viernes, 10 de marzo de 2017

Principio 30. "...los milagros reconocen el espíritu..."

PRINCIPIO 30

Dado que los milagros reconocen el espíritu, ajustan los niveles de percepción y los muestran en su debido lugar. Esto sitúa al espíritu en el centro, desde donde puede comunicarse directamente.

Es imposible no creer en lo que ves, pero es igualmente imposible ver lo que no crees. La percepción se construye sobre la base de la experiencia, y la experiencia conduce a las creencias. La percepción no se estabiliza hasta que las creencias se cimientan. De hecho, pues, lo que ves es lo que crees.
Compartiendo una de las ideas desarrollada en el Curso de Milagros, diremos que la única carencia que realmente necesitamos corregir es nuestra sensación de estar separados de Dios.

Pero, ¿por qué surgió esa sensación de separación?

De hecho, esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubiésemos distorsionado la percepción de la verdad, lo cual nos llevó a percibirnos como alguien necesi­tado.

En el Capítulo I del Texto, en el apartado VII, dedicado a las “distorsiones de los impulsos milagrosos”, podemos leer lo siguiente:

“Tus percepciones distorsionadas producen una densa envol­tura alrededor de los impulsos milagrosos, dificultándoles el que lleguen a tu conciencia. La confusión de los impulsos milagrosos con los impulsos físicos es una de las distorsiones básicas de la percepción. Los impulsos físicos son impulsos milagrosos mal canalizados. Todo placer real procede de hacer la Voluntad de Dios. Esto es así porque no hacer Su Voluntad es una negación del Ser. La negación del Ser da lugar a ilusiones, mientras que la corrección del error nos libera del mismo. No te engañes a ti mismo creyendo que puedes relacionarte en paz con Dios o con tus hermanos a través de algo externo.

Criatura de Dios, fuiste creado para crear lo bueno, lo hermoso y lo santo. No te olvides de eso. El Amor de Dios, por un breve período de tiempo, todavía tiene que expresarse de un cuerpo a otro, ya que la visión es aún muy tenue. El mejor uso que puedes hacer del cuerpo es utilizarlo para que te ayude a ampliar tu percepción, de forma que puedas alcanzar la verdadera visión de la que el ojo físico es incapaz.  Aprender a hacer esto es la única utilidad real del cuerpo”. 

Para entrar en materia no está nada mal. Tendremos que ahondar en la idea de la “percepción”, pues como hemos adelantado, se nos representa como el resultado al que ha dado lugar la orientación de nuestra mente dando lugar a un estado de confusión entre niveles o lo que es lo mismo, la dualidad espíritu-cuerpo.

¿Cómo se origina la percepción?

La proyección da lugar a la percepción. Debemos conocer, que la capacidad de extenderse es un aspecto fundamental de Dios que Él le dio a Su Hijo. En el acto de la creación, Dios Se extendió a Sí Mismo a Sus creaciones y les infundió la misma amorosa Volun­tad de crear que Él posee. Fuimos creados plenos y perfectos. Al ser creados a  semejanza de Dios hemos heredado su capacidad creativa. Ningún Hijo de Dios puede perder esa facultad, ya que es inherente a lo que él es, pero podemos usarla de forma inadecuada al proyectar. El uso inadecuado de la extensión -la proyección- tiene lugar cuando creemos  que existe en nosotros alguna carencia o vacuidad, y que podemos suplirla con nuestras propias ideas, en lugar de con la verdad.

Nuestra condición divina nos faculta para que el mundo que vemos se componga de aquello con lo que lo hemos dotado, lo que significa que, es importante para nosotros. Es el testimonio de nuestro estado mental, la imagen externa de una condición interna.

Podemos leer en el Curso, que “tal como el hombre piense, así percibirá”.  En este sentido, la percepción es un resultado, no una causa.

Debemos dedicar una especial atención a lo que acabamos de explicar, ya que la proyección de nuestros pensamientos nos desvelará aquello que se encuentra en nuestra mente, es decir, si emitimos juicios condenatorios sobre el mundo, preguntémonos dónde nos estamos condenando; si contemplamos desastres y catástrofes, preguntémonos dónde se encuentra el caos en nuestro interior. En definitiva, lo que veamos dará testimonio de nuestra elección y nos permitirá reconocer cuál de ellas elegimos. El mundo que vemos tan sólo nos muestra cuánta dicha nos hemos permitido ver en nosotros y aceptar como nuestra. Si esta afirmación es verdad, el poder de dar dicha tiene entonces que encontrarse en nosotros.

La percepción, que es intrínsecamente enjuiciadora, comenzó sólo después de la separa­ción. Desde entonces nadie ha estado seguro de nada. Desde que se produjo la separación ha habido una gran confu­sión entre las palabras "crear" y "fabricar”. La diferencia está en que cuando fabricamos algo, lo hacemos como resultado de una sensación específica de carencia o de necesidad.

