lunes, 13 de marzo de 2017

Principio 32: Yo inspiro todos los milagros, que en realidad son intercesiones.

PRINCIPIO 32

Yo inspiro todos los milagros, que en realidad son intercesiones. Interceden en favor de tu santidad y santifican tus percepciones. Al ubicarte más allá de las leyes físicas te elevan a la esfera del orden celestial. En ese orden tú eres perfecto.


Jesús deja muy claro, en este Principio, que él es la fuente de los milagros. Desde el punto de vista de la función, el Espíritu Santo y Jesús son sinónimos. Ambos realizan la función de ser el Maestro interno o la Voz interior que nos conducirá a casa. Jesús nos dice que él es la manifestación del Espíritu Santo (C-6.1:1). Él no es el Espíritu Santo sino la manifestación de Este. Decir que Jesús es la manifestación del Espíritu Santo es decir también que él es la manifestación del Amor de Dios.

El desarrollo de este Principio, me sugiere varios temas en los que me gustaría profundizar. En primer lugar, me gustaría acercarme a la figura de Jesús y para ello, me remitiré a la aportación que se recoge en el texto El Manual del Maestro.

Por otro lado, me gustaría tratar el concepto “perfecto”, el estado natural del orden celestial donde nos eleva los milagros.

Por último, quisiera analizar el término “inspiración”, el cual se utiliza en algunas ocasiones a lo largo del Curso, como por ejemplo en el Capítulo I, en el punto II: 

“El resultado de una dedicación genuina es la inspiración, pala­bra que, si se entiende correctamente, es lo opuesto a la fatiga. Estar fatigado es estar des-animado, mas estar inspirado es estar en el espíritu. Ser egocéntrico es estar des-animado, mas estar centrado en Sí Mismo, en el buen sentido de la expresión, es estar inspirado o en el espíritu. Los verdaderamente inspirados están iluminados y no pueden morar en las tinieblas.

Puedes hablar desde el espíritu o desde el ego, según elijas. Si hablas desde el espíritu es que has decidido acatar las palabras "Detente y reconoce que yo soy Dios". Éstas son palabras inspi­radas porque reflejan conocimiento. Si hablas desde el ego estás renegando del conocimiento en vez de ratificándolo, y, por lo tanto, estás des-animándote. No te embarques en viajes inútiles, pues ciertamente no llevan a ninguna parte. Puede que el ego los desee, pero el espíritu no puede emprenderlos porque nunca está dispuesto a apartarse de sus Cimientos”.

Como bien nos enseña el párrafo anterior, estar inspirado es estar en el espíritu, la propia esencia de Dios.

El mismo Jesús, nos revela que “como hombre, y también como una de las creaciones de Dios, su recto pensar, que procedió del Espíritu Santo o Inspiración Universal, le enseñó en primer lugar y ante todo, que esta Inspiración es para todos”. 

Podemos decir pues, que “la inspiración procede del Espíritu Santo, y la cer­teza de Dios, tal como lo estipulan Sus leyes. Ambas cosas, por lo tanto, proceden de la misma Fuente, porque la inspiración pro­cede de la Voz que habla en favor de Dios, y la certeza, de las leyes de Dios”.

Dando continuidad a la idea de la inspiración con relación al espíritu, me gustaría enlazarlo con la idea de la perfección. En este sentido, debemos referir, que todo lo que es verdadero es eterno y no puede cambiar ni ser cambiado. El espíritu es, por lo tanto, inalterable porque ya es perfecto, pero la mente puede elegir a quién desea servir. El único límite en su elección es que no puede servir a dos amos.

Si consultamos el texto del Curso en el Capítulo 2, párrafo I, podemos leer: “En la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Volun­tad de crear que Él posee. No sólo fuiste plenamente creado, sino que fuiste creado perfecto”.

Entre Dios y Sus creaciones existe una perfecta interdependencia. ÉI depende de ellas porque las creó perfectas. Les dio Su paz para que nada las pudiese alterar ni engañar.

Los que son perfectos no tienen necesidad de nada, y nosotros no podemos experimentar la perfección como algo difícil de alcanzar, puesto que eso es lo que somos. 
En el Capítulo 10 del Curso, concretamente en el punto IV, dedicado al fin de la enfermedad, se expresa lo siguiente: 

“La enfermedad y la perfección son irreconcilia­bles. Si Dios te creó perfecto, eres perfecto. Si crees que puedes estar enfermo, has antepuesto otros dioses a Él. Dios no está en guerra con el dios de la enfermedad que inventaste, pero tú sí. Este dios es el símbolo de tu decisión de oponerte a Dios, y tienes miedo de él porque no se le puede reconciliar con la Voluntad de Dios. Si lo atacas, harás que sea real para ti. Pero si te niegas a adorarlo, sea cual sea la forma en que se presente ante ti, o el lugar donde creas verlo, desaparecerá en la nada de donde provino”.

