viernes, 10 de febrero de 2017

Los Viajes de Psique (7)

Sabiéndose de nuevo dueño de sí mismo, tomó su alforja y continuó el sendero que había elegido, dispuesto a cubrir las etapas que aún le quedaban por culminar. Aún podía recordar con admiración las últimas experiencias vividas. Su encuentro con el huidizo Cangrejo y con el agresivo Escorpión. Y cómo no, la magia de aquellos Peces que graciosamente dibujaban piruetas en el aire para zambullirse una y otra vez en el mar.

Cuando pensaba que aquella jornada tocaría a su fin sin que nada ni nadie le hiciese pensar lo contrario, Psique descubriría que todo iba a suceder de un modo muy distinto.

Aquella sombra se interponía en su camino una y otra vez. Intentó girar sobre sí mismo, pero apenas si decidía continuar cuando de nuevo le acompañaba sin quedarse un sólo palmo más atrás.

Corrió. Saltó, incluso intentó esconderse, pero todo resultó un esfuerzo vano. Al final, allí estaba de nuevo, junto a él, como su más fiel compañero.

Muy intrigado por aquel nuevo suceso, Psique adoptó una inteligente decisión. Dejó que pacientemente todo permaneciese inmóvil, pues pretendía sorprender a aquel extraño desconocido.

Alzó su mano para comprobar si aún estiba allí y, en efecto, lo estaba. Saltó de nuevo, pero aquel ser no se daba por vencido y saltó junto a él. Psique un tanto agotado por todo aquel ajetreo, pensó que lo mejor sería hablar cara a cara con aquel extraño e inesperado compañero de viaje.

  • ¿Quieres decirme qué pretendes? .¿Por qué me persigues?.
Pero Psique no pudo continuar aquel interrogatorio pues al ver de cerca el rostro de su misterioso acompañante no pudo por menos que quedar enmudecido. Jamás hubiese esperado aquel encuentro. Jamás hubiese esperado que alguien se le pareciera tanto. Sin embargo, había en ese otro ser algo diferente que lo hacía distinto a él. Sin poder controlar por más tiempo su curiosidad, le preguntó:


  • ¿Acaso tú eres Yo mismo? Jamás antes te había visto. ¿De dónde nace tu espíritu?
  • No debes preocuparte, pues Tú y Yo somos uno mismo -le contestó amistosamente aquel recién conocido-. No debes preocuparte te digo, pues siempre te he acompañado en tu camino. Pero ahora he de cumplir mi destino y nazco fuera de ti, para que en mí veas aquello que aún estando viviendo en ti, no te ha sido revelado. Juntos hemos andado el camino, y cuando en nuestro sendero aparecieron el Carnero, el León y el Centauro Arquero, juntos igualmente nos consagramos en la llama purificadora del Fuego, como fiel aspirante de los secretos del Gran Arcano. Igualmente juntos, penetramos en el astral sueño, y en esa odisea fuiste descubriendo tu identidad y forjándote como tu único dueño. Desde entonces he aguardado este momento, y ahora ha llegado la hora en la que de nuevo unifiquemos nuestros senderos. Cuanto veas en mí, forma parte de ti, y cuanto tú eres, yo soy.
  • ¿Acaso tu Padre es Mentor, Rey de la Ciudad Sagrada? -le interrogó muy confuso Psique-.
  • Cuanto de mi nace, en mi encuentra su plenitud. Una vez nacimos del mismo Padre y juntos crecimos en su amor. Ahora que el Sol se esconde y tu sombra se refleja en tu sendero, dices que no me conoces. Pues hay algo que debes saber hermano mío. No podrás culminar tu ruta si me abandonas en este encuentro. Juntos debemos forjar la alianza que nos mantenga unidos en la Suprema Eternidad del Tiempo.
  • Y, ¿qué debo hacer Hermano?, ¿qué debo aprender, que aún no encuentre en mi alforja? -preguntó Psique ganado por la magia de aquel hecho-.
  • Dirige tus pasos hacia el Oeste, y allí la Justicia contestará a tus preguntas -le contestó su fiel compañero-.
  •  La Justicia, ¿y cómo sabré que la he encontrado?.
  • No te preocupes, pues cuando la encuentres, por ella seremos invitados. Nadie puede cruzar las Tierras de Binah, sin antes ser sentenciado.
  • No te entiendo, ¿qué quiere decir sentenciado?
  • Ya lo sabrás, cuando en la Balanza te hayas postrado.
  • Está bien, sé tú el guía y yo seguiré tus pasos.
Y de este modo, Psique en compañía de una parte desconocida de sí mismo partió hacia el encuentro de la Justicia y de su misteriosa Balanza.

