sábado, 10 de junio de 2017

Principios 47 y 48 de Un Curso de Milagros

PRINCIPIOS 47 y 48

El milagro es un recurso de aprendizaje que reduce la necesidad del tiempo. Establece un intervalo temporal fuera de lo normal que no está sujeto a las leyes usuales del tiempo. En ese sentido es intemporal.

El milagro es el único recurso que tienes a tu inmediata disposición para controlar el tiempo. Sólo la revelación lo trasciende al no tener absolutamente nada que ver con el tiempo.


Reducir, controlar, trascender el tiempo. No es la primera vez que nos acercamos a la idea del tiempo. Ya lo hicimos al analizar el Principio 15, donde se recoge que el “tiempo es, por lo tanto, un recurso de enseñanza y un medio para alcanzar un fin. El tiempo cesará cuando ya no sea útil para facilitar el aprendizaje”.

En el Principio 19, veíamos como “los milagros reflejan, por lo tanto, las leyes de la eternidad, no las del tiempo”.

Y en el Principio 25, se nos revela, que “los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación. La Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo”.

Cuando tuvimos ocasión de abordar esos tres Principios nos centramos, principalmente, en el estudio de los conceptos “milagro” y “expiación”. En esta ocasión, aprovecho la nueva oportunidad que nos ofrece los Principios 47 y 48 para dedicar un monográfico al concepto “tiempo”.

Para empezar, comparto una de las afirmaciones recogidas a lo largo de las enseñanzas de Un curso de Milagros que, sin duda, removerá esa zona de confort que nos proporciona nuestras creencias:

“El tiempo no existe realmente”. “Ni el espacio ni el tiempo tienen ningún sentido. Ambos son meramente creencias”.

Estas afirmaciones pueden despertar en nosotros diferentes reacciones. Desde la negación, más absoluta, hasta la participación consciente en hacerla real.
Me siento tentado a ofrecer referencias recientes, en el campo científico, que nos ayudarán a ver la cuestión del tiempo desde una perspectiva muy diferente, pero abordar este tema desde dicho enfoque nos exigiría ocupar un espacio, que dimensionaría excesivamente el propósito de este estudio, por lo que me conformaré con centrarme en las aportaciones procedentes de Un Curso de Milagros.
Simplemente, referir, que desde las teorías newtonianas, pasando por la de Einstein, hasta llegar al nuevo paradigma abordado por la Física Cuántica, el concepto tiempo ha evolucionado notablemente, hasta el punto, que se está muy cerca de la corroboración científica de que el tiempo no existe realmente.

¡Pero el tiempo es muy real! Es el argumento del ego, es su creencia, lo que le lleva a su aceptación sin reservas. Sin embargo, el único aspecto del tiempo que es eterno es el ahora.

Hablar de ego, es hablar de tiempo. Hablar de ego, es hablar de separación, luego, la creencia en la separación, nos lleva a la creencia en el tiempo. Podemos decir, que antes de la separación los actos eran innecesarios porque no existía la creencia en el tiempo ni en el espacio.

La creación falsa hizo que el tiempo fuese necesario como recurso de corrección.

¿Qué estado existía antes del que el tiempo existiese para el ego?

Es posible que esta pregunta forme parte de otras muchas que se despiertan en nuestra mente cuando se aborda el tema del tiempo. El Texto del Curso nos ofrece una respuesta, que no nos dejará indiferentes:

El presente existe desde antes de que el tiempo diese comienzo y seguirá existiendo una vez que éste haya cesado. En el presente se encuentran todas las cosas que son eternas, las cuales son una. La continuidad de esas cosas es intemporal y su comunicación jamás puede interrumpirse, pues no están separadas por el pasado. Sólo el pasado puede producir separación, pero el pasado no está en ninguna parte”.


El Padre de la Iglesia cristiana San Agustín escribió que el tiempo existe sólo dentro del universo creado, de manera que Dios existirá fuera del tiempo, ya que para Dios no existe pasado ni futuro, sino únicamente un eterno presente.


En contraposición a la anterior afirmación, diremos que el único propósito que el ego percibe en el tiempo, es que, bajo su dirección, haya continuidad entre pasado y futuro, y que el presente quede excluido a fin de que no se pueda abrir ninguna brecha en su propia continuidad. Su continuidad, por consiguiente, nos mantiene en el tiempo, mientras que el Espíritu Santo quiere liberarnos de él.