Es esencial hacer una clara distinción entre lo que se crea y lo que se fabrica. Toda forma de curación se basa en esta correc­ción fundamental de percepción de niveles.
El poder del milagro para ajustar niveles genera la percep­ción correcta que da lugar a la curación. Hasta que eso no ocurra será imposible entender lo que es la curación. El perdón es un gesto vacío a menos que conlleve corrección. Sin ella, lo que hace es básicamente juzgar, en vez de sanar.

“La percepción entraña selectivi­dad a todo nivel. Es un proceso continuo de aceptación y rechazo, de organización y reorganización, de substitución y cam­bio. Evaluar es un aspecto esencial de la percepción, ya que para poder seleccionar es necesario juzgar.
¿Qué le ocurre a la percepción en ausencia de juicios, o de nada que no sea perfecta igualdad? Percibir se vuelve imposible. La verdad sólo se puede conocer. Toda ella es igualmente verdadera, y, conocer cualquier parte de ella es conocerla en su totalidad. Únicamente la percepción entraña una conciencia parcial. El conocimiento transciende las leyes que gobiernan la percepción porque un conocimiento parcial es imposible. El conocimiento es uno y no tiene partes separadas”.  (T-3.V.7:8)

¿Se puede sanar la percepción sabiendo que es un error de la mente?

Ya en el punto anterior adelantábamos que la curación se basa en una corrección de percepción de niveles y es el poder del milagro el que genera la percepción correcta que da lugar a la curación. De ello se deduce, que podemos hablar de percepción errónea y de percepción verdadera. La primera juzga y la segunda sana.

El perdón es lo que sana la percepción de la separación. Es necesario que percibamos correctamente a nuestro hermano debido a que las mentes han elegido considerarse a sí mismas como entidades separadas.
La percepción se basa en un estado de separación, así que cada vez que de alguna manera percibimos, tendremos necesidad de curación.

¿Cómo debemos entender la percepción verdadera?

La per­cepción verdadera, o percepción inocente, significa que nunca percibimos falsamente y que siempre vemos correctamente. Dicho de una manera más llana, significa que nunca vemos lo que no existe y siempre vemos lo que sí existe.

La percepción es temporal. Al ser un atributo de la creencia en el espacio y en el tiempo, es susceptible de producir miedo o amor. Las percepciones falsas producen miedo y las verdaderas fomentan el amor, mas ninguna de ellas brinda certeza porque toda percepción está sujeta a cambios. Por eso es por lo que la percepción no es conocimiento. La verdadera percepción es la base del conocimiento, pero gozar de conocimiento es la afir­mación de la verdad y esto se encuentra allende cualquier percep­ción.
El milagro, al ser una manera de percibir, no es conocimiento. El primer paso en el proceso de deshacer lo ilusorio es cuestionarlo. El milagro -la res­puesta correcta- lo corrige.
La forma en que percibimos en cualquier momento dado determina nuestro comportamiento, y las acciones sólo pueden ocurrir en el tiempo.

“No se puede hacer demasiado hincapié en el hecho de que corregir la percepción es simplemente un expediente temporal. Dicha corrección es necesaria únicamente porque la percepción falsa es un obstáculo para el conocimiento, mientras que la per­cepción fidedigna es un trampolín hacia él. El valor de la percep­ción correcta reside en la conclusión inevitable de que toda percepción es innecesaria. Esto elimina el obstáculo por com­pleto. Te preguntarás cómo puede ser posible esto mientras parezca que vives en este mundo. Esa es una pregunta razonable. No obstante, tienes que asegurarte de que realmente la entiendes. ¿Quién es el "tú" que vive en este mundo? El espíritu es inmor­tal, y la inmortalidad es un estado permanente. El espíritu es tan verdadero ahora como siempre lo fue y lo será siempre, ya que no entraña cambios de ninguna clase. No es un continuo, ni se puede entender tampoco comparándolo con un opuesto. El conocimiento nunca admite comparaciones. En eso estriba su diferencia principal con respecto a cualquier otra cosa que la mente pueda comprender”. (Cap 4.II.11:13)

La percepción no es conocimiento, pero puede ser transferida al conocimiento, o cru­zar hasta él.  Esta labor de transferencia no la podemos realizar por nosotros mismos, necesitamos ayuda para ello.
Los pensamientos se originan en la mente del pensador, y desde ahí se extienden hacia afuera. Esto es tan cierto del Pensa­miento de Dios como del nuestro. Puesto que nuestra mente está divi­dida, podemos percibir y también pensar. No obstante, la percepción no puede eludir las leyes básicas de la mente. Percibimos desde nuestra mente y proyectamos nuestras percepciones al exterior. Aunque la percepción es irreal, el Espíritu Santo puede usarla provechosamente por el .hecho de que nosotros la concebimos. Él puede inspirarnos­ cualquier percepción y canalizarla hacia Dios.
La fuerza de la percepción correcta es tan grande que pone a la mente en armonía con la Mente de Dios, pues se encuentra al servicio de Su Voz, la cual mora en todos vosotros.

