sábado, 6 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 340

LECCIÓN 340

Hoy puedo liberarme de todo sufrimiento.

1. Padre te doy las gracias por el día de hoy y por la libertad que estoy seguro me ha de brindar. 2Hoy es un día santo, pues hoy Tu Hijo será redimido. 3Su sufrimiento ha terminado. 4Pues él oirá Tu Voz exhortán­dole a que busque la visión de Cristo a través del perdón y se libere para siempre de todo sufrimiento. 5Gracias por el día de hoy, Padre mío. 6Vine a este mundo sólo para llegar a tener este día, así como la alegría y libertad que encierra para Tu santo Hijo y para el mundo que él fabricó, el cual hoy se libera junto con él.

2. ¡Regocíjate hoy! 2¡Regocíjate! 3Hoy no hay cabida para nada que no sea alegría y agradecimiento. 4Nuestro Padre ha redimido a Su Hijo en este día. 5Ni uno solo de nosotros dejará de salvarse hoy. 6No habrá nadie que no esté a salvo del miedo ni nadie a quien el Padre no acoja en Su regazo, despierto ahora en el Cielo, en el Corazón del Amor.


¿Qué me enseña esta lección?

El sufrimiento es el precio que tenemos que pagar por creer que nuestra identidad, nuestra realidad, pertenece al mundo físico y que estamos desconectados de nuestro verdadero Creador, Dios.

Aunque pongamos toda nuestra energía en mantener nuestras conquistas, la naturaleza del plano material, regida por la temporalidad, hace que esos esfuerzos sean inútiles. Por más que lo intentemos o deseemos disfrutar eternamente de lo material, nunca lo lograremos.

De esa vivencia lo que obtenemos es sufrimiento. Desde que llegamos a este mundo, nos preparan y educan para tener y poseer, creyendo que cuanto más acumulemos, más felices seremos. Pero esto no es cierto, y quienes guardan muchos bienes, si no logran desapegarse de ellos, lo pasan mal, porque se vuelven esclavos de sus posesiones. El miedo a perder lo que tienen, a que su potencial disminuya o les sea arrebatado, les impide hallar la paz y la tranquilidad..

La felicidad que les brindan sus posesiones es pasajera y fugaz. Al cumplir un deseo, enseguida se embarcan en la búsqueda de otros nuevos. En esta carrera, jamás llegan a un final.

Hoy es un día de alegría, porque dejar atrás el miedo nos abre las puertas del paraíso. Ser conscientes de lo que en verdad somos nos brinda la auténtica riqueza, la que dura para siempre y no se desgasta: el amor.

¿Qué puedo desear más? El amor lo es todo.


Ejemplo-Guía: "Ser"

No he encontrado un término más adecuado para describir el fin del sufrimiento.

El origen del sufrimiento está en el deseo de ser distintos a lo que realmente somos. Somos Espíritu, y ponerlo en palabras de este mundo, tan opuesto a nuestra esencia, no es sencillo. Pienso que, si lo que creemos ser no lo somos, entonces lo que en verdad somos es el Ser.

El cuerpo no es el Ser; el Ser es infinito. Es la manifestación de la Esencia Creadora que llamamos Padre o Dios.

Cuando realmente somos conscientes de lo que somos, el sufrimiento no tiene lugar en nuestra mente, ya que no encontramos motivo alguno para justificar ese efecto opuesto al Orden Cósmico.

El sufrimiento es una invención del ego, un efecto de la mente que ha decidido enfocarse en lo irreal, lo ilusorio y lo opuesto a la Verdad.

¿Se puede tener conciencia del Ser en este mundo irreal?

El mundo que hemos fabricado, al que el Curso llama mundo irreal, lo hemos comparado con el acto de soñar. En medio del sueño, no nos damos cuenta de que somos quienes lo soñamos, es decir, carecemos de consciencia de ser soñadores.

El Ser no es el soñador ni el sueño, ya que está más allá de lo irreal, pues el sueño en sí es irreal. Sin embargo, dentro de ese sueño, al ser conscientes de que somos quienes lo soñamos, podemos recordar a ese Ser, y a esto lo llamamos “percepción verdadera”. Es como reconocer que vivimos una experiencia de ser en un mundo que no nos pertenece, porque es un invento. Como si aceptáramos llevar un disfraz, sabiendo que ese disfraz no es lo que realmente somos.

UCDM, con relación a este tema, nos dice:

"Tú eres el soñador del mundo de los sueños. Éste no tiene ninguna otra causa, ni la tendrá jamás. Todo lo que aterrorizó al Hijo de Dios y le hizo pensar que había perdido su inocencia, repudiado a su Padre y entrado en guerra consigo mismo no es más que un sueño fútil. Mas ese sueño es tan temible y tan real en apariencia, que él no podría despertar a la realidad sin verse inundado por el frío sudor del terror y sin dar gritos de pánico, a menos que un sueño más dulce precediese su despertar y permi­tiese que su mente se calmara para poder acoger -no temer- la Voz que con amor lo llama a despertar; un sueño más dulce, en el que su sufrimiento cesa y en el que su hermano es su amigo. Dios dispuso que su despertar fuese dulce y jubiloso, y le pro­porcionó los medios para que pudiese despertar sin miedo" (T-27.VII.13:1-5).

Podemos percibir el sufrimiento en el mundo, pero, igualmente, podemos elegir no sufrir por ello. Esto tan solo es posible cuando decidimos creer que el sufrimiento no es real, sino que lo hacemos real en nuestra mente, aportándole credibilidad.


Reflexión: La creencia de que nuestra identidad es el cuerpo nos conduce al sufrimiento.

viernes, 5 de diciembre de 2025

Capítulo 25. I. El vínculo con la verdad (6ª parte).

I. El vínculo con la verdad (6ª parte).

6. El Espíritu Santo apoya el propósito de Cristo en tu mente, de forma que tu deseo de ser especial pueda ser corregido allí donde se encuentra el error. 2Debido a que Su propósito sigue siendo el mismo que el del Padre y el del Hijo, Él conoce la Voluntad de Dios, así como lo que tú realmente quieres. 3Pero esto sólo lo puede comprender la mente que se percibe a sí misma como una, y que, consciente de que es una, lo experi­menta así. 4La función del Espíritu Santo es enseñarte cómo expe­rimentar esta unicidad, qué tienes que hacer para experimentarla y adónde debes dirigirte para lograrlo.

El punto 6 profundiza en el papel del Espíritu Santo y la experiencia de la unicidad. Veamos, ¿cuál es su significado?

