domingo, 15 de marzo de 2026

Si la Voluntad de Dios es que Su Hijo esté en paz, ¿por qué no lo conseguimos? Aplicando la lección 74.

Si la Voluntad de Dios es que Su Hijo esté en paz, ¿por qué no lo conseguimos? Aplicando la lección 74.

La Lección 74 nos ofrece una afirmación que parece absoluta: “No hay más voluntad que la de Dios”.

Y, al mismo tiempo, nos recuerda algo profundamente consolador: “La Voluntad de Dios es que Su Hijo esté en paz”.

Ante esta enseñanza surge una pregunta muy natural para el estudiante del Curso: Si la Voluntad de Dios es que estemos en paz… ¿Por qué tantas veces no lo conseguimos?

Esta pregunta no es un signo de falta de fe, sino de sinceridad. Y precisamente esa sinceridad abre la puerta a una comprensión más profunda.

La paz no se pierde, se olvida.

El Curso no enseña que la paz sea algo que debamos alcanzar como una meta futura. La paz es nuestro estado natural.

Es la condición en la que fuimos creados. Es el reflejo de la Voluntad de Dios en nosotros.

Por eso la lección afirma que no puede haber conflicto real, ya que la Voluntad de Dios es una sola y nosotros la compartimos.

Lo que ocurre es que la mente puede olvidar esa verdad.

Cuando la mente se identifica con el sistema de pensamiento del ego, comienza a percibir el mundo desde la separación, el miedo y la defensa. En ese estado, la paz parece desaparecer.

Pero el Curso insiste en algo muy importante: la paz no se pierde, simplemente queda velada.

El intento de tener una voluntad separada.

El ego se sostiene sobre una idea central: la creencia de que podemos tener una voluntad distinta a la de Dios.

Desde esa creencia, la mente comienza a perseguir objetivos que no pueden traer paz, como competir, defenderse, acumular, poseer, tener razón o controlar el mundo y a los demás.

Este intento constante de afirmar una voluntad separada genera inevitablemente conflicto.

Y donde hay conflicto, la paz parece desaparecer.

Sin embargo, este conflicto no es real. Es el resultado de una interpretación equivocada.

La ilusión del conflicto.

La lección nos invita a reconocer algo muy profundo: si la Voluntad de Dios es la única voluntad, el conflicto no puede ser real.

La mente puede creer que está en conflicto, pero esa percepción nace de una idea falsa: la creencia de que estamos separados de nuestra Fuente.

Cuando esa creencia se examina con honestidad, empieza a perder fuerza.

Y poco a poco se abre paso una comprensión distinta: no necesitamos crear la paz, ni conquistarla, ni defenderla. La paz ya está en nosotros.

Recordar en lugar de buscar.

Por eso el ejercicio de esta lección no consiste en luchar contra el conflicto, sino en recordar una verdad muy sencilla: “No hay más voluntad que la de Dios”.

Al repetir esta idea, la mente comienza a relajarse.

La necesidad de defender una identidad separada se suaviza. Y entonces aparece algo muy natural: la paz que siempre estuvo ahí.

La paz como herencia:

La Lección 74 nos invita a reconocer que la paz no es un logro personal ni un mérito espiritual. Es nuestra herencia.

Es el estado que surge cuando dejamos de intentar ser algo distinto de lo que somos. Y cuando la mente se abre a esta comprensión, se vuelve evidente algo que siempre estuvo presente: la Voluntad de Dios nunca dejó de cumplirse.

Simplemente, por un instante, habíamos olvidado que esa Voluntad también es la nuestra. Ejemplo práctico: cuando “tener razón” nos roba la paz.

Hay una situación muy común en la vida de casi todas las personas donde esta lección puede verse con mucha claridad: las discusiones con alguien cercano.

Imaginemos una escena cotidiana.

Una persona llega a casa después de un día difícil. Está cansada y espera encontrar comprensión. Sin embargo, su pareja le hace un comentario que interpreta como una crítica. En ese momento surge una reacción automática: se siente atacada y responde con dureza.

La conversación se convierte en una discusión. Cada uno intenta demostrar que tiene razón. Cada palabra se vuelve una defensa. Cada silencio se vuelve una acusación.

