¿Qué me enseña esta lección?
Mientras la mente se identifica con el ego —es decir, con la creencia en la individualidad y en la separación de Dios y de la Filiación— no puede sino percibir el error. Desde ese marco mental, la percepción se apoya en lo perecedero y en lo temporal, y las decisiones que se toman están inevitablemente inspiradas por el miedo, la culpa y la necesidad de expiación.
Desde esta identificación errónea, lo que se percibe no puede ser lo que más nos conviene, pues la mente está atrapada en un sistema de pensamiento que confunde lo real con lo irreal. Al creer que eso es todo lo que puede obtener, se apega a ello e intenta preservarlo. Sin embargo, cuanto más trata de conservar lo que es transitorio, más evidente se hace su pérdida, pues nada de lo que es perecedero puede ofrecer seguridad verdadera.
El ego se percibe a sí mismo como temporal y vulnerable, y esta autopercepción genera un miedo profundo que sostiene toda su estructura mental. El miedo está implícito en cada uno de sus pensamientos y emociones, y desde ahí se proyecta hacia fuera, dando lugar a percepciones de conflicto, ataque y destrucción. Así, el mundo que se ve parece confirmar una amenaza constante, cuando en realidad no es más que el reflejo del miedo aceptado en la mente.
Por esta razón, el Curso nos enseña que no podemos confiar en nuestra percepción tal como la hemos estado utilizando. La corrección no consiste en mejorarla desde el ego, sino en entregarla al Espíritu Santo, cuya función es reinterpretar todo lo que vemos a la luz de la Verdad. Él no cambia la forma, sino el significado que le hemos dado.
Al poner nuestra percepción en manos del Espíritu Santo, comenzamos a recibir una visión distinta: la visión de la Unidad y de lo Eterno. Esta visión no se basa en el juicio ni en la defensa, sino en el reconocimiento de que nada real puede ser amenazado y nada irreal existe.
La lección nos invita, por tanto, a alinear nuestra voluntad con la Voluntad del Padre, no como un acto de sacrificio, sino como un retorno natural a lo que somos en verdad. Al hacerlo, dejamos de decidir desde el miedo y comenzamos a ver desde la única visión verdadera: la visión del Amor Incondicional, que siempre nos conduce a la paz.
Propósito y sentido de la lección:
El propósito de esta lección es que reconozcas tu limitada capacidad para saber lo que realmente te conviene en cualquier situación. El sentido profundo es abrirte a la humildad y a la receptividad, admitiendo que tu percepción está condicionada por deseos, miedos y objetivos contradictorios. Solo cuando reconoces que no sabes lo que más te conviene, puedes dejar espacio para que una guía superior (el Espíritu Santo, tu Sabiduría Interior) te muestre el camino hacia la verdadera felicidad. Esta lección es un acto de rendición y confianza.
Instrucciones prácticas:
- Realiza cinco sesiones de práctica de unos dos minutos cada una.
- En cada sesión:
- Repite mentalmente: “No percibo lo que más me conviene.”
- Cierra los ojos y busca en tu mente situaciones no resueltas que te causen desasosiego.
- Para cada situación, enumera todos los objetivos que te gustaría alcanzar en el desenlace, usando el modelo:
- “Lo que me gustaría que ocurriera en relación con _____ es que _____ y que _____ sucediese…”
- Sé honesto y minucioso, aunque los objetivos parezcan contradictorios o poco relacionados con la situación.
- Al terminar con cada situación, di: “No percibo lo que más me conviene en esta situación”, y pasa a la siguiente.
- Es mejor examinar pocos temas con profundidad y honestidad que muchos superficialmente.
Aspectos psicológicos y espirituales:
Psicológicamente, esta lección te ayuda a descubrir la maraña de deseos, expectativas y miedos que proyectas sobre cada situación. Te muestra que muchas veces tus objetivos son contradictorios y que, aunque se cumplan algunos, otros quedarán insatisfechos, lo que genera desilusión y conflicto interno. Reconocer esto es un acto de honestidad y autoconocimiento.
Espiritualmente, la lección te invita a soltar el control y a confiar en una guía superior. Al admitir que no sabes lo que más te conviene, abres la puerta a la verdadera sabiduría y permites que el Espíritu Santo (o tu Ser Superior) te muestre el camino hacia la paz y la plenitud. Es un paso hacia la rendición consciente y la confianza en el proceso de la vida.
