miércoles, 14 de enero de 2026

Capítulo 25. V. El estado de impecabilidad (2ª Parte).

V. El estado de impecabilidad (2ª Parte).

2. El ataque convierte a Cristo en tu enemigo y a Dios junto con Él. 2¿Cómo no ibas a estar atemorizado con semejantes "enemi­gos"? 3¿Y cómo no ibas a tener miedo de ti mismo? 4Pues te has hecho daño, y has hecho de tu Ser tu "enemigo". 5ahora no puedes sino creer que tú no eres tú, sino algo ajeno a ti mismo, "algo distinto", "algo" que hay que temer en vez de amar. 6¿Quién atacaría lo que percibe como completamente inocente? 7¿Y quién que desease atacar, podría dejar de sentirse culpable por abrigar ese deseo, aunque anhelase la inocencia? 8Pues, ¿quién podría considerar al Hijo de Dios inocente y al mismo tiempo desear su muerte? 9Cada vez que contemplas a tu hermano, Cristo se halla ante ti. 10Él no se ha marchado porque tus ojos estén cerrados. 11Mas ¿qué podrías ver si buscas a tu Salvador y lo contemplas con ojos que no ven?

Este fragmento profundiza en las consecuencias del ataque: convierte a Cristo y a Dios en “enemigos”, lo que genera temor y alienación interna. El ataque distorsiona la percepción del Ser, llevándonos a temernos y a sentirnos ajenos a nuestra verdadera naturaleza. Se plantea que nadie atacaría lo que percibe como inocente, y que el deseo de atacar genera culpa, incluso si se anhela la inocencia. Es imposible considerar inocente al Hijo de Dios y desear su muerte. Cada vez que miramos a nuestro hermano, Cristo está presente, aunque no lo veamos por tener los “ojos cerrados”. Buscar la salvación con una percepción distorsionada impide reconocerla.

Mensaje central del punto:

  • El ataque genera separación y miedo, tanto hacia Dios como hacia uno mismo.
  • La percepción de inocencia elimina el deseo de atacar.
  • El deseo de atacar inevitablemente produce culpa, aunque se anhele la inocencia.
  • No es posible ver la inocencia y desear daño al mismo tiempo.
  • Cristo está presente en cada hermano, aunque no lo reconozcamos.
  • La salvación requiere una visión verdadera, no distorsionada por el ataque.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Reconocer que el ataque, en cualquier forma, nos separa de nuestra verdadera naturaleza y de Dios.
  • Practicar la percepción de inocencia en los demás para eliminar el deseo de atacar.
  • Observar los propios deseos de ataque y reconocer la culpa que generan.
  • Recordar que cada encuentro con otro es una oportunidad para ver a Cristo.
  • Cultivar la visión interior para buscar la salvación con ojos abiertos.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿En qué momentos convierto a mi hermano en “enemigo” por mis juicios o ataques?
  • ¿Cómo puedo entrenar mi percepción para ver la inocencia en los demás?
  • ¿Reconozco la culpa que surge cuando deseo atacar, aunque anhele la paz?
  • ¿Soy consciente de que Cristo está presente en cada encuentro?
  • ¿Busco la salvación con ojos abiertos o cerrados?

Conclusión:

El ataque distorsiona la percepción y nos aleja de nuestra verdadera identidad y de Dios. Solo al reconocer la inocencia en los demás y en nosotros mismos, podemos liberarnos del miedo y la culpa, y abrirnos a la visión de Cristo que está presente en cada hermano.

Frase inspiradora:

“Cada vez que contemplas a tu hermano, Cristo se halla ante ti.”

Invitación práctica:

  1. Observa tus pensamientos y emociones: Dedica unos minutos al día para identificar si surge en ti el deseo de atacar, juzgar o defenderte. Pregúntate: “¿Estoy viendo a mi hermano como enemigo o como Cristo?”
  2. Practica la pausa consciente antes de responder: Cuando sientas el impulso de reaccionar con juicio o defensa, haz una pausa. Respira y recuerda que el ataque genera separación y miedo. Elige responder desde la inocencia y la paz.
  3. Reemplaza el juicio por la compasión: Si percibes error en otra persona, repite mentalmente: “Elijo ver la inocencia en ti y en mí.” Haz el esfuerzo consciente de buscar lo bueno y lo auténtico en cada persona.
  4. Libera la culpa y el resentimiento: Reconoce que el deseo de atacar genera culpa, aunque anheles la inocencia. Practica el perdón, recordando que tu hermano es Cristo y que la salvación está en la visión verdadera.
  5. Haz de la visión de Cristo tu intención diaria: Al comenzar el día, establece la intención: “Hoy elijo ver a Cristo en cada hermano.” Repite esta frase en momentos de tensión o duda para recordarte tu compromiso con la paz interior.
  6. Lleva la impecabilidad a tus relaciones: En tus conversaciones, procura escuchar con atención y responder con amabilidad. Si surge un desacuerdo, busca el entendimiento en vez de la confrontación.
  7. Utiliza recordatorios visuales o escritos: Coloca una nota en tu espacio de trabajo o en tu móvil que diga: “Cristo está ante mí en cada encuentro.” Usa este recordatorio para volver a tu propósito cuando lo necesites.
  8. Reflexiona al final del día: Antes de dormir, revisa cómo has aplicado la impecabilidad y la visión de Cristo. ¿Hubo momentos en que elegiste la paz sobre el ataque? Felicítate por tus avances y comprométete a seguir practicando.

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