Al final, ambos se quedan con una sensación amarga.

Y aquí aparece la pregunta que plantea la lección: Si la Voluntad de Dios es que Su Hijo esté en paz… ¿Por qué en ese momento no hay paz?

La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente reveladora. En esa situación, la mente ha elegido tener razón en lugar de estar en paz.

El ego presenta el conflicto como algo justificado: “Debo defenderme”. “No puedo permitir que me hablen así”. “Tengo derecho a estar enfadado”. Pero mientras la mente defiende esa posición, la paz desaparece.

La lección 74 nos invita a mirar esa escena desde otra perspectiva. En ese instante, la pregunta no sería quién tiene razón.

La verdadera pregunta sería: ¿Qué es lo que realmente quiero? ¿Quiero tener razón o quiero estar en paz?

Si recordamos que no hay más voluntad que la de Dios, comprendemos que la paz no depende de que el otro cambie, ni de que la discusión se resuelva a nuestro favor.

La paz aparece cuando dejamos de defender la idea de que estamos separados.

Tal vez en ese momento podamos detenernos, respirar y recordar: “No hay más voluntad que la de Dios. Hoy busco Su paz”.

Y algo cambia en la mente.

La necesidad de ganar se suaviza. La tensión se disuelve. El conflicto pierde fuerza. No porque el otro haya cambiado, sino porque hemos dejado de luchar contra nuestra propia paz.

Este ejemplo es impactante precisamente porque ocurre todos los días en millones de hogares. Y muestra con claridad la enseñanza central de la lección: la paz no depende de las circunstancias externas, sino de recordar cuál es nuestra verdadera voluntad.  

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 74

LECCIÓN 74

No hay más voluntad que la de Dios.


1. La idea de hoy se puede considerar como el pensamiento cen­tral hacia el cual se dirigen todos nuestros ejercicios. 2La Volun­tad de Dios es la única Voluntad. 3Cuando hayas reconocido esto, habrás reconocido que tu voluntad es la Suya. 4La creencia de que el conflicto es posible habrá desaparecido. 5La paz habrá reemplazado a la extraña idea de que te atormentan objetivos conflictivos. 6En cuanto que expresión de la Voluntad de Dios, no tienes otro objetivo que el Suyo.

2. La idea de hoy encierra una gran paz, y lo que los ejercicios de hoy se proponen es encontrarla. 2La idea en sí es completamente cierta. 3Por lo tanto, no puede dar lugar a ilusiones. 4Sin ilusio­nes, el conflicto es imposible. 5Tratemos hoy de reconocer esto y de experimentar la paz que este reconocimiento nos brinda.

3. Comienza las sesiones de práctica más largas repitiendo lenta­mente los pensamientos que siguen a continuación varias veces, con la firme determinación de comprender su significado y de retenerlos en la mente:

2No hay más voluntad que la de Dios. 3No puedo estar en conflicto.

4Dedica entonces varios minutos a añadir pensamientos afines, tales como:

5Estoy en paz.
6Nada puede perturbarme. 7Mi voluntad es la de Dios.
8Mi voluntad y la de Dios son una.
9La Voluntad de Dios es que Su Hijo esté en paz.

10Durante esta fase introductoria, asegúrate de hacerle frente en seguida a cualquier pensamiento conflictivo que pueda cruzar tu mente. 11Di de inmediato:

12No hay más voluntad que la de Dios.
13Estos pensamientos conflictivos no significan nada.

4. Si algún asunto parece ser muy difícil de resolver, resérvalo para un examen más detenido. 2Piensa en él brevemente, aunque de manera muy concreta, identificando la persona o personas en cuestión y la situación o situaciones de que se trate, y di para tus adentros:

3No hay más voluntad que la de Dios. 4Yo la com­parto con Él.
5Mis conflictos con respecto a _____ no pueden ser reales.

5. Después de que hayas despejado tu mente de esta manera, cierra los ojos y trata de experimentar la paz a la que tu realidad te da derecho. 2Sumérgete en ella y siente como te va envolviendo. 3Puede que te asalte la tentación de confundir estas prácticas con el ensimismamiento, pero la diferencia entre ambas cosas es fácil de detectar. 4Si estás llevando a cabo el ejercicio correctamente, sentirás una profunda sensación de dicha y mayor agudeza men­tal en vez de somnolencia y enervamiento.