Para el ego, el pasado adquiere un especial sentido, pues al basar su sistema de creencia en la culpa, es mediante esa visión que se aferra al pasado. Pues la culpa­bilidad determina que seremos castigados por lo que hemos hecho, y, por lo tanto, depende del tiempo unidimensional, que comienza en el pasado y se extiende hasta el futuro. Nadie que crea esto puede entender lo que significa "siempre", y de este modo la culpabilidad le impide apreciar la eternidad. Somos inmortales por­que somos eternos, y "siempre" no puede sino ser ahora.

Los sentimientos de culpabilidad son los que perpetúan el tiempo. Inducen miedo a las represalias o al abandono, garanti­zando así que el futuro sea igual que el pasado. En esto consiste la continuidad del ego, la cual le proporciona una falsa sensación de seguridad al creer que no podemos escaparnos de ella. Pero no sólo podemos, sino que tenemos que hacerlo. Dios nos ofrece a cambio la continuidad de la eternidad. Cuando decidimos hacer este intercambio, reemplazamos simultáneamente la culpabilidad por la dicha, la crueldad por el amor y el dolor por la paz. ­

Hemos dicho, anteriormente, que el Espíritu Santo nos ayuda a liberarnos del tiempo, que es lo mismo que decir, que quiere liberarnos de la falsa creencia en la separación y en la culpa como única vía de redención.

El Espíritu Santo hace uso del tiempo, pero no cree en, él. Puesto que Él procede de Dios, usa todo para el bien, pero no cree en lo que no es verdad.

¿Cómo nos ayuda el Espíritu Santo a conseguir esa corrección?

A través de la Expiación. Este concepto ha sido desarrollado, ampliamente, en el estudio de otro Principio, por lo que no nos vamos extender más sobre su significado. Lo que sí haremos es indicar que la Expiación se instituyó dentro de la creencia en el tiempo y en el espacio para fijar un límite a la necesidad de la creencia misma, y, en última instancia, para completar el aprendizaje. La Expiación es la lección final.

La evolución es un proceso en el que aparentemente pasamos de una etapa a la siguiente. Corregimos los tropiezos previos yendo hacia adelante. Este proceso es realmente incomprensible en tér­minos temporales, puesto que retornamos a medida que avanzamos. La Expiación es el medio a través del cual podemos liberarnos del pasado a medida que avanzamos. La Expiación desvanece los erro­res que cometimos en el pasado, haciendo de este modo innecesario el que sigamos volviendo sobre nuestros pasos sin avanzar hacia nuestro retorno. En este sentido la Expiación ahorra tiempo, pero al igual que el milagro al que sirve, no lo abole. Es más, mientras siga habiendo necesidad de Expiación, seguirá habiendo necesidad de tiempo. Pero la Expiación, en cuanto que plan que ya se ha completado, tiene una relación única con el tiempo. Hasta que la Expiación no se complete, sus diversas fases evolucionarán en el tiempo, pero la Expiación en su totalidad se encuentra al final del tiempo. En ese punto el puente de retorno ya se ha construido.

El milagro no abole el tiempo, pero reduce al mínimo su necesidad, es decir, acelera el proceso de aprendizaje y corrección.

Un Curso de Milagros nos dice a este respecto: En el plano longitudinal u horizontal el reconocimiento de la igualdad de los miembros de la Filiación parece requerir un tiempo casi interminable. El milagro, no obstante, entraña un cambio súbito de la percepción horizontal a la vertical. Esto introduce un inter­valo del cual tanto el que da como el que recibe emergen mucho más adelantados en el tiempo de lo que habrían estado de otra manera. El milagro, pues, tiene la propiedad única de abolir el tiempo en la medida en que hace innecesario el intervalo de tiempo que abarca. No existe relación alguna entre el tiempo que un milagro tarda en llevarse a cabo y el tiempo que abarca. El milagro substituye a un aprendizaje que podría haber durado miles de años. Lo hace en virtud del reconocimiento implícito de la perfecta igualdad que existe entre el que da y el que recibe en la que se basa el milagro. El milagro acorta el tiempo al producir su colapso, eliminando de esta manera ciertos intervalos dentro del mismo. Hace esto, no obstante, dentro de la secuencia tem­poral más amplia”. (T.1.II.5:2)

La decisión básica del que se ha decidido por el camino de los milagros es no esperar en el tiempo más de lo necesario. EI tiempo puede causar deterioro y también puede desperdiciarse. El que obra milagros, por lo tanto, acepta gustosamente el factor de control del tiempo. Reconoce que cada colapso de tiempo nos acerca más a todos al punto en el que finalmente nos podemos liberar de él y en el que el Hijo y el Padre son uno.