Relación con el resto del Curso:
Esta lección es fundamental en el proceso de deshacer el sistema de pensamiento del ego. Continúa la línea de las lecciones anteriores sobre la responsabilidad de la percepción y la posibilidad de elegir de nuevo. Aquí se introduce con claridad la humildad necesaria para aprender: solo cuando reconoces que no sabes, puedes aprender algo nuevo. Es una preparación para el perdón y para la visión verdadera, que son el núcleo de Un Curso de Milagros.
Consejos para la práctica:
- Sé completamente honesto contigo mismo al identificar tus objetivos en cada situación.
- No te juzgues si descubres deseos contradictorios o poco elevados; obsérvalos con amabilidad.
- Si te resulta difícil, simplemente hazlo lo mejor que puedas; la intención y la honestidad son más importantes que la perfección.
- Si olvidas practicar, simplemente retoma cuando lo recuerdes.
- Puedes escribir tus observaciones para profundizar en tu autoconocimiento.
- Recuerda que el objetivo no es resolver las situaciones, sino reconocer tu limitada percepción y abrirte a una guía superior.
Conclusión final:
La Lección 24 te invita a la humildad y a la honestidad radical. Al reconocer que no percibes lo que más te conviene, das un paso hacia la verdadera libertad y la paz interior. No se trata de negar tus deseos, sino de observarlos y admitir que, por ti mismo, no puedes ver el cuadro completo. Esta apertura te permite recibir la guía y el apoyo que necesitas para encontrar la verdadera felicidad. Confía en el proceso, sé amable contigo mismo y recuerda que cada pequeño acto de honestidad es un milagro en sí mismo.
Ejemplo-Guía: "Me desespera el comportamiento de mi hijo".
La situación que parece desesperarnos no es, en sí misma, la causa de nuestro malestar. Es nuestra mente la que la hace real mediante su manera particular de interpretarla. La mente del ego evalúa cada experiencia, la clasifica como buena o mala y la integra en el mundo que ella misma ha proyectado. Ese mundo parece ofrecerle pruebas sólidas que confirman su creencia de que lo material y lo visible constituyen la verdad última.
Cuando experimentamos conflicto en la relación con nuestro hijo, la mente del ego se apresura a justificarlo. Nos dice que no es una interpretación, sino un hecho objetivo; que estamos siendo atacados continuamente y que, por lo tanto, nuestra reacción es legítima. Desde esta percepción, la defensa parece necesaria y el conflicto se vive como inevitable.
Si en ese estado alguien nos preguntara: «¿Qué tendría que ocurrir para que esta situación se resolviera?», la mente identificada con el ego produciría inmediatamente una serie de respuestas que apuntan siempre hacia el exterior. Pensaríamos, por ejemplo, que la solución pasaría por que nuestro hijo cambiara de circunstancias, de actitud o de forma de ser. Tal vez desearíamos que se independizara, que encontrara pareja o que asumiera responsabilidades de acuerdo con nuestras expectativas. O bien concluiríamos que el problema reside en su carácter, en su falta de colaboración o en su resistencia a aceptar nuestras indicaciones.
Desde la perspectiva del Curso, todas estas respuestas tienen algo en común: no nos conducen a lo que más nos conviene, pues mantienen la creencia de que la causa del malestar se encuentra fuera de nuestra mente. Por muy coherentes o razonables que parezcan, no hacen sino reforzar la percepción errónea y perpetuar el conflicto.
La lección 24 nos invita a detenernos y a reconocer que, si deseamos ver las cosas de otra manera, no podemos seguir confiando en la interpretación del ego. Lo que realmente nos conviene no es que el otro cambie, sino percibir la situación desde la verdad. Para ello, el Curso nos propone entregar nuestra percepción al Espíritu Santo, el Mensajero de Dios, y pedirle que nos muestre qué es lo que debe ser corregido en nuestra mente, de modo que nadie gane ni nadie pierda.
Al hacerlo, dejamos de buscar soluciones basadas en la culpa, la comparación o el sacrificio. La Voz del Espíritu Santo no nos habla en términos de reproche, sino de amor, perdón, unidad y paz. Bajo Su guía, comenzamos a reconocer en nuestro hijo no a un adversario ni a un problema, sino al Hijo de Dios, compartiendo con nosotros una misma Identidad.
Cuando esta visión se acepta, el conflicto pierde su fundamento. La experiencia deja de vivirse como una lucha y se transforma en una oportunidad de liberación interior. No porque la forma externa cambie de inmediato, sino porque ya no percibimos desde el miedo, sino desde la certeza de que sólo el Amor es real. Y en esa certeza, comenzamos a percibir, por fin, lo que verdaderamente nos conviene.
Reflexión: ¿Tenemos claro qué es lo que más nos conviene?


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