sábado, 12 de octubre de 2019

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 285

LECCIÓN 285

Hoy mi santidad brilla clara y radiante.

1. Hoy me despierto lleno de júbilo, sabiendo que sólo han de acontecerme cosas buenas procedentes de Dios. 2Eso es todo lo que pido, y sé que mi ruego recibirá respuesta debido a los pen­samientos a los que va dirigido. 3Y en el instante en que acepte mi santidad, lo único que pediré serán cosas dichosas. 4Pues, ¿qué utilidad tendría el dolor para mí, para qué iba a querer el sufri­miento, y de qué me servirían el pesar y la pérdida si la demencia se alejara hoy de mí y en su lugar aceptara mi santidad?

2.Padre, mi santidad es la Tuya. 2Permítaseme regocijarme en ella y recobrar la cordura mediante el perdón. 3Tu Hijo sigue siendo tal como Tú lo creaste. 4Mi santidad es parte de mí y también de Ti. 5Pues, ¿qué podría alterar a la Santidad Misma?

¿Qué me enseña esta lección?


Hoy me he levantado con un solo propósito, que de mi mente emanen pensamientos luminosos. Esa iniciativa, ha movilizado a mi voluntad y me he entregado a la tarea de ponerme al servicio de mi divinidad con la única intención de ser útil al resto de la humanidad.

Como consecuencia de esta disponibilidad, de mi mente han fluido pensamientos que hablan de la importancia de enfocar nuestra mente en el servicio del Amor; de la importancia de negar la realidad del miedo, de la separación y de la enfermedad.

Concentro la lucidez de mis pensamientos en disipar la oscuridad que se cierne sobre mi mente cuando participo de la falsa creencia de que estamos separados de los demás, de que el dolor es consecuencia de mis pecados, de que mi cuerpo es mi verdadera identidad y es la causa de todos mis sufrimientos. Ahora comprendo la razón por la cual, me hago eco de las experiencias protagonizadas por la humanidad. Me veo proyectadas en ellas. Mis juicios de debilidad, adoptan múltiples rostros y cuando los identifico, los juzgo y los condeno, en vez de bendecirlos por mostrarme mis falsas creencias.

Es necesario que nuestra conciencia despierte del sueño de la ilusión y comience a ver las cosas desde otra perspectiva. El ego está convencido en el poder que tiene el cuerpo para sanar o enfermar. Sin embargo, su creencia está basada en un error fundamental. La dimensión material es el resultado de proyectar la fuerza de nuestro pensamiento. Sólo así, el cuerpo se comporta como el envoltorio que pone de manifiesto lo que nuestra mente ha proyectado. Si nuestros pensamientos sirven al amor y a la unidad, nuestro cuerpo gozará de plenitud y salud. Cuando nuestros pensamientos sirven al miedo, a la separación, entonces nuestro cuerpo manifestará síntomas de enfermedad.

Para sanar nuestro cuerpo, debemos sanar nuestra mente.

Mantener nuestros pensamientos al servicio del Amor, hará que nuestro comportamiento sea brillante y radiante.

Ejemplo-Guía: "Una mente sana no ve la enfermedad"

Cuando abordamos el tema de la enfermedad en nuestras vidas, no podemos evitar encasillarla dentro de las vivencias más desagradables y temidas que podemos experimentar. Esa sola visión, hace difícil aceptar, que la enfermedad sea una consecuencia generada por nosotros mismos. 

Sin embargo, las habilidades del ego son muy sutiles y no lo estoy matizando en sentido condenatorio. Es de admirar que el ego tenga un marcado interés por la enfermedad. ¿Por qué ese interés?
"Si estás enfermo, ¿cómo podrías refutar su firme creencia de que no eres invulnerable? Éste es un razonamiento atractivo desde el punto de vista del ego porque encubre el ataque obvio que sub­yace a la enfermedad. Si reconocieses esto y además te opusieras al ataque, no podrías utilizar la enfermedad como un falso testigo para defender la postura del ego."
La enfermedad, al igual que la muerte, se convierte en uno de los principales argumentos que utiliza el ego para justificar su demente sistema de pensamiento, el cual se basa en la visión de la dualidad, de la separación.

El Principio 24 recogido en Un Curso de Milagros, nos dice:
"Los milagros te capacitan para curar a los enfermos y resucitar a los muertos porque tanto la enfermedad como la muerte son invenciones tuyas, y, por lo tanto, las puedes abolir."
Como bien nos enseña el Curso, la enfermedad tendría sentido sólo si las dos premisas básicas en las que se basa la interpretación que el ego hace del cuerpo fuesen ciertas: que el propósito del cuerpo es atacar, y que tú eres un cuerpo. Sin estas dos premisas la enfermedad es inconcebible.
"La enfermedad es una forma de demostrar que puedes ser herido. Da testimonio de tu fragilidad, de tu vulnerabilidad y de tu extrema necesidad de depender de dirección externa. El ego usa esto como su mejor argumento para demostrar que necesitas su dirección."
A estas altura de los estudios que venimos realizando, sabemos que la enfermedad, no es algo que se ori­gine en el cuerpo, sino en la mente, y que toda forma de enfermedad es un signo de que la mente está dividida y de que no está acep­tando un propósito unificado.

"Sólo la mente puede errar. El cuerpo sólo puede actuar equivocadamente cuando está respondiendo a un pensamiento falso. El cuerpo no puede crear y la creencia de que puede -error básico- ­da lugar a todos los síntomas físicos. Las enfermedades físicas implican la creencia en la magia. La distorsión que dio lugar a la magia se basa en la creencia de que existe una capacidad creativa en la materia que la mente no puede controlar. Este error puede manifestarse de dos formas: se puede creer que la mente puede crear falsamente en el cuerpo, o que el cuerpo puede crear falsa­mente en la mente. Cuando se comprende que la mente -el único nivel de creación- no puede crear más allá de sí misma, ninguno de esos dos tipos de confusión tiene por qué producirse."
La sola visión de la enfermedad, es creer que la enfermedad es real, lo que está sustentado por la creencia en que somos un cuerpo.

