sábado, 22 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (12 y Final)

Poco a poco, se fue alejando cada vez más y más. Y una viva muestra de ello se hizo evidente, puesto que la belleza de aquel valle se fue transformando en un paisaje desértico. Unas tierras áridas y abandonadas que invitaban a despojarse de toda carga pesada.
 
Aquella visión no amedrentó en ningún momento la segura determinación del intrépido aventurero, quien siguió su camino con paso firme y certero. Pero aquel desierto no parecía tener fin. Hasta que súbitamente ocurrió lo que iba a sentenciar la última y gran iniciación.
 
Del lejano horizonte y envuelto en los ropajes del éter, una voz celestial pedía ser socorrida. Aquel verbo vivo quedó en manos del viento mensajero, que acurrucó en su lecho aquella acariciadora voz, llevándola hasta los templados oídos de nuestro fiel buscador.
 
Alguien necesitaba ayuda. Alguien sufría y requería ser consolado. Pero Psique entendió que no era el momento de perder el tiempo con vagas preguntas. Era el momento de actuar y no debía demorarse ni un solo minuto más.
 
Hechizado por ese propósito, Psique emprendió la búsqueda de ese desdichado ser, al que tanta aflicción le acongojaba. Pero no contó el joven y valiente Psique con aquellos obstáculos que se interponían entre él y la víctima que sufría. Una cortina de fuego se elevaba poderosamente ante él, impidiéndole continuar. Debía tomar una rápida decisión, pues, de lo contrario, cuando llegase, sería demasiado tarde.
 
En ese momento tomó de su alforja las tres Sentencias que había reunido a su paso por las Tierras de Kether, y contagiado por el valor que le inspiró el recuerdo de sus amigos, el Carnero, el León y el Centauro Arquero, Psique se lanzó con osadía y valentía hacia las llamas, con la intención de cruzar entre ellas, y cuál fue su sorpresa al comprobar que el poder de aquel fuego nada pudo contra él.
 
Había vencido aquella primera prueba y, a pesar de haber perdido en aquella aventura las tres Sentencias que había reunido en las Tierras del Fuego, se sentía muy feliz al comprobar que, gracias a los esfuerzos realizados, ahora podía dominar los elementos.
 
La voz suplicante de aquel indefenso ser cada vez era más nítida. Se estaba acercando a ella, pero aún le quedaba por vencer dos obstáculos más. El primero de ellos era el mar. Una vasta extensión de agua se interponía entre el objetivo y su persona. Debía cruzar esas aguas, pues de lo contrario nunca llegaría hasta su meta y, guiado por ese deseo, Psique tomó de su alforja las tres Sentencias que había conseguido reunir a su paso por las Tierras Acuosas de Hochmah, y recordó al Cangrejo, al Escorpión y a los Peces, y fue invitado por el ejemplo de éstos, que se sumergió en las profundidades de aquellas oscuras aguas.


Nadó y nadó sin desfallecer, y poco a poco se dio cuenta de que podía permanecer debajo del agua cuanto tiempo quisiese. Ya no tenía necesidad de salir a tomar aire a la superficie. Y aquel descubrimiento le alegró, al tiempo que ganaba la otra orilla de aquel inmenso mar. Fue una pena que en aquella segunda iniciación, Psique perdiese las tres Sentencias que celosamente guardaba en su alforja, y que había custodiado desde su paso por Hochmah. Pero aquello no pareció preocuparle mucho, puesto que se sentía muy feliz al poder dominar el segundo de los elementos, el Agua.
Ahora tan solo le quedaba hacer frente a aquel enfurecido tornado, que con la furia de un ciclón y las fuerzas de un titán arrasaba todo cuanto a su paso encontraba. Poco tiempo le quedaba al joven para tomar una decisión, pues ya tenía encima el tornado destructor. Pensó que debía hacer uso de aquellas tres Sentencias que aún guardaba en su alforja. Aquellas Sentencias que reuniera en su encuentro con la sabia Justicia, con el noble Aguador y con los simpáticos Gemelos. Le daba pena tener que desprenderse de ellas, pero debía auxiliar a aquel que suplicaba ser ayudado. El tornado, con toda su furia, ganó la distancia que lo separaba del joven aspirante, el cual, haciéndose fuerte en sus tres Sentencias, consiguió salir ileso de aquella tercera iniciación.
El viento se había llevado consigo las Sentencias, pero no había podido derrotar a Psique, que se sentía agradecido a la ayuda que le habían prestado sus amigos. Había vencido, pero aquello no le importaba en esos momentos. Lo único que le había dado fuerza era el querer ser útil a la persona que esperaba su ayuda. Pero, curiosamente, ya no oía la voz que momentos antes suplicaba socorro. Miró hacia todos los lados, pero no consiguió encontrar a nadie. Temió que su llegada hubiese sido demasiado tarde y aquel pensamiento le entristeció. Pero una voz le llamó, interrumpiendo aquel pensamiento sombrío.
“Bienvenido seas, Psique, hijo legítimo de Mentor, Rey de la Ciudad Sagrada -de este modo le saludaba aquel hermoso ser-“.
“¿Quién eres que conoces mi identidad?”
Psique aún no había descubierto la virginidad de aquel enviado que le hablaba, y cuando lo hizo, sus piernas se doblaron y sus rodillas se inclinaron en el suelo. Su rostro iluminado por aquella visión no acababa de salir de su asombro. De su garganta apenas si podía emitir palabra alguna. Allí estaba, ante él; era la Virgen Celestial, la Virgen de las Cosechas. Esplendorosa y bella. Bella como ninguna otra.
“Perdona mi torpeza, sabia Reina, pero no te había reconocido -se disculpó el joven Psique-“.
“No debes disculparte, Magno Ser, pues soy yo la que debo arrodillarme ante vuestra Deidad -le contestó dulcemente aquel afable ser-“.
“Cuánto me halagáis, bella Reina, pero debéis saber que tan sólo soy un ignorante aspirante que busca desvelar la sabiduría del Gran Arcano -le contestó humildemente Psique-“.
“Acabas de dejar de ser el joven Príncipe que, llamado por la aventura, partiera un día del inmenso reino de Mentor. Hoy es un día glorioso, pues has conseguido la llave que te permitirá conocer los secretos del Gran Arcano. Desde hoy tu sabiduría te elevará, como antes ha elevado a los grandes Maestros del Universo. Con el poder del Gran Arcano podrás ocupar un lugar privilegiado en el trono de Mentor, y como él, crearás nuevos mundos y nuevos universos”.
“Pero no podré hacerlo, bella Reina, pues me fue confiada la misión de reunir las Doce Sentencias Sagradas, pero mi alforja está vacía, pues las he perdido en la última travesía -le explicó contrariado el joven-“.
“No, sabio Psique. Aquello que de la luz consigues, también en la oscuridad permanece. Ven, acércate y toma estas Cuatro Espigas. Llévalas siempre contigo, y cuando llegues a la Ciudad Sagrada, siembra su semilla en la Gran Comarca de la Nada. Espera tres grandes ciclos y al resurgir del cuarto, tu obra será culminada”.
Y así fue como Psique había adquirido el poder de las Deidades Celestes y el día que retornó a su Padre, éste le recibió con el respeto que se merecía. El que un día fuera un joven Príncipe retornaba como un sabio Rey.
Y cuenta la leyenda que Psique se rodeó de siete sabios ministros a los que dio a conocer como Tiphereth, el Sol; Yesod, la Luna; Hesed, Júpiter; Netzah, Venus; Binah, Saturno; Gueburah, Marte, y Hod, Mercurio. Y a éstos les otorgó poder sobre las Doce Supremas Sentencias. A Marte le ofreció las moradas de Aries y Escorpio. A Venus, las de Tauro y Libra. A Mercurio, las de Géminis y Virgo. A la Luna, la de Cáncer. Al Sol, el de Leo. A Júpiter, las de Sagitario y Piscis, y a Saturno, las de Capricornio y Acuario.
Y desde aquel día, Psique vive feliz y contento, sabiendo que sus Doce Amigos conviven armoniosamente en su Reino.

Fin

viernes, 21 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (11)

    Poco a poco, sin ninguna prisa, el joven iniciado fue penetrando en aquella frondosa región. Podía apreciar cómo sus sentidos se iban sensibilizando ante las esencias aromáticas, que nublaban su razón ante tanta belleza y esplendor.
     
    Psique se separó de su alforja y, libre de aquel pesado fardo, quiso compartir aquel remanso de paz que, como el más feliz de los sueños, daba vida a todo aquel lugar. El joven pensaba que sin duda había llegado al paraíso. Aquel paisaje le recordaba su hogar, pues, en él, todo gozaba de la más completa felicidad. Pensó que su camino terminaría allí. ¿Qué podría desear más? Tenía todo a su alcance. Tenía alimentos y cobijo. Además, la viva naturaleza permitía compartir armoniosamente su vida con la de otros seres que habitaban en paz en aquella rica región.
     
    Cuanta tranquilidad se respiraba en aquella maravillosa tierra, y así fue como Psique quedó prisionero de una de las iniciaciones más sutiles y difíciles de superar y con la que el aspirante se ha de encontrar. Cegado por tanta abundancia y ensordecido por el melodioso compás con el que la rica naturaleza había mecido las horas de sueño de Psique, el joven y valeroso muchacho era víctima de un gran error, un error que a punto estuvo de poner en grave peligro su misión, y decimos a punto, puesto que cierto día, cuando el afortunado Psique aún gozaba de la paz del descanso, un extraño visitante vino a interrumpir sus horas de placer.
     
    El mugido de aquel ser hizo dar un fuerte brinco al sorprendido aventurero, que no pudo evitar el caer rodando por el suelo. Desde aquella postura tan incómoda, elevó su rostro buscando la causa de aquel alboroto, y no pudo más que exclamar con asombro:
    “¡Caray! ¿Quién eres? A punto he estado de romperme la cabeza por tu culpa -le dijo Psique dirigiéndose a aquel ser de peculiar belleza-“.
     