Si Dios creó a Su Hijo perfecto, así es como debemos aprender a consi­derarlo para que podamos conocer su realidad. Y como parte de la Filiación, así es como tenemos que considerarnos a nosotros mismo para que podamos conocer la nuestra.

Para finalizar las aportaciones del Curso sobre el tema de la perfección, me gustaría hacer referencia a lo recogido en el Capítulo 30, en el punto VI, dedicado a la justificación del perdón:

“El Hijo de Dios es perfecto, ya que de otro modo no podría ser el Hijo de Dios. Y no lo podrás conocer mientras creas que no merece librarse de todas las consecuencias y manifestaciones de la culpabilidad. De la única forma que debes pensar acerca de él si quieres conocer la verdad acerca de ti mismo es así:

Te doy las gracias, Padre, por Tu perfecto Hijo, pues en su gloria veré la mía propia.

He aquí la jubilosa afirmación de que no hay ninguna forma de mal que pueda prevalecer sobre la Voluntad de Dios, el feliz reconocimiento de que la culpabilidad no ha triunfado porque tú hayas deseado que las ilusiones sean reales. ¿Y qué es esto sino una simple afirmación de la verdad?”

Paso a continuación al tercero de los aspectos que quiero exponer en el desarrollo de este Principio, la figura de Jesús.

Como adelanté al comienzo de este escrito, recurriré al Manual del Maestro para extraer la información que nos ilustrará sobre la figura de Jesús.

“No necesitas ayuda para entrar en el Cielo, pues jamás te ausentaste de él. Pero sí necesitas una ayuda que proceda de más allá de ti, pues te encuentras limitado por falsas creencias con respecto a tu Identidad, la cual sólo Dios estableció en la realidad. Los ayudantes que se te proveen varían de forma, aunque ante el altar son uno Solo. Más allá de cada uno de ellos se encuentra un Pensamiento de Dios, y esto jamás ha de cambiar. Pero sus nombres difieren por un tiempo, puesto que el tiempo necesita símbolos, siendo de por sí irreal. Sus nombres son legión, pero no nos extenderemos más allá de los nombres que el curso en sí emplea. Dios no provee ayuda, pues no sabe de necesidades. Sin embargo, Él crea todos los Ayudantes que Su Hijo pueda necesitar, mientras éste siga creyendo que sus fantasías son reales. Dale gracias a Dios por ellos, pues son quienes te conducirán de regreso a tu hogar.

El nombre de Jesús es el nombre de uno que, siendo hombre, vio la faz de Cristo en todos sus hermanos y recordó a Dios. Al identificarse con Cristo, dejó de ser un hombre y se volvió uno con Dios. El hombre era una ilusión, pues parecía ser un ser separado que caminaba por su cuenta, dentro de un cuerpo que aparentemente mantenía a su ser separado de su Ser, como hacen todas las ilusiones. Pero ¿quién puede salvar a menos que, al ver las ilusiones, las identifique como lo que son? Jesús sigue siendo un Salvador porque vio lo falso y no lo aceptó como la verdad. Cristo necesitó su forma para poder presentarse ante los hombres y salvarlos de sus ilusiones.

En su completa identificación con el Cristo - el perfecto Hijo de Dios, Su única creación y Su felicidad, por siempre como Él y uno con Él - Jesús se convirtió en lo que todos vosotros no podéis sino ser. Mostró el camino para que le siguieras. Él te conduce de regreso a Dios porque vio el camino ante sí y lo siguió. Jesús hizo una clara distinción, todavía velada para ti, entre lo falso y lo verdadero. Te ofreció una demostración palpable de que es imposible matar al Hijo de Dios, y de que el pecado, la maldad, la malicia, el miedo o la muerte no pueden alterar su vida en modo alguno.

Todos tus pecados, por lo tanto, te han sido perdonados, ya que jamás tuvieron consecuencia alguna. Y así, no fueron más que sueños. Levántate con aquel que te mostró esto, ya que se lo debes por haber compartido contigo tus sueños para que pudieran ser disipados, y todavía los comparte, para mantenerse en unión contigo.

