martes, 26 de julio de 2016

Cuento para Nanael: "La Luz de la meditación"


La familia de Nanael era humilde y muy pobre. Su padre, aunque trabajaba de Sol a Sol sin desfallecer, apenas si ganaba para alimentar a sus doce hijos, y a pesar de ello, nadie se quejaba, bueno excepto uno, ya que Nanael, soñaba con ser alguien famoso, influyente y poderoso.
Ignorando los muchos esfuerzos que sus padres hacían para poder sobrevivir, su orgullo le llevó a despreciar aquel modo tan humillante de vivir, y decidió abandonar su hogar y salir en busca del prestigio y de riquezas.

Siempre había querido ser un gran mago y había oído que en la Ciudad Sagrada admitían a aprendices que buscaban dominar la Alta Magia. Así que dirigió sus pasos hacia donde nacía el Sol. Allí le aguardaba su destino.

Tras cuatro días de camino, nuestro joven protagonista logró llegar hasta las puertas de la Gran Ciudad. Un silencio armonioso le sobrecogió. Estaba ante la entrada y ya podía respirar el particular aroma del Misterio. Dos Querubines custodiaban con espadas flameantes el acceso al Santuario.

Nanael tras recuperar su aliento, quiso penetrar en su interior, pero una voz detuvo en seco sus pasos.
  • ¿A dónde crees que vas extranjero? -le interrogó uno de los Querubines mientras le apuntaba con su espada -.
  • No soy extranjero, vivo a...
No pudo seguir hablando el joven, pues fue bruscamente interrumpido por el Querubín.
  • ¡Calla insolente!. Todo el que Es, no Es, y todo aquel que no Es, Es.
Nanael un poco asustado no entendía aquel juego de palabras. Pensó que sería un enigma y dirigiéndose al Guardián del Templo, le dijo:
  • ¿Acaso es un misterio que debo resolver?
  • Así es muchacho. Medita, medita, y cuando tengas la respuesta llama de nuevo -le ordenó el Querubín-.
El osado joven se sintió muy desilusionado. Nunca había pensado que fuera tan complicado ser mago, y menos aún aprendiz de mago.
Meditar, ¿acaso tenía paciencia para meditar? Si estuviera allí su padre, el sí sabría cómo hacerlo. Siempre le aconsejaba lo mismo:
  • Hijo mío, cuando siembras la semilla de un árbol hay que tener paciencia hasta que dé sus frutos. Observa como la semilla se protege en la tierra y satisfecha crece poco a poco con el afán de dar al final sus frutos, esos apetitosos y dulces frutos que nos alimentan.
Cuanta razón tenía su padre. Ahora él estaba sólo y debía tener paciencia.
Buscó un lugar donde poder meditar y se entregó a ello en cuerpo y alma. Al principio se irritaba, pues su mente era como un avispero rabioso. Sus ideas revoleteaban sin sentido en su cabeza, pero aquel silencio armonioso fue penetrando lentamente en su interior y sin saber cómo, una luz emergió de él.
  • "El que Es, no Es, y todo aquel que no Es, Es".
Aquel mensaje tomó forma en su mente y dejó que fluyera libremente.

No quería que aquella luz se apagara, y pensó en la luz. En ese momento todo se convirtió en una luz intensa, y de repente la respuesta apareció milagrosamente. Era el espíritu. Esa era la respuesta. El espíritu, por eso él era extranjero. El Eterno, no es extranjero y sin embargo, al ser invisible, no Es, pero al no ser de este mundo, Es habitante del Templo.

Las puertas del Santuario se abrieron para Nanael, pero el joven pidió a los Querubines que las cerrasen de nuevo, pues comprendió que debía volver a su hogar donde tenía una labor que hacer.
De sus ojos se había desprendido la venda de orgullo que hasta ahora le había cegado, sin embargo, la luz había abierto ante él un hermoso camino.

Fin


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