La tendencia instintiva para hacer frente a la enfermedad es buscar la curación a través de medios externos. Esta inclinación ha dado lugar a todo un entorno de especialización de los diferentes síntomas con los que se expresa la enfermedad en el cuerpo.  Pero como he expresado en este párrafo, no podemos "hacer frente" a la enfermedad, pues hacerlo es darle credibilidad. La curación que debemos llevar a cabo es en el único nivel verdadero, en el de la causa, es decir, en el de la mente. Corregir el error mental es sanar.

"Si enseñas enfermedad y curación, eres al mismo tiempo un mal maestro y un mal estudiante."
"Ayudar y curar son las expresio­nes naturales de la mente que está operando a través del cuerpo, pero no en él: Si la mente cree que su objetivo es el cuerpo distor­sionará su percepción de éste, y al bloquear su propia extensión más allá del mismo, dará lugar a enfermedades, pues estará fomentando la separación. Percibir el cuerpo como una entidad separada no puede sino fomentar la enfermedad, ya que ello no es verdad. Un medio de comunicación deja de ser útil si se emplea para cualquier otra cosa. Usar un instrumento de comunicación como instrumento de ataque es estar confundido con respecto a su propósito."
Reflexión: ¿Cómo afrontas la enfermedad del cuerpo? 

viernes, 11 de octubre de 2019

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 284

LECCIÓN 284

Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor.

1. Las pérdidas no son pérdidas cuando se perciben correcta­mente., 2El dolor es imposible. 3No hay pesar que tenga causa  alguna. 4Y cualquier clase de sufrimiento no es más que un sueño.
5Ésta es la verdad, que al principio sólo se dice de boca, y luego, después de repetirse muchas veces, se acepta en parte como cierta, pero con muchas reservas. 6Más tarde se considera seria­mente cada vez más y finalmente se acepta como la verdad. 7Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor. 8Y hoy deseo ir más allá de las palabras y de todas mis reservas, y aceptar plenamente la verdad que reside en ellas.

2. Padre, lo que Tú me has dado no puede hacerme daño, por lo tanto, el sufrimiento y el dolor son imposibles. 2Que mi confianza en Ti no fla­quee hoy. 3Que acepte como Tu regalo únicamente aquello que produce felicidad y que acepte como la verdad únicamente aquello que me hace  feliz.

¿Qué me enseña esta lección?


La pérdida, el dolor, el pesar, el sufrimiento, tan sólo es real para el ego, pues forma parte de su modelo de pensamiento, de sus falsas creencias y de su identificación con el cuerpo material.

En cambio, para el Espíritu, la idea de pérdida, de dolor, de pesar y de sufrimiento forma parte de la ilusión, de lo irreal. El Espíritu que tiene su Hogar en el Cielo, no experimenta esas necesidades propias del ego. En el Mundo de Dios, la escasez no existe. En dicho Mundo, Todos formamos una Unidad y la pérdida es un concepto que no es real.

Desde la visión del ego, empleamos mucho tiempo y esfuerzo en cultivar el perfeccionamiento del cuerpo, sin embargo, en lo que respecta a la mente, le dedicamos muy poca atención, cuando en verdad, son los pensamientos los que fabrican nuestra realidad.

La mente funciona como un receptor de radio, en el que dependiendo de la frecuencia que sintonicemos podremos oír una cosa u otra.

Hoy he estado desarrollando esta idea y prestándole atención a mis pensamientos. Dependiendo de la frecuencia que elegía, podía ver las cosas de una manera u otra. Si elegía la frecuencia del ego, cuando miraba a mi alrededor, tan sólo percibía las formas externas de los demás, y no podía evitar emitir un juicio de valor sobre aquello que ocupaba mi mirada.
Si en cambio, elegía sintonizar en la frecuencia del Espíritu, mi visión cambiaba por completo y veía en los demás mi propio rostro.

Reconozco que mantener la atención y sintonizar la alta frecuencia del Espíritu en todos los momentos, por ahora es un propósito. Pero, me imagino que es cuestión de práctica y cuanto más lo practique, llegará un día en que forme parte de mi comportamiento habitual. 

Ejemplo-Guía: "¿Qué frecuencia sintoniza nuestra mente?"

Esta pregunta es muy parecida a la que ya hemos trabajado, cuando reflexionábamos sobre la "voz" a la que prestamos atención. Es una manera distinta de abordar el mismo tema, por lo que no me extenderé mucho.

Si la frecuencia que sintoniza nuestra mente es "radio ego" o "radio separación", nuestro sistema de pensamiento nos llevará a creer que el cuerpo nos puede dar placer. En este sentido, nos recuerda el Curso, que si esto es así, "también creerás que te puede causar dolor".  La razón de que esto sea así, no es porque Dios nos esté castigando, sino porque si encontramos placer,  fuera de nosotros, ¿qué estamos haciendo realmente? Una vez más, decidimos substituir a Dios, lo que significa que estamos recapitulando el error original en que nos creímos separados de Dios, ese instante en el nos dijimos: "El Cielo no es suficiente, quiero algo más.”

La frecuencia "radio ego" nos mantiene embelesados con una sintonía que se asemeja al sueño, donde nuestra conciencia se encuentra identificada con todos y cada uno de los personajes que participan en lo soñado. Es un sueño tan profundo y real que llegamos a percibir a través de los sentidos, la presencia de todos los actores que llenan de historias el sueño. 

En el sueño percibimos y sentimos emociones muy variopintas. Unas nos causan placer y otras dolor, aunque en la mayoría de las ocasiones, nuestra conciencia no se identifica como la única causa que da origen a esas experiencias, sino que proyecta fuera de sí, su contenido interior hasta encontrar a los agentes apropiados a los que juzgará como los causantes de esas sensaciones.

En nuestros sueños nocturnos, podemos encontrar un claro ejemplo de la dinámica que experimentamos en el sueño de la vida. Seguro que habrás vivido, durante el sueño nocturno, vivencias tan nítidas, que al despertar tienes la clara sensación de que las has vivido realmente. Hasta tal punto, lo vivido en el sueño, te ha influenciado, que tu estado de ánimo está condicionado por el tipo de experiencia ilusoriamente vivida.

Si alguien pusiese en duda la realidad de esa vivencia no le prestarías atención. Pero si lo analizas con detenimiento, las escenas que aparecen en tu mente durante ese sueño nocturno no existen en tu realidad  o mejor dicho, en tu sueño de vida. Pero eso no quita que te hayas sentido vivamente influenciado por sus sensaciones.

