miércoles, 9 de agosto de 2017

La Religión del Padre: "Las Bienaventuranzas" 6ª parte

“Bienaventurados los limpios de corazón, ya que ellos verán a Dios” (Mt 5:8)


La sexta Bienaventuranza expresa las cualidades de Netzah. 

En las enseñanzas cabalísticas se recoge, al referirnos al Sol, regente de nuestro corazón físico, que en él se centraliza la voluntad de nuestro Ego Superior por su polo positivo y que es el guardián de la conciencia por su polaridad negativa.

Al hablar de un corazón limpio, Cristo se refería pues a una voluntad volcada hacia la pureza, dejando de lado la conciencia, ya que ésta es un depósito de todo lo puro que hemos podido acumular en el curso de las vidas y, por tanto, no es apropiado decir que la conciencia pueda ser purificada. Cuando decimos precisamente que “tomamos conciencia de una cosa”, queremos significar, en profundidad, que hemos captado lo que hay de verdadero, puro y eterno en aquella cosa.



Hemos visto también, al hablar de Netzah Venus, que ese centro de vida administra la parte de la voluntad relacionada con los sentidos, es decir, se ocupa de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, y suele ser por este lado que la voluntad se extravía. Los cinco sentidos nos llevan a descubrir un mundo que nos deslumbra y nos identificamos con él, cuando no es más que una parte de un todo, es la parte del placer, del gozo que Dios ha puesto en su obra, y mejor haríamos diciendo que es el anuncio, la publicidad de un gozo cien veces superior que hemos de encontrar en el mundo de arriba.

Netzah, situado en la parte más baja de la columna de la derecha, es la muestra pálida de esos auténticos goces y alegrías que Cristo vino a anunciar. Pero ello no impide que el hombre los considere supremos y que utilice los cinco sentidos para gozar ampliamente de las bellezas que le penetran por ellos.

Sucede así que utilizando los sentidos para dar un relieve cada vez más intenso al mundo de abajo, lo escindimos del de arriba, que desaparece de la conciencia, no se imprime en ella porque no lo captamos, no lo aprisionamos en nuestros registros humanos. Entonces en nuestra conciencia se forma una espesa costra de suciedad, como la que aparece en los cristales si dejamos que en ellos se acumule durante años y años el polvo, acabando por no dejar pasar la luz. Esa costra de impurezas que rodea la conciencia, desaparece al morir, destruida por la fuerza de repulsión activa en las bajas regiones del Mundo del Deseo y ya no queda en nosotros recuerdo de los falsos valores acumulados; queda tan sólo el sentimiento de que hemos utilizado mal los recursos que nos ha dado el Creador para explorar sus mundos.

Cuando esa suciedad desaparece de la conciencia-corazón, entonces el discípulo puede contemplar los mundos de arriba y ver a Dios.



Esta Bienaventuranza expresa pues la necesidad de dirigir los cinco sentidos hacia arriba con la misma avidez con que un día los proyectamos hacia abajo. La reinversión de la vista dará como resultado la clarividencia, la del oído la clariaudiencia y lo mismo para los demás sentidos. De esta forma, el discípulo verá, oirá, olerá el perfume de las regiones eternas, podrá gustar y tocar el otro mundo.

Así pues, la regla para esa Bienaventuranza consistirá en cerrar progresivamente los sentidos a la percepción de las realidades físicas, para proyectarlos hacia arriba. Es una tarea quíntuple, como cinco son los sentidos y el resultado es la visión de Dios.

El acto de ver es propio del centro intelectual. Pero aquí se presenta la Verdad como consecuencia del Bien, de haber limpiado el centro emocional de todo rastro de negación, de crítica, de identificación, de segundas intenciones y deseos frustrados. Solo así el centro intelectual puede dedicarse a mirar la realidad en vez de pasarse el día interpretándola para calmar el sentimiento de separación que experimenta, al creerse una parte indefensa enfrentada al resto de la Creación. Solo el sentimiento de formar parte del Todo puede llevar a la comprensión de la Realidad. Aquí se constata lo que decíamos al principio de este tramo ascendente: la explicación se encuentra al final, no al principio. Nuestra conexión con lo Superior se produce a través del Bien, no de la Verdad, es una conexión emocional, no intelectual. Lo que hace inicialmente el Trabajo es destruir el error intelectual, para que podamos subir al carro del Bien. Y este Bien el que, posteriormente, nos conduce a la Verdad.

