domingo, 9 de febrero de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 40

LECCIÓN 40

Soy bendito por ser un Hijo de Dios.

1. Comenzamos hoy a afirmar algunas de las bienaventuranzas a las que tienes derecho por ser quien eres. 2Hoy no se requieren largas sesiones de práctica, sino muchas cortas y frecuentes. 3Lo ideal sería una cada diez minutos, y se te exhorta a que trates de mantener este horario y a adherirte a él siempre que puedas. 4Si te olvidas, trata de nuevo. 5Si hay largas interrupciones, trata de nuevo. 6Siempre que te acuerdes, trata de nuevo.

2. No es preciso que cierres los ojos durante los ejercicios, aunque probablemente te resultará beneficioso hacerlo. 2Mas puede que durante el día te encuentres en situaciones en las que no puedas cerrar los ojos. 3No obstante, no dejes de hacer la sesión por eso. 4Puedes practicar muy bien en cualquier circunstancia, si realmente deseas hacerlo.

3. Los ejercicios de hoy no requieren ningún esfuerzo ni mucho tiempo. 2Repite la idea de hoy y luego añade varios de los atributos que asocias con ser un Hijo de Dios, aplicándotelos a ti mismo. 3Una sesión de práctica, por ejemplo, podría consistir en lo siguiente:

4Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
5Soy feliz y estoy en paz; soy amoroso y estoy contento.

6Otra podría ser, por ejemplo:

7Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
8Estoy calmado y sereno; me siento seguro y confiado.

9Si sólo dispones de un momento, basta con que simplemente te digas a ti mismo que eres bendito por ser un Hijo de Dios.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que, mientras me identifique con el sistema de valores del ego, permanezco dormido a la verdad de lo que soy. El ego se sostiene mediante hábitos mentales aprendidos que refuerzan respuestas automáticas. Estos hábitos se han formado a partir de la experiencia en el mundo de la percepción y se basan en la creencia en la división, la competencia, la posesión, el sacrificio y el miedo.

Desde esa identificación, dar se interpreta como perder. El servicio se vive como desgaste y no como extensión natural del amor. Las relaciones quedan condicionadas por recuerdos de heridas pasadas, que se convierten en obstáculos para experimentar el amor sin reservas. Así, la libertad de expresar la verdad del Ser queda velada por capas de creencias que limitan la percepción.

El Curso no propone luchar contra esas capas, sino despertar de la identificación con ellas. Ese despertar comienza cuando acepto que soy bendito, no como un logro personal, sino como un hecho que procede de mi creación. Ser bendito es mi condición natural por ser el Hijo de Dios.

La lección utiliza el término bendito para señalar un estado que no pertenece al ego. Bendito no significa débil ni ingenuo; no es azar ni placer pasajero. Bendito es reconocer la inocencia, la dicha y la plenitud que no dependen de circunstancias externas. Estos estados no pueden ser producidos por el ego, porque no proceden del mundo, sino de la Identidad que comparto con mi Fuente.

Esta lección es especialmente sencilla porque no me pide que cambie nada, sino que recuerde lo que ya soy. Su práctica consiste en permitir que ese recuerdo se haga presente una y otra vez a lo largo del día. No se trata de convencerme ni de repetirme una idea para fabricar un estado, sino de dejar que la verdad sustituya a la creencia falsa.

La repetición no crea la verdad; la mantiene disponible en la conciencia. Del mismo modo que los hábitos del ego se reforzaron por repetición, esta práctica utiliza el mismo mecanismo para deshacerlos, pero sin esfuerzo ni imposición. El valor real de la lección no está en la técnica, sino en la elección previa: haber decidido ver de otra manera.

Al aceptar que soy bendito por ser el Hijo de Dios, dejo de buscar valor, felicidad o seguridad en el mundo. Y en ese reconocimiento, la paz se restablece como mi estado natural.

Me gustaría compartir una reflexión nacida de una experiencia que, aunque muchos podamos comprender intelectualmente, en mi caso se reveló hace unos días con una profundidad distinta, en lo que reconocí claramente como un instante santo.

La reflexión es sencilla: ¿Qué podría aportarnos mayor dicha que la certeza de que somos el Hijo de Dios?

