miércoles, 11 de marzo de 2026

¿A quién le he entregado el poder de mi paz? Aplicando la lección 70.

 ¿A quién le he entregado el poder de mi paz? Aplicando la lección 70.

Una de las creencias más arraigadas en la mente humana es que nuestra paz depende de lo que ocurre fuera de nosotros.

Desde muy temprano aprendemos a pensar de esta manera. Creemos que la felicidad depende de la aprobación de los demás, del éxito, de las circunstancias favorables o de que el mundo se comporte como esperamos.

Así, casi sin darnos cuenta, comenzamos a entregar a otros el poder de decidir cómo nos sentimos.

Si alguien nos trata bien, creemos que tenemos motivos para sentirnos felices.
Si alguien nos critica, nos rechaza o nos hiere, creemos que tenemos razones para sentirnos mal.

Y así llegamos a una conclusión que parece evidente, pero que el Curso cuestiona profundamente: “Mi paz depende de lo que hagan los demás.”

El poder que cedemos sin darnos cuenta.

La Lección 70 nos invita a observar este mecanismo con honestidad.

Cuando creemos que alguien tiene el poder de hacernos sufrir, en realidad estamos diciendo algo mucho más profundo: “Mi salvación depende de algo externo a mí.”

Creemos que otra persona puede quitarnos la paz. Creemos que ciertas situaciones pueden destruir nuestra felicidad. Pero al hacerlo estamos entregando a otros el poder de dirigir nuestra vida interior.

Sin darnos cuenta, dejamos que nuestra paz dependa de circunstancias que no podemos controlar.

El origen real de lo que sentimos.

El Curso propone una idea radicalmente liberadora: la causa de lo que sentimos siempre está en nuestra mente.

Esto no significa negar que las situaciones externas existan en el nivel de la experiencia humana. Significa reconocer que la interpretación que hacemos de ellas es lo que determina cómo nos sentimos.

Dos personas pueden vivir la misma situación y experimentarla de manera completamente distinta.

La diferencia no está en lo que ocurrió, sino en la manera en que la mente lo interpreta.

Por eso el Curso afirma que tanto la culpa como la salvación se encuentran en el mismo lugar: la mente.

Recuperar el poder de elegir.

Aceptar que la salvación procede de nosotros mismos puede parecer exigente al principio.

El ego preferiría que la causa de nuestro malestar estuviera fuera, porque así puede seguir manteniendo la narrativa de víctima.

Pero esta enseñanza no es una carga. Es una liberación.

Si nuestra paz dependiera realmente de lo que ocurre fuera, estaríamos condenados a vivir en constante inseguridad.

En cambio, cuando comprendemos que la causa está en nuestra mente, descubrimos algo profundamente esperanzador: también la solución está ahí.

La verdadera libertad.

Esto significa que nadie tiene el poder de robarnos la paz, a menos que nosotros mismos se lo concedamos.

Las personas pueden decir cosas. Las circunstancias pueden cambiar. El mundo puede comportarse de formas imprevisibles. Pero nuestra paz no depende de eso.

Depende únicamente de la interpretación que elegimos mantener en nuestra mente.

Y cuando empezamos a reconocer este poder interior, dejamos de buscar la salvación fuera.

La paz como decisión interior.

La Lección 70 nos recuerda algo esencial: no necesitamos cambiar el mundo para encontrar la paz.

Necesitamos cambiar la manera en que lo vemos.

La salvación no es algo que alguien pueda darnos o quitarnos. No depende de la aprobación de los demás ni de las condiciones del mundo.

La salvación procede de la mente que decide recordar su verdadera naturaleza.

Y cuando dejamos de entregar al mundo el poder de definir nuestra paz, descubrimos algo que siempre estuvo esperando ser reconocido: la fuente de nuestra salvación siempre estuvo dentro de nosotros. 

Un ejemplo práctico: La necesidad de aprobación: cuando entrego mi paz a la opinión de los demás.

Hay un hábito profundamente arraigado en la experiencia humana que casi todos compartimos, aunque pocas veces lo observamos con claridad: la necesidad de aprobación.

Desde muy temprano aprendemos que ser aceptados, valorados o reconocidos por los demás parece determinar nuestro bienestar. Buscamos aprobación en nuestros padres, en nuestros profesores, en nuestras parejas, en nuestros amigos, en nuestros compañeros de trabajo y, más adelante, incluso en desconocidos.

De forma casi inconsciente empezamos a vivir según esta lógica: Si los demás me aprueban, me siento bien. Si me critican o me rechazan, me siento mal.

Así, poco a poco, entregamos a otros el poder de decidir cómo nos sentimos.

Cuando la opinión de los demás define mi valor.

Imaginemos una situación muy común.

Alguien comparte una idea en el trabajo, en una reunión o incluso en una conversación con amigos. Espera que su propuesta sea bien recibida, que los demás la valoren o la aprueben.

Pero la reacción no es la que esperaba.

Tal vez alguien cuestiona su opinión. Tal vez nadie presta demasiada atención. Tal vez alguien expresa desacuerdo.

En ese instante surge una sensación de incomodidad. La mente comienza a interpretar lo ocurrido: “No les ha gustado lo que dije.” “Tal vez no soy suficientemente bueno.” “Siempre me pasa lo mismo.”

Y con esos pensamientos aparece el malestar.

Sin embargo, si observamos con calma, descubriremos algo importante: lo que realmente duele no es la situación en sí, sino la interpretación que hacemos de ella.

El poder que entregamos.

Cuando necesitamos la aprobación de los demás para sentirnos bien, estamos entregando algo muy valioso: el poder de nuestra paz.

Permitimos que la opinión de otra persona determine cómo nos sentimos con nosotros mismos.

Si nos elogian, nos sentimos seguros. Si nos critican, nos sentimos inseguros. Pero en ambos casos seguimos dependiendo del exterior.

Nuestra paz queda entonces condicionada por algo que no podemos controlar: la percepción de los demás.

Recuperar la fuente de la paz.

La enseñanza de la Lección 70 nos invita a reconsiderar este hábito. Nos recuerda que la fuente de nuestra paz no se encuentra fuera de nosotros.

La aprobación externa puede ser agradable, pero no es la base de nuestra valía ni de nuestra serenidad interior. La paz procede de la mente que recuerda quién es.

Cuando dejamos de buscar nuestra identidad en la mirada de los demás, algo cambia profundamente en nuestra experiencia.

La necesidad de defendernos disminuye. La ansiedad por agradar pierde fuerza. La mente se vuelve más libre.

Ser en lugar de demostrar.

En lugar de vivir intentando demostrar nuestro valor, empezamos simplemente a ser.

Ya no necesitamos convencer al mundo de quiénes somos.
Ya no necesitamos justificar nuestra existencia ante la opinión ajena.

Comprendemos que nuestro valor no depende de la aprobación ni disminuye por la crítica.

La paz comienza a surgir de un lugar mucho más profundo que cualquier reconocimiento externo.

Recordar dónde se encuentra la salvación.

Por eso esta lección nos invita a hacernos una pregunta sencilla, pero transformadora: ¿A quién le he entregado el poder de mi paz?

Cada vez que observamos este mecanismo con honestidad, recuperamos un poco de ese poder. Recordamos que nadie puede definir nuestro valor interior.

La fuente de nuestra salvación —de nuestra paz, de nuestra libertad— nunca estuvo en manos de los demás.

Siempre estuvo en nosotros.  

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