    Se trataba de un fornido y corpulento animal. Debía pesar cerca de 700 kilos, y aquello hacía que sus movimientos fueran lentos y pesados. El pelo de su piel era blanco, un blanco resplandeciente, y en su cabeza se podían apreciar dos cuernos dorados que, al contacto con el Sol, despedían luminosos haces de luz.
     
    “No debes temer por tu cabeza, muchacho -le dijo aquel sagrado animal. Tu cabeza es dura como una piedra, pues de lo contrario ya te hubieses marchado de aquí. Sí, sin duda eres testarudo, muy testarudo”.
     
    “No te entiendo, ¿qué quieres decir? -le preguntó un tanto molesto Psique-“.
     
    "Quiero decir que debes continuar tu camino. No creas que has llegado a tu destino. Aún te queda cruzar estas Tierras, que, como habrás experimentado por ti mismo, te ofrecen todo cuanto puedas desear, excepto una cosa... -le dijo aquel ser, intrigando al joven-“.
     
    “Pero, ¿quién eres tú? ¿Y cómo sabes tanto de mí? No creo que sea verdad eso que dices. Yo he llegado al final de mi camino. Este es el paraíso que me estaba esperando. ¿Qué mal me puede ofrecer esta Tierra? -preguntó preocupado Psique-“.

    “Yo soy Tauro, el Toro Sagrado. He amamantado con mi leche a Príncipes, que más tarde han llegado a Dioses. Yo les he alimentado con la ambrosía, para que cuando ellos creasen su propio mundo, pudieran criar a sus hijos con el manjar sagrado. No, joven buscador, tú aún no has llegado. Esta tierra de felicidad no es más que una pobre imitación de la felicidad que aún te espera. Aquí podrás gozar y sentirte colmado de paz, pero no podrás crear. Esta tierra ha sido creada para alentar al cansado viajero, para inspirarle la dicha que aún le aguarda. Ve, recoge tu pesada carga y continúa tu sendero, pues aún debes atravesar este valle seductor, hasta ganar las Tierras de la Virgen de las Cosechas, donde deberás dar cuenta de cuanto llevas en tu alforja”.

    Tauro, el Toro Sagrado, era todo un pozo de sabiduría. Y así lo entendió el joven Psique, el cual siguió paso a paso los consejos de su desinteresado amigo. Pero antes de continuar su camino, le preguntó:

    “Dime, sabio Tauro, ¿cuál es tu Sentencia?”

    “Observa a tu alrededor, muchacho, y dime, ¿qué ves? -le invitó el Toro Sagrado-“.

    “Veo grandeza, plenitud y belleza. Veo la mano de la sabiduría, que dando vida a la naturaleza, cubre con esplendor esta Tierra -contestó el joven iniciado-“.

    “Pues lleva contigo esa Verdad y guárdala en tu alforja. ¡Que el fruto que gratuitamente nos ofrece la sabia naturaleza sea el alimento que cubre las necesidades del Espíritu Iniciado! Y ahora continúa tu camino”.

    Pesadamente y sin prisa alguna, el Toro Sagrado se despedía del joven Psique, el cual ya no lamentaba abandonar aquellas tentadoras Tierras, en las que tanta dicha había encontrado. Y guiado por el solo deseo de culminar su obra, Psique aceleró sus pasos, pues tenía necesidad de salir cuanto antes de aquellas tentadoras tierras.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (10)

Capítulo IV: "La Morada de Hesed"

Tras tres duras jornadas, Psique se sentía agotado. Aquella alforja, fiel compañera de viaje, había ido ganando peso a cada aventura y ahora suponía una carga considerable para el joven aspirante. A pesar de su cansancio, no quiso retrasar su próximo encuentro en el que esperaba ser huésped de las cálidas Tierras de Hesed, fuente Sagrada del eterno poder.
 
Sumido en un vivaz diálogo consigo mismo, nuestro joven buscador y osado aventurero, no pudo evitar que una vez más fuese víctima de un hecho que lo embriagó de admiración.
 
El tronar de las reales trompetas del Templo clamaba a los cuatro vientos la llegada de un viajero, dándole de este modo tan singular la bienvenida a la tierra donde moran los Sabios Maestros.
 
Unas enormes puertas labradas en las más preciadas de las maderas se abrieron al unísono, invitándole a entrar. No acababa de creer lo que sus ojos estaban presenciando. Una enorme fortaleza de piedra se levantaba sólidamente ante él. Jamás había contemplado a lo largo de sus anteriores viajes nada parecido. Dejándose guiar por una voz interior en la que quiso reconocer una triple alianza, la del León, el Escorpión y el Aguador, dirigió sus pasos hasta el interior de aquel enorme y gigantesco recinto.
 
Comprobó a su paso que todo estaba labrado y esculpido en la dura piedra. Sin embargo, aquellas siluetas estaban perfiladas con tanta perfección que resultaba difícil distinguir la realidad de la fantasía.
 
Poco a poco, nuestro amigo Psique se fue adentrando en una de las salas de las muchas que se abrían a su paso. Cada vez se sentía más poseído por aquella asombrosa experiencia. Pero lo estaría aún más, cuando en el interior de aquella

misteriosa sala, descubrió algo insospechado e inesperado.
 
“¡Eh, amigo Aries! Soy Psique, ¿me recuerdas? -gritó, dirigiéndose a la figura esculpida de la sagrada imagen del Carnero-“.
 
Pero nadie le contestó, y sin comprender muy bien la descortesía de su amigo, Psique miró a su alrededor y tuvo que reprimir su alegría, que a punto estuvo de ocasionarle un accidente, puesto que, guiado por aquel extraño y sorprendente descubrimiento, corrió con la intención de fundirse en un sincero abrazo con todos sus amigos, que permanecían allí mismo, en espera de su llegada.
 
“Amigo León, Centauro Arquero, cuánta dicha y felicidad. Decidme, ¿qué hacéis en las Tierras de Hesed, tan lejos de vuestras moradas?”
 
Sin dejar de hablar, Psique fue saludando a cada uno de sus amigos, pero no se había dado cuenta aún, por estar cegado por tanta alegría, de que estaba siendo víctima de un error. Un error que le abriría el sendero de una nueva iniciación.
 
Poco a poco su exaltación se fue calmando y, entonces, la venda que cubría sus ojos cayó, dejándole frente a frente con la cruel realidad. Comprendió que había confundido aquellas imágenes esculpidas a la perfección en la piedra con sus amigos, y ante esta visión se entristeció y quedó sumido en un sentimiento nuevo: la pesadumbre, la desolación. Por unos momentos sintió que la vida le faltaba. Miró a un lado y a otro, buscando a alguien que le hiciese compañía y pusiera fin a su soledad. Y en toda aquella trama de sensaciones, Psique quedó pensativo.
 
“¿Por qué estarían allí sus amigos? -se preguntaba-. ¿Qué significado tendría aquello?”
 
Con el transcurrir del tiempo, Psique se percató de que su soledad fue desapareciendo.
 
Viviendo interiormente aquellas experiencias, renovó, una vez más, su espíritu aventurero. Y como recompensa a su paciente espera, nuestro amigo iba a recibir las respuestas a cuantas preguntas le surgieron.
 
“Hola, joven Príncipe -le saludó dulcemente el anciano Maestro-“.
 
Psique elevó su mirada y se alegró al ver que aquel lugar estaba habitado, cosa que ya dudaba. Ganado por la curiosidad, el joven se dispuso a hablar, cuando aquel enigmático personaje le dijo:
 
“No debes preocuparte por cosas que aún desconoces de esta tierra, joven Príncipe. El tiempo transcurre lentamente, pero es paciente y todo en esta tierra tiene su hora”.
 
“¿Por qué me llamas Príncipe? ¿Acaso conoces mis raíces? Si es así, dime, ¿quién soy? Pues al penetrar en estas tierras, algo extraño me ha sucedido. Casi no recuerdo cuál es mi designio -preguntó angustiadamente el joven Psique-“.
 
“En primer lugar, debes saber que te encuentras en la morada del sagrado Poder de Hesed, y os llamo Príncipe, porque aquel que es capaz de llegar hasta sus Puertas lleva en sus venas sangre real. En verdad -continuó el sabio anciano-, que aquellos que cruzan las Puertas de Hesed se adentran en la Tierra del Olvido y se oscurece de la conciencia el ideal que hasta aquí lo ha guiado. Sin embargo, existe un motivo, si en verdad tu alforja reúne las Nueve Sentencias Alquímicas, nada deberá preocuparte, pues sabrás hallar el sendero que te llevará a encontrar la verdadera clave de tu designio”.
 
“¿Qué debo hacer, sabio anciano, para culminar esta obra? -interrogó Psique al Maestro-“.
 
“Debes encontrar la respuesta, joven Príncipe -le contestó el anciano, al tiempo que alejaba sus pasos hacia la oscuridad de aquellas sombras-“.
 
“La respuesta, ¿qué respuesta? -se apresuró a preguntar Psique-, y desde muy lejos, le oyó”:
 
"La de tus amigos, joven Príncipe. La de tus amigos…”
 
Sentándose en una roca, el aturdido joven se dijo que se encontraba como al principio. Y pensar que pudo haber conocido los misterios de aquel sagrado templo.
 
De repente recordó que aún le quedaba por reunir las tres Sentencias de la Tierra de Hesed. Debía encontrarse con la Cabra de la Montaña. Tal vez ella le podría ayudar, y de este modo, Psique, dando un salto de su asiento, reanudó su camino.
 
Anduvo, anduvo sin parar ni un momento. A su paso por aquellas resecas tierras, fue encontrando los restos de huesos, que esparcidos por el árido suelo, hacían de aquel lugar un paisaje desolador. Pero aquello no preocupó al joven iniciante, y para entretenerse en su camino fue cogiendo un hueso de aquí, otro hueso de allá, hasta que poco a poco se dio cuenta de que había completado, con todo cuanto había recogido a su paso, la figura de un esqueleto. Tenía piernas, manos y brazos. Una columna vertebral y un esternón. Sin embargo, le faltaba una pieza primordial, el cráneo; ¡no tenía cabeza!
 