En primer lugar, Jesús nos dice que el Espíritu Santo corrige el deseo de ser especial. El texto dice que el Espíritu Santo apoya el propósito de Cristo en tu mente, ayudando a corregir el deseo de ser especial. En la visión del Curso, el “deseo de ser especial” es la raíz de la separación: el ego quiere ser diferente, único, separado de los demás y de Dios. El Espíritu Santo, en cambio, te guía hacia la experiencia de la unidad, donde no hay separación ni jerarquías.

Añade que el Espíritu Santo comparte el mismo propósito que el Padre y el Hijo (Cristo), por lo que conoce tanto la Voluntad de Dios como lo que tú realmente quieres en lo más profundo (la paz, el amor, la unidad). Solo una mente que se percibe a sí misma como una, y que experimenta esa unidad, puede realmente comprender y vivir esta verdad. Mientras la mente se vea separada, seguirá experimentando conflicto y deseo de especialidad.

La función del Espíritu Santo es enseñarte, paso a paso, cómo experimentar la unicidad:

Qué tienes que hacer:  Practicar el perdón, soltar el juicio, elegir la paz y la empatía.

Cómo experimentarla:  A través de la auto-observación, la meditación y el cambio de percepción (ver la unidad en vez de la separación).

Adónde dirigirte:  Hacia la experiencia interna de unidad, más allá de las apariencias externas.

¿Cómo podemos practicar y experimentar esto?

Prácticas concretas:

Pide guía al Espíritu Santo:  Antes de reaccionar ante un conflicto o una emoción de separación, haz una pausa y pide internamente:  “Espíritu Santo, ayúdame a ver esto con los ojos de la unidad.”

Observa el deseo de ser especial:  Cuando notes que quieres tener la razón, destacar o sentirte diferente, reconoce que es el ego buscando separación. No te juzgues, solo obsérvalo y elige de nuevo.

Ejercicios de unidad:  Dedica unos minutos al día a meditar en la idea:  “No estoy separado. Somos uno en Dios.”  Imagina que la luz que hay en ti es la misma que hay en todos.

Perdón y empatía:  Cuando surja un conflicto, recuerda que el otro y tú no están realmente separados. Practica el perdón y busca la empatía.

Resumiendo lo dicho, el Espíritu Santo es nuestra guía interna para sanar la percepción de separación y experimentar la unidad. Su función es ayudarnos a soltar el deseo de ser especial y a recordar que, en esencia, eres uno con todos y con Dios. Esta experiencia se cultiva con práctica diaria, auto-observación y apertura a la guía interna.

¿Qué significa pedir guía al Espíritu Santo?

Significa hacer una pausa, abrir tu mente y tu corazón, y pedir ayuda interna para ver la situación desde una perspectiva más elevada: la perspectiva de la unidad, la paz y el amor, en vez de la del ego (miedo, juicio, separación).

¿Cómo hacerlo en la práctica?

Haz una pausa consciente:  Antes de reaccionar automáticamente, detente un momento. Respira profundo.

Haz una petición interna sencilla: No necesitas palabras especiales. Puedes decir mentalmente frases como:

  • “Espíritu Santo, ayúdame a ver esto de otra manera.”
  • “Guíame para responder con amor.”
  • “Muéstrame la verdad en esta situación.”
  • “¿Qué haría el amor aquí?”

Escucha y observa:  Permanece abierto a una nueva percepción. Puede llegar como una idea, una sensación de paz, una intuición o simplemente el impulso de actuar de forma más compasiva.

Ejemplos en situaciones cotidianas:

Conflicto en el trabajo:  Antes de responder a un correo difícil o discutir con un compañero:

  • Haz una pausa y repite internamente:  “Espíritu Santo, ayúdame a ver a mi compañero con comprensión. Guíame para responder con paz.”

Discusión familiar:  Si surge una discusión en casa:

  • Respira y di mentalmente:  “Espíritu Santo, muéstrame la inocencia en mi familiar. Ayúdame a escuchar y no juzgar.”

Autocrítica o culpa:  Cuando te sientas mal contigo mismo:

  • Haz una pausa y pide: “Espíritu Santo, ayúdame a ver mi verdadera valía. Enséñame a perdonarme.”

Decisiones importantes:  Si tienes que tomar una decisión y te sientes inseguro:

  • Pregunta internamente:  “Espíritu Santo, ¿qué camino me lleva a la paz? Guíame hacia lo que es mejor para todos.”

Consejos para integrar la práctica:

  • Hazlo un hábito:  No solo en grandes problemas, sino en lo cotidiano: al conducir, al hacer compras, al hablar con desconocidos.
  • Confía en la respuesta:  A veces la guía se siente como calma, claridad o simplemente el deseo de no reaccionar impulsivamente.
  • Sé paciente:  Si no sientes una respuesta inmediata, confía en que la guía llegará en el momento adecuado.

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 339

LECCIÓN 339

Se me concederá todo lo que pida.

1. Nadie desea el dolor. 2Pero puede creer que el dolor es placer. 3Nadie quiere eludir su felicidad, 4mas puede creer que la dicha es algo doloroso, amenazante y peligroso. 5No hay nadie que no haya de recibir lo que pida. 6Pero puede estar ciertamente confun­dido con respecto a lo que quiere y al estado que quiere alcanzar. 7¿Qué podría pedir, pues, que al recibirlo aún lo siguiese dese­ando? 8Ha pedido lo que le asustará y le hará sufrir. 9Resolvamos hoy pedir lo que realmente deseamos, y sólo eso, de manera que podamos pasar este día libres de temor, y sin confundir el dolor con la alegría o el miedo con el amor.

2. Padre, Te ofrezco este día. 2Es un día en el que no haré nada por mi cuenta, sino que tan sólo oiré Tu Voz en todo lo que haga. Y así, Te pediré únicamente lo que Tú me ofreces y aceptaré únicamente los Pensamientos que Tú compartes conmigo.


¿Qué me enseña esta lección? 

Pedid y se os dará.
Podemos pedir, desde la visión separatista propia del ego. Esa visión se caracteriza por la percepción del miedo, del ataque, de la necesidad. Es una visión fundamentada en la escasez. Esto es así, al dar valor a la falsa creencia de que hemos sido expulsados del Edén y de que tenemos que ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente.

Desde este punto de vista, pedimos lo que ya tenemos, pero ignoramos que lo tenemos. Pedimos felicidad cuando llevamos el germen de la felicidad. Pedimos alegría cuando somos portadores de alegría. Pedimos abundancia, cuando la abundancia es nuestro estado natural. Pedimos amor, cuando somos Amor. Lo que ocurre es que no nos sentimos merecedores de ello, pues estamos convencidos de que somos pecadores y debemos ser castigados por ello, justificando el aprendizaje por la vía del rigor.