6. La paz se caracteriza por la dicha. 2Cuando experimentes dicha sabrás que has alcanzado la paz. 3Si tienes la sensación de estar cayendo en el ensimismamiento, repite la idea de hoy de inmediato y luego vuelve al ejercicio. 4Haz esto cuantas veces sea necesario. 5Es ciertamente ventajoso negarse a buscar refugio en el ensimismamiento, aun si no llegas a experimentar la paz que andas buscando.

7. En las sesiones más cortas, que hoy se deben llevar a cabo a intervalos regulares previamente determinados, di para tus adentros:

2No hay más voluntad que la de Dios. 3Hoy busco Su paz.

4Trata entonces de hallar lo que buscas. 5Dedicar uno o dos minu­tos cada media hora a hacer este ejercicio -con los ojos cerrados a ser posible- será tiempo bien empleado.

¿Qué me enseña esta lección?

Tomar conciencia de esta verdad me conduce directamente al autoconocimiento. He recordado lo que había olvidado. Me reconozco como Hijo de Dios, creado a Su Imagen y Semejanza. Hoy reclamo mi herencia y proclamo con plena convicción: ¡Padre, hágase Tu Voluntad!

Hoy tengo la certeza de que no es posible servir a otro propósito que no sea aquel que Dios me ha encomendado, aquel para el que fui creado: expresar la Unidad y el Amor que soy, de forma consciente e inteligente, extendiéndome a través de mis hermanos, con quienes formo una sola Filiación.

Hoy reconozco con claridad cuál es mi función en este mundo temporal e ilusorio, y dispongo mi mente para servir al Plan de Salvación, haciendo del perdón mi herramienta principal.

El ego es un imitador pobre y triste que pretende gobernarse a sí mismo. Sin embargo, su supuesta voluntad está sometida a los instintos y a la percepción de los sentidos. Mientras permanece en el miedo y en la creencia de estar separado de Dios, intenta adueñarse de la voluntad, pero no para guiar la vida con sabiduría, sino para entregarla a los deseos, a las emociones cambiantes y a las ilusiones.

Este intento de suplantar la Voluntad del Padre solo puede generar conflicto, pues el ego necesita que la ilusión sobreviva para sostenerse. Sus intereses jamás pueden traer paz, ya que se oponen a la verdad de lo que somos.

Hoy elijo no seguir esa voz. Hoy descanso en la certeza de que no hay más voluntad que la de Dios.

¡En Tus manos me encomiendo, Padre! Allí donde vaya, Tú estás conmigo, y Tu Presencia me colma de gozo y de dicha.

¡Ya no tengo miedo!

Propósito y sentido de la lección:

El propósito de esta lección es deshacer la creencia más profunda del ego: la idea de una voluntad separada de Dios.

Después de afirmar en la Lección 73 “Mi voluntad es que haya luz”, el Curso aclara el fundamento de esa afirmación: Puedo querer la luz porque no hay otra voluntad que la de Dios.

El ego se define a sí mismo por oposición:

  • Mi voluntad vs. la de Dios,
  • Mis deseos vs. la verdad.
  • Mi libertad vs. la paz.

La lección desmonta esta estructura mostrando que el conflicto nace de una premisa falsa.

Instrucciones prácticas:

La práctica es contemplativa y apaciguadora:

• Repetir la idea lentamente, con atención.
• Permitir que disuelva la sensación de lucha interna.
• Usarla cuando aparezca tensión, resistencia, sensación de estar dividido y miedo a “perder” algo al soltar.

No se pide que renuncies a tu voluntad. Se pide que reconozcas cuál es realmente.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una experiencia muy común: “Una parte de mí quiere una cosa y otra quiere lo contrario.”

Psicológicamente, la creencia en voluntades opuestas genera conflicto interno, indecisión crónica, auto-sabotaje y agotamiento mental.

