigue la dirección del Espíritu Santo, la meta será no tener defensas. Y luego cuando mire introspectivamente, usted no verá pecado; verá que no hubo pecado. Ese es el final del viaje".

Ya lo adelantábamos, debemos entregar al Espíritu Santo la dirección de nuestra mente, lo que significa que debemos llevar ante Él todos los secretos que le hayamos ocultado. Debemos abrirle todas las puertas y pedirle que entre en la oscuridad y la desvanezca con Su luz. Si lo invitamos, Él entrará gustosamente. Y llevará la luz a la oscuridad si le franqueamos la entrada a ella. Debemos saber, que Él no puede ver lo que mantenemos oculto. Él ve por nosotros, pero a menos que miremos con Él, Él no puede ver.

Nos dice el Curso, que “la visión de Cristo no es sólo para Él, sino para ti y para Él. Llévale, por lo tanto, todos tus pensamientos tene­brosos y secretos, y contémplalos con Él. Él abriga la luz y tú la oscuridad. Ambas cosas no pueden coexistir cuando las contempláis juntos. Su juicio prevalecerá, y Él te lo ofrecerá cuando unas tu percepción a la Suya”.

Decíamos al comienzo de este análisis que hablaríamos de la oscuridad y también de la proyección. Dejaremos, para otra ocasión, el tema del miedo, aunque lo estemos tocando de pasada.

El Curso nos enseña que el acto creador de Dios le llevó a Expandir su Mente y de dicho acto, emanó su Filiación, el Hijo de Dios. De esta forma, El Padre, establece el modo en cómo  debemos actuar cuando se manifieste la Voluntad de Crear.

El uso inadecuado de la extensión, se conoce como proyección y tiene lugar cuando creemos que existe en nosotros alguna carencia o vacuidad, y que podemos suplirla con nuestras propias ideas, en lugar de con la verdad. Esto fue lo que le ocurrió al Hijo de Dios, y el intento de sustituir la Verdad de Dios con su propia verdad, le llevó a fabricar –proyectar- una falsa realidad.

Estamos ante el génesis de la separación, o lo que es lo mismo, ante la división de la mente, ante el rechazo de una parte de ella misma.

En el Capítulo 6 del Curso de Milagros, dedica un apartado titulado “La alternativa a la proyección” que nos enseña su importante alcance.

"La plenitud de Dios, que constituye Su paz, no puede ser apreciada salvo por una mente íntegra que reconozca la plenitud de la creación de Dios. Mediante ese reconocimiento, dicha mente conoce a su Creador. Exclusión y separación son sinónimos, al igual que separación y disociación. Dijimos ante­riormente que la separación fue y sigue siendo un acto de disociación, y que una vez que tiene lugar, la proyección se convierte en su defensa principal, o, en otras palabras, el mecanismo que la mantiene vigente. La razón de ello, no obstante, puede que no sea tan obvia como piensas.           
Repudias lo que proyectas, por lo tanto, no crees que forma parte de ti. Te excluyes a ti mismo al juzgar que eres diferente de aquel sobre el que proyectas. Puesto que también has juzgado contra lo que proyectas, continúas atacándolo porque continúas manteniéndolo separado dé ti. Al hacer esto de manera incons­ciente, tratas de mantener fuera de tu conciencia el hecho de que te has atacado a ti mismo, y así te imaginas que te has puesto a salvo.
La proyección, sin embargo, siempre te hará daño. La proyec­ción refuerza tu creencia de que tu propia mente está dividida, creencia ésta cuyo único propósito es mantener vigente la separa­ción. La proyección no es más que un  mecanismo del ego para hacerte sentir diferente de tus hermanos y separado de ellos. El ego justifica esto basándose en el hecho de que ello te hace pare­cer "mejor" que tus hermanos, y de esta manera empaña tu igual­dad con ellos todavía más. La proyección y el ataque están inevitablemente relacionados, ya que la proyección es siempre un medio para justificar el ataque. Sin proyección no puede haber ira. El ego utiliza la proyección con el solo propósito de destruir la percepción que tienes de ti mismo y de tus hermanos. El proceso comienza excluyendo algo que existe en ti, pero que repudias, y conduce directamente a que te excluyas a ti mismo de tus hermanos.
Hemos aprendido, no obstante, que hay una alternativa a la proyección. Todas las capacidades del ego se pueden emplear para un propósito mejor, ya que sus capacidades las dirige la mente, que dispone de una Voz mejor. El Espíritu Santo extiende y el ego proyecta. Del mismo modo en que los objetivos de ambos son opuestos, así también lo son sus resultados.
El Espíritu Santo comienza percibiendo tu perfección. Como sabe que esa perfección es algo que todos comparten, la reconoce en otros, y así la refuerza tanto en ti como en ellos. En vez de ira, esto suscita amor tanto en ellos como en ti porque establece el estado de inclusión. Puesto que percibe igualdad, el Espíritu Santo percibe en todos las mismas necesidades. Esto invita auto­máticamente a la Expiación porque la Expiación es la necesidad universal de este mundo. Percibirte a ti mismo de esta manera es la única forma de hallar felicidad en el mundo. Eso se debe a que es el reconocimiento de que tú no estás en este mundo, pues el mundo es un lugar infeliz”.

