miércoles, 12 de abril de 2017

El Presente ó El Eterno Poder de Renacer




“Para el ego el pasado es importantísimo, y, en última instancia, cree que es el único aspecto del tiempo que tiene significado. Recuerda que el hincapié que el ego hace en la culpabilidad le permite asegurar su continuidad al hacer que el futuro sea igual que el pasado, eludiendo de esa manera el presente. La noción de pagar por el pasado en el futuro hace que el pasado se vuelva el factor determinante del futuro, convirtiéndolos así en un continuo sin la intervención del presente. Pues el ego considera que el presente es tan sólo una breve transición hacia el futuro, en la que lleva el pasado hasta el futuro al interpretar el presente en función del pasado”.


“El ahora no significa nada para el ego. El presente tan sólo le recuerda viejas heridas, y reacciona ante él como si fuera el pasado. El ego no puede tolerar que te liberes del pasado, y aunque el pasado ya pasó, el ego trata de proteger su propia imagen reaccionando como si el pasado todavía estuviese aquí. Dicta tus reacciones hacia aquellos con los que te encuentras en el presente tomando como punto de referencia el pasado, empañando así la realidad actual de aquellos. De hecho, si sigues los dictados del ego, reaccionarás, ante tu hermano como si se tratase de otra persona, y esto sin duda te impedirá conocerlo tal como es. Y recibirás mensajes de él basados en tu propio pasado, porque, al hacer que el pasado cobre realidad en el presente, no te permitirás a ti mismo abandonarlo. De este modo, te niegas a ti mismo el mensaje de liberación que cada uno de tus hermanos te ofrece ahora”. (Un Curso de Milagros, Cap. 13 “El mundo inocente. Punto 4: La función del tiempo).

Si verdaderamente deseamos “despertar”, tomar consciencia de quienes somos y tomar el timón de nuestra existencia, debemos apostar por el “renacer” y esto tan sólo podemos hacerlo posible en el “presente”, en el “ahora”.

La referencia con la que he dado comienzo a este artículo, extraída de un Curso de Milagros, nos ayuda a tener conocimiento del poder que otorgamos al pasado y al futuro, en detrimento del valor que damos al presente. Al meditar sobre este tema, no he podido más que quedar rendido a una evidencia bastante reveladora: “dónde está el pasado… dónde está el futuro…”

Ambos conceptos del tiempo los hago consciente en el eterno presente, y ello significa, que ese momento “mágico”, al que no damos importancia, nos ofrece la oportunidad de “renacer”, de decidir qué hago con mi vida. Cada presente me otorga ese inmenso poder. En la intimidad de ese “ahora”, Yo soy el que decide. Yo decido si reviviré el dolor del pasado que me mantiene atado y prisionero de una irrealidad o por el contrario, decidiré renovar esa visión ilusoria y apostar por un presente lleno, pletórico, abundante de Amor. 

Si apuesto por esa decisión y me invito a hacer que cada presente sea una vivencia de Amor, conseguiré que, a lo que he llamado, de manera ilusoria, futuro, es decir, el presente de mañana, sea una realidad bien distinta, a la que sería si diese continuidad a lo que interpreté como pasado.

El pasado, o lo que es lo mismo, el presente de ayer, no debe convertirse en un tiempo muerto, pues su vivencia supuso un momento de crecimiento. Esa vivencia se convierte en la base de nuevos presentes y desde este punto de vista, cada presente se convierte en la mejor oportunidad para apostar por un crecimiento armonioso y saludable.

Desde este punto de vista, si en los cimientos de nuestro actual presente encontramos sentimientos de odio, rencor, miedo, culpa, el “ahora”, es el momento sagrado y decía, anteriormente, mágico, para decidir no seguir construyendo nuestra existencia sobre esos pilares. Cada momento presente, es una nueva oportunidad para renovarnos, para despertar del pesado sueño en el que creemos vivir separados de la verdadera personalidad sagrada. Si en nuestras relaciones humanas vemos a nuestros compañeros de ruta con la imagen de su pasado, no le estaremos dando la oportunidad de renovación implícita en cada nuevo presente. Nuestra proyección de esa creencia, de que el pasado y futuro es la única línea del tiempo posible, nos condicionará para no apreciar que cada presente podemos elevar nuestra condición humana, perdonándonos a nosotros mismos y por extensión a nuestros hermanos.

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