sábado, 8 de octubre de 2016

El Camino hacia la Unidad


Los pies del sabio Anciano, parecían no tener prisa por llegar a su destino. En verdad, jamás había sorprendido a mi instructor en un ademán de ansiedad, no podía recordar, que sus labios se hubiesen precipitado para dar vida a palabras, de las que pudiera más tarde arrepentirse. Su mirada, desapasionada pero tranquilizadora, apenas si se turbaba ante hechos que a la mayoría, les repugnaba.
Aquella actitud, la cual veneraba, ganó mi curiosidad, y fue mi afán por saber, la causa que pondría fin a aquellos momentos de profundo silencio.
  • Dime Ermitaño... ¿Si de la Nada apareciese un poderoso Genio, quien por su bondad nos concediese un deseo, ¿qué le pediríais? -interrogué, haciendo grandes esfuerzos para lograr controlar mi impetuosidad-.
Posando ambas manos sobre el viejo bastón que le servía de apoyo, el noble Anciano me miró fijamente a los ojos. Con este gesto, comprendí que me estaba invitando a contestar mi propia pregunta, y creo que era lo que estaba esperando, pues de inmediato exclamé:
  • ¡Desearía no estar nunca enfermo!
Los latidos de mi apasionado corazón, se confundían con el denso silencio.
  • Dime Amphos, ¿quién eres? -preguntó el Anciano-.
  • Yo soy Amphos. ¿Cómo me preguntas esto? -exprese sorprendido por aquel extraño interés-.
  • Dime Amphos, ¿quién soy? -volvió a interrogarme sin perder en ningún momento su plácida expresión-.
  • Tú eres, el Ermitaño, pero ¿por qué me cuestionas sobre algo que ya sabéis? -no acababa de salir de mi asombro-.
  • Tu mente ha discernido bien, y sin embargo, tu mente te hace un hombre enfermo.
  • No entiendo, sabio Anciano. Si he discernido el bien del mal, ¿cómo puedo ser un hombre enfermo? -interrogué muy impresionado-.
Sus labios estaban sellados, pero sus manos actuaron para, una vez más, guiarme hasta la sabiduría.

Acercándose al fuego que nos alumbraba, tomó una rama que utilizó de antorcha, dirigiéndose hasta mí, me preguntó:
  • ¿Qué ves?
  • Veo el fuego que nos ilumina, y veo sombras que se agitan a su compás -contesté intuitivamente-.
  • ¿Acaso puedes separar la luz, de las sombras?, entonces, ¿por qué cuando te pregunté, quién eres, me dijiste, yo, y cuando te pregunté, quién soy, me contestaste tú? ¿Acaso el yo y el tú, no son dos extremos de una misma parte?
Las palabras del Ermitaño me trasladaron al mundo de la contemplación. Estaba profundamente maravillado. Luz y sombra; día y noche; hombre y mujer; blanco y negro; positivo y negativo; yo y tu…, son dos aspectos de una misma verdad.
  • ¡Señor, señor, -llamé presurosamente la atención del Anciano-, ya sé qué le pediría al poderoso Genio?
Su mirada, una vez más se posaba fijamente sobre mis ojos. Era la invitación que esperaba…
  • Desearía contemplar la UNIDAD.

Fin

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