Tenemos la elección de pedir, desde la visión unificadora del Espíritu. Esta visión se caracteriza por la fuerza que emana de su fuente creadora, el Amor. Es una visión fundamentada en la visión de la plenitud y la abundancia. Esto es así, pues tenemos plena consciencia de que seguimos formando parte del Paraíso dispuesto por nuestro Padre.

Desde el punto de vista del Espíritu, simplemente expandimos nuestros atributos, nuestros valores, de modo que al compartirlo con el mundo, lo recibimos en abundancia. Pues recibimos aquello que damos. Damos felicidad y recibimos felicidad. Damos alegría y contagiamos esa alegría. Damos abundantemente y recibimos abundancia. Damos amor y recibimos, multiplicado, ese amor. Al ser conscientes de lo que somos, actuamos en concordancia con ello.

En la medida en que somos conscientes de nuestra realidad espiritual, nuestra tendencia se invertirá, y tendremos menos necesidad de pedir y más tendencia a dar.

Muchas veces, angustiados por las tensiones que se experimentan en el mundo terrenal, solicitamos bienes materiales o salud, pero, al hacerlo, dicha petición no va acompañada del gesto que favorezca que la solicitud se haga realidad. Por ejemplo, estamos pasando una situación de necesidad económica y ello nos lleva a pedir recibir recursos para hacer frente a esa difícil situación. La petición en sí misma es lícita, pero no podemos olvidarnos de que esa circunstancia de necesidad está estrechamente relacionada con nuestros pensamientos, los cuales nos llevan a pensar en términos de escasez. Si estamos dispuestos a ver las cosas de otra manera y decidimos dejar expresarse nuestra condición de abundancia, las circunstancias externas cambiarán y la petición que hemos realizado encontrará un terreno abonado para poder crecer.

Sería más adecuado pedir luz para poner fin a nuestros pensamientos de escasez. De este modo, nuestra abundancia se expresará de forma natural y dará lugar a circunstancias propicias para que gocemos de los recursos que sean necesarios.

Ejemplo-Guía: "Cuidado con lo que pides, pues se hace realidad".

La necesidad de pedir es otro mecanismo propio del sistema de pensamiento del ego. Antes de que nuestra mente fabricase la ilusión de la separación, no existía la percepción y, por lo tanto, la necesidad tampoco. ¿Cómo íbamos a sentir necesidad cuando formamos una unidad con nuestro Creador? ¿Acaso la criatura que gesta la madre en su vientre no recibe todo lo que precisa para su crecimiento?

La percepción de la escasez es fruto de la visión ilusoria del mundo que percibimos.

Si Dios, nuestro Hacedor, no ha creado el mundo que vemos, ¿cómo va a responder a las peticiones que le hacemos desde nuestra conciencia egoica? Si lo hacemos, lo que estamos reconociendo es que la autoría de este mundo y de las cosas que en él nos suceden les pertenece. Es como decirle: "Sí, Padre, sé que soy un pecador y que soy merecedor de este castigo. Líbrame de él".

Cuánta culpa y cuánto miedo hay encerrado en esa petición.

El desconocimiento de lo que realmente somos nos lleva a pensar en esos términos de victimismo. 

Sí, el mensaje del título del ejemplo de hoy no es ninguna amenaza, sino una certeza. Ya hemos tenido ocasión de hablar en otra lección de que el deseo nos lleva a creer en lo que deseamos y esa creencia, a su vez, nos lleva a ver el mundo a imagen y semejanza de nuestros deseos. Cada deseo que tenemos se convierte en una percepción que animará a nuestra conciencia, aportándonos una experiencia de lo deseado. En este sentido, el mundo que vemos y percibimos es el fruto de nuestros deseos.

Entonces, ¿por qué no experimento la riqueza cuando la deseo? 

Tal y como hemos dicho, el deseo es el "padre" del mundo que vemos, el mundo de la separación y de la escasez. En el Cielo, nuestro verdadero Hogar, la fuerza creadora no es el deseo, sino la Voluntad, cuya cualidad espiritual es la Unidad. Mientras que la Voluntad nos lleva a crear, el deseo nos lleva a fabricar. La creación da como fruto lo real, mientras que el deseo da como fruto la ilusión.

El deseo nos mostrará un mundo ilusorio acorde con su estado, es decir, el de la necesidad y de la escasez. Si realmente somos el Hijo de Dios, Abundantes y Plenos, ¿cómo vamos a pedir lo que ya somos? Cuando el deseo nos moviliza a pedir riqueza y abundancia, lo está haciendo en su nivel de creencia, esto es, desde la necesidad, por lo que recibiremos y veremos necesidad. Es decir, conseguimos el efecto contrario a lo que deseamos, pues la semilla que estamos sembrando tiene esas características.

Si en vez de desear lo que no tenemos, deseamos dar y compartir lo que tenemos, nuestra abundancia, nuestra plenitud, el fruto de ese deseo será recibir lo que hemos dado.

Tal vez te estés diciendo: "¿Cómo vamos a dar, si no tenemos?". Con esta cuestión, perpetuamos el error, pues la "abundancia" no es un valor externo, sino un estado de nuestra mente. Si piensas que eres un ser separado del resto de la creación, no verás tu abundancia. Si crees que eres un ser unido al resto por Filiación Divina, ¿qué más necesitas, cuando lo tienes todo? 

Reflexión: La abundancia y la escasez son pensamientos.

jueves, 4 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 338

LECCIÓN 338

Sólo mis propios pensamientos pueden afectarme.

1. Con este pensamiento basta para dejar que la salvación arribe a todo el mundo. 2Pues es el pensamiento mediante el cual todo el mundo por fin se libera del miedo. 3Ahora cada uno ha aprendido que nadie puede atemorizarlo, y que nada puede amenazar su seguridad. 4No tiene enemigos, y está a salvo de todas las cosas externas. 5Sus pensamientos pueden asustarlo, pero, puesto que son sus propios pensamientos, él tiene el poder de cambiarlos sustituyendo cada pensamiento de miedo por un pensamiento feliz de amor. 6Se crucificó a sí mismo. 7Sin embargo, Dios planeó que Su Hijo bienamado fuese redimido.

2. Padre mío, sólo Tu plan es infalible. 2Todos los demás fracasarán. 3tendré pensamientos que me asustarán hasta que aprenda que Tú ya me has dado el único Pensamiento que me conduce a la salvación. Sólo mis propios pensamientos fracasarán, y no me llevarán ninguna parte. 5Mas el Pensamiento que Tú me diste promete conducirme a mi hogar, porque en él reside la promesa que Tú le hiciste a Tu Hijo.