De este modo, cuando sintonizamos la frecuencia "radio ego" estamos experimentando un sueño, en el que todo cuanto nos ocurre lo hacemos realidad, incluido el dolor, la enfermedad y la temida muerte. Podemos decir, que el mundo del sueño tiene sus propias leyes y creer en ellas nos lleva a hacer real lo que tan solo tiene lugar en nuestra mente.
Es únicamente cuando elegimos el milagro y podemos decir y verdaderamente creer que “no me gobiernan otras leyes que las de Dios” (L-pl.76) que los efectos de las leyes del ego desaparecen: “Los milagros despiertan nuevamente la conciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad. Este reconocimiento es lo que le confiere al milagro su poder curativo” (T-1.I.20) (Kenneth Wapnick)
Pero existen otras frecuencias. Yo la llamaría -puesto a crear-, la "frecuencia verdadera" o la "frecuencia del Espíritu". Sintonizarla significa que hemos dejado de ser inconsciente a la hora de experimentar el sueño, lo que nos lleva a ser el "soñador del sueño". Este estado nos permite ser conscientes de que el sueño no nos está soñando a nosotros y que cualquier cosa que veamos en el sueño, la hemos puesto nosotros ahí. Como dice Ken Wapcnick, esto lo hacemos "para satisfacer uno de estos dos propósitos, para satisfacer una de estas metas; para quedarte arraigado en el sueño de la separación y el especialismo o para dar los pasos que te conducirán a que despiertes del sueño."

La práctica de esta Lección, sin duda alguna, nos invita a elegir qué frecuencia vamos a sintonizar en el día de hoy, y para cada instante de nuestra vida. Mi experiencia, me dicta que podemos empezar "jugando" con el dolor emocional. Alguien nos hace un desprecio y nos sentimos dolidos por ello. Podemos expresarlo, reprochando su actitud o podemos reprimirlo y dejar que crezca en nuestro interior hasta "engordar" tanto que nos amenace con reventarnos.

Si pensamos que el otro, el de afuera, puede hacernos daño, estamos viendo la causa donde no se encuentra. En cambio, si cambiamos nuestras creencias y decidimos ver que lo externo es la proyección de nuestra mente, entonces, cuando recibamos un agravio de otra persona, lo bendeciremos, pues ha venido a ofrecernos el regalo que necesitábamos para hacernos consciente de esa particularidad que ha sido el motivo del agravio y del reproche. De este modo, llegará el instante en que nada externo a nosotros podrá hacernos daño, dicho de otra manera, el daño lo hemos utilizado para nuestro despertar.

Reflexión: ¿Puedo elegir cambiar todos los pensamientos que me causan dolor?

jueves, 10 de octubre de 2019

Cuento para Libra: "Un Otoño Mágico - Final"

Bartolomé no supo mantener por más  tiempo aquel silencio. Estaba profundamente entusiasmado pues, por unos momentos, él mismo se identificó con la apatía de aquel pobre e infeliz ser. Recordó que en más de una ocasión había deseado dar su propia vida, a cambio de obtener unos minutos el sentido de la vista, pero ahora comprendía que el precio era muy alto. No podía ocultar su interés y de un modo casi exaltado, interrumpió a su nuevo amigo, el pastor.
  • Dígame, señor pastor, ¿acaso el pobre borracho no muere en el incendio? ¿cómo es que ahora ve, pero ha perdido la vida? -preguntó muy intrigado Bartolomé-.
  • Ocurre, mi buen amigo, en la leyenda, al igual que en nuestras vidas. Si todo nuestro amor se centra en un sólo deseo y para conseguirlo no nos importa el precio a pagar, cuando lo hemos conseguido toda la fuerza de nuestro amor se desvanece y muere. Cuando nuestros deseos son vanos y egoístas, nuestro amor morirá para siempre y nos resultará difícil poder sentirnos vivo sin él. En cambio, cuando nuestros deseos son desinteresados y los compartimos con los demás, olvidándonos de nosotros mismos, entonces una vez conseguidos, nuestro amor se funde con el de otros y forma una gran familia, que como tal tendrá una descendencia y nos alimentará. A nuestro personaje su amor por si mismo le había cegado aún más de lo que ya se encontraba y dado que tan solo sembraba odio, en respuesta de sus actos cosechó su propio odio. La aparición del diablo, le ofrece la oportunidad de ver, pero en su mundo, en la morada de perdición donde tendrá que pagar sus deudas. A cambio se cobra lo que es suyo y lo que el desgraciado borracho le ofreció, nada menos que la vida.
Bartolomé escuchaba boquiabierto aquella narración tan curiosa. Apenas si respiraba para no interrumpir al pastor, aunque no podía ocultar su impaciencia por conocer el final de la leyenda.
  • Nuestro infeliz personaje - continuó narrando el pastor, al percibir la impaciencia del joven - lleno de terror, lloró amargamente durante horas y horas. Podía ver, pero de qué le valía, si cuanto alcanzaba a contemplar era dolor y sufrimiento. Había comprendido que se encontraba en el infierno. Allí, junto a él, una larga cola de desdichados, esperaban su turno para ser interrogados por sus actos. Ante su desdicha, se decía, que hubiese preferido no mencionar nunca aquellas fatídicas palabras y quizás aún podría seguir con vida.
Cuando más sumido se encontraba en aquellas reflexiones, una voz desagradable y áspera le hizo volver a la indeseada realidad.
  • ¿Eres el número nueve? Vamos, levántate y date prisa que ya vamos con retraso. 
Tuvo que mirarse bien sus ropajes, hasta que descubrió que alguien le había colocado una inscripción donde se podía leer el número nueve. Miró al demonio que le había dirigido la palabra y sintió miedo y resignación.
  • Vamos, pasa al salón número tres - exclamó de nuevo aquella misma voz–. 
No tardó en llegar a un salón muy oscuro, donde tan sólo se podía ver una gran pantalla blanca, la cual se iluminó de repente, al tiempo que una voz potente ordenó.
  • Ahora presta atención, debes saber que cuanto verás y sentirás no es más que el daño que tú has generado en los demás. Algún día nos agradecerás el sufrimiento que vas a experimentar ahora. Quizás cuando nazcas de nuevo no te veas en la necesidad de ser ciego una vez más, y ahora aprende y calla. 
Muchas imágenes se sucedieron unas tras otras, pero de todas ellas una le produjo una intensa emoción. Se vio en una gran sala. A un extremo y a otro varios personajes discutían agitadamente; a un lado de la sala, un hombre ocultaba su rostro entre sus manos, estaba lloroso y desolado, y en el centro de todo aquello se encontraba él, presidiendo la reunión. Era el juez, y aquella escena correspondía a un juicio. En esos momentos uno de los letrados se levantó y dirigiéndose al juez, dijo:
  • Señoría, admito que las pruebas que presenta el señor fiscal son agravantes, pero no existe ninguna prueba decisiva que permita reconocer, que mi defendido es culpable del cargo que se le acusa.
  • Le recuerdo señor abogado defensor, que ese cargo es de asesinato y que por lo tanto debemos sopesar cualquier hecho.
La fama de aquel juez era muy conocida en aquellos tiempos; su dureza y rigor le hacía despiadado e injusto. Todos decían que desde la muerte de su esposa el juez había olvidado lo que era la piedad y el amor.

