sábado, 4 de junio de 2016

Cuento para Sitael: "El Sabio Constructor"

Por tres veces consecutivas lo habían intentado, pero seguían sin poder conseguirlo...
  • Lo siento Majestad -se excusó el contrariado arquitecto-, todo es un misterio, por mucho que lo intentamos, lo que en la luz construimos, en las tinieblas de la noche es destruido.
  • No, no puedo creerlo. Mientras que vosotros jugáis a ser dioses, mi hijo se está muriendo de tristeza -gritó el rey enfurecido-.
Quizá tuviera razón para estarlo, pues su único hijo, el príncipe Aquin, era víctima de un terrible mal que le había sumido en una profunda pena. Desde hacía tres años, nadie había tenido la dicha de verle sonreír, y todos desconocían la razón que le llevó a aquel melancólico estado.
Su padre, el rey Kebin, sumido en la desesperación, pensó que tal vez si le construía una ciudad y la habitaba con los mejores magos de reino, quizás Aquin recuperase de nuevo la alegría.

Pero tras muchos intentos, y de un modo misterioso por cierto, los arquitectos que hasta ahora lo habían intentado, fracasaron a pesar de sus muchos esfuerzos. Por ese motivo, el Soberano estalló en ira, pues no comprendía lo que estaba pasando. Tenía enemigos secretos y el desconocía donde podía encontrarlos.

Si pudiera averiguarlo pensó, les haría arrepentirse de lo que estaban haciendo. Kebin aumentó la vigilancia y se dijo que nadie podría burlar a la guardia en aquella noche.

Sería una noche larga, muy larga. No lograba conciliar el sueño, no podía alejar de su mente aquellos rabiosos pensamientos. Pero pronto se daría cuenta, de que a pesar de sus preocupaciones nada cambiaría al día siguiente.
  • ¡Majestad....! ¡Majestad...! -gritaba su consejero sin que le quedase apenas aliento-, no os lo creeréis, pero todo lo construido ha sido derribado.
Tan solo un gesto amargo y un ademán de impotencia se dibujaron en el rostro del apenado rey. Ya no sabia que hacer, lo había intentado todo.

Pero esta historia no puede tener un triste final, y para evitarlo, llegó al reino un misterioso viajero, el cual decía llamarse Sitael y ser un hábil arquitecto. Esta noticia llegó hasta el rey Kebin quien mandó buscarle de inmediato.
  • ¿Decís que sois un buen arquitecto? -le interrogó el Soberano-.
  • No soy yo quien puede dar testimonio de mi arte, sino mis obras Señor -contestó seguro de sí mismo el recién llegado-.
  • ¿Creéis que podréis construir una ciudad que pueda dar cobijo a la felicidad y a la alegría?, mi único hijo se esta consumiendo en los fríos brazos de la tristeza -preguntó con tono esperanzador el rey-.
  • Podré hacerlo si Vos me ayudáis, Majestad -replicó el enigmático arquitecto-.
Aquellas palabras pusieron en guardia al Monarca, quien muy extrañado le dijo:
  • Sabed que yo desconozco el divino arte de la construcción. Siendo así, ¿como podré ayudaros?.
  • Tan solo Vos podréis evitar que los pilares que han de sostener a la ciudad sean sólidos y no quebradizos.
  • ¡No os entiendo! -exclamó muy aturdido el rey-.
  • Si mirando en vuestro corazón encontráis la solidez del amor, entonces nada debemos temer, pero si hayáis tan sólo un sentimiento de odio, rencor, del quebradizo poder de las tinieblas, entonces la obra perecerá en manos de esta fuerza -explicó Sitael-.
El rey Kebin no pudo mirar a los ojos de aquel extraño viajero. Reconocía en sus palabras una verdad que le consumía. Él era, entonces, el único responsable, el que impedía levantar los pilares de la ciudad de la alegría, del amor.

Desde aquel día todo cambió. El rey perdonó a cuantos habían sido sus enemigos, y de inmediato, como por arte de magia, pudo comprobar cómo las murallas de la ciudad se elevaron sólidas, poderosas hasta el cielo, dando cobijo al elixir de la felicidad, donde su hijo encontraría para siempre una maravillosa paz.

Fin

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