sábado, 24 de diciembre de 2016

Natividad de Jesús


1Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. 2 Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. 3 E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. 4 Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; 5 para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. 6 Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. 7 Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. Reina-Valera 1960 (RVR1960)

Mucho se ha escrito, a lo largo de la historia, sobre el misterioso, controvertido y no menos maravilloso tema de la natividad de Jesús, a pesar de ello, me gustaría contribuir aportando mi visión, una visión enfocada desde el punto de vista cabalística y astrológica.
He tomado el pasaje de Lucas 2:1-7, para entresacar algunas referencias que nos ayudarán a comprender el significado místico de este acontecimiento.
“1Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado”.
Si leemos los textos sagrados al pie de la letra, podemos pensar que el contenido responde a hechos sin fundamento, carentes de rigor histórico o cuanto menos, fruto del mito y de las leyendas. Sin embargo, cuando nos aproximamos a dichos textos con la convicción de que nos narran verdades trascendentes, como si de una guía espiritual se tratase y conociésemos las claves para traducir y desvelar sus mensajes, entonces, todo su valor adquirirá un especial contenido.
¿Qué representa Augusto César en nuestras vidas? Es el emperador de Roma, donde se centra el poder del mundo. Dicha figura, nos está revelando, la tendencia que ejerce mayor hegemonía en nuestra naturaleza. Ese poder, se lo hemos otorgado nosotros, hasta el punto que gobierna y dirige el resto de nuestras energías. Todos llevamos un Augusto César en nuestro interior, al que rendimos pleitesía. Por lo general, esa tendencia que gobierna al resto, es la que da rostro a las tendencias más cristalizadas de nuestro yo.
Astrológicamente, el arquetipo que recoge ese protagonismo es el signo Capricornio, perteneciente al Elemento astrológico de Tierra. Cuando se afrontan los trabajos de dicho arquetipo, la energía que hemos puesto en circulación a través de los signos de Fuego (Aries, Leo y Sagitario), que hemos deseado a través de los signos de Agua (Cáncer, Escorpio y Piscis) y que hemos racionalizado a través de los signos de Aire (Libra, Acuario y Géminis), alcanzado este punto, se convierte en una realidad tangible, en una realidad, y cuando esto ocurre, nos decimos, esa realidad es la única verdad. Nos identificamos con ella y organizamos toda nuestra existencia alrededor de esa verdad.
Es lógico, que en esa etapa del camino, pensemos que esa verdad debe dirigir nuestra vida, nos aporta seguridad, pues es el resultado de un largo trayecto. Lo que un día fue una semilla, se ha convertido en árbol que con su fruto nos alimenta. Esa realidad, pensamos, es nuestra verdadera identidad. Esta secuencia forma parte de la dinámica del signo Capricornio.
Ahora bien, si el fruto que nos aporta ese árbol, no tuviese en su interior una nueva semilla, no podríamos presenciar, jamás, el milagro de la renovación de la vida, es decir, si no estamos dispuesto a volver a sembrar, la semilla obtenida de la experiencia vivida, no podremos renovar nuestra existencia y permaneceríamos anclados al pasado, un pasado que no puede perdurar eternamente.
Desde este punto de vista, Augusto César, necesita tener el poder…, debe perpetuar y asegurar su identidad, pues “sabe”, “conoce” que existe una profecía que habla de la llegada del “Mesías” que hará peligrar su trono. Por ello, a través del empadronamiento, trata de dar contenido a su verdadero poder, sabiendo quién está con él y quién no lo está.
Aparece en este pasaje, la figura de José. Para desvelar lo que representa simbólicamente este personaje, tendremos que valernos de las aportaciones que nos hacen de él, los narradores bíblicos. Haré referencia a su viudez y a su profesión como carpintero, que unido al hecho de que representa la figura del “padre” en el nacimiento de Jesús, nos revela claramente que está representando, una vez más, al arquetipo del signo Capricornio.
Los signos del Elemento Tierra, con relación a la edad, representa la etapa de la madurez, esa etapa que ha agotado su capacidad inseminadora y que se encuentra en analogía con el estado “viudez” al no contar con el “otro-yo” con la cual poder engendrar la totalidad del ser.
En cuanto a su profesión de carpintero, nos revela su condición de dominar el elemento tierra, la capacidad de construir con los materiales de la tierra. Es decir, José-Capricornio, es ese aspecto de nuestro Yo, que ha alcanzado la madurez para dar vida, a una nueva criatura, la cual, representa la esperanza de renovación y crecimiento anímico. José es ese fruto que, alcanzada la madurez, la viudez, está en condiciones, de dar al mundo una nueva existencia. Se trata de nuestro mundo interno.
Nuestro Capricornio interno, nuestro José, debe decidir donde empadronarse, debe decidir cuál será nuestra identidad y para ello se dirige hacia Judea, la ciudad de David, hacia Belén, y para ello, realiza un movimiento muy revelador, subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea…”. Ese acto de subir, nos indica una actitud primordial, pues significa un estado de consciencia que nos lleva a elevarnos por encima del estado actual…
Belén, ¿qué significa Belén? La traducción hebrea es Bet Léhem (לחם בית). El termino está compuesto por las letras hebreas Beith, Yod, Tau, Lamed, Heith y Mem Final. Si llevamos cada una de estas letras a su correspondencia numérica y la sumamos, al final obtendremos la cifra de 6. Este número, cabalísticamente se corresponde con el Séfira Tiphereth, el centro de la Conciencia y de la Unidad. Su posición en el Árbol Cabalístico (pleno centro) nos está indicando que actúa como lo hace el corazón en el organismo humano, es el centro motor por excelencia. Por lo tanto, Belén está representando el marco donde debe nacer el nuevo Espíritu Redentor, debe nacer en nuestra consciencia, para que desde ahí, pueda convertirse en el eje y motor de todas nuestras acciones.

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