Aceptar que no hay más voluntad que la de Dios produce efectos claros:

• Reduce la lucha interior.
• Disuelve la autoacusación.
• Introduce coherencia emocional.
• Devuelve descanso mental.

No porque desaparezcan las decisiones, sino porque dejan de vivirse como batalla.

Espiritualmente, esta lección afirma: Dios no creó una voluntad que pudiera oponerse a la Suya. La separación no es un acto real, sino una interpretación errónea.

Cuando crees querer algo distinto de Dios, no estás siendo rebelde y estás confundido acerca de tu identidad.

Aquí el Curso sana la imagen de Dios como adversario y restaura la verdad de Dios como Fuente compartida de voluntad y paz.

Relación con la progresión del Curso:

La secuencia muestra ahora una profundización decisiva:

• 73 → Mi voluntad es que haya luz.
• 74 → No hay más voluntad que la de Dios.

Primero se afirma la voluntad de ver. Luego se disuelve la idea de que esa voluntad sea personal o separada.

Aquí el Curso cierra el tema de la voluntad como conflicto y lo transforma en unidad.

Consejos para la práctica:

• No usar la idea para suprimir deseos.
• No interpretarla como pérdida de identidad.
• No forzar aceptación intelectual.

Aplicarla cuando surjan pensamientos como:

• “Quiero algo que sé que no está bien.”
• “Estoy dividido.”
• “Si cedo aquí, pierdo.”
• “No sé qué quiero realmente.”

Y repetir suavemente: “No hay más voluntad que la de Dios.” Como descanso, no como rendición forzada.

Conclusión final:

La Lección 74 enseña que el conflicto interno no es real, aunque se experimente.

No hay dos voluntades luchando en ti. Hay una sola voluntad, mal interpretada.

El Curso ofrece aquí una corrección profundamente tranquilizadora: Nunca he estado en guerra con Dios. Sólo he olvidado que Su Voluntad es también la mía.

Frase inspiradora: “Cuando dejo de creer en voluntades opuestas, la paz deja de ser un objetivo y se vuelve natural.”


Ejemplo-Guía: ¿Qué mundo ha fabricado tu ego que te priva de la felicidad y del gozo?

Si respondemos a esta pregunta con honestidad, coincidiremos en lo esencial: el mundo que hemos fabricado es el reflejo exacto de nuestros deseos, y estos deseos están fundamentados en el miedo. Por ello, no podemos experimentar el gozo y la dicha que anhela nuestra falsa identidad.

Observemos el mundo que nos rodea. Desde el mismo momento en que nacemos, se nos enseña que en esta vida nada es gratuito. Este aprendizaje nos conduce a la creencia de que debemos sobrevivir, lo cual no es lo mismo que vivir.

La supervivencia lleva implícita una exigencia: trabajar. Si no trabajamos, no obtenemos los medios que, según creemos, nos permitirán satisfacer nuestros deseos. Esta idea se arraiga profundamente en nuestra mente y se convierte en el patrón que rige nuestras relaciones y nuestra forma de comunicarnos con el mundo.

El mundo de la supervivencia se caracteriza por el deseo de obtener, de poseer y de ejercer poder. Sin embargo, son precisamente estas aspiraciones las que se convierten en los mayores obstáculos para la felicidad.

¿La razón?

Que estos logros son efímeros, porque pertenecen al mundo de la ilusión, al mundo material. Un mundo sujeto al cambio constante.

Este cambio permanente se vive como un castigo, y el ser humano, consciente de esa inestabilidad, intenta acumular bienes y poder para protegerse de la pérdida. Así, la vida vivida desde el ego se transforma en un continuo estado de tensión, donde el miedo es el protagonista principal.

El lema del ego podría resumirse así: "no doy para conservar". Sin embargo, esta lógica ignora una verdad fundamental: si no se da, no se recibe. Cuando se posee algo, lejos de experimentarse felicidad, aparece el temor a perderlo. En el ámbito de los afectos ocurre lo mismo: se busca a la persona que creemos que nos hará felices y, una vez “conseguida”, surge el miedo a perderla, como si fuese una posesión.

Este es el mundo del bien-estar, el mundo de la supervivencia. Pero el mundo real es el que nos permite vivir, y ese es el mundo del bien-ser.