El reo levantó su rostro y temió encontrarse con la cruel mirada del juez. Tan solo Dios y él sabían que no era culpable. No tenía cuartada para defenderse de las acusaciones y, sin embargo, supo leer en la mirada de aquel injusto juez, que la sentencia sería la pena de muerte.

Y tenía razón aquella pobre victima, pues cuando todos esperaban el veredicto decisivo, aquella voz dijo:
  • Por la autoridad que el estado me concede, declaro al acusado, CULPABLE de asesinato. Por lo que es condenado a la pena máxima. La ejecución se llevará a cabo mañana mismo. 
Al tiempo que aquellas palabras eran pronunciadas, muy lejos de allí en otras circunstancias, aquel hombre que consiguió ver a costa de su vida sentía cómo se le desgarraba el alma. Todo el dolor de aquel desgraciado reo, se apoderó de él y por unos momentos creyó perder la vista.
  • Aquel suplicio acabó, y dice la leyenda que a veces parece como si del cielo proviniese una lejana voz, la cual suplica el perdón de Dios al tiempo que agradece al diablo la ayuda que le ofreció, y es que a veces, tan sólo aprendemos a través del dolor. Nuestro desgraciado amigo comprendió el daño que había hecho juzgando injustamente a los demás. No supo ver, la verdad, y también comprendió que la soledad no es buena consejera cuando llegamos a ella a través del odio.

Bartolomé no podía hablar, ni tan siquiera lo deseaba. Aquella leyenda le había dado tantos motivos para pensar.
El pastor no quiso poner fin a aquella meditación, y con mucha cautela se fue deslizando entre las rocas, y poco a poco se alejó hasta desaparecer.
Lamentaba en el fondo no despedirse de aquel buen muchacho, pero sabía que su misión había finalizado. Ahora confiaba en que Dios ayudase a nuestro amigo en su ilusión de ver.

Fueron las constantes llamadas de sus padres preocupados por la tardanza de Bartolomé, las que le hicieron volver en sí.
Se notó extraño,  como si algo hubiese cambiado en su interior. No sabría explicarlo, pero se sentía lleno de vida, y feliz por ese descubrimiento quiso agradecer al pastor la narración de aquella historia, pero no pudo evitar la sorpresa cuando comprobó que su nuevo amigo no le contestaba.

Fue entonces cuando decidió volver con sus padres, que empezaban a sentirse inquietos.

El viaje hasta la ciudad ya no encontraría más retrasos, la verdad era que Bartolomé sentía verdaderas ganas por llegar. A pesar de estar informados por el médico sobre la dificultad de la operación, los padres de Bartolomé, difícilmente, podían ocultar su nerviosismo e intranquilidad.

Habían transcurrido ya cinco horas desde que nuestro joven protagonista entrara en el quirófano. Cinco horas que para aquellos padres fueron toda una eternidad. No era la primera vez que pasaban por aquel trance, pero sabían que a aquella prueba nadie podía acostumbrarse.
Tuvo que pasar aún media hora más; fue al final de esa espera, cuando las puertas del quirófano se abrieron y tras ellas apareció el doctor encargado de la intervención.
Fueron segundos de gran tensión. Nadie se atrevía a preguntar el resultado, pues en el fondo temían que la respuesta fuese la que ninguno querían oír.

Pero sería el propio doctor, el que comprendiendo lo delicado de la situación, se apresuró a dar noticias de los resultados de la intervención.
  • Acérquense por favor, debo darles la enhorabuena, pues tienen un hijo muy valiente. Si no hubiese sido por su colaboración nunca lo hubiésemos conseguido. No ha puesto resistencia y es muy raro en niños de su edad. Deben estar muy orgullosos de él, se lo aseguro.
  • Pero doctor, ¿cómo ha salido la operación? ¿Cabe la posibilidad de…? 
Su frase quedó entrecortada, pero en su rostro se podía leer perfectamente el resto de la pregunta.
  • No deben preocuparse lo más mínimo. Aunque todavía es pronto para adelantar unos resultados fiables, si puedo decirles que hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Ahora todo dependerá del niño. La operación ha sido todo un éxito.
  • Doctor, ¿cuándo podremos saber si nuestro hijo, podrá ver…?
  • Deben tener paciencia y no transmitir vuestros temores al niño. En ningún momento, Bartolomé, debe perder la esperanza con la que entró en el quirófano. Dentro de tres semanas le quitaremos los vendajes. Hasta entonces no sabremos nada más.

Fueron tres semanas muy largas. El tiempo, a pesar de transcurrir siempre igual, a veces cuando más necesidad tenemos de que pase, parece que se pone en contra de nuestros deseos y los minutos se nos hacen horas y las horas días, y los días semanas, es por ello que aquellas tres semanas se le antojaron a los padres de Bartolomé tres meses.

Gracias a Dios, para nuestro amigo el tiempo parecía carecer de importancia pues, gozaba en su silencio, pensando día a día en su encuentro con el pastor y aquella extraña narración.

Pero aunque parecía que nunca iban a pasar, las tres semanas tocaron a su fin, y el día esperado al fin llegó.
Nuestro amigo no aparentaba estar nervioso, cosa que no se podía decir de sus padres, incluso del propio médico.

