martes, 9 de agosto de 2016

Cuento para Manakel: "Conociendo el bien y el mal"

Aquel día, sería diferente a los demás. La fiesta que daba Lusar, para celebrar su cumpleaños reuniría a todos los chicos y chicas del barrio. Acababa de mudarse de casa, y apenas si había tenido la oportunidad de hacer amigos, por lo que pensó que lo de la fiesta sería una buena excusa para ello.

Y llegó la hora del encuentro. Poco a poco fue recibiendo la visita de los que pronto serían sus nuevos amigos. Entre ellos se encontraba Manakel, un joven amable y bondadoso que era muy querido por todos y cuya fama de glotón le precedía. Así se lo presentaron a Lusar:
  • Este de aquí es Manakel, es buen chico pero cuidado con él, porque acaba con todo lo que se puede digerir.
Lusar miró a Manakel y comprobó por su físico que en nada exageraba, pues aquella obesidad no se conseguía alimentándose del aire.

Sin embargo, y aunque Manakel les seguía la corriente en aquellas bromas, en su interior se debatía en fuertes luchas. Su conciencia le advertía que si abusaba de los alimentos, su organismo no lo soportaría, tendría una indigestión y enfermaría.

Aquella era la voz de su conciencia, pero había otra voz que le hablaba, era la de sus instintos. ¡Oh Dios mío! que bueno estaba todo, le decía seduciéndole para que cayese en la tentación de seguir comiendo.

Sin duda, ninguno de sus amigos se percibía del sufrimiento que Manakel llevaba por dentro.

En la fiesta no faltaba de nada. La comida era abundante y todo estaba exquisito. Así se lo parecía a Manakel, que una vez más cedió a la voz de sus instintos y se dio un atracón de miedo.

Cuando todo terminó, cada uno se dirigió a su casa, pues se hizo un poco tarde. Pero no todos lo hicieron así.
Manakel se sentía tan culpable por lo que había hecho que no se atrevía a regresar a casa.

Deseaba estar solo. No podía salpicar a los demás, con el odio que sentía hacia si mismo. Una fuerte agresividad se concentraba en su pecho y un fuego muy intenso le quemaba el estómago.

¡Dios mío!, que mal se sentía. Sin duda, Dios le estaba castigando por no obedecerle, y ahora se estaba muriendo.

Debía ir a casa, no quería morir sin despedirse de su familia.

La verdad es que no se estaba muriendo, ni Dios le estaba castigando, pero se sentía tan culpable por haber desobedecido la voz de su conciencia, que le advertía de que estaba obrando mal, que ahora deseaba estar muerto para acallarla.

Llegó a su casa y se sintió un poco mejor al ver a su familia. Estaba tan avergonzado que no podía ni mirar directamente a la cara de sus padres, y por ello decidió ir a la cama.

Buscó en el sueño la solución de su problema, pero pasaban las horas en el reloj y no podía pegar ojo. Los remordimientos de conciencia no les permitían sentirse en paz consigo mismo, y aquello le producía insomnio, no podía dormir.

Toda la noche la pasó en vela, y cuando el alba ya anunciaba un nuevo día, el cansancio le abatió llevándole a un profundo sueño. Pero incluso en este mundo, la paz le fue negada, puesto que tuvo una terrible pesadilla. Se encontró con Dios, que estaba muy enfadado con él y le decía coléricamente:
  • Veo que has traicionado el saber que he puesto en tí. Eres conocedor del bien y del mal, y lo violas caprichosamente. Si lo vuelves a hacer...
Entonces fue cuando Manakel se levantó sobresaltado y sudoroso. La cólera de Dios era terrible. No podía fallarle.

Aquel sueño jamás lo olvidaría, y desde entonces el joven logró vencer la voz de los instintos, y siempre se dejaba llevar por la voz de su conciencia. Ahora sabía escoger entre el bien y el mal.


Fin

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