Debía encontrarla, pero ¿dónde?, pues allí parecía terminar aquel reguero de huesos. Miró a la lejanía y observó profundamente admirado cómo en el horizonte se elevaba una enorme montaña.
 
Pero aquella silueta, a pesar de ser borrosa debido a la distancia y al tiempo, se le antojaba perfilada y dando forma a una carabela.
 
Entusiasmado, por aquel nuevo descubrimiento, Psique aceleró el ritmo de sus pasos. Pensaba que, tal vez allí, encontraría la pieza que le faltaba para completar aquel esqueleto que tanta inquietud le había despertado. No tardó en llegar a los pies de aquella misteriosa montaña. Como el joven había apreciado, respondía a la silueta, perfectamente esculpida, de un cráneo, y cuando Psique elevó sus ojos hacia la cima con la intención de observar con detalle aquella obra maestra de la creación, descubrió a un nuevo personaje. Pero en esta ocasión le reconoció sin dificultad.
 
“Tú debes ser la Cabra de la Montaña, ¿no es cierto? Yo soy Psique...”
 
Quedó pensativo por unos instantes el joven e intrépido buscador, pues no recordaba su origen, lo que le impidió continuar su presentación. Sin embargo, le dijo:
 
“Debes perdonar que no pueda decirte nada más sobre mi identidad, pero no acabo de recordar cuál es mi origen”.
 
“No te preocupes, joven y valeroso Príncipe, pues te ayudaré a encontrar la verdad que yace enterrada en cada una de las piedras, que, como ves, dan forma a la Morada de Hesed. Esa verdad te guiará de nuevo hasta tu hogar -le dijo aquel sabio ser, que permanecía erguido en la cima de aquella montaña-“.
 
“Pero dime, Cabra de la Montaña, ¿qué haces ahí? -preguntó preocupado Psique-“.
 
“Desde aquí diviso las formas materiales de la vida y les inspiro el ideal de elevación. Si no fuera así, aquel que cubre sus huesos con las carnes de la materia, olvidaría para siempre su primordial origen. Desde aquí les invito a escalar y superar los últimos escollos del sendero. No es fácil ganar la cima de esta montaña. Muchos quedan atrapados a mitad del camino, seducidos por la ambición y el poder, que más tarde degeneran en los más pérfidos vicios. Inténtalo tú, peregrino. Arráncale a la montaña los secretos de tu destino”.
 
Sin demorar por más tiempo aquella aventura, Psique comenzó a escalar la montaña iniciática. A su paso fue encontrando desechos esparcidos de otros muchos que, antes que él, lo intentaron. Pero aquello le dio aún más fuerza para seguir su camino.


Cuando hubo alcanzado la mitad de su recorrido, una vieja anciana llamó su atención pidiendo a gritos que la ayudase. Psique a pesar de tener que desviarse, decidió acudir a la voz de socorro de aquella desdichada mujer. Al llegar, comprobó que la anciana se encontraba al borde de un precipicio a punto de caer, y se apresuró a socorrerla. Con mucho esfuerzo, Psique consiguió salvarla, y cuando comprobó que se encontraba bien, decidió continuar su camino, pero fue entonces cuando...
 
“¡Oh!, joven y apuesto Príncipe, esperad, esperad, ¡os lo suplico! Debo recompensar vuestra ayuda -le dijo la anciana, queriendo agradecerle lo que había hecho por ella-“.
 
“No, no me debes nada, noble anciana. No debe preocuparse por mí, pues lo único que pretendo es alcanzar la cima de esta montaña -explicó Psique a la anciana, que pareció recuperarse con asombrosa rapidez-“.
 
"Oh, no... ¡No lo hagáis! Todos cuantos han querido alcanzar su cima han perecido en su intento. Sin embargo, si os quedáis conmigo, yo os puedo ofrecer algo muy valioso, algo que os dará poder, mucho poder”.
 
Aquel ofrecimiento ganó la curiosidad característica del joven, y ello le llevó a preguntar:
 
“¿Qué tienes que ofrecerme de tanto poder?”
 
“Este anillo que veis tiene extraños poderes mágicos. Si invocáis a la imagen que se dibuja en su sello, ella te ofrecerá todo cuanto pidáis. Intentadlo -le invitó astutamente la sospechosa anciana-“.
 
Por unos segundos, Psique se sintió tentado por aquella propuesta, pero algo en su interior le avisaba de que no debía hacerlo. Y entonces le dijo a la anciana:
 
“Lo siento, generosa anciana, pero el camino que he de recorrer debo hacerlo solo, sin ayuda de nadie. A pesar de todo, te agradezco tu ayuda. Ahora tengo que continuar, adiós…”
 
Y diciendo esto, Psique reanudó de nuevo su camino. Gracias que así lo hizo, pues a su marcha, aquella anciana se transformó en un ser endiabladamente maligno, que, indignado por la rabia, se convirtió en una llamarada de fuego.
 
En adelante, Psique no tuvo que enfrentarse a más encuentros que pusieran a prueba su lealtad. Y gracias a ello, alcanzó la cima de la misteriosa montaña, donde estaba esperándole la Cabra Sagrada.
 
“¡Enhorabuena! Has conseguido lo que muy pocos consiguen, salir airoso de la prueba de la ambición. Ahora dime, joven Príncipe, qué quieres saber y te ayudaré a conocer la respuesta -le dijo orgullosamente Capricornio, la Cabra de la Montaña Sagrada- “.
 
“Dime, ¿por qué están mis amigos esculpidos en la roca? -preguntó muy preocupado el valeroso Psique-“.
 
“Debes saber, joven Príncipe, que cada estación da sus frutos y cada tierra nos ofrece un paisaje y unas costumbres muy distintas. Cuando iniciaste tu osada aventura, partiste con tu alforja vacía y desnuda, pero guiado por el Designio que te fue encomendado, has penetrado poco a poco en el misterio y secreto del Gran Arcano. En las Tierras de Kether, te impregnaste de Valor y de Vida; en las Acuosas Tierras de Hochmah, te enriqueciste con el valioso tesoro del Amor. En las frías Tierras de Binah, te embriagaste con el licor del conocimiento, y ahora, en estas Tierras de Sombras, donde Hesed reina con opulencia y poder, debes engalanarte con los más hermosos ropajes que podemos ofrecerte, la Sabia Experiencia. Aquí sabrás reconocer, sin necesidad de buscar en tu corazón ni en tu mente, lo que es verdad y lo que no lo es, pues será tan evidente que la duda no te poseerá. Es por ello que tus amigos y mis hermanos están esculpidos en la piedra. Así el viajero no se olvidará de que todos juntos forman el verdadero poder del Gran Arcano”.

Psique siguió con profunda admiración cada una de las palabras de aquel sabio Maestro. Perplejo por tanta sabiduría, nuestro joven protagonista no se dio cuenta de que se encontraba, una vez más, sumido y ensimismado en una profunda reflexión. Capricornio ya se marchaba, esperando recibir a cuantos peregrinos llamasen a las puertas de la Sagrada Montaña, pero fue interrumpido de nuevo por Psique, el cual le dijo:
 
“¡Espera, espera, sabia Cabra! No puedes marcharte sin que antes me hayas dicho cuál es tu Sentencia -le advirtió el joven-“.
 
“Mi Sentencia es ésta, joven Príncipe: ¡Ve y reúne las piedras más sólidas, aquellas que hayan sido expuestas a los rayos del vivo Sol, y construye con ellas el Templo, un Templo que dé cobijo a los que, como tú, se han forjado como buscadores iniciáticos. Sé, pues, el Arquitecto. El Maestro Constructor. El que construye la verdad en la piedra!”
 
 
Y diciendo esto, Capricornio se perdió entre las sombras de la montaña. Su misión había culminado y así lo entendió el incansable buscador, el cual notó cómo su alforja había ganado un considerable aumento de peso al introducir la Sentencia de la Cabra de la Montaña. Pero no podía desfallecer en esa hora, cuando ya le quedaba un corto trayecto.
 
Con suma paciencia, Psique abandonó la montaña y dirigió sus pasos hacia un hermoso valle que se dibujaba como un manto de vivos colores en el horizonte.

martes, 18 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (9)

Como veréis, nuestro amigo Psique tiene motivos para sumergirse en tan noble tarea de meditación. Sin embargo, sus pies no dejaron de caminar, y sin percatarse de ello, el joven aventurero llegó a las puertas de una gran ciudad. Sería la providencia, una vez más, la que generosamente guiara a Psique al encuentro que el destino le reservaba.
 
Fue aquella discusión la que le haría volver de su mundo interior, y no pudo menos que quedar admirado y no menos sorprendido ante la escena que gratuitamente contemplaban sus ojos.
 
Se trataba de dos jóvenes que se debatían, muy enfrascados, en una polémica conversación.
 
Pero no fue aquello lo que ganó la curiosidad de Psique, sino más bien el asombroso parecido de ambos. Aquello le impresionó hasta tal punto que una pregunta llegó a obsesionarle, y buscó afanosamente en su interior una respuesta que acallara aquella inquietud.
 
“¿Existirá algún ser que tenga mi mismo rostro?”
 
Pero, viendo que la respuesta se hacía esperar, pensó que lo mejor sería preguntárselo a aquellos dos jóvenes, y así fue como Psique conocería a Géminis, los Gemelos.
 
“¡Hola, amigos! Perdonad que interrumpa vuestra animada conversación, pero al veros por primera vez, no he podido evitar quedar admirado, pues al comprobar vuestro parecido, me he preguntado si existirá algún ser igual a mí mismo”.
 
Aquellos jóvenes enmudecieron, y mientras uno le sonreía amablemente, el otro, menos afectuoso, le dijo:
 
“No sabes que es de mala educación escuchar las conversaciones de los demás, y mucho menos interrumpirlas”.