Todos los allí presentes deseaban intensamente ver curado a Bartolomé; pero en muchas ocasiones se habían preguntado, cuál sería la reacción del niño al descubrir de golpe un mundo, al que hasta ahora, no había podido ver.

Las vendas que cubrían sus ojos fueron deslizándose hasta dejar tan sólo dos gasas protectoras.
Cada acto se desarrollaba con suma destreza y delicadeza. Nadie tenía prisa, y el silencio, un profundo silencio, acompasado tan sólo con el ritmo acelerado de algunos corazones, era la única compañía que hasta entonces apreciaba los sentidos de nuestro amigo Bartolomé.
  • Bartolomé - le dijo el médico-, ahora quiero que prestes mucha atención. 
El doctor necesitaba dar las últimas instrucciones al niño pues, desconocía el resultado de la operación y de no ser éste positivo, pensaba en un posible shock.
  • Voy a quitarte las dos gasas que aún cubren tus ojos. No debes temer nada, ¿me oyes? No debes intentar abrir los ojos bruscamente, sino que debes relajarlos y dejar que ellos por si mismo se abran. Vamos, adelante, sé que lo conseguirás.
El doctor acercó las manos con mucha suavidad hasta las gasas, y las retiró lentamente de los ojos del niño.
Ya ni el latir descompasado de los corazones alteraba aquel silencio. Todos esperaban que sucediera y así fue.

Bartolomé, siguiendo los consejos del médico no tuvo miedo y se relajó profundamente, y cuando hizo esto, a su memoria acudieron las escenas de aquel reo que suplicaba el perdón por su vida, y la pena de muerte sentenciada por el juez.

Un picor intenso acudió a sus ojos. Había sido como una chispa vibrante y ese fue el momento en el que nuestro amigo sintió la necesidad de abrir los ojos. Cuando así lo hizo, sus ojos por primera vez vieron.

Todos esperaban alguna señal de Bartolomé, que les indicara su estado, pero no sería una señal, sino una exclamación la que sacaría de dudas a todos cuantos prestaban su atención.
  • ¡Gracias, Dios mío –exclamó nuestro agradecido amigo-, gracias por tu misericordia y perdón! 
Nadie pudo hablar… si lo hubiesen querido hacer, no habrían podido. Era tan grande la emoción, que un nudo se adueñó de sus gargantas, impidiéndoles emitir palabra alguna.

Pero lo que nadie podía impedir es que las lágrimas brotaran de sus ojos, unas lágrimas nacidas de la felicidad y que ahora acompañaban la alegría que todos compartían por aquel milagro de la naturaleza.

Se  podía decir que nuestro amigo acababa de nacer. Ahora todo su tiempo debía ocuparlo en conocer aquellas cosas que durante nueve años, habían permanecido ocultas para él.

Nacía de la soledad de la noche y penetraba en un mundo de infinitas oportunidades, como era el día. Para él la luz era la vida y quería aprovechar cada minuto de ese día en aprender y recuperar el tiempo perdido.

En las semanas que aún tuvo que permanecer en el hospital, nuestro amigo descubrió, afortunadamente, algo que durante mucho tiempo le había preocupado. Había descubierto de pronto un sentido a la vida, y todo se lo debía a una sóla persona, a un pastor que sin necesidad de operación médica,  le dio la oportunidad de ver, con extraordinaria lucidez.

Bartolomé -nuestro amigo -, en su estancia en el hospital pudo contemplar que había males peores al suyo. Hizo amistad con chicos de su edad, los cuales eran incapacitados y deformes. No podían jugar, correr, ni competir con sus compañeros, pero sí podían compartir sus ilusiones, sus esperanzas y lo que era más importante, su amor.

Bartolomé aprendió una singular lección de aquellos niños, y gracias a ellos, nuestro amigo tomó una importante decisión:
  • Me prepararé. Estudiaré cuanto sea necesario y buscaré donde sea preciso hasta encontrar el modo de poder llevar el equilibrio, la justicia, la paz y la armonía a los corazones y vidas de los demás, y no desfalleceré en ese empeño. 
Nuestro amigo hacía grandes progresos. Sus ojos estaban curados. Las heridas de la operación habían cicatrizado. Ya nada lo retenía por más tiempo en aquella ciudad, una ciudad a la que no olvidaría.

Pero debía cumplir una promesa. Alguien muy importante para él le esperaba, y debía acudir a su encuentro.
Pocos días restaban ya para que el nostálgico otoño cediera su lugar al adormecido invierno. Ya se hacía notar el frio al atardecer, pero aquello poco importaba a nuestro amigo. Para él, nada podía impedir su ansiado encuentro con el hermoso mar.
Bartolomé se sentía inseguro; todas aquellas cosas confundían su orientación. Por unos momentos se sintió perdido y, de un modo instintivo cerró los ojos pues, pensó que tal vez así, encontraría mejor el camino que habría de llevarle hasta el mar. 

Pero cuando se disponía a andar, algo apenas imperceptible hizo que frenara sus pasos. Quedó inmóvil unos segundos y entonces gritó:
  • Eres tú, gran amiga. Has reconocido mi presencia y aliándote con el viento me das la bienvenida. Ya no necesito cerrar más los ojos. En adelante siempre permanecerán abiertos, incluso cuando duerma, pues he descubierto que se puede ver a veces más claro con los ojos cerrados, que cuando se tienen abiertos. En cambio existe un ojo más importante, y es con él, con el que ahora yo te veo y siempre te he visto. Es con el corazón, con el amor, ese amor con el que siempre debemos mirarnos el uno a otro.
Nuestro amigo se acercó sin prisa al encuentro con el mar, su fiel compañera. 

No tardaría en alcanzar la orilla de aquella playa que en época otoñal se sentía abandonada y desierta. 

Allí estaba. Era inmenso, casi infinito, luciendo su mejor azul. Aquellas olas se sentían alborotadamente felices, y en su ir y venir acariciaban una y otra vez los pies de Bartolomé, su buen y leal amigo.



FIN

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 283

LECCIÓN 283

Mi verdadera Identidad reside en Ti.

