¿Qué me enseña esta lección?
Esta lección me enseña que he sido creado en un acto de Amor, y que el Amor es la única esencia real de la que soy portador. Nada fuera del Amor tiene realidad, porque solo el Amor es inmutable y eterno.
Cuando actúo desde el ego, no creo, sino que fabrico. Aquello que fabrico pertenece al ámbito de la ilusión, pues está sujeto al cambio, al tiempo y a la pérdida. Todo lo que nace del ego es perecedero. Solo el Amor es real, porque no cambia.
Tomo conciencia de que he sido creado a semejanza de mi Creador, es decir, según el mismo Arquetipo Mental: la Extensión amorosa de Su Pensamiento. Dios no crea de manera distinta a lo que Él Es.
Si la Mente de Dios es Una y Su Mente es Amor, entonces yo soy Uno y yo soy Amor.
Mientras experimente este plano de percepción y me crea inmerso en el sueño del tiempo, mi función es manifestar ese potencial en todos y cada uno de mis actos.

Cada vez que el Hijo de Dios extiende estos Atributos, actúa desde la mente recta, y su acción es verdaderamente creadora, porque expresa la Unicidad. En cambio, cuando sus actos parecen afirmar la separación, la mente se vuelve errónea y, en lugar de crear la realidad, fabrica la ilusión.
Esta lección me recuerda que crear es amar y extender la Unicidad, mientras que fabricar es intentar sustituir el Amor por formas. Al elegir el Amor como principio de mis pensamientos, palabras y acciones, recuerdo quién soy y restauro en mi mente la verdad de mi origen.
Así comprendo que el Amor me creó semejante a Sí Mismo, y que todo lo que verdaderamente soy y hago solo puede reflejar ese Amor.
Propósito y sentido de la lección:
Hasta ahora, el Curso ha trabajado con:
- Identidad funcional (soy la luz).
- Función (perdonar).
- Efectos (paz, felicidad).
- Continuidad (no olvidar).
- Simplificación (una sola función).
La Lección 67 va más atrás aún: ¿Por qué eres luz, perdón, paz y felicidad? Porque el Amor te creó como Él mismo.
Esta lección no corrige conductas ni percepciones, corrige el origen.
Instrucciones prácticas:
La práctica es más profunda y más silenciosa:
Durante el día: Aplicar la idea cuando surjan la culpa, la vergüenza, el miedo, la sensación de no valer y los pensamientos de indignidad.
La práctica no consiste en sentirte amoroso, sino en aceptar que fuiste creado por el Amor y como el Amor.
Aspectos psicológicos y espirituales:
Psicológicamente, esta lección confronta una raíz profunda del sufrimiento psicológico: “Hay algo defectuoso en mí”.
De esta creencia surgen la culpa crónica, la autoexigencia, la vergüenza, el miedo a ser visto y la necesidad de compensar o justificarse.
Aceptar que el Amor me creó a semejanza de Sí Mismo produce efectos claros:
No porque “todo esté bien”, sino porque la culpa pierde fundamento ontológico.
Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso, que la creación es extensión, no fabricación.
Dios no crea algo distinto de Sí. No crea opuestos. No crea carencia.
Si fuiste creado por el Amor, no puedes ser culpable, no puedes ser indigno, no puedes ser temible ni puedes estar separado en esencia.
Aquí el Curso deshace la creencia original del ego: la idea de haber sido creado imperfecto.
Relación con la progresión del Curso:
La secuencia se profundiza así:
El Curso pasa de: “¿qué soy y qué hago?” a: “¿por qué soy así?”
La respuesta es una sola: porque el Amor no puede crear otra cosa que Amor.
Aplicarla especialmente cuando surjan pensamientos como:
Y repetir suavemente: “El Amor me creó a semejanza de Sí Mismo”.
Como recordatorio de origen, no como afirmación de esfuerzo.
Conclusión final:
La Lección 67 enseña que la verdad sobre ti no se corrige: se recuerda.
El Curso afirma aquí una verdad radicalmente sanadora:
Frase inspiradora: “Cuando recuerdo de dónde vengo, dejo de dudar de lo que soy”.
Hoy os propongo un ejercicio de autoconocimiento. Para ello, vamos a responder con total honestidad a la pregunta que plantea este ejemplo-guía.
Si alguien te preguntase “¿Quién eres?”, ¿Qué responderías?
Voy a improvisar algunas respuestas con la intención de que puedan serviros de referencia. No obstante, es importante que cada uno realice su propia reflexión y autoanálisis, pues nadie puede responder esta pregunta por otro.
Por ejemplo:
- Me llamo Juan.
- Soy alto y moreno, aunque ya tengo poco pelo y el que queda empieza a encanecer.
- Soy funcionario y desempeño un cargo de mando intermedio en una institución pública.
- Estoy casado y tengo tres hijos y cinco nietos.
A partir de aquí, empiezo a dudar, pues no resulta sencillo seguir definiendo quién soy. Aun así, podría añadir:
- Soy mediador de vocación.
- Buscador incansable de la verdad.
- Amante de la lectura y de los temas espirituales.
- Mi objetivo es la perfección de la conciencia.
- Me considero un difusor.
- Me encanta escribir.
- Me fascinan las nuevas tecnologías.
- Idealizo la amistad.
- Tengo miedo a las alturas.
- Me da miedo la enfermedad.
- Soy celoso y posesivo.
- Soy orgulloso y, a veces, fanático.
- Etc.
Puedo aseguraros que, dejando a un lado los matices personales de cada uno, esta forma de responder puede considerarse una respuesta tipo, pues la gran mayoría se identifica a sí misma de manera similar. Basta con comprobarlo.
Es evidente que esta respuesta surge desde la visión del ego, que basa su identidad en el cuerpo, en los roles, en la historia personal y en las características psicológicas. El ego solo reconoce aquello que puede ver, medir o tocar, y niega cualquier otra realidad que no encaje en ese marco de percepción.
Ahora os propongo realizar el mismo ejercicio de autoanálisis, pero desde la visión del Espíritu.
¿Te atreves? Seguro que sí.
Improviso de nuevo:
- Soy el Hijo de Dios.
- Soy Dios, cuando dejo de ser “yo”.
- Soy Espíritu.
- Soy Todo y Uno.
- Soy Voluntad.
- Soy Amor.
- Soy Inteligencia.
- Soy Libre.
- Soy Luz.
- Soy Verdad.
- Soy Impecable.
- Soy Inocente.
- Soy Perfecto.
¿Qué más añadirías? Abundante. Pleno. Sano. Creador...
Este ejemplo-guía nos invita a reconocer que la identidad que hemos asumido desde el ego es limitada y falsa, mientras que la Identidad que el Espíritu nos recuerda es la que realmente somos. Al aceptar esta Identidad, recordamos que el Amor nos creó semejantes a Sí mismo, y en ese recuerdo se disuelve toda confusión sobre quiénes somos.


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