Esta verdad había estado presente en mi entendimiento durante mucho tiempo. La conocía, la aceptaba conceptualmente, pero hasta ese momento no la había experimentado de forma plena. Ese día dejó de ser una idea y se convirtió en una vivencia interior.

Cuando esa certeza se hace presente, no es una emoción intensa lo que surge, sino una profunda calma. Es como si el peso que sostenía la mente se disolviera. Allí donde antes quedaban restos de miedo o inquietud, apareció una serenidad suave y estable. No hubo necesidad de explicaciones ni de esfuerzo alguno.

La dicha que acompaña a ese reconocimiento no procede de nada externo. Nace de saber, sin dudas, que nada en nuestra experiencia está fuera de Dios, que no hay circunstancias abandonadas a la casualidad ni espacios donde el Amor no esté presente.

En ese instante, no se gana nada nuevo, ni se alcanza algo extraordinario. Simplemente se recuerda lo que siempre ha sido verdad. Y ese recuerdo basta para que la mente descanse.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 40 introduce explícitamente el lenguaje de bienaventuranza, término cargado de sentido en el Texto del Curso. No se refiere a recompensas futuras ni a estados especiales, sino a condiciones inherentes al Hijo de Dios.

La frase clave: “por el mero hecho de ser quien eres” sitúa la bendición antes de toda conducta, pensamiento o logro. Esta lección consolida lo afirmado en la 39: si la santidad es tu salvación, entonces la bendición no puede ser algo que se gane, sino algo que se reconoce.

Aquí el Curso empieza a sustituir la lógica de la culpa por la lógica del merecimiento natural, no basado en obras, sino en identidad.

Instrucciones prácticas:

A diferencia de las lecciones inmediatamente anteriores, esta no enfatiza sesiones largas, sino: aplicaciones breves, muy frecuentes, en cualquier contexto.

Esto es coherente con su contenido: la bendición no requiere introspección profunda, sino recordatorio constante.

La instrucción de cerrar los ojos y luego abrirlos tiene un sentido claro en el Curso: primero se afirma la verdad internamente, y luego se extiende a la percepción.

Además, la lección introduce un cambio importante: “no se te pide que resuelvas el problema”

Esto refuerza la enseñanza central del Texto: los problemas no se resuelven; se disuelven cuando se corrige la causa.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta la creencia profundamente arraigada de que:

  • hay que merecer la paz,
  • hay que corregirse para ser bendecido,
  • hay que entender para estar en paz.

La afirmación: “Soy bendecido como Hijo de Dios” actúa como antídoto directo contra la autoacusación.

Además, la instrucción de aceptar que “no es un problema” no es negación, sino desidentificación. El ego define al yo a través de los problemas; esta lección enseña a no tomarlos como propios.

Espiritualmente, esta lección se apoya en un principio central del Texto: Dios no crea sin bendecir.

Ser Hijo de Dios implica estar bendecido ahora, no después de un proceso de purificación. La bendición no depende del tiempo, porque la creación no ocurrió en el tiempo.

La referencia explícita al Espíritu Santo refuerza el carácter no personal de la corrección: “El Espíritu Santo se encargará de ello sin esfuerzo alguno de tu parte.”

Esto afirma que la salvación no es una empresa humana, sino una aceptación.

Relación con el Curso:

La progresión doctrinal continúa con total coherencia:

  • 35: Identidad santa
  • 36: Santidad que envuelve
  • 37: Santidad que bendice
  • 38: Santidad como poder
  • 39: Santidad como salvación
  • 40: Santidad como bendición recibida

Aquí el Curso equilibra la expansión anterior: después de bendecir, sanar y salvar, ahora se afirma el derecho a recibir.

Esto previene una lectura sacrificial o heroica de la función espiritual.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea para “sentirse mejor”.
  • No forzar la sensación de bendición.
  • Aplicarla especialmente cuando el ego declare que “hay un problema”.

El Curso no pide comprensión, solo disponibilidad.

Conclusión final:

La Lección 40 sella una verdad esencial del Curso: No estás intentando convertirte en algo mejor, sino recordar que ya estás bendecido.

La bendición no elimina problemas porque nunca los toma como reales.
No exige esfuerzo porque no compite con nada.