1. Padre, forjé una imagen de mí mismo, y a eso es a lo que llamo el Hijo de Dios. 2Mas la creación sigue siendo como siempre fue, pues Tu crea­ción es inmutable. 3No quiero rendirle culto a ningún ídolo. 4Yo soy aquel que mi Padre ama. 5Mi santidad sigue siendo la luz del Cielo y el Amor de Dios. 6¿Cómo no va a estar a salvo lo que Tú amas? 7¿No es acaso infinita la luz del Cielo? 8¿No es Tu Hijo mi verdadera Identidad, toda vez que Tú creaste todo cuanto existe?

2. Ahora todos somos uno en la Identidad que compartimos, ya que Dios nuestro Padre es nuestra única Fuente, y todo lo creado forma parte de nosotros. 2Y así, le ofrecemos nuestra bendición a todas las cosas y nos unimos amorosamente al mundo, el cual nuestro perdón ha hecho que sea uno con nosotros.

¿Qué me enseña esta lección?


Es imposible que algo exista fuera de la Mente de Dios. Pero tenemos que tener la certeza, que tan sólo lo que es eterno, es real.

La identidad adoptada por el Hijo de Dios, identificándose con el cuerpo físico, no es real, pues es temporal. En verdad, es una máscara ilusoria que oculta la verdadera realidad, la del Ser, Eterno y Perfecto.

Vemos lo que creemos ser, y en esa medida, si nos identificamos con el cuerpo, tan sólo veremos en los demás la imagen de un cuerpo. Es por ello, que se hace necesario ver las cosas de otra manera; verlas tal y como son. En la medida en que despertemos a nuestra verdadera identidad, comenzaremos a ver a los demás como seres espirituales, que forman la Filiación del Hijo de Dios.

Hoy soy totalmente consciente de lo que soy y cuál es mi verdadera identidad. Hoy soy consciente de que mi identidad reside en Dios.

Ejemplo-Guía: "¿Cuál es tu verdadera identidad?"

Tal vez no te resulte extraña la cuestión que hemos elegido para reflexionar sobre esta Lección. Se trata de una pregunta, que sorprende a cuantos estamos identificados con el ego, pues pone en duda su existencia y sin embargo, acompaña a muchas almas cuya visión del mundo que perciben ya no les satisface.

Ya hemos visto a lo largo del estudio de estas Lecciones, que el ego es una confusión con respecto a nuestra verdadera identidad. Como bien se expresa en el Texto del Curso, el ego no ha tenido nunca un modelo consistente, no se desarrolló nunca de manera consistente, es el resultado de la aplicación incorrecta de las leyes de Dios, llevada a cabo por mentes distorsionadas que están usando indebidamente su poder.

La creencia en el ego como nuestra identidad, nos lleva a vernos separado del resto de la creación y nos lleva a utilizar un sistema de pensamiento, basado en el miedo y en el pecado. En definitiva, nos lleva a la fabricación de un mundo demente.

Es evidente, que un mundo demente, un mundo en que nos encontramos separados de nuestra verdadera identidad, no favorece el estado de paz. La disociación es algo ilusorio y cuando nos encontramos bajo el efecto de lo ilusorio, de la separación, pensamos que la verdad nos va a agredir.

Cuán lejos está esa creencia de la verdad. Un Curso de Milagros nos dice: 
"Recuerda siempre que tu Identidad es una Identidad compartida, y que en eso reside Su realidad".
Si percibimos a nuestros hermanos como los causantes de nuestro dolor, como los enemigos que nos arrebatan nuestra felicidad, entonces estamos afirmando que atacar es la manera en que perdemos conciencia de nuestra identidad, pues cuando atacamos es señal inequívoca de que hemos olvidado quiénes somos.

Si nuestra Identidad reside en Dios, si nuestra realidad es la de Dios, cuando atacamos no nos estamos acordando de Él, lo que no significa que Él se haya marchado, sino a que hemos elegido conscientemente no recordarlo.

A medida que avanzamos en nuestro camino espiritual, tendremos la oportunidad de reconocer que el único significado de este mundo es ayudarnos a recordar nuestra verdadera identidad. Sin embargo, el ego atacará esta verdad aportándonos argumentos que reafirman la creencia en que somos un cuerpo físico. Uno de sus mejores argumentos es que enfermemos, pues si sentimos dolor, hacemos el cuerpo real, y si el cuerpo es real, el espíritu no puede ser nuestra identidad.

Reflexión: ¿En verdad crees que te encuentras separado del resto del mundo?

miércoles, 9 de octubre de 2019

Cuento para Libra: "Un Otoño Mágico - 1ª Parte"


Tan solo el constante y paciente ir y venir de las olas del mar enturbiaban, con su acompasada nota, aquel acostumbrado silencio que, desde un tiempo acá, venia haciéndose habitual en aquellos atardeceres otoñales.

Bartolomé se había convertido en un asiduo espectador. Sin duda, aquella brisa refrescante, y al mismo tiempo cautivadora y nostálgica, atraía profundamente los sentimientos de nuestro amigo, el cual cada tarde y siempre a la misma hora  -en el ocaso del día-, se apresuraba hacia aquellos parajes con la intención de fundirse en un esperado encuentro con aquel hermoso momento.

Para quienes conocían a Bartolomé, la iniciativa de nuestro amigo les había sorprendido felizmente, puesto que apenas si le habían visto bajar a la playa durante todo el verano. No obstante, no podían evitar el sentirse contrariados cuando en respuesta a su sorpresa, no encontraban razonable el que un niño ciego se interesase por contemplar la belleza indescriptible que siempre acompaña a una puesta de Sol.

Quizás tuvieran razón al pensar que de nada le valdría bajar a la playa si su intención era gozar del esplendor de la naturaleza cuando llega la hora del ocaso. Pero los que así pensaban, no alcanzaban a comprender la profunda necesidad que motivaba a nuestro protagonista a llevar a cabo aquella acción.

Bartolomé aún no había cumplido los diez años de edad y ya, desde su nacimiento, sufrió un accidente que lo dejó ciego, por lo que durante todos esos años había crecido con un hermoso sueño, la esperanza de que algún día pudiera recuperar la vista.

Pero a medida de que los años habían ido pasando, el mismo tiempo ha ido poniendo límites y recortándole la ilusión de poder llegar a ver, a la vez que había ido alimentando sentimientos de apatía y desinterés por seguir viviendo.

Cada tarde, cuando acercándose a la orilla del mar recibía su cautivador rumor y las caricias de su brisa, nuestro amigo no podía evitar el sentir que su vida se consumía y estaba dispuesto a dar gran parte de ella, si a cambio conseguía el don de la vista.