Desde el bien-ser, la vida se vive plenamente, desde la aceptación profunda y la confianza. Esta confianza nace del reconocimiento de que la vida es la Voluntad de Dios. Nosotros somos la vida y, por tanto, somos la expresión de la Voluntad de nuestro Creador. Él es nuestro sustento. No existe otra voluntad que la Suya, y esa Voluntad es Su Hijo.

Como Hijos de Dios, somos plenos y abundantes. Vivimos desde la expansión, compartiendo nuestros dones y talentos. Y al hacerlo, entramos en la experiencia de la unicidad, reconociendo que la Voluntad de Dios se expresa en cada una de las voluntades de nuestros hermanos.

Tomar conciencia de esta verdad conduce inevitablemente a la experiencia del gozo y la felicidad, no desde la separación, sino desde la Unidad.


Reflexión: Si la Voluntad de Dios es que su Hijo esté en paz, ¿por qué no lo conseguimos?

¿Por qué sigo eligiendo la oscuridad si mi voluntad es la luz? Aplicando la lección 73.

¿Por qué sigo eligiendo la oscuridad si mi voluntad es la luz? Aplicando la lección 73.

La Lección 73 introduce una afirmación que, a primera vista, parece muy sencilla: “Mi voluntad es que haya luz.”

Sin embargo, cuando los estudiantes del Curso comienzan a practicarla con sinceridad, suele surgir una pregunta delicada y muy real: Si mi voluntad es la luz… ¿Por qué tantas veces sigo experimentando oscuridad?

Esta pregunta toca uno de los puntos más sensibles en la comprensión del Curso.

Muchos estudiantes sienten que desean sinceramente la paz, la claridad y el amor, pero aun así se descubren reaccionando con miedo, juicio, tristeza o resentimiento.

Y entonces aparece la duda: ¿Será que en el fondo no quiero realmente la luz?

El conflicto aparente de la voluntad.

El Curso explica que lo que parece un conflicto de voluntad no es real. La voluntad verdadera —la que compartimos con Dios— siempre desea la luz, la paz y la verdad.

Pero junto a esa voluntad aparece otra cosa muy distinta: los deseos del ego.

Los deseos del ego no son lo mismo que la voluntad.

Los deseos nacen del miedo, de la creencia en la separación y de la necesidad de defender una identidad individual. Por eso, muchas veces parecen contradecir lo que realmente queremos.

Así surge una experiencia muy común: querer la paz, pero reaccionar con conflicto.

No porque nuestra voluntad haya cambiado, sino porque la mente todavía está acostumbrada a seguir los deseos del ego.

El hábito de elegir la oscuridad.

Durante mucho tiempo hemos aprendido a interpretar el mundo a través del miedo, la comparación, la culpa y el juicio. Estas interpretaciones se volvieron automáticas.

Por eso, cuando aparece una situación difícil, la mente puede reaccionar rápidamente desde esos antiguos hábitos.

No es una decisión consciente de elegir la oscuridad. Es simplemente la repetición de un sistema de pensamiento que hemos aprendido durante años.

El Curso no nos pide sentirnos culpables por ello.

Nos invita simplemente a recordar algo fundamental: nuestra voluntad verdadera nunca ha cambiado.

La voluntad no se ha perdido.

Aunque a veces parezca que preferimos la oscuridad, en realidad lo que ocurre es que momentáneamente olvidamos nuestra voluntad real.

El deseo del ego puede hacer mucho ruido en la mente, pero no tiene poder verdadero.

La voluntad que compartimos con Dios permanece intacta. Por eso la lección no nos pide que fabriquemos la luz ni que luchemos contra la oscuridad. Nos pide algo mucho más simple: recordar lo que realmente queremos.

Declarar la luz.

Cuando repetimos con sinceridad: “Mi voluntad es que haya luz”, no estamos tratando de convencernos de algo que no sentimos.

Estamos recordando una verdad que ya está en nuestra mente.

Es un acto de alineación interior.

Una manera de decirle a la mente: “No importa lo que esté viendo ahora.
Mi voluntad verdadera sigue siendo la luz.”