Acababa de bordear una ladera, cuando de repente alguien le ordenó parar sus pasos. Tuvo que levantar Psique su rostro para descubrir al Ser que había dado aquella sentencia. Se sintió intimidado ante la grandeza de aquella figura que erguida era mucho más grande que él. Con un rostro parecido al suyo, cosa que le tranquilizó, aquel ser sostenía en su mano diestra una resplandeciente espada, mientras que en su mano izquierda se descubría una balanza dorada.

Una vez más, aquel Ser tuvo que repetir su sentencia al ver que Psique no había obedecido su orden.
  • Detente extranjero. Nadie puede cruzar las Tierras de Binah sin que antes haya sido juzgado por la Balanza Sagrada. Si tu intención es seguir este sendero, debes pagar tu tributo.
  • Y, ¿cuál es ese tributo? -preguntó Psique muy interesado-.
  • Debes hacer que esta Balanza alcance su punto fiel cuando tu sombra y tú mismo seáis juzgados - expresó la Justicia, fríamente-.
  • Pues, ¿qué esperamos?. Nada hay que lo impida. Pero antes debo pediros algo. Necesito conocer cuál es vuestra Sentencia. Comprender por qué he de ser juzgado.
  • No estás en condiciones de exigir, puesto que de nada te valdrá conocer mi Sentencia si antes no consigues equilibrar la Balanza cuando seas probado, así que decide.
  • Pero no has contestado a mi pregunta. ¿Por qué he de ser juzgado? He viajado mucho y de todos los seres que he conocido, jamás ninguno de ellos me han pedido nada a cambio. Todo lo contrario, el Carnero me dio un Propósito de Vida. El León, un deseo por vivir. El Centauro me abrazó con su optimismo. El Cangrejo, me alimentó con su Elemento, incluso el Escorpión que quiso darme muerte, al final me rejuveneció, y de los Peces podría hablarte horas y horas sin desfallecer. Sin embargo, tú sin conocerme, impides mis pasos. ¿Por qué?. Debo comprender -le dijo profundamente emocionado, Psique-.
  • Te diré por qué, ya que lo quieres saber. Un día, un viajero llegó hasta estas tierras y su alforja estaban repletas. Se sentía muy complacido, pues la riqueza le sonreía. Cierto día sintió la necesidad de seguir su camino y situarse más allá de esta región, allá donde la tierra florece y da frutos. Y así lo hizo. Cuando hasta ella llegó, abrió su alforja y de ella sacó sus Sentencias, y continuó sacándolas, y así hasta que todas ellas casi le ahogaban por ser tantas. Cuando aquel viajero se dispuso a ordenar su vida, comprobó con desespero que cuanto hacía nada le salía derecho, y lleno de ira culpó de su desdicha a cuantos habitaban aquel reino, sin darse cuenta, que él era la causa de su ruina; él era su único dueño. Desde entonces, todos los que llegan a estas tierras de Orden, deben enfrentarse así mismos y viendo a su sombra en la Balanza cara a cara, podrán conocer lo que en su alforja llevan consigo.
  • Justa veo tu Sentencia -le expresó cariñosamente Psique-, y a ella me someto libremente.
Y diciendo esto, el valeroso joven fue a ocupar el lugar que le correspondía. En el otro platillo, su sombra hizo lo mismo. La Justicia, que jamás había sido testigo de tanto equilibrio, exclamó profundamente satisfecha:
  • Podéis seguir vuestro camino amigos, pues siendo dos en uno, habéis sido juzgados como uno mismo. Tan sólo la armonía es posible cuando el amor es compartido. Llevaos ese mensaje y con ello mi Sentencia, y que la dicha os acompañe hasta el final de vuestro destino.
  • Gracias os debo por vuestra lealtad, fiel Justicia. Ahora sé que no desfalleceré en mi empresa, pues de nuevo he encontrado algo que un día perdí. ¡Qué esta alianza se forje en beneficio de mi designio!.
Así fue como una vez más, Psique consiguió reunir la Sentencia Sagrada. Se podía apreciar cómo su alforja era ya muy diferente de la que un día partiera.

Casi le costaba recordar con nitidez, sin embargo, ya no sentía nostalgia de su pasado pues creía conocer cuál era su destino. Había dejado atrás a ese ser inocente que un día se embarcó en la más difícil de las empresas, desvelar el Gran Arcano. Poco a poco ha ido descubriendo cada uno de los poderes ocultos que la vida custodia con especial celo y que tan sólo son desvelados a los que, como Psique, son fieles buscadores de la Verdad.

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