La proyección siempre ve nuestros deseos en otros. Si elegimos separarnos de Dios, eso es lo que pensaremos que otros están haciendo con nosotros.

La proyección da lugar a la percepción, y no podemos ver más allá de ella. Hemos atacado a nuestro hermano una y otra vez porque vimos en él una sombría figura de nuestro mundo privado. Y así, no podemos sino atacarnos a nosotros mismo primero, pues lo que atacamos no está en los demás. La única realidad de lo que atacamos se encuentra en nuestra propia mente, y al atacar a otros estamos literal­mente atacando algo que no está ahí.

Antes de poner un punto y final a esta exposición, me gustaría presentar las ideas que se recogen en las Lecciones del Libro de Ejercicios, relacionadas con la idea de la oscuridad:

LECCIÓN 44
Dios es la luz en la que veo.

1. Hoy continuamos con la idea de ayer, agregándole otra dimen­sión. 2No puedes ver en la oscuridad, y no puedes fabricar luz. 3Puedes fabricar oscuridad y luego pensar que ves en ella, pero la luz refleja vida, y es, por lo tanto, un aspecto de la creación. 4La creación y la oscuridad no pueden coexistir, pero la luz y la vida son inseparables, pues no son sino diferentes aspectos de la crea­ción.

LECCIÓN 69
Mis resentimientos ocultan la luz del mundo en mí.

1. Nadie puede ver lo que tus resentimientos ocultan. 2Debido a que tus resentimientos ocultan la luz del mundo en ti, todo el mundo se halla inmerso en la oscuridad, y tú junto con ellos. 3Pero a medida que el velo de tus resentimientos se descorre, tú te liberas junto con ellos. 4Comparte tu salvación con aquel que se encontraba a tu lado cuando estabas en el infierno. 5Él es tu her­mano en la luz del mundo que os salva a ambos.

LECCIÓN 73
Mi voluntad es que haya luz.

3Mi voluntad es que haya luz. 4La oscuridad no es mi voluntad.

LECCIÓN 91
Los milagros se ven en la luz.

Para ti, pues, la luz es crucial. 2Mientras sigas en la oscuridad no podrás ver el milagro. 3Por lo tanto, estarás convencido de que no está ahí. 4Esto se deriva de las mismas premisas de las que procede la oscuridad. 5Negar la luz hace que te resulte imposi­ble percibirla. 6No percibir la luz es percibir la oscuridad.


“Una sola azucena de perdón, puede transformar la oscuridad en luz”.

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