La práctica de la honestidad.

Este tema resulta delicado porque muchas personas interpretan la enseñanza del Curso como si exigiera estar siempre en paz. Pero el Curso no exige perfección emocional.

Nos invita a la honestidad.

Podemos reconocer que estamos viendo oscuridad y, al mismo tiempo, recordar que eso no es lo que realmente queremos.

Ese reconocimiento es precisamente el comienzo de la corrección.

El poder de una elección sencilla.

La Lección 73 nos enseña algo profundamente liberador: no necesitamos entenderlo todo ni cambiar el mundo para que aparezca la luz.

Solo necesitamos dejar de decir que preferimos la oscuridad.

Cada vez que declaramos con sinceridad: “Mi voluntad es que haya luz”, estamos permitiendo que la mente vuelva a alinearse con su naturaleza. Y poco a poco empezamos a descubrir algo que siempre estuvo ahí: la luz no aparece porque la creemos, aparece porque dejamos de resistirla.

La luz y la oscuridad: una pregunta que sólo puede responder la mente.

Muchos estudiantes del Curso, al avanzar en las lecciones, se encuentran con una duda muy natural: ¿Qué es realmente la luz? ¿Y qué es la oscuridad?
¿Son metáforas?

La respuesta es sí. Pero no son metáforas poéticas ni simbólicas en un sentido superficial. Son metáforas de estados de conciencia.

El Curso utiliza el lenguaje de la luz y la oscuridad para describir dos maneras completamente distintas de ver la realidad.

La luz.

La luz representa la mente que recuerda su origen en Dios.

No es una luz física ni una experiencia visual. Es el estado de claridad que aparece cuando la mente deja de identificarse con el miedo.

La luz es el reconocimiento de la verdad. Es el momento en que comprendes que no estás separado, que no estás condenado y que no estás solo. La luz es la conciencia del Amor.

Por eso el Curso dice que la luz está en ti. No porque tengas que crearla, sino porque forma parte de lo que eres.

La luz es simplemente la mente sin interferencias del ego.

La oscuridad.

La oscuridad no es una fuerza opuesta a la luz.

En realidad, el Curso enseña algo sorprendente: la oscuridad no tiene existencia propia.

La oscuridad es sólo la ausencia de conciencia de la verdad. Es lo que ocurre cuando la mente cree en la separación, cuando interpreta el mundo desde el miedo, cuando juzga, cuando se defiende o cuando ataca.

La oscuridad es la mente olvidando lo que es.

Por eso el Curso insiste una y otra vez en una idea fundamental: la oscuridad no se combate. Simplemente desaparece cuando la luz es aceptada.

El error más común.

Muchos estudiantes creen que el trabajo espiritual consiste en luchar contra la oscuridad interior. Pero el Curso no propone una batalla.

No nos pide eliminar el miedo por la fuerza ni suprimir los pensamientos que parecen negativos.

Nos invita a algo mucho más simple: dejar de protegerlos.

Porque cada resentimiento, cada juicio, cada interpretación basada en el miedo es como una nube que parece ocultar la luz. Pero las nubes nunca apagan el sol. Solo lo ocultan momentáneamente.

La luz no tiene que llegar.

Este punto es esencial. La luz no aparece cuando la creamos. Ni cuando nos volvemos espiritualmente más “avanzados”.

La luz aparece cuando dejamos de defender la oscuridad. Cuando soltamos el resentimiento. Cuando dejamos de justificar el juicio. Cuando renunciamos a la necesidad de tener razón.

Entonces algo muy silencioso ocurre en la mente. La claridad vuelve. Y comprendemos algo que siempre fue verdad: la luz nunca se fue.

La elección de cada instante.

Por eso la lección nos invita a declarar con sencillez: “Mi voluntad es que haya luz.”

No es una afirmación heroica. No es un intento de ser mejores. Es simplemente el reconocimiento de lo que realmente queremos.

Porque, más allá de todas las historias del ego, la mente siempre anhela lo mismo: la paz de la verdad. Y cuando esa voluntad se recuerda, la luz vuelve a ser evidente. No porque haya llegado.

Sino porque ya no hay nada que la oculte.