jueves, 7 de julio de 2016

Cuento para Chavakiah: "El Espíritu reconciliador"


Aquellos que les conocían, decían que habían nacido el uno para el otro, y cualquiera que hubiese tenido la oportunidad de conocerles, llegarían a la misma opinión, y es que desde muy pequeños El e Iah sintieron algo muy especial que les llevó a una amistad que muchos envidiaban.
Se complementaban y entendían tan bien, que nadie les vio jamás discutir.
Cuando uno de ellos emprendía algo, siempre lo hacía pensando en el otro y aquello era el secreto que permitió que durante todos aquellos años vivieran como ejemplo de armonía.
Con el tiempo fueron creciendo y las experiencias que cada uno iba adquiriendo, rápidamente era compartida con su compañero.
Pero llegó el día en que Iah tuvo que abandonar el pueblo. Era un poco mayor que El, y debía desplazarse a la ciudad para continuar sus estudios.
Habían estado tanto tiempo junto que nunca pensaron que algún día tendrían que separarse.
No, para eso no estaban preparados, al menos eso pensaba El, que veía como un profundo vacío nacía en su pecho cuando Iah le contaba sus proyectos.
  • No puedes dejarme Iah, deberías esperarme, tan sólo me queda un año -le rogaba El a su amiga e inseparable compañera.
  • Pero El, no lo comprendes, perderé un año y ya sabes que mis padres se han sacrificado por mí para que logre ir a la universidad. No puedes pedirme eso -le explicó Iah sufriendo enormemente -.
  • Ya veo que tus estudios son más importantes que yo -dijo indignado El -.
  • ¿En verdad crees eso? Eres injusto conmigo. Pensé que eras mi mejor amigo, pero veo que tan solo te importas tú -contestó Iah ofendida y dolida -.
  • Tú hablas de amistad. Un verdadero amigo no abandona a otro por ambición. Quieres ser la mejor, siempre lo has querido.
Aquellas palabras fueron muy duras y El lo sabía. En lo más profundo de su corazón no estaba sintiendo lo que sus palabras expresaban, y sin embargo, no evitó que fuesen dichas.
Iah profundamente ofendida sintió como sus lágrimas quemaban con gruesas gotas sus ojos y se alejó de El.
Se había quedado solo, aquella amistad tan inalterable se esfumó en solo segundos. No podía ir a casa en aquel estado y decidió buscar un lugar aislado donde quedó sumergido en sus pensamientos.
Pero no sería por mucho tiempo, pues inesperadamente una voz le interrumpió:
  • ¿Muchacho, por qué sufres? Nada te impide ser feliz, al no ser tu mismo -le dijo aquel misterioso personaje -.
El quedó muy sorprendido, pues pensaba que estaba solo en aquel rincón oculto y además, ¿cómo sabía aquel desconocido lo que a él le pasaba?
  •  Por favor no se ofenda, pero no tengo la costumbre de hablar con desconocidos -contestó El-. Pero de todos modos, ¿cómo sabe usted que estoy sufriendo?, ¿quién es usted? -preguntó finalmente llamado por la curiosidad -.
  • Mi nombre es Chavakiah y soy el espíritu de la reconciliación -le contestó llanamente el tal espíritu -.
  • ¿El espíritu de la reconciliación? -expresó admirado El -.
  • Muchacho, ¿por qué has escogido el camino más difícil que tan sólo te lleva al sufrimiento? Tienes en tus manos la posibilidad de cambiar las cosas. Si has ofendido a Iah, pídele perdón y reconcíliate con ella. ¿No es eso lo que más desea tu corazón? -le dijo el espíritu -.
Pero El apenas si podía oír ya su voz, pues corría presuroso en busca de Iah. Le iba a pedir perdón y a reconciliarse con ella, pues compendió que el mal tan solo podría cambiarlo con el bien, y él lo tenía en sus manos.

Fin

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