viernes, 19 de agosto de 2016

La Religión del Padre: "Las Bienaventuranzas" 5ª parte

“Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt 5:7)

Desde el enfoque Cabalístico, esta Bienaventuranza, expresa las cualidades de Tiphereth, el centro que manifiesta las virtudes crísticas. La misericordia es la compasión repetida una y otra vez, cualesquiera que hayan sido las faltas cometidas por la persona objeto de esa misericordia. Es una virtud típicamente paterna, ya que el padre es el único ser capaz de perdonar, de disculpar una y otra vez a su hijo.

Nos narra Kabaleb, al escribir sobre esta Bienaventuranza, un ejemplo que ilustra su significado: “los periódicos relatan cómo un estudiante japonés ha dado muerte en París a una muchacha, que luego ha despedazado e introducido en unas maletas”. Nos refieren las crónicas periodísticas todo el horror de ese gesto y nos dicen cómo el padre de ese estudiante, importante hombre de negocios, lo dejó todo en Japón para acudir al lado de su hijo y visitarlo en la cárcel, donde era despreciado por los propios reclusos. Ese hombre, en la hora difícil que vivía su hijo, sólo escuchó la voz de la misericordia y corrió a su lado. Todos lo habían abandonado menos el padre. Es un ejemplo de la misericordia que el discípulo debe ser capaz de expresar, porque es la misericordia del Padre respecto a los hombres, sus hijos.

Al contemplar la vida de un hombre, es hacia adelante que debemos verla y no hacia atrás, y la misericordia conlleva la fe en que ese hombre que se ha arrastrado por el barro, ese hombre que ha sido opaco a la luz, oirá un día la voz de la divinidad que lleva dentro y su comportamiento se verá modificado. Por ello debemos creer en él y esperar de él.

Muchas veces diría Cristo en el curso de su ministerio: “los que tengan oídos, oigan”, significando con ello que hay una voz en las entrañas de cada hombre que clama la verdad, que recita las reglas divinas, y cuando los oídos consiguen oír esa voz, se apaga en la naturaleza el eco de las pasiones y los cantos de los sentidos.

Debemos comportarnos pues con los demás hombres, como si fuera inminente el despertar de los oídos a esa voz, como si de un momento a otro fueran a escucharla; y decirnos que si han maniobrado mal, si han causado llantos y destrozos, es porque todavía eran sordos a esa voz interna.

La misericordia debe extenderse a nosotros mismos. También somos ésos que se equivocan, que cometen maldades, deslealtades, atropellos, y así mismo, como los demás, merecemos esta auto misericordia, ya que, si bajo el peso del remordimiento nos consideramos seres despreciables, no conseguiremos más que obrar despreciablemente. El remordimiento puede ser saludable, si nos permite apreciar en los demás valores que nos habían pasado desapercibidos, ante la evidencia de que no somos modélicos. Pero el remordimiento debe ceder el paso al arrepentimiento y éste a la misericordia.

Si somos misericordiosos para con nosotros mismos y para con los demás, atraeremos la misericordia de arriba, la del Padre Eterno, y veremos cómo la cuenta del mal será borrada en nuestra vida, no nos serán reclamados derechos por nuestros errores pasados y la voz que clama venganza en aquellos que hayamos ofendido, será silenciada. Habremos quedado liberados del karma y nuestros perjudicados recibirán como un bálsamo que restañará sus heridas y les brindará un nuevo impuso espiritual. La misericordia, pues, no sólo tiene efectos liberadores sobre nosotros mismos, sino también sobre aquéllos con los cuales nos encontramos vinculados por nuestras faltas, nuestros errores.

Cuando se produce en nosotros un cambio de actitud en nuestra relación con el mundo nos lleva a quererlo, a sufrir con él en vez de sufrir por su causa. Una vez superado el error, miramos el mundo con otros ojos; estamos en condiciones de ver el error de los demás y constatar que no es distinto del nuestro: se presenta de otra manera, adopta formas distintas, pero en el fondo de todas ellas está la idea de nulidad y limitación y la sensación de miseria y de incapacidad. Constatar esto desde un nivel de conciencia que lo trasciende, produce el sentimiento de misericordia. La compasión, la misericordia, no es algo que tenga que ser forzado, no es un ejercicio de "bondad" que la personalidad se pueda atribuir, es algo espontáneo que surge de una sensibilidad que nos desborda, de un amor que va en busca de la Totalidad y se detiene, cada vez que hace falta, para integrar todo cuanto encuentra, para reunir lo que algo o alguien ha dispersado y desorientado. Aquí ya no es necesario esforzarse en actuar de forma justa y equitativa, actuamos llevados por el amor y como consecuencia experimentamos este amor.

Se habla mucho de la misericordia de Dios en el sentido de que Dios nos perdonará los pecados aunque no lo merezcamos; y se suele utilizar esta idea para relajar en cierta medida nuestra exigencia personal, en la confianza de que, en última instancia, la misericordia divina hará como si no viera. Todo esto carece de sentido: la misericordia es amor y el amor no tiene nada que perdonar; el amor es unidad y por lo tanto no hay posible separación ni distanciamiento de Dios. No podemos separarnos de lo que somos. Solo hemos de soltar la creencia de ser lo que no somos o la creencia de que debemos cambiar  para ser aceptables. Ya somos buenos tal como somos. Somos el Bien, la Bondad.

Y los demás también. Debemos ayudarles a descubrir que ya son buenos tal como son. Y para eso hemos de verlos así. No es cuestión de que nos parezca bien todo lo que hagan sino de que veamos por qué lo hacen y comprendamos que es lógico que se comporten así con la información y los recursos que tienen. No se trata de mirarlos con buenos ojos, sino de contemplarlos con los ojos del Bien que todos somos, del Amor que todos somos.