Si un número suficiente de nosotros llega a alcanzar una mentalidad verdaderamente milagrosa, este proceso de acortar el tiempo puede llegar a ser virtualmente inconmensu­rable.

Tanto el tiempo como la eternidad se encuen­tran en nuestra mente, y estarán en conflicto hasta que percibamos el tiempo exclusivamente como un medio para recuperar la eterni­dad. Mientras el tiempo perdure en nuestra mente nos veremos obligados a elegir. El tiempo en sí es algo que hemos elegido. Si queremos recordar la eternidad, debemos contemplar sólo lo eterno. Si permitimos que lo temporal nos preocupe, estaremos viviendo en el tiempo. Nuestra elección estará determinada por lo que valoremos. El tiempo y la eternidad no pueden ser ambos rea­les porque se contradicen entre sí. Sólo con que aceptemos lo intem­poral como lo único que es real, empezaremos a entender lo que es la eternidad y a hacerla nuestra.

Nos dice el Curso, que debemos aprender que sólo la paciencia infinita produce resultados inmediatos. Así es como el tiempo se intercambia por la eternidad. La paciencia infinita recurre al amor infinito, y, al producir resultados ahora hace que el tiempo se haga innecesario. Como ya hemos dicho, el tiempo es un recurso de aprendizaje que será abolido cuando ya no sea necesario. El Espí­ritu Santo, que habla en favor de Dios en el tiempo, sabe también que el tiempo no tiene sentido.

¿Tiene alguna utilidad el tiempo?

Para responder a esta cuestión, voy a exponer parte del contenido que se recoge en el capítulo 15 del Curso de Milagros, titulado, “Los dos usos del tiempo”:

¿Puedes imaginarte lo que sería no tener inquietudes, preocu­paciones ni ansiedades de ninguna clase, sino simplemente gozar de perfecta calma y sosiego todo el tiempo? Ése es, no obstante, el propósito del tiempo: aprender justamente eso y nada más. El Maestro de Dios no puede sentirse satisfecho con Sus enseñanzas hasta que éstas no constituyan lo único que sabes. Su función docente no se consumará hasta que no seas un alumno tan dedi­cado que sólo aprendas de Él. Cuando eso haya ocurrido, ya no tendrás necesidad de un maestro, ni de tiempo en el que aprender.
La razón del aparente desaliento del que tal vez padezcas es tu creencia de que ello toma tiempo y de que los resultados de las enseñanzas del Espíritu Santo se encuentran en un futuro remoto. Sin embargo, no es así, pues el Espíritu Santo usa el tiempo a Su manera, y no está limitado por él. Él tiempo es Su amigo a la hora de enseñar. No causa deterioro en Él como lo hace en ti. Todo el deterioro que el tiempo parece ocasionar se debe únicamente a tu identificación con el ego, que se vale del tiempo para reforzar su creencia en la destrucción. El ego, al igual que el Espíritu Santo, se vale del tiempo para convencerte de la inevitabilidad del obje­tivo y del final del aprendizaje. Él objetivo del ego es la muerte, que es su propio fin. Mas el objetivo del Espíritu Santo es la vida, la cual no tiene fin”.

“(…) El infierno es únicamente lo que el ego ha hecho del presente. La creencia en el infierno es lo que te impide comprender el presente, pues tienes miedo de éste. El Espíritu Santo conduce al Cielo tan ineludiblemente como el ego conduce al infierno. Pues el Espíritu Santo, que sólo conoce el presente, se vale de éste para desvanecer el miedo con el que el ego quiere inutilizar el pre­sente. Tal como el ego usa el tiempo, es imposible librarse del miedo. Pues el tiempo, de acuerdo con las enseñanzas del ego, no es sino un recurso de enseñanza para incrementar la culpabili­dad hasta que ésta lo envuelva todo y exija eterna venganza”.
             