Aquel sentimiento atormentaba cada vez con más fuerza a Bartolomé y ello lo motivaba cada día para que a la hora del atardecer, cuando ya nadie solía bajar a la playa, se dirigiera al encuentro con el mar, desconociendo que al mismo tiempo presidia la acostumbrada despedida del Sol y el fiel regreso de las estrellas del  firmamento.

En aquella tarde, aquel silencio acompasado por el rítmico canturreo del mar, fue interrumpido por el rumor de unos pasos que se acercaban con expresiva torpeza, y al tiempo con especial  cautela.

En efecto, se trataba de Bartolomé que con su habitual puntualidad y acompañado de un artilugio metálico que le hacía las veces de bastón, se acercaba pausada y cuidadosamente hacia la orilla de la playa.

Difícilmente podríamos saber cómo podría imaginarse nuestro amigo aquella belleza majestuosa que abría sus brazos en un horizonte que invitaba a pensar en el infinito.

¿Cómo seria el mar para Bartolomé?

La verdad era que él no podía tener una visión exacta de ello, pero sí tenía algo que los demás no poseían, sabia dialogar con el mar.
Para las demás personas, el ir y venir de las olas, cada brisa, cada gemido del agua al chocar estrepitosamente con las rocas, carecía de importancia. En cambio, para nuestro amigo todo tenía matices diferentes, sabía responder al lenguaje del mar, y en este interesante intercambio había quedado absorto.

Transcurrieron los minutos, y las horas, y un nuevo día se despedía con tono cansado,  pero siempre dispuesto a renacer con nueva vitalidad.

Cierta tarde, y de un modo misterioso, el mar se encrespó sin que se previera ningún fenómeno que justificase aquel hecho. Las olas alcanzaron elevadas alturas y rugían con tanta furia que, incluso por unos momentos reinó el pánico en los pueblos cercanos.

La sorpresa aumentó cuando de repente todo volvió a la calma. Sin embargo, algo llamó la atención de cuantos espectadores asistieron a aquel suceso.

El joven Bartolomé se encontraba allí, sentado junto al mar y las olas, con un profundo respeto, apenas si acariciaban sus pies.
  • ¿Por qué te has enfadado? No debes estarlo, a veces debo cuidar de mi familia, debes comprenderlo. 
Bartolomé hablaba en voz alta y se dirigía al mar, un mar que había pasado de la tempestad más brusca a la más profunda calma.
  • Hoy tengo algo muy importante que contarte, aunque me entristece pensar que no te va a gustar - nuestro amigo hablaba pausadamente, y entre frase y frase, esperaba, como si el mar fuese a contestarle-. Pero antes de contártelo, quiero que me prometas una cosa. 
Un fuerte rugido que hubiese estremecido al mismo diablo, sacudió aquel misterioso silencio…
  • No, no puedes enfadarte, y debes prometerme que respetarás y comprenderás mi deseo - en esta última palabra nuestro amigo titubeó y balbuceando continuó diciendo-. Hoy me ha visto un nuevo médico. A mi no me importa, ¿sabes?, son tantos los que he visitado ya, que todo es una pérdida de tiempo. Mis padres no desfallecen en su empeño de que mi ceguera, algún día, deje de serlo. Para mí, en cambio, toda esperanza murió hace mucho tiempo. Me han operado dos veces, y ¿para qué?, para aumentar mi sufrimiento. Tú eres mi único amigo, tan sólo tú me comprendes. A pesar de no poder verte, formas parte de mi vida y gracias a ti, aún sigo viviendo. Soy un inútil. Sí, ya sé, puedo andar, oír, y mis manos son ágiles y fuertes, pero. ¿acaso puedo correr y competir con los demás niños?, ¿acaso puedo expresar con palabras aquello que nunca he visto?, ó ¿acaso pueden mis manos moldear o pintar lo que mis ojos no han percibido? 
Era evidente que Bartolomé sufría intensamente con sus circunstancias. Nadie daba respuestas a sus emociones confusas. Su familia se preocupaba de su vista, pero no se habían dado cuenta de que no era esa la única aflicción que Bartolomé padecía. Igual de importante era para él su fracasada integración con el resto de los niños.
  • Vengo a despedirme de ti. Por un tiempo he de trasladarme a otro lugar. El médico ha sugerido a mis padres que me opere en la ciudad. Allí tienen mejores medios y los riesgos son menores. ¿Sabes una cosa amigo?, Si fuera posible que mis ojos al abrirse vieran, lo primero que haré será venir a contemplarte, aunque no podré verte más hermoso de lo ya te contemplo. 
Ninguno de los dos amigos, ni el joven Bartolomé, ni el hermoso mar, sabían en aquel momento, si tendrían la oportunidad, más adelante de volverse a encontrar, pero ambos sabían que compartían algo en común, algo de muy preciado valor que hacía poderoso a quienes lo poseían, ese algo para ellos era el Amor. 


El día de la partida no se hizo esperar. Todo sucedía muy deprisa. La verdad era que los padres de Bartolomé deseaban, intensamente, que su hijo recobrase la vista, y para conseguirlo estaban dispuestos a aprontar cualquier sacrificio.

Coincidiendo con el amanecer, un coche recogió a nuestro amigo y a sus padres; mientras que éstos se despedían de su hogar, volviendo sus miradas, Bartolomé ocupaba su atención con un profundo sentimiento de aflicción, al mismo tiempo que de esperanza. Decía adiós a su amigo el mar, pero la ilusión de poderlo ver algún día alegró por unos instantes su corazón.

El viaje era largo y por este motivo, los padres de nuestro protagonista decidieron parar unos minutos en el camino.

Bartolomé apenas si sabía que hacer. Lo cierto era que no podía hacer muchas cosas. Al no conocer el terreno difícilmente se atrevía a dirigirse a algún lugar. No obstante, algo llamó fugazmente su atención. Hubiera jurado que muy cerca de allí debla de encontrarse pastando un rebaño de ovejas.