¿Qué me enseña esta lección? 

Hemos sido creados a Imagen y Semejanza de nuestro Creador, lo que significa que somos portadores, a nivel potencial, de Sus mismos atributos.

Dios nos ha creado expandiendo Su Mente, por lo que podemos decir que somos fruto de Su Pensamiento.

En verdad, el Hijo de Dios ha seguido ese mismo patrón creador, en la medida en que todo cuanto ha fabricado en este mundo tridimensional encuentra su origen en el pensamiento.

El arquitecto empieza a diseñar su futura construcción a partir de una idea, que va tomando fuerza con el aporte de la emoción y los deseos. Decimos: "Me gusta la idea, me encanta el proyecto". De la combinación de la idea original y el deseo nace la proyección en el plano, configurando el diseño. En esta etapa, el proyecto se convierte en el anticipo teórico de lo que será la construcción.

Llegados a este punto, podríamos decir que el creador expande su pensamiento al dar forma a la imagen de lo ideado. Hasta entonces, la obra sigue siendo parte de él. Pienso en esto porque me recuerda a lo que vivió el Hijo de Dios antes de separarse o sentir que se separaba de su Creador. La obra, el hijo, aún habita en su pensamiento, el cual desarrolla la capacidad de proyectarse en una imagen (no tangible), en un diseño.

El arquitecto decide alcanzar el siguiente paso: dar forma material a su idea. Podría haberse conformado con la experiencia aportada por el diseño, pero la construcción le permitirá conocer si lo que imaginó, si lo diseñado, es correcto o tiene fallos. Es decir, decide experimentar para confirmar que sus pensamientos eran correctos.

Esa última decisión ha sido interpretada por el Hijo de Dios como pecado y con ello podríamos entender que tal decisión le llevó a no conformarse con la enseñanza teórica, sino que apostó por corroborar que la enseñanza era correcta. Es evidente que no era necesaria tal demostración, pero esa fue la aportación del Hijo de Dios: hacer tangible y al mismo tiempo temporal la evidencia de la verdad.

Con todo ello, trato de testimoniar a favor de la afirmación: Todo lo creado a nivel material responde a un pensamiento.

Es nuestra elección que una cuestión nos afecte o no. Es nuestra elección, siempre, ver las cosas de una manera u otra. Yo elijo ver la que me aporte felicidad y alegría.


Ejemplo-Guía: "¿Somos conscientes de que fabricamos nuestra realidad con nuestros pensamientos?

Lo planteo como una pregunta, pues la respuesta nos revelará nuestro nivel de conciencia en lo referente a la implicación en los acontecimientos que nos ocurren, en lo que llamamos vida.

A veces creemos que lo que nos sucede es producto del azar o la casualidad. Jamás aceptaríamos que, especialmente cuando la experiencia es negativa, la causa pueda estar en nosotros mismos. Nos repetimos: las cosas pasan porque así tiene que ser. Esta es la visión que nos ofrece el sistema de pensamiento del ego, sustentado en la percepción y en la separación entre causas y efectos.

¿Quién nos obliga a creer una cosa u otra? Me he hecho esta pregunta tantas veces. Es una idea que me resulta profundamente atractiva, quizá porque siempre he sentido que el ser humano es el único creador del mundo que percibe.


Si pudiéramos mantener la conciencia despierta de forma constante, siguiendo los efectos que provocan nuestros pensamientos desde que surgen hasta que se transforman en experiencia, como lo haría un diseñador o un arquitecto, quizá no nos quedaría más opción que aceptar que todos nuestros pensamientos, emociones y sentimientos poseen un enorme poder creador que se manifiesta en distintos niveles. 
Se podría decir que, así como un edificio es la imagen cristalizada de la idea concebida por un arquitecto, nuestras percepciones y experiencias son manifestaciones proyectadas por nuestra mente. En este sentido, las enseñanzas de UCDM señalan que lo que vemos es lo que deseamos, y deseamos aquello en lo que creemos.

¿De qué nos sirve saber que participamos plenamente en cada experiencia que vivimos? ¿Cómo actuaremos al ser conscientes de que solo nuestros propios pensamientos pueden afectarnos?

¿Nos libraríamos del miedo? ¿Nos libraríamos de la culpa? ¿Dejaríamos de atacar para protegernos? ¿Dejaríamos de sufrir? ¿Dejaríamos de condenar?

Seguro que muchos os identificaréis con la siguiente experiencia:

"M es el marido de F, y lleva una vida feliz con su pareja, pero desde hace un tiempo acá, viene observando un comportamiento extraño en ella. En su imaginación, M no puede evitar que le surja la duda. Lo primero que piensa es que su compañera le está ocultando algo y que todo ese extraño comportamiento se debe a que lo está engañando.
A M le resulta incómodo tener esos pensamientos, pero no puede evitarlo. Con cada gesto de F, sus dudas se acrecientan. No se atreve a decirle nada por no dar muestra de ser un desaprensivo. En ese momento recuerda que siempre ha defendido que nunca ha sentido celos, pero aquella situación era la evidencia de que estaba ocultando su debilidad emocional. Se siente mal y prefiere evitar esa conversación aclaratoria. Decidió finalmente guardar silencio y seguir recreándose en los pensamientos que cada vez le producían más dolor.
Al día siguiente, F sorprende a M con una fiesta sorpresa. Durante los últimos días, todos sus extraños gestos respondían a acciones con el único propósito de preparar aquella muestra afectiva. Cuando M toma consciencia de que todo cuanto había vivido en los últimos días respondía a una fabricación, a una invención de su mente, decidió tomar buena nota para no volver a vivir un error semejante".

Todos nos enfrentamos, a diario, a los efectos de nuestros pensamientos. En estos momentos, tú y yo lo estamos haciendo. Si te paras un momento y te centras en lo que piensas, te darás cuenta de ello.

Nuestra mente siempre está activa y gran parte de su potencial sigue siendo un misterio. Estamos aprendiendo a usarla, y por mi experiencia sé que la paciencia es clave en ese proceso. Algo que me ayuda en los momentos más intensos es entregar al Espíritu Santo la situación que percibo, para que me permita verla con la Visión Crística. Así, dejo de lado la habitual perspectiva del ego, que se resiste con todas sus fuerzas a perder el control. Es la elección de hacer una pausa y guardar silencio.


¿Cómo enseñamos a un niño a caminar? Dejándolo dar sus primeros pasos. Pronto será capaz de mantenerse erguido y caminar con confianza.

Reflexión: El enemigo es creado por nuestros pensamientos.

Capítulo 25. I. El vínculo con la verdad (5ª parte).