“El Espíritu Santo quiere desvanecer todo esto ahora. No es el presente lo que da miedo, sino el pasado y el futuro, mas éstos no existen. El miedo no tiene cabida en el presente cuando cada instante se alza nítido y separado del pasado, sin que la sombra de éste se extienda hasta el futuro. Cada instante es un nacimiento inmaculado y puro en el que el Hijo de Dios emerge del pasado al presente. Y el presente se extiende eternamente. Es tan bello, puro e inocente, que en él sólo hay felicidad. En el presente no se recuerda la oscuridad, y lo único que existe es la inmortalidad y la dicha.
Esta lección no requiere tiempo para aprenderse. Pues, ¿qué es el tiempo sin pasado ni futuro? El que te hayas descarriado tan completamente ha requerido tiempo, pero ser lo que eres no requiere tiempo en absoluto. Empieza a usar el tiempo tal como lo hace el Espíritu Santo: como un instrumento de enseñanza para alcanzar paz y felicidad. Elige este preciso instante, ahora mismo, y piensa en él como si fuese todo el tiempo que existe. En él nada del pasado te puede afectar, y es en él donde te encuentras completamente absuelto, complemente libre y sin condenación alguna. Desde este instante santo donde tu santidad nace de nuevo, seguirás adelante en el tiempo libre de todo temor y sin experimentar ninguna sensación de cambio con el paso del tiempo”.

“Si sientes la tentación de desanimarte pensando cuánto tiempo va a tomar poder, cambiar de parecer, tan radicalmente, pregún­tate a ti mismo: "¿Es mucho un instante?" ¿No le ofrecerías al Espíritu Santo un intervalo de tiempo tan corto para tu propia salvación? 3Él no te pide nada más, pues no tiene necesidad de nada más. Requiere mucho más tiempo enseñarte a que estés dis­puesto a darle a Él esto que lo que Él tarda en valerse de ese ínfimo instante para ofrecerte el Cielo, en su totalidad. cambio de ese instante, Él está listo para darte el recuerdo de la eternidad.
Mas nunca le podrás dar al Espíritu Santo ese instante santo en favor de tu liberación, mientras no estés dispuesto a dárselo a tus hermanos en favor de la suya. Pues el instante de la santidad es un instante que se comparte, y no puede ser sólo para ti. Cuando te sientas tentado de atacar a un hermano, recuerda que su ins­tante de liberación es el tuyo. Los milagros son los instantes de liberación que ofreces y que recibirás. Dan testimonio de que estás dispuesto a ser liberado y a ofrecerle el tiempo al Espíritu Santo a fin de que Él lo use para Sus propósitos.
¿Cuánto dura un instante? Dura tan poco para tu hermano como para ti. Practica conceder ese bendito instante de libertad a todos aquellos que están esclavizados por el tiempo, haciendo así que para ellos éste se convierta en su amigo. Mediante tu dación, el Espíritu Santo te da a ti el bendito instante que tú les das a tus hermanos. Al tú ofrecerlo, Él te lo ofrece a ti. No seas reacio a dar lo que quieres recibir de Él, pues al dar te unes a Él. En la crista­lina pureza de la liberación que otorgas radica tu inmediata libe­ración .de la culpabilidad. Si ofreces santidad no puedes sino ser santo.
¿Cuánto dura un instante? Dura el tiempo que sea necesario para re-establecer la perfecta cordura la perfecta paz y el per­fecto amor por todo el mundo, por Dios y por ti; el tiempo que sea necesario para recordar la inmortalidad y a tus creaciones inmortales, que la comparten contigo; el tiempo que sea necesa­rio para intercambiar el infierno por el Cielo. Dura el tiempo suficiente para que puedas trascender todo lo que el ego ha hecho y ascender hasta tu Padre”.

Es una experiencia muy común, compartida por los estudiantes de Un Curso de Milagros, creer que liberarnos del tiempo, nos supondrá mucho tiempo. Sin embargo, el Texto del Curso nos invita a pensar de otra manera bien distinta cuando nos dice lo siguiente:

Dios te dio Su Maestro para que reemplazase al que tú inven­taste, no para que estuviese en conflicto con él. lo que Él ha dispuesto reemplazar ya ha sido reemplazado. El tiempo tan solo duró un instante en tu mente, y no afectó a la eternidad en absoluto. Y así es con todo el tiempo que ha pasado; y todo per­manece exactamente como era antes de que se construyese el camino que no lleva a ninguna parte. El brevísimo lapso de tiempo en el que se cometió el primer error -en el que todos los demás errores están contenidos- encerraba también la Corrección de ese primer error y de todos los demás que partieron de él. Y en ese breve instante el tiempo desapareció, pues eso es lo que jamás fue. Aquello a lo que Dios dio respuesta ha sido resuelto y ha desaparecido.