“Bueno, perdonad nuevamente, pero creo que me he dejado llevar por el desenfrenado espíritu de Aries, el Carnero. El ansia a veces me lleva a situaciones que no logro dominar, pero ahora que ya os he pedido perdón, podréis decirme... -intentaba ser comprensivo el joven Psique, pero de nuevo la falta de cortesía de uno de aquellos desconocidos le interrumpió bruscamente-“.
 
“No te molestes. Yo no hablo con desconocidos”.
 
“Es cierto -contestó el joven Psique en tono nervioso-. Pero eso no es problema. Yo soy Psique, hijo legítimo de Mentor, el Rey de la Ciudad Sagrada. Decidme, ¿quiénes sois vosotros? Aunque creo que os he reconocido. Vosotros debéis ser los Gemelos, que, como bien me advirtiera mi Padre, dispensáis las verdades del Cielo y de la Tierra”.
 
Aquellas palabras parecieron ir contagiadas de un don mágico, hasta el extremo de que los Gemelos quedaron profundamente asombrados. Una viva muestra de ello fue que ambos, al unísono, saludaron con un cortés gesto de reverencia al joven Psique.
 
“¡Bienvenido seas, Príncipe de la Luz! -exclamaron a una sola voz los Gemelos-“.

“¿Por qué me llamáis Príncipe de la Luz? ¿Y a qué es debida esa exagerada reverencia? -preguntó muy impresionado Psique-“.
 
“Tan sólo el buscador que es capaz de cruzar las Tierras de Binah y llegar hasta esta comarca, victorioso, es digno de ser llamado Príncipe de la Luz, pues en su alforja se encuentran los elementos necesarios para dar Nombre a la Vida”.
 
Aquella última frase ganó nuevamente el interés de Psique, que, dejándose llevar una vez más por su afán de saber, preguntó entusiasmado:
 
“¿Qué es dar Nombre a la Vida?”
 
“Tan sólo pueden dar Nombre a la Vida aquellos que conocen el contenido de las Sagradas Sentencias -respondió el que tan amablemente le recibiera-“.
 
“Pero yo aún no he reunido las doce, -le dijo preocupado Psique-“.
 
“No debes preocuparte, puesto que para forjar la gran Obra tan solo necesitarás nueve de ellas. Pero cuando las obtengas, entonces, joven Príncipe, no olvides una cosa, la Luz creadora puede cubrirse de sombras”.
 
“¿Y qué debo hacer para que ello no ocurra? -preguntó el joven muy inquieto-“.
 
“No desperdicies tu poder. Ese poder que has ido acumulando a lo largo de tu viaje. Pues si así lo haces, si dispersas o distraes tu atención, entonces alimentarás a los Señores del Abismo, y desde ese momento, tu creación siempre estará en peligro. Has sabido reconocer nuestra identidad. En efecto, somos los Gemelos y en recompensa te entregaremos nuestra Sentencia”.
 
“Os estoy muy agradecido, pero antes de hacerlo, ¿podéis contestarme a la pregunta que ya os hice? ¿Existe algún ser con mi mismo rostro?”

“No, no contestaremos a tu pregunta. Esa respuesta deberás hallarla por ti mismo. Si no lo haces, de nada te valdrá nuestra Sentencia. Obsérvanos y dinos qué ves en nosotros”.
 
“Veo dos verdades que trabajan conjuntas. Una dicta normas, leyes. Se preocupa por hacer llegar la verdad a todos los seres. Vuela como un veloz pájaro que viaja de un lado a otro, anunciando cuál es el verdadero sendero de la dicha, y en tu camino vas contagiando a todos, de modo que conducen sus vidas con franqueza y justicia. En cambio, la otra verdad es mucho más pacífica. Su lenguaje es cálido y creador. Allí donde su verdad es pronunciada, se unen las criaturas vivientes dando vida a un compás de amor. Sí, sin duda ambos forjáis con vuestros rostros la verdad. Pero mientras que uno siembra, la otra recoge. Mientras uno es semilla, el otro es fruto. En verdad os digo que no encontraré otro rostro igual al mío en esta Tierra, pues cada ser debe andar sus propios senderos, y al final, aunque todos se encuentran, cada uno sabrá aportar los frutos de su cosecha”.
 
“Vemos que en verdad eres digno de ser llamado Príncipe de la Luz. Has encontrado por ti mismo la respuesta que con tanta necesidad buscabas. Ahora recibe esta Sentencia, y recuerda, cuando pienses en nosotros, que a pesar de nuestra dualidad, nuestro propósito es uno. ¡Proclamar la Verdad y enriquecer a los seres con ese manantial! Sigue tu sendero,hermano y comparte nuestra Sentencia con los seres que encuentres en tu camino. Háblales de nosotros y de cuantas aventuras has encontrado. Vamos, continúa tu camino, pues ellos te aguardan”.
 
Así fue como los Gemelos permitieron al joven Psique reunir la última de las Sentencias, gracias a la cual podría dar Nombre a la Vida. Se sentía preparado y con ánimo para afrontar el último de los viajes. Conocía la verdad de las leyes con que dar nombre a la vida, y sabía cómo hacer uso de ese poder. Tan solo le quedaba afrontar su última y gran iniciación. Y así lo esperaba, por lo que no demoró más su partida.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (8)

Aquel joven muchacho había cubierto ya un largo camino y aún sabía que le restaba otro tanto, pero eso no le hizo desfallecer en su búsqueda, y continuó su sendero con la esperanza puesta en que pronto, muy pronto, tendría lugar el encuentro con el Aguador, el siguiente misterio.
 
Y sucedió que, de un modo extraño, el joven Psique sintió una intensa necesidad, hasta ese momento desconocida. Desde su interior algo le pedía ser satisfecho, pues de lo contrario sufriría un desmayo. Como guiado por una voz que le recordó al noble León, Psique llamó a sus amigos, el Cangrejo y al Escorpión, pues tan sólo el recuerdo de aquellas aguas fluyendo libremente calmaba su honda inquietud. En verdad, lo que el joven Psique necesitaba era saciar su sed.

“¡Cangrejo y Escorpión, en nombre de nuestro pacto y de vuestras Sentencias, ofrecerme vuestra ayuda! -invocó Psique en voz alta-“.
 
Como salido de la nada, allí estaban, Cáncer y Escorpio, saludando a su joven amigo.
 
“Veo que nos necesitas, valeroso Psique. Dime, ¿qué deseas de mí? -le preguntó Cáncer, el Cangrejo-“.
 
“Gracias, amigos. En verdad, lo que necesito de vosotros me lo podéis ofrecer, pues son vuestras aguas. Siento que he de beber de ellas, de lo contrario desfalleceré -les anunció amistosamente-“.
 
“Pues ven y sacia tu sed de este torrente -le invitó el Cangrejo, al tiempo que con una de sus patas rascaba en el suelo, descubriendo un gran manantial. Pero era tanta la intensidad con la que emanaba el agua, que cuando Psique quiso beber de ellas, no pudo. Por lo que tuvo que abandonar su empeño-“.
 
Escorpio, el Escorpión, que fue testigo de todo cuanto sucedió, comenzó a reír sarcásticamente, y sin dejar de hacerlo, le dijo al joven:
 
“¡Jo, Jo, Jo!, veo que aún ignoras muchas cosas. ¡Jo, Jo, Jo! ¿Cómo piensas saciar tu sed con las sublimes aguas de Cáncer, cuando tus pasos te han llevado a las Tierras de Binah? ¿Acaso desconoces que esta es la morada del control? Aquí todo está sujeto a la Ley y al Orden. La abundancia aparece bajo los ropajes de la rectitud. Si quieres agua para saciar tu sed, ve y busca a Acuario, el Aguador, él te ayudará”.
Y sin dejar de sonreír socarronamente, Escorpio puso fin a aquella conversación, al tiempo que comenzó a acariciarse su resplandeciente y afilada cola.
 
Aquellas palabras no parecieron sorprender al joven Psique, el cual hacía grandes esfuerzos para recordar los consejos de su Padre, el Gran Mentor...
 
“¡...hasta que descubras al Aguador, que derramando sus Aguas creadoras, fecunda la Vida con el soplo del Amor Universal!”

Sí, acababa de organizar un poco sus pensamientos. Ahora recordaba bien lo que su Padre le aconsejó, y sin pensárselo más, dio las gracias a sus amigos y dirigió sus pasos en la búsqueda del enigmático Aguador.
 
La sed le consumía y sus pasos se hacían cada vez más pesados. Sus ojos encontraban verdadera dificultad para mantenerse abiertos, y en su garganta sentía un hondo y profundo ardor.
 
Cuando la esperanza parecía desvanecerse, una voz vino a poner fin a aquella desagradable experiencia.
 
“¿Dónde te diriges, muchacho? -le interrogó un ser desconocido que se interponía en su camino-“.
 
“Busco al Aguador para que sacie mi sed. ¿Acaso le conoces? -expresó con un imperceptible hilo de voz, el joven-“.
 
“¿Por qué tienes sed? ¿De dónde vienes? -preguntó nuevamente aquel extraño-“.
 
“He cruzado un gran desierto buscando la ruta que abra los senderos que me aguardan en mi designio”.
 
“Siendo así, bebe las Aguas de esta ánfora. Quizás ellas puedan complacer tu necesidad”.
 
Acercando Psique sus manos, tomó entre ellas una vasija de barro, y llevándosela hasta su boca, bebió hasta calmar por completo su sed. De repente, sus ojos se abrieron y de su garganta desapareció aquel abrasador fuego. Y viendo Psique que de nuevo se sentía vivo, le dijo a aquel desconocido con voz agradecida:
 
“Sin duda tú eres el Aguador, y debo testimoniar que en verdad tus Aguas son Vivas, pues acaban de devolverme a la vida. Mucho te debo, amigo, ¿cómo puedo recompensar lo que has hecho?”
 