La misericordia de Dios no consiste en perdonarnos nada, consiste en darnos la oportunidad de experimentar este amor que somos, en hacernos partícipes de la felicidad que somos. No hay nada que perdonar a alguien que se ha perdido y anda buscando el camino. Si lo encontramos andando hacia una dirección incorrecta no vamos encima a castigarlo; al contrario, estaremos contentos porque nos da la oportunidad de serle útil indicándole el camino correcto. Si es que lo sabemos por haberlo recorrido previamente. Y en el caso de que estemos igualmente desorientados, podemos intercambiar nuestras respectivas experiencias para no perder el tiempo caminando por senderos que no llevan a ninguna parte. El hecho es que nadie se pierde a propósito. El amor es uno de nuestros potenciales y lo experimentamos en la misma medida en que lo actualizamos. Por eso el misericordioso alcanzará la misericordia, porque la unidad con los demás no se establece colocándonos por encima ni condenando a nadie, se establece constatando que todos tenemos las mismas dificultades para descubrir nuestra naturaleza esencial.

La misericordia denota aquí la altura, la profundidad y la anchura de la amistad más sincera, la bondad. A veces, la misericordia puede ser pasiva, pero aquí es activa y dinámica, la ternura paternal suprema. Un padre amoroso tiene pocas dificultades para perdonar a su hijo, incluso muchas veces. En un niño no mimado, el impulso de aliviar el sufrimiento es natural. Los niños son normalmente bondadosos y compasivos cuando tienen la edad suficiente para apreciar las situaciones reales.


ENFOQUE EXOTÉRICO

Misericordioso se dice de aquel que hace misericordia.

Misericordia es, según el diccionario bíblico VINE, sentir simpatía con otra persona en su miseria y especialmente simpatía manifestada en actos. Dicho de otra forma mostrar bondad mediante actos benéficos o ayuda. La palabra en griego recalca que  la misericordia no es un acto pasivo si no activo, lo que quiere decir que se debe trabajar en ella y no mantenerse como un agente pasivo que solo observa.

El diccionario de la RAE define misericordia como la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas.

La misericordia es un atributo de Dios y Jesucristo. Jesús nuestro gran sumo sacerdote, es misericordioso y fiel, de no ser así no hubiera perdonado nuestros pecados (Hebreos 2.17). Por labios de Cristo nosotros recibimos la orden de ser misericordioso como nuestro padre (Lucas 6.35-36) y como hijos verdaderos de Dios debemos exhibir las mismas características que Él.

Las características principales de la misericordia divina son:

Eterna (Salmo 103.17). Desde la eternidad hasta la eternidad.
Sin límites (Salmo 108.4). Mucho más grande que los cielos.
Prolonga la vida (Lamentaciones 3.22-23). Su misericordia es nueva cada mañana y por eso no hemos sido consumidos.
Estimula el arrepentimiento (Joel 2.13). Nuestro Dios es clemente, tardo para la ira y se duele del castigo ¿Con tal bondad, como no arrepentirse?
Perdona el pecado (Miqueas 7.18). Se deleita en la misericordia, por eso perdona.
Hace posible la salvación (Tito 3.5). No hemos sido justificados por nuestras obras si no por su misericordia.
Como vemos nosotros como hijos debemos ser cual es nuestro padre. Y se nos ordena a mantenernos con la misericordia, la verdad, la fe, la verdad, etc.

La misericordia debemos llevarla siempre con nosotros a todo lugar junto con la verdad (Proverbios 3.3). Estas son dos características primordiales en los hijos de Dios, a través de las que podemos demostrar el amor verdadero, ser tardos para la ira y tender la mano a aquel que lo necesita en las circunstancias más diversas. Debemos demostrarlas perdonando (Mateo 18.23-35), siendo bondadosos con los doloridos (Lucas 10.30-37) y bondadoso con los pobres (Lucas 16.19-26). Esto nos solo lo debemos hacer por un mandato, si no que con una actitud de alegría (Romanos 12.8). Dios no quiere que seamos religiosos como los fariseos (Mateo 9.13; 12.7), Él quiere que entendamos lo que significa "Misericordia quiero y no sacrificio" (Oseas 6.6) ¿Y qué significa esto?, lo que Jesús quiere es enfatizar el hecho de que no es importante lo ritual de los servicios, si no que nos vistamos de aquello que es incorruptible (Santiago 1.27). Y justamente la misericordia es una de esas características internas que debemos tener.

Quizás muchas veces nos hemos preguntado cómo hacer para que la luz de Cristo resplandezca por medio de nosotros, bueno una de las formas es actuando con misericordia (Isaías 58.10). Esta es una buena forma de hacernos un bien a nosotros mismo (Proverbios 11.17), no permitiendo que las raíces de amargura crezcan en nosotros (Hebreos 12.15), y esto nos estorbe. Andando en misericordia y verdad, alejaremos esos estorbos de nosotros.

Dios por medio de su palabra, ya nos ha hablado sobre lo que debemos hacer, lo que nos conviene y lo que es bueno, conociendo esto, en mayor o menor medida sólo nos queda hacer justicia, amar, hacer misericordia y humillarnos delante de Dios (Miqueas 6.8).

Fuentes consultadas: Jordi Sapés (Àtic). Libro de Urantia. Curso de Interpretación Esotérica de los Evangelios (Kabaleb). Palabra Integral.


Continuará...

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