Él siempre había querido acariciar la suave piel de la oveja. Mucho había oído hablar de la lana, más nunca había tenido ocasión de poder palparla. Fue ese el motivo que incitó a nuestro amigo a lanzarse tras el balido de las mismas. No le seria difícil orientarse en el espacio. Sin duda era ciego pero el sentido auditivo lo tenía supedesarrollado, dando buena muestra de ello, ya que a los pocos minutos, Bartolomé llegó al lugar donde, si hubiese tenido la oportunidad de contemplarlo, habría sido testigo de la existencia de un gran rebaño de hermosas ovejas.

Su presencia en un principio llamó la atención de algunas de ellas, pero estas  no tardaron en continuar sus quehaceres habituales y apenas si le prestaron más atención.
  • Venid, venid bonitas, no debéis temer nada, quiero ser vuestro amigo, no os haré ningún daño. ¿Es verdad que vuestro pelo es muy suave? 
Mientras que esto decía, nuestro amigo intentaba acariciar a alguna oveja, pero estas no se dejaban y, en el momento en que él se acercaba, se alejaban tímidamente.
  • Creo que no os soy muy simpático, aunque os comprendo. Sin duda debéis defenderos de vuestros posibles enemigos y la desconfianza es  vuestra mejor defensa. Bien, al menos lo he intentado. 
Ya se disponía a retirarse de nuevo hacia el lugar donde se encontraba el coche, abandonando su empeño, cuando una voz suave y armoniosa llamó su atención.
  • Espera, no te vayas, quizás yo pueda satisfacer tu deseo. Si no me equivoco, nunca has visto una oveja, ni tan siquiera has tocado su suave pelo. 
Bartolomé, dirigió instintivamente su mirada hacia el lugar de donde partió aquella voz. No esperaba verle, pero él sabía distinguir por el tono de la voz cuándo una persona es verdaderamente amable y cuando no lo es.

En esta ocasión se trataba de una voz agradable, suave y melodiosa. Intentaba imaginar la edad de aquel desconocido y llegó a pensar que debía tener unos treinta años aproximadamente. Pero aquello no le importaba mucho, la verdad es que tan sólo le preocupaba si su presencia allí resultaba hostil.
  • ¿Quién es usted? -preguntó el joven sin expresar miedo, aunque sí reflejaba un gran interés.-
  • Soy el pastor, el encargado de custodiar cuantas ovejas están delante de ti, pero, dime, ¿tú no eres de estos lugares? ¿no te habrás perdido?
  • Oh no, mis padres se encuentran al otro lado del camino. Me dirijo a la ciudad con ellos, pero hemos parado un momento para descansar un poco. Tal vez estén buscándome - le contestó el joven Bartolomé con cierto nerviosismo - hizo un gesto de querer despedirse, pero el pastor,  una vez más le invitó.
  • Espera, no tengas prisa. No debes preocuparte por tu familia pues, acabo de verles descender la ladera del rio. ¿Acaso no quieres acariciar la lana de una de mis oveja? Vamos acércate, no tengas miedo. Ven y dame tu mano, te presentaré a la más pequeña del rebaño, se llama Blanquita, es muy cariñosa. 
Bartolomé se acercó hasta el Pastor y mucho más confiado, le tendió la mano. Tal vez no hubiese sabido traducir con palabras la sensación que se apoderó de él en aquellos momentos. Era una mezcla de alegría y triunfo. Al fin había logrado cumplir un sueño pero, a pesar de aquel sentimiento, su rostro se entristeció profundamente y no pudo evitar dar muestra de dolor.
  • ¿Qué te pasa amiguito? - le preguntó dulcemente el pastor, al ver que sufría-.
  • Es la primera vez en mi vida, que uno de mis sueños se hacen realidad. Soy tan inútil…, y a los inútiles nadie le ofrece oportunidades.
  • No debes decir eso, y menos aún sentirlo. Sabes, hace muchos años, cuando yo aún era un mozalbete, como tú ahora, recuerdo que mi abuelo, que también era pastor, me contaba hermosas fábulas y fantásticos cuentos, y uno de ellos, que aún no he olvidado, se refería a alguien como tú. Quizás te pueda interesar oírlo; es más, aún tenemos tiempo, tus padres pasean tranquilamente entre los almendros. 
De este modo, aquel misterioso pastor ganó la simpatía del desdichado joven.
  • Sí, como te decía, querido amigo, nuestro protagonista también es ciego como tú, pero era mucho más ambicioso, él no se conformaba con su condición y era tanta la rebeldía que alimentaba su corazón que, con su actitud consiguió que nadie conviviera con él, pues el único sentimiento que albergaba era el odio y el rencor. Cierto día, nuestro personaje se embriagó. Solía hacerlo con frecuencia, pues decía que el alcohol ahogaba sus penas. Pero en aquella ocasión la situación se agravó, ya que no encontrándose en sus cabales, cuando se dirigía a su habitación tropezó violentamente, con la mala suerte de que la lámpara se estrelló en el suelo y al contacto con éste, estalló en llamas prendiendo fuego. Muy difícil lo tenía nuestro amigo, gritó como un loco hasta desesperar, pero los vecinos estaban acostumbrados a esos griteríos y no le prestaron mayor atención; además, era ya muy tarde y nadie estaba dispuesto a ayudarle. Fue entonces - según cuenta la leyenda-, cuando viéndose tan cerca de la muerte, aquel desgraciado deseó con toda sus fuerzas ver. 
  • Necesito ver, quiero ver, no puedo morir –gritaba aquel enloquecido hombre-. 
  • Con la rabia de la muerte en los labios, lloraba irritado. Y en aquella desesperación pronunció un último deseo.
  • Daría mi vida por poder ver en estos momentos. 
  • El nunca sabría cómo, ni de dónde procedía aquel elegante señor, pero la verdad fue, que en respuesta a aquella súplica, aquel hombre, que era ciego recobró la vista. No obstante, a partir de ese momento su único deseo sería volver a perderla para siempre.
  • ¿Quién eres y qué haces en mi casa? 
Ante nuestro personaje se erguía una tétrica figura, pálida y fría, como recordando a la muerte.
  • No seas ingrato, en verdad deberías agradecer mi presencia, pues gracias a mí, ahora ya puedes ver. No recuerdas, ¿acaso te falla la memoria? Fuiste tú, hace unos instantes, el que entregaba su vida a cambio de obtener la vista. Pues aquí me tienes, soy el diablo. Pero no temas, tan solo vengo por algo que ya no tienes y que me pertenece, tu vida.
...continuará