I. El vínculo con la verdad (5ª parte).

5. Puesto que crees estar separado, el Cielo se presenta ante ti como algo separado también. 2No es que lo esté realmente, sino que se presenta así a fin de que el vínculo que se te ha dado para que te unas a la verdad pueda llegar hasta ti a través de lo que entiendes. 3El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Uno, de la misma manera en que todos tus hermanos están unidos en la verdad cual uno. 4Cristo y Su Padre jamás han estado separados, y Cristo mora en tu entendimiento, en aquella parte de ti que comparte la Voluntad de Su Padre. 5El Espíritu Santo es el vín­culo entre la otra parte -el demente y absurdo deseo de estar separado, de ser diferente y especial- y el Cristo, para hacer que la unicidad* le resulte clara a lo que es realmente uno. 6En este mundo esto no se entiende, pero se puede enseñar.

Con respecto a la percepción de separación, Jesús nos confirma en este punto que, debido a la creencia en la separación, incluso el Cielo se percibe como algo separado. Sin embargo, aclara que esto es solo una apariencia, una adaptación para que el vínculo con la verdad pueda llegar a ti de una forma comprensible.

¿Cómo entender que el Cielo se presenta como algo separado por la creencia en la separación?

Este punto del texto de UCDM puede parecer abstracto, pero tiene una lógica espiritual muy profunda. Según el Curso, la mente humana, influida por el ego, cree estar separada de Dios, de los demás y de su verdadera esencia. Esta creencia de separación es tan fuerte que incluso las realidades espirituales (como el Cielo, Dios, la Unidad) se perciben como “algo aparte”, lejano o externo.

Pero el Cielo no está realmente separado. El texto aclara que el Cielo (la experiencia de unidad, paz y amor absoluto) no está separado en realidad. La separación es solo una apariencia, una ilusión creada por la mente para poder comprender y relacionarse con algo que, en verdad, es completamente uno y unido.

El Curso dice que esta “apariencia de separación” es una adaptación pedagógica. Se presenta así para que el vínculo con la verdad pueda llegar a nosotros de una forma que podamos entender. Es decir, como estamos acostumbrados a pensar en términos de “yo aquí, Dios allá”, el mensaje espiritual se adapta a nuestro nivel de comprensión.

El propósito de esta adaptación no es perpetuar la separación, sino usarla como punto de partida para que, poco a poco, podamos ir reconociendo la unidad que siempre ha existido. El Espíritu Santo utiliza nuestra manera de entender el mundo para guiarnos hacia la verdad de la unidad. Es como si un maestro explicara conceptos complejos usando ejemplos sencillos, para que el alumno pueda comprenderlos.

A medida que avanzamos en la práctica espiritual, empezamos a darnos cuenta de que el Cielo no es un lugar externo, sino un estado de conciencia, una experiencia de unidad que ya está en nosotros.

Siguiendo con el análisis del punto 5, diremos que se enfatiza que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Uno, igual que todos los hermanos están unidos en la verdad. La separación es una ilusión; la verdadera naturaleza es la unidad.

Jesús nos dice en este mensaje que Cristo nunca ha estado separado de Su Padre y mora en nuestro entendimiento, en la parte de nosotros que comparte la Voluntad divina. Esto sugiere que la verdadera identidad espiritual está en la unión con la Voluntad de Dios.

Con respecto al Espíritu Santo, nos dice que actúa como puente entre el deseo de separación (el ego, la especialidad) y el Cristo (la unidad). Su función es hacer clara la unicidad para la mente, que realmente es una.

Para sellar el contenido de esta magnífica aportación, Jesús nos dice que, aunque esta verdad no se comprende fácilmente en el mundo, puede enseñarse y practicarse.

¿Cómo podemos enseñar y practicar la verdad de la unidad?

Enseñando con el ejemplo:

Viviendo la unidad:  Cuando eliges ver a los demás como parte de ti, sin juzgar ni separar, enseñas con tu actitud. La paz, la empatía y la compasión inspiran a otros a hacer lo mismo.

Perdonando:  El perdón es una forma práctica de enseñar la unidad, porque al perdonar reconoces que lo que parecía separaros (el error, el conflicto) no es real ni definitivo.

Con prácticas personales:

Meditación y oración:  Dedica unos minutos al día a meditar sobre la idea de la unidad. Por ejemplo, repite internamente:  “Somos uno en Dios. No hay separación.”

Afirmaciones diarias:  Usa frases como:  “Elijo ver la unidad en todos mis hermanos.” “La separación es solo una ilusión.”

Auto-observación: Observa tus pensamientos y emociones. Cuando notes que te sientes separado, especial o diferente, recuérdate que esa percepción es solo una etapa y pide ayuda interna para ver la unidad.

Practicando en las relaciones:

Ver más allá del cuerpo:  Cuando interactúes con alguien, especialmente si surge conflicto, intenta ver su esencia espiritual, no solo su personalidad o acciones.

Escucha activa y empatía:  Escuchar de verdad, sin juzgar, es una forma de practicar la unidad.

Bendecir mentalmente:  Puedes practicar bendecir internamente a cada persona que encuentres, recordando que ambos comparten la misma esencia.

Compartiendo el mensaje:

Hablar desde la experiencia:  Si surge la oportunidad, comparte con otros cómo te ha ayudado practicar la visión de unidad. No se trata de convencer, sino de compartir vivencias.

Recomendar lecturas o ejercicios:  Puedes sugerir textos, meditaciones o ejercicios que a ti te hayan servido.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 337

LECCIÓN 337

Mi impecabilidad me protege de todo daño.

1. Mi impecabilidad garantiza mi perfecta paz, mi eterna seguri­dad y mi amor, imperecedero; me mantiene eternamente a salvo de cualquier pensamiento de pérdida y me libera completamente del sufrimiento. 2Mi estado sólo puede ser uno de felicidad, pues eso es lo único que se me da. 3¿Qué debo hacer para saber que todo esto me pertenece? 4Debo aceptar la Expiación para mí mismo, y nada más. 5Dios ha hecho ya todo lo que se tenía que hacer. 6lo que tengo que aprender es a no hacer nada por mi cuenta, pues sólo necesito aceptar mi Ser, mi impecabilidad, la cual se creó para mí y ya es mía, para sentir el Amor de Dios protegiéndome de todo daño, para entender que mi Padre ama a Su Hijo y para saber que soy el Hijo que mi Padre ama.

2. Tú que me creaste en la impecabilidad no puedes estar equivocado con respecto a lo que soy. 2Era yo quien estaba equivocado al pensar que había pecado, pero ahora acepto la Expiación para mí mismo. 3Padre, mi sueño termina ahora. 4Amén.