“Ya me has dado el mejor de tus tesoros, pues tus labios han expresado cuanto en tu corazón anida. Considerándome tu amigo, nos hemos fundido en un pacto que va más allá de cualquier sacrificio -le dijo dulcemente aquel ser que de un modo especial había ganado la simpatía y confianza de Psique-“.
 
“¿Por qué es tan importante la amistad, generoso Aguador?”
 
"La amistad es el tesoro más maravilloso de cuantos existen. Muy pocos cuentan con una estrella resplandeciente que, luciendo en las noches más oscuras, anuncia el camino y alumbra al viajero. Tan solo aquellos que encuentran al Amigo podrán en sus noches abrigar un rayo de esperanza que les anuncie la pronta llegada del alba”.
 
“¿Por qué cuando he bebido de tus Aguas, mis ojos que estaban sin luz han vuelto a ver? ¿Puedes contestarme a eso, buen amigo?”
 
“Tus ojos buscaban en tu interior, ansiosos de hallar la verdad. Pero buscaste en las Acuosas Tierras de Hochmah, donde la verdad está prisionera de la ilusión. Pero cuando has bebido del Agua de mi ánfora, entonces tus ojos se han abierto y la verdad te ha sido revelada. Cuando tus labios han pronunciado la palabra amistad, desde ese momento y guiado por la consejera razón, has entrado a formar parte del Gran Clan”.
 
“¿El Gran Clan? -preguntó sorprendido el joven-“.

“El Gran Clan son aquellos que han buscado la verdad y la han hallado, y al final de ese sendero fraguan la vida custodiando la libertad de su hermano”.
 
“Pero dime, sabio Acuario, ¿cómo he llegado yo hasta este plano?”
 
“Aquel que aspira recibirá la fuerza para no desfallecer en sus aspiraciones. Aquel que afana será incentivado para que siga buscando. Aquel que contempla, mucho le será revelado y enseñado. Podrás continuar tu ruta, pues aún tu labor no ha sido culminada. Pero desde ahora sabrás, conocerás y crearás de acuerdo a las leyes de la Gran Ciudad Sagrada”.
 
“En verdad te digo, amigo, que el Fuego que un día partió conmigo y que abrazaba mi garganta hasta hace unos momentos, ahora puedo vivirlo desde mi mente y ya no agita mi pecho, ni inquieta mis miembros. Ahora, mis pasos son pausados y mi corazón más despierto. Pero, dime antes de que continúe mi camino, ¿cuál es tu Sentencia fiel amigo?”
 
“Forjar la perfecta unión que nos orienta hacia la libertad. Esa es mi Sentencia. Llévala contigo y quizás puedas algún día, guiado por tu ingeniosa inventiva, crear un mundo donde la igualdad sea una realidad”.
 
Y con aquellas hermosas palabras de esperanza, se despedía Acuario, el Aguador, pues mucha era aún la tierra que con el Agua de su ánfora debía fecundar.
 
Por su parte, el joven Psique quedó aún sumido en la meditación. Se sentía pletórico. Eran tantas las interrogantes que le ocupaban que, por primera vez desde que aquella aventura se iniciara, comprendía que cada una de las Sentencias que custodiaba cuidadosamente en su alforja era una parte de él mismo. Aquella evidencia interior le llenó de alegría, pero al mismo tiempo despertó en él un peculiar sentido del deber, la responsabilidad. Y se dijo:
 
“¿Acaso comprendo la misión que Mentor, mi amado Padre, me ha encomendado? El Gran Arcano se está forjando en mi interior. Cada Sentencia aumenta mi consciencia abriéndome puertas que acceden a nuevas fronteras. He sentido un gran alivio al beber de las Aguas de Acuario, pues una profunda pena acongojaba mi pecho con la angustia de sentirme lejos del recuerdo de mi Padre, mi maestro y guía. Hoy lo veo todo claro y creo que jamás me había sentido tan cerca de él. Al mismo tiempo, noto que voy adquiriendo sus virtudes, que voy desvelando su propio secreto. Pero ahora que conozco y comprendo, siento una nueva inquietud. Debo comunicar a los demás seres creadores todo cuanto conozco. Pero, ¿cómo debo hacerlo?

domingo, 16 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (7)

Sabiéndose de nuevo dueño de sí mismo, tomó su alforja y continuó el sendero que había elegido, dispuesto a cubrir las etapas que aún le quedaban por culminar. Aún podía recordar con admiración las últimas experiencias vividas. Su encuentro con el huidizo Cangrejo y con el agresivo Escorpión. Y cómo no, la magia de aquellos Peces que graciosamente dibujaban piruetas en el aire para zambullirse una y otra vez en el mar.
 
Cuando pensaba que aquella jornada tocaría a su fin sin que nada ni nadie le hiciese pensar lo contrario, Psique descubriría que todo iba a suceder de un modo muy distinto.
 
Aquella sombra se interponía en su camino una y otra vez. Intentó girar sobre sí mismo, pero apenas si decidía continuar cuando de nuevo le acompañaba sin quedarse un solo palmo más atrás.
 
Corrió. Saltó, incluso intentó esconderse, pero todo resultó un esfuerzo vano. Al final, allí estaba de nuevo, junto a él, como su más fiel compañero.
 
Muy intrigado por aquel nuevo suceso, Psique adoptó una inteligente decisión. Dejó que pacientemente todo permaneciese inmóvil, pues pretendía sorprender a aquel extraño desconocido.
 
Alzó su mano para comprobar si aún estaba allí y, en efecto, estaba. Saltó de nuevo, pero aquel ser no se daba por vencido y saltó junto a él. Psique un tanto agotado por todo aquel ajetreo, pensó que lo mejor sería hablar cara a cara con aquel extraño e inesperado compañero de viaje.
 
“¿Quieres decirme qué pretendes? ¿Por qué me persigues?”
 
Pero Psique no pudo continuar aquel interrogatorio, pues al ver de cerca el rostro de su misterioso acompañante no pudo por menos que quedar enmudecido. Jamás hubiera esperado aquel encuentro. Jamás hubiese esperado que alguien se le pareciera tanto. Sin embargo, había en ese otro ser algo diferente que lo hacía distinto a él. Sin poder controlar por más tiempo su curiosidad, le preguntó:
 
“¿Acaso tú eres yo mismo? Jamás antes te había visto. ¿De dónde nace tu espíritu?”
 
“No debes preocuparte, pues Tú y Yo somos uno mismo -le contestó amistosamente aquel recién conocido-. No debes preocuparte, te digo, pues siempre te he acompañado en tu camino. Pero ahora he de cumplir mi destino y nazco fuera de ti, para que en mí veas aquello que, aún estando viviendo en ti, no te ha sido revelado. Juntos hemos andado el camino, y cuando en nuestro sendero aparecieron el Carnero, el León y el Centauro Arquero, juntos igualmente nos consagramos en la llama purificadora del Fuego, como fiel aspirante de los secretos del Gran Arcano. Igualmente juntos, penetramos en el astral sueño, y en esa odisea fuiste descubriendo tu identidad y forjándote como tu único dueño. Desde entonces he aguardado este momento, y ahora ha llegado la hora en la que de nuevo unifiquemos nuestros senderos. Cuanto veas en mí, forma parte de ti, y cuanto tú eres, yo soy”.
 
“¿Acaso tu Padre es Mentor, Rey de la Ciudad Sagrada? -le interrogó muy confuso Psique-“.
 
"Cuanto de mí nace, en mí encuentra su plenitud. Una vez nacimos del mismo Padre y juntos crecimos en su amor. Ahora que el Sol se esconde y tu sombra se refleja en tu sendero, dices que no me conoces. Pues hay algo que debes saber, hermano mío. No podrás culminar tu ruta si me abandonas en este encuentro. Juntos debemos forjar la alianza que nos mantenga unidos en la Suprema Eternidad del Tiempo”.
 
“Y, ¿qué debo hacer, hermano? ¿Qué debo aprender, que aún no encuentre en mi alforja? -preguntó Psique ganado por la magia de aquel hecho-“.
 
“Dirige tus pasos hacia el Oeste, y allí la Justicia contestará a tus preguntas -le contestó su fiel compañero- “.
 
“¿La Justicia? ¿Y cómo sabré que la he encontrado?
 
“No te preocupes, pues cuando la encuentres, por ella seremos invitados. Nadie puede cruzar las Tierras de Binah, sin antes ser sentenciado”.

“No te entiendo, ¿qué quiere decir sentenciado?”
 
“Ya lo sabrás, cuando en la Balanza te hayas postrado”.
 
“Está bien, sé tú el guía y yo seguiré tus pasos”.
 
Y de este modo, Psique en compañía de una parte desconocida de sí mismo, partió hacia el encuentro de la Justicia y de su misteriosa balanza.
 
Acababa de bordear una ladera, cuando de repente alguien le ordenó parar sus pasos. Tuvo que levantar Psique su rostro para descubrir al Ser que había ordenado aquella sentencia. Se sintió intimidado ante la grandeza de aquella figura que erguida era mucho más grande que él. Con un rostro parecido al suyo, cosa que le tranquilizó, aquel ser sostenía en su mano diestra una resplandeciente espada, mientras que en su mano izquierda se descubría una balanza dorada.
 
Una vez más, aquel Ser tuvo que repetir su sentencia al ver que Psique no había obedecido su orden.
 
“Detente, extranjero. Nadie puede cruzar las Tierras de Binah sin que antes haya sido juzgado por la Balanza Sagrada. Si tu intención es seguir este sendero, debes pagar tu tributo”.
 
“Y, ¿cuál es ese tributo? -preguntó Psique muy interesado-“.
 
“Debes hacer que esta balanza alcance su punto fiel cuando tu sombra y tú mismo seáis juzgados -expresó la Justicia, fríamente-“.
 
"Pues, ¿qué esperamos? Nada hay que lo impida. Pero antes debo pediros algo. Necesito conocer cuál es vuestra Sentencia. Comprender por qué he de ser juzgado”.
 