¿Es él el Cristo? Por supuesto que sí, junto contigo. Su vida en la tierra no fue lo suficientemente larga como para poder enseñar la poderosa lección que aprendió por todos vosotros. Más él permanecerá contigo para conducirte desde el infierno que tú hiciste hasta Dios. Y cuando unas tu voluntad a la suya, verás a través de su visión, pues los ojos de Cristo se comparten. Caminar con él es algo tan natural como caminar con un hermano al que conoces desde que naciste, pues eso es en verdad lo que él es. Se han hecho amargos ídolos de aquel que sólo quiere ser un hermano para el mundo. Perdónale tus fantasías, y comprende lo mucho que amarías a un hermano así. Pues él por fin le brindará descanso a tu mente y la llevará contigo ante tu Dios.

¿Es él el único Ayudante de Dios? ¡Por supuesto que no! Pues Cristo adoptará muchas formas con diferentes nombres hasta que se reconozca la unicidad de todas ellas. Mas para ti, Jesús es el portador del único mensaje de Cristo acerca del Amor de Dios. No tienes necesidad de ningún otro. Es posible leer sus palabras y beneficiarse de ellas sin aceptarle en tu vida. Mas él te ayudaría todavía más si compartieses con él tus penas y alegrías, y renunciases a ambas para hallar la paz de Dios. Con todo, lo que él quiere que aprendas más que nada sigue siendo la lección que vino a enseñar, la cual reza así:

La muerte no existe porque el Hijo de Dios es como su Padre. No puedes hacer nada que pueda alterar el Amor Eterno. Olvida tus sueños de pecado y de culpabilidad, y en su lugar ven conmigo a compartir la resurrección del Hijo de Dios. Y trae contigo todos aquellos que Él te ha enviado para que cuides de ellos como yo cuido de ti”.

Una cuestión que suele plantearse el estudiante del Curso es la siguiente:

¿Hay diferencia entre Jesús y el Espíritu Santo? ¿Importa a quién de ellos voy a buscar ayuda?

“La diferencia entre Jesús y el Espíritu Santo es de tipo teológico, no de tipo práctico. Conforme a la teoría del Curso, Dios creó al Espíritu Santo en respuesta a la idea de la separación en la mente de Su Hijo. Naturalmente, en realidad, tal descripción en Un Curso de Milagros es metafórica pues ¿cómo puede Dios dar respuesta a lo que nunca ha ocurrido? En todo caso, se puede entender más propiamente al Espíritu Santo como el recuerdo del Amor de Dios y de la verdadera Identidad del Hijo como Cristo que él llevó consigo en su sueño. El Espíritu Santo es, por tanto, un principio o idea en la mente del Hijo que le recuerda que lo que cree de sí mismo y de su Creador es falso. Esta corrección es lo que se conoce en Un Curso de Milagros como el principio de la Expiación.

Jesús, por otra parte, forma parte de la Filiación, y es tan tangible y tan específico como la creencia del Hijo sobre sí mismo. Es la parte de la mente única del Hijo que se acordó de reírse, de la idea diminuta y enloquecida. Y por lo tanto Jesús se convierte en una manifestación del principio de la Expiación, o de la presencia más abstracta del Espíritu Santo. Esto es lo que quiere decir la clarificación de términos con la afirmación ya citada de que el Espíritu Santo ha designado a Jesús como el líder para llevar a cabo Su plan; (C-6.2:2), y lo que significa el pasaje del texto que se refiere directamente a Jesús:

El principio de la Expiación estaba en vigor mucho antes de que ésta comenzara. El principio era el amor [el Espíritu Santo] y la Expiación fue un acto de amor [Jesús]; (T-2.II.4:2-3).

No hay diferencia, sin embargo, al nivel práctico. Tanto Jesús como el Espíritu Santo sirven  como nuestros Maestros internos a quienes acudir en busca de ayuda para aprender a perdonar. El Espíritu Santo ofrece al estudiante un Maestro más abstracto si Jesús es un problema, mientras que Jesús es una forma más específica y personal con quien relacionarse. Cualquiera de los dos es válido, pues Su función sigue siendo la misma. No obstante, si Jesús es, en efecto, un personaje problemático para los estudiantes de su Curso, estaría muy en línea con los propios principios del Curso que los estudiantes miren a ver por qué no quieren perdonarlo. Así pueden explorar las raíces más profundas de esa ausencia de perdón para que puedan ser deshechas, igual que cualquier ausencia de perdón que esté presente dentro de sus mentes”.

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