Porque si la mente juzga la realidad como “incorrecta” obliga a la emoción a rechazarla. La mente discrimina la realidad, la trocea y divide los trozos en buenos y malos. Así pierde por completo la perspectiva y la globalidad imprescindible para comprenderla. El camino de vuelta ha de recuperar esta perspectiva amplia y esto se hace desde el Amor. No se trata de cambiar de ideas sino de percibir las cosas desde otra dimensión. En ella se encuentra el sentido que la personalidad había perdido: un sentido que no compete a la personalidad sino al Ser esencial. Este sentido incluye a la personalidad como instrumento y la convierte en algo útil y eficaz; al tiempo que la releva de la responsabilidad de decidir. Porque el sentido es la voluntad de Dios y se descubre precisamente allí donde, anteriormente, todo parecía caos e injusticia.

La pureza espiritual no es una cualidad negativa, salvo que carece de recelo y de revancha. Al hablar de la pureza, Jesús no tenía la intención de tratar exclusivamente de las actitudes sexuales humanas. Se refería más bien a esa fe que los hombres deberían tener en sus semejantes; a esa fe que los padres tienen en sus hijos, y que les permite amar a sus semejantes como un padre los amaría. El amor de un padre no tiene necesidad de mimar, y no perdona el mal, pero siempre se opone al cinismo. El amor paternal tiene una única finalidad, y siempre busca lo mejor que hay en el hombre; ésta es la actitud de un verdadero padre.

Ver a Dios -por la fe- significa adquirir la verdadera perspicacia espiritual.

La perspicacia espiritual intensifica el gobierno del Ajustador, y los dos reunidos terminan por aumentar la conciencia de Dios. Cuando conocéis al Padre, os sentís confirmados en la seguridad de vuestra filiación divina, y podéis amar cada vez más a vuestros hermanos en la carne, no sólo como un hermano, con un amor fraternal, sino también como un padre, con un afecto paternal.

Esta exhortación es fácil de enseñar incluso a un niño. Los niños son confiados por naturaleza, y los padres deberían cuidar de que no pierdan esta fe sencilla. Al tratar con los niños, evitad todo engaño y absteneos de sugerir la desconfianza.

Ayudadlos juiciosamente a escoger a sus héroes y a seleccionar el trabajo de su vida.

Luego, Jesús continuó instruyendo a sus discípulos sobre cómo conseguir el objetivo principal de todas las luchas humanas, la perfección, e incluso la consecución divina. Siempre les recomendaba: “Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” No exhortaba a los doce a que amaran al prójimo como se amaban a sí mismos. Esto hubiera sido un logro meritorio, que hubiera indicado la realización del amor fraternal. Recomendaba más bien a sus apóstoles que amaran a los hombres como él los había amado, con un afecto paternal así como fraternal.


ENFOQUE EXOTÉRICO

Limpio: El diccionario tradicional indica que limpio tiene varios significados:
  • Que no tiene mancha o suciedad.
  • Que no tiene mezcla de otra cosa.
  • Libre, exento de cosa que dañe o inficione.


El diccionario bíblico define la palabra limpio como: Aquello que está libre de mezclas impuras, sin tacha (falta, nota o defecto que se halla en una cosa y la hace imperfecta.). En conclusión y en una sola palabra "puro".


Corazón: En griego hace referencia al principal órgano de la vida física. Esta palabra se utiliza en forma figurada para denotar las corrientes escondidas de la vida personal, explicado de otra forma, podría significar toda la actividad mental y moral del hombre, tanto en lo racional como en lo emocional. En hebreo la palabra que se traduce por corazón, uno de sus significados es mente o interior (en medio dé).

Más allá de discutir o plantear si es la mente o el corazón el que piensa, debemos enfocarnos en presentarnos limpios y puros delante de Dios para poder así ver su rostro. Es el hombre interno el que debe contar con el atavío adecuado (1 Pedro 3:4) y el que debe representar nuestro verdadero carácter.

En cuanto a su utilización de la palabra “corazón” en el Nuevo Testamento, esta denota:

El centro de la vida física (Hechos 14:17; Santiago 5:5).