¿Qué me enseña esta lección? 

El camino que eligió el Hijo de Dios lo llevó a pensar que su acto de voluntad fue un pecado, hasta el punto de acoger en su mente la falsa idea de que Dios lo había expulsado del Paraíso creado para él.
 
Desde aquel "instante" hasta hoy, el alma humana ha ido acumulando experiencias gracias a su contacto con el mundo de las formas, lo que le ha permitido aprender a utilizar de manera adecuada las energías con las que fue creada.
Esas energías estaban, al principio, en estado potencial.

El correcto uso del pensamiento y de los sentimientos es un logro adquirido por la vía del rigor, entendiendo esta vía como la vía de la "separación" con el Creador.
 
El tramo final de ese largo recorrido nos sitúa en disposición de descubrir nuestra individualidad y, al mismo tiempo, de reconocer que la Unidad es la suma de todas las individualidades.
 
Del mismo modo, ese final de trayecto nos permite reconocer la realidad que somos. En este sentido, estamos en condiciones de afirmar que no somos un cuerpo físico y que nuestra identidad no es material y transitoria, sino espiritual y eterna. 
 
Esa percepción auténtica de nuestro ser nos recuerda que el pecado fue una invención del Hijo de Dios, quien en su origen decidió usar los atributos con los que había sido creado. El camino recorrido por el Hijo de Dios lo lleva a la verdad que le abre la puerta a la salvación: somos inocentes e impecables, uno con Dios.
 
Podríamos imaginar y viajar con la mente a ese instante antes de la separación, cuando éramos uno con nuestro Creador. En ese estado, nos veríamos como parte de un Todo (Filiación), sin identidad propia ni individualizada. Libres de toda limitación; sin cuerpo; eternos; plenos. Rodeados de una paz inmensa.
 
Volver a ese Estado no es un retroceso ni un retorno, ya que de ser así estaría sujeto al tiempo. Ser inocente y ser impecable es reconocer que somos Hijos de Dios, o lo que es igual, Dioses en formación. La diferencia está en el Estado Consciente, y ese despertar ocurre realmente en el instante presente y eterno.


Ejemplo-Guía: "La verdad se restituye en ti al tú desearla".

No lo recordamos, pero han sido nuestros deseos los que nos han alejado de la verdad.

La verdad no brillará nuevamente en nuestra conciencia hasta que renovemos nuestras creencias, que nos mantienen atados a una falsa realidad.

Para abordar el tema de la lección que estamos analizando, me gustaría compartir el apartado VIII del Capítulo 20 del Curso, titulado "La visión de la impecabilidad":

"1. Al principio, la visión te llegará en forma de atisbos, pero eso bastará para mostrarte lo que se te concede a ti que ves a tu her­mano libre de pecado. 2La verdad se restituye en ti al tú desearla, tal como la perdiste al desear otra cosa. 3Abre las puertas del santo lugar que cerraste al haber valorado ésa "otra cosa", y lo que nunca estuvo perdido regresará calladamente. 4Ha sido sal­vaguardado para ti. 5La visión no sería necesaria si no se hubiese concebido la idea de juzgar. 6Desea ahora que ésta sea eliminada completamente y así se hará" (T-20:VIII.1:1-6).

"2. ¿Deseas conocer tu Identidad? 2¿No intercambiarías gustosa­mente tus dudas por la certeza? 3¿No estarías dispuesto a estar libre de toda aflicción y aprender de nuevo lo que es la dicha? 4Tu relación santa te ofrece todo esto. 5Tal como se te dio, así también se te darán sus efectos. 6Y del mismo modo en que no fuiste tú quien concibió su santo propósito, tampoco fuiste tú quien concibió los medios para lograr su feliz desenlace. 7Regocíjate de poder disponer de lo que es tuyo sólo con pedirlo, y no pienses que tienes que ser tú quien debe concebir los medios o el fin. 8Todo ello se te da a ti que quieres ver a tu hermano libre de pecado. 9Todo ello se te da, y sólo espera a que desees recibirlo. 10La visión se le otorga libremente a todo aquel que pide ver" (T-20:VIII.2:1-10).

"3. La impecabilidad de tu hermano se te muestra en una luz bri­llante, para que la veas con la visión del Espíritu Santo y para que te regocijes con ella junto con Él. 2Pues la paz vendrá a todos aquellos que la pidan de todo corazón y sean sinceros en cuanto al propósito que comparten con el Espíritu Santo, y de un mismo sentir con Él con respecto a lo que es la salvación. 3Estáte dis­puesto, pues, a ver a tu hermano libre de pecado, para que Cristo pueda aparecer ante tu vista y colmarte de felicidad. 4Y no le otorgues ningún valor al cuerpo de tu hermano, el cual no hace sino condenarlo a fantasías de lo que él es. 5Él desea ver su impe­cabilidad, tal como tú deseas ver la tuya. 6Bendice al Hijo de Dios en tu relación, y no veas en él lo que tú has hecho de él" (T-20:VIII.3:1-16). 

"4. El Espíritu Santo garantiza que lo que Dios dispuso para ti y te concedió, será tuyo. 2Este es tu propósito ahora, y la visión que hace que sea posible sólo espera a que la recibas. 3Ya dispones de la visión que te permite no ver el cuerpo. 4Y al contemplar a tu hermano verás en él un altar a tu Padre tan santo como el Cielo, refulgiendo con radiante pureza y con el destello de las deslum­brantes azucenas que allí depositaste. 5¿Qué otra cosa podría tener más valor para ti? 6¿Por qué piensas que el cuerpo es un mejor hogar, un albergue más seguro para el Hijo de Dios? 7¿Por qué preferirías ver el cuerpo en vez de la verdad? 8¿Cómo es posible que esa máquina de destrucción sea lo que prefieres y lo que eliges para reemplazar el santo hogar que te ofrece el Espí­ritu Santo, y donde Él morará contigo?" (T-20:VIII.4:1-8).

"5. El cuerpo es el signo de la debilidad, de la vulnerabilidad y de la pérdida de poder. 2¿Qué ayuda te puede prestar un salvador así? 3¿Le pedirías ayuda a un desvalido en momentos de angustia y de necesidad? 4¿Es lo infinitamente pequeño la mejor alterna­tiva a la que recurrir en busca de fortaleza? 5Tus juicios parecerán debilitar a tu salvador. 6Mas eres tú quien tiene necesidad de su fortaleza. 7No hay problema, acontecimiento, situación o perple­jidad que la visión no pueda resolver. 8Todo queda redimido cuando se ve a través de la visión. 9Pues no es tu visión, y trae consigo las amadas leyes de Aquel Cuya visión es" (T-20:VIII.5:1-9).