“No estás en condiciones de exigir, puesto que de nada te valdrá conocer mi Sentencia si antes no consigues equilibrar la balanza cuando seas probado, así que decide”.
 
“Pero no has contestado a mi pregunta -insistió Psique- ¿Por qué he de ser juzgado? He viajado mucho y de todos los seres que he conocido, jamás ninguno de ellos me han pedido nada a cambio. Todo lo contrario, el Carnero me dio un propósito de vida. El León, un deseo por vivir. El Centauro me abrazó con su optimismo. El Cangrejo me alimentó con su Elemento, incluso el Escorpión que quiso darme muerte, al final me rejuveneció, y de los Peces podría hablarte horas y horas sin desfallecer. Sin embargo, tú, sin conocerme, impides seguir mis pasos. ¿Por qué? Debo comprender -le dijo profundamente emocionado, Psique-“.
 
“Te diré por qué, ya que lo quieres saber. Un día, un viajero llegó hasta estas tierras y su alforja estaba repleta. Se sentía muy complacido, pues la riqueza le sonreía. Cierto día sintió la necesidad de seguir su camino y situarse más allá de esta región, allá donde la tierra florece y da frutos. Y así lo hizo. Cuando hasta ella llegó, abrió su alforja y de ella sacó sus Sentencias, y continuó sacándolas, y así hasta que todas ellas casi le ahogaban por ser tantas. Cuando aquel viajero se dispuso a ordenar su vida, comprobó con desespero que cuanto hacía nada le salía derecho, y lleno de ira culpó de su desdicha a cuantos habitaban aquel reino, sin darse cuenta de que él era la causa de su ruina; él era su único dueño. Desde entonces, todos los que llegan a estas tierras de Orden deben enfrentarse a sí mismos y, viendo a su sombra en la Balanza cara a cara, podrán conocer lo que en su alforja llevan consigo”.
 
“Justa veo tu Sentencia -le expresó cariñosamente Psique-, y a ella me someto libremente”.

Y diciendo esto, el valeroso joven fue a ocupar el lugar que le correspondía. En el otro platillo, su sombra hizo lo mismo. La Justicia, que jamás había sido testigo de tanto equilibrio, exclamó profundamente satisfecha:
 
“Podéis seguir vuestro camino, amigos, pues siendo dos en uno, habéis sido juzgados como uno mismo. Tan sólo la armonía es posible cuando el amor es compartido. Llevaos ese mensaje y, con ello, mi Sentencia. ¡Que la dicha os acompañe hasta el final de vuestro destino!”.
 
"Gracias os debo por vuestra lealtad, fiel Justicia. Ahora sé que no desfalleceré en mi empresa, pues de nuevo he encontrado algo que un día perdí. ¡Que esta alianza se forje en beneficio de mi designio!”
Así fue como una vez más Psique consiguió reunir la Sentencia Sagrada. Se podía apreciar cómo su alforja era ya muy diferente de la que un día partiera.
 
Casi le costaba recordar con nitidez; sin embargo, ya no sentía nostalgia de su pasado, pues creía conocer cuál era su destino. Había dejado atrás a ese ser inocente que un día se embarcó en la más difícil de las empresas, desvelar el Gran Arcano. Poco a poco ha ido descubriendo cada uno de los poderes ocultos que la vida custodia con especial celo y que tan sólo son desvelados a los que, como Psique, son fieles buscadores de la verdad.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (6)

Y diciendo esto, Psique se alejaba de aquel misterioso lugar, profundamente emocionado y recordando la Sentencia del Escorpión: muerte y vida, muerte y vida. Por primera vez, la muerte se cruzaba en su camino, pero aún no alcanzaba a comprender el significado de aquella experiencia, pues él sentía fluir en su pecho una grata sensación de vida.
 
Sumergido en aquellas reflexiones, Psique siguió caminando sin rumbo fijo, pero sin perder la senda de aquel río que le había dado la oportunidad de reunir la quinta Sentencia. Repasó el contenido de su alforja, que cada vez contenía más valores, y pudo recordar al Carnero, al León, al Arquero, al Cangrejo y, por último, al Escorpión, y se sintió alegre, pues vio que su viaje estaba resultando provechoso. Sintió simpatía y no pudo evitar recordar a Cáncer. Sintió el ardor de alcanzar su meta de perfección, y la imagen del Escorpión tomó forma en su interior. Recordó la osadía de Aries, y el Carnero le dio fuerzas para marcar de nuevo el rumbo. Sintió orgullo ante la generosidad de su amigo Leo, y entonces el León le hablaba desde su corazón, y por último, se sentía alegre y optimista, y aquella sensación le llevó el recuerdo de Sagitario, el audaz Arquero.
 
Poco a poco fue descubriendo que el paisaje iba tornándose más y más árido y el viento soplaba con más intensidad. Igualmente, se percató de que el aroma peculiar de la vegetación del bosque se había transformado en una fragancia muy especial y aquello fue ganando de nuevo su interés, lo que le llevó a acelerar sus pasos tranquilos y meditativos.
 
Mereció la pena -y así lo pensó Psique-, pues al alcanzar la llanura, sus ojos fueron testigos de una escena de mágica belleza. El cauce de aquel río se fundía en un inmenso horizonte de agua que se extendía mucho más allá de donde podía alcanzar con su mirada.
 
Quedó como hipnotizado por aquel paisaje desconocido. Aquel valle azul se le antojaba la eterna dimensión del cielo, y corrió a su encuentro sintiendo que había llegado a su patria, a su hogar.
 
En aquella carrera, sus pies se hundían en la moldeable arena, y se extrañó al descubrir que a su paso iba dejando su propia huella. Quedó pensativo, pero el rumor de las olas del mar ganó su atención, atrayéndole hasta su propia orilla. Allí Psique quedó sumergido en un profundo sopor. Algo extraño le sucedía.
Aquel ir y venir de las aguas le mantenía atrapado en profundas sensaciones que no acababa de comprender, y motivado por una imperiosa necesidad interna, gritó con todas sus fuerzas:
 
“iPadre...! iPadre, estoy aquí! soy Psique, tu hijo legítimo.
 
Pero la fuerza de su voz se confundió pronto con el batir de las olas, que pacientemente iban acariciando las arenosas tierras que, como un suave manto, se extendían junto al mar.
 
Psique no desfalleció y de nuevo buscó la ayuda de su Padre.
 
“Padre, dime, ¿por qué mis pies dejan huella en esta extraña tierra? -y pronunciando estas emotivas palabras, Psique fue una vez más protagonista de algo especial y singular-“.
 
De sus ojos, y quemándole el rostro a su paso, emanaron dos gruesas gotas de agua, llegando a ganar las comisuras de sus labios. Un misterioso escalofrío recorrió todo su ser. Acababa de descubrir que el sabor de aquellas lágrimas le hablaba de la brisa extraña de aquellas tierras que tanto misterio envolvían.
 
Psique, profundamente sorprendido, acercó su mano diestra hacia el rostro con la
intención de secar aquellas gruesas gotas que enturbiaban su visión. Pensó que aquello era maravilloso.  Él poseía el don de aquella oculta tierra. Su ser poseía agua. Qué extraño era todo aquello, y sin poder evitarlo, de nuevo sus ojos se cubrieron de aquella sensación, que para Psique se le antojó mágica. Y así quedó durante horas, hasta que un nuevo hecho vino a alterar las emociones que acababa de experimentar.
 
Con la mirada fija en el ir y venir de las aguas del mar, Psique observó cómo algo desconocido se deslizaba y daba graciosas piruetas salvando los torbellinos que formaban las olas. Admirado por aquel espectáculo, Psique recordó que aún le quedaba por reunir la Sentencia de los Peces. Pero pudo más su curiosidad y, guiado por ella, se acercó hasta la orilla con la intención de llamar la atención de aquellos juguetones seres. Y así lo hizo.
 
“¿Podéis oírme, extraños seres? Quisiera compartir vuestro juego -exclamó en voz alta, Psique-“.
 
Los dos Peces que no dejaban de zambullirse en el agua, para volver de nuevo a la superficie, apenas si le prestaron atención, al menos así se lo pareció a Psique, el cual, un tanto contrariado, volvió a elevar de nuevo la voz, pues pensó que tal vez no le habían oído.
 
“¡Eh, estoy aquí! Soy Psique, hijo legítimo de Mentor, Rey de la Ciudad Sagrada. Ya sabéis quién soy. Decidme, pues, ¿quién sois vosotros? -y viendo que no cesaban de dar saltos y más saltos, les dijo-. Pero queréis dejar de jugar por unos momentos y atenderme. Os lo suplico…”
Entonces, aprovechando uno de los breves instantes en que los Peces se encontraban en la superficie, uno de ellos le contestó:
 
“Lo sentimos mucho, pero no podemos permanecer fuera del agua, pues pereceríamos rápidamente”.
 
Apenas tuvo tiempo para añadir nada más, pues de nuevo tuvieron que sumergirse en el agua, pues de lo contrario se asfixiarían y morirían.

