domingo, 7 de agosto de 2016

Cuento para Damabiah: "La Fuente de la Sabiduría"


Aquella calma, aquella inactividad, estaba poniéndole enfermo. No era hombre que supiera estar con los brazos cruzados, cuando había tanto mundo por conocer.

Eran los pensamientos que mantenían aún despierto al joven Damabiah, a pesar de estar bien entrada la noche.

Sentado en la cubierta de aquel navío, en el que tan buenas aventuras había vivido, nuestro amigo hablaba en voz alta como si las estrellas -sus únicas compañeras -, pudiesen a oírle.

La silueta de la Luna se reflejaba nítidamente en las tranquilas aguas del mar. Estaba hermosa e imitaba la grandeza de su amado Sol, vistiendo sus ropajes más bellos. Estaba llena y pletórica.

Quedó ensimismado, como hipnotizado por aquella luz, y de repente y sin saber como sucedió aquel hecho tan extraño, aquel rostro resplandeciente adquirió vida y le dijo:
  • Damabiah, Damabiah, debes partir hacia horizontes lejanos en busca de la Fuente de la Sabiduría.
El muchacho muy sorprendido se frotó una y otra vez los ojos, pues pensó que debía ser víctima de algún encantamiento. Pero por mucho que lo intentaba, el rostro sonriente de la Luna adquiría cada vez más brillo.
  • No puedo creer lo que ven mis ojos -gritó un tanto asustado el joven -. Dime, que eres una ilusión que va a desaparecer cuando abra de nuevo los ojos.
  • Si no me crees, toma tu caña de pescar y lanza el anzuelo hacia donde yo estoy- le invitó la Luna -.
Damabiah obedeció las instrucciones y lanzó el sedal con fuerza haciendo que el anzuelo llegase justo donde se encontraba aquel reflejo. Pronto notó como algo había picado y tiró con coraje, pues temía que se le escapase. El anzuelo había atrapado un pequeño cofre. ¿Qué misterioso era todo aquello?

Tomó el joven con cierto nerviosismo el cofre y lo abrió. En su interior encontró un trozo de papel muy antiguo y en él un mapa dibujado. Era el mapa que debía guiarle hasta la isla donde debía encontrar la Fuente de la Sabiduría.

Ahora sí creía, y cuando fue a darle las gracias a la Luna, su rostro ya se reflejaba en el agua, había continuado su camino en el firmamento.

Al día siguiente Damabiah reclutó a 40 hombres, fuertes y bregados pescadores que al igual que él sentían un especial amor por la aventura. Les prometió un tesoro muy valioso si lograban llegar hasta la isla de Yeshoch.

Con la subida de la marea partieron rumbo a recorrer los 6 puntos cardinales. Ningún obstáculo le impediría alcanzar su objetivo.

Y aunque su valor era evidente, muchos de los tripulantes dudarían de él en aquel atardecer.

Una terrible tormenta se desencadenó en pocos minutos. El viento era un ciclón y amenazaba con mandarles al fondo del mar si no arreciaba pronto.

Los marineros que eran muy supersticiosos, murmuraban entre sí que alguien les había hecho un sortilegio y había despertado la furia de los espíritus infernales del mar. Aquel temor se fue extendiendo entre los demás y tuvo que intervenir Damabiah para evitar que el pánico se hiciese colectivo.
  • Sacad el miedo de vuestras mentes y que hierva la sangre en vuestras venas. ¡Vamos!, tenemos que vencer nuestras debilidades y la tempestad desaparecerá.
Y así fue, cuando aquellos marinos lograron poner orden en su interior, el temporal amainó, y la calma volvió a reinar.

A la mañana siguiente avistaron tierra. Habían llegado a su destino. En la isla de Yeshoch encontraron una verdadera Fuente de Sabiduría, y muchos quedaron en aquella isla para siempre. En cambio otros prefirieron volver cargados de tesoros y riquezas para comprar con ellas nuevas tierras.

Al final, tanto unos como otros, lograron encontrar la felicidad.

Fin


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