""6. Todo lo que se contempla a través de la visión cae suavemente en su sitio, de acuerdo con las leyes que Su serena y certera mirada le brinda. 2La finalidad de todo lo que Él contempla es siempre indudable: 3Pues servirá a Su propósito, que se verá sin ajuste alguno y perfectamente adaptado al mismo: 4Bajo Su bon­dadosa mirada, lo destructivo se vuelve benigno y el pecado se convierte en una bendición. 5¿Qué poder tienen los ojos del cuerpo para corregir lo que perciben? 6Los ojos del cuerpo se ajustan al pecado, pues son incapaces de pasarlo por alto en nin­guna de sus formas, al verlo por todas partes y en todas las cosas. 7Mira a través de sus ojos, y todo quedará condenado ante ti. 8Y jamás podrás ver todo lo que te podría salvar. 9Tu santa relación, la fuente de tu salvación, queda desprovista de todo significado, y su más santo propósito desposeído de los medios para su con­secución" (T-20:VIII.6:1-9).

"7. Los juicios no son sino juguetes, caprichos, instrumentos insen­satos para jugar al juego fútil de la muerte en tu imaginación: 2La visión, en cambio, enmienda todas las cosas y las pone dulce­mente bajo el tierno dominio de las leyes del Cielo. 3¿Qué pasaría si reconocieses que este mundo es tan sólo una alucinación? 4¿O si realmente entendieses que fuiste tú quien lo inventó? 5¿Y qué pasaría si te dieses cuenta de que los que parecen deambular por él, para pecar y morir, atacar, asesinar y destruirse a sí mismos son totalmente irreales? 6¿Podrías tener fe en lo que ves si acepta­ses esto? 7¿Y lo verías?" (T-20:VIII.7:1-7).

"8. Las alucinaciones desaparecen cuando se reconocen como lo que son. 2Ésa es la cura y el remedio: 3No creas en ellas, y desapa­recen. 4Lo único que necesitas reconocer es que todo ello es tu propia fabricación. 5Una vez que aceptas este simple hecho y recuperas el poder que les habías otorgado, te liberas de ellas. 6Pero de esto no hay duda: las alucinaciones tienen un propósito, y cuando dejan de tenerlo, desaparecen: 7La pregunta, por lo tanto, no es nunca si las deseas o no, sino si deseas el propósito que apoyan. 8Este mundo parece tener muchos propósitos, todos ellos diferentes entre sí y con diferentes valores. 9Sin embargo, son todos el mismo. 10Una vez más, no hay grados, sino sólo una aparente jerarquía de valores" (T-20:VIII.8:1-9).

"9. Sólo dos propósitos son posibles: 2el pecado y la santidad. 3No existe nada entremedias, y el que elijas determinará lo que veas. 4Pues lo que ves simplemente demuestra cómo has elegido alcan­zar tu objetivo. 5Las alucinaciones sirven para alcanzar el objetivo de la locura. 6Son el medio a través del cual el mundo externo, proyectado desde adentro, se ajusta al pecado y parece dar fe de su realidad. 7Aún sigue siendo cierto, no obstante, que no hay nada afuera. 8Sin embargo, es sobre esta nada donde se lanzan todas las proyecciones. 9Pues es la proyección la que le confiere a la "nada" todo el significado que parece tener" (T-20:VIII.9:1-9). 

"10. Lo que carece de significado no puede ser percibido. 2Y el sig­nificado siempre busca dentro de sí para encontrar significado, y luego mira hacia afuera. 3Todo el significado que tú le confieres al mundo externo tiene que reflejar, por lo tanto, lo que viste dentro de ti, o mejor dicho, si es que realmente viste o simplemente emi­tiste un juicio en contra de lo que viste. 4La visión es el medio a través del cual el Espíritu Santo transforma tus pesadillas en sue­ños felices y reemplaza tus dementes alucinaciones -que te muestran las terribles consecuencias de pecados imaginarios- ­por plácidos y reconfortantes paisajes. 5Estos plácidos paisajes y sonidos se ven con agrado y se oyen con alegría. 6Son Sus susti­tutos para todos los aterradores panoramas y pavorosos sonidos que el propósito del ego le trajo a tu horrorizada conciencia. 7Ellos te alejan del pecado y te recuerdan que no es la realidad lo que te asusta, y que los errores que cometiste se pueden corregir" (T-20:VIII.10:1-7). 

"11. Cuando hayas contemplado lo que parecía infundir terror y lo hayas visto transformarse en paisajes de paz y hermosura, cuando hayas presenciado escenas de violencia y de muerte y las hayas visto convertirse en serenos panoramas de jardines bajo cielos despejados, con aguas diáfanas, portadoras de vida, que corren felizmente por ellos en arroyuelos danzantes que nunca se secan, ¿qué necesidad habrá de persuadirte para que aceptes el don de la visión? 2Y una vez que la visión se haya alcanzado, ¿quién podría rehusar lo que necesariamente ha de venir des­pués? 3Piensa sólo en esto por un instante: puedes contemplar la santidad que Dios le dio a Su Hijo. 4Y nunca jamás tendrás que pensar que hay algo más que puedas ver" (T-20:VIII.11:1-4).

Reflexión: El verdadero Ser no puede pecar. 

Capítulo 25. I. El vínculo con la verdad (4ª parte).

I. El vínculo con la verdad (4ª parte).

4. Tú eres el medio para llegar a Dios; no estás separado ni tienes una vida aparte de la Suya. 2Su Vida se pone de manifiesto en ti que eres Su Hijo. 3Cada uno de Sus aspectos está enmarcado en santidad y pureza perfectas, y en un amor celestial tan absoluto que sólo anhela liberar todo lo que contempla para que se una a él. 4Su resplandor brilla a través de cada cuerpo que contempla, y lleva toda la oscuridad de éstos ante la luz al mirar simplemente más allá de ella hacia la luz. 5El velo se descorre mediante su ternura y nada oculta la faz de Cristo de los que la contemplan. 6Tu hermano y tú os encontráis ante Él ahora, para dejar que Él descorra el velo que parece manteneros separados y aparte.

En este pasaje, Jesús nos invita a realizar una profunda reflexión para reconocer tu unidad con Dios y con tu hermano, y a permitir que la percepción espiritual revele la verdad que siempre ha estado presente.

¿Qué nos enseña este punto?

Eres el medio, no el obstáculo:  No estás separado de Dios; eres el canal por el cual Su Vida se manifiesta. Tu existencia no es autónoma ni aislada, sino una extensión de Su Ser.