Psique no comprendía lo que sucedía. Hasta entonces sus amigos podían hablarle sin la necesidad de estar ahora fuera, ahora dentro. Sin duda, aquello suponía un nuevo reto, y estaba dispuesto a averiguar qué estaba pasando. Y con esta intención, y sin pensárselo dos veces, penetró en las profundidades de las aguas del mar.
Nuestro joven amigo quedó maravillado, pues jamás había esperado que las oscuras y penetrantes aguas del mar guardasen tanta belleza en su interior. Pero de repente algo vino a interrumpir aquella bella experiencia. Desde su pecho sintió que su corazón comenzó a latir descompasadamente, tratando de indicarle que estaba poniendo en peligro los atributos que custodiaba en su alforja: la vida.
Como guiado por una voz sobrenatural, Psique sintió la necesidad de salir a la superficie, pues sus ojos estaban enturbiados y apenas si podía mantener su lucidez. En un supremo esfuerzo consiguió salir hacia el exterior y, cuando así lo hizo, de nuevo se sintió con vida, aunque profundamente afectado, pues no comprendía lo que le había pasado.
“Aún es pronto, osado joven, para que puedas dominar nuestro elemento. Tan sólo aquellos que han logrado reunir las tres Sentencias de las Tierras Acuosas de Hochmah pueden descubrir por sí mismos los ocultos secretos que custodian celosamente las profundidades del mar”.
Aquellas palabras provenían de los Peces, que en esta ocasión parecían flotar sin peligro en la superficie del agua.
“Te llamas Psique según nos has dicho, pero dinos, ¿qué te ha traído hasta estas tierras de soledad? -le preguntó uno de los Peces-“.
“Vengo desde la Ciudad Sagrada con una misión muy importante. Busco la Sentencia de los Peces. ¿Pueden decirme dónde puedo encontrarlos? La única referencia que tengo de ellos es que los podré reconocer por su compasión. Pero ni tan siquiera comprendo el significado de esa palabra. Como veis, no me resultará fácil mi empresa. Pero tal vez podáis ustedes ayudarme. He tenido, hace poco, una extraña experiencia. He creído, al ver el mar, que había llegado a mi hogar, y una fuerza desconocida ha hecho que de mi garganta emanase una dolorosa exclamación. He llamado a mi Padre, pues algo me dice que me estoy alejando de él. Mis pies dejan marcas cuando pisan las movedizas arenas, y me pregunto, ¿qué extraño misterio se encierra en todo ello?, y sin saber cómo, de mis ojos y de un modo maravilloso fluyen, como si de dos manantiales se tratase, gruesas gotas de agua que misteriosamente saben igual que las aguas de este mar”.
Psique seguía y seguía hablando, y se dio cuenta de que sus amigos no podían permanecer eternamente en la superficie, sino que dependían de aquel elemento acuoso. Y aquella impresión le produjo una sensación que ya conocía. De inmediato sintió como su corazón se sentía herido y apenado, y sin querer evitarlo, dejó que de sus ojos emanaran aquellas gruesas gotas que para él seguían siendo un misterio.
“No debes llorar, ni tener compasión por nosotros -le dijo una voz que supo reconocer como la de uno de los Peces-“.
“iCompasión!, dices -exclamó el joven Psique, al tiempo que les preguntaba profundamente impresionado-. ¿Acaso yo soy compasión? Y si lo soy, ¿debo pensar que soy un pez?”
“Sí, amigo Psique. Eso que acabas de sentir es un noble sentimiento que nace puro desde la fuente del amor, desde el corazón. Ese sentimiento es amor”.
“Bueno, yo tengo un corazón. Leo, el León, me lo ofreció, y Amor también tengo, pues 
Cáncer, el Cangrejo, me ayudó a adquirir ese magnífico don. Pero dime, ¿soy yo un pez?”
“No, amigo. Nosotros somos Peces, y somos la causa de que hayas despertado en ti mismo la esencia de la compasión. Esas lágrimas que emanan de tus ojos son como torrentes de vida que fluyen guiados por la fuerza del Amor. Y esas huellas que dejas a tu paso inscritas en las movedizas arenas del mar, son las que cada ser va dejando a su paso por la vida. Procura, joven amigo, que tus huellas no sean muy profundas, y cuando tus pasos hayan cubierto todas las travesías, sacúdete los pies para que el polvo del camino andando no ensucie tu ser”.
“Así lo haré sin duda, y en mi alforja custodiaré con celo vuestra hermosa Sentencia. Llegué hasta estas tierras perdido y un profundo sentimiento de soledad se apoderó de mí. Pero, gracias a que os he conocido, ahora continúo mi camino sabiendo que en mi interior hay un tesoro que comparto con la Suprema Inmensidad, con la Suprema Inmensidad, con la Suprema Inmensidad..
Psique acababa de abandonar la morada de los sueños, y aún podía recordar aquella frase que le abordaba una y otra vez... Suprema Inmensidad, Suprema Inmensidad. Y se preguntó extrañado qué sería la Suprema Inmensidad. Hasta ahora, cuanto conocía, nada se parecía a la Suprema Inmensidad. ¿Qué le había querido decir los Peces con aquel mensaje? Él mismo se sentía la Suprema Inmensidad, pero no sabía explicar por qué era así y no de otra forma, y siguió sumergido en todos aquellos interrogantes.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (5)

Cruzó parajes muy distintos unos de otros y, al final, aquel cauce desembocó en un ancho brazo de tierra que recibía con agrado el desenfrenado torrente de las aguas. Se trataba de un magnífico y poderoso río, donde el caudal, el líquido elemento, adquiría un brillo especial y donde el cálido susurro del estanque se convirtió en un estruendo embravecido por el choque continuo del agua contra las rocas interpuestas en su curso. Psique admiró tanta belleza y buscó el modo de bajar hasta las lindes del río, no tardando en conseguirlo.

El joven no quería perderse ni un solo detalle de aquel espectáculo y, sin darse cuenta, poco a poco, se fue contagiando de aquel ensordecedor ruido, el cual agitaba agresivamente el paisaje, poniendo fin al espíritu de paz que reinaba momentos antes.

A Psique no pareció importarle aquel hecho, y sin ser consciente de ello, fue quedando presa de la magia y del magnetismo del paisaje. Sin saber cómo, se encontró en el borde de una gran roca plana que le permitía acceder al borde del torrencial río.

Allí, su rostro se mostraba desfigurado, pues las aguas encrespadas no permitían reflejarloLos Viajes de Psique (5) con nitidez. Aquello le preocupaba y, al descubrirse tan deforme, se sintió interiormente herido. No comprendía lo que estaba sucediendo, pero aquella experiencia le atormentaba hasta el punto que buscó alejarse de aquel oscuro y misterioso lugar. Pero cuando así lo quiso hacer, algo muy extraño se lo impidió.

“¿A dónde crees que vas? Muy lejos has llegado con tu ansiedad. Pero ahora pagarás con la muerte tu vanidad, pues probarás el poder de mi veneno”.

Aquel ser, muy parecido al Cangrejo, se interponía en su camino y lo amenazaba con el afilado cuerno que poseía en su cola.

“¿Ansiedad, muerte, vanidad, veneno? Cuántas cosas dices que no comprendo. Pero ahora no tengo tiempo para tratar de comprender tu lenguaje. Debo buscar al Escorpión y no puedo perder más tiempo -le dijo un tanto inquieto, Psique-“.

“Alto, alto, no corras tanto y dime, ¿quién te ha mandado buscar al Escorpión?

“Soy Psique, hijo de Mentor, Rey de la Ciudad Sagrada, y debo reunir las Doce Sentencias para ocupar el trono de mi padre. Si conoces al Escorpión, por favor, dime dónde puedo encontrarle”.

“¿Es verdad que no conoces el significado de la ansiedad? Pues debes saber que te comportas ansiosamente. Sí, no te extrañes. Tu afán es semejante a los potentes remolinos que agitan las aguas de este mágico río. Ninguno de los dos se preocupa si hace daño a los demás a su paso. Pero también es cierto que, gracias a ese brío, las aguas fecundan la tierra arrastrando la suciedad que en ella pueda habitar. Espero que tu ansiedad tenga un objetivo positivo. Dime, ¿qué harías si te nombrase rey de estas fértiles tierras? -le preguntó astutamente el Escorpión-“.

“Bueno, sin duda, yo..., lo primero que haría sería un mundo que tuviera corazón y poder, además de amor. Eso es, que tenga amor..., y donde todos puedan desear”.

“¡Desear, dices! gritó el Escorpión sorprendiendo a Psique. ¿Has pensado en mis aguas? Si todos quisieran adueñarse de ellas. Dime, ¿has pensado en ellas?”

“Pues, verás, ahora que lo dices -titubeó el joven Psique-“.

“¡Ajá! Ya veo que dudas. Debes tener determinación y, cuando desees algo, lucha por conseguirlo con todas tus fuerzas. Hazlo con las mismas fuerzas como lo hacen las aguas del río. Ven, mírate en el agua y di qué ves en ella -le invitó el misterioso Escorpión-“.

“Veo un rostro que ha perdido su resplandor. Es horrendo y tenebroso. ¿Acaso soy yo ese rostro? -expresó confundido Psique-“.

“No temas, amigo mío, pues tu corazón aún es puro. Pero debes saber que si inyectara en la sangre de tus venas el poderoso veneno de mi cola, quedarías atrapado en uno de los más peligrosos sueños, el querer ser eternamente hermoso y bello. Te creerás un Dios omnipotente y perfecto, y todo cuanto siembres a tu alrededor llevará el germen de la discordia y la destrucción. Considérate afortunado, pues hoy me siento generoso y un poco cansado y no tengo ganas de pinchar a nadie, pero recibe un consejo, ansioso joven. No permanezcas por mucho tiempo perplejo en tu imagen, pues si te enamoras de ti mismo, tal vez pierdas tu hora y no llegues a tu meta a tiempo”.

“Pero, dime, ¿quién eres tú que posees tanto conocimiento?”

“Soy Escorpio, el Escorpión, el mismo a quien buscas ansiosamente”.

“Y, ¿cuál es tu Sentencia, fiel consejero? Dime, ¿cuál es la virtud que tú representas? -le preguntó amistosamente Psique-“.

“Mi Sentencia, ¿para qué saberla? Nadie me considera bueno -le contestó lamentándose el Escorpión-“.

“¿Por qué dices eso? ¿Acaso no te has mirado al estanque? Tu rostro es hermoso -le dijo afectuosamente el joven-“.

“Vamos, no te burles de mí. Tú sí eres un joven apuesto. Pero yo tan sólo sirvo para atemorizar a los extranjeros que se acercan a estas tierras en busca de ocultos tesoros. A mí todos me temen, porque no soporto aquello que no sea perfecto, y castigo a quien hiere mi amor propio. Vete de aquí, muchacho, antes de que me arrepienta de no haberte castigado por la osadía de haber penetrado en mis tierras sin permiso”.

