jueves, 9 de junio de 2016

Cuento para Cahetel: "La derrota de Belial"

Las acechanzas del mal se extendían por toda la tierra. Era como una imperceptible brisa que lentamente iba contaminando todo cuanto encontraba a su paso. Aquellos que respiraban su nauseabundo hedor, quedaban prisioneros de su hechizo y se encontraban perdidos en el laberinto de la pasión.

Así fue como las huestes de las tinieblas, un terrible y poderoso ejercito, reclutaban día a día nuevas fuerzas. Eran expertos y hábiles seductores, y sus cantos siniestros ahogaban el compás melodioso de las dulces armonías.
Así estaban las cosas en aquellos tétricos días, y sin embargo, aún existía un rincón olvidado de la tierra donde no había llegado la mano destructora de las tinieblas.
  • El mundo es nuestro, y el poder que poseemos es inmenso. Dominaremos los Elementos y el Fuego, El Agua, el Aire y la Tierra, así como todo ser viviente tendrá que arrodillarse a nuestros pies.
Era el príncipe de las legiones infernales, que en su deseo desenfrenado de hacer el mal había tentado al hombre, y este había cedido a su seducción.

Aquella victoria le hacía sentirse orgulloso, casi un Dios, pero aquella celebración no duraría mucho, pues las palabras de su lugarteniente le amargaría las entrañas.
  • Príncipe Belial, aín no dominamos toda la tierra -le dijo temeroso-.
  • ¿Cómo? -gritó cegado por la ira el malvado Belial-.
  • Existe una pequeña y humilde región en la comarca de Kehod. Es fértil y próspera, pero sus habitantes no deben preocuparnos -contestó su servidor-.
  • Te equivocas, no debe quedar ningún alma que no sirva a mi trono. Ve y ofrécele mis servicios. Pronto espero tu respuesta -le dijo amenazante Belial-.
Así fue como las tranquilas aldeas de Kehob recibieron la inesperada visita de las legiones de las sombras. De repente desplegaron su poder y quisieron extender su oscuridad sobre los corazones de aquellas inocentes almas, pero aquel intento fracasó, pues una extraña y poderosa aura les protegía.
  • No es posible -murmuró el fiel servidor de Belial-, nuestros hechizos nada pueden contra su voluntad.
Fracasado, regresó hasta su cuartel general en las profundidades de los abismos y contó lo sucedido a su jefe y señor.

La noticia desencadenó la rabia y la cólera de Belial, y fue tal su decepción que las profundidades de la tierra se quebraron de dolor.

Invocó a las Salamandras, espíritus del Fuego infernal, a las Ondinas, espíritus de las Aguas putrefactas y a los Elfos, espíritus de las plagas devastadoras.
  • Os invoco en el nombre de Satán, nuestro Señor. Derramad vuestra maldad sobre la tierra de Kehob y que sea pasto de la destrucción.
Y aquellos elementales tomaron vida y sirvieron al príncipe Belial. Sin embargo, en la región de Kehob también se elevó una invocación. Era Cahetel quien lo hacía implorando la bondad de Dios, el Supremo Creador.

Las Salamandras provocaron su fuego, las Ondinas contaminaron las aguas y los Elfos invadieron los campos con plagas de insectos, pero del cielo y a la voz de Cahetel, las aguas puras de Hochmah cayeron poniendo fin a aquel intento fallido de destrucción.

Desde aquel día el poder de Belial disminuyó, y poco a poco, otras aldeas imitaron a las almas puras de Kehob, y pronto el mal se retiro.

Fin

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