La santidad está en ti y en todos:  Cada aspecto de Dios -incluido tú- está envuelto en santidad, pureza y amor absoluto. Este amor no juzga ni retiene: libera todo lo que contempla.

Ver más allá del cuerpo:  El resplandor de Dios no se detiene ante la forma física. Mira a través del cuerpo hacia la luz que hay detrás. La oscuridad no puede resistir la ternura de Su mirada.

El velo de la separación se descorre:  La ilusión de estar separados se disuelve cuando permites que el Cristo en ti contemple al Cristo en tu hermano. En ese instante, ambos estáis ante Él, unidos, sin barreras.

Aplicación diaria del pasaje:

Recuerda que eres el medio, no el fin:  Cada vez que te sientas separado, limitado o confundido, repite:

“Soy el medio por el cual Dios se expresa. No estoy separado de Su Vida.”

Esto te ayuda a reconectar con tu propósito espiritual.

Contempla la santidad en los demás:  Cuando veas a alguien, especialmente si surge juicio o molestia, di internamente:

“Tu santidad revela el Cristo en mí. Somos uno en Dios.”

Este acto transforma tu percepción y disuelve el velo de separación.

Practica la ternura como herramienta espiritual:  En tus relaciones, elige responder con ternura, incluso cuando el ego quiera reaccionar.

La ternura descorre el velo que impide ver la luz en el otro.

Haz de cada encuentro una oportunidad de unión:  Antes de una conversación, reunión o encuentro, establece esta intención:

“Permito que el Cristo en mí contemple al Cristo en ti.”

Esto convierte lo cotidiano en sagrado.

Meditación breve: “Ante Él ahora” (5 min):  Siéntate en silencio y visualiza a ti y a tu hermano (puede ser alguien cercano o simbólico) ante la luz de Cristo.

Repite:  “El velo se descorre. No hay separación. Somos uno en Su Luz.”

Afirmación para el día:  “Su Vida se manifiesta en mí. Hoy elijo ver con Su mirada”.

Puedes escribirla y llevarla contigo, o repetirla cada vez que te sientas desconectado.

martes, 2 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 336

LECCIÓN 336

El perdón me enseña que todas las mentes están unidas.

1. El perdón es el medio a través del cual a la percepción le llega su fin. 2El conocimiento es restituido una vez que la percepción ha sido transformada y ha dado paso enteramente a lo que por siempre ha de estar más allá de su más elevado alcance. 3Pues las imágenes y los sonidos tan sólo pueden servir, en el mejor de los casos, para evocar el recuerdo que yace tras todos ellos. 4El per­dón elimina las distorsiones y revela el altar a la verdad que se hallaba oculto. 5Sus blancas azucenas refulgen en la mente, y la instan a regresar y a mirar en su interior para encontrar lo que en vano ha buscado afuera. 6Pues ahí, y sólo ahí, se restaura la paz interior, al ser la morada de Dios Mismo.

2. Que el perdón elimine en la quietud mis sueños de separación y de pecado. 2Y que entonces pueda mirar, Padre, en mi interior y descubrir que Tu promesa de que en mí no hay pecado es verdad; que Tu Palabra permanece inalterada en mi mente y que Tu Amor reside todavía en mi corazón.



¿Qué me enseña esta lección? 


Estamos atrapados en el recuerdo de nuestro pasado, un pasado en el que emitimos un juicio condenatorio sobre nuestra decisión de usar nuestra capacidad creadora con libre albedrío. A ese gesto de independencia y autonomía lo llamamos pecado, interpretándolo como un acto contrario a la Voluntad de nuestro Padre..

A partir de ese juicio condenatorio, llegamos a creer que estamos separados de nuestro Creador, a quien hemos ofendido con nuestra acción creadora. Comer del fruto del árbol prohibido es una metáfora que nos habla sobre cómo usamos nuestro poder creador.

Optar por aprender por iniciativa propia, en lugar de mantenernos conectados a la Fuente de nuestra Creación, nos ha llevado a crear nuestro propio código de aprendizaje, basado en la necesidad de experimentar mediante la percepción.

La forma en que percibimos está muy ligada a nuestro pasado, ya que cada estímulo que reciben nuestros sentidos despierta recuerdos de experiencias similares. Así, actuar por cuenta propia puede hacernos sentir merecedores de castigo, sufrimiento o dolor, porque hacerlo sin la aprobación de nuestro Padre nos lleva a pensar en la transgresión y el pecado, y estos solo se redimen a través del castigo.

Todo cambia cuando dejamos de identificarnos con el pecado y la idea de separación. Todo cambia cuando abrimos nuestra mente al perdón y al amor. Al perdonar nuestros errores pasados, nos limpiamos, nos purificamos y recuperamos la inocencia original, poniendo fin al aprendizaje basado en la percepción. Así, al actuar, no reforzaremos la falsa creencia de que estamos quebrantando las Leyes del Creador.

Recuperar la visión de la Unidad y la Impecabilidad es la verdadera función del perdón. En el fondo, lo que hacemos es tomar conciencia de nuestra naturaleza divina.
Amén.

Ejemplo-Guía: "Cuando perdonamos, estamos recordando nuestro origen".

La enseñanza que nos brinda el Curso sobre el perdón revela un aspecto que va más allá del significado habitual, tomando como referencia el sistema de pensamiento del ego.

Siempre he pensado que perdonar es la respuesta que damos cuando hemos juzgado un acto como incorrecto. Esta postura nos hace creer, de forma equivocada, que estamos en una posición de superioridad frente a quien ha actuado mal. Ese sentimiento de superioridad, basado en nuestra supuesta autoridad moral, nos lleva a “perdonar” al otro por los errores cometidos.

Cuando actuamos así, en realidad estamos proyectando nuestra culpa y condena hacia fuera, pero eso no significa que las hayamos perdonado internamente. De hecho, al proyectarnos, lo que hacemos es elegir ver en el otro lo que deberíamos aplicar a nosotros mismos.

Si hubiésemos hecho el trabajo interno de perdonarnos, es decir, si no viéramos nuestras culpas, entonces las acciones externas no necesitarían ser perdonadas, porque no las proyectaríamos; lo que significa que no las vemos ni las deseamos.

Perdonar no es algo que deba hacernos sentir por encima de los demás. Al contrario, como bien enseña el Curso, el perdón implica ver la inocencia, la impecabilidad y la unidad en todos.

Cuando nuestra percepción verdadera nos hace conscientes de que somos uno, estamos perdonando, ya que entendemos que formamos parte de la Fuente que nos creó.

Reflexión: La elección del perdón nos sitúa de vuelta en el Paraíso.