“No puedo irme, amigo Escorpión. Algo muy grande y valioso me ha traído hasta aquí, y como tú mismo me has enseñado hace tan sólo unos momentos, debo luchar sin dudar por lo que más deseo. Así que no me iré hasta que me hayas ofrecido tu Sentencia”.

En esta ocasión, Psique habló con decisión y determinación. Sabía lo que quería y lucharía por ello con todas sus fuerzas, y así lo entendió el Escorpión, el cual sintió simpatía por la poderosa fuerza que demostraba Psique, y en respuesta a ello, le dijo:

“Ten cuidado, muchacho, no te excedas en tu vanidad. jJa, ja, ja! Aprendes rápido. Sí, muy rápido. Ven junto a mí y no temas. Ya no te pincharé. Escucha mi Sentencia. Yo soy muerte y vida. A través de mi veneno, pongo fin a las vidas que han de ser regeneradas y purificadas, pues es tanta la maldad que genera que es preciso poner fin a su existencia. Pero también soy la vida y, a través de mí, ésta se perpetúa a imagen y semejanza de su creador. Esa es mi Sentencia, amigo. Si has sido llamado a ser Rey de la Ciudad Sagrada, necesitarás de mi ayuda. Cuando así sea, clama mi nombre; soy Escorpio, el Escorpión Sagrado, y entonces tus poderes creadores fertilizarán tu obra. Y ahora debes dejarme, pues ha llegado la hora de mi reposo”.

"¡Gracias! Gracias, sabio Escorpio. Nunca te olvidaré”.


jueves, 13 de diciembre de 2018

Los Viajes de Psique (4)



Capítulo II: "Las Tierras de Agua de Hochmah"

Se sentía feliz, pues ya había culminado su primera etapa. Aún desconocía lo que el futuro le aguardaba, pero no le preocupaba, pues algo muy valioso brillaba en su interior. Un ideal, un corazón y una virtud llamada Poder.
 Agitado por aquel cúmulo de experiencias, Psique sintió cómo una fuerza irresistible lo invitaba a abandonar su repleta alforja para caer presa de un suave sopor. Sintió que aquella nueva sensación -diferentes a otras que había experimentado-, le seducía, y atraído por ese cálido y melodioso susurro, se dejó llevar hacia un nuevo paisaje que se le antojó fruto de la más asombrosa fantasía.
 De pronto, Psique tuvo la leve sensación de que era conducido por un túnel oscuro y misterioso, pero en ningún momento sintió miedo, pues al final una resplandeciente luz hacía albergar la esperanza de una nueva vida. Y tal como pensó, se encontró cara a cara con un paisaje, para él, totalmente nuevo.
 Hasta sus oídos llegó el armonioso compás que componían a su paso las aguas emanadas libremente de los ocultos manantiales. Aquel nuevo descubrimiento le llenó de admiración y, guiado por el único afán de conocer, se acercó hasta un hermoso lugar donde la espontaneidad de la naturaleza había formado una bella cascada, lo que permitía que el agua se engalanara con sus ropajes más cristalinos y transparentes. Al final, aquel cauce descansaba en un plácido remanso de paz, dando lugar a un estanque donde se reflejaban los más preciados tesoros de la vida.
Psique quiso experimentar aquel nuevo elemento que despertaba en él tan fuerte inquietud y, movido por ese deseo, sumergió sus manos en el frescor de aquellas aguas. Y fue tal su impresión, que sintió la necesidad de fundirse en aquella morada de paz. Pero algo maravilloso de nuevo le sorprendió. En el fondo del estanque, un rostro resplandeciente se dibujó. Sin poder evitarlo retrocedió, y cuando quiso averiguar quién le observaba desde el interior, vio un poco disgustado que ya no estaba. Se acercó de nuevo, y una vez más aquel rostro tomó forma hasta adquirir plena nitidez. 
Psique no acababa de salir de su asombro, cuando desde detrás de una roca, una voz le interrumpió.
“¡Oye, joven muchacho! ¿Es que eres tan horrible que ni tan siquiera soportas ver reflejarse tu propio rostro?”
Quien así hablaba, se trataba de un nuevo ser. Diferente, muy diferente al Carnero, al León y al Centauro Arquero. Su cuerpo se hubiera arrastrado por el suelo, de no ser por unas extrañas pezuñas que le permitían andar de un modo especial, pues daba la sensación de caminar hacia atrás.
Su apariencia le asemejaba a una piedra y por este motivo, Psique tuvo dificultades para descubrirle, pero no por ello dejó de decirle:
“Hola, extraño ser. No te había visto antes. Algo sorprendente me acaba de ocurrir. Algo que no sabría explicar, pero que me produce un nuevo bienestar. ¿Sabrías tú decirme dónde me encuentro?”
“Claro que sabría decírtelo, pero, ¿por qué tendría que hacerlo? ¿Quién eres tú para irrumpir en las Tierras Acuosas de Hochmah? -contestó desafiante aquel ser-“.
“¡Oh!, perdona mi descortesía, he olvidado presentarme. Soy Psique, hijo legítimo de Mentor, Rey de la Ciudad Sagrada. He llegado hasta aquí, guiado por una de las flechas de Sagitario, el Centauro Arquero, pero creo que he debido perderme. Ando buscando al Cangrejo, ¿sabrías tú indicarme dónde puedo encontrarle? -preguntó cortésmente el joven Psique-“.
“Muchacho, muchacho, veo que aún eres muy ingenuo. Pero antes de indicarte dónde encontrar al huidizo Cangrejo, ven y te mostraré algo que aún desconoces. Mira al estanque y dime qué ves”.
Psique, dejándose llevar por la mágica atracción que ejercía el Cangrejo sobre él, se acercó al estanque y de nuevo vio dibujado un rostro resplandeciente en él.
“Pues, veo un rostro luminoso que sonríe y está alegre -contestó con sencillez Psique-“.
“¿Acaso no habías visto anteriormente ese rostro? -preguntó admirado el Cangrejo-“.
“No, jamás lo había visto. Aunque me recuerda a mi amigo el Arquero”.
“Ten por cierto, hijo mío, que no olvidarás nunca este día, pues debes saber que ese rostro eres tú mismo”.
“¡Cómo!, pero si ese rostro de Luz tiene el don de vivificar todo cuanto a su paso toca -dijo Psique muy impresionado-“.
“En efecto, muchacho. Debes conocer tu origen, y ahora tienes la oportunidad. Las Aguas de Hochmah reflejan tus poderes internos y, como bien has podido comprobar, posees el don de la vida, el don de crear”.
“¡Oh! qué feliz me siento. Entonces la inmensa belleza, el perfecto orden, el mágico aroma que se respira en la naturaleza, todo eso es fruto de..., de...”
Psique no encontraba la palabra adecuada para expresar lo que estaba sintiendo, y fue aquel extraño y desconocido ser el que le dijo:
“Del amor”.
“Amor, ¿qué es amor? ¿Acaso yo soy amor?”
“¡Oh! Muchacho. Amor es un sueño tan hermoso que cuando se tiene, jamás queremos volver a despertar. Es un tesoro tan valioso, que ni la más preciada de las joyas se le puede igualar. Amor es la flor que abre sus pétalos y deja escapar su apreciado y embriagador aroma sin importarle que se pueda deshojar. El amor es como el agua, que permite a todos cuantos se acercan a ella calmar su sed oculta. Es el pan que alimenta y el aliento que refresca. Es el tacto cálido que arropa, y el susurro melodioso del viento estimulando la tenue llama que abraza nuestro corazón. Amor es fundirse con el fuego y, como una semilla, ser la esperanza que abriga el nuevo día. Amor es, como la lluvia, que, sin pedir nada a cambio, fecunda las tierras sembradas por el labrador. El amor es la llave que nos permite abrir el cofre donde, ocultamente, se custodia el conocimiento. Amor, joven muchacho, es la fruta que, alcanzando su madurez, se convierte en el alimento del hambriento”.
Psique, sin poder salir de su asombro, apenas acertó a musitar...
“Pero, dime, ¿quién eres?”
“Soy Cáncer, el Cangrejo. Creo que me buscas. Pero, ¿qué quieres de mí? -le inquirió, en tono suave-“.
“Gracias a ti, amigo Cangrejo, he podido descubrir mi rostro, y ello me ha permitido experimentar una nueva sensación en mi corazón. Un nuevo anhelo se ha despertado en mi interior y un nuevo ropaje da forma ahora a mi ser. Siento la necesidad de gritar con fuerza, iYo soy Alguien! Alguien que tiene vida y que siente, que desea. Sí, que desea crear. Crear tanta belleza como la que nos ofrece la naturaleza. Añoro a mi Padre. No sabría explicarlo, pero me siento un poco más alejado de Él, pero más cerca de mi mismo. Quiero imitar su obra y, por ello, debo reunir las Doce Sentencias. Te agradecería, amigo Cáncer, que me otorgaras la tuya”.
“Veo que llegaste desnudo y que te marchas con nuevos ropajes. Veo, también, que nada podrá interponerse en tu camino. Así que debes saber que soy el Guardián de los Sueños. Si algún día necesitas crear tu propia vida, invócame en tu recuerdo, y mi imagen te inspirará la más fértil imaginación con la que dar vida a todos tus deseos. Yo soy la fuerza que estimula al misionero. Soy la fe del que busca y soy el cántico del guerrero. Tal vez conozcas ya mi Sentencia”.
“Mucha es tu sabiduría, valeroso Cangrejo, y si he de llevar conmigo tu tesoro, quiero que sepas que me llevo el mejor de todos, el Amor. Ese será tu recuerdo”.
Y ambos se separaron. El Cangrejo se refugió de nuevo entre las piedras, y Psique ensimismado aún por la belleza de aquel nuevo elemento, quiso seguir el curso de aquellas aguas, de las que se hizo su fiel compañero.