viernes, 17 de marzo de 2017

Principio 34: Los milagros le devuelven a la mente su plenitud.

PRINCIPIO 34

Los milagros le devuelven a la mente su plenitud. Al expiar su sensación de carencia establecen perfecta protección. La fortaleza del espíritu no da cabida a intromisiones.


He de reconocer, que el tema de debate que nos ofrece este Principio, la plenitud y la carencia, es para mí verdaderamente significativo, pues me resuena de una manera especial, despertando sensaciones y emociones que alimenta mi vinculación con el ego, el miedo.

Seréis muchos los que se identifiquéis conmigo y descubráis vuestro caballo de batalla en la ilusoria emoción del miedo a la escasez, procedente de la falsa creencia en la carencia y en la separación.

El Curso, lo llama la ilusión de las necesidades y lo desarrolla en el Capítulo I, en el apartado VI:

“La idea de carencia implica que crees que estarías mejor en un estado que de alguna manera fuese diferente de aquel en el que ahora te encuentras. Antes de la "separación", que es lo que sig­nifica la "caída", no se carecía de nada. No había necesidades de ninguna clase. Las necesidades surgen debido únicamente a que tú te privas a ti mismo. Actúas de acuerdo con el orden particu­lar de necesidades que tú mismo estableces. Esto, a su vez, depende de la percepción que tienes de lo que eres.
La única carencia que realmente necesitas corregir es tu sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubieses distorsionado tu percepción de la verdad, percibiéndote así a ti mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya te habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que te vas integrando te vuelves uno, y tus necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto”.

Cuando hacemos  algo para remediar lo que percibimos como una insuficiencia, estamos afirmando tácitamente que creemos en la separación.

Cualquier división en la mente conlleva por fuerza el rechazo de una parte de ella misma, y eso es lo que es la creencia en la separación. La plenitud de Dios, que constituye Su paz, no puede ser apreciada salvo por una mente íntegra que reconozca la plenitud de la creación de Dios. Mediante ese reconocimiento, dicha mente conoce a su Creador”. (T.6.II.1:3)

Es curioso, que experimentemos la carencia, la escasez, en el mundo fabricado por el ego, el mundo de la forma, y encontremos la causa de la creencia en la necesidad, precisamente en la división de la mente que da lugar al error de estar separado del Creador. Con esto queremos decir, que mientras pensemos en términos de división, la abundancia que seamos capaces de almacenar será efímera, pues no está sustentada por la fuerza que da cohesión a todo, el amor o lo que es lo mismo, la Unidad.

El secreto de la abundancia (condición natural del Espíritu) se encuentra en la visión de la Unidad, de la Inocencia y de la Impecabilidad.

Dios creó a Sus Hijos extendiendo Su Pensamiento y conser­vando las extensiones de Su Pensamiento en Su Mente. Todos Sus Pensamientos están, por lo tanto, perfectamente unidos den­tro de sí mismos y entre sí. El Espíritu Santo nos capacita para poder percibir esta plenitud ahora. Dios nos creó para que creásemos. No podemos extender Su Reino hasta que no conozcamos la plenitud de éste.

Con relación al párrafo anterior, quisiera hacer referencia a un punto expresado en el Curso que considero relevante de cara a las aportaciones que vamos a hacer sobre el término “plenitud”. Es el siguiente: “Debe observarse con especial atención que Dios tiene solamente un Hijo. Si todas las creaciones de Dios son Hijos Suyos, cada una de ellas tiene que ser parte integral de toda la Filiación. La Filia­ción, en su unicidad, transciende la suma de sus partes. Este hecho, no obstante, queda velado mientras falte una sola de ellas. Por eso es por lo que, en última instancia, el conflicto no se puede resolver hasta que todas las partes de la Filiación hayan retor­nado. Sólo entonces podrá comprenderse lo que, en el verdadero sentido de la palabra, significa la plenitud. Cualquier parte de la Filiación puede creer, en el error o en la incompleción si así lo elige. Sin embargo, si lo hace, estará creyendo en la existencia de algo que no existe. Lo que corrige este error es la Expiación”.

Efectivamente, la plenitud, la abundancia, no es posible mientras que percibamos a nuestros hermanos de filiación separados de nosotros. Comprender este punto, nos permitirá comprender, igualmente, que cuando damos a otro, no perdemos. Dios tiene solamente un Hijo, y aquello que demos a uno de nuestros hermanos, es como si nos lo diésemos a nosotros mismos.

El egoísmo es cosa del ego, pero la plenitud del Ser pertenece al ámbito del espí­ritu porque así es como Dios lo creó.

Nuestra plenitud es ilimitada por­que el estado de ser es infinito. Sin embargo, desconocemos la plenitud de nuestro propio Ser.

Una mente dividida no puede percibir su lle­nura, y necesita que el milagro de su plenitud alboree en ella y la cure. Esto vuelve a despertar la plenitud en dicha mente y al aceptar dicha plenitud se reincorpora al Reino. Cuando apreciamos por completo la llenura de Ser de nuestra mente, el egoísmo se vuelve imposible y la extensión inevitable. El poder de la plenitud es la extensión.

La plenitud es indi­visible, pero no podemos saber de la plenitud que gozamos hasta que no la veamos por todas partes. No podremos entender  lo que es la Plenitud a menos que seamos pleno, y ninguna parte del Hijo puede ser excluida si su deseo es conocer la Plenitud de su Padre.

Lo que el ego da nunca emana de una sensación de abundancia porque él fue engendrado precisa­mente como un sustituto de ésta. Por eso es por lo que el concepto de "obtener" surgió en su sistema de pensamiento. Los apetitos son mecanismos para "obtener" que representan la nece­sidad del ego de ratificarse a sí mismo. Esto es cierto tanto en el caso de los apetitos corporales como en el de las llamadas "necesi­dades más elevadas del ego". El origen de los apetitos corporales no es físico. El ego considera al cuerpo como su hogar, y trata de satisfacerse a sí mismo a través de él. Pero la idea de que eso es posible es una decisión de la mente, que está completamente con­fundida acerca de lo que realmente es posible.

El Curso nos insta a compartir  nuestra abundancia libre­mente y enseñar a nuestros hermanos a conocer  la suya.  A no compartir sus ilusiones de escasez, pues, de lo contrario, nos percibiremos a nosotros mismo como alguien necesitado.

El Espíritu Santo sabe que lo "tenemos" todo y que lo "somos" todo. Cualquier distinción al respecto es significativa solamente cuando la idea de "obtener", que implica carencia, ha sido previa­mente aceptada.

Nuestro Hermano Mayor, Jesús, nos indica a través del Curso: “Aquellos que dan testimonio de mí están expresando, por medio de los mila­gros que obran, que han dejado de creer en la carencia en favor de la abundancia que han aprendido les pertenece”.

La plenitud cura porque es algo propio de la mente. La curación es señal de que quieres reinstaurar la plenitud. Y el hecho de que estés dispuesto ello elo que te permite oír la Voz del Espíritu Santo, Cuyo mensaje es la plenitud.

Todas las capacidades deben entregársele, al Espí­ritu Santo, Quien sabe cómo usarlas debidamente. Las usa exclu­sivamente para curar porque únicamente te conoce en tu plenitud. Al curar aprendes lo que es la plenitud, y al aprender lo que es la plenitud, aprendes a recordar a Dios. Te has olvidado de Él, pero el Espíritu Santo entiende que tu olvido tiene que ser transfor­mado en una forma de recordar.

La Expiación no es el precio de tu plenitud; es, no obstante, el precio de ser consciente de tu plenitud.

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