Debemos  tener presente de que somos nosotros los que hemos inventado la percepción, y ésta perdurará mientras la sigamos deseando.

Compartir nuestra percepción con el Espíritu Santo nos enseña a reconocer lo que vemos. Es el reconocimiento de que ninguna cosa que vemos significa nada por sí sola. Ver con Él nos mostrará que todo significado, inclu­yendo el nuestro, no procede de una visión doble, sino de la dulce fusión de todas las cosas en un solo significado, una sola emoción y un solo propósito Dios tiene un solo Propósito, y lo comparte con nosotros. La única visión que el Espíritu Santo nos ofrece brindará esta unicidad a nuestra mente con una claridad y una luminosidad tan intensas que por nada del mundo dejaríamos de aceptar lo que Dios quiere que tengamos.

En el Capítulo XI del Curso, podemos leer:


Ha habido mucha con­fusión con respecto a lo que significa la percepción, debido a que la palabra se usa con el significado de "conciencia" y también con el de "interpretación de la conciencia". No obstante, no puedes ser consciente sin interpretar, pues lo que percibes es tu propia interpretación.
Este curso es muy claro. Si no lo ves así, es porque estás haciendo interpretaciones contra él, y, por lo tanto, no crees lo que dice. puesto que lo que crees determina tu percepción, no per­cibes el significado del curso y, consecuentemente, no lo aceptas. Con todo, diferentes experiencias conducen a diferentes creen­cias, y a través de éstas, a diferentes percepciones. Pues las per­cepciones se aprenden mediante creencias, y la experiencia ciertamente enseña. Te estoy conduciendo a una nueva clase de experiencia que cada vez estarás menos dispuesto a negar: Aprender de Cristo es fácil, pues percibir con Él no entraña nin­gún esfuerzo. Sus percepciones son tu conciencia natural, y lo único que te fatiga son las distorsiones que introduces en ésta. Deja que sea el Cristo en ti Quien interprete por ti, y no trates de limitar lo que ves con creencias pueriles indignas del Hijo de Dios. Pues hasta que Cristo no sea aceptado completamente, el Hijo de Dios se considerará a sí mismo huérfano”.

¿Se puede percibir el mundo real?

Para dar respuesta a esta cuestión, expondremos parte del contenido recogido en el apartado VII, del Capítulo XI del Curso de Milagros “La condición de la realidad”:

El mundo que tú percibes no pudo haber sido creado por el Padre, pues el mundo no es tal como tú lo ves. Dios creó única­mente lo eterno, y todo lo que tú ves es perecedero. Por lo tanto, tiene que haber otro mundo que no estás viendo. La Biblia habla de un nuevo Cielo y de una nueva tierra, mas esto no puede ser cierto en un sentido literal, pues lo que es eterno no puede volver a ser creado. Percibir de manera diferente es sencillamente perci­bir de nuevo, lo cual implica que antes, o en el ínterin, no estabas percibiendo en absoluto. ¿Cuál es entonces el mundo que le espera a tu percepción cuando finalmente lo veas?
Todo pensamiento amoroso que el Hijo de Dios jamás haya tenido es eterno. Los pensamientos amorosos que su mente per­cibe en este mundo constituyen la única realidad de éste. Siguen siendo percepciones porque él todavía cree estar separado. Mas son eternos porque son amorosos. al ser amorosos son semejantes al Padre, y, por lo tanto, no pueden morir. El mundo real ciertamente se puede percibir. Lo único que ello requiere es que estés dispuesto a no percibir nada más. Pues si percibes tanto el bien como el mal, estarás aceptando lo falso y lo verdadero, y no estarás distinguiendo claramente entre ellos.
El ego tal vez vea algo bueno, pero nunca ve sólo lo bueno. Esa es la razón de que sus percepciones sean tan variables. No rechaza la bondad por completo, pues eso sería inaceptable para ti. Pero siempre añade a lo real algo que no es real, confundiendo así la ilusión con la realidad. Pues las percepciones no pueden ser parcialmente verdaderas. Si crees tanto en la verdad como en la ilusión, no podrás saber cuál de ellas es cierta. Para establecer tu propia autonomía trataste de crear de manera diferente de como crea tu Padre, creyendo que lo que hiciste podía ser distinto de Él. No obstante, todo lo que es verdad es como Él. Percibir única­mente el mundo real te conducirá al Cielo real, ya que te capaci­tará para comprenderlo”.
Soy responsable de lo que veo. Elijo los sentimientos que experimento y decido el objetivo que quiero alcanzar.Y todo lo que parece sucederme yo mismo lo he pedido, y se me concede tal como lo pedí.

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