A ti que aún crees vivir en el tiempo sin saber que ya desapare­ció, el Espíritu Santo te sigue guiando a través del laberinto infi­nitamente pequeño e insensato que todavía percibes en el tiempo a pesar de que ya hace mucho que desapareció. Tú crees estar viviendo en lo que ya pasó. Cada cosa que ves la viste sólo por un instante, hace mucho, antes de que su irrealidad sucumbiese ante la verdad. No hay ni una sola ilusión en tu mente que no haya recibido respuesta. La incertidumbre se llevó ante la cer­teza hace tanto tiempo que es ciertamente difícil seguir abrigán­dola en tu corazón como si aún estuviese ante ti.

Este ínfimo instante que deseas conservar y hacer eterno, se extinguió tan fugazmente en el Cielo que ni siquiera se notó. Lo que desapareció tan rápidamente que no pudo afectar el conoci­miento del Hijo de Dios, no puede estar aún ahí para que lo pue­das elegir como maestro. Sólo en el pasado -un pasado inmemo­rial, demasiado breve como para poder erigir un mundo en respuesta a la creación- pareció surgir este mundo. Ocurrió hace tanto tiempo y por un intervalo tan breve que no se perdió ni una sola nota del himno celestial. Sin embargo, en cada acto o pensa­miento que aún no hayas perdonado, en cada juicio y en cada creencia en el pecado, se evoca ese instante, como si se pudiese volver a reconstruir en el tiempo. Lo que tienes ante tus ojos es una memoria ancestral. Y quien vive sólo de recuerdos no puede saber dónde se encuentra.

El perdón es lo que nos libera totalmente del tiempo lo que nos permite aprender que el pasado ya pasó. Ya no se oye hablar a la locura. Ya no hay ningún otro maestro ni ningún otro camino. Pues lo que ha sido erradicado ha dejado de existir. ¿Y quién puede encontrarse en una ribera lejana, y soñar que está al otro lado del océano en un lugar y en un tiempo que hace mucho que desaparecieron? ¿Cómo iba a poder impedir este sueño que él esté donde realmente está? Pues donde él está es un hecho, y sus sueños, de la clase que sean, no pueden cambiarlo. Con todo, puede imaginarse que está en otro lugar y en otro tiempo. Lo que a lo sumo puede hacer es engañarse a sí mismo creyendo que eso es verdad y convertirlo de meras imaginaciones en creencias y en locura, completamente convencido de que donde prefiere estar es donde está.

Mas ¿podría eso impedirle estar donde está? ¿Es cualquier eco del pasado que él pueda oír un hecho en comparación con lo que se puede oír donde él está ahora? 3¿Y en qué medida pueden sus propias ilusiones con respecto al tiempo y al espacio cambiar el lugar donde él realmente está?

Lo que no se ha perdonado es una voz que llama desde un pasado que ya pasó para siempre. lo único que lo considera real es el deseo de que lo que ya pasó pueda volver a ser real y verse aquí y ahora, en lugar de lo que realmente se encuentra aquí y ahora. ¿Supone esto acaso un obstáculo para la verdad de que el pasado ya pasó y de que no se te puede devolver? ¿Y querrías conservar ese temible instante en el que el Cielo pareció desapa­recer y a Dios se le temió y se le convirtió en el símbolo de tu odio?

Olvídate de ese momento de terror que ya hace tanto tiempo que se corrigió y se des-hizo. ¿Podría acaso el pecado resistir la Voluntad de Dios? ¿Podría estar en tus manos poder ver el pasado y ubicarlo en el presente? No puedes volver a él. todo lo que señala hacia él no hace sino embarcarte en una misión cuya consecución sólo podría ser irreal. Tal es la justicia que tu Amoroso Padre se aseguró de que se hiciese contigo. Y te ha protegido de tu propia injusticia contra ti mismo. No puedes extraviarte porque no hay otro camino que el Suyo y no puedes ir a ninguna parte excepto hacia Él.

¿Cómo iba a permitir Dios que Su Hijo se extraviase por un camino que es sólo la memoria de un instante que hace mucho que pasó? Este curso te enseña sólo lo que es ahora. Un terrible instante de un pasado lejano que ha sido completamente corregi­do no es motivo de preocupación ni tiene valor alguno. Deja que lo muerto y lo pasado descansen en el olvido. La resurrección ha venido a ocupar su lugar. Y ahora tú eres parte de la resurrec­ción, no de la muerte. Ninguna ilusión del pasado tiene el poder de retenerte en un lugar de muerte: la bóveda en la que el Hijo de Dios entró por un instante, para ser instantáneamente restaurado al perfecto Amor de su Padre. ¿Y cómo iba a podérsele mantener encadenado cuando hace tanto tiempo que se le liberó de las cadenas, que éstas desaparecieron de su mente para siempre?