El centro de la naturaleza moral y de la vida espiritual; El asiento del dolor (Juan 14:1; Romanos 9:2; 2 Corintios 2:14); Del gozo (Juan 16:22; Efesios 5:19); De los deseos ( Mateo 5:28; 2 Pedro 2:14); De los afectos (Lucas 24:32; Hechos 21:13); De las percepciones ( Juan 12:40; Efesios 4:18 ); De los pensamientos (Mateo 9:4; Hebreos 4:12); Del entendimiento (Mateo 13:15; Romanos 1:21); De los poderes de raciocinio ( Marcos 2:6; Lucas 24:38 ); De la imaginación (Lucas 1:51); De la conciencia (Hechos 2:37; 1 Juan 3:20); De las intenciones ( Hebreo 4:12, 1 Pedro 4:1 ); De los propósitos (Hechos 11:23; 2 Corintios 9:7); De la voluntad (Romanos 6:17; Colosenses 3:15); De la fe (Marcos 11:23; Romanos 10:10; Hebreos 3:12). El corazón, en su sentido moral en el Antiguo Testamento, incluye las emociones, la razón, y la voluntad.

Ahora una reflexión ¿Cómo esta nuestro hombre interior? ¿Cómo están nuestras emociones, nuestra moral y nuestra vida espiritual? ¿Podríamos decir que nuestro hombre esta vestido de túnicas blancas sin manchas ni arrugas? Todos queremos ver a Dios pero ¿Estamos puros o limpios?

Debemos evaluarnos día tras día. Para nosotros debe ser una preocupación constante preocuparnos de nuestra limpieza, es la única forma de consagrarnos al servicio de Dios plenamente. La enseñanza de Jesús cuando lava los pies a sus discípulos es justamente esta, lavar sus pies que son los que se han contaminado (Juan 13:1-17), ya que por su palabra ya hemos sido limpiados completamente (Juan 15:2-3). El salmista se pregunta ¿Quién subirá y estará en el lugar santo, en el monte de Jehová? El limpio y puro (Salmo 24:3-4). El escritor de Hebreos lo relata diciendo que sin santidad nadie verá a Dios (Hebreo 12:14).

Jesús a nosotros que nos declara que somos linaje escogido, real sacerdocio y nación santa (1° Pedro 2:9) y después de esto, Pedro llama a los hermanos a llevar una buena manera de vivir (1° Pedro 2:11) todo para que Dios sea glorificado. Pablo, le encarece a Timoteo que se mantenga puro (1° Timoteo 5:22) y esto hasta que Cristo aparezca (1° Timoteo 6:14). Y esta misma orden entrega Pedro a la Iglesia enseñándoles de las cosas maravillosas que sucederán cuando Cristo venga (2° Pedro 3:14) y luego les entrega la orden de presentarse con diligencia y ser hallado sin mancha e irreprensibles.

Cristo prepara y espera una Iglesia santa y sin mancha (Efesios 5:27) y nosotros ¿Qué estamos haciendo para que el deseo de Jesús por su esposa se cumpla? Veíamos la vez anterior que “la religión pura y sin mácula” es hacer misericordia con las viudas y los huérfanos, pero además, guardarse sin manchas (Santiago 1:27). ¿Estamos cumpliendo con este mandato? Por labios de Jesús se nos enseña que desde el corazón salen los malos pensamientos y eso es lo que contamina al hombre (Marcos 17:20-23).

Como novia de Jesús y templos del Espíritu de Dios, debemos limpiarnos de toda contaminación, tanto carnal como espiritual (2° Corintios 6:14-7.1). Debemos perfeccionarnos en la santidad. Más aún si tenemos la esperanza de que como hijos de Dios, el novio vendrá por su iglesia (1° Juan 3:3).

Cuando comenzamos a vivir en pureza para Dios podremos decir lo que vivió Job: "De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven" (Job 42:5). Por ahora por fe lo vemos en cada paso de nuestra vida, pero pronto, si somos santos lo veremos tal cual es (1° Juan 3:2).



Fuentes consultadas: Jordi Sapés (Àtic). Libro de Urantia. Curso de Interpretación Esotérica de los Evangelios (Kabaleb). Palabra Integral.

Continuará...

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