Aquí el Curso comienza a entrenar una confianza radical: en la identidad, en la guía, y en la ausencia de culpa como estado natural.

Ejemplo-Guía: ¿A qué le tienes miedo?

Este ejemplo nos invita a situarnos en el origen de nuestras emociones, allí donde parecen surgir la escasez, la culpa, el dolor y la infelicidad. Desde la enseñanza del Curso, el miedo no procede de las circunstancias ni del mundo, sino de haber olvidado a Dios y, con ello, haber olvidado quiénes somos.

El miedo es el fundamento del sistema de pensamiento del ego. No es una fuerza real ni una creación verdadera, sino el resultado de una creencia: la creencia en la separación. Cuando la mente aceptó la idea de verse a sí misma como independiente de su Fuente, pareció surgir una forma distinta de experiencia. No se perdió el Conocimiento, pero se dejó de reconocer, y fue sustituido por la percepción.

Así, la comunicación directa —el Conocimiento— fue reemplazada por una interpretación fragmentada de la realidad. La unidad dio paso a la multiplicidad, no como un hecho real, sino como una manera de ver. Desde ese momento, la mente comenzó a interpretar desde la diferencia, y el miedo apareció como consecuencia inevitable de creerse separado.

Desde entonces, la conciencia parece velada. No porque la verdad haya desaparecido, sino porque la atención se ha desplazado. El miedo no cubre la verdad; simplemente la oculta a la percepción mientras la mente elige escuchar al ego.

Esta lección nos invita a reconocer que el miedo no tiene causa real ni poder propio. Al observarlo sin juzgar y al recordar su origen ilusorio, abrimos el espacio para que sea reinterpretado. Y en esa reinterpretación, la mente comienza a recordar que nunca dejó de estar en Dios, aunque haya creído lo contrario.

Ahí es donde el miedo empieza a perder sentido.

En el mundo que la mente ha inventado y donde el ego parece gobernar, el miedo se convierte en la moneda de cambio. Este sistema se mantiene mientras el soñador no reconoce que él no es víctima del sueño, sino quien lo está interpretando. Cuando esta toma de conciencia comienza, no se trata de fabricar un sueño mejor desde el ego, sino de cuestionar el valor que se le ha dado al sueño mismo.

Tal como hemos aprendido en lecciones anteriores, la mente es la causa y la experiencia perceptiva es el efecto. No porque la mente cree acontecimientos concretos, sino porque les da significado. Al reconocer esto, empezamos a asumir la responsabilidad de cómo interpretamos lo que vivimos.

Responder con honestidad a la pregunta del ejemplo-guía —¿a qué le tengo miedo?— nos ayuda a observar el contenido de nuestra mente sin juzgarlo. La forma que adopte el miedo es irrelevante: puede expresarse como temor a un insecto, a una enfermedad o a cualquier pérdida imaginable. La causa es siempre la misma: la creencia en la separación.

El miedo no procede del objeto al que parece dirigirse, sino de la identificación con el cuerpo y con sus aparentes limitaciones. Mientras me crea un ser vulnerable, sujeto al tiempo y al espacio, el miedo parecerá razonable e inevitable.

Muchos estudios coinciden en señalar que el miedo más profundo y extendido es el miedo a la muerte. Desde la perspectiva del Curso, esto tiene una explicación clara: el ego necesita creer en la muerte para sostener su propia existencia. Si la muerte no fuera real, la identidad basada en el cuerpo tampoco lo sería, y con ello el ego quedaría sin fundamento.

Por eso, el ego defiende la realidad del miedo y de la muerte con tanta insistencia. Sin embargo, el Curso nos invita a recordar que la muerte no es la verdad, sino una creencia dentro del sueño. Al cuestionarla, no negamos la experiencia humana, sino que dejamos de otorgarle poder sobre nuestra identidad real.

Así, esta lección no nos pide que dejemos de sentir miedo por la fuerza, sino que reconozcamos su origen ilusorio. Y en ese reconocimiento, el miedo comienza a perder sentido, abriendo paso al recuerdo de lo que siempre hemos sido.

Reflexión: ¿Qué puede aportarnos más felicidad que tener la certeza de que somos el Hijo de Dios?

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