El Hijo que Dios creó sigue siendo tan libre como Dios lo creó. Renació en el mismo instante en que eligió morir en vez de vivir. ¿Y te negarías ahora a perdonarlo porque cometió un error en un pasado que Dios ni siquiera recuerda y que no existe? Estás ahora oscilando entre el pasado y el presente. veces el pasado te parece real, como si fuese el presente. Oyes voces del pasado y luego dudas de que las has oído. Eres como alguien que aún tiene alucinaciones, pero que no está seguro de lo que percibe. Ésta es la zona fronteriza entre los dos mundos, el puente entre el pasado y el presente. Aquí todavía ronda la sombra del pasado; sin embargo, se vislumbra ya la luz del presente. Una vez que esta luz se ve, es imposible olvidarse de ella. Y esa luz te rescatará del pasado y te conducirá al presente, donde realmente te encuentras.

Las sombrías voces no alteran las leyes del tiempo ni las de la eternidad. Proceden de lo que ya pasó y dejó de existir, y no suponen ningún obstáculo para la verdadera existencia del aquí y del ahora. El mundo real es la contrapartida a la alucinación de que el tiempo y la muerte son reales, y de que tienen una existen­cia que puede ser percibida. Esta terrible ilusión fue negada en el mismo lapso de tiempo que Dios tardó en responder a ella para siempre y en toda circunstancia. entonces desapareció y dejó de experimentarse como algo que estaba ahí.

Cada día, y cada minuto de cada día, y en cada instante de cada minuto, no haces sino revivir ese instante en el que la hora del terror ocupó el lugar del amor. así mueres cada día para vivir otra vez, hasta que cruces la brecha entre el pasado y el presente, la cual en realidad no existe. Esto es lo que es toda vida: un apa­rente intervalo entre nacimiento y muerte y de nuevo a la vida; la repetición de un instante que hace mucho que desapareció y que no puede ser revivido. Y el tiempo no es otra cosa que la creencia demente de que lo que ya pasó todavía está aquí y ahora.

Perdona el pasado y olvídate de él, pues ya pasó. Ya no te encuentras en el espacio que hay entre los dos mundos. Has seguido adelante y has llegado hasta el mundo que yace ante las puertas del Cielo. Nada se opone a la Voluntad de Dios ni hay necesidad de que repitas una jornada que hace mucho que con­cluyó. Mira a tu hermano dulcemente, y contempla el mundo donde la percepción de tu odio ha sido transformada en un mun­do de amor”.  (T.26.V.3:14)

Cada vez que repaso este capítulo del Curso, me ratifico más en pensar que su contenido corresponde a una de las lecciones más maravillosas, sobre metafísica, que he podido leer. Si logramos aplicar su mensaje, habremos dado un importante paso hacia la Salvación y hacia la Iluminación.

El tiempo parece ir en una dirección, pero cuando lleguemos a su final, se enrollará hacia el pasado como una gran alfombra extendida detrás de nosotros y desaparecerá. Mien­tras sigamos creyendo que el Hijo de Dios es culpable seguiremos caminando a lo largo de esa alfombra, creyendo que conduce a la muerte. Y la jornada parecerá larga, cruel y absurda, pues en efecto, lo es.

Cuando ninguna percepción se interponga entre Dios y Sus creaciones, o entre Sus Hijos y las suyas, el conocimiento de la creación no podrá sino continuar eternamente. Los reflejos que aceptamos en el espejo de nuestra mente mientras estamos en el tiempo o bien nos acercan a la eternidad o bien nos alejan de ella. Pero la eternidad en sí está más allá del tiempo.

Sigamos el consejo que nos comparte el Curso para alcanzar nuestro estado original, la eternidad:


Salte del tiempo y con la ayuda del reflejo de la eternidad en ti, extiéndete y tócala. pasarás del  tiempo a la santidad tan inevitablemente como el reflejo de la santidad exhorta a todos a dejar a un lado la culpabi­lidad. Sé un reflejo de la paz del Cielo aquí y lleva este mundo al Cielo, pues el reflejo de la verdad atrae a todo el mundo a ésta, y a medida que todos entran en ella, dejan atrás todos los reflejos”. 

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